Hola! ¿Qué tal están? Espero que estén genial. Muchas gracias por haberos tomado la molestia en comentar en el capitulo anterior, dejándome vuestras opiniones me hace realmente feliz puesto que ya que somos pocos a los que esta pareja les interesa pues esta bien saber que alguien me lee y que le interesa. Así que no os olvidéis de dejarme un comentario de que os ha parecido este capitulo.
Si veis alguna errata decirme para corregir, sin más espero que esto os agrade. Nos leemos.
Capítulo 3: Gato Callejero.
Si seguía mirándole de esa manera conseguiría desintegrarlo. Estaba siendo una completa descarada. Pero se le hacía difícil, era casi enigmático. Aquellos pergaminos que había observado durante casi dos meses y que se habían vuelto un sin sabor para ella, Morino y el resto del departamento él los había conseguido descifrar casi por completo. Pero no, no le observaba solo por eso, porque si bien consideraba la inteligencia algo atrayente, aquel físico que él poseía no la dejaba indiferente en absoluto, pero aquel no era el punto, la sensación de estar frente a un agujero negro la devoraba. No podía apreciar ninguna emoción por mínima que fuera, no había ningún indicio. Parecía una capa gruesa de carne y huesos sin alma.
Estaba desconcertada, si bien personas como Ibiki, Sai e incluso Sasuke podían ser impredecibles por el manto que arrojaban sobre sus emociones haciéndolas casi imperceptibles, estas aún podían ser leidas. Él sin embargo parecía un paraje desolado por completo. Aquello la estaba matando de curiosidad. Una parte de ella necesitaba saber más. No quería saber únicamente la historia estándar, no se contentaba con el cliché; mató a su clan, estuvo en Akatsuki, Sasuke se volvió un renegado por su culpa, realmente fue un buen hombre… eso se le antojó aburrido e insípido.
Miró el reloj de la pared, las once de la noche, luego con disimulo se miró en el reflejo del portaretratos que adornaba su mesa y se fijo en el aspecto de su cara. Lucia cansada, los surcos morados bajo sus orbes la advertían de que el agotamiento se iba acumulando. Suspiró con hastío considerando prudente finalizar la jornada. Su vista cayó de nuevo sobre él, seguía concentrado sobre los pergaminos ajeno a ella.
-Itachi- kun es suficiente por hoy, vayámonos a casa. Mañana seguiremos, realmente deberían haberte mandado antes aquí. Eres un verdadero genio. - Comentó mientras se abrochaba el chaleco.
-Está bien.
Escueto. Monosilábico. Amante del silencio. De momento solo podría describirlo de esa manera. Ella había intentado iniciar una conversación un par de veces aquella tarde, pero las palabras y su desparpajo a la hora de actuar parecían resultar inmunes a aquel hombre que, aunque de manera educada declinó las ofertas de ella para iniciar una conversación con simples afirmaciones y negaciones, se le vio bastante a disgusto con su verborrea. Le había escuchado chistar un par de veces, su voz nasal parecía desconcentrarle del arduo trabajo que llevaba a cabo. No le sorprendía, no era el primero.
Apagó las luces y le vio caminar de espaldas, ignorando por completo su presencia. Frunció el ceño. Le pareció tan descortés que ni si quiera esperara por ella; estando ambos solos en todo el edificio, ella creía que hubiera sido cortes desplazarse de manera cercana. Habían trabajado juntos durante todo el día e Ino se había molestado en resultar de lo más agradable, pensó que él por lo menos se mostraría agradecido mediante acciones. Dio largas zancadas hasta él consiguiendo ponerse a su altura, no pareció notarlo pues siguió caminando con la vista fija en la puerta como si ella no fuera más que una presencia revoloteando a su alrededor. Le hubiera gustado decirle un par de cosas sin embargo se contuvo, su presencia de alguna manera parecía apaciguar todo aquel torrente de energía que poseía. Le pareció curioso en un primer momento, si bien era incapaz de percibir algo en aquel ser humano estar a su lado le proporcionaba una sensación de paz que hacía tiempo no sentía. Quizás fuera aquel silencio ensordecedor que vagaba entre ellos.
Una vez estuvieron fuera Ino esperó que por lo menos hubiera unas palabras de despedida, pero se resignó al verle partir sin si quiera reparar en que ella aún cerraba la puerta dejando al edificio consumido en soledad. Observó como se mimetizaba con la noche como si se tratara de un vulgar ratero, únicamente mimado por los rayos de luna que caían en picado directos sobre él, dándole un halo casi espiritual a su figura. Le siguió con su mirada hasta que su vista fue incapaz de distinguir más que un simple borrón en el horizonte, entonces inquieta se posicionó para rastrear su chakra. Al descubrir que era incapaz de situarle en konoha un hueco de su ya destartalado corazón volvió a abrirse.
Caminó pensativa; con su llegada se había dado cuenta de que quizás sus habilidades no eran tan buenas como en un principio supuso; si bien se consideraba una buena kunoichi estar al lado de aquel portento de algún modo había hecho mella en su autoestima. Nunca había destacado por ser una muchacha con complejos, más bien lo contrario, pero sabía que cualquiera que tuviera dos dedos de frente sabría ver que debajo de toda aquella fachada resplandeciente se escondía alguien repleto de inseguridades. Era buena en su trabajo, de las mejores había escuchado, sin embargo, una parte de ella siempre había estado insatisfecha. Podía relamerse los labios cuando escuchaba cumplidos, pero de algún modo cuando aquello ocurría y aunque la gente no mentara su nombre siempre pensaba en Sakura. Una parte de ella sentía que esta opacaba su brillo. Sentía que Sakura había ganado aquella extraña competición que tiempo atrás había dado comienzo. Su mejor amiga siempre se las ingeniaba para acabar floreciendo, porque aunque ella pensó que era la flor con más pétalos del jardín algo le decía siempre que ese don no era el suyo.
No podía negar que sentía envidia, aunque al mismo tiempo se sintiera mal por ello, el dominio que parecía poseer sobre las emociones quedaba anulado cuando se trataba de sí misma. A veces parecía que no llegaba a entenderse. Solo se mostraba de acuerdo cuando una vocecita interna le susurraba que se había quedado atrás. Algo le decía que era cierto, que todos habían avanzado y ella seguía siendo la misma ilusa de siempre, atrapada en un cuerpo más desarrollado, pero con las mismas expectativas de cuando era una niña. Odiaba verse como un personaje secundario sin una trama de vida más apasionante que la de los demás.
Sin darse cuenta sus pasos la habían llevado a la casa que compartían Shikamaru y Temari, era una pequeña construcción de madera con todo el encanto tradicional que poseían las construcciones del clan Nara, rodeada por un hermoso jardín que ella misma se había afanado en arreglar para ambos, aquel lugar se había vuelto una especie de meca para ella. Cada vez que se sentía perdida sus pasos la llevaban hasta allí buscando un poco de calor hogareño. Era lo único que podía definir de esa manera, la casa donde creció estaba cerrada pudriéndose entre el polvo y las telarañas, después de la muerte de su madre vagar por aquellos pasillos se le había hecho insufrible. Y aunque su apartamento fuera literalmente su casa no lo sentía como tal.
- ¡Ino que sorpresa!
Sonrió como respuesta.
-Vamos pasa, íbamos a cenar justo ahora. Podrías haber avisado y habría hecho más comida, estás cogiendo muchas manías de Shikamaru. Ve al salón, ahora mismo voy yo.
- ¿No necesitas ayuda?
- Ve al salón y descansa, supongo que hoy habrá sido un día duro.
Volvió a sonreír, Temari se había convertido en un apoyo vital para ella. Al principio la relación entre ambas fue algo más que tensa; Temari la contemplaba como una amenaza e Ino como una salvaje sin modales que intentaba usurpar de su lado a su mejor amigo. Pero con el tiempo Ino encontró a una hermana mayor en su figura, una amiga con la que podía contar para todo. Rio por lo bajo al pensar en cuan aliviado se habría sentido Shikamaru cuando las aguas comenzaron a sosegarse.
La cena se hizo amena, los problemas parecieron quedar vetados en aquella reunión informal donde pronto comenzó a correr la cerveza y las anécdotas superfluas. Se sintió liviana y en paz, como si todos los pensamientos que habían estado acuchillándola por el camino nunca le hubieran asaltado de manera tan desbordante. Adoraba esa sensación, en aquella situación sentía que era parte de la historia, luego salía por la puerta y todo volvía a desmoronarse. Aquella angustia aparecía siempre a escasos minutos de anunciar su marcha.
-Bueno gracias por la cena y la cerveza, pero esta belleza mañana se tiene que levantar pronto para trabajar con su nuevo compañero.
- ¿Nuevo compañero?
Ino observó a la pareja enarcando una de sus cejas, mientras que sus labios sostenían la pinza que utilizaba para recogerse las hebras que pudieran quedar sueltas de su coleta, en cuanto se dio cuenta de que el alcohol había mermado tanto sus capacidades físicas que era incapaz de volver a peinarse se atrevió a pronunciarse.
- ¿No os habéis enterado?
-Ino verás… hemos estado un tanto ocupados, de eso queríamos hablarte.
-Si bueno primero escucharme. - Habló con dificultad mientras insistía en domar su cabello. – mi nuevo compañero es Itachi Uchiha.
- ¿El hermano de Sasuke?
Ino asintió con la cabeza mientras observaba las caras de asombro de sus anfitriones. Le pareció extraño que ni si quiera Shikamaru estuviera enterado de aquel asunto; él después de todo era junto con Naruto uno de los fieles vasallos del Hokage. Era el primero en tener noticias acerca de los mandatos de la villa y nada de lo que se cociera entre las cuatro paredes de aquel edificio escapaba de su jurisdicción. Aún estando en aquel estado las dudas le asaltaron. Por qué demonios nadie parecía saber nada de aquel embrollo, no importaba que lo ocultaran iba a ser evidente después de un par de días que el heredero del clan Uchiha había vuelto a ser reclutado como ninja de la hoja. Era un sin sentido.
-Sí, pensé que estarías al tanto Shikamaru.
-No tenía ni idea Ino, mañana hablaré con el Hokage…
-Quizás Naruto sepa algo.
Shikamaru pareció darle la razón con un leve asentimiento de cabeza.
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Una cena austera bajo el cantico decrepito de una llama a punto de extinguirse. Su mirada posada en el reloj cubierto de polvo. Las sombras su único invitado. Jamás en toda su vida se había sentido un ser tan incomprendido y solitario, incluso cuando acabó en aquella organización rodeado de malhechores su corazón pareció encontrar sosiego con su compañero. Una relación meramente profesional basada en el respeto mutuo. Deseó por un momento haberse encontrado con Kisame en otras circunstancias, que la vida les hubiera tratado con cariño haciendo de ellos unos ninjas de honor. Se fustigó ante el sabor dulce que burbujeó en su saliva, la sensibilidad en sus venas nunca había sido más que un mero obstáculo. Una ilusión que se oxidaba con el aire.
Lavó los platos con cuidado apreciando el contacto del agua caliente contra sus manos, al verse aliviado por aquellos lengüetazos optó por calmar los dolores musculares con una ducha reconfortante antes de volver al mundo de los sueños. El vapor inundó el pequeño baño, se untó sobre la superficie cerámica de los azulejos y convirtió el espejo en un paisaje nublado. Las gotas recorrieron los músculos magros de su abdomen, de sus brazos; arrancaron la piel muerta bajo mimosas caricias que morían a sus pies. El agua se escurrió entre sus pestañas tallando sus parpados, delineando sus marcadas ojeras. Y allí en aquella sauna improvisada dejó de pensar en que era el perdedor por unos segundos.
Con un pantalón caído gris de franela caminó en círculos por la habitación, sostenía un libro y su humeante taza de té. Sentía las gotas escurrir por su espalda dibujando surcos sobre su piel limpia y las veía desangrarse en el piso creando marcas oscuras sobre los viejos tablones de madera que componían el suelo de su habitación.
Aquel manuscrito que días atrás había encontrado encerrado en un baúl de la habitación de sus padres le tenía absorto; era un pequeño diario, calculaba unas cien páginas, que había escrito su madre cuando era joven. En el relataba como se enamoró de su padre. Nunca había sido fanático de las historias de amor, solía desvelarse para leer filosofía y de vez en cuando alguna historia de aventuras, pero aquella vez no pudo evitarlo. De algún modo sostener aquello entre sus manos le hacía sentirse más cerca de ellos.
Sin darse cuenta y con el pelo aún húmedo se encaramó sobre un viejo sillón al lado de la ventana, la luz cálida de las velas le mantenía relajado, y aquella lectura le hacía sonreír por momentos. Si cerraba sus ojos podía ver el rostro de su madre, aquella genuina sonrisa que le dedicaba y la bondad encerrada en aquella voz de terciopelo que le arrullaba en las noches de tormenta. Su pecho se hundió, los músculos se contrajeron de manera involuntaria y se enroscaron en sus huesos de tal forma que pudo sentir como crujían. Hacía demasiado tiempo que no pensaba en sus seres queridos, había olvidado aquella nostalgia que al principio se traducía en calidez para estallar en miles de cristales y clavarse, clavarse tan hondo que apenas podía respirar.
De repente como si los fenómenos meteorológicos supieran su incapacidad para desahogarse y llorar, comenzó a llover con furia. El agua comenzó a despejar las calles, la vida se extinguió por completo, solo las farolas se quedaron en pie como si fueran un faro siendo engullido por las espumosas olas dando luz a los desprevenidos. Entonces distinguió una sombra que se volvió nítida bajo el albor del bulbo candente, era aquella chica de su oficina. Ino Yamanaka caminando bajo el agua cero como quien daba un paseo un día soleado, bailando bajo la lluvia que arrastraba sus pecados. No podía ver su rostro pero imaginó una mirada triste y desamparada, como una gato sin hogar deambulando en busca de un plato caliente. Minutos después se esfumó por completo, dejándolo consigo mismo de nuevo.
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Se recostó en la cama, empapada, vestida y sin ganas de mover un dedo. Le daba igual ensuciar sus sábanas o coger una pulmonía. Aquel día estaba siendo intenso, tanto que una presión se había instalado sobre sus sienes, podría ser la cerveza, pero sabía con certeza que no. La misión, todo el trabajo, Sai, Sakura, su nuevo compañero y ahora aquella noticia; Shikamaru y Temari iban a ser padres.
Todo colapsó. No supo bien la razón al principio, pero recayó en sus conversaciones a solas. Esas que le contaban que se iba quedando atrás y que pronto no sería más que un personaje relativo e insustancial, de esos que aparecen por Navidad. Quizás aquel semblante en blanco desorientó a los futuros padres que la observaron apenados como si de repente tampoco disfrutaran de la noticia al ver su expresión. No mejoró la situación cuando dejó volar aquel "felicidades" sin rastro de dicha. No, las cosas no mejoraron cuando salió de allí como un alma en pena.
Ahí en la soledad de su cuarto con el olor a tierra mojada y la luna aún húmeda iluminando las tinieblas, pensó en cuan desorientada estaba, en que aquella estúpida calma la estaba consumiendo día tras días. Poco después cerró sus ojos, acariciando con perspicacia los ropajes blancos de Morfeo.
Dolor de cabeza. Eso pensó en cuanto abrió ligeramente un ojo para contemplar que estaba sana y salva, miró el reloj de la mesilla… llegaría tarde. Bufó, hoy no era su día por lo visto, aunque pensándolo con coherencia tampoco lo fue ayer, ni antes de ayer y así una larga lista de días catastróficos. Se levantó del colchón empapado, solo Dios sabía cuánto se arrepentía de haberse acostado empapada de cabeza a pies, pues el frío había calado en sus huesos y sentía un cansancio generalizado que la hacía moverse casi con pesar. Tosió un par de veces, la garganta le escocía, notaba las flemas acercándose de manera sospechosa a la úvula. Odiaba esa sensación.
No tomó un baño, apenas logró vestirse con el uniforme especial del departamento, llevaba aquel conjunto típico que había utilizado durante su adolescencia, pero de un lila pálido que acentuaba sin querer sus ojeras. Se hizo un moño, tenía el pelo demasiado enredado como para peinarse con esmero, así que optó por la solución fácil y rápida que mejor se adaptaría a su tiempo nulo. Bajó las escaleras acelerada, tomó un café caliente y emprendió camino hacía su puesto antes de que Ibiki hiciera la ronda matutina.
Fue extraño. De repente todos sus malos pensamientos se disiparon, y su mente se concentró en él. Ajeno al mundo terrenal, ensimismado en descifrar un pergamino tras otro como si fuera una máquina. Parecía una figura irreal allí; en aquel ángulo oscuro, con los codos apoyados sobre aquel viejo pupitre de escuela, sentado en una vieja butaca de madera que crujía al compás de su respiración.
Como las demás veces no pareció turbarse ante su presencia, ni si quiera por el hecho de que había entrado por la ventana causando un épico estruendo al resbalarse y caer de bruces contra el suelo, ni de ese modo consiguió que despegará sus ojos de los papeles. Sumido en la ataxia, parecía más cercano a alcanzar el nirvana que por preocuparse de su caída. Bufó exasperada, si en algún momento de su vida había creído que no encontraría un ser más inerte que Sai o Sasuke había estado muy equivocada.
-Buenos días. - Masculló entre dientes, observándole por el rabillo del ojo mientras colocaba unos papeles. Se sorprendió cuando le vio alzar la cabeza y mirar hacia ella.
-Tu voz suena tomada, no deberías caminar bajo la lluvia tan a la ligera.
De pronto su boca se tornó en un desierto. ¿A caso él la había estado espiando? Desechó la idea al rememorar su paseo nocturno y visualizar fielmente en su cabeza los pasos dados bajo la luna. Al saber esto su corazón comenzó a bombear de manera errática, una pequeña llama comenzó a calentar el centro de su estomago y no pudo más que sentirse extraña en su propio cuerpo. Él la hacía sentir pequeña e insignificante, pero podía ver que no se lo proponía, que ni si quiera sus palabras tenían esa intención, solo era ella y su sentimiento de desnudez bajo aquellos ojos que no la dedicaban más que unos segundos al día.
Quiso comenzar una conversación, pero por absurdo que sonara su sonrisa se lo impedía. Se sentó en su silla y se dispuso a trabajar, intentando rebajar bajo ingentes cantidades de papeleo aquella emoción que le hacía cosquillas en los pies. Se sentía estúpida y al mismo tiempo no comprendía nada de lo que le sucedía, pero poco a poco le estaba quedando clara una cosa; quería saber más de él. Se estaba muriendo de la curiosidad, quizás fuera aquel lado cotilla que había heredado de su madre, pero ella quería retirar el telón y ver detrás, saciarse para apagar su llama. ¿Quién era él realmente? Dónde comenzaba el mito del heredero prodigio del clan Uchiha.
Cierto era que aquella curiosidad era lo que le mantenía entretenida, si fantaseaba sobre su vida y hacía conjeturas, su mente se volvía gelatina y olvidaba todas sus preocupaciones. La inseguridad, la envidia y todos esos sentimientos enmarañados que la hacían ser la peor de las personas se volvían inocuos, dejándolo vagar a sus anchas por una vida que parecía ser más oscura que la suya. Por lo menos en su cabeza.
-Yamanaka debo irme, avisé a Ibiki antes de que usted llegara de que me marcharía antes.-Dijo con una reverencia, haciendo que ella bajara de nuevo a la tierra.
Miró la hora, había gastado más de tres horas de su vida observándole, y algo le decía que él lo sabía, pero era demasiado correcto o simplemente le daba igual, para hacerlo notar.
-Oh sí claro, marcha sin problema yo terminaré el trabajo.
-Preferiría si no le importa que no tocara nada de mi trabajo.
Se mordió la lengua y apretó sus puños. Cuanto le hubiera gustado abofetearle la cara en aquel momento. ¿Acaso la creía tan inservible? Si era de ese modo debería bullirle la sangre al saber que ella era su máxima autoridad después de Morino.
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- ¡Ino sé que estás en casa, abre la puerta por favor!
Sus ojos azules se fijaban intermitentes en la puerta de su departamento y su vaso cargado de whisky. Escuchaba la voz de Shikamaru y aquella melancólica que sonaba en la radio, ella se regocijaba en el silencio.
-¡Ino por favor! No sé qué te está pasando últimamente, pero… pero… maldita sea si me necesitas estoy aquí.
La tentación de abrir la puerta se clavó en su pecho, pero sus inseguridades acorazadas por su orgullo la retuvieron sobre el suelo impidiendo alcanzar a su amigo. La canción había terminado justo cuando los pasos de Shikamaru habían ido arrastrándose sobre las losas de las escaleras desapareciendo para siempre de su portal. Empezó a llorar angustiada, mezclando sus lagrimas con la bebida, dando hipidos entre sollozos. El whisky cayó al suelo, empapando sus pies y la falda que la cubría, ella siguió allí inmóvil; no sabía si se sentía así de azorada por todas las cosas que la atormentaban o porque pudo sentir la necesidad de Shikamaru de curarla sin importar qué.
Después de unas horas y cuando el sol se escondía en el horizonte fue capaz de levantarse del suelo, se movió hasta el balcón y salió a respirar; haber estado llorando por horas había dejado su nariz taponada. Se encaramó en la barandilla y dejó que el sol calentara su cuerpo, cerró los ojos, sentir sus pies flotando en el aire siempre le había resultado tan agradable como las cosquillas que le hacía caminar descalza sobre la hierba.
Pudo redimirse allí encaramada siendo mimada por el halo único de una puesta de sol primaveral, por el viento perfumado de flores silvestres que empezaban a bañar los campos de las afueras de la villa. Ronroneo estirando su cuello sintiendo como los últimos rayos se aferraban a ella y descendían dejando retazos escarlatas tatuados en su epidermis, no había sido consciente a este ese momento de la importancia de dejarse fluir bajo una tormenta de calma y serenidad, acompañada de si misma. Abrió sus ojos, despidiendo al sol y saludando a las estrellas que comenzaban a volar por el cielo abriendo la orquesta a la luna. De pronto pudo verle observándola con curiosidad, pudo sentirlo, y tan fugaz como aquella sensación despareció descendiendo por las calles aún abarrotadas de gente.
