Capítulo III
Con el cuerpo helado y en la misma posición después de varias horas sintió como la lluvia se detenía, pero el sonido nocturno de vida en el bosque no había aparecido, una sombra larga y de sonrisa retorcida observa aquella estampa de verdadera tristeza, le divertía tanto… se arrastro por el nudoso tronco, despacio se acerco al hombre arrodillado en el fangoso suelo y con sus garras le arranco el cuerpo de la infante palidecida por la muerte.
Aquella alma infantil había sido un dulzor al gusto, no la había tragado, no, él sabia que si la seducía hasta hacerle creer, el obtendría lo que siempre busco y lo que siempre debía estarle negado…..Vida…..pero necesitaba de otra cosa más, un invocante con el suficiente poder para lograr completar su cometido y ahí estaba, aquel ser con el rostro desfigurado por la rabia y las garras listas para despedazarle…. Ensancho su sonrisa y sus podridos colmillos se llenaron de pestilente saliva al saborear pronto su victoria -el dolor es capaz de cegar a cualquiera- pensó, el ni siquiera tenia carne era solo un cumulo de sentimientos oscuros.
- No quiero lastimar a esta criatura, venerable Señor- debía usar sus mañas para hacer ceder aquel hombre que portaba una espada que podía destruirlo- lo único que deseo es concederle vuestro deseo y el de ella también.
-Que sabe un paria como tu, sobre mis deseos- aquella voz estaba cargada de rabia y amenaza, aquella cosa le había arrebatado el cuerpo de su pequeña amante y eso era imperdonable para él.
- Claro que lo sé magnifico Señor – estrecho el cuerpo pueril contra sí- la he observado a ella y usted, tienen un lazo muy fuerte ¿no es así?- la sonrisa jamás abandono aquel rostro sin forma.
-Devolvédmelo y largaos- le ladro, no confiaba en aquel ser de flacucha y encorvada figura, enormes garras y con aquellos ojos bermellón que le asqueaban, no era un youkai y él lo sabía, aquel ser era otra cosa pero no menos peligroso que uno de ellos.
- Pero yo podría devolverle la vida que tanto anhelas darle y hacerla eterna – vio la sorpresa en aquellos ojos color de oro – ohh si! Había dado en el clavo – Solo necesito me entregue esa espada que lleva en el cinto.
- No sirve – le respondió y era verdad aquel cacharro era ya inútil para devolverle a su Rin.
- Oh no Señor claro que sirve, esa espada abre el portal al otro mundo y yo puedo traer el alma de su pequeña amante.
Aquella palabra sonó mala intencionada de las fauces de aquel ser, sabía que el hablaba en el sentido pecaminoso de la palabra y no en el hecho de que ella le amare, sabía que eso no podía tener conocimiento de aquel secreto, porque era un secreto entre el y su pequeña. Había ocurrido en una de las escasas visitas que le hacía, el sentimiento de culpabilidad jamás le abandono durante el acto, su pequeña tan inocente, sin comprender la magnitud del acontecimiento se dejo hacer como un acto tan natural que ni siquiera le detuvo, y le prometió no decírselo a nadie jamás.
Desconfiando se saco la espada del cinto y se la entrego a aquel extraño ser.
-Sostenedle, le dolerá- le dijo mientras extendía el cuerpo pálido de Rin hacia Sesshomaru que lo recibió presto.
El oscuro ser recito unas palabras en un idioma antiguo, una lengua madre que ya había sido olvidada pero que en ella estaban las palabras de la hechicería mas perversa, cuando termino de hablar la espada vibro y se derrito en un liquido plateado que la criatura bebió, los ojos le brillaron y su mirada se clavo en los ojos oro de Sesshomaru.
- ¿Lo deseas desde lo mas profundo de tu alma, sin importar el precio? – pregunto apenas audible dictando una sentencia sin salvación.
Y Sesshomaru solo tenía una respuesta a eso –Si
La oscuridad del boque se trago cualquier luz alrededor de ellos, y un grito estremecedor lo inundo todo, para cuando pudo distinguir algo, el ser había desaparecido, y el cuerpo entre sus brazos respiraba.
Con el corazón desbordante de una eufórica felicidad beso los labios ahora cálidos y rosas de la humana que tanto amaba.
La tomo en sus brazos y desapareció en medio de la noche, sin testigos, sin remordimientos.
Lunas más tarde un rumor llegaba a la aldea del hibrido Inuyasha, en todas las aldeas de la región habían desaparecido personas, de niños a ancianos, aquellos habían entrado al bosque y jamás vuelto a aparecer.
Intrigados por aquel acontecimiento, el extraño grupo que en antaño recorrió aquellos parajes en búsqueda de destruir la esfera de los cuatro espíritus, se dio la tarea de investigar, y por más que lo intentaron lo único que encontraron fueron los cuerpos putrefactos y semidevorados de las pobres gentes.
En un camino alejado de toda presencia viva, caminaba un hombre de cabellera plateada y una niña de no más de doce años que entonaba una extraña canción y se lamía las manos empapadas en sangre, aquellos dos seres andaban juntos sin rumbo fijo. Uno cargando la amargura de saber condenada a su ser amado a una vida y juventud eterna pero maldita, a ser lo que jamás pidió, y la otra llena de culpas y tristeza porque en el fondo, en la realidad su alma era un pajarillo enjaulado obligado a ser solo un observador de lo que su cuerpo poseído por un ser maligno hacia mientras ella estaba encerrada en aquel cascarón.
Por la eternidad estarían juntos… en la eternidad compartirían esa pesadilla que alguna vez fue su sueño y deseo.
