02.- Ronniekins y los 40 mortífagos


¿Alí Baba? ¿En serio? ¡Ya he escuchado esta montones de veces! ¿Por qué no les cambias al menos los nombres? —Dijo Apep, desde su cómodo cojín, haciendo reír a su dueño. Para un hombre a punto de morir, su humano parecía muy sereno. Quizás era por esa cosa que había hecho el djinn, Apep no lo sabía.

—Severus, ¿te importaría si cambio un poco la historia? Apep dice que le he contado muchas veces esta historia y que quiere que le cambie los nombres—.

—Yo también he escuchado esta historia. Sería algo nuevo escucharla con otras personas ¿A quién tienes en mente? —.

—Creo que el hijo de su consejero Weasley sería adecuado. Aunque está en la guardia real que nos trajo a mis padres y a mí, parecía querer estar en cualquier otro lugar y su cara es agradable—.

—Bien, entonces él será Alí Baba, ¿Y quién serían los ladrones? —.

—Uhmm, ¿Tendrías objeciones si uso a tu medio hermano y sus seguidores como los malos? —.

—En lo absoluto—.

—Bien, entonces: Erase una vez, un joven que criaba cabras en el desierto. Su nombre era Ronniekins…—.

—¿Ronniekins? Pensé que él joven que los trajo era Ronald, el hijo menor de Arthur—.

—¿En serio? Sus dos bufones reales lo llamaron así. Eso explica por qué se sonrojo cuando escuchamos ese nombre. No importa, Ron servirá. Bien, continuando, a Ron lo miraban mal sus congéneres por ser el primero en tener el cabello rojo en su comunidad, pero era listo como un djinn aunque nadie lo creyera, y esta es la historia de cómo el joven Ron consiguió vencer a una banda de mortífagos…—.

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Ron era un humilde criador de cabras y aunque era el primer criador de cabras de su región en tener el cabello rojo, no era el primero de su familia en tenerlo. Su madre, padre y todos sus hermanos tenían cabello rojo, como las llamas de las fogatas y desafortunadamente, eran muy pobres también.

Su pequeña hermana Ginevra estaba enferma de una enfermedad extraña y desconocida, los médicos decían que su tratamiento sería tan caro que no lo podrían pagar, así que su familia estaba desesperada por completo.

Ron estaba pastando su rebaño para engordarlo y venderlo, esperando juntar para, al menos, una de las medicinas de su hermana y así prolongar su vida un poco más. Iba tan ensimismado en sus pensamientos que no notó cuando una de sus cabras se salió del grupo y lo notó cuando ya estaban muy lejos del sendero principal.

El joven pelirrojo estaba muy enojado por esto. Una cabra menos era dinero menos para la medicina de su hermana, así que tuvo que amarrar al resto del rebaño y partir a buscarla… y perderse el almuerzo, así que eso no ayudó a su humor de perros.

Luego de una hora buscando a la cabra, Ron finalmente encontró sus rastros y corrió esperando que la cabra estuviera bien. Cuando llegó, encontró a la cabra masticando un arbusto en lo alto de un risco de piedra. Ron escaló el risco y tuvo por fin al alcance a la cabra perdida.

Pero los caminos de Alá son misteriosos y Ron se encontró con un espectáculo que sus ojos no debieron ver, o al menos, pensó eso en esos momentos. Mortífagos, muchos de ellos, cabalgando detrás de su líder, Tom Riddle, a quién llamaban por el nombre dado por uno de sus enemigos, Voldemort, el vuelo de la muerte. Porque cuando mataba, era como si la muerte llegara volando y arrancando la vida de los mortales.

Ron se escondió y puso sus manos en la cara del animal, cerrando la boca de la cabra para evitar ser detectados. Estaba seguro de que si Voldemort y sus mortífagos lo descubrían, sería su último día, así que contuvo sus ganas de gritar de pánico y procuro que él y la cabra hicieran el menor ruido posible.

Los hombres finalmente pararon frente a una cueva y Voldemort se acercó a la oscura piedra que parecía una puerta al infierno, de lo negra que era. —¡Ábrete Sésamo! —Gritó el assassin y la piedra se movió hacia un lado, revelando un interior dorado dentro de una cueva amplia.

Había montañas de oro, piedras preciosas y tesoros diversos. Fue cuando los mortífagos revelaron los bultos de sus camellos y añadieron más oro y joyas, seguramente producto de sus fechorías. Finalmente, luego de un rato, la comitiva volvió a subir a sus caballos y cerraron la entrada de la cueva con la contraseña contraria "¡Ciérrate Sésamo!".

Ron espero y espero, hasta que el ruido de la comitiva ceso y había pasado un rato desde que se escuchó algún sonido fuera de los insectos. Estaba empezando a anochecer, así que Ron partió por sus cabras y se aprendió el camino de regreso, decidiendo que el viejo adagio debía ser correcto para él en este caso: ladrón que roba a ladrón.

Él no iba a robar ese oro mal habido para darse una gran vida, sino solo para pagar las medicinas de su hermana, así que tomo valor y se acercó a la negra piedra gritando igual que el assassin—¡Ábrete Sésamo! —.

La piedra se abrió y reveló que lo visto a la distancia era apenas un poco de la riqueza real de aquellos ladrones y asesinos. La cueva era tan amplia que parecía llegar al mismo centro de la tierra y estaba repleta de joyas y tesoros del piso al techo. Había lámparas de aceite iluminando todo el interior que de tanto oro, refulgía con destellos dorados.

Ron tomó una bolsa abandonada en el piso y tomo suficiente oro como para pagar el tratamiento de su hermana. Cerro la bolsa y se alejó del lugar, gritando—¡Ciérrate Sésamo! —.

El joven era una sombra entre sombras cuando salió de la cueva llevando consigo el futuro de su hermana. Tomó su cabra, alcanzó a su rebaño y alumbrando el camino con una antorcha y la bolsa bien sujeta a su cadera, oculta entre la horda de animales que guiaba, regresó a su hogar.

Nada en su comportamiento delató algo extraño, pero al día siguiente, cuando llegó con un puñado de monedas de oro, su familia interrogó al joven sobre su procedencia.

—Me las dio un extraño hombre—Dijo Ron—Parecía ser un loco, pero vestía ricos ropajes de seda e hilo dorado, y me agarró del rostro, diciéndome que mis penas se irían y me dio este puñado de monedas. Luego se fue y desapareció de mi vista, pero conté las monedas y son suficientes para pagar el tratamiento de Ginny—Terminó Ron sonriendo y con lágrimas en los ojos.

Su familia no tenía motivos para sospechar nada de Ron, y su historia, aunque increíble, no era improbable, así que tomaron de buena gana las monedas y mandaron traer a los médicos quienes atendieron a la joven prontamente.

La joven tardo tres días en recuperarse, pero la lozanía volvió a su rostro. Su familia y amigos estaban tan felices por ella, que incluso Ron accedió a sacrificar una cabra de su rebaño para festejar el regreso de su hermana a la tierra de los vivos.

Los vecinos acudieron al festín y quiso el destino que la joven posara sus ojos en el hijo del rico mercader que vivía a unas calles de ellos. El joven solía caminar por las calles aledañas y su hermana, quién ya estaba en edad casadera, empezó a soltar pequeños suspiros cuando miraba en su dirección.

Ni su madre o padre, ni sus dos hermanos quienes solían hacerle la vida miserable con sus bromas (a él y a todo el vecindario), ni ninguno de sus hermanos mayores, observó a Ginny soltar la traicionera lagrima de dolor, sabiendo que el hijo de un rico, jamás posaría sus ojos en una mujer de tan baja clase social.

Podrían haber sido los djinn, o algún espíritu travieso del desierto, de esos que susurran a los oídos de los viajeros perdidos para que se alejen del camino que los salvaría de la muerte, nadie lo sabría, pero Ron tuvo una idea. Una idea muy peligrosa. Pero su hermana valía el riesgo.

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—Esta historia no se parece al Alí Baba que yo recuerdo—Dijo Severus, interrumpiendo el relato de su esposo.

—Claro que no, ¿Qué clase de artista errante sería si siguiera un guión escrito y seguido al pie de la letra por todos, cuando he escuchado miles de versiones de esta misma historia—.

—¿Miles de versiones? —.

—Sí, había un derviche que contaba una versión donde Alí Baba mato a los 40 ladrones con una espada encantada que había en la cueva y luego estaba este druida que contó que Alí Baba en realidad se llamaba McLaggen y que se había robado el tesoro de unos Leprechauns—.

—¿Qué son los Leprechauns? —Severus jamás había oído hablar de ellos.

—Unos duendes que según dicen, siempre llevan una olla de oro y que puedes encontrarla al final del arcoíris—Harry espero un par de minutos, observando a Severus reflexionar sobre algo—¿Quieres que continúe la historia, Severus? —.

—Sí, creo que si—.

—Bien, como iba diciendo…—.

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Ron fue hasta la casa de su mejor amiga en este mundo y la persona más inteligente que conocía, Hermione, la hija de la costurera, a la que él le vendía a veces el cuero de cabra para hacer chaquetas y gorros.

Hermione era, hasta hace unos años, una chica sin gracia y la que llamaban mandona los otros chicos, pero ella sabía que era mejor que todos. Estaba segura de que Alá le señalaría el camino, y así fue, aunque en ese momento, ella no lo sabía. Ron Weasley, tocó a su puerta.

—Hermione, necesito tu ayuda—.

Hermione escuchó al joven contar su historia, la cueva, Voldemort, sus mortífagos, Ginny recuperándose y luego, ver la cara de desolación de su pequeña hermana al saber que jamás estaría con el joven que hacía latir su corazón aceleradamente.

—¿Por qué no regresas a la cueva? —Dijo con sencillez Hermione.

—¿Y si Voldemort y sus secuaces se dan cuenta de la falta de oro? Esta vez no pasó nada porque me lleve apenas un puñado. Para nosotros es una fortuna, pero para ellos es apenas un par de monedas que no notarán si falta, pero si me llevo más de un puñado, sabrán que alguien sabe su secreto y Voldemort tiene espías por todos lados—.

Hermione pensó y pensó hasta que chasqueo los dedos con una solución.

—Regresa a la cueva Ron, pero no te lleves nada, revisa hasta dónde llega la cueva y luego busca una salida de ella. Cuando la encuentres, márcala y regresa al lugar llevando material para construir un pozo cerca de ella. Una vez terminado, regresa a la cueva y carga tanto oro como puedas y tíralo al pozo, excepto una parte que te llevarás a casa, habiéndola mojado de antemano—.

—¿Un pozo con oro? —.

—¿No lo ves Ron? Voldemort puede sospechar que te robaste su tesoro, pero no si cuentas una versión donde siguiendo a una de tus cabras, perdiste el rumbo y un djinn, un djinn de los buenos, te guio al pozo, buscando saciar tu sed del inclemente sol. Entonces viste que debajo del agua, había destellos dorados y el djinn no solo calmo tu sed, sino que te llevo a un tesoro—.

—¡Eso no tiene sentido! —.

—Exacto—.

—No te sigo—.

—Voldemort se preguntará como obtuviste el dinero, pero una vez que escuche tu versión, buscará el pozo, que tendrá un tesoro debajo. Naturalmente verá la cercanía del pozo a la cueva y pensara que sencillamente parte de su oro se deslizo de alguna manera más adentro de la tierra y el agua arrastró el oro hacia el pozo—.

—Pero destruirá el pozo—.

—Pero no podrá relacionarte con un robo a su cueva—.

Ron iba a decir algo, pero calló sabiamente. Su amiga era sencillamente mucho más inteligente que cualquier consejero del mismo sultán…

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Rayos naranjas iluminaron el recinto y los pájaros trinaron, indicando el inicio del día. Severus observó a Harry callándose y levantándose de la cama.

—Bueno, es hora de comer mi última comida esposo. Me gustaría que te unieras a mí en esta ocasión, como un favor personal—.

Harry se sentó sobre el cojín y empezó a servirse de las viandas traídas por las doncellas mientras Severus se sentaba al lado del joven. Por un lado, sabía que tenía que cumplir su misión personal de evitar el matrimonio y mandarle el mensaje claramente a su consejo, pero por el otro, este joven no había terminado su historia.

Además, el joven era una incógnita tras otra. Había recorrido todo el mundo con la caravana y había visto, oído y probado cosas con las que él solo podía soñar. Lo maravilloso que sería poder ver el mundo a través de sus ojos. Y el don de las lenguas… hace siglos que no había un mago verdadero pisando sus tierras…

Severus estaba tan ensimismado en sus pensamientos, que no notó cuando Harry se levantó y dejó a Apep en el alféizar de la ventana.

—Estoy listo, Severus. Solo te pido el favor de impedir que mis padres vean mi ejecución—.

—¿Y la historia? —.

—Supongo que algún día, podrías oírla de algún artista errante. No me preocuparía por eso, esposo, sabrás el final en su momento—Luego el joven le dedicó una hermosa sonrisa y el perdón con sus ojos. Harry estaba yendo hacia la puerta cuando una mano lo agarro del brazo.

—Supongo…—Empezó Severus, ahogando la voz que le gritaba que no se ablandara, que el joven lo traicionaría igual que su difunta esposa—Que unas horas no harán diferencia—.

—No, no lo harían, pero estoy cansado y la muerte suena muy tentadora en este momento en que lo que más deseo en el mundo es un colchón y almohada muy mullidos—.

Severus entonces soltó el brazo del joven—Entonces, yo como tú sultán y tu esposo, ordenó que se te otorgue un día más de vida. Duerme, descansa y come, tengo asuntos que atender hasta el fin de la tarde, pero podrás continuar la historia esta misma noche—.

—¿Podría ver a mis padres un momento? ¿Siguen en palacio? —.

—Si, a ambas preguntas—.

Con eso, el sultán salió de la habitación, dejando a Harry a solas, quién respiro por fin tranquilo. Seguía vivo por el momento.


—¡Hijo! —Gritaron sus padres al unísono, para seguidamente abrazarlo hasta casi asfixiarlo.

—¿Cómo es que sigues vivo? —Le dijo su padre mirándolo de arriba abajo.

—Me alegra verlos bien a ambos. No lo sé, sinceramente. Solo empecé a contar una historia para Apep, y le ofrecí al sultán contársela también, la mañana llegó y yo no había acabado la historia y decidió darme un día más de vida—.

—Como Scheherezade—Dijo su madre pensativa.

Lily Potter no hablaba mucho, esa era la materia de James. Ella era más observadora y analítica, habiendo aprendido la ciencia de las hierbas medicinales, y creando sus propias recetas. Era una de las "brujas" de la caravana, a la que acudían a sanarse los artistas y aquellos pobres que no tenían suficiente para comer, mucho menos para medicinas.

—¿Scheherezade? ¿La chica de Las Mil Y Una Noches? —.

Lily asintió—Escúchame bien, hijo mío. Scheherezade continuo viva no por las historias contadas al sultán. Cualquiera cuenta historias, pero solo un verdadero djinn de las palabras puede encantar una audiencia. Scheherezade encantaba con las palabras, mostrándole al sultán un misterio irresistible, mientras le mostraba el amor verdadero. La historia del sultán Snape y la historia de Schariar son bastante similares en cuanto a su primera esposa, pero el sultán Snape no lleva tantas esposas muertas, y no se desposa cada día como Schariar—.

James frunció el ceño, pensativo—Eso quiere decir que no quiere otra esposa, y no quiere matar en realidad, pero se ve obligado a hacerlo—.

—Un sultán tiene obligaciones, dar un heredero en una de ellas—Contestó Lily—Pero si tú, James, murieras, yo no podría casarme nuevamente, aunque fuera una sultana y fuera mi obligación—.

—Eso quiere decir que aún ama a su esposa fallecida ¿Cierto? —Preguntó Harry.

—Creo que es más lo que le paso a Schariar. Los guardias y las doncellas han estado hablado sobre su primera esposa, Bellatrix y dicen que si no fuera por la traición de la mujer, esas pobres chicas no hubieran sufrido ese destino—.

—Entonces Severus no confía en ninguna mujer—Dijo Harry y a ninguno de sus padres se les paso el uso del primer nombre del sultán.

—¿Severus? —Harry se sonrojo.

—Si iba a morir hoy, al menos podía llamarme por mi nombre, él solo ofreció lo mismo—.

Lily estaba pensando—Ya veo… Bueno hijo, continua lo que estabas haciendo, ¿O te gustaría que paseáramos por los jardines? —.

Harry sonrió a su madre—Creo que el paseo por los jardines sería agradable y me gustaría dormir un rato bajo un árbol—.


Los tres Potter estaban caminando por los excelsos jardines de palacio y buscando donde tomar una siesta. La vista de los jardines era magnífica y era posible verlos desde algunas habitaciones de palacio. Una de esas habitaciones, era donde el sultán estaba escuchando las minutas de su consejo.

Mientras escuchaba el incesante parloteo de Filch, Severus Snape miraba por la ventana y observaba a la familia abrazarse, reír y ser felices. De alguna manera, ver a Harry y su familia ser felices, lo hizo feliz… pero, aún quedaba el asunto del día siguiente.

Esa voz insidiosa que le instaba a matar, sonaba familiar de alguna forma, pero por Alá que Severus no sabía de quien podía ser.

El parloteo continuo y también la vista de una serpiente cobra real reptando hacia un árbol, donde debajo de él, estaba una familia muy inmóvil. Severus cambio ligeramente el ángulo donde estaba parado y observo que la familia estaba durmiendo debajo de un árbol de manzanas con la cobra acomodándose para dormir sobre la rama, justo encima de su amo.

—Veo que el joven sigue con vida—Dijo Filch, con apenas un toque de desprecio, habiéndose acercado a su señor para ver que lo tenía tan absorto—¿Ha decidido conservar al catamita, mi señor? —.

—En primer lugar, Filch—Dijo Severus con desprecio—Soy tu sultán, y mis decisiones son ordenes ¿Estamos claros? —Filch retrocedió pero asintió a su señor—En segundo lugar, el joven no es un catamita, ya que sigue tan puro como desde su nacimiento y así se quedará hasta que yo decida lo contrario. Si alguien se atreve a tocar uno solo de sus cabellos, su cabeza rodará y será expuesta sobre la muralla del reino—.

Severus salió de la habitación, dejando más de una mandíbula abierta y un par de discretas sonrisas en Arthur y Albus.

Albus vio una pequeña chispa de preocupación y cariño en esos ojos tan apagados apenas dos días antes. Arthur conocía mejor las emociones humanas, habiendo tenido tantos hijos, el sultán había conocido a una persona digna de su afecto, alguien muy diferente a la cazadora de oro que había sido Bellatrix.

Arthur identificó su tipo en cuanto la conoció, pero su sultán se había enamorado tan rápido y tan profundo, que aunque lo hubiera intentado, no habría sido escuchado por el sultán. Así, Bellatrix se convirtió en la sultana solo para conspirar en contra de su esposo, junto al asesino y ladrón de Riddle.

Lo que había hecho del noble apellido de la familia que lo acogió, Merope y Thomas debían estar revolcándose en sus tumbas viendo en lo que se había convertido su hijo.


Harry y sus padres durmieron casi todo el día, y solo el frescor de la tarde les indico que la noche estaba empezando a caer.

Los tres Potter se abrazaron y sus padres besaron la frente de Harry, dándole bendiciones y suerte en su camino hacia su destino. Lily y James habían tenido el mismo sueño mientras dormían abrazando a su hijo.

Un jardín tan perfecto como el Edén y su Harry con cuatro hermosos niños. Todos vestían con ropajes de alta alcurnia y Severus abrazaba a su joven esposo por detrás mientras besaba su cabello trenzado y adornado con perlas y zafiros en la punta. Su Harry sonreía y los niños se abalanzaban sobre su padre. Ni Lily ni James podían entender el sueño, ya que no había manera de que Harry tuviera hijos aunque el sultán decidiera conservarle con vida, a menos que…

Había una leyenda en su tierra, de un niño bendecido por las hadas con el don de dar vida en su interior, ya que tendría en sus manos un poder más allá de todo lo posible, algo tan grande que el mismo dios le daría bendiciones inimaginables, e incluso la reina Mab lo bendeciría con el don de hablar con los animales.

Según la leyenda, el niño podría hablar con cualquier bestia de la creación y podría ver los mundos de las hadas y los hombres por igual. Su Harry parecía poder comunicarse con su serpiente, pero no sabían si podía comunicarse con todo animal. Además, para ser el niño de la leyenda, tendría también que poder ver el mundo de los espíritus además del suyo.

Pero ese sueño parecía una premonición… Lily decidió confiar en su sueño y James siguió el ejemplo de su esposa, habiéndolo hablado mientras cenaban y rezando a sus dioses mientras su hijo se dirigía de vuelta a los aposentos de su esposo.


Severus y Harry cenaron antes de que Apep apareciera en la ventana y se deslizara hacia la cama, para finalmente acomodarse en el cojín de la noche anterior. Harry se acomodó en flor de loto mientras Severus se acostaba al lado del joven y ponía una almohada muy alta debajo de su cabeza.

Había dormido toda la tarde, así que estaba muy despierto y lucido, dispuesto a escuchar como acababa esta versión de Alí Baba, perdón, Ronniekins.

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Ron hizo lo que Hermione le indico y durante 30 días entro a la cueva en cuanto los mortífagos se iban, habiendo aprendido sus horarios en un par de días de vigilancia. Al quinto día encontró una salida de la cueva que daba hacia un pozo antiguo, lo que le evito la fatiga de hacerlo él mismo.

Al décimo día, Ron descubrió que había una pequeña grieta en el pozo, desde donde se veía algo de la cueva y sus tesoros, así que escarbo más el agujero y empujo más del tesoro hacia ese montón en particular.

De esa forma, parecería, tal como dijo Hermione, que el tesoro simplemente se había caído hacia el pozo por alguna grieta.

Empujo suficiente oro para comprar tres veces el reino y el pozo pronto tenía destellos dorados refulgiendo en sus paredes y el reflejo del agua. Eso fue en el día 30.

Al día siguiente, volvió al pozo, saco dos cubetas de oro, y las puso en alforjas atadas a un par de cabras de su rebaño y regreso a su hogar, contando la historia de cómo encontró un pozo lleno de oro, y como creía que Alá lo había guiado a él.

En apenas unos meses, y con todo ese oro, la familia Weasley paso de ser la más pobre a la más opulenta de su vecindario y ese hecho no pasó desapercibido para dos personas, el hijo del antiguo hombre más rico de su vecindario y un espía de Voldemort.

El espía informo a Voldemort sobre la riqueza súbita de la familia y como todos los hijos pusieron negocios con un oro "enviado por Alá mismo" al hijo varón más joven. Voldemort no creía en la historia del pozo "mágico" así que decidió investigar el mismo el hecho, y mando a sus mortífagos a buscar un pozo en los alrededores de su cueva.

El joven hijo del rico mercader, había estado enamorado de la joven Ginevra desde hace mucho tiempo y había pensado en pedirle que se fugase con él, ya que su padre jamás consentiría en un matrimonio con una joven por debajo de su clase, pero la fortuna súbita de la familia, le permitía al joven poder acercarse libremente a su amor, y eso hizo, llevando una propuesta de matrimonio a los padres de la joven.

Ginny estaba saltando de alegría cuando sus padres dijeron que sí, y sus hermanos solo amenazaron con desmembrarlo vivo si hacía infeliz a su pequeña hermana, lo que, tomando en cuenta que eran 6 hermanos sobreprotectores, era mucha piedad.

Un par de semanas después, casi a días de la boda de Ginevra, un mortífago volvió con Voldemort, informándole del pozo. Voldemort entonces, sabiendo de la boda de la hija más joven de la familia, decidió escarmentar al hijo varón más joven.

Nadie le robaba, incluso si el mismo joven no sabía que lo había hurtado.

Voldemort había ideado un plan que consistía en matar a la familia y sus invitados apenas durmieran en la fiesta antes de la boda, donde asistirían los futuros suegros de la joven. Una vez que matara a la familia, sellaría el pozo para que nadie más le robara su oro.

Había obtenido una carreta con tinajas de aceite vacías y metió a cada uno de sus mortífagos en ellas, cada tinaja un mortífago. Así, disfrazado como un hombre muy viejo, se hizo pasar por un vendedor de aceite, muy cansado de viajar y pidió algo de agua a lo sirvientes de la casa Weasley.

Alá de verdad amaba a esa familia, ya que Hermione estaba ayudando a Ginny con sus ropajes de compromiso y bajo por un segundo a la cocina para obtener algo de agua para la nerviosa novia y observo al "vendedor" tomando el agua ofrecida por el criado contratado hace poco por la familia Weasley.

La noche había terminado de caer y la carreta se había quedado ahí, ya que el vendedor le había pedido de favor a los criados, que le permitieran dejar ahí su carreta, ya que le temía a los ladrones y ese era todo el aceite que poseía para vender. Los criados se apiadaron del hombre y le ofrecieron el establo para que durmiera ya que no sabían si molestar o no a sus señores mientras festejaban el compromiso.

El "anciano" dijo que estaba bien, y agradeció la hospitalidad, y dejo la carreta frente a la cocina.

Hermione tenía un instinto excelente para detectar problemas y la carreta olía a eso, problemas. Así que en cuanto pudo, se acercó a la carreta, ya que estaba oscuro y con cuidado, deslizo una tapa apenas unos milímetros y escucho la voz de uno de los mortífagos, rumiando que estaba tieso y que tenía muchas ganas de cortar algunas gargantas.

La chica no necesito más pruebas y fue hasta el almacén "secreto" de los gemelos, ya que había observado el experimento que habían hecho hace poco con un polvo de un hechicero chino. Su madre les había jalado de las orejas por toda la callé antes de disculparse con los vecinos y ofrecer pagar los gastos por todo lo que habían dañado con sus "juegos", sus vástagos.

Hermione tomo dos pequeños barriles y los ato con cuidado y silencio en la carreta y empapo una larga tela en aceite para lámparas y le prendió fuego, quito la piedra que impedía que la carreta se moviera y la empujo rápidamente hacia una pendiente cercana.

La carreta estaba hasta el final de la calle cuando la tela llego por fin a las barricas de aquel polvo y estalló en miles de colores y llamas lamiendo hacia el cielo nocturno. La explosión sacudió un poco y varias personas salieron a ver qué había pasado.

Varios mortífagos corrían en llamas por los alrededores y eran ayudados por las buenas gentes del lugar, que en cuanto vieron quienes eran los heridos, procedieron a atarlos y alguien corrió hacia los guardias de palacio para que fueran por los mortífagos.

Era fácil identificarlos por la calavera tatuada en sus brazos que los exhibía como assassins al servicio de Voldemort.

El "anciano" desapareció en la oscuridad de la noche, sabiendo que sus mortífagos habían sido capturados y no entendía cómo podía haber estallado una carreta de esa forma, y apenas alcanzó a oír los gritos de la matriarca de la familia mientras dos de sus hijos, idénticos entre ellos, corrían clamando su inocencia.

La mujer dejó de gritar cuando se enteró que en cada vasija de aquella carreta, había un mortífago, cuarenta de ellos en total, ya habiendo sido llevados a la cárcel de palacio. Luego de eso, abrazo a sus hijos y beso a ambos en sus frentes, bendiciendo a su pequeño y maligno genio que por una vez, había obrado como la mano de Alá.

Hermione no pensó en reclamar la autoría y dejó que los gemelos vivieran su primer momento de gloria en vez de castigos de su madre, y el mismo sultán ofreció asistir a la boda de su hija para bendecir ese matrimonio como pago por haber librado sus tierras de la amenaza de cuarenta hombres del assassin Voldemort.

El día de la boda, y ya con la pareja en el festín, se presentó un anciano que vestía ropajes de un rico viajero de las tierras exploradas por Marco Polo, diciendo que era un mago de las arenas, y traía consigo algunas joyas para la joven pareja como obsequio. Las joyas fueron depositadas en una fuente y el anciano fue invitado a quedarse en el festín.

Hermione no le quitaba la vista de encima al extraño y observo el tatuaje de calavera cuando una de las criadas le ofreció vino. Debía pensar rápido, ya que no sabía si Voldemort venía a matar a Ron o al sultán. Con ese hombre nunca se sabía, así que se paró frente a la pareja y ofreció bailar para ellos en honor a su enlace.

Luego, le pidió al sultán su cimitarra enjoyada, prometiéndole por Alá que se la regresaría en cuanto terminara su baile. Su madre le había enseñado a bailar, tanto como le había enseñado a coser, así que era muy buena en su baile.

Las miradas la seguían, a ella y la cimitarra del sultán, no perdiéndose ni uno solo de sus pasos, sobre todo cuando empezó a dar giros cada vez más rápido, haciendo que su largo cabello se viera salvaje y entonces… una cabeza se separó de su cuerpo y tiño de rojo la hoja de la cimitarra.

La cabeza del anciano rodó hasta los pies de Hermione, quien la miró con desprecio. Los guardias del sultán rápidamente quisieron apresar a la joven, pero el sultán mismo lo impidió—¿Por qué hiciste eso? Habla mujer—.

—Mi señor, yo solo sé que he salvado una vida, no sé si sea la de su excelencia o la de mi mejor amigo, pero este hombre es Voldemort. Vi su tatuaje cuando una de las criadas le servía vino—Dijo Hermione, señalando con la cimitarra al hombre descabezado.

Los guardias entonces revisaron el brazo izquierdo del hombre y, efectivamente, encontraron el tatuaje de calavera, excepto que él de este hombre tenía una serpiente a manera de lengua saliendo de la descarnada boca. Voldemort había encontrado su fin a manos de una costurera.

El sultán ordenó que se llevaran el cadáver mientras Hermione se disculpaba por manchar su cimitarra al sultán, el regente la paró en seco—No te disculpes querida, has puesto fin al reino de terror de un assassin más maligno que un djinn. Me sentiría honrado si aceptas mi cimitarra como agradecimiento y mis bendiciones para cuando contraigas nupcias con el joven al que no dejas de ver de reojo—.

Hermione se sonrojo pero asintió tímidamente al sultán. El sultán se paró de su asiento, agradeció a la familia por su hospitalidad y antes de salir, le murmuró al joven Ron, solo para sus oídos—Yo que usted, joven, no dejaría ir a una jovencita como ella—Y partió rumbo a palacio.

Como era natural, Ron fue a la casa de la Hermione al día siguiente, pidiéndole a los padres de esta, que le permitieran desposarla.

Su boda fue fastuosa y con el tesoro de la cueva, se encargaron de ayudar a todo necesitado del reino y los reinos vecinos, convirtiendo a la región en una tierra rica y fértil, de la que hablarían durante siglos después de que ellos hubieran partido con el altísimo.

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—¿Sin más lo decapitó? ¿Una mujer? —Pregunto Severus a Harry.

—Sí, así sin más—.

—Pero ¿Cómo? Ella era una costurera, muy lista y todo, pero una cimitarra es difícil de manejar y más para decapitar—.

Harry rió—Es la misma pregunta que le hice a quién me contó esta versión, pero su respuesta fue excelente—.

—¿Y cuál fue esa respuesta? —.

—Su madre le enseñó a coser y bailar, pero su padre le enseñó como cortar otra cabeza de los hombres si intentaban profanarla—.

—Oh—Dijo Severus, incómodo de repente—Entiendo—.

—Una cabeza, es simplemente otra "cabeza" diferente a la que ella había aprendido a cortar—Dijo Harry sonriendo.

—Me gustaría ver un baile como el de Hermione. Excepto por lo de la decapitación—.

Los rayos del sol empezaban a iluminar la habitación y los pájaros trinaban—Es una lástima—Dijo Harry con un suspiro—Se bailar muy bien, Apep me enseño luego de que nos conocimos—Harry miró al vacío, lejano en sus pensamientos—Bueno mi señor, estoy listo para enfrentar mi destino—.

Severus pateó la voz que decía "córtale la cabeza y terminemos con esto" antes de decir—Supongo que no haría daño una noche más. Solo si prometes bailar para mí—.

Harry sonrió tímidamente—Sus deseos son ordenes, mi señor—.


Nota al margen: En el libro de Las Mil Y Una Noches, hay muchas menciones de Alá, el altísimo y otras palabras y nombres como Salomón. Así que si alguien es de religión musulmana, no intento hacer mal uso del nombre de Alá ni ninguno otro, sino que al ser un escrito de ficción inspirado en ese libro, es natural que entren esos nombres, así que espero no ofenderte, tu lector de esa religión. Esto también va para aquellos practicantes de alguna religión de la que haya echado mano en algún escrito pasado y futuro. No es mi intención ofender tus creencias y respeto profundamente la fe de cada persona, sea el islam, el judaísmo, budismo o incluso los jedis y pastafarios (si, el jedi es una religión).