3. Victoire

Penetraban débiles e indecisos los rayos del astro rey por la ventana de un lujoso apartamento en Pitt st, una calle londinense situada en el distinguido distrito de Kensington y Chelsea. Sobre la cama, cubiertos con una sutil sábana, dos cuerpos desnudos, uno de mujer y otro de hombre, dormían profundamente. Él bocarriba, ella sobre el pecho del joven, sin darse cuenta de que el despertador no había sonado aquella mañana. El sueño de ella comenzó a desvanecerse y sus ojos se abrieron perezosamente. Las radiaciones solares le indicaron que era más tarde de lo que debía ser, y de un salto se incorporó precipitadamente de la cama, logrando sobresaltar al hombre que dormía junto a ella.

—¿Qué ocurre Hermione?—Inquirió él sentándose sobre la cama dejando que la sábana resbalase por su torso, mostrándolo perfecto a la vista de cualquiera que pusiese los ojos en él.

—¡Dios mío! ¡Me dormí!... Llego tarde…

—¿Y qué más da, nena? Vamos vuelve a la cama y olvídate de la oficina por hoy—Sugirió el hombre dando unos suaves golpecitos sobre el colchón incitándola a ser obediente.

—¡Oh no, Cormac! No puedo… En este preciso momento no puedo dejar de asistir a la empresa ni un solo día—Expuso ella mientras se dirigía a toda prisa hacia el cuarto de baño, encerrándose luego en él y dejando oir el agua de la ducha.

El hombre se quedó con la vista fija en la puerta cerrada del cuarto de baño. Tensó la mandíbula, rodó los ojos, y volvió a cubrirse con la sábana quedando en poco tiempo nuevamente dormido.

Cormac Mclaggen acababa de entrar en la tercera década de su apasionante y ajetreada vida. Era uno de los cirujanos plásticos de su propia clínica Mclaggen Aesthetic Surgery, la más prestigiosa de Londres. En sus archivos guardaba celosamente las historias clínicas de actrices, políticos, y aristócratas con más repercusión en el ámbito londinense y que habían pasado por sus manos, algunos en más de una ocasión. Su fama era irrefutable y su capacidad como profesional innegable. A parte de ser un número uno en su profesión, Cormac contaba con una baza mas a su favor, era impresionantemente atractivo y carismático, y esas dos características lo convertían en un seductor nato y tan atrayente para el sexo femenino como lo es el néctar de la flor a una abeja. Sin embargo ese hecho nunca despertó celos en Hermione. Ella tenía otras prioridades, otros asuntos más importantes que andar de detective privado con su sugerente novio. Hacía mucho tiempo que había decidido confiar en él ciegamente. Ser atractivo, interesante, inteligente y exitoso era una tentación para cualquier mujer, pero eso no significaba que Cormac quisiese serle infiel.
Cuando Hermione salió del cuarto de baño, los suaves ronquidos de su compañero era lo único que se escuchaba en la habitación. Miró con resignación el lugar vacío de la cama que había quedado junto a él y luego abandonó el lujoso apartamento que ambos compartían.

¿Por qué siempre que llegamos tarde a algún sitio, aparecen cosas que nos entorpecen aun más?
Esa pregunta taladraba la mente de Hermione de camino a la oficina. La dueña de GAC vivía en Kensington uno de los distritos mas distinguidos de la zona oeste de Londres. En un día normal, podía tardar en recorrer la distancia que la separaba de Westminster unos quince minutos. Pero aquella mañana, que había comenzado a ser desastrosa, tardó casi tres cuartos de hora en hacer el mismo trayecto, durante el cual, le había sucedido de todo; una salida estudiantil de un colegio. Estuvo varios minutos viendo como decenas de chicos y chicas uniformados pasaban por delante de sus narices con una tranquilidad exasperante, incluido los profesores; Un coche que había colisionado con otro, y el segundo obstaculizaba la calzada logrando crear un pequeño atasco que fluía lento e irritante; Y por fin, cuando apenas le quedaban un par de calles para llegara su destino diario, un policía la obligó a detener su vehículo por exceso de la velocidad permitida en la ciudad, extendiéndole la correspondiente y acaudalada sanción. La desesperación se había apoderado del delgado cuerpo de Hermione. Estaban a punto de alcanzar las diez y media de la mañana según el enorme Big Ben, y a esa tardía hora Hermione Granger cruzaba la puerta del edificio donde estaba instalada su empresa de publicidad, llevando consigo un terrible humor de perros. Pasó como un rayo frente a la cafetería y se dirigió al ascensor, pulsando convulsivamente el botón con la flecha luminosa que indicaba hacia arriba. Se oyó un clink, y la puerta del elevador se abrió hacia la derecha. La joven se dispuso a entrar, pero el aroma a café recién hecho se coló descaradamente por sus fosas nasales, y su estómago rugió exigiéndole un poco de aquel líquido excitante y adictivo. Probablemente el chico pelirrojo, aquel que el día anterior la miró con ojos asesinos únicamente por dejar las pastas sobre el plato, debía haber pasado ya por su oficina para dejarle el café, y con total seguridad, al ver que no estaba habría regresado aquel preciado líquido de nuevo a la cafetería. Tenía que hacerle saber a Rosmerta que ella ya estaba allí y que necesitaba ese café por sobre todas las cosas. Podía subir y decirle a Parvati que llamase por teléfono y ordenase que lo llevasen a su oficina, pero la cafetería estaba a solo un paso, y puestos a perder el tiempo que mas daba cinco minutos mas que cinco minutos menos. Avisaría ella misma a Madam Rosmerta que subieran de inmediato a su despacho ese café.
Y así fue como entró definitivamente en la cafetería. Caminaba con pausa mientras pensaba en Bagman, Cedric y en Malfoy. Aquellos tres hombres no se apartaban de su mente. Albergaba el inquietante el presentimiento de que su plan de amarrar a Cedric a golpe de talonario para ser la imagen del nuevo producto de Ludo, no iba a servir de nada. Y sus palpitos nunca fallaban, nunca. Llegó a la barra, y aun ensimismada en sus pensamientos, puso un codo sobre ella a la vez que se pasaba una mano por la frente y emitía un profundo y sentido suspiro. Lavender se quedó mirando a la mujer mas importante de la segunda planta del edificio y luego le dio con el codo en las costillas a su compañero para captar su atención. Ron, que en ese instante estaba de espaldas a Hermione secando unos vasos que habían salido húmedos del lavavajillas, se giró hacia Lavender y desvió sus ojos al lugar exacto donde señalaba el discreto dedo de la joven.

—Lleva días así—Advirtió la camarera.

Ron contempló con recelo el demacrado aspecto de la mujer que se había atrevido a dejar comida sin probar en un plato y frunció el ceño, encogiéndose luego de hombros, dándole a entender a Lavender que le traía sin cuidado que era aquello que tenía preocupada a Hermione hasta deteriorarla tanto. Madam Rosmerta salió de la cocina con la nariz embadurnada de harina justo a tiempo para pescar a sus dos empleados sin hacer nada, y mirando hacia la barra. Carraspeó tan fuerte que consiguió que ambos se sobresaltaran. Ron se giró y continuó secando vasos, mientras Lavender se metía veloz en la cocina intentando no encontrarse con los enojados ojos de su jefa. Rosmerta chasqueó la lengua resignada, y luego se sacudió un poco las manos en el delantal pero dejó manchada su nariz. Entonces la vio. Hermione seguía como en una ensoñación. La dueña de la cafetería se acercó a ella lentamente para no sobresaltarla. Ron la observaba de soslayo, sin girarse y vio como llegaba hasta la barra y decía con voz suave.

—Hermione cariño… ¿Estás bien?

Las palabras de Rosmerta consiguieron que Hermione se diese cuenta al fin de donde estaba y lo que había ido a hacer allí, y su semblante pensativo y evadido, recuperó la compostura de siempre.

—Oh, sí Madam Rosmerta. He llegado un poco tarde hoy y he supuesto que ya habíais llevado mi café a la oficina. Necesito que volváis a hacerlo…

—¿Y por qué no te lo tomas aquí?

Rosmerta volteó la cabeza tan bruscamente hacia Ron que incluso llegaron a crujirle los huesos del cuello. Hermione también tenía la vista clavada en el hombre que la miraba con los ojos entrecerrados mientras sostenía en una mano un vaso, y en la otra un paño de cocina con el que lo estaba secando.

—¿Cómo dices?—Inquirió la publicista sin salir de su asombro.

—Ya he subido una vez y ahora estás aquí… ¿Por qué vas a hacerme subir otra vez? No es lógico—Insistió Ron sin dejar de mirarla de forma desafiante.

—¡Ron…!—Exclamó Rosmerta con los mofletes tan colorados que parecía que iba a incendiárseles en cualquier momento. Tragó saliva y dejó de mirar al joven a la vez que mostraba una avergonzada sonrisa a Hermione—Subiremos ese café querida, no te preocupes.

Hermione continuaba con el gesto contraído y la mirada clavada en Ron. Aspiró profundamente y luego dejo que el aire saliese lentamente por sus fosas nasales. Cerró los ojos en un acto de autocontrol, y los volvió a abrir desviándolos ahora hacia la acalorada Rosmerta.

—Gracias. Lo mismo de siempre Rosmerta, no olvides las pastas.

No dijo nada mas, sólo giró sobre sus talones y comenzó a caminar con paso altivo hasta la puerta de la cafetería, abandonándola al fin. Ron la siguió con la mirada hasta que la perdió de vista. Apretaba con fuerza el vaso de cristal y gruñía mientras se agitaba su pecho con violencia por la fuerte respiración. Rosmerta lo miraba anonadada y roja, rojísima. Aquel muchacho le había hecho pasar un mal trago y sin saber bien el motivo. Ron era amable y educado, lo había demostrado durante el día anterior… ¿Qué le había pasado? el pelirrojo comenzó a tranquilizarse, y fue en ese instante cuando se dio cuenta que su jefa lo miraba con asombro, entendiendo entonces que se había dejado llevar por su carácter impulsivo al perder la paciencia.

—Lo siento—Se disculpó al advertir el grado de enojo de Rosmerta.

—¡¿A qué ha venido eso?!

—Es un asunto entre ella y yo… Lo lamento, no volverá a pasar—Contestó dejando el vaso en el mismo lugar que los demás ya secos.

Rosmerta intentó calmarse y decidió darle una segunda oportunidad al joven. Le gustaba como llevaba su trabajo, pero si volvía a hacer algo así lo pondría de patitas en la calle en menos que se dice ya.

—Que no vuelva a repetirse—Le avisó agitando amenazante un dedo. Ron negó con la cabeza y la mujer se relajó—Vamos, prepara el café y las pastas de Hermione, y súbeselas ahora mismo.

Ron no discutió con ella, y comenzó a disponer lo que le había ordenado.

Verla pasar como un rayo por delante de sus ojos sin darle los buenos días, y oír seguidamente el estruendo que causó con la puerta de su despacho al cerrarla, le dio a entender a Parvati que Hermione no estaba teniendo su mejor día. Pero una llamada unos segundos después, y la voz alterada de su jefa al otro lado del auricular pidiéndole que le dijese a Ginny que se personara en su oficina de inmediato, se lo terminó por confirmar. Parvati colgó el teléfono y corrió a buscar a la pelirroja hermana de Ron. Ginny no tardó ni dos minutos en estar dentro del despacho de Hermione.

—¿Querías verme?

—Sí…

—Por el amor de Dios Hermione ¿Qué te ocurre? ¿Estás enferma?-Preguntó la pelirroja al ver el demacrado aspecto de su jefa.

—No en el sentido literal de la palabra, pero hay personas que me ponen enferma—Balbuceó con rabia. Ginny no entendió ni una palabra pero supo que no debía hacer mas preguntas, al menos mientras siguiese en aquel estado de nervios—¿Qué sabes de Cedric?

—Lo mismo que ayer, no se ha puesto en contacto conmigo.

—Esto me da mala espina… ¿Está Malfoy en la ciudad?

—Sí, de eso estoy segura porque le dije a Dean que llamase a su oficina para averiguarlo, y su secretaria le confirmó que Draco estaba manteniendo una reunión con el personal directivo de su empresa en ese preciso momento.

—Al menos eso es tranquilizador—Suspiró prolongadamente.

—Hermione, estás obsesionada con este proyecto… Todo va bien, tenemos a Cedric, o casi. Es una buena persona, y nos dio su palabra de que no nos dejará en la estacada. Además Malfoy no estará dispuesto a pagarle lo que tú le ofreces porque, a él, Astoria ya le cuesta lo suyo—Añadió sonriendo la pelirroja.

—¿Qué tiene de malo dejar comida en el plato?

Ginny frunció el ceño sin entender a qué venía aquel brusco cambio de tema.

—¿Cómo has dicho?

Hermione, que había caminado hacia la ventana y formulado la pregunta mientras miraba a través de ella, se giró hacia su sorprendida empleada volviendo a hablar.

—Tú vienes de una familia numerosa ¿No es así Ginny?

—Así es, pero…

—Y… no me consideres indiscreta, y por favor no te ofendas, pero tú y tus hermanos ¿lo pasasteis mal de niños? Quiero decir ¿Estabais justos de dinero?

Ginny frunció aun mas el ceño, no estaba ofendida, porque intuía que si Hermione le hacía aquella pregunta tan personal era por algún buen motivo. Sin embargo, no dejaba de sorprenderle que de repente mostrase interés por una familia y una situación por la que nunca se había preocupado.

—Vivíamos del sueldo de mi padre hasta que mis hermanos y yo comenzamos a trabajar. La verdad es que nuestra situación nunca fue holgada—Admitió sin ningún tipo de rubor.

—Entonces, si ves que alguien pide comida y luego no la prueba ¿Te molesta?

—Mucho. Me parece una falta de respeto para aquellos que no tienen la suerte de poder desperdiciar el alimento, o tan siquiera disponer de él—Afirmó Ginny con decisión.

—Llevo años pidiéndome un café con unas pastas que nunca me como…

—Lo sé. Cada vez que veía a Cindy sacar de tu despacho el plato intacto, pensaba en mi madre y en los malabarismos que tenía que hacer con el escaso sueldo de mi padre para darnos de comer, o comprarnos algo de ropa.

—Cielos… Nunca me has dicho nada.

—No me gusta hablar de mi familia y nuestra situación sin motivo alguno… ¿Por qué las pides si luego no te las comes? Siempre he querido preguntarte eso—Se sinceró Ginny.

—Ayer me hicieron la misma pregunta, y no tengo respuesta. Creo que las pedí una vez y no tuve tiempo de comerlas. Desde ese día las pido siempre, solo por no ver la taza de café sola sobre la bandeja ¿Crees que soy egoísta?

Ginny suspiró preocupada, pensando que las intranquilidades de Hermione estaba comenzando a hacerla desvariar, se acercó a ella y colocó una mano sobre su hombro.

—No, pero si creo que estás muy estresada. Olvida lo de las pastas, y no te preocupes por Cedric ¿De acuerdo?—Hermione asintió de forma inconsciente, Ginny rodó los ojos sabiendo que sus palabras no habían sido escuchadas, y luego añadió—¿Me necesitas para algo más?

—No.

—Entonces, regresaré a mi oficina. Si te urge hablar para desahogarte, no dudes en llamarme.

Y se encaminó hacia la puerta, pero justamente en el momento de abrirla se encontró de bruces con Ron que subía la bandeja de la cafetería.

—¡Ron!... Cielos casi me vuelcas el café encima.

—Lo siento Ginny, no te esperaba detrás de la puerta.

Hermione observó extrañada la familiaridad con la que su empleada se hablaba con el chico nuevo de la cafetería. Ginny le cedió el paso a su hermano, y éste accedió al fin al despacho. Caminó hacia el escritorio, sin mirar a la mujer de cabello castaño que estaba de pie junto a la ventana, dejando la bandeja sobre la mesa.

—Bien, yo me voy—Dijo de nuevo Ginny, pero antes de salir del despacho volvió a darse la vuelta y añadió de repente—¡Vaya, se me olvidaba! Bill acaba de llamarme.

—¿Bill?... ¿Qué Bill?

Los dos hermanos desviaron sus ojos hacia Hermione que había formulado la pregunta.

—¡Oh! Discúlpame Hermione, no hablaba contigo, hablaba con Ron—El desconcierto y la confusión se apoderó aún mas de Hermione—Se trata de Victoire, no quiere esperar una semana para venir a Londres. Se ha puesto terca, ya sabes como es. Dice que las clases en la universidad empiezan la semana que viene, y no le dará tiempo para adaptarse. Finalmente a Bill no le ha quedado otra opción que acceder, y esta tarde llegará a la estación de King Cross, sola, porque no ha consentido que su padre la acompañe. Así que imagínate lo alterado que está Bill. Yo no podré ir a buscarla, tengo que llevar a James al dentista, y creo que no estaré allí a tiempo. Tendrás que ir tú solo Ron ¿Te las apañarás bien?

—Por supuesto, ¿A qué hora tengo que estar en la estación de tren esa?

Hermione seguía la conversación de los dos pelirrojos moviendo la cabeza de un lado a otro, como si estuviese en la final de tenis de Wimbledon.

—A las siete.

—A esa hora ya habré terminado, no te preocupes iré a buscarla—Afirmó Ron caminando hacia la puerta y deteniéndose en el umbral—Vendré en un rato a recoger la bandeja.

Pronunció la ultima frase dirigida a Hermione con voz seca, y luego se marchó. Ginny se dispuso a dejar el despacho también, pero la voz entrecortada de su jefa se lo impidió.

—¿Os conocéis?

—Por supuesto Hermione… Creí que lo sabías, es mi hermano. Aquel al que fui a buscar el lunes—Hermione abrió los ojos como platos y los desvió luego hacia las pastas. Ginny observó el movimiento de su jefa y comenzó a reír—¿Fue Ron? ¿Ron te dijo que no dejaras comida sobre el plato?

—No puedo creerlo… ¿Es tu hermano?

Ginny continuó riendo a la vez que asentía enérgicamente para no dejar dudas en Hermione, y luego salió del despacho sin dejar de reír. Hermione se quedó dentro sin dar crédito a lo que había descubierto. ¿Ginny, la dulce, inteligente y siempre fiel Ginny, tenía la misma sangre que aquel individuo larguirucho, pecoso y ceñudo? No era posible.

Rolf llevaba casi diez minutos sin despegar la oreja de su teléfono móvil, y Luna comenzaba a desesperarse. Su impaciencia se debía a dos motivos primordiales; Uno, que el nuevo modelo que había enviado la agencia para el desastroso anuncio de lácteos, (después de despedir al anterior por su embriaguez) estaba listo desde hacía mas de quince minutos, a espera únicamente de que le hiciesen las fotos, y cada segundo que pasaba sin que estas estuviesen realizándose era dinero que perdía la empresa y tiempo que pasaba para ella. El segundo motivo de su exasperación se debía a la persona con la que Rolf hablaba. Luna intuía de quien se trataba sólo con observar la cara de cordero degollado que se le quedaba al joven mientras mantenía una conversación con su interlocutora. Luna resopló con fuerza a la vez que le daba los últimos detalles de lo que debía hacer al joven modelo antes de su esperada sesión fotográfica. Por fin se oyó un "Después te vuelvo a llamar" de los labios de Rolf y colgó, dejando su teléfono móvil sobre el escritorio del estudio. El joven, con aparente buen ánimo, se acerco hacia la zona donde se encontraba su jefa con el modelo, y se situó detrás de la cámara que estaba fija sobre el trípode.

—¿Podemos comenzar ya, si el señor está listo?—Preguntó Luna enarcando una ceja.

Rolf notó el sarcasmo en la voz de la mujer, y su buen ánimo comenzó a evaporarse.

—También te molesta que hable por teléfono.

—Con ella sí—Contestó Luna sin ninguna cortesía.

Rolf movió la cabeza de un lado a otro resignado, y escondió sus castaños ojos detrás del visor de la enorme cámara.

—Empecemos, entonces.

Luna no estaba enamorada de Rolf, no, no lo estaba. Pero eso no restaba importancia al hecho de que le apreciase mucho y que se preocupase por él. Llevaban demasiado tiempo trabajando juntos. Se conocían hasta en el más mínimo detalle. Pasaban más tiempo el uno al lado del otro que con cualquier otra persona con la que compartiesen sus vidas. Ella jamás había tenido pareja fija "No tengo tiempo para eso", solía decir, y por ello sus conquistas no duraban mas de una o dos semanas. La mas extensa de todas duró casi dos meses, y únicamente porque él era irlandés y viajaba a Londres sólo los fines de semana. Después de esa relación, Luna no había tenido ninguna más. Sin embargo nunca encontraba obstáculos a la hora de llamar la atención de algún hombre. Era divertida, sincera y bonita si ella se lo proponía, e interesados baboseando a su alrededor no le faltaban. Aun así ella no deseaba ataduras de ningún tipo y con hombres aun menos"Suelen darme dolor de cabeza al día siguiente", solía comentarle a Ginny o a Hermione después de amanecer con algún joven, al que con total seguridad, sólo vería un par de veces más. Rolf era en aquellos menesteres, y en realidad en todo lo demás, muy diferente a ella. Era discreto con su vida amorosa, un joven tranquilo entregado a su trabajo. Había tenido únicamente tres relaciones en su casi treintañera vida. La primera fue un desastre que prefería no recordar. La segunda no duró mucho, y acabó de inmediato el mismo día en que se dio cuenta que en realidad no la amaba. Pero Susan era distinta, era el amor de su vida. Compartían hogar, sentimientos, ilusiones, y todo eso desde hacía casi cuatro años. Pero por algún motivo que no alcanzaba a entender su novia no era santo de la devoción de Luna, y la rubia no se molestaba en demostrarlo, incluso si Susan estaba presente. Rolf tenía un enorme cariño a Luna, era su amiga y confidente, pero si tuviese que elegir entre aquellas dos mujeres, no dudaría en que Susan sería la favorecida. Por ello, cada vez que Luna la nombraba de forma despectiva, Rolf desviaba la conversación, o simplemente callaba para no discutir con ella y no tener que verse jamás en la tesitura de decidir entre ambas jóvenes.
La sesión de fotos terminó pronto. Las ideas estaban claras, el modelo era perfecto, y Rolf hacía muy bien su trabajo. Así que tras despedir amablemente al joven que había posado para ellos, Luna y Rolf se metieron de lleno en la edición de las fotografías, olvidando por completo aquella persona por la que habían estado a punto de discutir una vez más.

Ron caminaba por el pasillo de la segunda planta con decisión pero calmado. No iba a discutir con aquella mujer, se lo había prometido a Rosmerta y lo cumpliría. Conservar su trabajo era importante para él, así que nada de lo que oyese o viese lo haría salirse de sus casillas. Pronto se situó delante de Parvati, que nada mas verlo le sonrió a la vez que decía.

—Pasa, ella no está. Recibió una llamada y ha salido del edificio.

Ron le devolvió la sonrisa y luego, empujando la puerta, pasó dentro.
Efectivamente no había nadie allí. El pelirrojo resopló aliviado mientras se acercaba a la mesa con intención de recoger la bandeja, y fue entonces cuando se quedó sorprendido. La taza estaba vacía como siempre, y junto a ella el plato de porcelana blanco también lo estaba, solo unas miguitas quedaban esparcidas por él. Sonrió triunfante. Ella se había comido las pastas. No iba a cambiar de parecer con respecto a Hermione por aquel simple detalle. Seguía considerándola insufrible, pero al menos lo había escuchado, y había recapacitado, y eso sin duda era un punto a su favor. Mucho mas contento que antes de entrar en el despacho, Ron agarró la bandeja sin dejar de sonreír y se dispuso a salir de la habitación, cuando la puerta se abrió de par en par y dos personas entraron riendo en ella. Una de las personas era Hermione, el otro un hombre alto, bien formado, y posiblemente muy atrayente al género femenino, pero al que no había visto jamás por allí. Hermione dejó de reír cuando advirtió su presencia, y Ron hizo desaparecer la sonrisa de sus labios de igual forma.

—Has tardado mucho en venir a llevarte esto—Puntualizó Hermione sin ninguna amabilidad.

—He estado ocupado—Contesto él con la misma gentileza que ella.

Cormac pasó por delante de Ron casi sin mirarlo y se dejó caer sobre el sofá blanco con desdén. Hermione cruzó los brazos con impaciencia sin moverse de su lugar, dejando la puerta abierta para que el pelirrojo saliese de su despacho. Ron entendió perfectamente la indirecta, y con la cabeza bien alta camino hacia la salida. Pero justo al pasar frente a ella se detuvo un instante y susurró suavemente.

—Me da gusto saber que hoy has tenido más apetito, o que simplemente había una buena razón para dejar el plato vacío.

Y luego abandonó la habitación, volviendo a sonreír mientras cerraba la puerta. Hermione se quedó de pie en el mismo lugar, asimilando la sonrisa sincera de Ron. Había conseguido hacer feliz a aquel hombre sólo con acabarse la comida del plato. Únicamente con eso, y sin embargo ella necesitaba tantas cosas para ser feliz…

—¿Dónde quieres que te lleve a almorzar?

La voz profunda de Cormac consiguió que Hermione saliese de su momentáneo y absurdo trance.

—Me da igual—Contestó con apatía—Elige tú.

A la hora de almorzar la cafetería estaba hasta la bandera. Se había corrido la voz por los pasillos de que Rosmerta había cocinado uno de sus guisos estrella, y la mayoría de los ocupantes de las plantas del edificio había cambiado sus planes de comer fuera, decidiendo en último momento ocupar una de las mesas del local. De esa forma, ni Rosmerta, ni Lavender, ni Ron, daban abasto. El pelirrojo iba de mesa en mesa tomando pedidos y dejando sendos platos de aromático y humeante cocido a cada comensal. Lavender se encargaba de servir detrás de la barra, y estaba tan atareada que no se percató de la presencia de alguien muy importante para ella. Desde una esquina de la barra con los brazos apoyados sobre ella, un hombre con el cabello de color arena, un traje de chaqueta azul, y una sonrisa agradable, seguía cada uno de los movimientos de la mujer con gran interés.

—¿Podría tomar nota de mi pedido, señorita?—Dijo una vez que Lavender pasó por su lado sin siquiera mirarlo.

—Enseguida y soy señora… ¡Seamus!—Exclamó la rubia al ver que era su marido quien le había hablado—¿Cuánto llevas aquí?

—El tiempo suficiente para darme cuenta que eres la mujer mas bonita de todo el local—Añadió guiñándole seductoramente un ojo.

—Adulador… vamos a cobrarte lo mismo por el cocido.

Seamus rió. Lavender se apoyó sobre la barra hasta alcanzar los labios de su marido dejando en ellos un beso a modo de saludo. En ese instante Ron llegaba de recoger un pedido más. Precisamente el de su hermana que estaba sentada en una de las mesas con Dean Thomas, su mas fiel ayudante.

—¡Maldita sea! Esto es un caos—Protestó Ron.

Lavender al oírlo se acercó a él y le tiró del brazo hasta lograr que el pelirrojo quedase frente a Seamus.

—Ron, quiero presentarte a mi marido… Seamus, éste es mi nuevo y estresado compañero de trabajo.

—Encantado, Lavender me habló de ti—Comentó el hombre.

—Me suena mucho tu cara… ¿Te he visto antes?—Preguntó Ron con aire pensativo.

—Probablemente me has visto deambular por los pasillos de la tercera planta. Soy abogado y trabajo en este edificio—Le aclaró el marido de Lavender con voz agradable.

—Claro, podría ser por eso.

—Tu nombre era… Ron… ¿Verdad? Tengo mala memoria para los nombres—Bromeó guiñándole nuevamente un ojo a su esposa que le mostró una boba sonrisa.

—Sí, Ron Weasley.

—¿Weasley?... ¿Tienes algo que ver con Ginny Weasley?—Inquirió Seamus frunciendo el ceño.

—Soy su hermano…

—¡Vaya! Yo llevé el caso de su separación. Soy el abogado de Harry. Bueno antes lo era de ambos pero al separarse llevé los intereses de Potter, así que mi relación con Ginny se vio un poco afectada… Gajes del oficio, los abogados tenemos mala fama—Argumentó con una sonrisa melancólica.

Ron desvió su mirada azul hacia la mesa donde estaba su hermana.

—¿Lo pasó mal verdad?

—Sí, bastante. Sobre todo cuando llegó la hora de repartirse los tiempos con James. Eso fue lo peor de todo. Harry también ha sufrido mucho—Seamus miró hacia el mismo lugar en donde Ron mantenía clavado sus ojos, pero la entrada de dos hombres llamó su atención—Hablando de Harry, ahí llega.

Efectivamente, Harry Potter entraba en la cafetería probablemente gracias al olor que desprendía aquel local y que había llamado de igual forma a todos los que estaban allí. Junto a él iba Neville, uno de sus empleados. Neville divisó de inmediato la mesa donde Ginny y Dean estaban sentados, pero ninguno de los dos percibió que ambos hombres habían entrado en la cafetería.

—Eh, Harry. Ginny está aquí… con Dean, otra vez.

Harry no contestó, pero sintió como las tripas comenzaban a agitársele y la sangre a hervirle. Intentó que nadie notase que se moría de celos.

—No lo entiendo—Prosiguió Neville mientras caminaban hacia la barra de la cafetería—Aun sigue sin dirigirme la palabra. Yo no le hice nada, Hannah está muy afectada por eso. Dime Harry ¿Qué culpa tuve yo de lo que pasó?

—Era tu despedida de soltero Neville—Puntualizó Harry con voz seca.

—¿Y qué? ¿Acaso yo te obligue a beber? Pero al parecer para Ginny yo tengo la misma culpa que tú.

Harry cerró los ojos, no quería hablar de eso. Si al menos pudiese recordar claramente lo que pasó aquella noche, pero no era así, y eso iba a ser su maldición para el resto de sus días. Decidió cambiar de tema.

—Neville ¿Cómo sigue Hannah?

—Igual, las nauseas no se van ¿Crees que será así los nueve meses? Porque estoy empezando a agobiarme—Protestó a la vez que dejaba caer un codo sobre la barra.

—Depende… Ginny sólo las tuvo durante el primer mes…—Quiso seguir hablando pero se le había hecho un nudo en la garganta.

—Pues Hannah ya va por el tercero y sigue igual—Se lamentó Neville.

Continuó oyendo de fondo la monótona voz de Neville hablar de su esposa, sus nauseas, su mareos, y su mal humor. Pero la voz iba cada vez decreciendo hasta ser solo un leve murmullo. Harry tenía sus verdes y brillantes ojos puestos en la pareja que hablaba y reía sentados en una mesa al fondo del local ¿Por qué Ginny siempre se divertía cuando estaba con Dean? Ese chico la hacía reír, y él llorar. Quiso tragar saliva pero no pudo, su garganta seguía taponada por un enorme nudo que le llegaba hasta el estómago, justo donde nacían sus terribles celos por el hombre de piel chocolate que lograba hacer feliz a su ex esposa.

Siempre quiso ser pelirroja, tanto como su padre, como sus tíos, pero sobre todo como su abuela. Sin embargo la endiablada genética había querido que su cabello fuese tan rubio como el de su madre. Victoire era una Weasley, y no solo porque ese fuese su apellido, sino porque tenía el carácter bondadoso, afable y algo travieso que caracterizaba a su familia paterna. Miró con aversión las puntas perfectas de su rubio cabello, y resopló con rabia. Ella siempre quiso ser pelirroja.
Pasaban veloces por la ventanilla del tren los árboles, lo ríos, las casas y todo aquello que separaba Shell Cottage, una hermosa casita junto al mar donde vivía con sus padres y sus dos hermanos, de Londres, una ciudad que distaba mucho de lo que ella a sus dieciséis años conocía. Se dirigía a la capital del reino unido para ingresar en la universidad a pesar de su corta edad. Siempre fue una chica inteligente y avanzada, tanto que los profesores habían decidido pasarla un curso porque el que le correspondía parecía quedarle algo corto. De esa forma Victoire iba más adelantada que el resto de los niños de su edad. Ingresar en la universidad sin haber cumplido los dieciocho no significaba un problema, estaba acostumbrada a estar rodeada de chicos y chicas mayores que ella. Dejar a su familia tampoco lo era, puesto que en Londres viviría con su tío Ron y con su tía Ginny, y estaría bien protegida, o más bien custodiada como su padre deseaba. Pero había alguien a quien si le costaba dejar, Lenny. Lenny tenía su misma edad, enamorado de ella desde que era un niño. Era un chico apocado, y tranquilo, justo lo que a Victoire no le gustaba de los hombres. Su ideal de lo que debía ser un verdadero hombre tenía nombre y apellido, y además su misma sangre, su tío y padrino Charlie Weasley. Ella quería un novio así. El hermano de su padre le fascinaba. De niña adoraba cuando llegaba en Navidades y la sentaba sobre sus rodillas para contarle las historias de sus viajes alrededor del mundo. A Charlie este mundo ya se le había quedado pequeño. Viajaba de un lado a otro por cuestiones de trabajo, y cuando no estaba trabajando, lo hacía por placer. No estaba casado, no tenía novia y lo más parecido a un hijo que poseía era Victoire, que era su ahijada. Charlie era valiente, divertido y guapo, y Lenny no reunía ninguna de esas características. Sin embargo si poseía otras que lo hacían especial, y lograban que, a pesar de hacer solo una hora que se había despedido de él en el pueblo, ya comenzase a echarlo de menos. Nada mas llegar a Londres lo llamaría sin falta.
Era la hora del almuerzo y lo notó porque sus tripas comenzaron a rugir con desesperación. Victoire dejó su asiento en el compartimento nº 11 para dirigirse al vagón restaurante del tren. Sacó de su mochila de lana de colores (regalo de su adorada abuela Molly Weasley y que ella misma había tejido con sus propias manos) un monedero, y se acercó a la máquina dispensadora de sándwiches. Introdujo una moneda en la ranura y eligió el más grasiento de todos. Tenía un hambre Weasley voraz. El sándwich rodó hasta caer sobre la bandejita siendo atrapado entonces por las finas y delicadas manos de Victoire. Había demasiada gente en el vagón restaurante, así que pensó que sería mejor comerse aquel manjar sentada en su cómodo asiento del compartimento nº 11. Cerró su monedero y lo introdujo en la mochila con tan mala suerte que se quedó alojado en la solapa de ésta cayendo fuera de la bolsa en vez de dentro. Sin percatarse de la perdida, Victoire salió del vagón restaurante y caminó alegremente hacia su asiento. No tardó en llegar y en abrir aquel apetitoso sándwich de lomo y bacón. Iba a propinarle su primer bocado cuando la voz de alguien lo impidió.

—Esto es tuyo.

Victoire elevó sus ojos azules hacia la persona que había hablado. Era un chico, un poco mayor que ella. Tenía el cabello y los ojos castaños, y extendía la mano con algo en su interior. La hija mayor de Bill Weasley pudo comprobar que aquello que él le ofrecía era su pequeño monedero.

—¡Cielos!—Exclamó atónita.

—Vi como se te cayó en el vagón restaurante y te seguí para poder dártelo. Ibas muy deprisa, me ha costado alcanzarte—Expuso el muchacho sin dejar de sonreír.

—¡Oh! Gracias, ni siquiera me di cuenta que lo perdí—Añadió ella algo azorada.

—Debes tener mas cuidado, otra persona no te la habría devuelto. Tienes mucho dinero dentro.

Victoire miró agradecida al joven y agarró de su mano el monedero, guardándolo de inmediato dentro de su mochila.

—Gracias nuevamente. Si mi padre se llega a enterar…

—Por suerte yo no pienso contarle nada—Bromeó el joven.

Victoire rió con la ocurrencia de encantador muchacho que se despidió de ella y salió de vagón tan sigilosamente como había entrado. De pronto se dio cuenta que había sido descortés. No se había presentado, ni interesado por saber la identidad del chico que la había salvado de una buena regañina. Pensó en su abuela, a ella no le habría gustado que hiciese las cosas así, pero ya era tarde. El chico no estaba, y ella no iba a buscarlo únicamente para eso. La próxima vez que alguien fuese amable con ella no se olvidaría de hacer las correspondientes presentaciones.
Cada vez quedaba menos para llegar a Londres, pero eso no fue impedimento para que después de zamparse el sándwich Victoire echase una buena cabezadita, y cuando despertó, ya solo faltaban un par de ciudades para alcanzar su deseado destino. Y una de esas ciudades pasó veloz ante sus ojos. El tren hizo sólo una parada en la más importante de las dos, y luego emprendió su recorrido una vez más. Pronto, muy pronto, Londres se alzaba frente a ella. El tren fue reduciendo su marcha hasta detenerse completamente en la estación de King Cross, justo a la hora señalada; las siete de la tarde. Victoire agarró emocionada su maleta con ruedas y la arrastró hasta que pudo descender del vehículo. Buscó con su mirada entre la gente, sus tíos debían estar allí. Sin embargo sus ojos se detuvieron en el muchacho que le había entregado su monedero perdido. El joven bajaba en ese instante de su compartimento, y corrió hacia una mujer anciana con la que se fundió en un efusivo abrazo. Luego se marchó con ella perdiéndose entre la gente. Victoire pensó que tal vez no volvería a verlo jamás, y ni siquiera había podido averiguar su nombre. Se quedó sumida en sus pensamientos, mirando el lugar por donde un instante antes había estado el joven junto a la anciana mujer, cuando de repente oyó que la llamaban y se giró hacia el sitio de donde provenía el sonido de aquella voz.

—¡Tío Ron!

El pelirrojo avanzaba con dificultad entre el gentío que bajaba del tren y se reunía con sus seres queridos que los habían estado esperando ansiosos. Llevaba el brazo en alto y lo agitaba de un lado a otro. Victoire comenzó a caminar hacia él y pronto ambos se encontraron. Ron la abrazó con fuerza mientras decía.

—Eres muy terca. Finalmente conseguiste convencer a tu padre.

Victoire rió con fuerza, tal vez por lo excitada y ansiosa que estaba en aquel momento.

—No fue fácil tío, ya sabes lo cabezotas que somos los Weasley. Y aquello fue una batalla para ver quien ganaba, por suerte mi madre se puso a mi favor. Y dos contra uno fue algo que él no pudo soportar—Rió una vez mas con la misma intensidad—¿Dónde está tía Ginny?

—Tuvo que llevar a James al dentista, pero seguro estará en casa esperándote cuando lleguemos.

Ron agarró la pesada maleta de su sobrina y pasándole el brazo cariñosamente por los hombros comenzaron a avanzar por el andén, sin prisa, dejando que los demás viajeros pasasen junto a ellos. Victoire no cabía en sí de gozo, y estaba plenamente dispuesta a disfrutar al máximo lo que aquella ciudad, nueva para ambos, iba a ofrecerle. Algo en su fuero interno le decía a gritos que lo que le deparaba marcaría de forma positiva el resto de su existencia, logrando que dejase a un lado para siempre todo lo que había conocido hasta el mismo instante en que decidió subir a aquel tren con destino a Londres.


Eso es todo por ahora, espero que os haya gustado.

Pulytas: Hola linda, te contesto aquí porque no sé si tienes cuenta en ff. Me alegra que te esté gustando el nuevo fic. En cuanto a lo de los abogados, espero que no te hayas sentido ofendida. Yo tengo amigos abogados, y son gente enrollada pero sí es cierto que cuando están trabajando se vuelven muy serios y eso es simplemente porque su trabajo es importante, y necesitan concentración. Además necesitaba distintos ambientes para el edificio. Desde el mas despreocupado, los diseñadores hasta el mas serio, los abogados y los publicistas estan en el medio. Un beso y mil gracias por seguir ahí.

Os dejo una aclaración sobre el personaje de Victoire, según JK nació en el año 2000 y Ron en el 1980. Es decir se llevarian 20 años exactos. Según mi fic, Ron tiene 29 años y Vitoire 16 con lo cual la diferencia seria de 13 años. El motivo por el que he cambiado la fecha de nacimiento de Victoire es porque necesitaba para esta historia a una adolescente y no a una niña. Eso es todo, por ahora, iré aclarando mas cosas según aparezcan mas personajes. Otra cosa, la Susan de Rolf es la Susan Bones de JK...

Besos...

Hasta pronto.

María.