Disclaimer: Labyrinth ni ninguno de sus personajes son de mi propiedad.
Pareja: Jareth/Oc
Avisos: Quizás tenga lemon en capítulos posteriores, violencia y situaciones de tortura.
La venganza del rey Goblin
"Hasta que un día Hades,
El terrible dios del mundo subterráneo,
Hermano de mi padre,
Salió de debajo de la tierra y
Me arrebató la dicha."
(Agapi Stassinopoulos. "Gods and Goddesses in love")
Capítulo 2. Inframundo
Gota, gota, gota. Sólo oía el resonar del agua en una superficie de metal. Pequeñas gotitas que llegaban a sus oídos sin ningún sonido más que se incluyera, cuyo ruido parecía interrumpirla en su discernimiento de la realidad, pero sin embargo la despertaba y sacaba poco a poco de su sopor. Abrió los ojos despacio, y de lo primero que se dio cuenta es que no estaba en su cama, ni en su habitación, ni siquiera en su casa, y eso significaba que algo grave había sucedido y que no iba a ver más a sus padres; al menos por el momento.
Tumbada en el suelo, pudo notar que no sentía ningún dolor, apenas un poco de tensión en los músculos por haber estado en la misma posición por varias horas. Su vista sólo distinguía un techo de piedra carcomido por los años, a cuyos lados, rodeando la estancia, se encontraban los sólidos barrotes de una prisión. Se levantó tranquilamente, apoyando ambas manos en el suelo y mirando a todos lados. La sala en la que se encontraba aquella jaula estaba en penumbra, y el espacio reducido hacía que casi no se pudiera mover. Maldijo a quien tuviera la culpa de que ella estuviera allí; aquello era sin lugar a dudas un secuestro. Recordó aquel tipo extraño de la noche… ¿Había sido él quien la había traído allí? Quién sino… Eso explicaba el por qué de que estuviera encerrada en un lugar como aquel. Solitario, oscuro… Reprimió sus miedos, no quería pensar en el peligro que podía aguardarla estando allí.
Tratando de olvidar por un momento su suerte, puso la cabeza entre sus piernas y cerró los ojos, sumergiéndose en un mundo de fantasía e imaginación. Allí no había monstruos, y los peligros eran sorteados por un apuesto caballero que la defendía. Las hadas le daban dones fantásticos, los dragones eran sus amigos, y los elfos la refugiaban en un paraíso de belleza y esplendor. Pensando en esto, se durmió, pero no sería por mucho tiempo…
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Sarah subió al cuarto de su hija y abrió la puerta lentamente. No estaba, ni rastro de su querida primogénita. En un parpadear, Lanah se había desvanecido en la inmensidad de aquel cielo nocturno con ese hombre, y ella era la única culpable. Había usado algo que había nacido de su ser para su venganza; el plato se había servido congelado. Sin poder reprimirlas, dos lágrimas surgieron de sus ojos, yendo a parar a sus mejillas; necesitaba, quería morir.
Aquel cuarto, que antes había sido el de su niña ahora estaba vacío, sin muebles que lo adornaran. Sus fotos se habían borrado, los hermosos recuerdos de cuando ella era niña habían dejado paso al vacío. Su propio padre no la recordaba; sólo ella guardaría su recuerdo.
Y todo por él, por su injusta venganza.
-Cariño, ven a la cama. –Oyó la voz de su marido, proveniente de su habitación.
-Ya voy. –Susurró fríamente, no molestándose en saber si él se había enterado o no.
Echó una última mirada a la habitación, para luego cerrar la puerta y dirigirse al cuarto que compartía con su cónyuge.
Aquellas memorias estarían grabadas por siempre en su mente.
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Despertó adolorida. Algo la estaba molestando sobremanera. Unos pinchazos continuados en uno de sus costados le demostraban que aquel olor a rancio y sucio que la hubieran invadido horas antes, eran completamente reales. Se removió sin querer abrir sus pupilas, tenía miedo de lo que pudiese encontrarse.
-Eh, tú, pequeña humana, ¡Despierta! -El sonido de una voz la distrajo. ¿Quién sería? Sólo podría descubrirlo si se levantaba, pero temía.
Poco a poco, atrevióse a levantar la mirada, y lo que descubrió la dejó un poco alucinada: Frente a ella había una especie de duendecillo del tamaño de una de sus piernas. Sus ojos eran rojizos y grandes, sus orejas puntiagudas y su piel cetrina, casi verde. Iba vestido como todo un señor, pero algo estrafalario. Con un traje de cuadritos y un sombrero de paja. Era un ser extraño, pero a pesar de su apariencia no daba miedo, sino risa.
Lanah tuvo que reprimir una carcajada al notar su extravagancia. -Perdón, no quería reírme de usted, sólo es que... -Dijo a modo de respuesta, sonriendo levemente.
El ser -porque no había otra manera de llamarlo- la miró extrañado, pero enseguida hizo una mueca a modo de sonrisa, dejando ver sus dientes puntiagudos que adornaban toda su boca. Al ver esto, ella dejó de sonreír y se puso seria, ¿es que le habían enviado para comérsela?
Enseguida desechó esta idea, ya que el duende removió en uno de los bolsillos de su traje, y sacó un gran manojo de llaves. Introdujo una de ellas en la cerradura de su jaula y esta hizo un clic en cuanto se abrió. La joven sonrió al pensar que quizásla iba a liberar de su cautiverio en aquel lugar.
-¿Me va a liberar? -Preguntó inocentemente. El duende sólo rió macabramente y caminó hacia ella, ordenándole que saliera de la jaula.
Lanah salió, no sin dificultad, y enseguida que sus pies tocaron el suelo notó la debilidad de sus piernas por haber estado tantas horas en la misma posición. Casi cayó al suelo un par de veces, pero consiguió llegar a la puerta de aquella oscura habitación. Ahora que se fijaba, el lugar estaba lleno de telarañas y era completamente de piedra, con baldosas de diferentes tamaños que adornaban todo el suelo. La única ventana estaba cubierta por barrotes y todo en sí tenía un aire medieval que no pasó desapercibido a su vista.
-No acierto a comprender tu inocencia, humana -El hombrecillo interrumpió su divagar-. Tengo órdenes directas de llevarte al ala de los esclavos.
Ella tragó saliva, y su mirada se tornó de azúrea tonalidad, como siempre que tenía miedo. -¿E-Esclavos? -Tartamudeó. Su voz sonó débil, asustada.
-Luego serás marcada como propiedad del Rey Goblin, y no podrás salir del castillo hasta que mueras. Cualquier falta de respeto o intento de escapar será castigado con torturas físicas o la propia muerte. -Su tono era tranquilo-. Es mi deber informar a todo el que llega aquí de sus nuevos deberes. Ahora andando, no quiero retrasarme más de lo debido.
Con un rápido movimiento, abrió la puerta de madera que resguardaba la habitación, y salieron a un oscuro corredor aún peor iluminado que el anterior cuarto. A Lanah le temblaban las piernas y la mandíbula de los nervios y la ansiedad de saberse presa en aquel terrorífico castillo. Caminaron durante minutos, que a ella se le hicieron como siglos. Estaba aterrada por lo que probablemente le harían y se sentía completamente inútil por no poder hacer nada.
Al final de unos cuantos pasillos y giros, llegaron a una nueva puerta, esta vez de hierro. Al entrar pudieron divisar una gran habitación llena de camas y seres en ellas, probablemente durmiendo. Algunos de ellos comenzaron a alertarse al oír el sonido de la puerta y se podían distinguir los reflejos amarillos, rojizos y violetas de aquellas criaturas cuya apariencia se desconocía por completo.
El duende, sin perder tiempo la tomó por el brazo derecho y la llevó hasta una cama del final de la habitación. Lanah no pudo evitar lanzarse a ella en cuanto la vio, y una sensación de alivio le recorrió el cuerpo por entero. A pesar de las sábanas corroídas por la porquería, podría descansar tranquilamente aunque sólo fuese por unas horas.
-Duerme, mañana será un día difícil para ti -Le dijo el ser socarronamente. La muchacha oyó risas y susurros en extraños idiomas, silbidos que no entendió. Notaba muchas miradas sobre ella, y cuando al fin la puerta de la entrada se cerró, se cubrió con las sábanas, tratando de persuadirse de que allí no había nadie más que ella y su mente, que todo volvía a ser como antes.
Pero por más que lo intentó, esa noche no logró dormir.
Continuará...
Nota: ¡Holaaa! Siento muchísimo el retraso, pido mil disculpas a las lectoras. Espero que este capítulo no os haya decepcionado (a mí un poco u.u). En fin, besitos y gracias por vuestros reviews y ánimos.
Agradecimientos especiales a:
Akayume Liebende Stern, dogmalaley, Mrs Sweeney Lovett Tood y Amelia Badguy.
