El último informe que tenía pendiente para el día lo había terminado hace una hora. Pero ahí estaba, sentada en su escritorio con su mirada fija en el reloj en la pared. Faltaban cinco minutos para la hora del almuerzo. No tenía mucha hambre pero Jane la había invitado a almorzar en una pizzería que habían abierto cerca de la comisaria.
Se sentía un poco tonta y nerviosa. ¿Por qué estaba esperando a que diera la hora exacta cuando podría llevarle el informe a la morena? Eso haría.
Se levantó de la silla, con una de sus manos tomó la carpeta amarilla y con la otra se colocó su bolso por encima de su hombro. La subida en el elevador le pareció más lento de lo normal, quería que las puertas se abrieran y lo primero que sus ojos encontraran fuera la morena sentada en su escritorio.
Habían pasado tres días desde la "cita" aunque aún no estaba segura si así le podía llamar…pero prefería que así fuera. Se comenzaba a hacer ilusiones y ¡maldición! Lo sabía. Pero ya no había vuelta atrás, ¿Qué podría pasar? Podrían pasar tres cosas: la primera era permanecer callada, inmovilizada; seguiría siendo la amiga que hasta ahora había sido. O segunda opción; ilusionarse e ir mostrándole poco a poco sus verdaderos sentimientos a la morena. Y no era una decisión para tomar a la ligera. No. La mejor amistad que ha tenido toda su vida estaba en riesgo, era cuestión de analizar y pensar si podría vivir con un resultado negativo. Si podría aceptar que Jane la borrara de su vida…o el lado positivo…si la aceptara, y esa opción era una, oh, muy tentadora.
Había llegado el momento y el sonido de las puertas del elevador hizo que reaccionara dando un paso hacia delante, saliendo del cuadrado de metal que el momento actuaba como una burbuja de sueños e ilusiones. Su mirada se dirigió hacia el escritorio de la detective y sintió como sus rodillas se debilitaron. Sí, ahí estaba su amiga, pero no estaba sola, él estaba sentado en una silla al lado de su escritorio, moviendo sus brazos como si le estuviera contando una historia. La risa de la morena alcanzó sus oídos y sintió como se hacía pequeña, olvidada, echada a un lado.
La risa de Jane, provocada por él era agridulce; nada la hacía más feliz que verla sonreír…Pero quería ser ella la responsable de esas risas.
–¡Maura! –llamó Frost, alzando su mano saludándola.
La forense irguió su espalda y caminó hacia el detective. Sentía la mirada de la morena sobre ella pero no podía mirarla a los ojos, no en ese instante.
–Aquí está el informe de McKins.
Frost abrió la carpeta, echándole un vistazo.
–El calibre es .45, el mismo que fue encontrado en la escena del crimen
–La ex esposa de McKins tenía una Colt 1991 calibre .45. –Se levantó, poniéndose su chaqueta con rapidez–. ¡No sé qué haríamos sin ti, Maura! –Frost ojeó a Jane y a su otro compañero que no estaba haciendo nada productivo en el momento–. Korsak acompáñame a buscar a la ex esposa de McKins.
El hombre mayor levantó su mirada de los papeles que estaba leyendo y miró a las dos mujeres y el hombre vestido con ropa militar al lado de la detective. Se levantó aclarando la garganta. –Gracias Maura, por la info.
Los dos detectives caminaron con pasos apurados hacia el elevador.
–Dime que no fui el único que sintió eso allá atrás –preguntó Korsak una vez que estaban dentro del elevador.
–Si con "Eso" te refieres a lo raro que se sintió estar en el mismo espacio que esos tres, no, no fuiste el único, por desgracia.
–¿Crees que ha cambiado algo entre ellas? –preguntó el joven detective, esperanzado.
–No estoy muy seguro, pero algo estaba raro con la Dra, ¿no crees?
–La vi cuando salió del elevador –dijo, bajando su mirada, frunciendo el ceño en concentración–. Sonreía, pero cuando vio a Casey…pues ya esa parte la viste.
–Sí. Si algo no ha cambiado entre ellas dos, en la Dra. Isles algo lo ha hecho, definitivamente.
–Maura, es un gusto volver a verte –dijo el hombre antes de levantarse de la silla, extendiendo su mano hacia la forense.
Maura tomó su mano en un saludo, forzando una pequeña sonrisa.
–Jane me había comentado que regresarías al servicio por varios meses –dijo cautelosamente.
–Ese era el plan pero me han atrasado la fecha por un mes –el hombre sonrió con sinceridad y dirigió su mirada hacia la morena que estaba sentada inmóvil detrás de su escritorio, observando la interacción entre el militar y la forense–. Ahora tendré más tiempo para cortejar a la mejor detective de Boston.
La forense sintió como su cuerpo se encogió al escuchar esas palabras y sus labios formaron una fina línea.
–Jane se merece lo mejor –dijo en tono seco y volvió a forzar una sonrisa, mirando a Jane antes de continuar–. Me alegro por ti, Jane.
Jane no dijo nada. Sus miradas se encontraron en una conversación privada donde las palabras no eran necesarias. Pero era imposible saber qué era lo que realmente pensaba la detective.
Casey levantó la vista con las cejas y aclaró su garganta, intentando disipar el silencio que comenzaba a incomodarlo.
–¿Lista para ir a almorzar? –preguntó el militar, dirigiéndose a la morena.
Esta vez la forense no pudo detener el fruncido de sus cejas. Jane le había prometido que almorzarían juntas. No importaba que lo hicieran juntas casi todos los días. La iba llevar a la pizzería de la había estado hablando sin cesar por las últimas dos semanas.
–Maur, olvidé que había quedado con Casey hoy. Como se iba mañana, habíamos quedado hoy y lo había olvidado… –la expresión en el rostro de Maura la hicieron sentir culpable y miserable.
–Puedes venir con nosotros, Maura –dijo el militar. Una invitación tardía e indeseable que sería rechazada amablemente.
–Entiendo, Jane y gracias Casey pero habían planeado ésta cita y es mejor que vayan los dos– sonrió con una de sus mejores sonrisas antes de dirigirse hacia las escaleras; tenía que alejarse lo más rápido posible de ese lugar y no podría bajar en el elevador con ellos dos a su lado.
–¿Lista?
–Sí… –respondió sin pensar. ¿Cómo podía Maura cambiar de expresión de ese modo? Siempre la deja boquiabierta cuando se oculta detrás de una sonrisa, algo que ni siquiera es fácil para ella hacer. Y lo peor es que ella nota esos cambios, por muy pequeños que sean; cuando su sonrisa se decae por un microsegundo, cuando sus ojos pierden su brillo…Lo nota.
Su cuerpo se hundió en la comodidad del sofá de su oficina y sus brazos se desplomaron al lado de su cuerpo. ¿Qué estaba pensando? Jane no sentía lo mismo por ella. Casey había sido tema de conversación desde que había regresado y aun así su mente jugaba juegos con ella; mal interpretando las miradas de la morena.
Cerró los ojos con fuerza y sus pensamientos fueron remplazados por recuerdos de aquella noche que patinaron, cuando Jane la sostuvo en sus brazos y sus cuerpos estaban tan cerca que podía sentir su aliento sobre sus mejillas frías…cuando sintió sus labios sobre su piel.
–¡No, no, no! –susurró entre dientes, intentando deshacerse de los recuerdos. Era demasiado doloroso recordar. Ya no podía más, necesitaba su libertad, su alma. Y Jane, Jane sólo le ha dado silencio y ese silencio resonaba en su alma.
Tal vez le tenía miedo al miedo de saber que todo puede suceder.
Unos toques en la puerta hicieron que girara su cabeza hacia el sonido, entreabriendo sus ojos lentamente.
–Susie ahora no –intentó mantener un tono neutral.
Unos segundos pasaron y volvieron a tocar la puerta. ¡Qué impertinencia! No quería ver a nadie.
Con un suspiro se levantó, alisando su vestido y peinando su cabello con sus dedos.
–Susie te dij… –las palabras se ahogaron en su garganta y su mano sostuvo el marco de la puerta con fuerza–. ¿Qué haces aquí? –titubeó.
–Si no puedo llevarte a la pizzería, tenía que traerla a ti –murmuró, con una ligera sonrisa en sus labios, sosteniendo una caja de pizza en sus manos y una bolsa con bebidas.
–¿Me dejaras pasar? Se enfriará –dijo, haciendo una mueca de desaprobación.
Maura se hizo a un lado, siguiendo con su mirada a la detective.
–La mitad es pepperoni y la otra vegetariana –decía mientras abría la caja y sacaba de la bolsa una botella de agua para la forense y una soda para ella. –Maur, en serio, se va a enfriar y no será igual de bueno –dijo al notar que su amiga no se había movido de su lugar al lado de la puerta.
Con un leve asentimiento con su cabeza, la forense caminó hasta el sofá y se sentó al lado de Jane, aceptando unas servilletas y un trozo de pizza. Podía sentir la mirada de la mujer sobre ella mientras masticaba y levantó una de sus cejas, cuestionando su mirada.
–¿Qué? –preguntó una vez que tragó.
–Dilo –dijo con una sonrisita.
Maura no pudo detener la sonrisa formada por sus labios.
–Tenías razón, es la mejor pizza que he probado en Boston.
–¿Sólo en Boston? ¡Es la mejor pizza que he comido en mi vida! –aclaró, inflando las mejillas con satisfacción–. No le digas a mi madre –advirtió con un dedo acusador.
–Tu secreto está seguro –dijo en voz baja.
Los siguientes minutos traspasaron en silencio. Jane hizo varios comentarios sobre la nueva adquisición de la forense, una pintura. Estaba segura que siempre que bajara a la oficina de la forense, encontraría algo nuevo.
–Últimamente me das a probar las mejores cosas, no de Boston pero del mundo –sonrió, recordando el chocolate que había preparado Bertha.
–Y eso no es nada, aún tienes que probar lo mejor –embozó una gran sonrisa, lamiendo sus labios inconscientemente, degustando la soda.
–Jane –empezó en tono vacilante.
La morena terminó de beber su soda y la miró de reojo, esperando.
–Casey
Jane sabía que su presencia en la oficina de su amiga y no en su cita con el militar sería cuestionada por la forense. Pero una vez que cruzó la puerta de la morgue se olvidó sobre su almuerzo con el militar y, para ser sincera, de todo lo demás también.
–Quedamos para otro día, como se quedará por más tiempo –miró sus manos, haciendo una breve pausa–. Lo siento, Maur. Si hubiera recordado que había quedado con él te habría avisado antes.
–Ah. Es un buen hombre y parece querer una relación sería –esas palabras dolieron más de lo que podría admitir. ¿pero es lo que haría una amiga, cierto?
–¿Una relación? –Jane se mostró incrédula.
–¿No es eso lo que tienes con Casey, una relación? –preguntó en tono seco.
–¡No! –replicó apresuradamente y se giró hacia la forense, buscando su mirada para mirarla a los ojos–. Nunca lo vi de esa forma…al menos no por ahora –aclaró.
–¿Crees que lo podría ser? –¿por qué se estaba haciendo eso a ella misma? No quería saber la respuesta, no quería escucharla. Pero las palabras salieron de sus labios antes de pensarlo. Los segundos pasaron y sus ojos estaban fijos en los cambios del rostro de la morena. Lo estaba pensando. ¿eso es bueno, no? Una respuesta rápida hubiera sido mortal.
–No sé decirte –musitó sin que apenas las palabras llegaran a su garganta, apartando sus ojos de la forense.
Maura se levantó del sofá. Necesitaba colocar distancia entre las dos. Jane la siguió con su mirada.
–Maura
Maura se detuvo, acallando un suspiro al sentir la mano de la detective sostener su brazo, deteniendo su huida. Tenía que permanecer de espalda, no podría mirarla a los ojos; no quería que viera el dolor reflejado en ellos.
Escuchó como Jane se levantó del sofá, sosteniendo el otro brazo con su mano libre. El cuerpo de la forense se tambaleó al sentir que la morena reposó su frente sobre su hombro derecho. El movimiento inesperado sólo provocó que Jane la sostuviera, provocando que no quedara espacio entre sus cuerpos.
–No sé si me estaré equivocando…No quiero perderte.
Maura palideció, aturdida.
Las manos de Jane soltaron sus brazos pero antes de que pudiese extrañar su calidez sintió brazos rodear su cintura en un abrazo. Un suspiró escapó de los labios de la forense y cerró sus ojos con fuerza.
Jane tenía la reacción que necesitaba para poder continuar.
–Dame un poco de tiempo –susurró con su rostro escondido en la curva del cuello de la rubia.
Maura sintió como los brazos temblorosos a su alrededor la estrecharon con más fuerza.
Los segundos se sentían como minutos para la morena.
–Por favor… –nunca ha sido mujer de rogar, pero Maura no era cualquier cosa. Maura lo era todo. Y ella necesitaba tiempo, tiempo para aclarar su mente; para estar segura de lo que realmente quería y sentía. Muchas cosas estaban en riesgo y no era cuestión de lanzarse al vacío con los ojos cerrados.
Manos dejaron de temblar cuando sintieron delgados dedos sobre ellas. Los brazos de Maura que habían permanecido inmóviles al lado de su cuerpo se movieron con seguridad hasta cubrir las manos temblorosas de su amiga. Esa era su respuesta. Las emociones en su pecho se sentían como un volcán a punto de explotar, y no confiaba en su voz para responder con palabras. Jane no le estaba dando algo seguro, no le estaba prometiendo un final feliz; pero le ha dado una esperanza. Una esperanza real, no una broma ficticia de su mente brillante.
Jane suspiró aliviada, sin alejarse un centímetro de la otra mujer.
Se sentía demasiado bien para alejarse. El aroma de Maura era embriagante y su cuerpo junto a suyo encajaba a la perfección a pesar de las evidentes diferencias físicas entre ellas.
Pero inoportuno como siempre, el móvil de Jane interrumpió el momento.
–Deberías contestar –sugirió, después del tercer tono. Jane no tenía intención de moverse, mucho menos de contestar.
–Jane… –no quería separarse de la morena pero comenzó a irritarse cuando el móvil comenzó a sonar por segunda vez.
–Es mi madre –susurró con la insinuación que podía ignorarlo.
–Sé que es Ángela –reconocía el tono–. Y por lo mismo te pido que contestes, no dejará de llamarte.
–Está bien… –musitó, derrotada.
Maura se alejó una vez que Jane retiró sus brazos, sus rodillas se debilitaron y caminó hasta su escritorio, sentándose en su silla, observando la morena con ojos entrecerrados.
–¿Qué pasó, Ma?– contestó, mirando de reojo a Maura–. ¿Ahora? Estoy ocupada…Sí, con Maur. No, no creo que ella tenga tiempo para chismes, Ma– suspiró, frotando su frente con sus dedos–. Está bien, estaré allí en un minuto.
–Me alegro que te parezca gracioso lo que me hace mi madre –dijo en tono burlón al notar la sonrisa dibujada en los labios de su amiga.
–No me alegro, pero sí, tengo que admitir que me parece gracioso como oprime todos tus botones fácilmente.
Jane encogió sus hombros y comenzó a recoger la caja de la pizza y las bebidas vaciadas.
–Deja eso, yo lo recogeré.
–No
Maura frunció el ceño y Jane la miró embozando una sonrisa.
–Yo la traje y limpiaré antes de irme, mi madre puede esperar. Sólo quiere contarme algo sobre la oficial de narcóticos, al parecer es la mujer ideal para un Rizzoli.
La forense levantó una de sus cejas.
–¡No para mí! –explicó inmediatamente.
–No había pensado eso –comentó en tono inquietamente tranquilo. Aunque estaba sorprendida que Jane haya deducido que hubiera pensado que la oficial era para ella.
–Es Frankie, han salido en dos citas y mi madre piensa que ya se casarán– sintió la necesidad de expandir su aclaración previa.
Había terminado de recoger todo en una de las bolsas. Ahora estaba de pie, insegura de qué hacer o decir. Maura estaba con sus codos sobre el escritorio y su mentón apoyado sobre sus dedos entrelazados, observando cada movimiento de la morena como un animal observa a su presa.
–Tu madre no dudará en llamar si demoras un minuto más.
–Cla…claro –dio unos pasos hacia la puerta sin darle la espalda a la forense que ahora le sonreía–. ¿Nos vemos esta noche. Robber , 8:00PM?
–¿Es otra cita, Detective Rizzoli? –no pudo contenerse.
–Una copa. La cita no será en el Dirty Robber.
Maura parpadeó sorprendida. ¿Eso quería decir que sí habría una cita?
–Entonces nos vemos –asintió con un gesto mientras temblaba de pies a cabeza.
Jane salió de su oficina, cerrando la puerta. Una vez sola, se hundió en su silla riendo silenciosamente. ¿Estaba soñando? No. El recuerdo del cuerpo de la morena unido al suyo estaba engravado en su mente. Era real.
Ángela se encontraba comiendo su almuerzo en una de las mesas de la pequeña cafetería en la estación. Estaba sola pero había un vaso extra sobre la mesa.
–Hola, Ma ¿Estabas almorzando con alguien?
–Sí, Casey se acaba de ir
–¿Casey? –Jane frunció el ceño, pensativa. Casey había ido con ella a la pizzería y lo había visto marcharse en la dirección contraria–. Veo que te ha traído pizza.
–Y tú le cancelaste su cita –dijo sin rastros de reprocho en su tono.
Jane se sentó delante de su madre, estudiando su expresión cuidadosamente.
–Así es –se limitó al contestar–. ¿Para qué me llamaste, Ma?
–Quería saber si podías pasar por la casa en la noche, necesito hablar contigo.
–¿Y por qué no ahora? ¿Ha pasado algo? –preguntó, nerviosa.
–No, sólo prefiero hablar en un lugar más tranquilo…privado.
–Me estás asustando
–No es nada para asustarse –se rio y eso pareció relajar a su hija.
–¿Puede ser después de las 10? He quedado con Maura en el Dirty Robber.
Su madre se acercó un poco más a ella, mirándola de una forma que la incomodó, haciendo que se moviera en su asiento.
–He hablado con Bertha, ella me ha llamado a mí. Me dijo que conoció a Maura.
Jane sintió su cuerpo tensarse y tragó en seco.
–La llevé después de ir a patinar…
–Le ha agradado mucho, eso me alegra mucho.
–¿Sí? –preguntó sorprendida.
–¿Por qué te sorprende? Maura es de la familia, claro que me alegra.
–Ma…Acaso…¿Lo que quieres hablar…se trata de Maura?
Su madre la miró sorprendida y luego sonrió, asintiendo levemente.
–¿Cuánto te queda de tiempo?
–Veinte minutos, ¿por?
–Ven conmigo. Si quieres tranquilo y privado hablaremos en una de las salas de interrogación –no podía esperar más. En ese momento sentía que tenía el valor parar escuchar lo que su madre tenía que decirle, de lo cual no tenía ni la más mínima idea sobre qué sería y dos, ella podría contarle un poco sobre el caos que había en su cabeza…y cruzar los dedos para que su madre lo aceptara.
–Éste lugar no me gusta nada, me siento como una criminal –se quejó, moviéndose en la silla, incómoda.
–Pero no lo eres, Ma– la detective se sentó del otro lado de la mesa y cruzó sus brazos, mirando a su madre.
¿Quién hablaría primero?
–Más que hablar…quiero confesarte algo y preguntarte otra.
Jane asintió. –Empieza por la confesión.
Su madre inhaló con fuerza y soltó las palabras sin pensarlo dos veces.
"Las vi cuando llegaron aquella noche, en la entrada de la casa de Maura"
Las palabras se repetían una y otra vez en la mente de la detective. Recordaba esa noche como si hubiese sido hace tres minutos. Recordaba el beso que le había dado en la mejilla a su amiga. Oh Dios.
Su mirada reflejaba un pánico que hizo que Ángela se estremeciera y sostuviera las manos de su hija entre las de ellas. Jane miró sus manos, confundida.
–No es lo que piensas… –dijo una vez que logró articular las palabras.
–¿Y qué es lo que pienso, Janie? –hacía mucho tiempo que no la llamaba de esa forma. –¿Qué estás enamorada de tu mejor amiga?
–Ma, eso…
–Antes de negármelo, piénsalo. Porque podrás negármelo a mí, ¿pero por cuánto tiempo podrás negártelo a ti misma? –Ángela sentía las manos de su hija temblar entre las suyas antes de perder el contacto.
Jane se levantó de su silla y empezó a caminar de un lado a otro.
–No entiendes
–¿Cómo puedo entender si no has dicho nada…–dijo en un tono tranquilo.
–¿Cuál es la pregunta? –preguntó su hija, intentando con eso cambiar el tema de la conversación. Pensaba que estaba preparada para hablarlo pero en esos momentos no se sentía preparada para nada.
–La pregunta es esa, ¿Estás enamorada de Maura?
Su hija la miró incrédula.
–No sé…Sí…Creo que sí –apoyó su espalda en la pared, llevando sus manos a su cabeza, cerrando los ojos con fuerza–. ¿Por qué es tan difícil? –se dijo a sí misma.
–¿Por qué cancelaste la cita con Casey, hoy?
–¿Qué tiene que ver Casey con esto? –preguntó
–Piensa y contesta –su madre se levantó de su silla y se acercó a ella con una expresión de comprensión
–Quería estar con Maura –contestó quedando boquiabierta, sorprendida con su respuesta. No lo había pensado. Las palabras simplemente se escaparon de sus labios.
–No soy detective, hija. Pero dejaste plantado al hombre del cual estabas enamorada por un largo tiempo para estar con tu amiga –hizo una breve pausa, esperando que su hija llenara los espacios en blanco.
–¿Desde cuándo?
–No sé…Pero a mí no me sorprende –antes que la morena pudiera contestar, fue tomada por sorpresa por un fuerte abrazo de su madre.
Su madre estaba siendo muy comprensible. Jane sentía que un gran peso había desaparecido de sus hombros. La aceptación de su madre era algo muy importante para ella y era, aunque fuera en su subconsciente, una de las cosas que la detenían a tomar un paso hacia delante. La inseguridad era el peor sentir del mundo, y últimamente, esa inseguridad la estaba comiendo por dentro lentamente.
–Ma… –susurró, separándose de su madre–. ¿Tú estás bien con eso? Si Maura y yo– tenía que comprobar que su madre la aceptaba.
–Ya te dije, Maura es de la familia. Sabía que terminarías viéndolo tarde o temprano– contestó con una sonrisa.
–¿A qué te refieres con verlo tarde o temprano? Ma. Yo puedo estar enamorada de Maura pero no creo que ella se sienta de la misma forma…
Ángela suspiró, dándose un golpe con la palma de la mano en su frente.
–Eres una de las mejores detectives pero a veces –hizo un gesto de desesperación con sus brazos–. ¡Eres tan ciega! ¿Acaso no has notado cómo te mira? ¿Todo lo que hace por ti?
Los labios de la morena se entreabrieron lentamente, recordando las palabras que Maura le había dicho en su oficina. La reacción que tuvo cuando le había pedido tiempo. ¡Por Dios! ¿Cómo pudo haber estado tan ciega? Pero tenía una explicación y una muy fácil. El miedo la había cegado. Era más fácil pensar que era imposible que Maura respondiera a sus sentimientos. Era más fácil vivir bajo esa mentira que arriesgarlo y perderlo todo.
–Tienes razón…he estado cegada todo este tiempo…
–¡Pues abre bien los ojos y ve por tu chica!
La expresión de su madre hizo que se sonrojara.
–Hay algo que tengo que aclarar primero– dijo con una expresión de determinación.
–¿Y qué es eso? –preguntó su madre, mirándola con curiosidad.
–Casey, tengo que dejar las cosas claras con él.
–Eso me parece justo…
–Gracias, Ma –dijo, guiando a su madre a la salida de la sala de interrogación.
–Soy tu madre, tengo que abrirte los ojos cuando estás así de ciega.
La morena sonrió y se giró, sorprendiéndose al ver la figura de Maura caminando hacia el elevador que estaba justo al lado del salón del que ellas habían emergido.
–Maura, espero que estés teniendo un buen día –dijo la mujer mayor, embozando una gran sonrisa.
–Gracias Ángela, espero lo mismo para usted. Hola, Jane –su expresión cambió por completo cuando saludo a la morena que se quejó al sentir un codazo de parte de su madre.
–No estoy tan ciega –sostuvo su costado con su mano. No podía creerlo.
–Por si algo
–¿Todo bien? –preguntó Maura confundida, mirando las dos mujeres.
–No le hagas caso –se adelantó a decir la detective.
–Aja, no me hagas caso a mí, Maur. ¡Yo siempre tengo la razón! –decía mientras se marchaba, adentrándose en el elevador, guiñándole a su hija antes que las puertas se cerraran–. Hasta luego, Maura.
–¿Tú madre se encuentra bien? Estaba actuando un poco rara –preguntó Maura, preocupada.
–¿Cuándo no actúa raro?
–Jane…–dijo en tono serio pero su sonrisa la delató.
–¿Y eso? –preguntó la detective, mirando los papeles que sostenía la forense en una de sus manos.
–Unos resultados que tenía pendiente, ya se los entregué a Frost.
Jane miró a sus alrededores, asegurándose que nadie podría escuchar lo que estaba a punto de decir.
–Pensaba que habías subido a verme –susurró, fingiendo un tono dolido.
Para su sorpresa, las mejillas de la forense se enrojaron y bajó su mirada. ¿Acaso había subido por eso?
–Los resultados no tenía que entregarlos hasta mañana –confesó.
–Te podría abrazar en estos momentos –las palabras tomaron por sorpresa a las dos mujeres. Esas palabras no estaban supuestas a salir en voz alta. Pero Maura era tan adorable que era demasiado. Las puertas del elevador se volvieron a abrir y Maura tomó un paso hacia atrás, entrando en él.
–¿Qué te detiene? –las palabras fueron dichas en un susurro que, por un instante, Jane pensó que había sido un juego de su mente. Pero la expresión de su amiga le confirmó que sí, que esas palabras habían sido dichas.
Las puertas del elevador comenzaban a cerrarse y Maura desaparecía de su vista.
Maura se apoyó en una de las paredes del elevador, decepcionada. Las puertas se cerraban y Jane no reaccionaba. La morena no lo pensó dos veces, si lo hubiera pensado no hubiera hecho lo que hizo. Su mano detuvo las puertas cuando estaban por unirse y se abrieron una vez más, mostrando a una Maura boquiabierta. Jane entró en el cuadro de metal, situándose delante de la rubia, mirándola a los ojos.
–Jan…–su nombre murió en su garganta cuando sintió su cuerpo ser abrazado con fuerza contra el de la detective.
La puerta se había cerrado y el ruido provocado por las hojas al caer de las manos de la forense no fue registrado por ninguna de las dos. La morena simplemente sintió brazos rodear su cuello con fuerza.
