Femme
«Mujer»
Se despierta algunas horas después con la luz del alba entrando a través de la ventana. La ve dormir a su lado con una paz que nunca antes había visto y se convence, una vez más, de que algo en esa pelirroja está más allá de lo natural. Le acaricia suavemente una mejilla y, con un ágil salto, abandona la cama. Busca un pergamino y una pluma y, donde debería haberse quedado ella, le deja una esquela. Aunque maneja el inglés casi a la perfección, decide escribirla en francés. No solía decir las cosas de frente, siempre les daba alguna vuelta retórica o poética para evitar ir al grano. Apoya con delicadeza la esquela finalizada sobre la almohada que hasta recién había ocupado. Va hasta su baúl de viaje y saca de sus profundidades la miniatura del galés verde que escogió sin saberlo en la primera prueba del Torneo. La deja sobre la mesita de noche y se dirige desde la habitación hacia la cocina.
Allí, con una sonrisa, leyendo El Profeta, está Bill. Le habla sobre el estado de la bolsa mágica de ese día, sobre la depreciación del galeón con respecto de la libra esterlina, le dice que intuye que todo eso se debe a la guerra inminente. Fleur asiente cortésmente mientras apura su café. Toma una tostada de la gran pila que había sobre la mesa y se la lleva a la boca con aire distraído. A los pocos minutos, dejan de estar solos. Ginny había aparecido con su pijama raído y la cabellera despeinada. Los saluda a ambos con un ademán de la mano y se acerca a la mesa para tomar una tostada.
—Claro, entiendo —dice Bill con voz segura y a Fleur se le congela la sangre— como ya pasó la mañana de Navidad, ya nadie saluda como es debido.
Ginny le sonríe y su hermano, el mayor de todos, le devuelve la sonrisa. La mirada de la pelirroja permanece inmutable, como si ningún mal hiciera presa en ella. Fleur sabe que ella no entiende el francés y decide hacerle llegar el mensaje por otro medio.
—Ginny, estuve pensando... acegca de la boda —añade, al ver que ella no daba muestras de estar escuchándola—. El gosado no quedagía muy bien con ese... cabello gojo tuyo. Aunque a Gabrielle le quedaga pegfecto... estuve pensando en que las damas de honog vayan vestidas colog ogo, ¿qué te pagece? —concluye con una sonrisa de lado.
—Les dije que no quería ser dama de honor —responde Ginny con una tranquilidad exasperante—. Les dije que no me gusta usar vestido, que me resultan incómodos. Y resulta que tendré que ser dama de honor y tendré que ir de vestido. El color de ese vestido, francamente, será la elección menos importante que alguien haya hecho en mi nombre.
Dicho esto, se pone de pie y comienza a alejarse de la mesa.
—Ginny... —aventura Bill, incómodo por las palabras de su hermana—, ¿vas a tomar algo para desayunar?
—Sí, una ducha —responde ella secamente y desaparece de la vista.
Fleur se queda mirando la puerta por la que ella acaba de irse y le cuesta un tiempo percatarse de que Bill le está hablando. No puede escuchar lo que le dice y, al voltearse a verlo, tampoco puede ver su rostro con claridad. Lo único que alcanza a distinguir a través de esa bruma que parece envolverlo son sus ojos marrones y su melena pelirroja, larga y lacia. Guía una de sus manos hacia su mejilla y con el tacto comprueba que se había afeitado esa misma mañana. Tal vez si cerrase los ojos...
Se inclina sobre los labios del que sería su futuro esposo y lo besa, primero con lentitud y después con ímpetu. Recorre el largo de su cabellera con una mano y con la otra no deja de acariciarle las mejillas —inusualmente— suaves. Separa sus labios de los de Bill y comienza a descender por su cuello, presa del frenesí. Lleva las manos hacia su camisa y empieza a desabrocharle los botones con cierta necesidad. Le recorre el torso con el tacto... pero no logra saciar su deseo.
—Fleur... —le llega una voz desde lejos—. Fleur, estamos en la cocina, alguien podría entrar en cualquier momento... —su voz, que es casi un susurro, pretende sonar sensual a sus oídos y ella siente ganas de gritar.
Fleur asiente y lentamente se distancia de él. Le dice que va a aprovechar que su hermana se esté bañando para cambiarse de ropa, porque así no se siente presentable. Él sonríe y Fleur sabe, antes de que él lo hiciera, que va a decirle que ella siempre lo estaba. Su naturaleza veela está amenazando con apoderarse de ella y llenarla de su iracundia. A su fracción humana le molesta que sea tan adulador, tan servil. A su fracción divina, la fría indiferencia de su hermana la lastima.
Vuelve a la habitación que comparte con esa pelirroja y maldice el haberla conocido. Cierra la puerta detrás de sí y se deja caer, junto a sus lágrimas de rabia e impotencia, resbalando por la fría madera. Su rencorosa parte veela desea que Ginny esté, en ese preciso momento, dejando correr agua y llanto por las tuberías. Su parte humana, quiere verla feliz. Fleur sabe que a Ginny le gusta Harry Potter y, al parecer, lo sabe todo el mundo —excepto él mismo—. «Estúpido Aggy Potteg» le dice a la habitación vacía. Ella también había sido elegida, ella también había sido campeona. Él pudo haberle salvado la vida a Gabrielle pero había ingresado al Torneo con trampa. Y a él, Ginny le daba toda su atención; a él, sí lo quería. Y él no tenía siquiera la inteligencia necesaria para notarlo.
Se acerca hasta la cama y toma la esquela que dejó allí para Ginny. La encuentra en la misma posición en la que la había dejado y se pregunta si aunque sea la habría visto. Sostiene el pergamino ante sus ojos y lee en voz alta la que —pretende que— es su carta de despedida.
«Il y a quelques jours tu étais une divinité, ce qui est si commode, ce qui est si beau, ce qui est si inviolable. Te voilà femme maintenant.»
Sólo al escuchar su propia voz diciendo eso es consciente de que escribió esa esquela en su lengua materna porque no iba dirigida a Ginny, sino a sí misma.
En la mesita de noche, ve a la réplica del galés verde dejar salir su fuego por la boca. Con pasos titubeantes, Fleur se acerca hasta él. Pone uno de sus dedos a la altura del fuego y comprueba, una vez más, que no quema.
La puerta rechina a sus espaldas y, a continuación, se cierra con un golpe sordo. Escucha unos pasos que se acercan hasta ella. Son ligeros, muy ligeros, como si quien los diera flotara cuando debería caminar. Dos manos blancas emergen del aire para rodearle la cintura desde atrás. Una voz angelical le susurra algo al oído. Fleur Delacour, la mujer, la veela, sonríe. Se pone en puntas de pie y gira sobre sí misma hasta quedar de frente a la puerta.
Sabe que jugar con fuego implica quemarse.
No le importa.
N/N: siempre quise hacer un FleurxGinny pero me lo imaginaba más como una fundamentación a por qué Ginny parecía odiarla sin motivo aparente. Nunca se me habría ocurrido narrar desde el punto de vista de Fleur si no hubiese sido por este reto, el color verde y la palabra naturaleza.
Sobre las influencias de Baudelaire, explícitamente son el soneto A une passante, el poema A une mendiante rousse —ambos del libro Las flores del mal— y el texto de la esquela, también de Baudelaire, que está citado en el corto Les dites cariatides (1984) de la directora francesa Agnès Varda. Su traducción es: «hace unos días eras una divinidad, eso era tan cómodo, eso era tan bello, eso era tan inviolable. Y hete aquí, mujer ahora.»
«"Did you put your name into the Goblet of Fire, Harry?" he asked calmly.»
