CAPÍTULO 2: DE NUEVO EN EL CAMINO

"A quienes me preguntan la razón de mis viajes les contesto que sé bien de qué huyo pero ignoro lo que busco."

- Michel Eyquem de la Montaigne

Tifa despertó mal aquel día. Había tenido un sueño inquieto, del cual no recordaba nada. Le solía pasar cuando estaba preocupada, y nunca se lo contaba a nadie. Estaba preocupada por Cloud, preocupada porque no podía hacer nada por animarle, preocupada porque su único amor estaba perdido. "Pero hay que tomar las cosas con optimismo, si no no se puede vivir". Pensó ella. Se levantó de la cama, e hizo los estiramientos que tantas veces había realizado tras un combate. Se puso su ropa habitual, pero esta vez decidio ponerse unos pantalones largos de color marrón. Estaba cansada de que la miraran los hombres de manera sucia, ella se ponía esa ropa para tener mayor comodidad en la lucha, no para llamar la atención. Ahora que no había nada que combatir, podía darse el lujo de vestir como quisiera. Salió de su casa, situada al lado de la de Cloud y en el centro de Nueva Nibelheim. La plaza central y la avenida principal eran las únicas partes empedradas de la ciudad, habían tenido muy poco tiempo para construír la ciudad. En el centro, había un pedestal de mármol, donde se pensaba erguir una estatua en honor del fundador de la ciudad, Hoculus, el rico comerciante exiliado de Midgard que había aportado el dinero necesario para construír Nueva Nibelheim. Los ciudadanos hubieran preferido que esa estatua estuviera dedicada a los héroes locales, Cloud y Tifa, pero... tampoco ellos busacaban honores y monumentos, y para Tifa, la fama y la fortuna no era algo con lo que se pudiese ser féliz, si que eran cosas con las que sólo se lograba encubrir la tristeza. Así pues, ella prefería cosas más sencillas. "¡Tifa! ¿Tifa dónde estabas? te he estado buscando por toda la ciudad. Me dijiste que hoy me enseñarías un nuevo golpe, el "puño meteoro", jo venga, porfa..." la imploraba Hagia, su alumna de artes marciales. En sus ratos libres Tifa daba clases de artes marciales a Hagia, una chica de 12 años que había perdido a sus padres en el impacto del meteorito. "Lo siento Hagia, no puedo, tengo algo muy importante que hacer" le dijo Tifa. La chiquilla se apenó. "Pero no te pongas triste, cuando termine, te enseñaré ese golpe, y también el golpe con el que derroté a Sefirot." A Hagia se le iluminaron los ojos. "¿De verdad?" preguntó. "Te lo prometo". Dijo su maestra. "¡Gracias Tifa, eres estupenda!" exclamó su alocada alumna. Luego, se alejó dando brincos. Tifa sonrió pero se concentró en su próxima tarea. Tenía que visitar a Cloud. Tenía que hablar seriamente con él sobre... Llamó a la puerta de su casa. Nadie respondió. Se extrañó. Cloud no solía salir a esas horas. Entonces reparó en un detalle. La chocobo dorada de Cloud, "Miura", no se encontraba atada en su poste. Alarmada, entró en la casa. En el lugar donde normalmente reposaba la Última espada, estaba vacío. Cloud sólo usaba su vieja espada para entrenar, si había cogido la Última espada, la más poderosa de todas, solamente podía significar una cosa. Había vuelto a la aventura. Y sabía a cual. Resucitar a Aeris, al final se había decidido. Lo peor era que no se lo había dicho. "No... no lo entiendo él... él sabe que yo le acopañaría sin dudarlo..." pensó Tifa. Quería hacer ese viaje él sólo. Por la razón que fuera. Pero ella jamás dejaría de apoyarle, aún que él no lo aceptase, aún que todo fuera en contra suya, aún que... sea para buscar a quien más daño la había hecho sin proponérselo. "Si de verdad le quiero, he de hacer todo lo posible para traerla de vuelta, porque sólo eso le traerá la paz" pensó Tifa. Regresó apresuradamente a su casa. Preparó su equipaje, uno no muy pesado. Unos 100.000 gils, su arma más poderosa, el guante "Corazón", unas prendas de abrigo por si tenía que ir a lugares muy helados... maldición, Cloud tenía el mapa y se lo había llevado consigo. Pero no importaba, ella consiguió otro por 1.000 gils que le vendió Hernan, un geógrafo que residía cerca de allí. Ya todo estaba preparado. Ensilló a "Alfa", su chocobo dorado. Ella sabía a donde se había dirigido Cloud. Para cualquier aventura que se precie, el uso de la materia era imprescindible. "¡Aho Alfa!" le azuzó Tifa a su chocobo dorado, y una centella de plumas refulgentes como el sol junto con la determinación hecha mujer en su grupa, partieron hacia Wutai.

"Aquí tiene sus prendas" le dijo un altavoz situado en su celda. Por la pequeña abertura de la puerta de su habitación, aparecieron sus prendas ya secas y pulcramente dobladas. Aeris se deshizo de su bata blanca, y se las puso con agrado. Se sentía un animal de laboratorio con la bata de quirófano. "¿Dónde estoy? Esto es como cuando me atraparon en el laboratorio de Shin-Ra... ¿He vuelto allí? ¿Qué ha pasado? ¿Porque mi ropa estaba mojada?. ¿Por qué estaba inconsciente? ¿Mi materia blanca, dónde...? ¿Y dónde están Cloud y los demás?" Se preguntaba hecha un mar de dudas. Miró hacia un espejo de su habitación. Era algo raro... Detrás del espejo, el equipo científico junto con los generales que dirigían la operación, observaban a Aeris. "La sección de química ha empezado a estudiar las muestras de tejidos de su ropa". Informó un científico a Hojo. Este le miró con indiferencia. "Les he dicho que no encontraran nada allí. Es la esfera blanca lo que tienen que investigar". Dijo Hojo. Uno de los generales rezongó. Hojo no le gustaba a nadie, pero era indiscutible que era la persona que mejor conocía el proyecto. Los generales sabían por qué, y reconocían que era la persona adecuada para estar al mando de la investigación. Pero eso no significaba que estuvieran dispuestos a tratarle como si estuviera cuerdo. "No estoy de acuerdo con que le sea devuelta su ropa habitual. La bata le quedaba mejor, es más apropiado para un espécimen". Dijo Hojo. Algunos generales mostraron frialdad ante el comentario, otros indiferencia,

pero los científicos se revolvieron inquietos, y Hack hizo una mueca de desagrado. "El departamento de psicología del proyecto decidió que era mejor para su rehabilitación el devolverla su ropa habitual, que eso le haría sentirse mejor" dijo Hack. "bueno, sí, lo que sea con tal de que se encuentre bien, antes estaba bromeando". Dijo Hojo."Vaya bromas que gasta". Pensó Hack. "Debe realizarse el interrogatorio cuanto antes. Unos soldados les acompañaran, pero no creo que sea necesario, no parece una sujeto muy violenta.". Dijo Kirat, el general jefe al mando de toda la operación. "Mi parte favorita, muy bien, entremos". Dijo Hojo.

"Ahora va a ser interrogada. Rogamos que coopere" dijo el altavoz de su habitación.

Hojo, su ayudante Hack, Kirat, y dos soldados entraron en la aséptica habitación despues de pasar el sistema de seguridad.

Aeris miró a las personas que habían entrado en la habitación con los ojos muy abiertos, hasta que finalmente vió a Hojo. Dió un respingo de sorpresa. "Tú... Hojo no puede ser... otra vez no..." dijo Aeris mientras retrocedía. "¿Otra vez no?" pensaron muchos. Miraron a Hojo buscando una exlicación, pero este les ignoró. De todas las personas que entraron en la habitación, todas parecían hostiles. Excepto quizás el chico que acompañaba a Hojo, un muchacho de unos 20 años de pelo negro y ojos azules. "Encantado de verla de nuevo, Aeris. Ah, la última anciana, qué maravilla." Dijo Hojo. "Tendrá que dar explicaciones sobre esto" dijo el general Kirat a Hojo, refiriéndose al hecho de que conociera su nombre. "Ya las tendrá, pero luego. Ahora Aeris nos va a responder a algunas preguntas ¿Verdad que sí Aeris?." Preguntó Hojo en tono ácido. Esta miró a toda la gente inquieta. "No, no, no, sería un gran error que intentaras escapar" amenazó Hojo mientras los soldados levantaban sus rifles y se oían chasquidos metálicos. "No llevan el uniforme azul de Shin-Ra... qué raro... quizá lo hayan cambiado... no, no puede ser, entonces qué...?" se preguntaba Aeris cada vez más confusa. "Bien, vamos al grano. Necesitamos saber qué es la esfera blanca que llevaba consigo." Dijo el general. "Es... un recuerdo de familia." Dijo Aeris. "Respuesta incorrecta". Dijo Hojo mientras hacía un ademán con su mano. Un soldado la golpeó en la cara con la culata de su rifle. Aeris cayó al suelo con un grito de dolor y sorpresa. Su mejilla estaba marcada por un cardenal. Tendida en el suelo, ocultaba su cara con sus manos, temblorosa. "¡Profesor haga algo!" imploró Hack. "¡Idiotas, no la golpeen así, ponen en peligro a la muestra!" chilló Hojo a los guardias. "Y en cuanto a tí, más te vale que respondas bien a nuestras preguntas. Tenemos métodos más persuasivos. Y los emplearemos si es necesario". Dijo el general.

Amanecía en Corel. El sol danzaba sobre las aguas de su costa, mientras que sonaban los silbatos que daban por empezada la jornada de trabajo en las minas. Anteriormente, Corel estaba al lado del desierto de Gold Saucer, pero después del impacto del meteorito y de que el desierto se convirtiera en mar, Corel pasó a ser una ciudad costera. La gente intentaba adaptarse a las nuevas circunstancias, y se ahora empleaban a fondo en preparación la construcción de un muelle y dos astilleros. Pero aún así, la gente sobrevivía gracias al carbón, la que había sido la tradicional fuente de riqueza de Corel, y cuyo uso había vuelto a resurgir gracias a la clausura de los reactores de Mako. Eso permitió a las gentes de Corel sobreponerse a la desgracia y salir de la pobreza; y lo que antes era un vertedero se había empezado a convertir poco a poco en una floreciente ciudad industrial.

Barret,el recién nombrado alcalde de Corel, inspeccionaba cada mañana el trabajo en las minas, siempre se le veía al pie del cañón, ayudando a los trabajadores con alguna veta demasiado inaccesible, matando a alguno de los cada vez más raros monstruos subterráneos, planeando la construcción de nuevos túneles, y en general, velando por su gente, que al fin y al cabo, era lo que siempre había querido hacer. Eso sí, siempre acompañado de su inseparable hija Marlene. Quería dedicarle todo el tiempo posible desde la derrota de Sefirot, y aún que sabía que eso no podía ser para siempre, intentaba que durara lo más posible. "¡Buenos días señor!" le saludaron un grupo de afanados mineros en el nuevo túnel. "Buenos días chicos, dadle duro al tajo. Este túnel tiene que estar acabado lo antes posible, si no, no podremos realizar el pedido de carbón para Kalm. Y ya sabéis lo bien que pagan esos pijos." Dijo Barret. Los mineros rieron a rabiar. Barret había aprendido bajo el liderazgo de Cloud lo importante que era mantener alta la moral en el grupo, algo que no había tenido en cuenta cuando era líder de Avalancha. Pero ahora rectificaba ese error. "Bueno Marlene, ¿Has decidido ya si quieres ir al colegio o aprender a trabajar junto con papá?" Preguntó Barret a su hija. Esta le miró con ojos dudosos, y le respondió. "No lo sé papi, yo quiero estar contigo, pero también quiero aprender y estar con mis amigas". "Elijas lo que elijas, yo lo único que quiero es que seas feliz". Le dijo su padre dándola un abrazo. En ese momento, una vagoneta que iba a toda velocidad, paró al lado suya. Dos asustados mineros salieron de esta. "Alcalde, le estábamos buscando. Venga pronto, hay un problema en el túnel 3". Le dijeron en tono ansioso. "Otro monstruo subterráneo". "Ya sabéis que yo nunca rechazo esa diversión, pero ahora estoy ocupado hablando con Marlene. ¿No podríais arreglaros sin mi?." Preguntó Barret. "Este monstruo no es como los otros, es mucho más fuerte, y grande y... véalo usted mismo, le intentamos reducir con picos y palas, pero... se ha llevado por delante Kissinger, y a Wick.". Le informaron. Dos hombres fuera de combate... Barret esperó que no les hubiera pasado nada peor. "¡Maldita sea, pues a qué estamos esperando o$#&@!¡Llevadme allí ahora mismo!. Y vosotros, cuidad de Marlene hasta que vuelva". Le dijo Barret a los mineros que estaban allí trabajando. "¡No se preocupe!". Le gritaron mientras se alejaba con la vagoneta. "¡Hasta luego papá!". Se despidió Marlene agitando la mano. Barret en la vagoneta, cargó la munición de su brazo rotatoria. Hacía un mes que no realizaba esa operación "Como en los viejos tiempos". Oyó a su hija. Sonrió. Su pequeña no se preocupaba por lo que le pudiera pasarle, ya que para ella él era indestructible, invencible, en una palabra, su padre. "Espero no defraudarla" pensó.