Hermanos para Siempre - Jim Mizuhara

Capítulo 3


Alrededor de las cinco de la mañana, el chico rubio se volteó en el lecho, despertó cuando sintió un peso opresivo sobre su tórax. Sus garzas orbes se abrieron para observar, sin mucha sorpresa, los brazos de Kai enroscados en él, a la vez que el bicolor dormía profunda y serenamente; tal cosa no lo molestó demasiado, pero lo que terminó impulsándolo a levantarse fue un calorcillo desagradable y húmedo que sintió en medio de las piernas. Tenía suficiente edad para no estar haciéndose más en la cama, pero la sensación era clara y bastante perceptible; sus manos palparon las sábanas, con cierto alivio percibió que no estaban húmedas. Desembarazándose de los brazos del bicolor se dirigió en puntillas al cuarto de baño, mismo con la puerta cerrada un pequeño rayo de luz atravesaba el hueco de la cerradura.

Desató frenéticamente los cordones de su pantalón, los bajó y, al bajarse los bóxers, pudo ver la deplorable y vergonzosa causa. Su enrojecido y semi-erecto miembro estaba húmedo del blanquecino y viscoso fluido seminal, el cual se había corrido y originado una enorme mancha en sus bóxers. La perplejidad estampada en sus facciones provenía del hecho que nunca antes se había encontrado en tal situación, ni mucho menos qué debía hacer. Su instinto le recomendó callar el acontecimiento para todos los efectos, ya que no poseía aspecto ni origen interesantes para ser discutidos.

Su sorpresa inicial cambió a un gran susto cuando un par de brazos rodeó con rapidez su cintura, el ojiazul intentó subirse de nuevo los pantalones pero ya era tarde. Era Kai quien estaba detrás de él.

– Vaya, vaya… veamos qué hay aquí… - murmuró el bicolor, apoyó su cabeza sobre el hombro de Max, deseoso de observar con más detalles.

– .¡Kai!. .¿Qué haces aquí?. – sibiló entre dientes el exasperado rubio.

– Me despertaste cuando viniste aquí – contestó sin prisa el mayor – entonces vine a ver qué sucedía y creo que hice bien. Hmmm… .¡Vaya!. Qué cosa interesante. Veo que has entrado en la edad de los grandes y agradables descubrimientos – agregó Kai, señalando directamente las entrepiernas de Max.

– .¡Eso… eso no es de tu cuenta!. – exclamó el rubio - .¡No se te ocurra contarle a nadie!.

– No te preocupes, es lo de menos – contestó Kai – debías saber que le pasa a todos los chicos. Estarás pensando que es un asco, en parte tienes razón… aunque algún día conocerás otras circunstancias que lo convierten en algo muy agradable de sentirse – agregó, al tiempo que lo soltaba – deberías limpiarte, luego tendrás más dificultad. Te estaré esperando para que sigamos durmiendo abrazaditos hasta las siete – dijo Kai en tono jocoso, al tiempo que le guiñaba un ojo.

El apenado rubio no tuvo otra opción a no ser meterse en la ducha. Las tuberías de agua a esas horas estaban heladas, de modo que Max tuvo que ducharse a temperatura apenas pasable; al volver optó por meterse en su propio lecho, mientras el contrariado bicolor lo miraba, la cabeza hundida bajo las cobijas. En el par de horas que estuvieron allí ninguno de ellos volvió a dormirse, limitándose apenas a cerrar los ojos y pensar; el chico rubio deseaba quedar metido bajo las mantas para siempre, después de aquella escena bochornosa con Kai no estaba en condiciones de ser objeto de burlas y humillaciones por parte del bicolor. Por su parte, Kai entró en agitación por segunda vez mientras su fantasía editaba a su gusto las despudoradas imágenes que obtuvo de Max al atraparlo desprevenido en el baño; sentía una pulsante erección bajo su pijama, anhelante del contacto con un chico a quien apenas conocía. La lógica del bicolor sugería que era estúpido desear a alguien de las proporciones y características de Max, sumado al poco tiempo de convivencia, pero todo el resto de él deseaba conocerlo, sentirlo de una u otra forma. Esa evidente división entre la razón y los sentimientos dictaban sus contradictorias acciones que lo hacían difícil de comprender y causaba problemas mayores; la adoración que comenzaba a sentir por Max estaba mezclado con el supremo odio de sentir precisamente esa adoración, como negándose a admitir ese comportamiento dentro de sí, excluyéndolo como una mancha en la personalidad.

Ese día, Kai inició el día más huraño que nunca. Los padres de Max, incluso el propio rubio, quedaron perplejos ante su comportamiento. Actuaba como si el día anterior no hubiera existido, como si ayer no estuviera más tratable y accesible con los demás, como si fuera que emergió de su interior una personalidad distinta. Alzó la voz hasta límites intolerables para sus nuevos padres y, antes de dar por terminada la discusión, se encargó de hacer trizas una pila de platos que estaba encima del fregadero.

– .¿Has visto lo que ha hecho ese delincuente, Judy?. .¡Eso no lo puedo permitir en mi casa!. – exclamó el señor Tate, exaltado.

– E-Es muy temprano aún para juzgarlo, querido… apenas lleva poco tiempo con nosotros, además sabemos que tiene… - Judy hizo una pausa – que tiene algunos problemas, tú y yo leímos eso en su ficha y mismo así acordamos en traerlo. Vamos con calma…

– No me parece una justificativa razonable para que use un lenguaje de sargento de caballería – contradijo el señor Tate – además, está aquí porque lo adoptamos, no para pasarse unas vacaciones, hacer lo que quiera y luego marcharse. Debe encajarse en las normas.

– Hola, Maxie – dijo su madre, al verlo entrando a la cocina - .¿Has visto a Kai por ahí?.

– .¿Kai?. – repitió el rubio - .¿Acaso no estaba aquí?.

– Sí, pero se trata que salió y…

– .¡Diablos, huyó de nuevo!. – exclamó el señor Tate, dando un portazo a la vez que corría afuera.

A cinco cuadras de la casa, Kai paró de correr y apenas iba caminando. Sus jadeos se transformaban en diáfanos cristales de nieve en el inclemente frío que hacía; sus pasos rápidos y precisos lo llevaban a cualquier parte aunque aquel trayecto probablemente lo haría llegar a la plaza de la ciudad, en aquellas horas debía estar desierto. Iba pateando las piedrecillas del camino, furioso con todos los Tate y jurando nunca más volver allá. Su odio irracional era producto de los innumerables traumas que había sufrido en el hogar sustitutivo, cualquier demostración de afecto y atención eran para él algo sospechoso, dejándolo susceptible a ponerse a la defensiva. Los padres de Max habían sido tan amables y pacientes con él, otorgándole lo que deseaba, también el propio Max era alguien que lo hacía sentir tan bien… pero, así como un felino silvestre que se resiste a ser domesticado, así era Kai ante aquellos que trataban de complacerlo.

– .¡Kai!. .¿A dónde piensas que vas?. – oyó el bicolor decir a poca distancia de él, antes de voltearse un par de brazos lo sujetó de los hombros.

– .¡D-Déjeme en paz!. – protestó el bicolor, intentando zafarse de las manos del padre de Max que lo sujetaban fuertemente.

– .¡De ninguna forma!. Vienes con nosotros ahora mismo – ordenó el mayor, llevándolo casi a rastras.

– .¡Váyase al diablo!. – blasfemó Kai, iracundo, mientras lograba que uno de sus brazos quedara libre y bregara por liberarse el otro.

– .¿Qué has dicho, insignificante?. .¡Yo te enseñaré lo que son buenos modos!. – bramó el señor Tate, mientras los nudillos de sus manos se apretaron más en torno al brazo del bicolor que sujetaba.

Kai estaba a punto de soltar su maldición más elaborada cuando, a poca distancia de él, vio al chico rubio, boquiabierto. La sorpresa que Max exhibía en su rostro con relación a la conducta del bicolor era justificada, y el bicolor paró en seco, con los ojos muy abiertos, como intentando explicar que todo aquello no pasaba de un mal entendido. Cuando por fin volvió a la realidad, el bicolor se encontró de nuevo en la sala de estar, con severas miradas desaprobatorias de ambos padres dirigidas a él, mientras se turnaban para sermonearlo. La única cosa que Kai percibió en aquellos momentos era que Max no estaba presente, comenzó a emergir de su interior un desespero cada vez más creciente, producto de la pésima demostración de su carácter frente al rubio, lo cual hizo que permaneciera cabizbajo y, posteriormente, comenzó a estremecerse ligeramente. Sus padres lo mandaron de vuelta a la habitación, allí encontró a Max, sentado en un sillón.

– Kai, .¿Qué fue aquello?. – saltó de pronto el rubio, casi irguiéndose de su lugar – ayer… ayer todo estaba bien, estabas feliz, incluso, pero… no comprendo…

– No tienes que comprender nada – replicó Kai, sentándose encogido en un rincón del lecho.

– Puedo imaginar que está siendo muy difícil para ti – razonó Max – pero eso no justifica que…

– .¡No me sermonees!. – interrumpió instantáneamente el bicolor, con el ceño fruncido.

– .¡No te estoy sermoneando!. Lo que tú necesitas entender es…

Las últimas palabras del rubio fueron la gota que colmó el vaso de Kai. En menos de lo que dura un parpadeo, Kai sujetó del cuello de la chaqueta a Max, casi levantándolo, mientras que su puño derecho, crispado y amenazador, se mantenía por arriba de su cabeza, a punto de descerrar un golpe. El chico rubio empalideció con el proceder de Kai, quedó paralizado de miedo ante su furibunda expresión y la tremenda fuerza que exhibía, permaneció con la boca medio abierta y la mandíbula estremeciéndose de la impresión. La ira de Kai parecía avivar más el fuego de sus rubiáceas orbes, transformándolos en algo estremecedor y temible; su puño fue bajando con lentitud cuando vio el temor desmedido que provocaba en Max, observó fijamente sus azules ojos, húmedos y temblorosos, y también su rostro pálido y sus brazos pendientes. Con un gran arrepentimiento el bicolor soltó delicadamente al chico, al tiempo que su cólera daba lugar a la vergüenza de haber hecho eso.

– Lo siento – masculló el bicolor, bajando la mirada.

El chico rubio, apenas se vio libre, trastabilló dos pasos antes de voltearse y salir corriendo de la habitación, con una inenarrable expresión de espanto en sus facciones. Sintiendo unas ganas terribles de llorar, el bicolor se arrojó sobre su cama, metiendo la cabeza bajo las almohadas hasta sentirse asfixiado. Golpeó diversas veces la almohada que lo cubría con los puños cerrados, mientras repetía con voz embargada:

– .¿Por qué hice eso con él?. .¿Por qué?.… .¿Por qué?.…

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– Bueno, .¿Pueden citarme más detalles de la convivencia entre ustedes y Kai?. – dijo la señorita Chasse, mujer menuda y seria que desempeñaba la tarea de recorrer hogares donde hubiera chicos adoptados. En su puesto de supervisora, completaba formularios que testificaban la buena relación entre padres e hijos adoptivos.

– .¡En estos quince días que pasaron, ese delincuente ya ha…!.

– .¡Ejem!. En verdad, tuvimos algunas pequeñas dificultades con Kai – explicó Judy, interrumpiendo la perorata que se disponía a soltar su esposo – sigue siendo muy irresponsable, tiene cambios constantes de humor, se muestra irascible, poco sociable, a veces rompe las cosas.

– Hmmm… características típicas de un chico de su edad que va en adopción – detalló la señorita Chasse – son difíciles de educarlos y corregirlos… después de todo, .¿No podrían citarme algún punto positivo en todo esto?.

– Parece tener más afinidad con nuestro hijo, Max – respondió el señor Tate, sombrío.

– .¿Qué usted entiende por afinidad?.

– No lo sé… habla más con él, también parece que no es tan agresivo en su presencia, nunca toca sus pertenencias…

– .¿Han notado algún cambio de conducta por parte de su hijo, influenciado por Kai?.

– En verdad, no… - repuso Judy, con reticencia – talvez sea un poco al contrario.

– .¿Quiere decir que su hijo ejerce algún tipo de influencia en Kai?. .¿Influencia del tipo positiva?. – apremiaba la señorita Chasse.

– En los últimos días, sí – acordó el señor Tate – Kai sigue evitándonos como a la peste, pero parece ser más accesible con Max.

– Muy bien… por el momento, eso es todo. Volveré dentro de un mes a visitarlos, y deseo que me mantengan al tanto sobre la evolución del comportamiento de Kai; exhibe características muy marcadas que posiblemente no puedan ser mejoradas, lo que han dicho es suficiente para mandarlo de vuelta al hogar, sin embargo supongo que desean tenerlo aún. En caso de que su comportamiento empeore o cometa alguna agresión o delito, será inmediatamente removido – citó la mujer, quien con un débil asentimiento se despidió de la pareja antes de subir a su automóvil y marcharse.

– Fíjate, Judy, una queja más y se lo llevan – puntualizó el señor Tate, a la vez que cerraba la puerta.

– Tenemos que esforzarnos más si deseamos que quede aquí – murmuró Judy.

– Talvez no seamos los padres que él desea…

– Sería una pena que volviera allá.

El bicolor escuchó cada palabra que emitieron en la sala, ubicada en la planta baja, sus piernas hormigueaban mientras se apoyaba contra el vano de la puerta, aterrado con lo que acababa de oír. Su sentencia de volver al infernal hogar sustitutivo estaba casi lanzada y él apenas podía dar crédito a eso. Más una oportunidad que se esfumaba entre sus dedos.

La oscilante conducta de Kai en las últimas dos semanas mantuvo en suspenso a toda la familia Tate. Los cambios bruscos de humor significaban platos rotos, trozos de vidrio desperdigados por el suelo, cristales de ventanas hechas añicos y aparatos electrónicos estropeados; no había sermón o castigo que doblegaba a Kai en esos momentos, su comportamiento altivo era inmune a toda clase de represión. En los pocos momentos que parecía recobrar la templanza intentaba recomponer la frágil estructura que lo unía a Max y que, desde la vez que lo tomó del cuello, se había dañado irreversiblemente. El chico rubio prefería apenas ignorar todo aquello, encerrándose en su propio mundo y no dejando que Kai participara en él. Lo que los padres de Max llamaron afinidad frente a la señorita Chasse era en realidad un intento desesperado por parte del bicolor en complacer o al menos ganarse la atención de Max, aunque ninguno de sus esfuerzos fueron recompensados.

Cierta tarde, por enésima vez, Kai intentó un diálogo con el chico rubio, quien literalmente desaparecía de la casa la mayor parte del tiempo con el simple objetivo de no tener que encarar la realidad del bicolor. De esta vez lo había hallado en su habitación, jugueteando con unos lápices sobre un papel sobre una mesa que había allí, diseñando cosas disconexas. Con un suspiro el bicolor se sentó en una silla próxima.

– Quieren mandarme de vuelta – anunció Kai, con tono casi alarmado.

– Lo sé – repuso Max, indolente, sin desviar la mirada del papel.

– Yo… no quiero ser mandado de vuelta. No quiero más.

– .¿Acaso no te jactabas de que ibas y venías sin cesar?. – cuestionó el rubio, sin mirar aún a Kai, a la vez que escogía con indiferencia otro lápiz.

– .¡Pero ya no más!. Estoy… estoy harto de eso. .¡Max, hay algo que quería decirte: yo te…!.

– No me interesa, Kai – interrumpió el rubio, cuya transparente mirada no reflejaba odio, rencor o ira, apenas lástima – quizás sea mejor que vuelvas allá. Si crees que nosotros no somos quien tú piensas merecer, talvez en otro lugar te sientas mejor. Y si no te molesta, yo tampoco deseo saber más de ti.

Las palabras calmas y pausadas que dijo Max hicieron que el universo de Kai se derrumbara estrepitosamente. Su sereno tono de voz, sus celestes orbes que apenas transmitían una infinita piedad por su suerte fueron desquiciadores para el bicolor; la última cosa que lo ataba a aquel nuevo hogar donde podría ser feliz ahora estaba desintegrado. Si Max lo hubiera dicho con duras palabras, lo maldijera e incluso lo agrediera sería más natural para Kai, quien estaba habituado a tales cosas. Pero lo que hizo estremecer de dolor hasta la más íntima fibra de su ser era justamente que había sido al contrario: la voz suave, las palabras escogidas con cuidado, el profundo sentimiento de compasión de Max lo herían más que cualquier otra cosa.

Desesperado con la sincera opinión que recibió del ojiazul, además del hecho que no pudo confesar a tiempo lo que realmente sentía por él, se levantó con brusquedad de la silla. Con la mirada vidriosa fue caminando, casi tambaleante, en dirección a la ventana cerrada, con un empellón rompió la cerradura y abrió, dejando que el viento helado entrara por ella. Con torpeza subió al alféizar, sujeto precariamente al marco con los dedos; algunas lágrimas rodaban por sus mejillas.

Max volteó la cabeza ante la reacción de Kai, y alarmado vio el modo como se puso en la ventana. Al levantarse de la silla lo echó involuntariamente al suelo, al tiempo que se disponía a aproximarse del bicolor.

– .¡No te acerques!. – bramó Kai, furioso.

– Kai, .¿Qué… qué haces?. – indagó el rubio, asustado - .¡Bájate de allí, es peligroso!.

– Voy a arrojarme – sentenció el bicolor, con una extraña expresión de serenidad en su rostro – ya no le importo a más nadie, ni siquiera a ti. Antes de hacerlo, quiero que… quiero que sepas una cosa: tú sí me importabas mucho. Aún sigues pareciéndome alguien admirable, pero… quizás eres demasiado noble para entenderme o entender mis sentimientos. No permitiré que me saquen de aquí… no permitiré que me saquen vivo…

– .¡K-Kai, no hagas eso, por favor!. – exclamó Max, desesperado - .¡Vamos conversar!.

– No hay más tiempo – concluyó el bicolor, meneando la cabeza.

Antes que hiciera nada, los dedos de Kai se soltaron de la ventana, dejándolo caer hacia atrás. El aterrado Max no tardó tres segundos antes de escuchar el seco impacto del cuerpo que había llegado al suelo. Oyó a sus padres bajando en polvorosa las escaleras mientras él, intentando vencer el miedo que paralizaba sus piernas, se acercó penosamente a la ventana, estremeciéndose por la visión que tendría.

Max comenzó a sollozar al ver, allá abajo, al bicolor encogido en el suelo, inmóvil, con la boca entreabierta y la sangre que de allí salía manchando la blanca nieve de un rojo vivo.

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El frío e impersonal edificio donde se ubicaba el hospital era inmenso, poseía un vasto estacionamiento cubierto de donde iban y venían las blancas ambulancias, siempre apresuradas. Los casos menores y las emergencias se atendían en el primer piso, allí se escuchaba un bullício de personas de todas las edades, algunos eran pacientes que ingresaban y la mayoría era constituida por parientes de los internados; en un rincón de la sala de espera se escuchaban sollozos apagados, provenientes de un chico rubio amparado por sus dos preocupados padres.

– .¡Pero fue mi culpa!. .¡Mi culpa!. – repetía sin cesar Max, sus pocas lágrimas y sus ojos enrojecidos denotaban que había estado así durante largo tiempo.

– .¡No, no lo fue, Max!. – contradecía su padre, sacudiéndolo de los hombros – oh, Maxie… no te culpes, eso iba suceder en cualquier momento, de todas formas. Kai tiene demasiados problemas, debes comprenderlo – añadió, abrazando con fuerza al menor.

– Buenas noticias para ustedes – señaló un hombre vestido de guardapolvo blanco, cuyas canas y la incipiente sonrisa le daban un aire bonachón – el paciente Kai Hiwatari está bien. Apenas sufrió una pérdida temporal de consciencia por causa del impacto, pero ya la ha recuperado; además, tuvo apenas algunas magulladuras y escoriaciones, nada grave. Fue una suerte tremenda que haya caído sobre nieve recién caída, de lo contrario podría haber sido fatal. .¿Desean verlo?.

Los padres de Max asintieron enfáticamente, pero el chico rubio no esperó a dar la respuesta. Salió casi a la carrera, observando através de todas las ventanas iluminadas intentando hallar al bicolor, tropezando algunas veces con puertas que se abrían repentinamente en su frente y mesitas sobre ruedas que insistían en obstaculizarle el paso. Casi pasó de largo la pequeña habitación donde Kai estaba, la tenue iluminación apenas delineaba su silueta que reposaba sobre el lecho; tenía una raspadura en el rostro, además de tener vendados el brazo izquierdo y la frente, donde se había hecho una contusión. Con una gran sonrisa estampada en el rostro, Max entró en el cuarto, cerrando con cuidado la puerta tras sí. Kai volteó con lentitud la cabeza, su opaca mirada lo dejó transtornado al ver allí a Max, no podía dar crédito a que estaba junto a él.

– .¿Cómo te sientes?. – preguntó el ojiazul en tono afectuoso.

– Bien – contestó Kai, con voz seca y pausada – mejor al verte.

– Yo siento muchísimo por lo que he dicho – susurró el menor, compungido – también tú me importas tanto que vine aquí a verte, además que… así como aquel día que pasamos juntos, todavía habrá otros tantos como ese. Perdóname que…

– .¿Perdonarte?. – musitó Kai, en tono burlón – no sé de qué me hablas. Quizás me golpeé demasiado fuerte la cabeza y no recuerde nada de lo que me has dicho.

El bicolor observó a Max allí, a su lado, con todos los indicios de que había soltado el llanto durante largo tiempo, sintió un vuelco en el corazón al pensar que el chico rubio se preocupó por él, que ahora exhibía una sonrisa de verdadera dicha por su buen estado, que le importaba tanto como para estar de su lado y que su arrepentimiento era tan sincero al punto de ser imposible no perdonarlo. Kai volteó la cabeza del lado opuesto, no quería que Max viera las lágrimas que de repente le subieron a los ojos, nunca antes en su vida se había sentido valioso y necesario para otra persona, mucho menos para alguien a quien los mejores y más fuertes sentimientos iban dirigidos. Sintió la tibia mano del ojiazul sobre su brazo, como intentando consolarlo.

– Me siento feliz que estés aquí, Max – murmuró el bicolor, con voz embargada – es importante para mí tu presencia, con sólo verte yo… no sé, creo que todo queda diferente… lo que quería decirte, pero no lo dije aún, es que yo te…

– Shhht, no lo digas, Kai – interrumpió con suavidad el menor – ya lo sé.

– .¿S-Sabes?. – cuestionó el otro.

Max se aproximó más y abrazó como pudo al bicolor, como una tácita respuesta a su pregunta. Con los brazos entorpecidos Kai también lo estrechó, cerrando con fuerza los ojos mientras intentaba no sollozar más en presencia del chico rubio, sintiendo una inmensa felicidad, imposible de disipar en aquel mágico momento en que abrazaba a Max con la plena certeza de que sabía sobre sus sentimientos.

Del lado de afuera, apenas contemplando através de los cristales, estaban los padres de Max, observando la ternura de la escena con sonrisas aprobatorias, complacidos con la nobleza de carácter que su hijo presentaba y que le permitía aceptar de nuevo al problemático chico bicolor en su vida.

Continua...


Y hasta aquí el tercer capítulo de este fanfic... vaya, vaya, menudo jaleo pasaron los protagonistas en este capi, eh? Sin embargo, llegará a solucionarse todo en breve, tengan paciencia y ya verán, jeje! Díganme qué opinan de este capi, y espero sinceramente que hayan disfrutado. Hasta la próxima!!