Me habría gustado que alguien me hubiese salvado de las zarpas de Akashi en aquel momento.
Corrijo: lo habría dado todo, incluso mi colección de figuras de Suzumiya Haruhi, por la llegada de un salvador que se hubiese comido el marrón por mí.
En serio, Akashi estaba desmadrado. Lo único bueno era que por fin, después de semanas de tortura, los tres cabezas de chorlito se dieron cuenta de que Akashi estaba como un cencerro y que la situación no podía seguir así. A ellos especialmente les interesaba que el capitán recuperase un mínimo de cordura, porque de lo contrario les depararía un año más soportando abrazos y besos tan gratuitos como los discursos ñoños con los que nos estaba martirizando.
Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.
Era la hora del almuerzo y, como cualquiera que me conozca un poco sabe ya, yo estaba de lo más tranquilo en la azotea. El cielo estaba un poco nublado, apenas había viento y no podría decirse que hiciese frío. Perfecto.
Perfecto hasta que llegó el niño piruleta. Se había acostumbrado a traerme su comida preparada "con todo el amor del mundo" y como se emperró tanto en que tenía que comérmela sí o sí, acabé diciéndole a mi madre que dejase de prepararme el almuerzo. Ella se pensó que me había echado una novia encantadora que me traía la comidita y se acurrucaba a mi vera, pero nada más lejos de la realidad. Akashi ni era una chica ni era adorable.
Lo curioso de aquel día en concreto fue que Akashi llegó llorando. Quise posar la vista de nuevo sobre mi novela, que estaba ya en el punto álgido de la historia, pero las lágrimas de mi capitán eran demasiado distractoras y, ¿por qué no?, perturbadoras.
Además, solo estaba llorando por un ojo. Y no era el rosa.
—Eh, Akashi…
No sé si soné apenado o no, pero Akashi, que estaba quieto y con la cabeza gacha, secándose las lágrimas con la manga de la chaqueta, se me quedó mirando por un momento y se lanzó a mis brazos. Se me clavó la novela en el estómago y no me sorprendería que se hubiesen doblado varias páginas. Espero al menos que no se les haya impregnado el olor del perfume dulzón de Akashi.
Se abrazó a mí como un bebé koala a su madre y yo le di golpecitos en la espalda. Hasta ahí llegaba mi empatía.
Siguió sollozando pegado a mí. Me empecé a sentir un poco incómodo, tanto por la posición en la que estábamos como por el hecho de que Akashi Seijuurou estaba moqueando y llorando. ¿Dónde había quedado aquel emperador calculador que nos erizaba el vello con la mirada?
Cuando se tranquilizó un poco, le pregunté qué le había pasado. Su respuesta me pareció un tanto desconcertante.
—Invité a mis estimados amigos a disfrutar de un fin de semana en mi finca, donde estrecharíamos nuestros ya de por sí sólidos vínculos afectivos y podríamos comer bocadillos personalizados —Akashi enterró su cara en mi pecho y me llenó la camisa de mocos. Mi sueño se había hecho realidad, vamos. Estaba decidido a pedirle que me definiera eso de "bocadillo personalizado", pero él continuó—. Pese a mis buenas intenciones, todos y cada uno de ellos rechazaron mi propuesta.
Mira, y yo que pensaba que los niños de la factoría Teikou salían todos con un tornillo de menos.
—¿Y eso?
—Daiki-kun y Satsuki-chan se escaparon de mí en cuanto me vieron… Daiki-kun hasta calumnió a mi persona al llamarme "loco de los huevos"—Akashi se dio media vuelta y se hizo un hueco entre mis piernas. Me cogió de la mano, yo se la solté y él la volvió a agarrar con más fuerza—. Shintarou-kun me lanzó su objeto de la suerte a la cabeza cuando quise abrazarlo, Tetsuya-kun desapareció de repente y el amigo de Atsushi-kun, Himuro-san, le prohibió venir porque tenía que estudiar.
—Ya veo. Oye, ¿y no falta uno?
—Sí, Ryouta-kun… Fue el que mejor me recibió, hasta aceptó mi abrazo de buen grado. Sin embargo, arguyó que tenía un compromiso con su mánager. Quise cerciorarme de que mi buen amigo contase con los mejores términos para su futuro contrato, pero su mánager me aseguró que Ryouta-kun y él no tenían prevista ninguna cita.
—Vaya.
¿Qué le iba a decir? Yo habría dicho lo mismo en su situación.
Fue entonces, en pleno arrebato de bondad desmesurada, cuando cometí la mayor estupidez de mi vida.
—¿Y no tienes más amigos aparte de esos?
Akashi me observó con sus ojos grandes y expresivos, que se iluminaron de pronto, como si estuviese ante un genio que concede deseos.
—Ciertamente, podría invitar a mis fieles compañeros de equipo. Pero no quiero que parezca que sois platos de segunda mesa.
—Hayama, Mibuchi y Nebuya estarán encantados —no pude evitar sonreír un poco.
Con maldad.
—Chihiro-san, ¿acaso insinúas que tú no vendrás? —me acarició el pelo, su mano bajando por mi mandíbula, hasta tocarme los labios con el pulgar.
Habría sido una situación bastante erótica de no ser porque el que me estaba toqueteando era Akashi.
—Soy de tercero. Tengo que estudiar.
Lo cual era cierto, todo sea dicho de paso. Y en el hipotético caso de que tuviera tiempo libre, tened todos por seguro que no lo malgastaría con el gominolas y sus esbirros.
—Entonces no tiene sentido organizar una fiesta. Quiero que estemos todos, el equipo al completo. Sin ti no sería lo mismo.
¿En qué quedamos, niño? Si al principio iba a organizar la fiesta para su horda de amigos panolis.
Cambiando de tema, le agradecería que dejase de meterme mano. Se lo pedí muy educadamente ("Akashi, quita de encima") y por una vez me escuchó. Aún tenía los ojos rojos de tanto llorar, pero con todo encontró fuerzas para sonreírme. Me estaba empezando a acostumbrar a esa sonrisa, y eso me daba miedo. Seguía descontento con esta versión de Akashi, aunque tampoco es que echase de menos a la anterior.
Me habría gustado chasquear los dedos y ver cómo Akashi, tanto el del presente como el del pasado, se convertían en los recuerdos vagos de un sueño —o pesadilla— que acaba de terminar. ¡Que alguien me despertase ya!
—Querría besarte la mejilla, Chihiro-san, pero temo que eso iría en contra de tus deseos.
—Me conoces bien.
La última vez que me empachó a besuqueos por toda la cara escupí en el suelo y él por poco se echó a llorar. Mibuchi me echó el sermón del siglo porque era un envidioso y se moría de ganas de que Akashi le comiese los labios a él.
Akashi o cualquiera, la verdad.
Por la tarde, me quedé en casa estudiando Matemáticas e ignoré el entrenamiento de baloncesto. Si hubiese ido, me habría enterado de que Akashi no había desistido en su plan de congregarnos a todos en su finca, por no mencionar que también me habría ahorrado una visita inesperada a las nueve de la noche.
—¡Chihiro, tienes visita! —voceó mi madre desde el pasillo. Yo estaba en mi habitación, viendo vídeos en Nico Nico Douga.
—¿Quién? —pregunté extrañado.
—Un amiguito tuyo muy simpático —dijo con un tono más suave. Agudicé un poco el oído y llegué a escuchar el resto de la conversación—. Entra, ¿sí? Chihiro está arriba, en su habitación. La primera puerta a la izquierda.
Ya me lo había imaginado, pero aun así me quedé boquiabierto al ver cómo Akashi Seijuurou entraba en mi habitación con una sonrisa impecable.
—¿Cómo sabes dónde vivo?
—Lo sé todo.
—Salvo el concepto de privacidad, supongo.
Se sentó en mi cama y me miró con un aire divertido que contrastaba con la imagen taciturna que tenía yo del Akashi de siempre. Se me revolvió el estómago.
—Mi invitación sigue en pie —me dijo él, estirando el pie.
¿Acababa de hacer un chiste? Era lo peor que escuchaba desde que el tipo aquel del Seirin le soltó una estupidez a Hayama en medio del partido.
La diferencia era que Hayama sí que habría sucumbido a aquel intento vergonzoso de humor, mientras que yo gruñí con desdén.
—Ya te he dicho que tengo que estudiar.
—Estás malgastando el tiempo en Internet, Chihiro-san. No hay un obstáculo real que te impida acudir a la reunión.
Salvo que no me salía de los mismísimos, vaya.
Incluso en su etapa de caramelo, Akashi a veces lograba parecer severo y autoritario. Me hizo creer que no todo estaba perdido.
Se quedó contemplando mi habitación, que salvo por un par de figuras y mi colección de novelas ligeras en la estantería, era de lo más común para un chico de mi edad. Claro que él se había criado rodeado de oro y plata, así que esto para él era una novedad. ¿Nunca había estado en la casa de una familia de clase media-alta?
Antes de que pudiese cantarle las cuarenta a Akashi, mi madre irrumpió en mi cuarto y le dijo que podía quedarse a dormir, que total "había un futon libre" y que no eran horas de que un estudiante fuese solo por las calles. Sí, mamá, todos los secuestradores de Japón estaban impacientes por hacerse con el primogénito inestable de los Akashi. Gracias por salvarle la vida.
—Agradezco de corazón su hospitalidad, Mayuzumi-san. Espero no ocasionar ninguna molestia.
Ya la has ocasionado, Akashi. Créeme.
—¡Ay, Chihiro, nunca me dijiste que tenías un amigo tan lindo y modosito!
En realidad sí, teniendo en cuenta que le expliqué que mis almuerzos no los preparaba una chica. Pero comprendí que no debía decirle que ese chico que estaba sentado en el borde de mi cama, sonriéndome con amor, era mi pseudo-novia. No quería que mi madre se pensase cosas raras. Aunque conociéndola, no me causaría ninguna conmoción verla encariñándose con Akashi y tratándolo como a un yerno.
Una vez mi madre se evaporó con mis esperanzas de una noche tranquila, fulminé a Akashi con la mirada, me puse los cascos y seguí a lo mío.
Él, en vez de sentir un poco de vergüenza por ser tan descarado, se acercó a mí, envolvió mi cuello con sus brazos y restregó su nariz contra mi nuca.
No sé si alguien se ha dado cuenta ya, pero Akashi llevaba una temporada intentando llevarme al huerto. Era repugnante y por muchas veces que se lo dijera, él seguía erre que erre.
—Chihiro-san, quiero dormir contigo… —me ronroneó al oído.
Sí, hizo el mismo sonido de un gato. Toda mi lascivia adolescente —seamos francos, era escasa— abandonó mi cuerpo y encontró cobijo en el de Akashi, cada vez más insistente y pegajoso.
—Mira, están mis padres abajo —dije sin pensar— y ni siquiera quiero hacerlo contigo.
—No digas sandeces. Mi deseo no es practicar el coito contigo en estos momentos, sino soñar abrazado a ti.
No quería "practicar el coito" conmigo, genial. Ya estaba mucho más tranquilo.
No.
Ignoraré adrede todo lo que sucedió aquella noche —que nadie malpiense, no sucedió nada— y pasaré directamente a la mañana siguiente, es decir, el sábado.
Akashi me despertó con un ataque de cosquillas y risitas tontas y yo, medio dormido y sin entrar en razón, puede que le haya dado una patada. No me acuerdo bien.
Saltaré también lo sucedido en lo que quedó de mañana —ducha, Akashi espiándome mientras me vestía, desayuno, mi madre haciéndole la pelota a "mi amiguito"— e iré directamente al grano: por la tarde Akashi me arrastró consigo a su mansión, más grande que mi casa y la de mis dos vecinos juntas, y esperamos a que llegasen los otros tres.
La mansión ya estaba preparada para la dichosa fiesta. Había comida para alimentar al instituto Rakuzan por completo, una salvajada de globos que había que evitar a toda costa y un cartel hecho por el propio Akashi en el que se leía "¡GRACIAS POR VUESTRA AMISTAD!".
Qué divertido iba a ser todo con solo cinco personas, varias de las cuales se llevaban como el perro y el gato.
¿A quién pretendo engañar? Nebuya, Mibuchi y Hayama se llevaban genial, aunque a veces discutiesen o se chinchasen los unos a los otros. El problema lo tenían conmigo.
—Espero que nuestros bienqueridos amigos lleguen pronto —dijo Akashi recolocando unos sándwiches en una mesa inmensa—. ¡No quepo en mí de júbilo!
Se puso a silbar una canción y sentí una punzada en el cuerpo, como si me acabasen de atestar una puñalada trapera en un momento crítico. Akashi no estaba, sino que era una persona feliz en su pequeño mundo de peluches y purpurina y yo, aun así, lo miraba con odio y nostalgia al mismo tiempo.
Pese a todo, no pude evitar sentir que mis hombros se relajaron cuando Akashi y su ojo rosa me sonrieron con dulzura.
