Capítulo 3: Vuelta a casa.
Tras un par de días en observación, Harry estaba deseando volver a casa: por muy buen humor que hubiera tenido al principio, había acabado fastidiado de estar allí encerrado durante aquellos dos días sin tener nada más que hacer que ver la tele o leer los periódicos o revistas que le traían Peter o Bernard, cuando él tenía tantas ganas de salir y hacer cosas, de disfrutar de su libertad.
Las dos únicas cosas que le habían distraído en aquel tedioso encierro eran, por un lado, las cariñosas y leales visitas de Peter y Mary Jane; y por otro, la jovialidad de Liz y sus amables atenciones. Las dos o tres veces que había ido a verle para llevarle la comida o a hacerle alguna prueba, él siempre había acabado convenciéndola de que se quedara más tiempo del que le tocaba dedicarle como paciente normal, porque se moría de aburrimiento cuando no tenía a nadie con quien hablar fuera de las horas de visita. Y se lo pasaba muy bien charlando con ella: recordaban su época del instituto, hablaban de deportes, de cine, de política… Conversaban de todo, salvo sobre las vidas privadas de cada uno (Harry porque no recordaba gran cosa sobre la suya y Liz porque decía que no tenía una vida interesante), y solían acabar riéndose o bien discutiendo cuando no coincidían en algo, pero hasta eso a él le resultaba estimulante. Seguramente, de no haber sido por ella, aquellas cuarenta y ocho horas se le habrían hecho aún más eternas. Tratar a aquella simpática enfermera sería lo único que echaría de menos cuando saliera de allí.
Y el momento llegó: tras las cuarenta y ocho horas de rigor, el médico le dijo que ya estaba listo para volver a casa. Aún tenía un esparadrapo cubriéndole los puntos de la cabeza, pero en conjunto estaba prácticamente recuperado, salvo el asunto de su memoria. El doctor le dio el alta y le dijo que había tenido mucha suerte.
– La próxima vez, mira a ambos lados antes de cruzar la calle. – le recomendó.
– Desde luego, doctor… – sonrió Harry.
Peter, que había acudido al hospital para ayudar a Harry a recoger sus cosas y a acompañarlo, pensó que ése no sería el problema, que no habría problema ninguno a menos que recordara.
– Doctor, sobre la amnesia de Harry… – empezó dudoso, pero el médico lo interrumpió.
– Tranquilo chico, ya verás cómo acaba recordando más tarde o más temprano, es sólo cuestión de tiempo. Ten paciencia. Muchas veces, la menor nimiedad es el factor que "dispara" la memoria... ya verás cómo todo vuelve a su sitio.
Peter sonrió nerviosamente, tragando saliva. Esperaba que ese momento nunca llegara.
– Vaya Harry, tu amigo se preocupa mucho por ti… – añadió el doctor, dirigiéndose al joven Osborn.
– Claro, somos amigos de años… – asintió éste con alegría, mientras le daba una palmada en la espalda a Peter… y se la dejaba hecha polvo. "¿Desde cuándo Harry es tan fuerte?", se preguntó éste, atónito.
Cuando esperaban el ascensor que los bajara a la salida del hospital, alcanzaron a ver a Liz, que acompañaba en su paseo a un paciente, un anciano que tiraba de su porta suero con ruedas y que al parecer estaba muy feliz de tener como compañía a una enfermera joven y guapa. Ella también los vio y les sonrió, saludándoles con la mano.
– Qué… ¿de vuelta a casa, Harry?
– Eso parece. – Harry se acercó a ella para despedirse, sin poder dejar de sonreír, aunque sin querer evitarlo tampoco.
– Me alegro por ti. – Ella le devolvió otra sonrisa cordial, y se dirigió a Peter – Hey, Peter, dile a MJ que la llamaré en cuanto tenga tiempo… ahora tenemos mucho lío, pero me muero por quedar con ella y recordar los viejos tiempos.
– Se lo diré. – le prometió éste.
La joven continuó acompañando al viejo paciente, pero antes se volvió hacia ellos y agitó la mano de nuevo en un simpático gesto de despedida.
– ¡Cuídate!
– Lo haré. – respondió Harry, mirándola con bastante interés. Después de todo el tiempo que habían pasado charlando y riéndose juntos, no era extraño que le hubiera cogido bastante aprecio en poco tiempo. Ella le caía ahora mucho mejor que cuando estaban en el instituto; en plan amigos, claro… ¿o tal vez le interesaba para algo más? En fin, ella le parecía bastante guapa, no tanto como Mary Jane pero casi; y él no le habría hecho ascos si ella hubiera mostrado alguna inclinación más "personal" por él. Pero era muy pronto, apenas se conocían. Mmm, tal vez más adelante…
Como hipnotizado, Harry siguió observando en su dirección incluso cuando ella y su paciente doblaron la esquina, no podía apartar la vista de allí. Ni siquiera se dio cuenta de que había llegado el ascensor y se quedó allí parado, frente a la puerta abierta.
– Harry… – La voz de Peter lo sacó de su ensimismamiento. – El ascensor… ya está aquí.
– ¿Qué? – Distraída su atención de la muchacha, Harry pareció despertar, y asintió. – Sí, sí, el ascensor… Salgamos de aquí.
Ambos jóvenes entraron en el ascensor, pero Peter no pudo evitar esbozar una sonrisa divertida.
– ¿Y tú de qué te ríes? – le preguntó Harry, medio risueño, medio mosqueado.
– De nada, de nada… – Peter rápidamente se puso serio, pero en el fondo le había hecho mucha gracia la cara de tonto que había puesto su amigo al mirar a aquella chica. Peter se preguntó… ¿se le quedaría a él la misma cara de bobo cuando miraba a Mary Jane? Seguro que sí, y aún más.
Seguramente a Harry le gustaba aquella chica, lo cual a él le parecía genial, porque así también podría olvidar a Mary Jane. Recordaba que Harry, cuando Mary Jane lo dejó con él, se lo había tomado con bastante deportividad, e incluso el hecho de que después ella pareciera enamorada de Peter, pero éste sospechaba que aquello había producido en el ánimo de su amigo bastante más amargura de la que había querido manifestar. No sabía si ahora Harry se acordaba de aquello o no con lo de su amnesia, pero definitivamente no iba a arriesgarse a recordárselo haciéndole preguntas sobre el tema. De cualquier forma, esperaba que Harry pudiera ser feliz con cualquier otra chica que no fuera Mary Jane y esa tal Liz parecía simpática; desde luego, ahora bastante más que cuando iban al instituto.
La limusina de Harry los estaba esperando para llevarlos a casa. Aunque, en opinión de Peter, "casa" era un término que se quedaba bastante pequeño para la enorme residencia de Harry, que ocupaba las tres últimas plantas de uno de los más lujosos edificios propiedad de OsCorp Industries en Long Island.
En cuanto llegaron, Bernard, el viejo mayordomo de la familia, los estaba esperando. Llevaba sirviendo a la familia Osborn desde mucho antes de que Harry naciera y éste era como un hijo para él.
– Bienvenido a casa, Harry. – lo saludó mientras lo abrazaba cariñosamente.– Gracias a Dios que está bien.
– Gracias, Bernard.
Bernard también saludó a Peter, quien cargaba el bulto del equipaje de Harry. Éste había querido llevarlo él mismo, pero Peter no se lo permitió: argumentó que aún era muy pronto para que hiciera esfuerzos.
– ¿Me permite?
– Claro. – asintió Peter, entregándole la bolsa. En cuanto el mayordomo se marchó con la bolsa, caminando ágilmente para su edad, Peter sacó otro bulto que llevaba. – Te he traído un regalo de bienvenida.
Harry examinó el regalo. Era una pelota de baloncesto, aunque algo vieja y gastada, y llevaba escrito "Parker" con rotulador negro. Los ojos de Harry se iluminaron al reconocerla.
– Parker… ¡Vaya, es tu viejo balón!
– Sí. – asintió Peter sonriendo.
– Gracias, amigo… – Harry, conmovido, tomó el balón de Peter, aquella reliquia del pasado, y empezó a botarlo ágilmente mientras ambos amigos atravesaban uno de los amplios pasillos de su suntuosa casa. Aquel balón le hacía rememorar aquellos días de instituto, felices y despreocupados, cuando su mayor preocupación era ligar con las chicas o aguantar los sermones de su padre cuando suspendía alguna asignatura. – Éramos muy buenos con esto… ¿verdad?
– Qué dices, si éramos malísimos… – rió Peter – Y encima tratamos de que nos aceptaran en el equipo del instituto. Ya ves. Aún me pregunto por qué lo hicimos.
– ¿No te acuerdas? – dijo Harry con una sonrisita maliciosa – Por las animadoras…
– ¡Sí, es verdad! – asintió Peter, recordando divertido aquella época en la que eran unos pardillos (sobre todo él, claro) y no se comían un rosco (de nuevo, él el que menos). De hecho, en la actualidad él seguía sin comerse un rosco, salvo por la gloriosa excepción de Mary Jane. Y la verdad era que tampoco le hacía falta más.
Mientras, la conversación también le había traído a Harry gratos recuerdos. Según recordaba, en aquella época Liz Allen era la jefa de las animadoras y siempre había opinado que estaba muy buena, aunque nunca la hubiera tomado en consideración por su carácter áspero y por ser la novia de Flash. A él le gustaban las chicas más dulces, como… bueno, como Mary Jane. Eso le recordaba…
– Oye Pete, una pregunta… ¿yo tengo novia?
Peter se encogió de hombros. Ahora mismo no sabía, con lo que se habían distanciado; y su última novia había sido Mary Jane, pero no tenía intención de informarle de eso, por lo menos por el momento.
– No lo sé. – respondió simplemente.
– ¿No? – Harry estaba extrañado de que su mejor amigo no supiera esa información tan importante de él.
– No, siempre fuiste muy reservado para esas cosas. – contestó, mientras empezaban a bajar las escaleras hacia la planta baja.
Harry puso cara de "bueno, lo que tú digas". Pero lleno de curiosidad, levantó la cabeza y llamó a su mayordomo, que estaba en las escaleras que subían hacia la planta superior.
– Bernard… ¿tú sabes si tengo novia?
– No que yo sepa, señor.
Ahora fue el joven Osborn quien se encogió de hombros. Aprovechando un descuido de éste y con ganas de diversión, Peter le quitó el balón de las manos y salió disparado, botándolo una y otra vez. Harry, siguiéndole el juego, salió tras él para intentar recuperarlo como cuando eran críos, convirtiendo las espaciosas estancias de la mansión de los Osborn en su cancha de juego particular, hasta que Peter se lo devolvió con un pase. Ambos amigos rieron, animados, mientras seguían recorriendo más enormes corredores ricamente pavimentados con elegantes baldosas de cerámica. Harry los contempló asombrado como si fuera la primera vez que estuviera en tan suntuoso lugar. Era extraño, durante toda su infancia había vivido allí sin apreciarlo.
– Es una casa genial… ¿verdad? – le comentó satisfecho a Peter.
– Está bien.
– Parece que no me falta el dinero.
– Nop.
– Je, ahora sólo me falta conseguirme una novia… – murmuró Harry, mientras pensaba de nuevo en Liz. ¿Sería una buena candidata? Le gustaba, y ya que Mary Jane no estaba disponible… Se preguntaba qué habría opinado su padre de Liz, o de cualquier chica que él escogiera como novia. Sacudió la cabeza: pensara en lo que pensara, todas sus reflexiones le llevaban hasta su padre.
Peter, sin darse cuenta de los pensamientos melancólicos que pasaban por la mente de Harry, le quitó de nuevo el balón y se encaminaron hacia una de las habitaciones, que había sido la de su padre cuando vivía. Ambos amigos entraron despreocupadamente y Harry, al quitarse la chaqueta, se distrajo lo suficiente como para no percatarse de que Peter se había puesto muy pálido y serio en cuanto vio la cama que había allí. En aquella cama era donde había dejado el cuerpo de Norman Osborn después de que éste resultara muerto en el combate entre Spiderman y el Duende Verde. Él le había quitado el traje de Duende y lo había dejado allí, intentando hacer que pareciera una muerte más natural y digna para Osborn con la única intención de salvar su reputación y que su amigo no tuviera que pasar por el dolor y la vergüenza de ver a su padre convertido en un criminal tras su muerte; pero Harry los había sorprendido y, aunque no había podido reconocer a Peter, había malinterpretado las cosas. Aquello había sido el principio de aquella pesadilla de odio y alejamiento entre los dos amigos, y aunque gracias a Dios, Harry ahora no lo recordaba, Peter sí. Él nunca podría olvidarlo.
– ¿Sabes? – La voz de Harry lo sacó de sus cavilaciones – Él siempre te estuvo agradecido por cómo me ayudaste cuando estábamos en el instituto. – Harry suspiró lleno de añoranza, contemplando melancólicamente un enorme retrato de Osborn que dominaba la estancia – Ojalá… ojalá pudiera recordar más cosas de él.
El joven Parker lo miró compasivamente. Era extraño que cuando el señor Osborn vivía, Harry tuviera una relación tan difícil con él, y que con su muerte hubiera empezado a idealizarlo y a echarlo tanto de menos. Por lo menos, él no había tenido que esperar a la muerte de su tío Ben para darse cuenta de cuánto lo quería.
– Él te quería, Harry. – intentó consolarlo – Eso es lo que importa.
Harry no respondió, sólo siguió mirando conmovido el imponente cuadro. Desde ahí, Norman Osborn parecía contemplar al espectador con una mirada arrogante, despreciativa, casi burlona. Peter se sintió algo fuera de lugar allí, como si con su presencia estuviese profanando una especie de momento íntimo entre padre e hijo, lo cual era absurdo porque el padre estaba muerto… pero se apresuró a cambiar de tema para sacar a su amigo de su arrobamiento.
– Oye… ¿qué tal si vemos el partido en la cocina y comemos algo?
Harry, por fin, apartó la vista de aquel inquietante cuadro y la dirigió hacia su amigo, con una débil sonrisa.
– Vale… – asintió, pero no pudo evitar echar una última mirada al cuadro.
Con la intención de que su amigo dejara de mirar ya de una vez el dichoso retrato, Peter le lanzó el balón, pero apuntó mal y éste chocó con un jarrón que descansaba sobre una repisa cerca del cuadro y tanto la pelota como el jarrón salieron despedidos en direcciones opuestas.
– ¡Cuidado! – advirtió Peter.
Pero Harry reaccionó velozmente (demasiado velozmente), y, con movimientos dotados de una extraordinaria destreza, cogió ambas cosas al vuelo, una detrás de otra. A Peter se le quedaron los ojos como platos.
– ¡Vaya! – exclamó Harry, impresionado por lo que él mismo acababa de hacer. – ¿Has visto eso?
Peter soltó una risita nerviosa, sin poder salir de su asombro.
– Sí, eres muy ágil.
– ¡Eso parece! – asintió el joven Osborn, encantado.
Sin embargo, la inquietud invadió el ánimo de Peter. Aquellos reflejos de Harry eran espectaculares, demasiado buenos para ser normales. Se parecían a los suyos propios, mejorados desde aquella picadura de araña genéticamente alterada hacía ya unos años. Pero a Harry no le había picado ninguna araña que él supiera. Entonces… ¿cómo podía ser tan rápido, y tan fuerte? No se le ocurría ninguna respuesta.
Salvo que Harry, al igual que su padre, se hubiera administrado a sí mismo una dosis de aquella fórmula del Potenciador del rendimiento humano (que después se convertiría en la Fórmula Goblin) inventada por el propio Norman Osborn, y que proporcionaba a todo aquél que la consumiera una fuerza y una agilidad sobrehumanas… además de aumentar su agresividad y desequilibrar su personalidad hasta niveles psicóticos.
Peter tragó saliva interiormente. Si era así, ya podía rezar para que Harry nunca recuperara la memoria. En su primer combate le había ganado, pero tal vez sólo había sido suerte. Recordaba lo mal que lo había pasado cuando se enfrentó con el primer Duende Verde, Norman Osborn, y esperaba no tener que volver a repetirlo nunca más.
Claro que a veces, en la vida, no siempre uno consigue lo que quiere. Peter tenía eso presente, pero la vida aún querría darle unas cuantas lecciones más al respecto.
