Opio
Capítulo III.
- Tú no puedes irte… -murmuró Ren antes de que abandonara la cocina. Y yo no podía entender a qué se refería con eso. Menos tratándose de él.
Abrazos, sonrisas melancólicas, palmaditas en la espalda y jugo de naranjas. La mirada oscura y reprobatoria de Anna sobre mí. Y Ren distante como siempre, impasible ante la jarra de leche que sostenía entre sus delgaduchas manos.
Así había sucedido todo, tal como recordaba Horo. Hace pocos instantes en la cocina. Estaban un poco conmovidos ante la inesperada noticia, pero lo apoyaban. O más bien: lo apoyaba. Anna no opinó, sólo le vio con esa desagradable indiferencia, y por parte de Ren tampoco se podía esperar mucho. No hizo nada hasta que él hubo asomado su puntiaguda y celeste cabeza por el marco de la puerta para abandonar la cocina. Ya sabemos lo enigmático del dicho del joven chino: "Tú no puedes irte"… no es que a Horo le haya parecido especialmente extraña la frase, si algo había aprendido en esos años era que se podía esperar cualquier cosa de Ren Tao. Pero de todas formas era curioso. ¿A qué se habría referido?
Siguiendo con la despedida, Amidamaru le había "abrazado" mientras lloriqueaba al igual que su amo. ¡Qué parecidos eran! Y Bason era tan indiferente como Ren, nunca se habían llevado muy bien. Tamao hizo un estruendo cuando trató de servirle jugo, y sonrió avergonzada revelando que estaba realmente apenada por la decisión que hubo tomado.
Tras el pequeño recordatorio de su despedida, alzó las cejas, conforme, y dirigió su negra mirada a la ventana, luego de pensar bastante rato, y sentir como los sentimientos encontrados lo embargaban…
Iba a extrañar Funbari Onsen. Incluso iba a extrañar a Ren.
Volvió a recordar: rato después del anuncio llegó Ryuu y lo estuvo abrazando por mucho tiempo, hasta que el más joven comenzó a tornarse del color de su pelo, haciendo que todos estallaran en risas. Todos menos Ren y Anna. ¿Qué se traerían entre manos, siempre tan callados y distantes? De seguro tenían algo o pensaban en planes maquiavélicos para el exterminio de la sociedad y los emparedados de jamón, pensaba Horo. Pero probablemente, y más acertado de pensar, Ren y Anna tenían esas personalidades así de reservadas e introvertidas, y cuando tenían un problema no se lo decían a nadie. Y cuando estaban felices, tampoco. Por eso, insistía, de todas formas le había sorprendido la reacción de Tao: su extraño e inconexo murmullo.
Mejor sería alejar esos pensamientos obtusos de su aguda cabeza, y guardar lo poco y nada que tenía en una maletita. Sus artesanías, sus cintillos, su único kimono negro. Su tabla colgada a su espalda. Su sonrisa de oreja a oreja. Todo estaba listo y guardado, hasta lo difícil que iba a ser irse se lo guardó. Ahora sólo quedaba esperar un poco más, para volver a ver a su hermanita y probablemente, si tenía suerte, a toda la aldea de ainus. Dormiría, despertaría a la mañana siguiente, tomaría su empaque y se iría. Ojala sin despedirse para así no angustiarse. Después de todo habían sido casi tres años los que había compartido en ese dojo…
Apoyó su cabeza en la almohada y cerró los ojos, cuando sintió que un peso aplastante caía encima de él con brusquedad, y al destaparse vio a un flamante Ryuu mirándolo, junto a más miradas pertenecientes a Yoh, Chocolove y Manta. Todas divertidas y traviesas. Incluso Ren estaba ahí, pero cruzado de brazos y como protestando porque no le habían dejado dormir.
- ¿Era necesario que fuera precisamente Ryuu quién se tirara encima mío? –reprobó a sus amigos, divertido, sobándose el costado, con un ojo entreabierto
- Ryuu era el más pesado. Y como sabemos que cuesta despertarte… -murmuró Manta, teórico
- Oye, que no es para tanto. Ni siquiera me había dormido… -
- ¿Creíste que te ibas a ir de aquí sin una despedida, Hotito? –le sonrío Yoh, demasiado amable
- …
- ¡Lo que oye'! Como te va' mañana, así tan rápido –ni que estuviera' escapando de alguien, chico- decidimo' con Yoh hacerte una "wena" despedi'a... –explico el negrito, encantado
- Ah… ¿y le pediste permiso a Anna y todo eso…?
- No, pero son detalles… -opinó Yoh y sonrió como de costumbre
- Opino lo mismo entonces… -sonrió mofándose y se incorporó junto a sus amigos. Sus verdaderos y queridos amigos. – Entonces¿a qué hora empieza el flirteo? –los vio, más entusiasta que de costumbre, mientras se quitaba la camiseta blanca para cambiarla por su habitual y colorido vestuario.
- ¿Flirteo? Yo nunca dije flirteo… -soltó Yoh, sonriendo
- ¡Flirteo, vamos a flirtear¡Excelente idea, Horo-Horo! –expresó sinceramente Ryuu, y hubiesen agradecido que no fuera tan sincero
- Tengo que conseguir una novia aquí aunque sea en el último día –dijo seguro y les guiñó el ojo
- ¿Nunca es tarde para ti, verdad…?
- No, Yoh. Nunca… -todos estallaron en carcajadas muy alegres, y cuando se hubo vestido, se abrigaron un poco y salieron.
Yoh llevaba un sobretodo anaranjado con su planta preferida bordada, unos pantalones doblados y unas gafas anaranjadas. Y por supuesto, a Anna del brazo. Chocolove iba con su extravagante vestuario de costumbre, sólo que ahora se había colgado un abrigo en los hombros. Con Ryuu no había caso, llevaba una horrible casaca de violeta chillón y unos pantalones blancos y aflautados.
¿Por qué tanto esmero en describir ropa?
Porque Horo se veía realmente bien. Tenía que estar pendiente de su apariencia si iba a salir a coquetear. Llevaba una sonrisa radiante y nostálgica. El cabello ya no tan tieso como siempre, pues dejaba que algunos mechones juguetearan en su frente, sosteniéndolos a penas con un cintillo con orejeras delgadas y de hebillas desatadas. Llevaba un gabán un poco inflado de un gris marengo, una camisa celeste, al igual que su bufanda.
Todos habían crecido tanto… estaban más altos, e irradiaban felicidad.
Por supuesto era como una marcha la que iba camino a la feria. Yoh, Anna, Chocolove, Ryuu, Manta jugueteando con un rarísimo aparatito tecnológico, Horo, muy sonriente, y finalmente Ren, algo más atrás. Tamao se había quedado en casa, aún trataba de mejorar sus dones adivinatorios. Faust había vuelto a Alemania junto a su amada Eliza. ¿Qué podría ser mejor…? Era casi como un año nuevo junto a sus amigos.
Ren, apartado y harto, miraba a los demás disfrutar de la serena y fría noche en la feria, que estaba bastante concurrida. Podía ver estanterías con caramelos, comida y manzanas confitadas, las favoritas de Anna. Podía ver a sus amigos conversando entusiastas sobre el paseo, se veían todos muy felices.
Pero él seguía con esas dudas extrañas, había sido impulsivo, no se había contenido como debía, y le había dicho a Horo eso que sintió tan repentinamente. "No puedes irte"… no podía irse. ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil¿Por qué tenía que ser así¿Por qué no podía ir y decirle todo?... Ya llevaba tiempo sintiendo lo mismo, incluso en creces… caminó así, aburrido. Cansado y contrariado, con las manos en los bolsillos de su amplio y tibio abrigo color berenjena. Y la vida seguía igual. La noche seguí igual. Y su aliento acompasado jugaba con el aire, mezclándose poco a poco.
Horo seguía caminando más lentamente, excluyéndose del grupito que ya se había adelantado. A paso más rápido pues Anna le ordenaba al pobrecito Yoh que le comprara una manzana confitada. Todos charlaban tan alegre y espléndidamente, tan poco dificultosos… Realmente esto no le interesaba mucho a Ren, aunque sí lo envidiaba un poco… eso de tener tanta facilidad comunicacional y poder intercambiar opiniones como quién se cambia de calcetines.
Nunca había sido muy distraído, pero justo en ese momento, cuando no miraba hacia delante, sintió que chocaba pesadamente con una espalda… una espalda cubierta, "casualmente" por un gabán gris.
