Primero de todo, gracias, gracias y mil gracias por vuestros reviews, Victoria Sys, HimeVampireChan, suany-sama, rogue85, serena tsukino chiba y mi queridísima MAEC. Y, por supuesto, gracias a todos los follows y favorites. De veras que me alegra mucho que os esté gustando tanto la historia como la traducción. No sabéis lo mucho que significa para mí.

Pero permitidme dirigirme a los que me han preguntado por mi propio fic: está en stand-by, pero no está abandonado. Lo he apartado momentáneamente de mis tareas, aunque tengo la firme intención de acabarlo. Además, gracias a vuestros reviews he estado repasando algunas cosas del que puede perfilarse como el capítulo siguiente definitivo (cruzad los dedos), que probablemente sea el último antes del epílogo.

Espero que este capítulo (el que más me ha costado "domar" por ahora) también sea de vuestro agrado. Saludos.


Glosario:

Shoji: Tipo de puerta tradicional japonesa que sirve para dividir habitaciones y consiste en papel del japón traslúcido con un arco de madera.

Yukata: Una vestimenta de algodón más ligera que el kimono que se suele usar para dormir o en los baños termales, o para usar en verano (aunque éste es más elaborado).

Kendoka: Persona que practica el kendo, esgrima japonesa.

-san: Honorífico estándar. Equivale a «Señor/Señora». Megumi llama cariñosamente a Kenshin Ken-san (también para fastidiar a Kaoru).

Shishou: Palabra que usa Kenshin para dirigirse a su "maestro", Seijuro Hiko.

Futón: Colchón fino plegable con un cobertor que suele ser la típica cama japonesa. Se puede doblar y almacenar, cosa que suelen hacer una vez que se han levantado, dejando libre el espacio de la habitación en la que lo han desplegado

Rurouni: Palabra inventada por Watsuki, que viene a significar «vagabundo» (pero teniendo en mente a «una persona que vaga, que yerra, sin un hogar fijo»).

La historia de Rurouni Kenshin y sus personajes pertenecen a Watsuki Nobuhiro.

CAPÍTULO 3: Cicatrices e Historias

Normalmente, Kaoru y las mañanas no se llevaban bien. Era la típica chica que solía gruñirle al sol cuando éste se asomaba a través de la ventana, y se ponía la manta sobre la cabeza para poder disfrutar de unos preciosos minutos más de sueño.

La primera mañana que pasó como mujer casada no fue así.

Esa mañana se despertó sintiéndose felizmente dolorida y sonriendo al cálido rayo de sol que — cruzando a través del shoji abierto — bañaba su cuerpo. Se estiró y, por un breve instante, se sintió triste al ver que su flamante marido no estaba acostado a su lado. Sin embargo, su tristeza se desvaneció apenas sus dedos rozaron la suavidad de unos pétalos de flor. Se sentó y subió la manta hasta su pecho, deshaciendo así la parte de la cama de Kenshin, que con tanto esmero él había dejado hecha. A su lado, sobre la almohada de su querido pelirrojo, yacía una hermosa flor de cerezo.

La joven sonrió con amplitud cuando olió el desayuno y escuchó los ruidos apagados de cacharros siendo usados en la cocina. Levantándose con dificultad, se puso un yukata al azar antes de que su nariz la guiara hasta donde se encontraba lo mejor de la mañana. Con una gran sonrisa se apoyó contra el marco de la puerta de la cocina, observándolo trabajar durante unos segundos.

Kenshin parecía el mismo de todas las mañanas salvo por algunas pequeñas diferencias. Primero, no llevaba más ropa que la que ella misma llevaba. Segundo, el desayuno que estaba preparando era bastante menos elaborado que otras veces. Tercero, y más importante para Kaoru, estaba canturreando. Al principio casi no se dio cuenta de lo bajo que lo hacía. Pero cuando él se volvió para alcanzar un bol de arroz y ponerlo en la bandeja, ella pudo ver una sonrisa serena en su rostro y escuchar las débiles notas que provenían de su garganta.

Avanzó despacio, siendo plenamente consciente de que era muy probable que él ya supiera que ella estaba allí. De hecho, sospechaba que ésa era la razón por la que él tenía tal sonrisa en primer lugar. Sus brazos se enroscaron en la cintura del rurouni y presionó su mejilla entre sus hombros. Sintió cómo él suspiraba y su callosa mano subía hasta la de ella para apartarla ligeramente de sí y ser capaz de girarse y mirarla de frente.

Kaoru rio ante el leve sonrojo que apareció en su rostro. Él esbozó una sonrisa, nervioso, e inclinó la cabeza hacia atrás en dirección a la encimera.

—¿Desayunamos?

Ella asintió y le ayudó a llevar las bandejas de vuelta a su habitación, porque si Kenshin pensaba dedicarle hoy algo de tiempo a sus tareas, estaba muy equivocado. Pero al no poner ninguna objeción cuando ella empezó a caminar fuera de la cocina, la joven kendoka asumió que él había pensado lo mismo que ella.

Tomaron el desayuno en la cama y ella francamente pensó que nunca se había sentido más feliz en toda su vida. Kenshin hablaba en tono suave, y se sentía lo bastante cómodo como para dejar de decir «uno» estando con ella a solas. Kaoru estabas encantada de que él por fin fuera capaz de desvelarle un poco más de su pasado. Él no rehuyó ninguna de sus preguntas.

—¿Qué edad tenías cuando Hiko-san te encontró?

—Siete*.

Sus ojos se agrandaron un poco y los palillos se detuvieron en su boca.

—¿Sólo siete?

—Mis padres habían muerto de cólera a principios de año. —Kenshin continuó comiendo como si contar esta historia no le produjera ningún dolor—. Unos comerciantes de esclavos me encontraron y me llevaron, y por un día, mientras viajábamos, tres mujeres me cuidaron. Fuimos atacados esa misma noche y los mataron a todos. Shishou llegó justo a tiempo para salvarme.

Ante la expresión de su cara, él sonrió generosamente.

—Era muy joven, amor mío. Apenas lo recuerdo.

Kaoru tomó un sorbo de té antes de continuar.

—¿Recuerdas algo de tus padres?

Kenshin lo pensó durante un momento y su boca se curvó un poco hacia un lado mientras fruncía el ceño. Ella contuvo su sonrisa mientras veía a sus ojos moverse como si buscaran en los anales de su cerebro.

—Recuerdo... —Suspiró quedamente—. Mi padre era un hombre duro. En todo caso, creo que lo era. Recuerdo que mi madre tenía mi pelo o, más bien, que yo tenía el suyo.

Kaoru puso su bol vacío en la bandeja que estaba al lado del futón y se recostó, enroscando el brazo bajo su cabeza. Kenshin hizo lo mismo, tumbándose de lado para poder mirarla de frente mientras cogía su mano, jugando de forma ociosa con sus dedos.

—¿Has vivido siempre aquí? —preguntó él en voz baja.

Kaoru sonrió y negó con la cabeza.

—Nos mudamos aquí en cuanto mi padre hubo reunido suficiente dinero de su participación en la guerra y fue capaz al fin de comprar este lugar. Tenía unos ocho años cuando nos mudamos aquí. Yo soy de Chiba.

Kaoru nunca se había parado a pensar que ella tampoco le había contado mucho de su pasado. Durante lo que parecieron horas, esa mañana compartieron secretos. Algunos fueron las cosas más ridículas, como preguntar cuáles eran sus colores favoritos, o cuáles eran sus talentos ocultos. Kaoru se había enjugado las lágrimas de lo mucho que se había reído cuando Kenshin le enseñó que podía balancear un bol sobre su nariz. Una vez que se cayó al suelo, él le sonrió mientras ella se sujetaba el estómago tirada encima del futón.

—¡No me puedo creer que de veras hayas hecho eso!

—A decir verdad, ¡estoy muy orgulloso de ese talento!

La sonrisa de Kenshin se ensanchó cuando la risa de ella volvió a llenar la habitación. Nunca en toda su vida pensó que pudiera ser una persona capaz de hacer reír tanto a otra como él hizo reír a Kaoru esa mañana. Cuando ella por fin se recompuso y suspiró, aún se le escapaban algunas risas. Kenshin se dejó caer a su lado y los tapó con la manta, deslizando el brazo alrededor de su cintura para tirar de ella y acercarla más a él. Kaoru le sonrió radiante y deslizó sus dedos suavemente por su mejilla, delineando su cicatriz.

—¿Alguna vez en tu vida —murmuró ella— pensaste que te despertarías para tener una mañana como ésta?

Él mantuvo la mano de ella contra su mejilla, presionando su frente contra la de Kaoru.

—Durante mucho tiempo en mi vida... no estuve seguro de si viviría para ser capaz de ver una mañana como ésta.

La sonrisa de Kaoru se desvaneció y, cubriendo la distancia que les separaba, lo besó con gran ternura mientras le susurraba en los labios que se alegraba de que lo hubiera hecho. Kenshin rodó hasta estar boca arriba, logrando colocar a Kaoru encima de él, besándola con todo el anhelo de un hombre que no se había permitido sentir nada igual durante once años. Los dedos de ella tiraron de la goma del pelo de su esposo, liberándolo. Se sentó erguida y, cuando él intentó hacer lo mismo, ella negó con la cabeza, empujando su hombro hacia abajo para que permaneciera tumbado. Sus dedos se aferraron al nudo que rodeaba la cintura de su pelirrojo hasta que pudo liberar a su cuerpo de su yukata.

Echándola a un lado, Kaoru se inclinó hacia delante y lo besó de nuevo, con su lengua revoloteando sobre sus labios. Sus dedos delinearon todas las cicatrices que cubrían su pecho y sus labios los siguieron, empezando un nuevo juego para ellos; uno en el que había voces quedas y gemidos ahogados mientras labios y lengua danzaban a lo largo de la piel.

—¿De dónde es ésta? —solía susurrar ella contra la piel arrugada o contra cualquier cicatriz que le llamara la atención en ese momento. Kenshin solía responder de forma queda, con voz ronca, y acariciando con sus dedos cualquier porción de piel de Kaoru que él pudiera alcanzar. Entonces ella solía besar la cicatriz, asegurándose de que le daba la atención que merecía, hasta que él no recordara nada salvo que ése era el lugar en el que ella había depositado sus besos.

Cuando Kaoru llegó a una gran cicatriz producida por una quemadura en un lado de su pecho, no tuvo que preguntar de dónde era. Se sentó sobre él, a horcajadas sobre su cintura, y sus dedos la rozaron con suavidad. Sabía que probablemente Kenshin no sentía su tacto allí. Sabía que esa batalla con Shishio le había supuesto demasiado, que los nervios en esa cicatriz quizá estuvieran muertos.

Kaoru se mordió el labio y la mano de Kenshin subió para retirar la lágrima que ella había derramado sin darse cuenta. Los ojos de la joven se reflejaron en los suyos y él se sentó erguido, apoyando su peso contra el brazo que había colocado tras de sí. Entonces guio la cara de Kaoru hacia la suya con la mano, y presionó sus labios contra los de su mujer en un largo beso.

—He vuelto a casa, Kaoru.

Ella asintió y lo besó de nuevo, soltando un grito cuando él la empujó contra el futón para que se tumbara. La joven kendoka le había repetido la misma frase cuando él se colocó sobre ella, rozando con sus labios la mejilla de su esposa una y otra vez, sus manos en su cintura donde todavía estaba recuperando todo el peso que había perdido cuando estuvo en la isla. Entre suspiros de placer, los dedos de Kaoru se enredaron en el pelo del rurouni y sus labios rozaron ligeramente su hombro.

—He vuelto a casa, Kenshin.

Ella trazó con sus dedos las cicatrices de su espalda, e incluso unas que llegaban a sus muslos. A Kaoru casi le pareció estar jugando al escondite, salvo que el que se tenía que esconder hacía fatal su parte. Había cicatrices por todo su cuerpo y ella sabía que la mayoría de ellas provenían de sus años de vagabundeo o de las batallas en las que se había visto inmerso el pasado año. Eso fue lo último que pasó por su cabeza antes de que él se asegurara de que todo pensamiento y razón escaparan de su mente.

Era ya tarde por la noche cuando ella se tumbó satisfecha a su lado, con los dedos de él delineando ociosos dibujos a lo largo de su espalda mientras la estrechaba fuerte contra sí. Kaoru alzó la cabeza y le plantó un beso en la barbilla, trazando con sus labios un camino ascendente de caricias hasta su mejilla.

Kenshin le sonrió, con ojos medio adormilados.

—Tus cicatrices parecen ahora un poco más tenues. —Kaoru sonrió.

Los ojos del pelirrojo, oscuros y felices, recorrieron todo su cuerpo. Y, cuando el débil aire de primavera bailó a través de la habitación, tiró de la manta hacia arriba hasta cubrir los hombros de su esposa.

Kenshin sonrió, genuino y en paz, mientras la besaba en la oreja y le susurraba contra ella.

—Las tuyas también.


*Nota del traductor: Bueno, una cosa antes de que empecéis a decirme que Kenshin no tenía siete cuando Hiko le rescató: lo sé. La autora ha decidido que en su historia Hiko lo salvara el mismo año en que murieron sus padres.