Perdón, perdón perdón, mil veces me disculpo por la demora. Un parcial y algunos asuntos sin resolver me mantuvieron lejos de internet durante un tiempo y no tuve la voluntad de conectarme a subir este cápitulo. Cortó con las excusas y los dejo con la última parte de esta historia. Muchísimas gracias a todos los que comentaron y a quienes vienen leyendo desde el principio. Me hicieron muy feliz. Sin más, espero les guste.


Impulsos

III.Línea

Dos semanas. Hacía dos semanas.

¿Pero en qué planeta había vivido en esas dos semanas? ¿Cómo no lo había visto?

Gilbert no podía dejar de maldecirse a sí mismo. Lo peor era que por más golpes que le diera a Francis, la culpa seguiría siendo suya. Tal vez fue por eso que se detuvo, mientras el francés lo observaba en pie, como esperando el siguiente golpe. Eso lo llenaba de ira, porque el muy bastardo ni siquiera había intentado defenderse. La mesera los miraba, asustada de que por primera vez una de sus discusiones hubiese pasado a mayores. Antonio, más serio que nunca, pasaba sus ojos de uno a otro, esperando y decidido a no intervenir. Al parecer, el español también acababa de enterarse, pero no se había sorprendido tanto como él. En el fondo, ambos sabían que Francis tenía una opinión particular sobre la traición, y así como un día te clavaba un puñal por la espalda, al otro te convidaba con su mejor vino. Así era su amigo y así era su amistad. El problema era decidir donde estaba el límite.

A pesar de todo, una parte de su cerebro no llegaba a comprender porque Francis se lo había contado. Se lo había soltado, así de la nada en plena cara. Ni siquiera esperó a que estuviera tan borracho como para no atinar bien los golpes.

Al principio, no le creyó. Luego pensó que era una broma. Después empezó a recordar ciertas ausencias de Ludwig, momentos en que se iba quién sabe a donde. Y como Francis insistía e insistía, empezó a creerle. Algo parecido a enojo surgió entonces, pero aún le parecía una locura ¿Ludwig, en serio? ¿Su hermano Ludwig?

La ira asesina tal vez no se habría desbordado de no ser por ese maldito comentario. No necesitaba saber que él y su hermano ponían la misma sonrisa al llegar al orgasmo.

Casi parecía que quería provocarlo. Maldito Francis. Maldito Ludwig por venir a meterse justamente en esa cama. Y maldito él, por ser tan idiota para no verlo.

De acuerdo, sí, tampoco era tan idiota. Sí lo había notado en Francis. Era algo que había aprendido a ver en su mirada, en sus excusas y en sus actitudes. Siempre se notaba cuando tenía un amante nuevo. Y durante esas dos semanas él y Antonio habían jugado a apostar quién podía ser. No habrían adivinado ni en un millón de años.

Ludwig. Contra todo lo esperado, contra todo el perfil típico de amante de Francis, contra el inexistente perfil de amantes de Ludwig, contra lo que diría cualquiera con sólo verlos, contra las reglas mínimas de funcionamiento del universo, contra todo: Ludwig. No, ni en mil millones de años.

Y él, muy tranquilo en su casa, viéndolo todos los días, hablando con él a cada rato, y con la verdad prácticamente bailándole desnuda enfrente. No lo vio. No se dio cuenta. No fue tan listo como para deducir que si su hermano volvía a las 4 de la mañana no era porque había salido a dar un paseo, ni era una nueva rutina de gimnasia, y mucho menos porque fuera a encontrarse con Feliciano o Kiku. Sino que, simplemente, regresaba de tener una sesión de sexo duro con Francis Bonefoy.


— ¿Por qué no esperaste un par de cervezas más?

La pregunta burlona de Antonio le demostró que su amigo encontraba la situación muy divertida. Claro, a él no lo habían golpeado, y si en vez de Ludwig hubiera sido Lovino, seguramente otra sería su cara. De todas formas, Francis no sabía que contestarle. Era extraño para él experimentar ese tipo de culpa. Había hecho muchas cosas malas en el pasado, había mentido y ocultado, había engañado y fingido, y había entrado y salido de trampa tantas otras veces, que la culpa lo tomó desprevenido esta vez. Ni siquiera era la primera vez que escondía una relación a sus amigos. Pero con todo, no pudo continuar. Esa tarde mientras brindaban con la primera ronda de bebidas, la culpa lo había hecho palidecer. No era un Pepé Grillo o un angelito hablándole al oído, más bien era un alfiler, finísimo y agudo, clavado en su nuca durante dos semanas. Para la culpa en general, el mejor lugar era el fondo del armario y pensar que, con pecado o sin pecado, el sufrimiento viene igual, así que mejor disfrutar lo que llegue sin ponerle peros.

Esta vez, sin embargo, no encontró forma de sacarse el alfiler incisivo, salvo claro en sus citas con Ludwig.

Lo hizo a propósito. Supuso que Gil no iba a creerle, y cada palabra que dijo, estaba pensada para sacarlo de sus casillas. No pensó tener que llegar tan lejos como para mencionar lo de las sonrisas. No era una mentira, había notado el parecido desde la primera vez. En todo caso, no era algo para decir al hermano de un amante, salvo claro está que él mismo lo pregunte.

Cada golpe recibido aflojó una parte de la culpa, y aun hubiera preferido uno más, si Gilbert no se hubiera ido hecho una furia. Después arreglaría las cosas con él, sólo esperaba que no intentara alguna venganza. Por ahora debía pedirle a Antonio que no apoyara el hielo con tanta fuerza y enviarle un mensaje inmediatamente a Ludwig. Un súper combo, por abrir la boca una vez, tendría a dos alemanes queriendo matarlo.


Venganza fue el primer pensamiento casi coherente que tuvo Gilbert después de cansarse de golpear al francés. El primero en quien pensó fue Arthur, pero recordó que Alfred, el japonés e incluso Antonio habían tenido algo con él y a Francis parecía ya no molestarle. Después pensó en el mismo Antonio, pero seguro que el español terminaría invitando a Francis de todas formas. Pensó hasta en los hermanos italianos, pero claro que seguramente había otras personas que se enojarían más que Francis si lo intentaba. Recorrió mentalmente todos los nombres del colegio y toda su lista de amantes. Ya estaba por insultarlo por enésima vez en el día, por su maldita promiscuidad, cuando halló a la persona que necesitaba.

Era perfecto, y habría logrado una sublime venganza, si Mathew no fuera tan bueno e inocente. Porque esa la palabra para definir al hermanito adoptivo de Francis, bueno. No entendía como alguien podía ser así después de pasar tanto tiempo con Francis. No tuvo el corazón para utilizarlo como instrumento de venganza. Terminó en una heladería mientras el canadiense escuchaba sus problemas comprensivamente. Nunca, jamás, le había pasado algo así con nadie. Pero tenía que admitirlo, el chico daba buenos consejos. Supo entonces con quien en realidad tenía que hablar primero.

Y ahí estaban. Uno frente a otro, rojo frente a azul.


Recordaba muchas conversaciones incomodas con su hermano. Desde las típicas "¿Ya te explicaron qué es el sexo?" y "¿Qué son estas revistas escondidas en tu habitación?", hasta algunas especialmente extrañas como "¿Con qué ensuciaste tu pantalón?". Y si la que estaba viviendo en ese momento no se llevaba el primer premio, era sólo porque su pantalón se había ensuciado con saliva de Feliciano.

Ludwig supo qué hacer desde el momento en que recibió el mensaje: asesinar a Francis. Ese era el primer paso. Lo que le preocupaba era que hacer después. No, esconder el cadáver no sería un problema. Gilbert lo era. Conocía a su hermano, sabía que iba a enloquecer, primero. Después se calmaría y querría vengarse. Eso lo mantendría ocupado un tiempo hasta que volviera a calmarse. Y entonces querría hablar con él. Esa era la parte que quería evitar y la razón por la que asesinaría a Francis.

Pero Gilbert superó todas sus expectativas. No sólo llego antes de lo planeado y con un helado a medio comer, sino que además su conversación giro en temas inesperados. Pensó que le preguntaría el qué, cómo, el cuándo y el dónde. En lugar de eso, apenas atravesó la puerta, lo mandó a sentar y empezó a contarle cosas.

Cosas sobre él y sobre Francis. Cosas que habían hecho, anécdotas de varias salidas con sus amigos, en bares, en la misma escuela, en el departamento que él también conocía. Y una extensa lista de los amantes de Francis. "Al menos, los que yo conozco" fue la aclaración de Gil. Debía admitir que, aunque conocía a la mayoría, hubo varios nombres que lo sorprendieron.

Al fin, Gilbert terminó su discurso como si hubiese probado sin dudas su punto.

— ¿Me entendiste? Él no es de confianza.

Y entonces, Ludwig comprendió que su hermano simplemente estaba preocupado.

— Gracias por avisarme, pero ya lo sé.

— No, no te das cuenta. — Gil pareció desesperarse — Francis no sabe lo que es la fidelidad, no duda en clavarte un puñal por la espalda, cree que todo se soluciona con sexo y un poco de vino, y nunca, jamás, sentirá la clase de sentimientos que siente una persona normal en una relación. ¿Sabes porqué? Porque sufre de una promiscuidad crónica.

Era demasiado extraño escuchar a Gilbert hablar de eso con tanta seriedad.

— Sí, lo sé hermano, lo entiendo. — trató de hablarle de la forma más segura posible para así dejarle las cosas claras. — Sé en que me estoy metiendo, lo supe desde que decidí meterme.

Puso énfasis en que había sido su decisión, y en que desde el principio supo que esperar y que no esperar de Francis. Pero comprendía su preocupación. A él mismo por momentos se le desdibujaba la línea que separaba una relación casual de una real. Por suerte, para Francis esa línea era indeleble, fosforescente, con doble señalización de luces y alarmas, y hasta brillaba en la oscuridad. Hasta que el francés no decidiera de buena gana si quería o no cruzar la raya, él no la cruzaría.

Tal vez, Gilbert captó el mensaje porque se calmó en parte.

— ¿Estás seguro?

— Sí.

— Entonces has lo que quieras. — suspiró aliviado, esa conversación no había sido peor que la de la mancha en los pantalones, aunque no debía relajarse tan pronto — ¿Y cuándo ibas a decírmelo?

— Nunca.

La respuesta fue muy directa y Gilbert lo molestó con eso durante un rato. Al fin lo dejó en paz, sin preguntarle otra cosa.

— ¿Eso es todo? ¿No vas a preguntarme nada más?

— No, no hace falta. Si se trata de Francis sé que se están cuidando, el idiota no deja hilos sueltos. — y mientras su hermano subía las escaleras pudo vislumbrar su perversa sonrisa. — Y para lo demás, se lo preguntaré a él. Cuenta esas cosas con mucho más detalle.

No supo si lo decía en serio o no, pero presintió que tendría más razones para matar a Francis en el futuro.


Matarlo. Ludwig de verdad quería matarlo. Y Francis se dividía entre padecer y disfrutar. En todo caso, hacer enojar a Ludwig era bastante productivo.

El alemán estaba en ese momento frente al espejo, intentando ordenar su cabello.

— Déjalo. — le dijo desde la cama. — No sirve de nada si ahora te voy a despeinar otra vez.

Sabía que Ludwig no se marcharía aun. Ya había aprendido a detectar cuando estaba satisfecho, y claramente, esa noche Ludwig iría por más. Como respondiendo a sus palabras, Francis lo vio avanzar en la penumbra de la habitación.

— ¿Culpa? — le preguntó junto a la cama

— Sí, eso creo.

Esa noche Ludwig le había preguntado "¿Porqué se lo dijiste?", cayendo de sorpresa otra vez en su departamento. Su respuesta inmediata fue: "Culpa". Y esas eran las únicas palabras que cruzaron en lo que iba de la noche.

— Gilbert me advirtió sobre ti.

No se sorprendió, a pesar de que la frase lo hacía quedar como el malo de la novela.

— ¡Oh, no! ¿Qué horribles cosas sobre mí te reveló?

— Me dijo que no eras de confianza.

— Tiene razón.

— Que eres terriblemente infiel y traicionero.

— Lo soy.

— Que no valoras tus relaciones.

— ¡Eso es mentira! Valoro a todos y cada uno de mis amantes.

— Que sufres de promiscuidad crónica.

— Cierto, aunque no la llamaría crónica.

— Y que eres un cobarde que huye de los problemas.

— Eso lo inventaste. Le he probado a Gilbert que puedo ser valiente, cuando me conviene, claro.

El alemán pareció dar por finalizada la charla, inclinándose sobre su cuerpo y besándolo despacio. Francis se preparó para el segundo asalto, pero Ludwig cortó el beso de golpe, para hablarle con voz firme.

— No confió en ti en general, pero sé cuando sí confiar.

La boca de Ludwig se torció apenas, así que Francis dedujo que debía estar felicitándose mentalmente por segunda vez en la noche. Su cara de sorpresa debía ser muy obvia. La recompuso como pudo.

— Entonces ¿confiaras en mí como amante?

— Sí.

— ¿Y en la escuela?

— Para nada.

— ¿Y si me encierran en prisión por un crimen que no cometí?

— Me aseguraría de que tiraran la llave a un foso, porque sin duda sí lo habrías cometido.

Nuevamente los labios volvieron a encontrarse, esta vez con más violencia. Cada uno, intentando tomar el control, disfrutando y dejando disfrutar. Unas manos grandes y aun inexpertas presionando la espalda y la cintura. Un par de manos tersas y habilidosas desordenando cabellos y deslizándose por la ingle. Gemidos fuertes y masculinos y un colchón que volvía a temblar. Si Francis volvía a presionar así, Ludwig no aguantaría. Si Ludwig gemía de nuevo, Francis se vendría antes de tiempo. Y más fricción, y más contacto, hasta llegar al punto máximo, con gemidos guturales y profundos.

Sólo sexo, en fin. Eso era todo lo que pasaba en esa cama. Por el momento.

Fin


Y hasta aquí llegamos. ¿No quedó muy mediocre? Es que quiera o no quiera lo meloso siempre se me escapa de alguna manera. En todo caso, espero que a ustedes los haya dejado satisfechos.

Tenía que incluir a Gil, no sólo porque lo adoro, sino porque además es uno de los hilos indirectos que terminan por conectar a estos dos. para ser sincera, cuando pensé en continuar el fic, lo primero que se me vino a la cabeza fue la escena en la que Gil se enteraba. Lo sé, soy malvada. También fue divertido planear la venganza de Gil y terminé cayendo en que la mejor venganza debe ser sin duda tocarle aunque sea un pelo a Mathew.

En fin, miles de gracias a todos los que leyeron hasta el final y espero que lo hayan disfrutado. Comentarios, frases favoritas, críticas y sugerencias son siempre bienvenidas. Gracias por leer y hasta pronto.

Florceleste