RESUMEN: Después de la muerte de Emily, Mulder ayuda a una rota Scully en su proceso de duelo. Esta historia tiene lugar en la Temporada 5 y constará de 5 partes, cada una de las cuales correspondiente a una de las cinco fases del duelo (negación, ira, negociación, depresión y aceptación).

SPOILERS: Christmas Carol, Emily y un poco de la temática del cáncer.

CLASIFICACIÓN: El relato tiene de todo: angustia, tensión sexual, shipper, mayores de 18, un poco de un caso de "Expediente X"… Pero creo que, sobre todo, impera la angustia, así que lo clasificaré en ese apartado.

NOTAS: Me he tomado mi tiempo para escribir el tercer capítulo, pero es que lo estoy escribiendo directamente en inglés (es un reto personal) y luego lo traduzco, así que os pido paciencia. Espero que os guste :-) ¡Gracias por leerme! Por favor, escribid vuestras opiniones e impresiones para que pueda seguir mejorando.

Parte 2: Ira

Capítulo 3

PUNTO DE VISTA DE SCULLY (PVS)

"Estoy aquí".

Me desperté con el lejano sonido de la voz de mi compañero que alcanzó débilmente mis oídos antes incluso de que abriera los ojos. Cuando lo hice, Mulder se asomaba sobre mí con la preocupación pintada en el rostro, una preocupación que poco a poco fue dejando paso al alivio.

"Ey... No te preocupes. Estoy aquí." Mulder me regaló una sonrisa prudente e intentó sonar convincente. A continuación, giró su cabeza hacia la derecha y le ordenó a alguien que me trajera un poco de agua, pero no pude ver a quién.

"¿Mu...Mulder? ¿Qué ha ocurrido?" Coseguí preguntar, aún sintiéndome mareada y frágil.

"Te has desmayado, Scully, pero solo durante un segundo. Has estado a punto de caerte al suelo, pero te he sostenido antes de que ocurriese". Sentía el brazo derecho de Mulder sujetando mi cabeza suavemente mientras me acariciaba la mejilla con su mano izquierda. Los recuerdos comenzaron regresar lentamente. El caso. Las fotos. El Sr Garner.

Emily.

Existe una teoría ampliamente aceptada, un mito social sobre el duelo que implica que las noches son el peor momento del día para el que sufre. Lo he visto en las películas de Hollywood y en los libros best-sellers una y otra vez, el momento en el que la viuda se da cuenta de que su casa es muy grande y ella está muy sola; el instante en el que los padres han de cruzar delante de la habitación de su hijo muerto para llegar a la suya; el momento del día en el que el silencio trae consigo la insoportable certeza de la pérdida. Siempre funcionaba así.

Excepto para mí.

Para mí, la peor parte del día es el despertar, el momento en el que abro los ojos y la realidad me da un golpe; el momento de aprender, y sentir, y enfrentarme de nuevo a todos los recuerdos; el momento de aprender, y enfrentarme y sentir todo el dolor de nuevo. Es el momento de empezar un nuevo día, un día que solo acaba de comenzar pero que tan solo deseo que se termine, que dé pie a la noche. Porque las noches son fáciles: las noches son oscuras y silenciosas y solitarias; las noches son el hogar de la fatiga, el momento del cuerpo para descansar y olvidar, para perder contacto con la realidad y ser bienvenido en la tierra de los sueños; porque siempre y cuando estemos durmiendo, el dolor no puede hacernos daño, el dolor no puede alcanzarnos.

Pero el día es para los conscientes, el día es para los sufrientes.

Y así era exactamente como me sentía en ese mismo momento.

Aún estábamos en la entrada de la casa de los Garner, yo tendida en el suelo bajo los brazos de mi compañero. Debía tener una cara horrible en aquel momento porque la sonrisa de Mulder empezó a borrarse con mi silencio.

"¿Sigues conmigo, Scully?" Me preguntó, moviendo suavemente mi cabeza hacia los lados.

"Sí, solo estoy... estoy un poco mareada".

"Está bien, no te preocupes. Yo te tengo." Mulder cogió un mechón de mi pelo y lo colocó por detrás de la oreja. Por un momento, apartó la vista de mis ojos y me robó una fugaz mirada a mis labios, una estrategia que solíamos usar cada vez que necesitábamos reconfortarnos pero no nos atrevíamos a cruzar ciertas líneas. Entonces, se humedeció el labio inferior con la lengua y volvió a mirarme a los ojos, esta vez intesamente.

Oh, Dios... No hagas eso, Mulder, o creo que volveré a desmayarme.

"¿Crees que puedes levantarte?"

Asentí con la cabeza e inmediatamente me cogió de la mano y me ayudó a levantarme lentamente. No me soltó la mano de primeras, se quedó de pie, mirándome y chequeando que realmente estaba bien. Cuando el señor Garner salió con un vaso de agua en la mano, aún estábamos agarrados de la mano. Nos echó una mirada de reojo sin decir nada, pero Mulder fue lo suficientemente rápido como para soltarme la mano antes de que Rob pudiera realizar alguna pregunta incómoda.

"Aquí tiene. Beba un poco de agua." Me dijo Rob mientras me pasaba el vaso. "¿Cómo se encuentra, Agente? ¿Quiere que llame a una ambulancia?"

Bebí un poco de agua para no ser descortés, pero en realidad sed o hambre era lo último que sentía en aquellos momentos.

"No hace falta, señor. Estoy bien. Solo... solo ha sido una pequeña bajada de tensión, eso es todo".

El señor Garner asintió, pero no parecía muy convencido.

"Está bastante pálida, Agente Scully. Quizá sería buena idea que le viese un médico".

"Yo soy médico, señor." Le sonreí y sacudí la cabeza. "Está todo bien. Tengo estas bajadas de tensión de vez en cuando, así que no hay de qué preocuparse."

Mulder había permanecido en silencio, respetando la explicación que quisiera darle al señor Garner para evitar la verdadera, pero la mirada en sus ojos me decía que teníamos pendiente una pequeña "charla" una vez que estuviésemos solos. De momento, aún seguía asustado por lo que acababa de pasar y su mano se posaba al final de mi espalda con más fuerza que de costumbre.

"¿Quiéres sentarte un rato?" Me sugirió, con la voz más dulce del mundo.

El señor Garner asintió a la sugerencia de Mulder y me señaló el camino hacia la sala de estar.

"Sí, Agente Scully, ¿por qué no pasa un rato y se sienta?" Sugirió. "Puedo prepararle un té, si lo desea."

"Gracias por su amabilidad, señor, pero realmente no será necesario. Creo que voy a ir al motel para descansar un rato".

"Yo te acerco". Se ofreció Mulder.

"¿De veras no quiere que llame a una ambulancia?" Insistió el Sr Garner, cuyo olfato policial le hacía sentirse algo suspicaz.

"No señor, gracias. Solo necesito un poco de descanso y volveré al caso tan pronto como me sea posible". Le aseguré, aunque creo que a quien realmente intentaba asegurármelo era a mí misma.

"No se preocupe, Agente Scully. Lo primero es lo primero".

"Voy a acercarla al motel y luego iré a interrogar a los profesores y compañeros de David". Le dijo Mulder a Rob. Este asintió y se quedó callado un segundo, concentrado en sus propios pensamientos. Después, sacó una tarjeta de visita de la cartera y se la entregó a Mulder.

"Aquí tiene. Aunque mis datos de contacto están en el informe, aquí tiene mi teléfono personal. El colegio de David está al final de la calle. Llámeme en cualquier momento, a cualquier hora, Agente Mulder. Estaré un rato con mi mujer y luego volveré a la comisaría".

"Gracias, señor. Estaremos en contacto". Mulder guardó la tarjeta de visita en su bolsillo y se giró en dirección al coche. Yo, por mi parte, le ofrecí al señor Garner una mirada de despedida, asintiendo con la cabeza. Él me devolvió el saludo y añadió, justo antes de irnos:

"Cuídese, Agente Scully".

Mulder me abrazó por la cintura con su mano derecha para que pudiera sujetarme a él de camino al coche. Acercó mi cuerpo al suyo por completo, pero no me importó: dejé que su abrazo me cubriera de la fuerza y la seguridad que yo no sentía en aquellos momentos.

"¿Cómo te encuentras? ¿Algo mejor?" Me preguntó poco después, cuando ya estábamos en el coche, conduciendo de vuelta al motel.

"Estoy mejor, gracias. Aún me siento débil, pero creo que me vendrá bien echarme un rato."

Mulder asintió con los ojos fijos en la carretera.

"¿Seguro que no quieres que te hagan un chequeo médico?"

Negué con firmeza.

"Estoy segura, Mulder. Creo que ambos sabemos por qué me desmayé".

Su mirada abandonó la carretera por un segundo para encontrarse con la mía.

"Sí, hablando de eso..." Mulder intentó empezar la frase, pero sabía perfectamente lo que venía después e intenté cambiar de tema rápidamente.

"Mulder, creo que deberíamos alertar a las autoridades nacionales de la potencial amenanaza de este... fenómeno en niñas de 9 y 10 años llamadas... llamadas Emily".

Tragué saliva con fuerza, sintiendo un desagradable nudo en la garganta, algo que me ocurría cada vez que pensaba o verbalizaba aquel nombre.

Mi compañero me miró atónito.

"Estás de broma, ¿no?"

La determinación en mis ojos le convenció de la seriedad de mis palabras.

"Genial, no estás de broma." Remarcó las últimas palabras, algo que, de alguna manera, me hizo sentir fuirosa. ¿Cuántos millones de veces tenía que soportar yo que me relatara sus planes increibles, alocados y muchas veces incluso ilegales para resolver un caso?

"Es una locura, Scully. ¿Sabes cuántas niñas existen en toda Estados Unidos que se llamen... que se llamen así? Cientos, quizás incluso miles. No hay suficientes recursos para eso."

"Lo sé, Mulder, pero al menos deberían estar en sobreaviso de la amenaza".

"No podemos alertar a cada familia. Solo conseguiremos que cunda el pánico entre la población y ni siquiera podemos darles protección, no hasta que sepamos a qué nos estamos enfrentando exactamente."

Odiaba admitirlo, pero mi compañero, de hecho, tenía razón.

"No hablo de alertar a las familias, Mulder. Hablo de avisar a las autoridades."

"No sé, Scully. Sigo pensando que es una pérdida de recursos en estos momentos". Negó con la cabeza en señal de desaprobación mientras paraba el coche en un semáforo. Entonces, se giró hacia mí y pronunció las siguientes palabras, cargadas con más incredulidad que ironía: "De todas maneras, ¿realmente crees en esa supuesta conexión adivinatoria entre las víctimas? Tú, de entre todas las personas..."

No terminó la última frase, pero no fue necesario: me dolió como un tortazo en la cara incluso sin acabar.

Me llevó un segundo recomponerme y estuve tentada de devolverle el tortazo.

Literalmente.

Mulder se dio cuenta de que había sido excesivamente duro con sus palabras.

"Lo siento. No era mi intención ser cruel. Es solo que... me sorprende, Scully."

"No digo que haya una conexión adivinatoria, Mulder. Solo digo que deberíamos ser cautos, eso es todo".

"¿Y cómo explicarías la relación entre las víctimas, entonces?"

"No puedo explicarlo aún, pero estoy segura de que los niños se conocían de algo, aunque aún no hayamos encontrado la conexión".

Mulder negó con la cabeza instintivamente, no muy convencido con mi punto de vista del caso.

Pero, de nuevo, ¿acaso alguna vez estábamos de acuerdo en eso?

"¿Y qué pasa con la forma de morir?" Me preguntó, intentando darle una oportunidad a mi visión o, quién sabe, quizá solo intentando probar que me equivocaba. "¿Cuál es tu teoría?"

"Todavía no lo sé, pero la ciencia nos dará una explicación pronto." Pensé que yo también podía usar la ironía: "Y, de todas formas, eres el hombre de las teorías, no yo."

"Touché". Mulder me sonrió pero no dijo nada más. Hicimos el resto del viaje en silencio, perdidos en nuestros pensamientos de aquel caso tan siniestro e inexplicable.

Cuando llegamos al motel, insistió en acompañarme hasta la habitación y comprobar que estaba bien antes de irse, a pesar de que le dije varias veces que no era necesario. Me abrió la puerta y cuidadosamente me ayudó a sentarme en el borde de la cama. A continuación, se puso de rodillas enfrente de mí y cogió mis manos entre las suyas. Me recordó a aquella vez en que él estaba a punto de salir a enfrentarse a Modell y estaba intentando tranquilizarme, solo que esta vez él era el preocupado, y yo no tenía humor para tranquilizar a nadie en aquellos momentos.

"¿Quiéres que me quede un rato contigo, hasta que te encuentres mejor?"

Negué con la cabeza a su ofrecimiento.

"No hace falta, Mulder. Estaré bien. Ve a investigar el colegio de David."

"¿Estás segura?"

"Sí", contesté rápidamente.

"De acuerdo". Mulder asintió con la cabeza y me miró a los ojos. "Escucha, mandaré una alerta nacional a todas las autoridades después de visitar el colegio de David, si es lo que quieres. Esperemos que sea capaz de dar alguna información más después de la visita."

Yo también asentí y le sonreí con gratitud,

"Gracias".

"Pero con una condición..." Mulder agachó la cabeza antes de continuar hablando. Sus dedos jugaban con los míos tímidamente. "¿Por qué no dejas este caso, Scully? Está claro que no te va a ayudar a recuperarte..."

Oh, oh. Justo cuando pensaba que me había librado de la charla...

"Mulder, para."

"Scully, por favor. Escúchame. No quiero que vuelvas a desmayarte o que te pongas enferma".

Liberé mis manos de las suyas con brusquedad, mirando hacia otro lado cuando le respondí. Eso le dolió profundamente, podía sentir el dolor en sus ojos incluso sin mirarle. Le dolió que hubiera rechazado su contacto físico en lo que bien podía ser la primera vez en toda nuestra relación.

"Estaré bien. Por favor, déjame descansar". Esta vez no le eché de casa como el sábado, pero estoy segura de que mis palabras sonaron parecidas.

Mulder se levantó y permaneció en silencio unos segundos. Cuando habló, sonó como si también él tuviera un gran nudo en la garganta.

"De acuerdo, entonces. Te llamaré más tarde para ver qué tal te encuentras. Intenta descansar un rato." En circunstancias normales, Mulder me habría dado un beso en la mejilla antes de irse, como hacía cada vez que estaba enferma. Pero acababa de rechazar sus caricias, así que no se atrevió a reintentarlo.

Me eché en la cama nada más irse, preguntándome por qué demonios era yo tan incapaz de pedir ayuda y, más aún, de pedir consuelo, cuando probablemente aquello era lo que necesitaba en aquellos momentos, especialmente si venía de Mulder.

Era todo lo que necesitaba. O, más específicamente, aquello era lo único que necesitaba en aquel momento.

Me eché en la cama y me cubrí con una manta. Cerré mis ojos y pronto la fatiga tomó posesión de mí. Pensé que me llevaría tiempo conseguir dormirme, pero solo pasaron unos minutos hasta que el sueño ganó la batalla. Cuando lo consiguió, aún estaba fantaseando con la idea de sentir a Mulder a mi lado, abrazándome con sus fuertes y musculados brazos.

PUNTO DE VISTA DE MULDER (PVM)

Me dolió el hecho de tener que dejarla sola en el motel e ir a investigar por mi cuenta, pero no estaba de humor para insistir... y ella lo estaba aún menos. Por mucho que me encantase trabajar solo y seguir mis propias pistas, no estaba bien que yo me centrara en la investigación mientras ella se encontraba mal. Era algo que sabía esconder muy bien, como había probado caso tras caso cuando se estaba enfrentando a su cáncer. Me había tenido que morder la lengua mil veces para evitar cuestionarla constantemente sobre su salud, pero de alguna manera estaba lo suficientemente calmado porque sabía que eso era lo que esperaba de mí, y sabía que las cosas podían ir peor, que mientras se sintiera capaz de seguir trabajando, había algo por lo que luchar.

Pero el hecho de que hubiese pedido descansar volutnariamente me asustaba más de lo que era capaz de reconocerme a mí mismo, porque aquello confirmaba mis sospechas, preocupado como estaba por el bienestar emocional de mi compañera en un caso como este. Hubiera preferido que dejara el caso por completo, pero todos mis intentos – todos los intentos de su jefe, incluso de su madre – habían sido inútiles. No sabía cuando ni incluso si habría más víctimas, pero pensar que había opciones de que tuviera que hacer la autopsia a niños pequeños en estos momentos de su vida me volvía loco, sobre todo si el nombre de uno de esos niños era el de su hija. Para ser sinceros, aún no estaba muy convencido de esa supuesta conexión basada en los nombres de las víctimas, pero si había la más remota posibilidad de que la conexión fuera cierta y de que la próxima víctima se llamara Emily... bueno, aquella era una posibilidad cuyas consecuencias prefería no contemplar.

Intenté sacudirme los pensamientos negativos y centrarme en las calles. La temperatura era fría, como correspondía al comienzo del invierno, pero el cielo estaba raramente despejado. No me llevó mucho tiempo llegar al colegio de David porque a pesar de la imagen de ciudad vital y abarrotada, la verdad es que seguía siendo cinco veces más pequeña que Washington D.C. La distancia de un punto a otro de la ciudad era probablemente más corta que un tour completo alrededor del edificio del FBI (si es que alguna vez me atrevía a salir del sótano, claro...).

No me hizo falta pedir ayuda para llegar al colegio: el elegante e impacatante edificio de St. Peter Cristian School hablaba por sí solo. Dos torres rojas se asomaban, altas, detrás del cuidado y extenso jardín donde niños y niñas chateaban y jugaban en lo que parecía ser el recreo. Todos vestían el uniforme típico de las escuelas privadas – camiseta blanca y falda a cuadros para ella, traje y corbata para ellos. Parece que David había sido un niño que nadó en dinero hasta el día de su muerte.

Entré en la escuela y pregunté por la señora Robbins, la profesora de matemáticas que estaba dando clase cuando la tragedia de David tuvo lugar. El conserje, también vestido con sus mejores galas, me dijo que esperara un segundo. Me hice a un lado en el pasillo y curioseé las paredes mientras esperaba. Las paredes estaban decoradas con fotografías de diferentes viajes de los alumnos a través de los cursos, fotos desde las cuales un puñado de niños sonrientes y alegres me sonrerían a través de la cámara. Debajo de cada fotografía había una placa negra con letras blancas que indicaban el curso, el año escolar y la localización de la excursión. Busqué la clase de David por curiosidad. Sabía, por el informe, que en ese momento cursaba quinto grado. Tras una búsqueda rápida, me di cuenta de que las fotos estaban ordenadas cronológicamente. Como St. Peter era una Elementary School, las fotos más antiguas eran aquellas pertenecientes al primer grado. Hice un cálculo mental de la edad de David en primer grado y deduje que había tenido que cursarlo en el curso del 93-94. A continuación, comprobé las letras en las placas y encontré, finalmente, la clase de David en Junio de 1994, en lo que parecía ser una fiesta de disfraces. De acuerdo a lo que rezaba en la placa, aquello era "la fiesta de la naturaleza" en algún lugar de Arkansas, lo que explicaba que los niños vistieran trajes de flores y árboles. Intenté identificar a David entre las caras, pero a aquella tierna edad todos los niños me parecían iguales. Decidí probar con las fotos de cursos poteriores (2, 3 y 4º grado). La foto de segundo grado se tomó durante un campamento de verano en Missouri que, parece ser, fue organizado por la propia escuela. Pero, de nuevo, me fue imposible identificar a David entre sus compañeros.

No fue hasta la foto de cuarto grado hasta que reconocí su cara, sonriendo entre el resto de la clase desde un barco que navegaba por la bahía de Chicago. Estaba igual que en las fotos que había visto de él en el informe y en casa de los Garner, lo cual era lógico ya que tan solo habían pasado seis meses desde aquel bonito recuerdo en Chicago. Si hubiese sabido lo que estaba a punto de pasar... Por un segundo, la imagen de mi hermana Samantha cruzó mi mente, pues había desaparecido más o menos a la misma edad. Sonrié con nostalgia a la foto, casi olvidando un detalle que había atraído mi atención segundos antes. Volví a las fotos del año 94 y las repasé una a una hasta el presente, confirmando aquello que ya había notado: no había foto de su clase en tercer grado.

Me acerqué de nuevo al conserje y le pregunté amablemente por la foto desaparecida en la pared.

"Perdone otra vez, pero he visto que tenéis colgadas las fotos de los distintos cursos a lo largo de los años. Podría resultar útil para el caso que dispongamos de las fotos de David. He notado que hay fotos de su curso en todos los grados menos en tercero. ¿Puede ser que la tengáis colgada en otro sitio de la escuela?"

"No lo creo, Agente. Me temo que no hubo excursión de tercer grado aquel año. No recuerdo los detalles, pero sí que fue cancelada a última hora. Fue una pena, especialmente para los niños. La escuela prepara una actividad veraniega para cada grado: campamentos de verano, excursiones a Chicago, visitas a parques temáticos... El objetivo es que tengan un recuerdo inolvidable de cada curso. Esta es una de las muchas razones por las que esta escuela es tan famosa aquí en Naperville. De todas formas, Agente, tenemos otras muchas fotos de aquel curso, si está usted interesado: Halloween, Navidad, el Día de Acción de Gracias... Lo celebramos todo y fotografiamos todo lo que ocurre en esta escuela, Agente. No tiene más que decírnoslo y le facilitaremos la información que desee, cualquier cosa que pueda ayudar a resolver la muerte del pobre David y ayudar a que descanse en paz. Esta escuela es como una gran familia y el accidente de David ha sido una tragedia para todos los mimebros del colegio". Me pregunté si estaba obligado a dar el mismo discurso comercial a cada persona que entrara por la puerta. Justo cuando estaba a punto de interrumpirle, una mujer, presumiblemente la señora Robbins, se aproximó hacia nosotros.

"Buenos días, Dan", saludó al conserje. Después su mirada se posó en mí y añadió: "Usted debe ser el Agente... Mulder, del FBI, ¿estoy en lo cierto?"

Asentí con la cabeza y le di la mano. Por lo visto, el señor Garner ya se había encargado de anunciar mi visita.

La señora Robbins, una mujer en los finales de los cuarenta, me sonrió.

"Por favor, venga conmigo, Agente. Le enseñaré la clase".

La seguí hasta el primer piso y hasta el final del pasillo, donde un aula amplia y acogedora ofrecía lo último en tecnología: una televisión colgada de la pared, un proyector sobre la mesa del profesor y dos pizarras – una blanca y otra de tiza. – Cada estudiante tenía un pupitre individual y todos estaban brillantes e impolutos, como si no se hubieran usado nunca.

Mierda, este aula tenía más recursos que mi propia oficina del FBI...

Lo único que perturbaba aquel ambiente idílico era una gran mancha negra situada bajo un pupitre al fondo de la clase. Allí fue donde la profesora se dirigió.

"Aquí es donde David solía sentarse." Sonrió, pero con tristeza. Su vista se fijo en el pupitre con malestar. La mayoría de él estaba quemado y quedaba poco del color verde pastel que había tenido días antes – ahora era, básicamente, negro carbonizado. – La silla también estaba irreconocible. "Aún no hemos tirado todo esto, no podemos hasta que la investigación se cierre. Sinceramente, no sabemos qué es mejor para los estudiantes, dejarlo o tirarlo. Por supuesto, ahora mismo no estamos usando este aula, pero los niños son curiosos y vienen aquí siempre que tienen un descanso". La señora Robbins suspiró, y después continuó. "La psicóloga que está tratando a los niños dice que si dejamos esto así por un tiempo ayudará a que asuman que David no va a volver." Sacudió su cabeza con pesar, su mirada baja y perdida entre los restos del pupitre de David. "No puedo creer que se haya ido. Era solo un crío..."

"Lo siento, señora Robbins. Es una experiencia horrible la que acaba de vivir. Espero que pronto descubramos lo que ha ocurrido."

"Yo también lo espero. Aún sigo sin entender lo que ocurrió aquí... No soy una crédula, Agente, y sin embargo he sido tratada como una loca estos días cada vez que alguien me preguntaba sobre el incidente. Pero sé lo que vi. No puedo explicar qué ocurrió, pero ocurrió".

Le sonreí educadamente. Ojalá Scully fuera una escéptica abierta a creer en las cosas que veía, incluso si no tenían una explicación aparente... Pero Scully era una escéptica y una científica, y eso lo cambiaba todo.

"Me lo puede contar, señora Robbins. Prometo no tacharla de loca".

Ella asintió, aunque con la inseguridad reflejada en sus siguientes palabras.

"No hay mucho que contar, en realidad. Yo estaba... Estaba dando clase, explicando a los alumnos de quinto cómo realizar divisiones, cuando oí que algunos estudiantes comenzaban a grita alejarse del pupitre de David. Lo siguiente que vi fueron las llamas que rodeaban a David y sus gritos de dolor. Entré en pánico por un segundo, incapaz de moverme." Sacudió la cabeza, quizá sintiendo una pizca de culpa. "Después... después de la confusión inicial, me acerqué a David e intenté apagar el fuego con mi chaqueta, con abrigos de los estudiantes... pero nada conseguía apagarlo, si acaso solamente hacerlo aún más grande. Entonces salí de clase y pedí ayuda a los profesores de otras aulas y los que se encontraban por el pasillo, pero todo pasó demasiado rápido... Cuando volvimos con un extintor, David ya estaba... ya estaba muerto".

La señora Robbins tragó saliva con fuerza.

"Los niños estaban tan asustados y tan horrorizados... No podían parar de llorar y de gritar. Creo que esto es lo más traumático que he visto nunca."

"Seguro que sí. Siento que hayáis tenido que pasar por algo así, señora Robbins". Quería ser agradable y empático con ella para recopilar toda la información que pudiera. "He sido informado de que David pronunció un nombre antes de... antes de morir, ¿es eso cierto?"

"Sí, así es. Bueno, al menos eso es lo que dicen la mayoría de sus compañeros. Yo no estaba en el aula cuando pasó, había ido a buscar ayuda".

La noticia me sorprendió y me enfadó al mismo tiempo.

"¿Así que tú realmente no oíste lo que David dijo?" Pregunté, solo para reasegurarme de su respuesta.

"No, Agente. Estaba en el pasillo en aquellos verdad es que me pareció extraño, porque es difícil creer que David pudiera decir nada en el estado en el que estaba. Todo lo que hacía antes de irme de clase era gritar y gritar que le dolía, que por favor le ayudásemos..." La emoción se coló entre las palabras de la señora Robbins y su voz tembló brevemente. Se tomó un momento para recomponerse. "De todas maneras, no quiero tratar a mis alumnos como me han tratado a mí, así que si ellos dicen que David pronunció un nombre, yo les creo. Al menos doce de sus compañeros aseguran que le oyeron decir el nombre de "Emily"."

Intenté contener mi enfado porque no era culpa de la profesora, pero aquello era justamente lo que no necesitaba oír, que la supuesta conexión entre los nombres venía del testimonio de doce niños que acababan de ver a su amigo quemarse vivo y que estaban asustados hasta morir. No sabía si había ocurrido así en el resto de los casos, pero habíamos sido engañados a propósito por el informe cuando decía que "tanto alumnos como profesores oyeron a David pronunciar el nombre de Emily". Skinner también me había dado esa misma información, pero algo me decía que Scully y yo no habíamos sido los únicos engañados. Y, de mientras, Scully había tenido que enfrentarse a este horrible caso en el peor momento de su vida, un caso del que cada hora estaba menos seguro de que fuera un verdadero "expediente X".

"¿Están seguros de que lo que oyeron fue "Emily"? ¿Todos ellos oyeron el mismo nombre, o hay alguna contradicción? Podría haber dicho "mamá", "papá" y no entenderse bien por las lágrimas y los gritos; o quizás estaba pensando en alguna compañera o familiar con ese nombre." Sé que era una apuesta arriesgada, pero tenía que intentarlo.

"Sí, todos están de acuerdo en el nombre, todos le oyeron pronunciar "Emily". Y no, no hay ninguna Emily en su clase ni en el resto de los alumnos de quinto grado, y tampoco tiene familia o amigos con ese nombre, como ya sabrá por la familia de David." Hizo una pausa y me miró a los ojos. Creo que mi cara probablemente tenía la misma expresión que Scully solía usar conmigo en la mayoría de los casos: la expresión de la incredulidad. "Sé que suena extraño, Agente Mulder, pero no creo que sea posible que todos los niños "inventaran" o malentendieran justo el mismo nombre, especialmente teniendo en cuenta la horrible situación, y también considerando su...", hizo una pausa otra vez para buscar las palabras adecuadas: "su relación con David".

Asentí hasta que hizo la pausa, y luego me centré en sus últimas palabras.

"¿A qué se refiere con su "relación"? ¿Cuál era su relación con el resto de la clase?"

"Ah, que aún no lo sabe". La profesora me miró sorprendida. "Sí, imagino que su padre no puso esa información en el informe. Nunca quería oír ni una sola palabra negativa sobre David, ¿sabe? Pero la verdad es que se estaba convirtiendo en un problema. Su padre siempre decía que eran solo travesuras de niños, pero David se hacía cada vez más mayor y no mejoraba".

"¿No mejoraba en qué?"

"En su relación con sus compañeros, Agente Mulder. David era lo que podríamos llamar un pequeño matón".

PVS

Emily me está mirando desde el columpio del parque. Su brillante melena rubia brilla bajo los rayos de sol de un caluroso día. El parque está lleno de niños y sus padres, que han venido a disfrutar de este día tan bonito. Miro a Emily desde el banco y disfruto del placer de verla jugar, disfrutando como cualquier otro niño normal. Su mirada se cruza con la mía y me sonríe dulcemente. Su cara es pura felicidad, una alegría inocente y completa.

"¡Ven a empujar mi columpio, mamá!" Exclama con la sonrisa intacta en su cara. "¡Ven a jugar conmigo!"

Asiento con la cabeza, también con una gran sonrisa en mi cara. Me apoyo en el banco para inclinarme. Tan solo rompo el contacto visual con Emily un segundo, mientras me levanto y me peino el pelo con los dedos. Aún puedo oírla gritar y reírse.

"¡Mamá! ¡Ven aquí, mamá!"

"¡Ya voy, cariño!" Le grito como respuesta, mientras recojo nuestras cosas del banco. Hemos preparado un pequeño picnic para comer y lo hemos puesto todo en una cesta de mimbre. Al coger la cesta, aún se pueden ver las galletas de chocolate encima del resto de la comida. Sonrío. Nada podría ser tan perfecto como este momento.

"¡Mamá! Mamá, por favor, ¡ven! ¡Mamá, ayuda! ¡MAMAAAAAAAAÁ!"

De repente, Emily empieza a gritar. Ya no hay felicidad ni alegría en su voz. Me giro rápidamente, buscándola con la mirada entre el resto de niños. Encontrarla me lleva menos de lo que pensaba: el parque está vacío y solo estamos Emily y yo. Emily ya no está en el columpio. El cielo ya no es azul, y grises nubes amenazan con ponerse a llover. Miro a Emily con preocupación.

"¡Emilyyyyyyyyyyy!"

La cesta de mimbre se cae de mi mano cuando por fin me encuentro con su mirada. Mi boca se abre con horror ante la imagen que tengo delante de mí, con el mismo horror que leo en su aterrorizada mirada. Su cuerpecito está cubierto de llamas desde los pies hasta los brazos, llamas que parecen haber salido de la nada. La grito mientras salgo corriendo en su dirección como alma que lleva el diablo. Intento consolarla con mis palabras, consolarme a mí misma al mismo tiempo.

"Tranquila, cariño. ¡Voy a buscarte! Todo está bien, ¡mamá está yendo a por ti!"

Mi corazón se colapsa ante la terrorífica imagen. Corro todo lo rápido que puedo, pero mis pies no parecen moverse. Puede ver cómo llora y grita mientras se retuerce en el suelo del parque. Está intentando apagar las llamas, pero no está funcionando.

"¡Mamá, ayudaaaaaaaa!"

"¡Emily! ¡Ya llego! ¡Cariño, ya estoy casi ahí!"

Pero aún no estoy allí, nunca estoy allí, por mucho que corra desesperadamente. Miro hacia mis pies y descubro, con horror, que siguen en el mismo lugar donde estaban al comienzo. Me doy la vuelta frenéticamente, solo para encontrarme con el mismo banco en el que había estado sentada hacía unos minutos. Es entonces cuando entro en pánico absoluto.

No me he movido ni un paso.

"¡Mamaaaaaaaaaaaaaaaaaaá!" Emily me mira con desesperanza; está gritando, está exigiendo, está implorándome que le ayude, pero todo lo que puedo hacer es verla arder.

"Cariño... tienes que ser fuerte, tienes que ser una niña valiente y esperar a mamá... Mamá va a llegar enseguida... Pero, por favor, espérame..." Las palabras salen de mi boca débiles, deshonestas, sonando más como un ruego desesperado que como una garantía. Sigo intentando correr, sigo intentando moverme, pero mis piernas permanecen inamovibles. Miro a Emily con tamaña impotencia.

No sé exactamente cuánto tiempo pasamos así, pero a mí me parecen siglos, mientras veo a mi hija deshacerse literalmente a pocos metros de mí. Las lágrimas de Emily han disminuido poco a poco mientras las llamas ganan terreno. En algún punto, Emily deja de moverse y se recuesta en el suelo; simplemente se recuesta y espera.

Oh no. Oh, no, no, no.

Ella sabe lo que va a ocurrir. Yo también lo sé.

Mi corazón se rompe en un millón de pedazos.

Emily está completamente cubierta de llamas ahora, echada en el suelo quieta, muy quieta, incapaz de moverse. Las llamas casi cubren su cara. Me mira una última vez. Ya no suena desesperada: solamente suena triste.

"Adiós, mamá. Te quiero, mamá." Sus últimas palabras moribundas son para mí, justo antes de que su cara desaparezca bajo las llamas y deje de ser humana, deje de ser mi pequeña y adorable Emily.

Y entonces creo que yo también voy a desaparecer entre el dolor y la pena.

"Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo".

Grito con toda la fuerza de mis pulmones, pero mi voz es un lamento mudo. En vez de eso, oigo el sonido de un pitido, de un tono, casi como si fuera una alarma.

"Bzzz, bzzz, bzzz, bzzz, bzzz, bzzz, bzzz..."

¿Qué diablos es ese sonido?

...

Me desperté abruptamente, con el corazón latiendo fieramente en el pecho. Tardé unos segundos en darme cuenta de dónde estaba: en la cama, en un motel, en Naperville.

Ha sido todo un sueño, me dije a mí misma. Solamente ha sido una pesadilla y ya se ha terminado, pensé, aliviada. Estaba todo en mi cabeza, Emily no está ardiendo, Emily no está muriéndose.

Entonces recordé que ella aún estaba muerta.

Mi teléfono móvil seguía sonando y vibrando desde la mesita de noche. Me senté en la cama como pude y me froté los ojos. Sentía mi cuerpo cubierto de un pegajoso sudor frío. Finalmente, cogí el teléfono de la mesita y miré la pantalla.

Mulder me estaba llamando.

Dudé por un momento, pero decidí no coger la llamada. No estaba en situación de hablar con nadie en aquel momento, menos aún con Mulder. Ya le devolvería la llamada después de una larga y reparadora ducha.

Tan pronto como sentí el agua caliente corriendo por mi cuerpo, las lágrimas comenzaron a resbalar por mi cara con ímpetu, espontánea e irremediablemente. El sueño solo había sido un sueño, pero despertarme a la realidad no había sido un gran alivio: Emily seguía muerta, yo seguía estéril y mi vida seguía rota. Había perdido el rumbo, había olvidado la ilusión. Me sentía distraída, abotargada, inapetente. Había entrado en el FBI para salvar vidas, para marcar la diferencia, y todo lo que había obtenido eran un puñado de casos sin resolver, un viaje a la profunda locura de la cruzada infinita de mi compañero y una larga e interminable lista de daños colaterales que incluían los dos más recientes: mi hija y mi infertilidad. Nunca en toda mi vida pensé que viviría para ver morir a mi propia hija, que asistiría silenciosa e impotente a su muerte. Yo, una mujer de ciencia. Yo, una mujer de soluciones. Yo, una mujer que nunca tiraba la toalla. Aquella tarde me pregunté, mientras mis lágrimas se mezclaban con los chorros de agua, dónde estaría aquella mujer ahora, y por qué era tan incapaz de hacerla regresar.

Mi teléfono volvía a sonar otra vez cuando salí de la ducha. No me hizo falta comprobar la pantalla esta vez, estaba muy segura de quién me llamaba y sobre qué giraba el asunto. Quiero decir, todo giraba siempre alrededor de él, ¿verdad? Estaba convencida de que era Mulder y de que era acerca de él y de sus últimas pistas vitales, incuestionables y, sobre todo, urgentes que le llevarían a la verdad (o a su verdad, al menos); aquellas pistas requerirían, por supuesto, de todo su tiempo y experiencia y, de paso, del mío. Era aquello por lo que llamaba una segunda vez, como hacía siempre que quería compartir algo importante conmigo... Bueno, solo si tenía suficiente tiempo para actualizarme y sentía la suficiente consideración para informarme antes de salir corriendo directo a la siguiente boca del lobo.

No me molesté en coger la llamada. En vez de eso, busqué el número de la Unidad de Investigación de Enfermedades Virales e Infecciosas en la pequeña agenda de teléfonos que llevaba siempre conmigo en la cartera. Rechacé la llamada de Mulder y llamé a la Unidad para acordar una cita para la siguiente mañana. No era típico de mí rechazar sus llamadas pero, bueno, tampoco era habitual en mí perder a una hija, y aquí estábamos...

Me vestí y me sequé el pelo más rápido de lo normal, sintiendo un breve alivio después de la horrorosa pesadilla que me había dejado tiritando y temblando. Mulder me llamó por tecera vez y, aunque tenía que admitir que normalmente no insistiría tanto de no haberme desmayado hoy, y que su preocupación sincera por mi bienestar debería hacerme sentir halagada, no podía quitarme de encima el sentimiento de enfado, de pura rabia que amenazaba con hacerse con el control en cualquier momento.

Estaba enfadada con mi cuerpo, estaba enfadada con mi familia, estaba enfadada con el Fumador y con el FBI y con este horripilante caso. Incluso estaba enfadada con Emily. Pero, por encima de todo, estaba enfadada con Mulder.

Porque me había mentido; porque él, un hombre frustrado y cabreado con la falta de honestidad de las personas y de los gobiernos, no había dudado tan solo un segundo en esconderme la verdad. Porque su egoísmo y su obsesión no le dejaban ser capaz de equiparar sus pérdidas a las mías. Porque su culpa paralizante me molestaba más de lo que me conmovía, porque no me compensaba y porque no me servía para nada.

Y, especialmente, porque sabía que era probablemente la única persona a la que realmente le importaba que estuviera tan enfadada.

Necesitaba olvidar tanta irritación y tanta rabia. Necesitaba dejarlo ir, dejar que mi cuarteado corazón dejara de sangrar tanto dolor.

Fue entonces cuando tuve un impulso salvaje.

PVM

Aquella ya era la cuarta vez que intentaba localizar a Scully y empezaba a estar un poco nervioso. Intentaba decirme a mí mismo que estaba durmiendo profundamente y no se había despertado aún, pero sabía que mi compañera tenía un despertar rápido y solía responder al teléfono al momento... salvo que algo malo hubiese ocurrido. Ese pensamiento no dejaba de cruzar por mi mente una y otra vez, y justo cuando iba en dirección al motel, finalmente respondió a mi llamada.

A mi quinta llamada.

"Por fin te localizo, bella durmiente. Estaba empezando a preocuparme. ¿Has podido descansar un rato?"

Había mucho ruido de fondo y me pregunté si acaso estaba viendo la televisión.

"Habría podido, quizás, si no me hubieses estado llamando cada cinco minutos".

Casi pierdo el control del volante cuando escuché aquella respuesta increíblemente cortante, algo a lo que no estaba acostumbrado por su parte para nada. Me tomé un segundo para decidir cómo continuar la conversación.

"Yo... lo siento, Scully. Estaba preocupado y no sabía si te habría pasado algo."

"Sí, claro."

Su respuesta no podría haber sonado más irónica. Pero, ironías aparte, aquello no fue lo único que detecté, porque además de su hosquedad y de su tono, intuí que el ruido de fondo no venía exactamente de una televisión.

"¿Dónde estás, Scully?"

"En ninguna parte, realmente". Se rió con rudeza, y por aquella atípica risa me di cuenta de que hablaba de manera figurada. "Bueno, cuéntame, ¿cuáles son esas novedades del caso que querías contarme tan insistentemente?"

Suspiré y lo dejé pasar. Sabía que no era el momento de comenzar una discusión. Otra discusión.

"No te lo vas a creer, pero parece ser que David no era el niño predilecto que su padre tiene en mente. He hablado con varios profesores y compañeros de clase y todos están de acuerdo en que David era un pequeño diablillo: robaba comida y dinero de sus compañeros de clase, copiaba los deberes, falsificaba los exámenes, pegaba e insultaba a la mitad de la escuela... Resumiendo: era un matón de manual."

"¿Y esta información es útil porque...?"

La manera en que Scully expresó aquella pregunta dejaba claro, sin lugar a dudas, que no encontraba valor alguno a todo lo que le acababa de contar. Me recordaba a la actitud insolente que había tenido cuando habíamos ido a investigar aquel raro caso de chupacabras/vampiros el año pasado en Texas.

"Y esta información es útil porque aumenta considerablemente nuestra lista de sospechosos."

Supe incluso antes de terminar la frase que aquella no era una respuesta muy acertada. Primero, porque "aumentar considerablemente" los sospechosos estaba lejos de ser algo útil; y segundo, porque sabía que Scully no compartía conmigo la teoría de que aquello se trataba de un homicidio.

Es por ello por lo que no esperaba que lo dejase pasar sin replicar nada a cambio.

"Si tú lo dices..."

Los siguientes sonidos llegaron difusos a través del teléfono. Después añadió algo, pero por la dirección del sonido, no parecía que estuviera hablándome a mí.

"¿Perdona?"

"Oh, no hablaba contigo, Mulder". Scully pronunció aquellas palabras para mí, aunque si hubiera dicho "Métete en tus asuntos" dudo mucho que hubiera sonado más grosero de lo que ya había sonado esta frase. "No todo tiene que ver contigo, ¿sabes?"

Aquella era la segunda vez en nuestra relación que me abofeteaba mentalmente con esa frase. Y, aunque generalmente tenía motivos para pensar eso, no me parecía nada justo que la utilizase en aquel preciso momento, pues estaba más preocupado y pendiente de ella de lo que había estado nunca desde que había decidido formar parte de este caso. Sacudí la cabeza y conduje en silencio sin añadir nada. Pasado un minuto, intenté cambiar la estrategia para limar asperezas, aunque sabía de antemano que probablemente no funcionaría.

"Ya he puesto una alarma nacional sobre posibles próximas víctimas llamadas Emily". Decidí no hablarle, de momento, de mis dudas acerca del nombre oído por los compañeros de David.

No esperaba que me dieras las gracias... Al menos, no sarcásticamente.

"Ah, pues muchas gracias, Mulder. Bueno, pues yo he llamado a la Unidad de Investigación de Enfermedades Virales e Infecciosas y se van a pasar mañana a primera hora. No hay de qué".

Podría jurar que la había oído beber algo entre puñalada y puñalada. O, más precisamente, podría jurar que la había oído beber, y punto. Eso explicaría un montón de cosas. Su sarcasmo, su actitud, su forma de hablar arrastrando ligeramente las palabras... y, especialmente, aquello explicaba la voz que oía lejana a través del teléfono ofreciéndola otro chupito de tequila.

"¿Has estado bebiendo, Scully?"

De acuerdo, aquella no era la deducción más inteligente que había hecho en mi vida.

"Elemental, querido Mulder."

Podía sentirla levantar los ojos al cielo incluso a través del teléfono.

"¿Dónde estás ahora mismo?"

Sabía que no me lo iba a poner fácil.

"Ya te lo he dicho, Mulder. Estoy en ninguna parte."

"Scully, por favor: déjame ayudarte. ¿Cuándo te has ido del motel?"

"Cuando no quedaba ya nada que beber en el minibar."

Mierda.

"Scully, voy a ir a buscarte ahora mismo. Dime dónde estás."

"Oh, no te preocupes, Mulder. Estoy en buena compañía".

Mierda, mierda, mierda.

"Scu..." Oí el clic que indicaba que la comunicación se había perdido.

Scully acababa de colgarme el teléfono.

Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda.

CONTINUARÁ EN EL CAPÍTULO 4