"Beso a beso, nos contamos tanto de los dos
huérfanos de patria y corazón."
¿Quién le iba a decir que un simple acantilado podría tener tanto significado?
Era un antes y un después en su existencia, un amanecer tras la noche más oscura, una frontera entre el caos y la destrucción, un punto neutro en la guerra, un universo paralelo donde no importaba el qué ni el dónde, un universo donde solo importaban ellos y el sentimiento tan puro que unía dos almas que aparentaban ser opuestas.
A las afueras del Bosque de las Hadas, había un saliente que se precipitaba al vacío sin embargo al mismo tiempo se perdía entre el cielo que se situaba sobre sus hombros. Era el lugar donde los territorios de todos y cada uno de los clanes se unían. El bosque de las Hadas, entre el suelo arenoso de los Gigantes y este se acababa perdiéndose en las entrañas de la tierra de los Demonios, en el subsuelo, y todos se mezclaban con el cielo perpetuado por las Diosas.
Allí se conocieron, allí se protegieron, allí se besaron hasta poder transmitir las emociones agitadas de sus pechos y allí comprendieron que eran un tabú, un pecado, eran la mayor pesadilla de sus propios Dioses; y al mismo tiempo, comprendieron que ellos eran la promesa de paz y de esperanza entre sus clanes, eran la esperanza de un arcoiris tras la tormenta, la esperanza de un amanecer tras la lúgubre noche. Eran una creación peligrosa, eran una creación que debía ser susurrada para ser conocida pero de manera inaudible para no ser notados. Y ambos eran conscientes.
Al principio habían sido cautelosos, mediosos y culpables. Odiándose por el magnetismo que juntaba sus labios inevitablemente, por el fuego que latía en sus corazones, por la efervescencia que nacía en sus estómagos y se perdía en las puntas de sus dedos. Se odiaban por el amor que había nacido entre ellos. Al final se rindieron al sentimiento, al final lo hicieron no solo parte de lo que eran si no que esa intensa emoción los cambió para convertirlos en lo que eran en aquel instante. No, no los cambió ni los convirtió en algo nuevo; más bien ese sentimiento sacó a la luz el brillo en bruto que había en sus corazones, sobretodo al temido demonio, Meliodas. Éste último, pasó de ser el mismo carbón a ser un diamante. Todo gracias al amor que residía en su pecho. Gracias al amor que había nacido para sentir.
Al inicio de todo, no entendían como podían encajar tan bien, no entendían el cómo o el por qué. Pero a medida que el tiempo pasaba, menos les importaba, ya que al fin y al cabo todo se reducía a ellos, por primera vez en toda su vida.
Así que poco a poco se dejaron sucumbir al sentimiento, sin culpas en su pecho o pensamientos en su mente que fueran más allá del aquí y ahora, o el después donde estarían juntos. Y así entre besos, suspiros y palabras tiernas comprendieron que ambos no eran tan distintos, parecían ser dos caras de la misma luna. Opuestos, no obstante eran lo mismo. Blanco y negro, no obstante al tocarse formaban una luz de color ténue, una luz que brillaba sobre el río de sangre de la guerra. Le daban una nueva perspectiva al mundo, solo que este no estaba listo para verlo, dudaban que alguna vez lo estuviesen.
