Capítulo 02
1
Con frecuencia se escuchaba el estridente graznar de los pájaros, produciendo un eco tétrico todas las mañanas, como si ese fuese su despertador. Una espesa niebla blanca siempre permanecía en las llanuras de aquel sitio. La poca iluminación aun en intemperie, los árboles secos con sus ramas puntiagudas, la humedad esparcida por doquier, y las bajas temperaturas, le daban un aspecto siniestro a cada rincón. Bien parecía un enorme pantano, en lugar de las bellas praderas que deberían ser; paisaje lúgubre al que cada uno de los que vivían allí, ya estaban perfectamente acostumbrados.
El viento gélido en su rostro, le quemaba las mejillas, hasta dejarlas paralizadas, con tono rojizo —que ya creía extinto— en ellas. No podía evitar desear mantenerse en su ubicación, le encantaba sentir aquella sensación, además de aspirar lo mínimamente percibible del aroma de la vegetación. Se hallaba subido en la punta del árbol más grande del lugar, debido a que desde allí tenía una clara apreciación de gran parte de la isla, o al menos del lado en el que habitaba. Sin embargo, esa no era su prioridad.
Extendió su brazo izquierdo con dirección al cielo, estaba tan cerca de aquellas nubes, que pensaba tener la capacidad de trazar una obra de arte sobre ellas con sus dedos. Sonrió por su idea, finalmente era libre, sobrevivió a ese encierro infernal de años, y ahora, ya podía extender con orgullo, sus grandes alas oscuras y surcar nuevamente, sin restricción alguna el cielo.
—¡Masaki! ¡Masaki! —Aquel grito lo trajo de vuelta a la realidad, despertándolo bruscamente de sus agradables sueños.
Sus párpados le pesaban horrores, tantas noches de insomnio iban a acabar con su salud. Decidió ignorar su llamado y únicamente se envolvió más en sus sábanas, ocultando su cabeza—. ¡Masaki, es hora del desayuno!
No le dio tiempo de quejarse por su insistencia, ni de bufar o maldecir, en pocos segundos, la puerta de su habitación fue forzada, y la persona que lo llamaba ya estaba a punto de tirarlo de la cama.
—¡Ya escu...! —No le permitió continuar, pues con la simple mirada severa de la mujer de cabellos verdes oscuros, silenció sus reproches.
Ella suspiró con alivió al examinarlo, relajando sus facciones; si bien las ojeras del menor eran evidentes, no había rasguño en su cuerpo. En seguida, le dio unas palmaditas en la cabeza y le dedicó una suave sonrisa—. Me alegra que ya te sientas mejor —le dijo, extendiéndole enseguida su mano—. Vamos, tienes que apresurarte a comer o se te hará tarde para ver a su alteza.
El joven de largos cabellos verdosos, anudados en una coleta, simplemente asintió refunfuñando; se puso de pie, rechazando sin titubear la mano que le ofrecía.
La mujer de nombre Kira Hitomiko, no estaba sorprendida por tal reacción, se volvía poco a poco su costumbre. No obstante, se entristecía cada vez más por quien tenía el nombre de Kariya Masaki. Lo llevaba cuidando escasos meses, inmediatamente después de que el menor abandonara su encierro, fue su tarea encargarse de él. Ella bien sabía lo que sucedía dentro de esa aterradora construcción, la atracción principal de su hogar, la enorme «prisión».
Fue elegida cuidadosamente para cumplir su tarea. No lo olvidaría, la primera vez que se reunió con Kariya, fue un día ventoso. Este presentaba las mismas características de absolutamente todos los que abandonaban ese encierro. Fácilmente sintió escalofríos con únicamente mirarlo a unos cuantos metros; se quedó sin aliento unos segundos al contemplar su figura: su apariencia desarreglada, ya que vestía ropas negras muy desgastadas, casi hechas trizas; cicatrices por doquier, sobresaliendo la marca de un número tatuado en su brazo.
Experimentó como si una daga bien afilada atravesara su pecho cuando volteó a verla; los ojos del joven, de tonalidad dorada, emanaban una mezcla de puro odio, malicia, cinismo y diversión, casi podría afirmar locura. Aun con el duro carácter que la caracterizaba, su garganta se secó y sus piernas temblaron involuntariamente cuando sus ojos se cruzaron.
Aunque le intimidara la primera impresión que le causó, no pensaba retractarse, intentaría lo que fuere necesario para regresarle algo de cordura a su mente.
Después de algunos días, de un enclaustro total de parte de Masaki, en su nueva casa, poco a poco, los constantes cuidados y atenciones que Hitomiko le brindaba, dieron sus frutos. El menor por sí solo, empezó a acercarse a ella, y con el transcurrir del tiempo, lejos de su primer tropiezo, la señorita Kira le tomó un gran apreció, como si de su propio hijo o hermanito se tratara. No le parecía más que alguien infantil que guardaba sus penas en su interior; desarrolló el profundo deseo de que Kariya fuera feliz.
Lamentablemente, por el hecho de haber nacido en el lado equivocado de la isla, su infortunado destino ya estaba decidido; además conocía perfectamente los datos que le otorgaron, y el encargo que debía de cumplir, porque si por ella fuera, únicamente se encargaría de convertirse en la familia del menor y darle el cariño que necesitaba.
—Gracias... por la comida —balbuceó con dificultad, todavía no se acostumbraba a eso de los buenos modales. Sin esperar contestación, se levantó apresurado de la mesa, con dirección a la salida.
Hitomiko notó con desagrado que ni siquiera terminó la mitad de su plato—. ¡Masaki! —exclamó, levantándose de su asiento. Su corazón le mandaba detenerlo, y su deber le obligaba a callarse y seguir órdenes—... Ten mucho cuidado —completó, volviendo a su silla.
—Regresaré pronto —se despidió con voz queda, dedicándole una diminuta sonrisa.
Su dulce expresión cambió radicalmente al cerrar la puerta detrás suyo, debido a que por doquier podía divisarlo, oía claramente el cuchicheo de las personas en las calles, en medio de la oscuridad de los callejones; no planeaban nada bueno, de lo cual por desgracia, era parte. Al caminar por los áridos caminos, con la niebla impidiendo su vista, lo escudriñaban con la mirada, por lo cual, se cubrió lo más que fue capaz.
Todo su poblado amaneció igual que siempre, aparentemente repleto de desolación. Las nubes grisáceas cubrían gran parte de su panorama. Suspiró con desgane, y enseguida extendió sus alas negras, emprendiendo el vuelo con dirección a las montañas.
Se inmiscuyó en medio del bosque; incluso si la niebla se lo impedía, él estaba entrenado para hallar el camino correcto con sus otros sentidos o estaría en serios problemas. No tardó mucho en aterrizar cerca de un siniestro lago. La inmensa y extravagante construcción frente suyo era notoria desde muy lejos, nada de que sorprenderse si se conocían bien los raros gustos del príncipe.
—Llegas dos minutos tarde —le reprochó el hombre que lo recibió, teniendo la vista fija en su reloj de bolsillo, para luego mirarlo a él, haciendo un gesto de disgusto.
—Señor Kenzaki, es usted un amargado, ya necesita conseguirse al menos un amante o algo parecido —se burló, pero a pesar de aumentar la rabia del otro, no le contradijo, puesto que por ahora, no le convenía.
—Sígueme que ya te esperan —le indicó, guardándose sus comentarios.
Las gigantescas rejas negras se abrieron ante él. Debían de andar a pie por el extenso jardín, ya que sobrevolar esa mansión en ciertas zonas, prácticamente era un suicidio, cortesía de su majestad.
Cruzaron el camino marcado con piedras resbaladizas. Poco distinguía en medio de la niebla grisácea, solamente alcanzaba a vislumbrar una que otra estatua de piedra, con figuras de mal gusto; se sentía como si estuviese en un cementerio y no se equivocaba del todo.
Cuando arribaron a las puertas principales de la mansión, estas se abrieron de inmediato, no fue mentira que ya lo esperaban. Siguió caminando, guiado por la larga alfombra color vino tinto. Ni bien accedió al interior, ya su vista se afiló al darse cuenta de su alrededor. Con dificultad evitaba la incomodidad de pequeñas risas burlonas y de ser observado por todos aquellos ojos brillantes desde las sombras, mientras avanzaba.
No le prestó mucha atención a los decorados, ni las pinturas captaban su atención. Se le figuraba que atravesaba un castillo antiguo de esos que estaban encantados, nada de eso era de su agrado. Al llegar al salón principal, después de abrir las puertas plateadas, unos segundos bastaron para que se hincara en una rodilla, colocando su puño izquierdo sobre su pecho—. Es un honor volver a verlo, príncipe Saryuu —dijo con algo de sarcasmo, tono que claramente el otro notó, riendo complacido ante su descaro.
—Al parecer, no necesito repetirte tu tarea, estás más preparado de lo que pensé. Eres el único con la aptitud para lograrlo —le respondió, aquel hombre sentado en su el trono. Sus blancos cabellos, y sus ojos violetas resaltaban en él, quien con un leve gesto o un diminuto movimiento, fácilmente imponía cierto respeto a quien lo observara, no por nada era Saryuu Evan, el príncipe del clan de los «cuervos negros».
Kariya esbozó su burlona sonrisa, para después mirar de un lado para otro—. ¿Y el general? Es raro no verlo por aquí. —Verdaderamente le alegraba no toparse con esa persona, en ese sitio, equipararía a aquella persona con un verdadero demonio andante, de los peores que hubiese conocido, a pesar de su apariencia, con tan solo unas semanas bajo su instrucción, descubrió como sería el infierno si es que existiera.
—Lo llamaron para presentarse mañana en el palacio principal, al parecer, la idiota de mi hermanita encontró a alguien «interesante».
Masaki se encogió de hombros, igualmente no le importaba. Algunas gotas empezaron a estrellarse violentamente contra las ventanas, el sonido de un trueno hizo eco en toda la habitación, por unos segundos, el rayo iluminó a las demás personas en esa habitación.
—¡Maravilloso! ¡El clima es perfecto! Tómate el tiempo que necesites para cumplir con tu misión, pero no lo olvides —le indicó el de cabellos blancos, poniéndose de pie; una enorme sonrisa ensancharon sus labios—, ni se te ocurra traicionarnos. —En un fugaz instante, ya estaba al lado de Masaki, tocando su hombro, dándole una clara amenaza.
Kariya se asombró por un momento, la presión que ese hombre desprendía, le daría escalofríos a cualquiera. Sin embargo, no evitó que contuviera su carcajada—. ¿Traicionarlos? —expresó—. Yo detesto desde lo más profundo de mí ser a esos sujetos, será un placer para mí, ver como se destruyen en agonía como se lo merecen —aseveró, realizando una reverencia y de inmediato retirarse.
2
A diferencia de los ignorantes cuervos blancos, los que habitaban al otro lado oculto de la isla, sabían perfectamente de la existencia de los otros. Y así debía de mantenerse para siempre, su existencia no era admisible más que para ellos mismos, de modo que no debían mezclarse.
No cualquiera tenía permitido atravesar a su antojo la barrera que dividía a la isla, camuflajeada por luces coloridas. Sin embargo, Masaki sí poseía la capacidad para hacerlo, usaría su habilidad especial para ello.
Cerca, muy cerca apareció del palacio, para entonces, ya la tormenta se había desatado.
Adentrarse en ese lado, lo hacía sentir extraño. El sonido de las campanas repicar y las bellas aves revolotear en busca de refugio, vibraron en su mente, aquel sitio todavía le era desconocido, aunque ya lo había visitado con anterioridad; totalmente diferente a su lugar de origen, no le pareció tan malo por un momento, pero sí le daba náuseas.
Todo lucía tan pulcro, tan sagrado, tan apacible y tranquilo, aún en medio de la tempestad, dándole escalofríos. Tenía que concentrarse en su objetivo. No obstante, nada malo pasaría por curiosear un poco los alrededores, siempre y cuando no lo descubrieran, o al menos eso creía.
Sin ningún gran problema se dio paso al interior. No admitiría en voz alta que la estructura del castillo blanco lo deslumbró, al curiosear precavido en una que otra habitación. La construcción tan detallada, paredes tapizada de hermosas telas y las figuras talladas robaron su atención, hasta que en algún modo, cuando salió a un pequeño patio, la parte que más captó su interés, fue la torre más lejana, sus finas grecas y sus cristales de colores que la rodeaban le parecían preciosos, su supuesto amor por el arte lo estaba llamando.
Tan inmerso en sus divagaciones se encontraba, que no se esperaba una desagradable sorpresa, al darse vuelta, súbitamente todos sus planes de visita se vinieron abajo, con el hecho de que la enorme serpiente notó su presencia, olvidó la existencia del guardián. Lo tenía frente a frente, con sus grandes ojos escudriñándolo. Contuvo la respiración, no es que le tuviera miedo, no... era mucho peor, les tenía una gran fobia a esos animales y a otra cosas... Así que sus piernas corrieron a dónde sea, como alma que lleva el diablo. Fue una acción de puro reflejo, volvió nuevamente al interior.
Giró su vista tan constantemente hacia atrás, que terminó golpeándose la cara con una especie de muro de cristal, no se fijó bien qué era, desviándolo así de su ruta.
La serpiente todavía lo perseguía, y terminó por colarse en el primer lugar que encontró. Así fue como acabó sentado en la ventana de la torre, al cuarto supuestamente impenetrable.
Al darse cuenta de donde se hallaba, deseó darse un buen golpe. No dilató en reconocerlo, se sabía de memoria los planos del castillo.
Y merecía doble golpe, por toparse con Kirino, pues nadie debía de haberlo visto. Mientras pensaba en como enmendar sus errores, únicamente se lo quedó mirando, algo estupefacto al observar tal condición en la que se encontraba. Con toda la información que recibió, él creía firmemente que el sacrificio viviría como un Dios o similar, lleno de lujos, riquezas, ofrendas... y sobretodo, juraría que sería una mujer.
El cielo relampagueó y el siseo del guardián lo estremeció. Y al intentar irse, cayó directamente al piso, dándose un buen golpe. Añadiéndole más daño a su cuerpo con las patadas de Ranmaru.
No lo negaría, contemplar al joven de cabellos rosados tan cerca, con su elegante y delgada apariencia, despertó un inusual interés en él. Fue algo... ¿Cómo lo llamaban? Algo de... a primera vista. «¡Ah sí! —remembró de repente—». « ¡Era odio a primera vista!». Y empeoró su mala impresión, cuando aquel sujeto, casi lo desnudaba.
—Así que ustedes realmente existen... —le escuchó murmurar. Kariya trató de zafarse, siendo detenido por el estremecimiento que recorrió su cuerpo, al sentir como el dedo índice de Ranmaru, tocó su espalda, desde su cintura hacia arriba, se deslizó moviéndolo en zigzag, desviando su recorrido hacia su hombro—. ¿Qué... Qué significa ese número en tu brazo? —Esa fue la gota que derramó el vaso.
Kirino solamente sintió como si hubiese recibido varias cortadas en sus manos. En un instante, Masaki ya se hallaba a varios metros lejos de él, acomodando sus ropas—. No tengo tiempo para lidiar con depravados —musitó, elevándose nuevamente hacia la ventana.
—¡Espera! Aún tengo algo que necesito preguntarte. —Trató de impedir su huida, casi tropezando, al ser jaloneado por sus enredadas cadenas. Su desesperación por atraparlo, le hizo olvidar sus límites —. ¡No puedes venir aquí e irte así como así! ¿Te imaginas el alboroto que se armaría si aviso a alguien de tu intromisión en este mismo momento?
El joven de verdes cabellos lo miró con desinterés, le parecía estúpida su amenaza—. Créeme, no te conviene cumplirlo. Si no ocultas mi presencia por las buenas, haré que te calles por las malas —le advirtió, girando su vista a la ventana; la tormenta continuaba tomando mayor fuerza, sin embargo, lo que le preocupaba era la sombra del animal que lo esperaba afuera. Chasqueó la lengua, bajando de inmediato. No había ninguna otra salida más que algunas ranuras menores—. Maldita sea, no... no puedo irme...
Ranmaru estaba decidido a sacarle información, no le permitiría irse tan fácil. Sin embargo, con rapidez percibió lo que probablemente pasaba por la cabeza del intruso— ¿No me digas que... le tienes miedo a la serpiente...?
—¡Claro que no! —contradijo con vehemencia, suficientemente nervioso para que el de cabellos rosados lo constatara. Este último, no dudó en llamar a su guardián. Se inclinó hasta que sus dedos rozaron el piso, luego pronunció algunas cosas inentendibles para el otro.
Kariya se sobresaltó, buscó por doquier, no le parecía probable que el guardaespaldas lograra acceder; repentinamente una posibilidad vino a su mente, y fijó su vista en lo más recóndito del oscuro tejado, tal vez sí había una forma. Retrocedió algunos pasos, la tonalidad de rostro se tornó azulada, su espalda chocó con la pared. Ranmaru sonrió bastante divertido con su reacción.
Entre el ruido de los truenos, bien alcanzó a distinguir el sonido que emitía la serpiente, desde las sombra del tejado lo acechaba como depredador. Masaki se hizo un ovillo en su sitio. Un leve temblor fue captado por Kirino, quien deshizo todo rastro de alegría en su cara. Su visitante resultó ser muy asustadizo, su pecho se estrujó de culpa, sintiéndose peor que un abusador o algo así.
Se arrepintió y retiró de inmediato a su guardián, aproximándose hasta el intruso—. Lo siento, no fue mi intención... —No terminó su frase porque el joven de ojos dorados se lanzó sobre él. Cubrió su boca y retuvo todo movimiento. Su cordura lo abandonó, la ira se mostraba en sus orbes, por lo que le hizo, lo asesinaría sin importar qué; olvidó por completo su misión.
Un sonido familiar lo detuvo. Ambos distinguieron unos pasos acercándose a toda prisa, regresando en sí a su agresor. Con rapidez, Ranmaru lo empujó, lo arrastró hasta ocultarlo dentro del bulto repleto de ropas y otras telas apiladas—. Cállate si no quieres que te descubran. —Por supuesto que Kariya se quedó completamente confundido con sus acciones.
—¿Kirino, te encuentras bien? ¿Por qué llamaste a la serpiente? —le preguntó al otro lado de la diminuta rejilla de acero—. Estamos reforzando la seguridad debido a la tormenta.
—Sí, no hay de qué preocuparse Kurosaki. Solo quería un poco de compañía. Si necesito algo, se los haré saber. —No le costó trabajo fingir, a pesar de que perfectamente sabía con quien hablaba. Rara vez recibía visitas, nada más de alguno que otro sirviente, quienes no le dirigían la palabra.
Kurosaki Makoto, un joven de cabellos cafés, ojos color carmesí, de esbelta figura, quien portaba con orgullo su impecable traje estilo militar; era el capitán de la primera división de guardia al servicio del gobierno, él y su grupo de élite, se encargaban de proteger el castillo.
—Entiendo. Cerraremos absolutamente todas las áreas y seguiremos patrullando por aquí —fue su respuesta, para retirarse enseguida.
Quince o veinte minutos fue el tiempo en que se mantuvieron en silencio absoluto, sin hacer movimiento alguno.
—Creo que ya puedes salir.
—No necesitas decírmelo —espetó, saliendo muy irritado de su escondite—. ¿Por qué no me entregaste? —le exigió saber.
Sus ojos turquesa nuevamente lo analizaron de pies a cabeza, sí, estaba ansioso de saber de dónde provenía aquella persona, de cuál era su propósito al irrumpir sus rezos y de muchas otras cosas más, pero había algo que necesitaba saber primero que todo—. Kirino Ranmaru es mi nombre, y nada más lo hice porque quiero pedirte un favor. —Se acercó de nuevo sin titubear—. Cuéntame acerca del mundo exterior, ¿qué tanto ha cambiado?
Kariya cada vez entendía menos, ¿con qué clase de idiota se había encontrado? Ya lo intentó seriamente matar, e incluso así le hablaba como si nada pasó. Desvió inconscientemente su rostro, un poco cohibido ante la mirada expectante, demasiado directa del otro.
Agitó su cabeza buscando espabilarse, una burlesca sonrisa se formó en sus labios— ¿No te gustaría verlo con tus propios ojos? —respondió—. ¿No quisieras... que yo te sacara de aquí? Por cierto, yo soy Kariya Masaki.
3
Makoto siempre realizaba un trabajo impecable, sus habilidades eran bien conocidas por toda la isla. De alguna manera, su intuición le molestaba ese día, presentía que la tormenta no traería nada bueno, debía de encargarse de asegurar cada rincón del castillo.
—¿Qué se supone qué haces aquí? —le dijo con severidad pero sin perder su tranquila compostura. Le bastó con percibirlo de soslayo para identificarlo, al hombre que se hallaba cómodamente cruzado de brazos con su espalda reposando sobre la pared, como si lo estuviese esperando desde hace un buen rato, y a quien consideraba un impedimento para continuar su trabajo.
—Vine a contarte algo interesante Kurosaki —respondió, posicionándose justo delante suyo—, pero te costará saberlo.
—Tengo prisa, cualquier cosa de que la que se trate, no estoy interesado, Senguuji —remarcó especialmente su apellido. Bien conocían al de cabellos cafés por su amabilidad y serenidad, sin embargo, cuando se trataba de lidiar con Senguuji Yamato, el hombre de piel morena y larga cabellera rosada, algo estropeaba su personalidad—. Tú perteneces a la segunda división, no tienes permitido estar en esta áre...
Lo interrumpió, jalándolo bruscamente del brazo. El moreno de mayor altura, cambió su cínica sonrisa por un gesto de enojo, ocasionado por sus palabras—. ¿Seguro? Tiene que ver contigo. Podrás ser el favorito de la mayoría del consejo, mas sabes perfectamente que soy mejor que tú. Un pequeño error te costará la cabeza.
Makoto liberó el brazo que aprisionaba, recobrando su adecuada circulación en esa zona; sus iris rojizos los miraron retadoramente—. Te lo repito, no necesito de tu ayuda, tengo todo bajo control —aseveró, volviéndole a dar la espalda y continuar con su recorrido. Él otro volvió a sonreír ante su decisión.
—No vengas conmigo a llorar después. Pronto te arrebataré aquella posición que proteges con tanto orgullo.
—Adelante, inténtalo si puedes. —Fueron sus últimas palabras, antes de que se fueran por caminos contrarios.
4
Shindou se despertó muy temprano para alistarse, o más bien, apenas y durmió un par de horas.
Al salir de su hogar, notó que el cielo continuaba nublado.
Acudió puntualmente a su cita en el palacio. Las pruebas tanto escritas como orales, fueron realmente agotadoras para la mayoría de los aspirantes, demasiadas preguntas con el fin de desechar a la inservible mayoría; pasaron horas encerrados en el gran salón, dentro del cuarto especial para la selección.
Takuto exhaló con alivio, no tardó en colocarse a la cabeza de sus contrincantes; por momentos le figuraba que los examinadores se portaban especialmente estrictos con él. Algunos de sus superiores que laboraban en algún puesto del gobierno —a los cual respetaba y admiraba—, le advirtieron con anterioridad, que sería una buena señal que pusieran tanta presión sobre él, pues significaba que tenían intenciones de admitirlo.
Un breve descanso les otorgaron, tiempo que la mayoría de los aspirantes aprovecharon para ir a saludar a todo el mundo, personas de rango alto que en algún momento podrían serles de ayuda. Y si bien Takuto disfrutaba de saludar a uno que otro de sus conocidos, sin interés oculto de por medio, prefirió salir al jardín a tomar un poco de aire fresco, necesitaba mentalizarse para la última y más difícil parte de su examen. Se avergonzó de sí mismo al notar que su vista nuevamente a la torre donde moraba su amigo de la infancia, hace años que no sabía nada de él.
—¡Wow! Realmente eres joven, te verás raro entre tanto adulto. Debiste de haber disfrutado más tu preciosa juventud e intentado después entrar al consejo. —Aquella voz femenina lo sobresaltó, sacándolo de sus pensamientos.
—Su majestad, es un honor verla hoy —saludó. Con rapidez recobró su compostura y se hincó ante la chica.
—Pero… según leí tus proyectos y dudo que logres lo que te propones —ignoró sus palabras, ampliando su sonrisa. La jovencita de cabellos verdes, hebras que caían con gracia a los costados sobre sus hombros, fijó sus iris violetas en Takuto, un mohín de inocencia se formó en su rostro y siguió hablando—, me refiero principalmente a la mejoría en la seguridad y en la libertad de cierta persona.
Shindou se inquietó al escucharla, sin embargo, no titubiaría en sus planes— Acerca de eso, yo...
—Acaso... —lo interrumpió. Se aproximó hasta él, arrastrando su largo vestido; se inclinó hasta sostener con delicadeza la mejilla ajena— ¿Sigues molesto por lo que sucedió con cierta persona? ¿Haberlo encontrado en tales condiciones te impactó? —Tal como lo deseaba, el joven se estremeció ante tal recuerdo—. ¿O guardas rencor por el asunto de la elección de tu mejor amigo? Como sea, te prometo que no serás de cambiar nada, mejor date por vencido —le susurró al oído, acompañado de una diminuta risa.
Los ojos de Takuto se abrieron demás por la impresión de su declaración. Se irguió y no pudo evitar dejar salir una mirada hostil hacia la chica. En tan solo unos segundos, dos de los guardianes de la princesa ya se hallaban delante suyo, amenazándolo con el filo de sus espadas—. Aléjate de Beta —le ordenaron.
—Está bien, no pasó nada. Alpha y Gamma, pueden retirarse. Shindou necesita aprender por sí mismo lo que no sabe, y estoy segura que cuando lo haga, compartirá la opinión conmigo —les explicó, aumentando la confusión de Takuto.
—La princesa, como siempre, está en lo correcto —aseguró otra voz.
—Señor… Toudou Heikichi —expresó con asombro al ver a aquel hombre de mirada severa. A aquel adulto algunos lo consideraban como el verdadero gobernante de la isla. Se inclinó levemente ante él.
—Considero que Shindou es de los escasos aspirantes que valen la pena, es un prodigio. Me parece que ya está listo para asimilarlo. Permítame guiarlo hasta quien podrá explicárselo mejor —dijo, solicitando la aprobación de Beta, quien, simplemente asintió—. Sígueme —le indicó a Takuto.
Algo en su interior le inquietaba. Esa persona no le dio opción de desistir, menos de formular preguntas en todo su recorrido. Lo guio por pasillos y más pasillos, adentrándose a sitios prohibidos para la gente común. Finalmente, terminó en una especie de «capilla» aislada, y dentro de ella, tuvo que descender por varios pasadizos que nunca se imaginó que existieran, con tal de llegar a un lugar determinado. Cuando se detuvieron, la única luz que iluminaba aquella oscura habitación fue la de los pocos rayos del sol que se colaban por la ventana, un aroma desconocido para él, impregnaba por doquier. La temperatura descendió drásticamente, pero incluso si no alcanzaba a distinguir bien la palma de su mano, la presencia de aquel quien apareció desde las sombras, resaltaba demasiado como para no notarla.
—¿Con quién tengo el placer de reunirme, señor Toudou?
—Gazel, llámame así. —Se presentó el mismo—. Yo soy el general de las fuerzas armadas, pero no precisamente de este lado.
.
.
.
Continuará...
Notas Finales: No tengo mucho que decir, más que agradecerles por leer, cualquier crítica o comentario es bien recibido, hasta luego :3
