CAPÍTULO 2

LA feria era lo que toda feria de atracciones debe ser, una avalancha de colores alegres y luces intermitentes con el ambiente cargado de alegres sonidos. Artemis paró el coche en la entrada y se alejó para buscar aparcamiento.

-¿Por dónde empezamos? -preguntó Darien.

-Por cualquier sitio -suspiró Rini con felicidad-. El Rizo Gigante y...

-No, el Rizo Gigante no -dijo él con resolución para alivio de Serena-. El médico ha dicho que nada demasiado energético.

-Pero montar en el Rizo Gigante no es nada energético -le aseguró Rini con los ojos muy abiertos-. Lo único que tienes que hacer es sentarte ahí. No tienes que hacer nada.

Aquel punto de vista diferente hizo que Darien y Serena se miraran a los ojos ligeramente sorprendidos. Sintiendo que los había pillado con la guardia baja, Rini presionó en ventaja propia.

-No tienes que levantarte ni correr ni saltar ni...

-No vas a montar en el Rizo Gigante -repitió Darien.

-Pero si no hay que hacer nada...

-¡Rini!

-No tienes que bailar ni cantar ni hacer nada. Sólo sentarte ahí y estar sentado no quita ninguna energía -terminó Rini triunfal, evidentemente dejando el asunto zanjado a su propia satisfacción.

Serena se dio la vuelta y por un momento se le nublaron los ojos. Eso era otro parecido con Mina, que había tenido también una lógica infantil y tenaz que había dejado a su oponente contra las cuerdas. Serena había aceptado muchas discusiones por puro cansancio.

Entonces se recompuso. Aquél era un día especial para Rini y no iba a estropeárselo. Sonrió a Darien y dijo:

-¿Por qué no cedes y la montas en el Rizo Gigante?

-Móntala tú -respondió él tan aprisa que Rini soltó una carcajada.

-Papi tiene miedo -susurró con tono conspirador a Serena lo bastante alto para que su padre pudiera oírla.

-Muchísimo -aceptó él con tono afable-. No vas a subir a esa cosa conmigo o sin mí, así que date prisa y vamos a tomar un helado.

Al reconocer la voz de autoridad, Rini cedió y desvió la atención a los cucuruchos de chocolate y vainilla. Se decidió por uno de chocolate y dijo:

-Y uno para Sere.

-No creo... -empezó ella para detenerse ante la mirada de disgusto de Rini.

-¿No te gusta el helado?

-Sí, me gusta. La verdad es que me gusta mucho. Tomaré uno de vainilla, por favor.

Se pasearon felizmente entre las casetas y las atracciones discutiendo los méritos de cada una. Serena sintió una mano pequeña deslizarse entre la de ella y bajó la vista, pero Rini no le devolvió la mirada. Estaba observando fascinada una terrorífica máquina que daba vueltas frenéticas por el espacio y le apretó tanto la mano a Serena que ésta se sintió conmovida.

De repente, Rini exclamó:

-¡Mira, papá! -levantó la mano con el helado con tal ansiedad que se derramó todo. Todos siguieron la indicación hacia el cartel que señalaba que con tres tiros acertados se ganaba el premio. El fondo de la caseta estaba llena de pingüinos de peluche-. ¿No son preciosos? -jadeó Rini.

-Eres un poco mayor para un juguetes como esos, ¿no crees?

Su hija lo miró fijamente un segundo y Serena notó el enorme parecido entre ellos. No era tanto por el color del pelo ni las facciones, sino por una expresión en los ojos que indicaba determinación para consegur lo que se proponían lo antes posible. Por fin, Rini suspiró.

-Perdona, papá. No ha sido justo por mi parte pedírtelo.

-¿Por qué no? -preuntó él.

-Bueno, estás mayor para acertar ¿verdad?

-¿Cuánto? -le preguntó Darien al encargado de la caseta.

Mientras metía la mano en el bolsilo para sacar el dinero, notó que Serena estaba soltando risitas.

-Señorita Tsukino, si no deja de reírse ahora mismo, está despedida.

-Bueno, usted se ha metido directamente en la boca del lobo, ¿verdad? -dijo ella a la defensiva.

-De eso soy consciente.

-Pues debería estar encantado. Piense las chanzas de Rini si le gana. En pocos años, podrá pasarle el negocio con toda tranquilidad.

El pareció cambiar. El sol del verano estaba tan brillante como siempre, pero la luz había desaparecido de su cara, dejándola pálida y ensombrecida. Se dio la vuelta y se puso el rifle al hombro. Serena observó preguntándose qué habría dicho para producir tal reacción.

Darien hizo dos blancos, pero falló al tercero.

-Otra -gruñó poniendo más dinero-. Y por favor, que todo el mundo se calle.

Las dos obedecieron y se miraron a los ojos intercambiando una risa muda hasta que Darien las miró con cólera. Levantó el rifle y disparó, pero esa vez sólo hizo un blanco.

Rini le tiró de la manga.

-Está bien, papá. Yo sabía que no podrías conseguirlo.

-Has- ido demasiado lejos, jovencita -gruñó él, pagando la tercera tirada.

De nuevo consiguió dos aciertos, pero al alzar el rifle para el tercer disparo, le falló el nervio.

-¿No podría simplemente comprarte el pingüino? -le pidió a la niña.

-No sería lo mismo.

-Naturalmente que no -murmuró él-. ¿En que estaré pensando yo?

Le costó cinco intentos, pero al final consiguió el juguete. Rini abrió los brazos para recibir un gordo pingüino que abrazó encantada.

-Eres listo, papá -le premió.

Para delicia de Serena, él sonrió con inocencia. Pero Rini le tenía reservados más terrores.

-Ahora, Serena.

La sonrisa de Darien se borró al instante.

-Serena, ¿qué?

-Que debes ganar uno para ella también.

-No, gracias -se apresuró ella a responder.

-Pero debes tener algo -insistió Rini-. Si no, no sería justo.

-Bueno, me conformaré con una foca -dio Serena pensando con rapidez-. Tienen unas focas adorables en esa caseta. Una pequeña foca.

Mientras se encaminaban a la caseta, Darien murmuró:

-Ése no es el primer premio, ¿verdad?

-No, es el premio de consolación. Está a salvo.

Le salieron las palabras antes de pensarlas y lo miró alarmada. Pero él se estaba riendo.

-Muy bonito -comentó.

Darien le ganó una pequeña foca al primer intento.

-Ahora las dos tenemos algo -dijo Rini, feliz-. ¿Cómo vas a llamarla?

Serena pareció considerar el asunto con gravedad.

-Oswald -dijo por fin.

-Es un nombre precioso.

-¿Y cómo le vas a llamar tú a tu pingüino?

-Oswald.

-Pero Serena ya le ha llamado Oswald -objetó su padre.

-Los dos se pueden llamar Oswald -dijo Rini con una seguridad que dejó zanjado el asunto.

-Desde luego que sí -le dijo con severidad Serena a Darien-. Eso debería saberlo.

-Por supuesto que lo sé.

En ese momento, apareció Artemis que ya había aparcado el coche comiendo una manzana cubierta de caramelo. Rini pidió una al instante.

-Pero si acabas de terminar el helado -protestó Darien.

-Pero no he tomado nada más desde el desayuno.

-Fue un desayuno enorme.

Ella suspiró y puso cara de hambrienta.

-Lo había olvidado.

-Artemis -Darien sacó dinero-. Manzanas de caramelo.

-Para mí no -interrumpió Serena con rapidez-. Hace años que no creo que mi estómago pueda aguantar helado y manzana con caramelo tan seguido. Creo que para eso hace falta tener menos de diez años.

-Estoy de acuerdo -dijo él, convencido.

Con el paso de la tarde, se hizo evidente que Rini era una niña más intrépida de lo normal. Si la hubieran dejado, se hubiera montado en las atracciones más terroríficas, aparte del tren Fantasma. Sólo después de una buena discusión, Darien consiguió montarla en un inocuo carrusel y, cuando le sugirió que montara en los caballitos del interior, recibió la mirada de desdén que se merecía. Rini se instaló resuelta en la fila exterior y agitó las riendas tras ella con una sonrisa de invitación en dirección a Serena. Los dos hombres se quedaron en tierra con los dos Oswald.

-La próxima vez lo montarás contigo -le dijo Darien a su hija en cuanto se lo devolvió-. El lo prefiere así.

Rini le dirigió una mirada de orgullo, pero tomó la mano de Serena, a quien arrastró a la casa de los espejos. Los cuatro rieron a carcajadas al ver los reflejos distorsionados y monstruosos de ellos mismos. Pero el agudo oído de Serena captó algo sobre Darien que no le parecía verdad. Se reía con todos, pero de una forma contenida. Su amor por su hija era evidente, pero Serena tenía la extraña sensación de que estaba haciendo un gran esfuerzo por ser un buen padre más que disfrutar de su compañía de forma espontánea. No podría poner la mano en el fuego, pero lo presentía.

Cuando salieron todos parpadeando bajo la brillante luz, ella sugirió que tomaran una taza de té.

-Yo había pensado un poco más tarde -dijo Darien.

-Sí, pero hay un café ahí fuera con muchas sillas libres en la terraza. Y vamos a necesitar bastante espacio

Él frunció el ceño, pero siguió sus indicaciones y, al instante, se dio cuenta de que ella había tenido razón. Rini insistió en tratar a su pingüino con todos los honores y asignarle una silla propia. Hubiera pedido otra para la foca, pero Serena, con admirable presencia de ánimo sugirió que los dos Oswald estarían mejor juntos.

-Sabías lo que iba a pasar, ¿verdad? -preguntó Darien, mirándola con aprecio.

-Sí, era fácil de adivinar. Adora a ese pingüino. No dudo que a estas alturas, para ella ya tiene personalidad propia.

De hecho, Rini había ido más lejos. Para ella, tanto el pingüino como la foca eran individuos con sus parecidos y diferencias y hasta con cierto antagonismo entre ellos.

-A los dos les gustan las gambas y se comen uno las del otro -explicó con tono confidencial-. Y se enfadan mucho.

Por suerte, como Darien y Serena se quedaron en silencio, Artemis le hizo inteligentes preguntas acerca de sus compañeros peludos, que Rini contestó con detalle. Se tomó la limonada con bolas de helado y desvió la atención hacia el lago que se extendía delante de ellos, lleno de botes coloridos con forma de personajes de dibujos animados. Después de un rato, pidió que la montaran.

-Yo la llevaré -se ofreció Artemis.

Rini se puso de pie al instante y recogió a los dos Oswald en los brazos.

-No, no quiero que la suba en un barco -protestó Darien.

-Ellos también quieren montar -le aseguró Rini.

Darien la miró con impotencia.

-No se preocupe -dijo Artemis-. Estará a salvo conmigo.

-¿Pero estará él a salvo con ella? -murmuró Serena, mientras el hombre y la niña se acercaban al embarcadero-. ¿Qué le ofrecerá a cambio de que no le convenza de que monte en el Rizo Gigante?

-Lo intentará con todas sus fuerzas, pero no lo conseguirá. Artemis sabe que le podría costar su trabajo.

Los dos contemplaron cómo sus compañeros se instalaban en un bote y empezaban a remar hacia el centro del lago con el pingüino erguido entre ellos. Rini llevaba a la pequeña foca en la mano sobre la superficie del agua haciendo como que nadaba.

-¡Que dios me ayude! Se le caerá ese juguete y tendré que ganar otro. Bueno, qué importa. Ha sido un buen día.

-Sí, la verdad es que se está divirtiendo mucho -dijo Serena, mirando con ternura a Rini.

-Sí, se ha divertido, ¿verdad? -comentó Darien con ansiedad-. Ha pasado un día maravilloso.

-Ha estado muy bien que la haya traído usted -dijo Serena con un poco de curiosidad-. Muchos hombres con sus obligaciones hubieran dejado que Artemis lo hiciera.

-¿Quiere decir que le ha sorprendido que yo no lo haya hecho?

-Bueno, sí.

-Rini es diferente a todo lo demás de mi vida.

-¿Más importante? -le animó ella a seguir.

-Sí. Más importante.

-¿No tiene madre?

-Mi mujer murió cuando Rini tenía sólo una semana.

-Pobre pequeña. 0 sea, que nunca ha tenido madre.

-Nunca. Las mujeres de mi familia se han portado todas de maravilla. Tiene tías y abuelas que la adoran, pero no es lo mismo. Yo he intentado hacer de madre y de padre para ella, pero no soy muy bueno para ninguno de los dos papeles, me temo.

-Pero ella lo adora, así que algo debe estar haciendo bien.

-Eso espero. Pero no quiere decir que siempre sepa lo que estoy haciendo -miró a Serena-. No me atrevo a pensar lo que hubiera sido el día de hoy sin usted. Ha visto lo que iba a pasar con los Oswald antes de que surgiera.

Ella sonrió.

-Cuando yo tenía la edad de Rini, tenía cuatro muñecas que se llamaban todas Sartén.

-¿Sartén?

-Simplemente me gustaba el nombre -Serena soltó una carcajada al recordarlo-. Volvía locos a mis padres. Recuerdo haber salido en coche con mi padre un día e insistir en el último minuto en que Sartén viniera con nosotros. Papá dijo: ¿Que Sartén? y yo dije: Sartén. Me preguntó una y otra vez y yo no sabía lo que quería decir porque para mí, cuando decía Sartén, me refería a todas ellas. Mi madre tuvo que explicárselo. Para ella también estaba claro.

-Bueno, supongo que no es tan fácil para un padre saber lo que está pasando en la cabeza de una niña pequeña -comentó Darien con un suspiro antes de sonreír-. Pues es como hablar con alguien de otro planeta -se inclinó hacia adelante de repente y la miró con aprecio-. Creo que usted sabe exactamente cómo hacerlo. No puedo creer que no tenga familia. Actúa como una mujer con docenas de sobrinos.

-Ya le he dicho que yo también he sido niña -dijo ella con ligereza-. No hay mucho misterio en ello.

-Ahora me está ocultando algo. Me pregunto por qué.

Ella se puso rígida.

-No veo necesidad de seguir hablando de esto. Si cree que puedo serle de alguna ayuda con Rini me alegro, pero no hablaré de mis asuntos privados.

Por un momento, un fruncimiento le ensombreció la cara.

-Señorita Tsukino -empezó con tono de riña-. Lo siento, ha pasado tanto tiempo desde que alguien me da una orden que no he sabido cómo llevarla. No tengo derecho a insistir. Por favor, perdóneme.

Hubo un calor sincero en su sonrisa que la conmovió. La naturaleza le había dotado con una boca curva y sensual que ahora que no le estaba ladrando órdenes, podía apreciar. Contuvo el aliento, alarmada ante el impacto de aquel hombre. Había una intensidad en él que la dejó ligeramente asombrada. De repente, estaba convencida de que todo lo que él hiciera, amar, odiar o sufrir, lo haría con intensidad. También tenía encanto, una áspera vitalidad que cargaba el mundo de excitación y la hacía sentirse viva.

-¿Señorita Tsukino?

-Serena -le corrigió ella de forma mecánica.

-Serena, le he pedido que me perdone y usted ha parecido quedar ensimismada.

-Lo siento. Sí, por supuesto. Está bien, de verdad.

Con desmayo, comprendió que estaba balbuceando y procuró recuperar la entereza. Para su alivio, él desvió la atención para pedir más té. Apartó la vista sintiéndose turbada y esperando que él no se lo hubiera notado.

-Rini es adorable -dijo buscando un tema seguro.

-Sí, ya lo sé -dijo él simplemente.

-Me pregunto si no estará siendo demasiado protector con ella -siguió ella con determinación-. Entiendo lo del Rizo Gigante, pero hay otras atracciones que le ha prohibido que seguramente estarían bien. Hay un Rizo Enano ahí, con carros de dragones que parecen bastante seguros -el deseo de picarle le hizo añadir-: Iré yo con ella si usted tiene miedo.

Eso le enervó, notó ella encantada. Darien enarcó las cejas.

-¿Está usted intentando fastidiarme, señorita... Serena?

-Sólo bromeaba un poco. Esto es un parque de atracciones. Se supone que debería estar animado.

-Me animaré cuando Rini regrese.

-Quiero decir que debería intentarlo por ella. Lo cierto es que parece que tiene la cabeza en cómo se estará arreglando la oficina sin usted. Me sorprende que no haya traído su teléfono móvil para seguir en contacto.

-Eso le hubiera estropeado la tarde a Rini.

-Usted la está estropeando intentando protegerla en una nube de algodón.

-No sabe de qué está hablando -masculló él con impaciencia-. Lo siento. Parece que no hago otra cosa que disculparme con usted por mis malos modales. Intente no hacerme caso si puede. Tengo muchas cosas en la cabeza, pero no las que usted supone.

Antes de que ella pudiera contestar, Rini volvió y se desplomó en la silla radiante de contento. Serena notó cómo la cara de Darien se animaba al instante para su hija, como si estuviera de guardia de nuevo.

-Papá, hay unos coches de choque ahí. ¿Podemos montarnos?

-Cariño, no creo...

-Oh, por favor, papá. Por favor. No me has dejado montar en nada verdaderamente excitante.

-Acabamos de remar por el lago -protestó Artemis.

-Sí, pero eso no es excitante -explicó la niña-. No a menos que el barco tenga un agujero y se hunda. Y no lo ha hecho.

-Pobre Artemis -se rió Serena-. No hubiera ido contigo si hubiera sabido lo que tú encuentras divertido.

-Pero a ti te gustarían los coches de choque, ¿verdad? -apeló Rini a ella-. Te gustaría lo que más de todo.

-Sí, creo que me gustaría -dijo Serena con una mirada de desafío en dirección a Darien.

-Por favor, papá -suplicó Rini a su padre con la mirada sugerente de un pobre huérfano abandonado.

-De acuerdo -accedió él a regañadientes-. Pero mira...

El resto de sus palabras quedaron flotando. Rini ya estaba alejándose con el sufriente Artemis tras ella. Cuando Darien y Serena les alcanzaron, los otros dos ya habían pillado un coche y Rini estaba gritando:

-Papá, tú monta con Serena y Artemis y yo os chocaremos todo el rato.

-Gracias, cariño -le gritó su padre en contestación antes de mirar a su compañera-. Espero que esté lista para esto.

Ella sabía lo estrechos que eran los coches de choque, pero nunca había apreciado cuánto hasta encontrarse compartiendo con él el diminuto espacio. Fue un esfuerzo permanecer indiferente mientras su cuerpo estaba tan apretado contra el de ella.

-¿Quién conduce? -preguntó Darien.

-Usted. Yo vigilaré los ataques. Creo que viene uno por mi lado.

Rini, con los ojos abiertos como platos y muy excitada se lanzaba contra ellos.

-Eso no es justo -gritó Serena-. Déjanos arrancar.

La última palabra quedó en el aire mientras los coches chocaban. El asaltante aceleró, pero sólo para volver al ataque.

Darien consiguió sacar su coche al centro de la pista y ejecutar algunas maniobras, pero Rini le alcanzó antes.

-¡Te di! -gritó.

-Mire, no hay sitio para un par de hombros en este espacio. Conduzca usted y yo pasaré el brazo por detrás -dijo jadeante Darien.

Ella se encontró encerrada en el círculo de sus brazos. Por un momento, la invadió la turbación, pero casi al instante, Rini se lanzó a por ellos y tuvo que concentrarse en la escapada. Se dio la vuelta y empezó a dirigirse en dirección a la niña, pero Darien le dijo con suavidad.

-No choques contra el coche de Rini. E intenta que ella tampoco nos dé.

Aquello era más fácil de decir que de hacer. Rini no tenía los reparos de su padre y se lanzaba a la mínima oportunidad. Serena giraba y giraba, pero sin mucho éxito y para cuando salieron, sintió los huesos como si fueran de goma.

-Creo que ya es hora de irse a casa -dijo Darien.

-Oh, no, papá, por favor. Vamos a quedarnos un poco más -suplicó Rini-. Por favor.

Le apretó la mano a Serena con más fuerza como pidiéndole apoyo.

Darien se arrodilló delante de ella.

-Mira, cariño. No puedes -se calló de repente cuando Rini cerró los ojos. La niña se forzó a abrirlos en el acto, pero se le cayeron de nuevo.

-Papi -susurró.

-Artemis, trae coche -dijo con aspereza Darien.

Al momento siguiente había recogido a su hija en brazos y estaba acercándose aprisa a la salida. Serena se vio obligada a seguirle al mismo ritmo, todavía de la mano de la niña.

Artemis corrió por delante de ellos y los esperó con el coche en marcha en la puerta. Serena siguió a Darien y a la niña al asiento de atrás.

Una vez de camino a casa, su jefe mantuvo a la niña muy abrazada con gesto protector. La cabeza de Rini descansaba en su hombro, tenía los ojos cerrados y la cara exageradamente pálida.

-¿Qué es lo que pasa? -preguntó Serena, alarmada-. ¿Está enferma?

Él no le contestó salvo con un fruncimiento de ceño y una sacudida de cabeza. Era como una orden de que esperara hasta más tarde.

-El teléfono del coche está a su lado -dijo. ¿Puede marcar el número que voy a darle?

Ella lo hizo así y le pasó el receptor, pero él siguió con su hija muy apretada en sus brazos y él hizo un gesto para que se lo acercara a la oreja. Cuando respondió, fue evidente que estaba hablando con la secretaria de un médico.

-Se acaba de desmayar. Es solo cansancio, estoy bastante... completamente seguro de eso. Ya le ha pasado antes, sólo cansancio. Pero me gustaría que el doctor Tomoe... Gracias. Estaremos en casa en diez minutos.

Darien hizo un gesto para que Serena volviera a colgar y se reclinó hacia atrás cerrando los ojos. Tenía la frente húmeda y la misma mirada de temor que ella le había visto antes. Sintió que el corazón se le aceleraba al empezar a sospechar algo. Rini había hablado de no «haber estado muy bien», como si su enfermedad perteneciera al pasado. Pero no era así. Todavía estaba muy enferma. ¡Y aquella expresión tan terrible en al expresión de Darien! Ningún padre hubiera mirado así a un hijo a menos que...

Serena sintió un nudo en la garganta. No podía enfrentarse a aquello. Ella ya había estado en el valle de las sombras y había visto a la oscuridad reclamar a una niña una vez. La miseria y el horror casi habían podido con ella, pero de alguna manera, había sobrevivido. Ahora la estaban arrastrando a lo mismo y era más de lo que podía soportar. Tenía que salir de aquel coche, pensó con frenesí. Pondría alguna excusa, cualquiera, pero tenía que salir de allí.

-Gracias a dios que ya estamos aquí -dijo Darien cuando el coche se dirigió a una gran casa casi escondida entre los árboles.

-Señor Chiba, yo...

-¿Puede ayudarme a sacarla?

A Serena no le quedó otra elección. Mientras él levantaba a la niña de nuevo, ella intentó soltarse la mano con suavidad, pero Rini la mantuvo, como si incluso en su estado de semiincosnciencia supiera que aquel mero contacto era importante.

-Venga y ayúdeme a meterla en la cama.

En silencio, ella le siguió por unas amplias escaleras hasta la habitación de la niña. Una mujer de mediana edad con cara amable entró tras ellos.

-Mi Artemis dice que se ha puesto mala.

-Fue en la feria. El doctor llegará en cualquier momento. Espérele en la puerta y tráigale aquí al instante.

-Creo que le he oído -dijo la mujer antes de desaparecer.

Regresó un momento más tarde con un hombre anciano. Rini había soltado por fin a Serena y ésta se apartó.

Darien parecía no enterarse de su presencia, pero cuando llegó a la puerta, dijo de forma abrupta.

-Espere abajo.

Ella obedeció con desgana. Una parte de ella todavía deseaba escapar de allí, pero otra parte más fuerte necesitaba quedarse para saber cómo se encontraba Rini. Bajó seguida de la mujer de Artemis, que se presentó a sí misma como Luna y le ofreció una taza de café.

Serena lo tomó sola en una gran sala que daba al jardín frontal. Estaba amueblada con un estilo actual y caro sin ser agresivamente moderno, pero para su gusto era demasiado meticuloso. No había rastros de que allí viviera un niño.

Al final oyó que el doctor bajaba y Darien le despedía. Cuando se cerró la puerta principal, hubo un silencio total durante un largo momento, después, el sonido, de unos pasos y Darien apareció en la habitación. Se fue directo al mueble bar, se sirvió una buena copa de brandy y la apuró de un sólo trago. Pareció estar a punto de servirse otra, pero en vez de hacerlo, posó la copa con brusquedad y dio un puñetazo en una pared que sacudió la habitación.

Se quedó inmóvil por un momento y después, apoyó la frente contra la pared como si se hubiera quedado sin fuerzas. Serena lo miraba horrorizada. Parecía un hombre en el extremo de la agonía.

Muy despacio se acercó a él y le rozó el hombro. El se dio la vuelta y la miró con unos ojos que no mostraban nada. Tenía la respiración agitada.

-Venga a sentarse -dijo ella con gentileza.

El la dejó conducirle al sofá, donde se sentó. Parecía estar consciente a medias de lo que estaba haciendo.

-Le está sangrando la mano -dijo Serena, examinando el nudillo amoratado-. ¿Quiere que llame a Luna?

-No -respondió él con rapidez-. No quiero que me vea así -sacó un pañuelo y se lo enrolló en la mano-. Sólo sírvame otro brandy. Uno grande.

Ella lo hizo y se sentó a su lado.

-¿Qué es lo que le pasa a Rini? -preguntó en voz muy baja.

Pero sus peores miedos se vieron confirmados antes incluso de que él levantara la cabeza y dijera con debilidad:

-Se está muriendo.