Disclaimer: Los personajes del siguiente relato son propiedad única y exclusiva de CLAMP, yo los he tomado prestados por motivos de entretención y sin fines de lucro.

Por favor no publica mi historia ni modificarla sin mi previo consentimiento.

Sakura, Cazadora de… ¿Fantasmas?

Capítulo III

El que la sigue…

Desperté con la camiseta empapada en sudor, después de algunos meses había vuelto a soñar con ella, más precisamente con el momento en que sus ojos se cerraron para no volver a abrirse.

Apreté los puños y di un golpe seco al colchón. Me sentía completamente inútil e impotente. Entrené artes marciales durante años, y aquello no sirvió de nada en el momento en que más lo necesité. No pude hacer nada para salvarla.

La alarma del móvil sonó, alcancé el aparato que se encontraba en la mesita de noche y la desactivé. El día a día conseguía distraerme a ratos, los trotes nocturnos, por ejemplo, aliviaban momentáneamente mi sentimiento de culpa pues no pensaba en nada mientras corría.

El agua caliente relajó mis músculos antes tensos, y me permití un par de minutos extra bajo el chorro pues siempre ponía la alarma antes de lo necesario. Me envolví la cintura con la mullida toalla blanca que había dejado en el colgador y me vestí con el uniforme de Seijo. Justo cuando terminaba de acomodar la corbata, llamaron a mi puerta.

–¿Estás despierto? –preguntó la voz de mi primo al otro lado de la puerta.

Eriol se había mudado a Tomoeda antes del comienzo de las clases del año pasado, yo en cambio, me había transferido a mitad de año desde Hong Kong y mi madre había arreglado todo para que pudiéramos vivir juntos. Según Ieran, lo había hecho para que no estuviera solo tanto tiempo, pero yo sabía que en el fondo era para poder controlar lo que hacía o dejaba de hacer más disimuladamente.

En realidad, sólo había visto a los Hiraguizawa una vez en mi vida, ya que somos más bien parientes lejanos y de todos modos la gente en nuestra familia no suele visitarse con frecuencia, pero aun así no podía quejarme de vivir con él, si bien podía ser un completo dolor de trasero en ocasiones, la mayor parte del tiempo no me molestaba y las cosas en casa eran tranquilas.

–Sabes que sí –respondí yo secándome un poco el pelo con la toalla.

–Sólo chequeaba –dijo en medio de un bostezo– ¿Puedes hacer el desayuno hoy? Aún tengo que ducharme y preparar mis cosas.

–Está bien –dije, y antes de que se fuera, abrí la puerta y agregué– Pero la cena la haces tú.

Eriol sonrió tras las gafas e hizo un gesto de rendición con las manos en el aire. Cogí mis cosas y bajé a la primera planta del dúplex.

Cociné un omelette con jamón y queso, y desayunamos en silencio viendo el noticiario de la mañana, soltando de vez en cuando alguno que otro comentario sobre lo que decía el periodista.

–El viernes Daidouji dará una fiesta de bienvenida para Kinomoto –me comentó más tarde mi primo mientras íbamos de camino a la preparatoria.

–Ya lo sabía –dije. La verdad es que si estabas en el mismo salón que Kinomoto y su grupito de amigas, era imposible no enterarte, pues se habían pasado toda la semana hablando a viva voz sobre los preparativos.

–Entonces ya debes saber que estamos todos invitados.

–Eriol… –dije, sabiendo de antemano sus intenciones.

–Puede que sea más divertido de lo que piensas –dijo– desde que llegaste no has hecho ningún amigo y con suerte cruzas palabras con alguien cuando estás obligado a hacerlo.

–Hablo contigo –me defendí frunciendo el entrecejo.

–Sabes que no me refiero a eso –continuó– La gente aquí en Tomoeda es muy agradable, deberías darle una oportunidad. Además no creo que a Meiling le hubiese gustado que estuvieras completamente aislado.

Tensé la mandíbula ante su mención, sin embargo debía admitir que mi primo estaba en lo correcto. Meiling siempre había deseado verme compartir con otras personas que no fuera el personal de servicio de la casa.

–Ieran me ha pedido que mantenga un perfil bajo –argumenté.

–Ir a una fiesta de adolescentes no hará que salgas en la portada de todos los diarios de Japón ¿sabes? ¡Vamos, Shaoran! Sabes que este pueblo es más pequeño que ninguno, y no creo que mucha gente lo conozca si te soy sincero.

Me encogí de hombros. No tenía muchas ganas de ir a una fiesta, Eriol sabía cómo ser sociable por lo que para él no era problema, probablemente se pasaría la noche hablando con los chicos o bailando con las chicas, en cambio yo estaría completamente solo y sin saber qué hacer.

–Por lo menos deberías pensártelo –dijo abriendo la puerta de su taquilla. Yo hice lo mismo mientras me quitaba los zapatos– Nos quedaremos todo el fin de semana.

–No iré –dije cerrando mi taquilla, sin embargo él ya había desaparecido. Suspiré y caminé en dirección al salón.

La primavera estaba comenzando, y con ella el horrible frío de Tomoeda amainaba. Estaba acostumbrado a un clima bastante más cálido, y aunque no conocía todos los rincones de mi ciudad, extrañaba los paseos que Mei y yo solíamos dar cada vez que mi madre se iba de viaje.

Si lo pensaba detenidamente, lo poco que tuve de una vida cercana a lo normal fue gracias a mi prima. Desde pequeño había sido entrenado arduamente en artes marciales y recibía clases con tutores particulares en vez de asistir a una escuela como el común de los niños. Yo no me quejaba porque no conocía otra cosa ni a otros chicos de mi edad, por lo que aquello me parecía lo más normal del mundo… hasta que conocí a Meiling.

El primer día que fue a casa teníamos ocho años, era una cría básicamente insoportable para alguien que había sido criado de forma tan estricta como yo, que no conocía otra forma de juego que no fueran los tableros de mesa, y en cambio ella se la pasaba correteando de habitación en habitación canturreando canciones infantiles que yo jamás había escuchado.

Wei nos había presentado en el salón diciendo que ella se quedaría en nuestra casa un par de semanas mientras sus padres regresaban de un viaje. Yo le hice una reverencia formalmente, como me habían enseñado a hacer cada vez que conocía a alguien, ella se echó a reír, dijo que yo era raro y se fue velozmente sin devolver el saludo.

Sonreí con nostalgia ante aquel recuerdo. Nunca imaginé que la iba a echar tanto de menos, y aun así allí estaba yo, más de medio año después, pensando constantemente en ella y aún apesadumbrado por su muerte.

La puerta del salón se abrió de par en par y por ella entró Kinomoto con las mejillas encendidas y el cabello echo un desastre. Asumí que había corrido hasta aquí.

Daidouji que ya estaba sentada le hizo una seña, ella caminó hacia su amiga, me sonrió con timidez y se sentó.

–Buenos días –saludó con la respiración entrecortada.

–Buenos días, ¿Estás bien? –preguntó Daidouji preocupada.

–Sí –respondió tomándose el cabello en una coleta. El aroma dulce de su perfume flotó hasta mí– Es sólo que corrí porque pensé que venía atrasada, pero en realidad se me había olvidado que anoche adelanté mi reloj diez minutos.

Sonreí casi sin darme cuenta. Imaginaba ya que Kinomoto era distraída, pero nunca creí que fuera tanto como para engañarse a sí misma.

–Oh, ya veo… ¿Y has sabido algo de tu padre?

–Sí, me llamo ayer –respondió Kinomoto sonriendo ampliamente– Dice que llegará el Viernes por la noche, así que él se quedará a cargo de Kero mientras estemos en la playa.

–Genial, así no tendrás excusa para regresar antes –dijo con entusiasmo Daidouji– ¿Dejarás que escoja tu ropa para esos días?

–Tomoyo… –dijo riendo nerviosamente.

–Me hace mucha ilusión –dijo la otra poniendo cara de pena– ¡Estás tan guapa que de seguro todo se te verá bien!

El sonido de mi móvil al vibrar contra la mesa, me distrajo de su conversación y me dio la excusa perfecta para poner atención a algo más. Había recibido un nuevo correo. Últimamente no me molestaba en revisarlo, siempre era basura publicitaria que yo no había pedido, así que sólo leí las noticias antes de volver a guardarlo justo en el momento en que llegaba el profesor.

Me hacía gracia que cada vez que nuestros caminos se cruzaban, desde el incidente en la azotea, Kinomoto se ponía nerviosa y se alejaba rápidamente de mí. La verdad era que lo último que le dije no había sido con mala intención, ella había salvado mi vida y lo último que yo quería era sonar como un completo imbécil, sin embargo las palabras salieron de mi boca antes de poder detenerlas.

Entre Física, Japonés y Matemáticas, la mañana se pasó volando. Me retiré del salón a escondidas, minutos antes de que sonara la campana que anunciaba el almuerzo. Como la azotea estaba cerrada por las mantenciones que le realizaban a las barandillas de la escalera, no me quedó otra que encaminarme hacia el segundo lugar menos visitado; la parte trasera del edificio principal. Junto a un bebedero había un frondoso roble cuyas ramas eran iluminadas por los cálidos rayos de sol, caminé hasta él y me trepé en una de sus ramas más gruesas. Aquel lugar parecía el sitio perfecto para no encontrarme con nadie, así que me recosté contra el tronco y, con los auriculares ya puestos, comencé a escuchar mi lista de reproducción favorita del móvil.

A lo lejos comencé a oír el inconfundible sonido de los alumnos; algunos en grupos, otros en pareja, pero la mayoría de ellos con alguien a su lado. Cerré los ojos intentando alejar la nostalgia que aquello me producía, pero antes de que lograra alejar mi cabeza de todo, vi como un grupo de chicas se sentaba a la sombra de mi árbol. Mierda.

–¿Entonces pondrás coches para que todos puedan llegar? –alcancé a escuchar que preguntaba una chica con tono de desconcierto.

–¡Por supuesto! Esta es una ocasión demasiado especial como para escatimar en gastos… Además será mi regalo de cumpleaños atrasado –respondió la otra.

–Tomoyo… –dijo la inconfundible voz de Sakura Kinomoto con una risita nerviosa.

–Se lo he dicho al abuelo y está más que de acuerdo. Dijo que deberías ir a visitarlo un día de estos.

–No lo sé –respondió la otra, y desde donde estaba pude notar su incomodidad– Más adelante tal vez.

–¿Y ya saben quiénes irán? –preguntó la de anteojos comiendo el arroz de su bento.

–Más o menos –respondió Daidouji– Pero de nuestro salón al menos, irán todos…

¿Todos? –repitió la que casi siempre andaba con Yamazaki– ¿Li también irá?

–¿Qué? –dijo la de lentes– ¿También te gusta?

–No… o sea, no vamos a negar que es guapo y que hay varias babeando por él. Es que el chico tiene lo suyo ¿han visto sus brazos cuando va con el uniforme de deporte? Además ese aire misterioso que lo rodea…

Sentía como que tenía la cara en llamas. Estaba en una situación bastante incómoda, si bajaba del árbol se pensarían que las estaba espiando, pero si me quedaba allí y me descubrían por casualidad, creerían exactamente lo mismo. Como era menos probable que me descubrieran si me mantenía allí y en silencio, decidí quedarme quieto y subirle el volumen a la música para no seguir escuchando su conversación.

Efectivamente, lo único que logré escuchar minutos después fue la campana de regreso a clases. Estiré los músculos medio entumecidos, me quité los audífonos y miré hacia abajo para asegurarme de que no hubiese nadie… grave error.

–¿Li?

Era Sakura Kinomoto mirándome fijamente desde abajo. Los colores se me subieron automáticamente a la cara otra vez, sin embargo me calmó un poco ver que sus amigas ya no estaban.

–Hola –dije rascándome la nuca un tanto nervioso. ¿Qué se suponía que debía decir? 'Oye, las escuché hablar sobre mí y mis brazos ¿no pasa nada, no?'

–¿Qué hacías ahí? –preguntó con los ojos verdes abiertos como platos. Era primera vez que me dirigía la palabra desde aquel día.

–Pa-pasaba el rato –carraspeé intentando aclarar mi voz que comenzaba a sonar extraña– La azotea está en reparaciones, así que no me quedó otra que venir hasta aquí.

Dije antes de poder asimilar por qué estaba dándole tantas explicaciones.

–¿Escuchabas nuestra conversación? –preguntó frunciendo un tanto el ceño.

–¡No! –me apresuré a responder, y luego le mostré los auriculares que aún sostenía en la mano– Escuchaba música.

Me miró durante algunos segundos como evaluando si creerme o no. Yo le sostuve la mirada y noté que con la luz del sol sus ojos brillaban como si fueran piedras preciosas.

–Bien –dijo ella finalmente, y luego exclamó– ¡Por cierto, ya ha sonado la primera campana para volver!

Bajé del árbol de un salto y comenzamos a caminar lentamente hacia el edificio.

–¿Y qué escuchabas? –preguntó al rato acomodándose un mechón de pelo tras la oreja.

–¿Eh? –pregunté yo confundido.

–Dijiste que escuchabas música y…

–Ah, sí –respondí aliviado interrumpiéndola. No se refería a qué había escuchado de su conversación o algo por el estilo, así que me sentía a salvo– De todo un poco.

–¿Qué es de todo un poco? –volvió a preguntar ella.

–Pues… música clásica y un poco de rock.

–Una mezcla extraña ¿no? –sonrió– A mí me va más el pop.

–Lo imaginaba –solté. Ella rió despreocupadamente.

–¿Tan obvia soy? –dijo, y luego sin dejar de sonreír añadió– Estaba pensando y… sería bueno que vinieras a la fiesta que harán las chicas el fin de semana.

Pero antes de que pudiera responder, la segunda campana sonó. Apresuramos el paso, sin embargo para cuando abrimos la puerta del salón, el profesor ya había llegado y nuestros compañeros que estaban sentados, voltearon a mirarnos con cara de sorpresa. Los murmullos no tardaron en dejarse escuchar.

–Señor Li, Señorita Kinomoto –dijo el señor Furuyama al tiempo que dejaba el plumón que usaba para escribir en la pizarra– Que bien que hayan decidido unirse a nosotros… ¿Saben? A veces pienso que la puntualidad está muy subvalorada, así que esperando que esto no se vuelva a repetir, les asignaré un trabajo extra –una risita general se escuchó por todo el salón– Quiero un reporte completo sobre la guerra fría de mínimo 20 páginas para la próxima semana… sin interlineado doble.

Ambos asentimos en silencio, caminamos hasta llegar a nuestros respectivos asientos y nos sentamos sin volver a dirigirnos la palabra durante el resto del día.

Cuando las clases terminaron, Eriol me alcanzó en el portón de entrada del edificio. Llevaba la mochila colgando de un solo hombro y parecía más feliz que de costumbre, tanto así que rodeó mis hombros con uno de sus brazos en un gesto amigable que nunca había hecho.

–¿En qué andabas con Kinomoto, Syaoran? –preguntó con malicia.

–Nada –aseguré mirando hacia otro lado– Sólo nos encontramos y ya.

–Oh –dijo él– Es una fortuna que haya llegado a nuestro salón ¿no crees? Es guapa, amable, divertida…

–¿Qué quieres, Eriol? –lo interrumpí con cansancio. Sabía que esa conversación no era sólo para halagar a la chica en cuestión.

–¿Yo? –dijo haciéndose el inocente– Me ofende que pienses que quiero conseguir algo. Sólo pongo un tema de conversación.

–Sí, claro –dije yo con sarcasmo.

–Bueno, bueno. Me atrapaste –admitió soltando por fin mis hombros– Estaba pensando que si hiciste buenas migas con Kinomoto, tal vez no tendrías ya ningún problema con ir a la fiesta…

–Cada vez que mencionas esa estúpida fiesta, menos ganas me dan de ir ¿sabes?

–O sea que si dejo de mencionarla, ¿irás? –dijo con entusiasmo. Al parecer tenía muchas expectativas al respecto.

–Lo que no entiendo es por qué insistes tanto en que yo vaya.

–Tengo dos motivos –dijo acomodando su mochila– El primero es que de veras pienso que deberías relacionarte con más gente de tu edad, y el segundo es que necesito ir, pero creo que a tía Ieran no le gustaría nada de nada que te deje solo todo un fin de semana.

–No le diré nada. –aseguré con tono cansino. No me gustaban esos momentos en que recordaba que Eriol estaba haciendo prácticamente de niñera.

–¿Y si me llama al móvil y pide hablar contigo?

–Pues invéntale que estoy en el baño o algo así.

–Sería más fácil si vinieras –dijo con preocupación– Mira, sé que no es fácil para ti, pero si aceptas iremos sólo por una noche, al día siguiente por la tarde nos volvemos si eso es lo que quieres. ¿Está bien?

Suspiré sonoramente. Era primera vez que se le oía tan desesperado y me pregunté si aquella necesidad de asistir tendría que ver con alguna chica. Saqué las llaves de mi bolsillo, abrí la puerta de la casa y volteé a verlo con mala cara.

–Está bien iré –dije rindiéndome. Pero justo antes de que dijera algo más lo interrumpí– Pero tengo mis condiciones. Si me aburro y no sé qué hacer, me devolveré sin importar si vienes o no conmigo –Eriol asintió– Y, a cambio de esto, la próxima semana tendrás que hacer todas las tareas de la casa.

Vi como su cara pasaba de la felicidad absoluta a la confusión. Sabía cuánto odiaba mi primo hacer los quehaceres de la casa, así que suponía que era el mejor castigo que podía darle por toda la insistencia.

Me encerré en mi habitación y desabotoné mi camisa para cambiarme de ropa. Debía admitir que aquella breve conversación con Kinomoto no me pareció para nada desagradable. Se había comportado conmigo igual que con todo el mundo; sonriendo sin parar y con una amabilidad única, así que por un momento pensé que si ella estaba en la fiesta esa de la que todo el mundo hablaba y además me había invitado personalmente, no podía ser del todo mala… ¿o sí?.


Notas de la Autora: ¡Hola a todos de nuevo! Mis disculpas por tardar, pero la verdad no creo que pueda actualizar muy seguido. Entre el trabajo, mi novio y los amigos es bastante poco el tiempo que puedo dedicar a escribir, aunque tal vez vaya subiendo capítulos no tan largos como para no hacer tan tediosa la espera.

El título del capítulo hace referencia al refrán "El que la sigue la consigue", aludiendo a la insistencia de Eriol que terminó consiguiendo convencer a Syaoran para que vaya.

Si les gustó el capítulo (si no les gustó igual), pueden dejarme un review. ¡Me encanta leerlos y saber que les gusta lo que escribo!

Muchas gracias a todos quienes se han dado un tiempo de escribir: Reitsuko, , Mileth rami, Marisa Heartfilia, Acosadora09, ThisisMel, Kaho, kami no musume, Vale, Magr Nacxwork (omg cómo me ha costado escribir tu Nick D:), politali22, Lizy-Michaellis, ELISA LUCIA V y Canariam.

Nos vemos en el siguiente capítulo!