NA: Pensé que tardaría mil años, y a pesar del Pokemon Go que me roba horas y es amor, aquí está. Es guay porque tengo un Cubone que se llama Ushijima :D.


Capítulo 3

Los laberintos de la mente son una quimera inevitable. Crees que puedes entender o comprender las acciones de las otras personas, pero raramente están sujetas a un razonamiento lógico. No puedes, a veces ni siquiera puedes comprender tus propias acciones.

Las semanas siguientes a aquel suceso deambulé por la casa como si yo fuera un espíritu errante. Shirabu me miraba desde la lejanía, consciente de que si se acercaba demasiado podía morderle.

Una parte de mi quería pararse frente al haka donde bajo la tierra yacía el cuerpo de mi madre y mi hermano, pero era incapaz. Y en parte era porque me sentía celoso, celoso de que ellos estuvieran muertos y yo vivo. Solo era un crio, un niño que quería sobre todas las cosas ser amado por un padre que nunca parecía querer acercarse a él. Supongo que en aquel momento mi escala de valores morales se rompió, dejé de pensar en que había cosas correctas y cosas incorrectas.

Todas las ideas que mi abuelo había metido en mi cabeza; sobre rezar, sobre la compasión, sobre la rectitud y el honor, todo se fue al traste. Y en parte aquello fue bueno para mí, aunque quizá no para todos los que estaban a mí alrededor.

Finalmente, cuando conseguí tocar la losa de piedra con los ideogramas teñidos de rojo en honor al amor que mi padre supuestamente sentía por mi madre, Shirabu se acercó a mí obligándome a sentarme allí delante de nuevo. No hablamos. Ni una palabra salió de sus labios y yo tampoco dije nada. Nos quedamos allí sentados durante un buen rato hasta que mi abuelo me llamó para comer. Aprecié aquel detalle, porque Kenjiro no era de los que soportaban los silencios acompañados, aunque jamás se lo he dicho.

La soledad de un niño puede definir muchas cosas. Jamás me enseñaron a gestionar mis emociones, que crecieron salvajes, incapaces de salir de dentro a fuera de forma natural. Quizá por eso me resulta complicado entender cómo me siento, a veces es como rezarle a un Dios que es sordo y ciego.

Una de aquellas noches me escapé solo hasta el pueblo. Los cerezos en flor no me asustaron aquella vez, porque mi mente viajaba por caminos más oscuros que mis pies. Avanzaba a paso rápido cuando una voz familiar me detuvo.

—¿Dónde vas? — dijo Oikawa. Y cuando me giré a mirarle con aquel yukata sencillo azul me quedé helado. Me mantuve en silencio por unos instantes sin saber si decirle o no lo que pretendía. ¿Era yo un niño confiado? ¿Era entonces más fácil para mi decir las cosas o simplemente Oikawa me tenía hechizado?

—En realidad… — las palabras rompieron la atmosfera mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas. Lo cierto era que me avergonzaba un poco de a dónde iba. — Voy a ver a la mujer del otro día.

Oikawa soltó una risilla nerviosa.

—¿Eso te interesa? — su mirada no era curiosa, tenía un toque de burla y al mismo tiempo de sorpresa. Creo que mis mejillas se encendieron como si hubiera acercado una cerilla a estas. Tiré de las mangas de mi kimono y negué con la cabeza. — Entonces ¿Por qué vas?

—No te lo puedo explicar — ¿soné tajante? Era posible, recuerdo que su mirada se transformó en escepticismo. — Aunque… Da igual.

No sabía cómo arreglarlo, así que si quería creer que me apetecía ver a una señora desnuda me daba igual. Aunque ciertamente no me daba igual, pero no había nada más que pudiera hacer a pesar de que él me gustara tanto.

—Voy contigo — afirmó sorprendiéndome.

Noté como s brazo se enredaba en el mío y empezamos a andar. Su contacto y su olor me embriagaba y me apetecía tanto acercarme más a él… Quizá besarle como Shirabu había hecho conmigo. Era algo que tenía poco sentido, ni siquiera comprendía la necesidad de aquel contacto físico… Aunque después aprendí que había distintas formas de procesar el afecto y una de ellas se basaba en aquello.

Caminamos el uno junto al otro hasta llegar a aquella casa destartalada. En la entrada se encontraba aquella mujer jugando con un niño pequeño a la luz de un farolillo de papel que quemaba una pequeña vela aromática. El olor a jazmín apenas llegaba donde nos encontrábamos Oikawa y yo, pero la leve fragancia se adentraba en mis fosas nasales haciéndome sentir relajado.

—Hoy no debe trabajar — puntualizó Tooru y señaló al niño.— Ese es su hijo, dicen que es un bastardo del General Sorai, del mismo modo que el niño al que cría en su palacio…

Cuando dijo aquello me sentí confundido. El General Sorai era mi padre, y tenía otro hijo ¿Por qué todo el mundo sabía tantas cosas que yo desconocía? ¿Quién era el bastardo al que se referían? ¿Kenjiro? Aquello solo me generaba más y más desasosiego frente a mi progenitor, que se dibujaba como una incógnita ante mis ojos. La idealización de los adultos es necesaria en el crecimiento para desarrollarse, es algo que sé ahora, pero entonces yo solo veía la figura de mi padre distorsionarse en mi mente.

Podría haberle formulado todas aquellas preguntas a Oikawa, pero preferí guardarme las señas de mi ignorancia. El niño de Fujioka corría arriba y abajo con torpes movimientos. En cierto sentido me identifiqué con él, tampoco debía saber quién era su padre.

Así era, aquel niño era probablemente mi hermano. Pensaba aquello preguntándome si tendríamos algo más en común.

— Si eso es cierto ¿Por qué este niño está aquí y tiene otro en su propia casa? — desafié aquella afirmación con mi sentido lógico. Porque en parte me negaba a aceptar las cosas que tenía frente a los ojos y me obligaban a reconstruir el marco de mi existencia.

—Pues no sé, porque Fujioka es hija de un porquero y el otro chico era hijo de una mujer más importante. — Oikawa se encogió de hombros dibujando una mueca en su rostro. Ciertamente él solo repetía lo que había oído, nada más.

A penas pude procesar aquello cuando un chico con una hoja de taro en la cara, con dos agujeros para poder ver, saltó frente a nosotros. Oikawa se asustó, dejando salir un leve grito de su garganta. Mi instinto natural fue ponerme delante de él dispuesto a defenderle, con todas mis alarmas en marcha, mi mente trabajaba a toda velocidad.

—Pero que patéticos, los dos enamorados — empezó a reírse el chico con la hoja de taro. Era Konoha.

No se aún por qué reaccioné de aquel modo, probablemente por el comportamiento agresivo que había tenido su acompañante la noche que había ido allí con los otros. Me lancé contra él empujándole contra el suelo y le golpeé con el puño cerrado. No quería que me increpara, no delante de Oikawa.

Konoha no reaccionó demasiado rápido, le había golpeado la cabeza y estaba algo aturdido. Aquello me asustó, ver mi reacción violenta y sus consecuencias, por lo que agarré la muñeca de Oikawa y empecé a correr bosque través.

En la oscuridad del bosque el mundo no parece más real que los sueños. Colocaba mis pies uno tras otro con toda la velocidad que mi cuerpo me permitía, sin querer volver a cruzarme con el condenado de Konoha en la vida.

—Para, ¡Para! — gritó Oikawa. No tenía ni idea de por qué gritaba hasta que le obedecí. Nos entrabamos frente a una gruta y se podía oír el mar rugir contra las rocas. — ¿Por qué has hecho eso?

Me fijé en que había perdido una sandalia, así que sin pensarlo me quité las mías y se las di. Aquello fue muy estúpido por mi parte y probablemente no lo hubiera hecho por nadie más, pero si por él. Él se las puso sin pensar y me regaló su sandalia impar que yo dejé tirada por ahí. A pesar de los lazos afectivos que creía sentir por él, su reacción me parecía vacía e idiota.

—No lo sé — dije para oírle reírse y sonreí imitándole.

—En realidad Konoha no es peligroso, pero ahora si estamos en un sitio peligroso ¿sabes? — dijo riéndose más de la situación. Evidentemente dejé de reírme y esperé que explicara algo más. El me miró de nuevo. — Dicen que un rukorokobi vivía en esta cueva, mi padre jura y perjura que vio a Nakahara-san alargar el cuello por la noche y convertirse en un ogro y que cuando desapareció se escondió en esta cueva.

—¿Por qué todos contáis mentiras de fantasmas? — me quejé indignado al oír aquello. Estaba harto de todo lo que decían. Todo el mundo parloteaba sin pensar verdaderamente, y aunque yo creía en aquellos espíritus y yokais, no estaba dispuesto a dejarme intimidar ni un poquito más. — Te demostraré que esas cosas no existen.

Le volví a coger del brazo y me adentré en la gruta, estaba oscura, pero me daba igual. Era como si mi mal humor pudiera comerse todas las otras emociones. Además notaba mis pies sobre el suelo, con la arenilla clavándose en mi carne y devolviéndome a la realidad de lo que mis cinco sentidos podían percibir.

En realidad yo no era tan diferente a Shirabu cuando se me metía algo en la cabeza.

Avanzamos en silencio, y enseguida noté como mis pupilas se adaptaban a la poca luz que se filtraba en el lugar, visualizando cada piedra. Y entonces vi una pintura, hecha con tinta seguramente, decoraba el techo de aquella gruta.

—Fíjate, parece la ascensión de Amateratsu — dije señalando aquellos dibujos pueriles. Mi madre me había contado aquel cuento de la diosa nacida de un ojo escondiéndose en una cueva. Era su mito favorito, uno de los pocos recuerdos que tenía de ella. Supongo que por eso me lo tomé como una señal y no como una mera casualidad.

—¿Crees que es la cueva en la que se escondió de su hermano? — Preguntó Oikawa. Toqué su pelo con la mejilla y me sentí especial por un instante estúpido en el que me dejé llevar y le rodeé con mis brazos desde la espalda. —Sabes que Shirabu no nos dijo como te llamabas…

—Wakatoshi— contesté sin soltarle. Si pienso en ello y a pesar de cómo se desarrollaron las cosas después me siento como un completo imbécil.— Me llamo Wakatoshi.

Sus dedos pasaron por mi mano como en una caricia.

—Yo me llamo Tooru — y aquello me chocó. Era nombre de hombre, claro que para mí fue un shock y él lo notó por como solté mis brazos. Su voz sonó dura, a la defensiva. — ¿Es que has visto al rukorokobi?

El instante fue tenso. Él me miraba entre las tinieblas con su mirada curiosa que se teñía de aquel toque de orgullo y superioridad que le caracterizaba, aunque yo aún desconocía.

—No, pero he pensado que quizá tú…

—Yo no soy un yokai, tonto — dijo Oikawa empezando a reírse de forma exagerada.

Al mirarle entre la oscuridad reformulé mi pensamiento hacía él. Podía gustarme fuera un chico o una chica, podía sentir todo aquello que se arremolinaba en mi cuando lo miraba sin sentirme incomodo o culpable. Oikawa era en definitiva una incógnita que quería resolver de algún modo.

—Entonces me temo que aquí no hay ni un solo espíritu — confirmé en voz alta.

— ¿Podemos guardar este lugar en secreto? Para nosotros dos — dijo Tooru caminando en el espacio iluminado de la gruta. Abría los brazos y giraba sobre él mismo.

Secretos. Como los que todo el mundo ocultaba de mí. No sabía si quería ser de aquel tipo de personas, no sabía si podía guardar aquella información, pero si sabía que quería compartir cosas con él. Así que afirmé con la cabeza.

—Está bien — dije imitándole y girando sobre mí mismo del mismo modo que él hacía.

Y fue extraño como a partir de aquello construí todas las mentiras sobre las que justificaría mis acciones. Fue curioso como mis propios fantasmas salieron de una cueva donde no había ni uno.