Summary:
Reprimir y ocultar los sentimientos, puede convertir un vaso de agua en una tormenta completamente devastadora.
Se aman. Se necesitan. Se apoyan.
Entonces, ¿por qué lo suyo no funciona?
Esta historia comienza donde las otras terminan, cuando se apagan las luces y la vida sigue con el anonimato de las palabras no dichas.
¿Qué viene luego de los felices por siempre?
Disclaimer:
Obviamente los personajes son prestados por S.M para jugar a nuestro antojo, solo no se lo digan. La historia es mía! por completo. Ya saben, no copiar y eso.
Importante:
Esta historia es rating M, por los temas que aborda. Hay situaciones narradas que no son recomendadas para menores, así que ya están advertidas.
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Capítulo III
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"Soy fuerte, pero no puedo vivir una vida por los dos…"
No era capaz de despegar la vista de la pantalla del celular. Llevaba horas analizando esas palabras.
¿Estaba dejándola de manera definitiva?
— Si —gritó su conciencia aletargada por la falta de sueño.
Ella habría escrito un; "Vete al demonio", "Jodete" o tal vez "Muérete y déjame en paz". En cambio él nunca era claro, Edward Cullen y sus jodidos crípticos mensajes. El mayor problema en todo aquello, era la interpretación literal de ella, porque siendo honestos, Bella Swan conocía perfectamente lo que aquel mensaje significaba, aun cuando intentase obviarlo de todas las formas posibles.
Ese era su modo de decirle adiós.
El amanecer se había presentado con atronadores relámpagos quebrando el cielo. Retumbando la vidriera y haciendo ecos en sus palpitares.
Exhaló el humo del cigarrillo frunciendo los labios, para expulsarlo de su garganta seca, lo hizo de forma lenta, suspirando de paso sus frustraciones. Miró hacia abajo, en dirección a su celular, el cual se mantenía conectado al cargador, y mordió con fuerza su labio.
Había tecleado una infinidad de mensajes durante una noche que le pareció eterna, pero no se atrevió a enviar ninguno de ellos, simplemente los borró una y otra vez. Nada parecía suficientemente bueno para responder.
Inhaló por última vez y apagó el cilindro exhalando con lentitud el humo, disfrutando el amargo paseo de este por sus labios.
Lo que había pasado con Edward la mantenía en vilo, pensando, obligándola a buscar una solución a su mente enredada.
— ¿Qué mierda estoy haciendo con mi vida? —preguntó con voz suave a nadie en particular.
Subió ambas piernas a la altura de su pecho, estaba descalza con un pantalón de chándal y se sentía helada. Se abrazó a si misma en busca de calor y consuelo, pero no obtuvo ni lo uno, ni lo otro.
Seguía sola.
Alice había quedado de dormir en el piso de Jasper, huyendo quizás de tener que consolarla. No era que le hiciera demasiada falta; ambas sabían que lo único que podía hacer por ella era comprarle helado y pasarle los pañuelos. Eso o llenar su vaso con tequila y estaba claro que aquello no iba a ocurrir.
Tomó su teléfono y releyó el mensaje por última vez.
Edward había tirado la toalla con ella; la estaba abandonando así como todos.
Oficialmente era soltera.
Un estado que nunca le había agradado demasiado. Ella no servía para la soledad, era emocionalmente inestable y dependía mucho de los demás, sobre todo de él. Siempre lo supo, por eso se negó tan vehementemente a ser su novia en un principio; tenía claro que perdería la cabeza por él, que se volvería loca si algún día la dejaba.
Jacob, en cambio, era su par natural.
Su igual.
El amor seguro, controlado en la justa medida de cariño.
De adolescente prometió amar solo a un hombre. Renée, su madre, le había indicado lo ridículo que sonaba aquello, pero ella insistió en que uno solo sería dueño de su corazón y que no lo repartiría por partes. Ella no sería ese tipo de chica.
Jacob era el indicado para ella.
Desde que lo conoció simpatizó con él y al poco tiempo se volvieron novios. Él la protegía de la inexplicable soledad que la perseguía siempre, le hacía la vida sencilla.
Tenían un amor basado en la confianza y la compañía. Se eran leales y compartían sus vidas en la justa medida.
En aquel momento ella no necesitaba más.
No conocía más.
Y lo desconocido no era bueno.
Toda su vida fue desconfiada y pesimista. Había planificado su futuro por completo, y en la ecuación de ello, Jacob encajaba de forma perfecta. Estudiaría una carrera corta, trabajaría por un salario fijo que le permitiría vivir tranquila, sin muchos lujos, pero… tranquila. Su destino la había encontrado muy joven, dándole la paz interior que la gente tarda en encontrar más de la mitad de su vida, y que para cuando lo hacen, muchas veces, ya es por resignación.
Construyó cada pequeño detalle en base a la realidad. Los cuentos de hadas eran solo eso, los grandes amores estaban destinados al fracaso y al sufrimiento. La vida real era dura, por eso evitaba los riesgos, no estaba dispuesta a arriesgarlo todo por algo que seguramente nunca llegaría.
Por eso cuando Edward Cullen se fijó en ella, lo rechazó de manera tajante.
Él emulaba las fantasías adolescentes de todas las chicas, menos las suyas. Era el equivalente a una bola demoledora frente a una casa de paja. Él lobo que soplaba las casas de los tres cerditos, destruyendo todo a su paso.
Por suerte su casa estaba hecha de cimientos duros.
Él era lo desconocido.
Lo que no sabía que necesitaba.
Sin haberlo conocido era feliz, una felicidad arraigada en el raciocinio, pero cumplía su cometido al fin y al cabo; darle tranquilidad.
Nunca fue capaz de comprender por qué él se fijó en ella, de entre todo el alumnado nunca destacó por sobre las demás, en ningún sentido. Siempre estuvo dentro de la gente promedio y así se sentía bien, no necesitaba más que lo que tenía. Y por este mismo motivo se negaba a conocerlo más allá; no quería necesitar a alguien tan independiente, liberal y soñador como Edward Cullen.
No, no y no —se dijo cada vez que su fuerza de voluntad flaqueaba ante sus promesas. Juramentos de un amor apasionado, caminos desconocidos y vida.
Vida.
Vivir un amor.
Le era tan difícil entender la filosofía de Edward. Todo con él era sobre la marcha, no planificaba, solo respiraba y reía. Espontaneidad podría haber sido fácil su segundo nombre e increíblemente fue quien la hizo sentir más segura que nadie.
Él la sostuvo cada vez que sus piernas flaquearon, apoyó sus decisiones porque confiaba en ella y la amó.
Con fuerza, con pasión, con su cuerpo y con su alma.
Y ella le había fallado en tantas formas.
Dios —metió la cabeza entre sus rodillas y lloró.
Ella había soltado la mano del hombre que amaba.
Ella lo había abandonado.
Y a Mía…
Toda la perfección de su replanteada vida se había ido al demonio tras el siniestro incendio.
Su hermana menor, su opuesto, el ying de su yang. Quien reía fuerte y con la boca bien abierta, la que solía golpearle la frente, tanto, que un día se vio obligada a cortarse flequillo para obstaculizar o, más bien, amortiguar el paso de su mano. Esa pequeñaja molesta con quien disfrutaba haciendo bromas.
Mía era la única persona con quien Bella se sentía a gusto, aun siendo tan diametralmente distintas. Su hermana era soñadora por naturaleza, no razonaba, no planificaba, no estudiaba, y cada vez que Bella la reñía por algo ella solía responder con un—; "¿Sabes que te hace falta? Coger. No las llaves…cogerte a un chico" —y levantando soezmente su dedo de en medio, volvía a reír.
Habían tenido conversaciones de chicas y si bien Mía era un tiro al aire para el mundo en general, Isabella sabía que nunca había llegado a más con nadie. De ahí su insistencia en que se usase un féretro blanco con ella, en señal de la pureza de la adolescente.
—Se siente bien dejarte en evidencia —fue todo lo que dijo en la misa…y en una semana completa no abrió la boca para nada más que comer. Temía que al hacerlo desconocería su propia voz, debía tener la certeza absoluta de que algo de ella misma permanecía aun debajo de tanto dolor.
Lloró tanto, que para cuando decidió dejar de hacerlo, creyó que nunca más tendría lágrimas. Obviamente el destino se burlaba de aquel pensamiento, si, tenía lágrimas, muchas de ellas…corriendo por sus mejillas, deslizándose por el cuello de su camiseta holgada. Todas dedicadas a una sola persona en ese mismo momento.
A Edward Cullen.
Había observado en más de una oportunidad su teléfono celular y verificado otras tantas más su buzón de voz.
Nada.
Revisó su casilla de mail esperando una carta extensa, repleta de maldiciones, juramentos, enviadas al diablo y frases reiterativas. Llenas de sinónimos grandilocuentes y citas a grandes escritores… literatos del drama clásico. Y, nuevamente, saludos al diablo.
En cambio, solo encontró la respuesta positiva a uno de sus proyectos y una cadena de su madre, titulada "¿Amas a Jesús?".
Isabella no le había devuelto el mensaje; no gritos, no recriminaciones.
Nada de nada y eso no era propio de ella.
Estaba preparado sicológicamente para tratar con una chica enfurecida, llorona al extremo de ser lacrimógena, incluso con la Bella ebria. ¿Pero nada?
Cuando el reloj marcó las seis de la tarde no fue capaz de pensar en otra cosa que no fuese su ex – prometida.
No se atrevía a llamarla, sentía un apretón en la tripa tan fuerte cada vez que marcaba el número, sin siquiera darle a la tecla verde que le era imposible llamarle directo.
Tartamudeaba mentalmente.
Descendiendo al estacionamiento y tras mucho meditarlo, decidió llamar a Alice.
— ¡Hola chascón! —fue su saludo tras el tercer pitido.
Fue oírla y mirar su reflejo inconscientemente en el espejo de su oficina, el cabello ya no era el mismo de antes, ahora iba peinado. Odiaba aquel apodo, pero ella se empecinaba en llamarlo así.
— ¿Qué hay? —preguntó.
Escuchó el resoplar del otro lado de la línea— ¿Qué hay? —repitió ella con desgana—. No mucho —agregó luego de unos segundos—. Estoy en casa de Jasper desde ayer —apuntó, sentándose sobre la cama a un lado de los pies del rubio, que dormía tapado hasta la cintura, lo miró de soslayo y sonrió—, ¿y tú? —preguntó recordando que aun sostenía el aparato contra su oreja—. ¿Qué hay de ti?
Y como siempre daba vuelta la tortilla de manera magistral—. Saliendo del trabajo. Una jornada laboral como la mierda. Estoy putamente agotado…en verdad…
— ¡Oh, por dios! —lo interrumpió su amiga exclamando fuerte—. Es que tu y Bella no pueden dejar de maldecir.
— ¿Bella? ¿Qué pasa con ella?
Alice rodó los ojos, sabía que aquella llamada no era precisamente para saber de su salud, ni hablar del clima, mucho menos para averiguar qué tal iba la relación amorosa de ella; no había otra cosa que importase cuando hablaba con Edward, solo Bella. Había estado tantas veces en el centro de la batalla para saberlo—. Con ella nada. Se quedó en mi departamento anoche.
—Pero tu dormiste donde Jasper.
Alice sintió ganas de gritarle—; ¿Y a ti qué demonios te importa? —pero lo pensó mejor, y, en cambio, tomó aire antes de responder—; Si, es que sentí cargo de conciencia al intentar follar a mi novio frente a ella —intentó bromear.
Siempre tan espontanea. Una característica que extrañaba en si mismo.
—O sea que se quedó sola.
Y la broma no había dado resultado.
—Bravo Sherlock —ironizó.
—Te quiero amiga, pero hoy día no soy el mejor con el sarcasmo —dijo, luego se despidió y cortó la llamada.
Bella había estado sola durante toda la noche y no había marcado su número ni una sola vez.
No textos, no e-mails, no nada.
Conociéndola no debía haber comido, porque odiaba hacerlo sin compañía. Debía tener hambre, quizás había bebido hasta llegar al coma etílico, tal vez se había emborrachado tanto que se había caído y golpeado la cabeza, y el coma etílico acababa de convertirse en un TEC cerrado…o abierto. O pudo haberse ahogado con su propio vomito.
Su estomago dio un fuerte vuelco ante aquel ultimo pensamiento.
Debía dejar de fantasear tanto, se dijo mientras aceleraba su todoterreno con dirección al apartamento de Alice.
Al llegar subió el ascensor y pulsó rápidamente el 6— ¿Y si se lanzó por la ventana? —meditó sintiéndose enfermo— ¿Cuántas eran las posibilidades de salir con vida cayendo desde 14 metros?
Se apoyó contra el espejo del elevador con su puño apretado, soltó ligeramente la corbata e inhaló profundo, pero la tranquilidad no llegó. Quería verificar con ojos propios a la castaña.
Luego de lo que le parecieron horas, las puertas se abrieron, salió corriendo por el vestíbulo y presionó el timbre con fuerza. Su zapato marcaba inconscientemente los segundos pasajeros.
Nada.
Y la nada acababa de volverse una puta mierda.
Miró su teléfono y marcó la casilla denominada "Amor" — Tengo que cambiar esto —meditó pensando en que pronto aquel numero pasaría a la B. Dentro podía escuchar a Nirvana entonando "Dumb", el ringtone de Bella, sonar y sonar.
Dejó de presionar el timbre y golpeó la madera—. ¡Bella, abre! —exclamó. Al no obtener respuesta alguna, volvió a golpear, esta vez con más fuerza, descargando su ansiedad en cada estruendo— ¿Bella?¡Abre, maldita sea!
Tras cuatro llamadas perdidas y el martillear incesante de su corazón, buscó la llave que Alice solía esconder para casos de urgencias, antes de tirar la puerta de una patada; enterrada en la maceta, a un lado del timbre.
—Mierda. Mierda, mierda, mierda —repetía cual mantra, al tiempo que daba vuelta el pomo y se metía al apartamento.
Estaba frío. En el centro de la mesa del salón, el celular vibraba y Kurt continuaba desgarrando su voz. Cortó la llamada y este dejó de sonar, dejando todo el lugar en silencio. Tenía miedo, una opresión que solía acompañarlo – bastante seguido – en los últimos tres años.
Sintió hielo recorrer su columna; el gran ventanal que daba a la terraza estaba abierto, el viento entraba alzando la cortina lila. Avanzó dando grandes zancadas, temeroso pero decidido, tenía que verificar que no se hubiese lanzado—. Dios, haré lo que sea porque ella esté bien —oró en silencio—. Juro, que sea lo que sea —reafirmó.
Se apoyó en el barandal y miró hacia abajo; No había nada.
Al girarse la encontró cual fantasma, dentro del salón; no comas etílicos, TEC cerrados, ni abiertos, no había nada.
Y por primera vez en el día, la nada le pareció tan putamente buena.
Iba con una bata de baño y descalza, una de sus jodidas malditas costumbres, ¿acaso, no podía usar zapatos?
Se metió al salón y cerró el ventanal para que dejase de entrar la ventisca exterior—. Abrígate —fue lo primero que salió de la boca sonrosada.
Edward suspiró—. No soy yo quien va apenas en toalla —contestó luego, negando con la cabeza. El cabello castaño estilaba y gotas gruesas rodaban por las mejillas pálidas.
Dumb, volvió a sonar, interrumpiendo la respuesta de Bella. Una canción que iba muy bien con ella y con sus ironías camufladas—. Sin duda alguna es una canción que te va bien —señaló, apuntando a la letra de la canción, sobre todo en la parte de la resaca.
— Por supuesto, él gran sueño de Kurt Cobain antes de suicidarse fue, seguramente, terminar dentro de los celulares de cientos de fans —habló con voz monótona, ignorando el comentario malintencionado de él. Alcanzó el aparato y envió la llamada al buzón de voz, sin ver de quien se trataba.
—¿Por qué no abrías la puerta?
—Si no es demasiado obvio, estaba en la ducha.
Un silencio enorme pareció engullirlos. El peso del quiebre los estaba aplastando, a ambos.
Los escasos metros que les separaban parecían kilómetros. La distancia y el frío eran abrumadores.
Isabella tragó el nudo ardiente de su garganta, llevaba ojeras grandes y marcadas bajo sus parpados, los ojos enrojecidos y la nariz taponada. Lo último que necesitaba en aquel momento era tener a Edward frente a ella.
La miró detenidamente. Era hermosa, pero le hacía tanto daño— ¿Cómo estás? —rompió el silencio.
Bella seguía escondiendo la cara, bajo la maraña de cabello oscuro—Dejando a un lado el sarcasmo, estoy bien. ¿Tú?
—¿Por qué no me llamaste?
—¿Para qué, Edward? —replicó alzando la cabeza rápido, de un solo movimiento y él pudo verla—. Entendí el mensaje, no creo que sea necesario hablar más.
Mentirosa. No estaba bien. No. Había llorado y esta vez era por su culpa. Él, quien le había prometido jamás herirla, la había abandonado. Se sintió pésimo—. Sabes que te quiero, de verdad. Es solo que lo hemos intentado tanto y —era una excusa patética, pero era la realidad—, las relaciones no se mantienen por si solas. ¡Mierda! —profirió elevando la voz. Caminó hasta una silla y se dejó caer sobre ella—. Yo no quería que esto fuese así, tú lo sabes.
—Lo sé —fue toda la respuesta que obtuvo.
—Bella, te quiero —repitió. No decía esas palabras a la ligera, quería hacerla reaccionar, ver una emoción distinta frente a él. Estaba preparado para lidiar con una contraparte enfurruñada, no con la que se presentaba ante él.
Ella inhaló hondo, dejó su teléfono de vuelta en la mesa y dio media vuelta—. Lo sé. Entiendo todo, no te preocupes —dijo y se alejó por el pasillo.
La cabeza de Edward daba giros. ¿Estaba haciendo bien? Él quería estar con ella, ya ni siquiera recordaba el porqué de la discusión. En el frío que se ceñía sobre si, todo le pareció absurdo.
Se levantó, estaba solo en la sala, se sentía de igual manera. Pensaba en seguirla y olvidarlo todo, no sería la primera vez. Fue hasta la cocina y encontró las cuerdas que lo ataban a no dar marcha atrás; dos botellas de tequila vacías como recordatorio, latente, la respuesta. Seguramente ella tenía resaca; una grande, por eso estaba así de adormecida—. ¿Madurez repentina? —había pensado—. Ni una mierda.
Ella apareció de pronto, seguía descalza, con la misma bata y el pelo igual de mojado—. Mira —señaló deteniéndose bajo el umbral del vestíbulo—. Te quiero y sé que siempre va a ser así, pero ya no necesito esto en mi vida, y tienes razón en no quererlo tampoco. Ahora necesito ser feliz y tú también. Es lo justo.
Él se limitó a mirarla unos segundos. Recorrió la cocina, y continuó avanzando hacia la sala. Una distancia más que prudente los separaba. La mesa del centro no era el único obstáculo entre ellos, había otros mucho mayores. El celular los volvió a interrumpir.
Edward negó fervientemente. ¿Dos botellas?, sacudió la cabeza y soltando una risotada de frustración—; Eres un puto cliché —soltó caminando a la puerta de salida y dio un portazo al estar fuera.
Volvía a dejarla sola.
Para cuando llegó al estacionamiento, iba sin corbata, y con la camisa arremangada. Estaba furioso consigo mismo por permitir aquel letargo. Él no era una niñera, tenía que recuperar algo de su propia identidad, si ella no era capaz de cambiar una sola cosa por él, no veía lo malo de volver a ser el de siempre. Llevaba tres años sin beber, para no tentarla.
Tres sin oír sus bandas preferidas, para no molestarla.
Tres años dando consuelo a quien decidía buscarlo en una botella.
Tres años sin andar a más de ochenta para no asustarla.
Tres putos años sin divertirse en lo absoluto, pues había decidido ser una nana.
Condujo deprisa a casa, disfrutó la música de Incubus a todo volumen, durante el camino y cantó fuerte, liberando toda su rabia. En un semáforo devolvió una sonrisa a la coqueta rubia del automóvil contiguo e incluso le regaló un guiño, antes de que le diese el verde.
Al llegar a casa, se quitó los zapatos, encendió la calefacción y revisó su celular. Tenía dos llamadas perdidas y un mensaje de Alice.
—¿Qué le hiciste ahora? —era todo lo que decía.
Lo ignoró y buscó una cerveza antes de lanzarse sobre el gran futón negro. Buscó el control remoto del reproductor musical y lo encendió para escuchar a Tool. Bebió despacio en la oscuridad. Se sentía cansado, pero a gusto, cuando el calor llenó el lugar, lanzó su camisa al piso y a torso descubierto cerró los ojos. Podría haberse masturbado para pasar el tiempo, pero prefirió quedarse tumbado, con la botella en una mano y la otra sobre sus ojos.
No contestaría ni esperaría llamadas de nadie, simplemente se relajaría.
Eso hubiese estado bien. Le habría gustado, pero como siempre, el destino se empecinaba en joderle la existencia.
Para las tres de la madrugada el timbre comenzó a sonar.
Caminó adormilado, encendió la luz y abrió la puerta, encontrando a una Rosalie furibunda fuera de ella—. ¿Qué mierda le hiciste esta vez? ¿Por qué tenías que ir a verla? ¿Querías joderla, cierto?
Frunció el ceño, no entendía de qué estaba hablando la rubia frente a él— ¿Cómo? —balbuceó tallando sus ojos con una mano.
Rosalie se metió sin pedir permiso—. Bella estaba bien —señaló con los ojos azules fríos como el hielo exterior—. Triste, pero por primera vez asumiendo que se estaba cagando la vida, y llegas tú con tu culo diminuto, y lo jodes todo.
—Y sigo sin entender ni una puta palabra.
—¿Qué le dijiste? Está mal y no nos hace caso. No nos escucha. Se fue con el hermano mayor de Ash del bar y no sé a donde mierda.
—¿Ash? —preguntó sintiendo la bruma de su adormecida cabeza, diluirse. Sumó uno más uno, oyendo los engranajes en su mente trabajar—. ¿Ashton? ¿El novio de Mía? —levantó la cara, y vio el asentimiento de Rosalie—. Mierda. ¡Estúpida, tarada!
La cara de la rubia se puso roja— ¡Estúpido tarado tú! —exclamó, golpeando el pecho del muchacho con el dedo índice.
—Deja de ofenderme. Estás de mi lado, ¿recuerdas?
—Eres tu quien está contra si mismo. ¿Por qué fuiste a verla y qué demonios le dijiste?
Joder. Estaba harto, pero no podía evitar el sentirse preocupado—. No estaba bien. Había dos botellas de tequila vacías —se justificó, y pronto se sintió exagerado.
Su reacción había sido ridícula de todos modos.
—¿Y eso qué? —Los hombros del chico cayeron y su ceja se arqueó sugiriendo lo obvio—. Eres más idiota de lo que pensaba —resopló la rubia al comprender—, esas botellas las habíamos sacado del dormitorio de Alice, llevaban vacías al menos una semana. Bella no bebió nada, estuvo durante el día conmigo y con Emmett. Le levantamos el ánimo y nos reímos de ella por hacer el aseo. La dejamos solo para que se diera un baño y luego, cuando volvimos, ya estaba hecha polvo de nuevo.
Mierda. De verdad que por algo había dejado de ser tan impulsivo. Su intuición siempre fallaba. ¿En qué estaba pensando? ¿Cómo iba a lidiar con todo lo demás?
—Dame un minuto —pidió.
Fue a su habitación, se cambió los pantalones por unos jeans, se puso un sweater, zapatos y una cazadora negra. Bien podría haber salido en bóxer, pero afuera hacía mucho frío.
Cogió las llaves de su vehículo, los documentos y salió junto a su amiga, en busca de su ex novia. Mientras avanzaba por el vestíbulo, la alerta de mensaje lo detuvo.
—"Dile a Rose que encienda su teléfono. Bella ya está en casa. Será mejor que no vengas. Xoxo, Alice" —leyó en voz alta—. ¡A la mierda! —resopló— ¿Que no vaya? Tengo que pedirle disculpas.
La rubia lo ignoró. Buscó el celular dentro de su bolso y lo encendió, para luego llamar a Alice—. ¿Está bien? —guardó silencio durante unos segundos—. Oh… —continuó ante la verde mirada escrutadora—, ¿de verdad? Si…que si. No te preocupes, yo le digo. Me parece estupendo. ¡Ok! Besos —y cortó.
—¿Qué te dijo Alice?
—Que se acostó, estaba cansada, pero mucho mejor —sonrió forzada—. Será mejor que te quedes aquí, en tu casa. Emmett me espera abajo, me iré con él. Siento haberte despertado, de todos modos.
Elevó ambas cejas con incredulidad— Vienes a mi casa a las tres de la mañana, me dices que he sido un capullo idiota, tienes razón en ello —la atajó antes de que pudiese abrir la boca—, pero no era necesario mencionarlo de ese modo —agregó ceñudo—, me dices que Bella se fue con el hermano del novio de su hermana muerta, quien por cierto está igual de muerto, y que no se sabe nada de ella, que no les hace caso y cito textual "está mal y no nos hace caso", pero de pronto ¡Shazam! Aparece, está con Alice, ya no debo buscarla ni ir a pedirle disculpas por haber sido un idiota.
—Si, básicamente eso.
—¡Olvídalo! Yo necesito saber qué habló con ese hijo de puta.
Aceleró su paso, dejando a una Rosalie detenida, perpleja y sorprendida, viéndolo alejarse. La única cosa que Alice le había pedido encarecidamente era que dejase a Edward en casa, luego podrían informarle bien donde y cómo estaba Bella, con lo arrebatado que era a veces, temían que hiciese alguna estupidez.
—¡Lo que sea que pase! ¡No olvides pedirle disculpas antes de cualquier cosa! —gritó parándose en la punta de sus pies, como si de ese modo él fuese a oírle mejor.
Y de hecho, lo hizo, la escuchó. Y en el silencio de la madrugada decidió dejar a un lado su impulsividad y volver a su cómodo futón. La dejaría dormir tranquila, le proporcionaría la paz que con tanto ímpetu necesitaba y le daría espacio, ese que ambos necesitaban—. Sé que cualquier problema me lo dirían —fue todo lo que le dijo a Rosalie, cuando se la encontró en el camino de regreso—. Tenemos buenos amigos —añadió, haciendo que el estomago de la rubia se encogiera.
—Por supuesto —fue todo lo que contestó ella.
—Saluda a Emmett de mi parte —murmuró Edward antes de meterse en casa y cerrar la puerta.
La chica aguardó unos segundos eternos, antes de quitarse los tacones y salir corriendo con dirección al hospital.
En los caminos de las parejas solo había dos opciones, estar juntos para siempre o alejarse definitivamente.
Ella creía que la segunda opción era la sentenciada para sus mejores amigos. El problema era que en entremedio de ambos caminos, la suerte estaba empecinada con hacer sufrir a su amiga.
Hellow ladys! =)
No tengo mucho que decir, ademas de explicar que estoy un poco tonta y que el preview anterior es el del capitulo que sigue...EEeeemmmm siiii...un poco lerda. El tiempo no me alcanza, me ha costado editar los capítulos y encimaaa estoy estresada por la falta de café...en fin...mi ultima neurona creativa está ocupada musicalizando un video, así que buee...
Les doy las gracias por los comentarios, favoritos y recomendaciones, en serio. Lo que sea, haganmelo saber!
Y saben que pueden encontrarme en twitter, a veces soy graciosa ¬¬' y en face, los links en mi perfil!
Muá!
