Espero y les este gustando esta adaptación.

Como dije antes, la historia no es mia.

Algunos de los personajes son de Stephanie Meyer.

Capítulo 2

Su reloj de pulsera marcaba las cuatro menos cuarto cuando bella aparcó el Mercedes plateado de Edward. Diez segundos más tarde, corría por la zona de aparcamiento, a pleno sol y a la hora de más calor, maldiciendo por no haberse puesto unas zapatillas de deporte en lugar de las sandalias blancas. Eran muy sexys, con mucho tacón, pero era imposible correr con ellas. Se había empezado a dar cuenta al salir de su casa camino de la estación.

Había perdido el tren y eso lo había complicado todo.

Dudó entre tomar un taxi o esperar al siguiente tren.

Un taxi desde Quekers Hill hasta el centro iba a costarle un ojo de la cara.

Desgraciadamente, Rene había inculcado austeridad a sus dos hijas. Posiblemente Bella se hubiera podido permitir un taxi, pero no fue capaz. Le parecía un despilfarro, especialmente porque estaba ahorrando para pagarse la universidad.

Por un momento pensó en usar la tarjeta de crédito que Edward le había dado. La había usado alguna vez para comprar ropa, pero sólo cuando él estaba con ella, y porque él había insistido en que comprara algo que ella nunca se hubiera puesto en su vida cotidiana.

Cosas como trajes de noche o lencería muy cara. Cosas que se quedaban en el ático de Edward, porque eran parte de su vida allí.

Hasta ese momento, nunca habían pensado en usarla para gastos normales. Entonces le vinieron a la mente las palabras de su madre: Eres una mantenida y se decidió. Si se hubiera seguido encontrando mal, habría cedido a la tentación, pero las nauseas habían desaparecido. Compro algo para comer y se dispuso a esperar el siguiente tren.

Por eso llegaba tarde. Apresuro su paso. Los tacones de las sandalias hacían mucho ruido en el asfalto. Su corazón se fue acelerando por el esfuerzo y por los nervios. Con un poco de suerte el avión de Edward no habría llegado todavía. Le horrorizaba que él pudiera pensar que ella no se preocupaba por él lo suficiente como para llegar puntual. Además, los aviones casi nunca llegaban a su hora. Excepto cuando quieres que se retrasen.

Ironías de la vida.

Ya dentro de la terminal de llegadas. Bella buscó en los monitores la información relativa al avión de Edward. ¡Había aterrizado hacia diez minutos! La puerta asignada era la B.

Era imposible que le hubiera dado tiempo a llegar al control de aduanas. Bella siguió corriendo, sorteando grupos de gente. Como era de esperar, la puerta B estaba en la otra punta del edificio.

La mayoría de los hombres con los que se cruzaba se la quedaban mirando, pero Bella estaba acostumbrada. Las trigueñas recibían mucha atención masculina, especialmente si eran guapas de pelo largo y piernas aún más largas.

Bella tuvo que admitir que sus pantalones nuevos, blancos de talle bajo y ajustados eran bastante provocativos. Había descuidado lo que comía últimamente y había engordado algún kilo desde que los comprara en las rebajas de verano dos semanas antes. Menos más que eran elásticos.

No llevaba sujetador, y eso también hubiera sido suficiente para parar el tráfico si se hubiera puesto una camiseta o un top. Gracias a Dios, se había puesto una blusa rosa que ocultaba castamente sus pechos.

Normalmente, Bella llevaba sujetador. Pero a Edward le gustaba que no lo llevara. O al menos, eso le había dicho una noche poco después de quedar. Siempre ansiosa por agradarle, no se ponía sujetador cuando estaba con él.

Con el paso del tiempo se había dado cuenta del tipo de miradas que despertaba en otros hombres cuando salía con Edward. Y no le gustaba. Por eso había llegado a ese término medio. Cuando estuviera con Edward y no llevaba sujetador, no se pondría demasiado ajustado. Elegía trajes de noche con pedrería en el pecho o con corpiño muy armado. Como ropa de día elegante se ponía vestidos con chaquetas a juego. Como ropa informal elegía blusas en lugar de camisetas ceñidas. A Bella le gustaba la idea de que sus pechos desnudos sólo fueran accesibles para su amante.

Sus pezones se endurecían sólo de imaginarse a Edward tocándolos.

Tendría que esperar a estar a solas con Edward en la suite del hotel. Aunque a Edward parecía gustarle que luciera sus curvas en público, no era un hombre que hiciera manifestaciones amorosas fuera de la más estricta intimidad. Y eso incluía los besos.

En el primer reencuentro tras iniciar su relación, Bella se había echado en sus brazos en público y le había dado un enorme beso. Cuando por fin le dejó respirar, su expresión era de contrariedad. Le explicó después que él encontraba embarazoso excitarse en un lugar público donde no podía hacer nada al respecto. Más tarde le dijo que le encantaba que ella fuera tan provocativa como quisiera, pero en privado. Sin embargo, después de haberse sentido rechazada aquella vez, Bella no volvió a tomar la iniciativa cuando se trataba de hacer el amor. Dejaba eso para Edward.

Y no es que tuviera que hacerse del rogar. A puerta cerrada, la fachada impasible de Edward desaparecía para convertirse en un amante insaciable y apasionado. Tal vez fuera cierto que cada vez iba menos a Sídney, pero cuando iba su tiempo era enteramente para Bella. Pasaban casi todo el tiempo en la cama.

Para su madre eso hubiera sido una prueba más de que ella era sólo un objeto sexual para Edward. Una amante. Una mantenida.

Pero su madre no estaba presente cuando él la tomaba en brazos. Ni sabía nada de cómo él la miraba, ni de la ternura de sus caricias, o de cómo temblaba incontrolablemente cuando hacía el amor con ella.

Edward la amaba. Bella estaba segura de eso.

Que no se quisiera casar con ella debido a que no era el momento más adecuado para él, no a falta de amor. Edward nunca había dicho que él descartase por completo el matrimonio.

Además, ella tampoco tenía ninguna prisa por casarse. La única prisa que tenía en ese momento era por llegar a la puerta B, recoger a Edward y llevarlo al hotel Regency Royale.

El destino parecía estar de su parte. Nada más llegar sin aliento a la puerta, Edward salió por ella caminando a buen paso con su ordenador portátil en una mano y una maleta pequeña en la otra.

Bella pensó que no era tan diferente a las docenas de hombres de negocios bien vestidos que había en le aeropuerto. Quizás fuera más alto que la mayoría. Y tenía los hombros más anchos. Y era más guapo.

Sólo de verlo sentía cosas que no podía explicarle a su madre. Se sentía viva como nunca se sentía cuando estaba sin él. Sentía que el cerebro le iba a estallar de la alegría y que la sangre le burbujeaba en las venas.

Bella tenía que reconocer que la mayoría de las chicas de veinticuatro años no hubieran perdido la cabeza por un tipo de hombre tan conservador de apariencia. Casi siempre llevaba traje. El que llevaba aquel día era gris marengo, con chaqueta sin cruzar, combinado con una camisa blanca impoluta y una corbata de rayas azules.

Todo muy discreto.

Pero a Bella le gustaba el aire de estabilidad y seguridad que proyectaba Edward. Le gustaba que siempre pareciera un hombre con fundamento. Y le gustaba su físico.

Sin embargo, hasta aquel momento, nunca lo había analizado con detalle. Había sido su apariencia general lo que le había hecho perder el aliento al principio y lo que la tenía cautivada desde entonces.

Pero viéndolo avanzar por la puerta de salida, cuando él todavía no la había visto, Bella se sorprendió estudiando a Edward más objetivamente que nunca.

Era un hombre atractivo. No era ningún niñato, pero tampoco un diamante en bruto.

Era muy masculino. Su rostro era grande pero equilibrado. Tenía el cabello color bronce oscuro muy corto siempre peinado con raya a un lado. Sus ojos, verdes, inteligentes y profundos, estaban separados por una nariz perfectamente recta y remarcados por unas gruesas cejas pestañas. Sus labios, aunque carnosos, no eran en absoluto femeninos y siempre tenían una expresión inflexible.

Edward no sonreía mucho. Sus labios permanecían casi siempre cerrados. Sus penetrantes ojos verdes tenían una dureza que a Bella le parecía sexy, pero que imaginaba normal que otros pudieran encontrar hostil, especialmente cuando alguien lo contrariaba o lo enojaba. Bella imaginaba que podía ser un jefe terrible. Le había oído algunas veces poner firmes a algunos de sus empleados.

Pero con ella nunca estaba contrariado o enojado. Se había molestado un poco aquella vez que lo besó en público. Y se había sentido frustrado cuando ella no le permitió comprarle en coche. Pero nada más.

Bella sabía que, en cuanto la viera allí esperándolo, sonreiría.

Y de pronto, allí estaba él. Tuvo que contener sus ganas de correr hacia él y echarse en sus brazos. Se quedó quieta, devolviéndole la sonrisa mientras él se acercaba a ella.

-Por unos segundos pensé que no estabas.

-y casi no llego –confesó ella-. Deberías haberme visto hace un minuto intentando correr por el aparcamiento con estos zapatos.

Él le miró los zapatos y recorrió a continuación todo su cuerpo con la mirada. Para cuando él volvió a mirarla a los ojos, Bella sintió que la boca se le había secado por completo.

-¿Estás segura de que el problema han sido los zapatos y no esos pantalones? ¿Cómo has sido capaz de ponértelos? Parece que te los han cosido encima.

-Son elásticos.

Sus ojos brillaron de una forma muy sexy que ella adoraba.

-Gracias a Dios. Ya me estaba imaginándome pasando la mitad de la noche intentando quitártelos. No deberías ponerte ropa así para venir a recibirme cuando hace un mes que no nos vemos. Tiene un tremendo efecto sobre mí.

-Creí que te gustaba que me pusiera ropa sexy –preguntó ella un poco ofendida por que no le hubiera preguntado por qué casi llegaba tarde. Por un momento pensó que a él no le importaba.

-eso depende de cuánto tiempo hace que no te veo. Menos mal que llevas sujetador.

-Pero si no llevo.

Él le miró el pecho y luego los labios.

-Ojala y no me hubieras dicho –susurró.

-Por amor de Dios, Edward, no hay manera de agradarte hoy.

-Me agradas en todo –replicó él rápidamente poniendo el ordenador portátil en el suelo para acariciarle la mejilla con dulzura. Si eso hubiera bastado para sorprenderla, lo siguiente la pilló totalmente desprevenida.

La besó. Mientras le acariciaba el cabello y el cuello, la besó con firmeza y pasión.

El besó, que duró al menos un minuto, dejó a Bella ruborizada y con las rodillas temblorosas por el deseo. La gente los miraba.

-¡Edward! –protestó ella cuando él deslizo la mano por la blusa por encima de su pecho.

-Eso es lo que pasa cuando vienes a recibirme con una ropa que parece estar gritando tómame -susurró él.

Bella se quedo boquiabierta. Edward se echó a reír.

-Pequeña hipócrita. Te viste así para provocarme y, cuando lo consigues, finges estar sorprendida. Anda, dame las llaves de mi coche y agarra esto –dijo entregándole el portátil-. Necesito al menos una mano libre para mantenerte a raya, chica mala.

Mientras caminaba por la terminal, con Edward agarrándole firmemente el trasero, a Bella le ardían las mejillas. La cabeza le daba vueltas con emociones y pensamientos encontrados.

Ninguna de las otras veces que había ido a recibir a Edward le había hecho sentirse así. Como si el sexo fuera lo único que tenía en mente. Aquel comportamiento la había puesto muy nerviosa. ¿Y si su madre tenía razón después de todo y Edward sólo la utilizaba para el sexo? Y sin embargo, al mismo tiempo, estaba tremendamente excitada.

Ninguno de los dos abrió la boca hasta que, ya en el coche, Edward puso sus cosas en el maletero.

-Quince minutos –dijo él cerrándolo de golpe.

-¿Qué?

Todo su cuerpo, no sólo ya sus mejillas ardían como un fuego.

-Quince minutos es lo que nos falta para estar solos. Creo que van a ser los quince minutos más largos de mi vida.

La miró de arriba abajo una vez más y se detuvo en sus labios.

-Si vuelvo a besarte, creo que no podre esperar más. Te poseeré en el asiento de atrás.

Bella no estaba segura de que aquel nuevo Edward, tan salvaje, le gustara más que el Edward civilizado al que estaba acostumbrada. Pero sospechaba que, si él la volvía a besar, no le iba a importar que él la poseyera en el asiento de atrás.

De hecho, ya se lo estaba imaginando, y sólo de pensarlo le daba vueltas la cabeza.

Justo en ese momento, dos chicos jóvenes pasaron por su lado comiéndose a Bella con los ojos. Uno de ellos hizo un gesto de besar con los labios. Se dijeron algo entre ellos y se rieron.

Bella sintió vergüenza.

-Entonces no me beses, por favor.

Edward, que no se había dado cuenta de lo ocurrido, sacudió la cabeza.

-¿Sigues jugando conmigo? Eso no parece propio de ti, Bella. ¿Qué ha pasado con la dulce e inocente virgen a la que conocí hace un año?

-Que hace un año que se acuesta contigo –repuso ella, molesta por hacer entender que ella era la única que se estaba comportando de manera diferente aquel día.

-¿Detecto cierto descontento en esas palabras? ¿Por eso llegabas tarde? ¿Estabas pensando en no venir a buscarme?

-¡Valla! Me alegra que por fin preguntes por que llegaba tarde. Para tu información, te diré que discutí con mi madre y perdí un tren.

¿Parecía aliviado? No podía estar segura. Edward no era un hombre fácil de entender.

-¿Sobre qué era la discusión?

-Sobre ti.

-¿Sobre qué de mi? –preguntó sorprendido.

-Mi madre piensa que me estás utilizando.

-¿Y qué piensas tú?

-Le dije que me querías.

-Y es verdad.

Bella sintió que el corazón se le encogía.

¿De verdad, Edward? ¿Me quieres de verdad?

-Si me quisieras de verdad –dijo ella muy nerviosa-, no hablarías de hacer el amor en el asiento de atrás de un coche en un aparcamiento público.

Él pareció sorprenderse y entonces frunció el ceño pensativo.

-Ya sé lo que estas pensando, pero te equivocas. Yo también me equivocaba. Ni eres hipócrita ni quieres ser provocativa. Sigues siendo la incurable romántica de siempre. Pero eso está bien. Eso es lo que me gusta de ti. Ven aquí conmigo, princesa. Vamos a casa, donde podamos estar en nuestra maravillosa cama con dosel y hacer el amor de forma romántica todo el fin de semana.

-¿Tenemos el fin de semana entero esta vez, Edward? –preguntó Bella ansiosa, aliviada al ver que el peligro de ser poseída en público había pasado.

-Desgraciadamente no. Tengo que tomar un avión de vuelta a Hong Kong mañana a la una de la tarde. Lo siento –añadió al ver la decepción en su rostro-. Las cosas van de mal en peor. ¿Quién sabe cómo terminará esto? Pero no es problema tuyo.

-Pero me gusta saber de tus problemas de trabajo –dijo ella con sinceridad, tocándole el brazo.

Él se puso rígido un instante y luego tomó su mano entre las suyas y la besó. A Bella se le puso la piel de gallina.

-No he venido a casa para hablar de trabajo, bella –susurró él-. He venido a relajarme por una noche. Con mi guapísima novia.

-¿Me has llamado novia? –sonrió ella.

Edward parecía perplejo.

-Bueno eso es lo que eres, ¿no?

-Sí, sí. Eso es lo que soy. Espero.

Esto último lo dijo entre dientes mientras rodeaba el coche para sentarse en el asiento del acompañante.

Podía sentir como sus ojos permanecían clavados en ella mientras se sentaba. Pero no quería mirar lo que había en aquellos ojos. De momento se conformaba con que la hubiera llamado novia. Se conformaba con que hubiera dicho que la quería. No quería ver el deseo que había en su mirada y malinterpretarlo. ¡Claro que la deseaba! ¡Ella también lo deseaba a él!

Nunca te dará lo que quieres

Sí que lo haría, se dijo a sí misma mientras el coche se adentraba en la ciudad. Hasta que él se fuera al día siguiente al aeropuerto, le iba a dar su compañía, su amor y su cuerpo. Y eso era todo lo que ella quería en aquel momento. Sobre todo su cuerpo.

Incluso entonces, Bella sólo podía pensar en las horas que iban a pasar juntos en la cama, en lo que iba a sentir cuando él la acariciara y la besara por todo el cuerpo, en cómo se iba a derretir al simple contacto de su dedo, al mero contacto de su lengua… Le gustaba especialmente cuando jugaba con ella interminablemente, llevándola una y otra vez al borde del éxtasis y echándose atrás, dejándola en un estado de tensión exquisita hasta que él la penetraba.

Esos eran los mejores momentos, cuando alcanzaban el orgasmo juntos y luego se abrazaban y Bella podía sentir sus corazones latiendo como uno solo.

El coche se metió a toda velocidad por el túnel que los conduciría a la ciudad. En la oscuridad, Bella sentía aún más la presencia del hombre. Se volvió para mirar su perfil firme y sus manos en el volante.

Sin darse cuenta, juntó los muslos con fuerza.

Sólo de pensar que iba a poseerla, sintió que hasta las entrañas se le ponían en tensión.

Edward se volvió también para mirarla.

-¿En qué estás pensando?

Ella se ruborizó y él se echó a reír para romper la tensión.

-Yo también. Ya estamos llegando. No tendremos que esperar mucho.

¿Qué tal, les está gustando?

¿Verdad que sí?

Bueno ya saben dejen review

Plz.