Gracias por los reviews a Lady Evanna, Sandra 91296 y SofiaLugo. Y a todos los que leen el fic.

Espero que os guste. Y a leer se ha dicho.

Una tormenta azotaba los muros del castillo don de dormían los hermanos Pevensie. Un trueno hizo crujir hasta los cimientos del lugar y un rayo iluminó la habitación en la que Lucy se encontraba tiritando bajo las sábanas. Una mezcla entre miedo y frío llenaba el cuerpo de la joven reina, a pesar de que el fuego crepitaba en el hogar.

Otro trueno retumbó y la joven apretó las sábanas sobre su cabeza, cerrando los ojos, e intentando dormir. No tenía miedo a las tormentas, nunca lo había tenido; pero tiritaba de frío y llevaba mucho tiempo intentado dormirse, demasiado. Suspiró intentando relajarse, pero los dientes le castañeteaban, hasta que de pronto, notó como un brazo cálido la abrazaba por la espalda. Abrió los ojos sorprendida, y con cuidado se volteó, para encontrarse de frente con la cara de su hermano.

"¿Qué haces aquí Edmund?" preguntó.

"He oído como te castañeteaban los dientes desde dos habitaciones más allá" dijo el joven con una sonrisa. "Ven aquí, anda". Abrió los brazos y la joven se refugió entre ellos. Su cuerpo era cálido y afable. Olió su perfume, masculino y respiró profundamente. Poco a poco los dientes dejaron de castañear, pero no se separó del cuerpo de su hermano, sino que de hecho, se pegó más a él. El joven se sorprendió, pero no se movió ni un milímetro. Él también estaba muy a gusto; con su hermosa hermana entre sus brazos, olió sus cabellos y les besó con ternura.

Un trueno resonó en el exterior y de repente, el viento abrió la ventana, haciendo que se golpeara contra la pared; Edmund apartó las sábanas y se levantó para cerrarla. Le costó bastante hacerlo porque el viento soplaba fuertemente y la lluvia le mojaba el rostro impidiéndole ver. Cuando por fin cerró la centana, se dio la vuelta y vio a su hermana, de rodillas sobre la cama, observándole con ojos brillantes. El fuego se reflejaba en su cabello suelto, y bajo el camisón se atisbaba su cuerpo. Suspiró e intentando tranquilizarse fijó la mirada en sus ojos. De lo que no fue consciente Edmund hasta ese momento, era de que su hermana le miraba con la misma ansia. No le devolvía la mirada, sino que miraba su cuerpo, la camisa empapada por la lluvia se pegaba a su tronco marcando sus músculos, y su hermana le miraba,mordiéndose el labio.

Edmund sonrió con picardía, y entonces, caminó hacia la cama mientras se quitaba la camisa, la lanzaba al suelo y le preguntaba a Lucy.

"Ahora tengo frío yo, ¿crees que puedes ayudarme?". La joven sonrió pícaramente.

"Vamos a ver que podemos hacer".

Se tumbaron juntos y se arroparon con las sábanas. Era cierto que la temperatura de Edmund había bajado, pero su hermana se estaba encargando de subirla, con un efervescente beso. Había buscado sus labios, había lamido su lengua y se habían enlazado en una lucha pasional. Después había recorrido con caricias el torso desnudo de su hermano, haciendo que este suspirara y cerrara los ojos. Recogió su pelo a un lado y besó su ombligo, bajando un poco más, hasta donde empezaban sus pantalones del pijama. Al llegar allí, sonrió al oír un gruñido de Edmund, y a continuación; rehizo el mismo camino, pero a la inversa, dejando un rastro de pequeños besos sobre sus abdominales, sus pectorales... y finalmente, delineando la línea de su mentón. Volvió a su boca, pero entonces, antes de que pudiera besarle, él la cogió de la cintura y giró, dejándola bajo su cuerpo. La besó con cuidado, con tranquilidad, mientras su mano subía despacio por su pierna, levantando a su paso la tela del camisón y creando oleadas de calor en el cuerpo de Lucy. La reina notaba las manos ásperas pero cálidas de su hermano sobre su piel y escalofríos de placer la recorrían el cuerpo. Edmund sentía lo mismo, cada vez que su hermana acariciaba su espalda desnuda, con cuidado, marcando cada uno de sus dedos en ella.

A los pocos minutos la ropa se encontraba desperdigada por el suelo, y sus cuerpos desnudos se acariciaban el uno al otro, sin prisa pero sin pausa, dejando tatuada en la piel del otro su propia esencia. Los gemidos ahogaban el ruido de la tormenta, y el éxtasis llegó con el nombre del otro en los labios.

Horas más tarde, cuando el sol despuntaba, Lucy se encontraba acurrucada en los brazos del joven rey. Sus dientes ya no castañeteaban, a pesar de que no llevaba ninguna ropa encima, pero la piel de Edmund era suficiente para darla el calor que necesitaba. Uno en brazos de otro, habían ahuyentado al frío.