Los personajes de Mizuki e Irigashi no me pertenecen.
Esta historia ha sido escrita y publicada sin fin de Lucro
"Horóscopos para veintiún días"
Por Candy Fann
Capítulo 3
Día 3 – Cuando crees que nada puede empeorar, a menudo descubres que todo podría ser peor.
Después de hacer el amor durante una noche entera, Archie despertó cansado, bostezando perezosamente como comenzó a preparar una nota mental de todas las tareas que tenía que completar ese día. Había un par de conferencias a través de Skype en las cuales tenía que presidir como gerente de financias del corporativo Ardley, algunos contratos que verificar y quizá, con un poco de suerte, si terminaba por la tarde tendría la oportunidad de escabullirse con su esposa para una cena romántica en el pequeño restaurante italiano que recién habían inaugurado en el pueblo.
Estirándose nuevamente como un gato, casi ronroneó su satisfacción al sentir el trasero desnudo de esposa acariciando la piel descubierta de su muslo.
El joven sintió su miembro rígido, súbitamente hambriento, ansioso de reavivar la pasión que había compartido con ella la noche anterior. Cuidadosamente, puso un brazo alrededor de su esposa, tirando de ella por la cintura para que sus cuerpos encajaran mejor.
Al notar que ella seguía sin moverse, Archie comenzó a empujar sus caderas suavemente contra ese trasero que lo llevaba al borde de locura, permitiendo que su miembro acariciase la suave piel aterciopelada de sus nalgas mientras una mano se alzaba hasta descansar sobre la cúpula de un pecho firme y cálido. Sus labios besaron el cuello desnudo que se extendía seductoramente ante sus ojos como una ofrenda, y sin poder evitarlo, susurró su deseo a su esposa.
"Buenos días, mi esposa libidinosa," saludó suavemente, jugando con uno de sus pezones hasta que este se irguió erecto, un delicioso montículo del más seductor color rosa.
Annie bostezó perezosa, detectando un creciente hormigueo familiar en ese valle entre sus piernas. "Pensé que después de anoche, hubieras tenido suficiente, señor Cornwell. ¿No estás cansado?"
La chica sintió una suave carcajada contra su cuello, y un suave mordisco que envió una corriente de placer hasta su vientre. "¿Cansado? ¿De ti? ¡Nunca!," susurró seductoramente, frotando su miembro erecto contra ella un poco más. "¿Acaso te atreves a dudar de mi resistencia? ¿Quieres ponerme a prueba, señora Cornwell?"
Annie sonrió complacida, y estaba a punto de darse vuelta para abrazar a su marido cuando su cuerpo se congeló de golpe.
A prueba.
Prueba.
¡La prueba!
"¡Dios santo!" chilló abriendo los ojos de par en par y empujando a su marido con una patada lejos de ella para correr hacia el baño.
Archie se deslizó de la cama, cayendo al suelo con un golpe resonante.
"¡Mierda, Annie!" gimió al aterrizar sobre su trasero. "¿Se puede saber qué demonios hice para mereces eso? ¿Estás bien?"
Al no recibir respuesta alguna a su pregunta, confundido, Archie se levantó, caminando hacia la puerta del cuarto de baño ya cerrada.
Girando el picaporte, encontró que estaba cerrada con llave. "¿Annie? ¿Quieres explicarme qué demonios está pasando?"
Llamó a la puerta repetidamente, tratando de no reflejar con su voz el desconcierto bullendo en su interior. "¿Qué pasa? ¿Estás bien?"
"Archie … sólo espera un segundo," pidió Annie desde el otro lado de la puerta cerrada. "Yo… yo … tengo que hablar contigo, mi amor. Pero por favor, sólo dame un momento en privado."
Archie resopló frustrado, caminando nuevamente hacia la cama. Encontró sus pantalones de pijama tirados en el suelo, estremeciéndose ligeramente cuando su erección accidentalmente quedó atrapada por la banda elástica alrededor de la cintura al ponérselos. "¡Diablos!" farfulló entre dientes, irritado por la reacción tan peculiar de su esposa a una simple caricia matutina.
Acomodando sus 'joyas', el joven reconoció que la paciencia jamás había sido su mejor virtud. Claro, viviendo con Annie y conociendo a su 'dulce' hermana, el pobre había tenido que aprender a cultivar la paciencia de un monje en cuestión de meses y no décadas.
Como Candy, a pesar de su apacible semblante, Annie tenía un carácter terriblemente endemoniado que podía desencadenar en el momento propicio si la presionaba demasiado por una explicación o si cuestionaba su comportamiento, que a menudo era muy extraño. Su querida esposa creía en cosas tontas como horóscopos, cartas del tarot, fantasmas... cosas que generalmente ningún ser humano con un ápice de lógica en el cerebro consideraría como una 'ciencia cierta'.
La mayor parte del tiempo, sus creencias le divertían y escuchaba sus supuestas 'predicciones' de buen humor. Pero otras veces, su esposa se negaba a salir de la casa si su horóscopo aconsejaba en contra de eso, o retrasaba ciertas decisiones si 'la luna' no estaba en la posición más propicia.
Y ahí era cuando ambos chocaban…
Notando que su erección finalmente había desaparecido, se dirigió hacia el armario. Eligiendo una camiseta sencilla, se sentó al borde de la cama a espera a su esposa. Tamborileó impaciente los dedos sobre su muslo por unos minutos, parando un momento para revisar su teléfono móvil que descansaba sobre la mesa de noche, solo para volver a enfocar su atención en la puerta de baño aun firmemente cerrada.
"¡Esto es estúpido!" se dijo a sí mismo, poniéndose de pie y caminando con paso firme hacia la puerta. Alargando su mano, estaba a punto de alcanzar el mango cuando la puerta se abrió de repente, y se encontró cara a cara con su esposa vistiendo una bata blanca y con lágrimas en los ojos.
"¿Annie? ¿Qué sucede?" preguntó, notando por primera vez lo que ella sostenía en una mano.
Su cuerpo se congeló al distinguir claramente lo que era ese objeto.
Una prueba de embarazo casera.
"Mierda… Annie," dijo en un ronco susurro. "Por favor …. Ay, Dios mío. ¡Apenas me estaba acostumbrando a las gemelas! Por favor dime que no estamos esperando un bebé otra vez…"
La cara de Annie inmediatamente se convirtió en una máscara de furia contenida. "¿Es eso todo en lo que puedes pensar, Archivald Cornwell? ¿'Apenas me estaba acostumbrando a las gemelas'? ¿Y yo qué, idiota? ¿A mí no me puedes preguntar si estoy bien o cómo me podría adaptar a una situación como esta nuevamente?"
Archie la miró como si le hubiera salido otra cabeza. "¡Que me jodan, Annie! ¿Cómo es que debo reaccionar?" respondió desesperado, recorriendo los dedos por su cabello y luego colgando sus manos, fastidiado, a ambos lados de su cuerpo. "Aquí me tienes, recuperándome de una gran noche de sexo sin oír a las gemelas gritando a todo pulmón como música de fondo, ¿y ahora esperas que mantenga la calma ante la perspectiva de una adición más a nuestra familia tan pronto? Oh mierda... ¿y qué pasa si tenemos gemelos otra vez?"
Annie entornó los ojos exasperada, un gesto familiar que compartía con su hermana sin proponérselo. "La posibilidad de que eso suceda es muy remota," refunfuño la chica entre dientes, cruzando los brazos sobre su pecho.
"¿Acaso ya consultaste tus cartas? ¡No me vengas con 'hechos' sacados directamente de un horóscopo!" gimió Archie, dirigiéndose nuevamente al armario a toda prisa. "Vístete, Annie. Iremos a visitar al Doctor Cooper en Chicago inmediatamente. Necesito estar satisfecho de que solo tendremos que lidiar con un bebé y no dos."
"No iremos a ninguna parte, Archie, así que contrólate."
Desesperadamente tratando de encontrar un par de vaqueros, el joven se volteó con la velocidad de un rayo a encarar a su mujer. "¿Me pides control cuando nuestras vidas están a punto de cambiar irrevocablemente para siempre, otra vez? ¡No! Esta vez no puedo permitir que te quedes aquí como si nada mientras consultas hojas de té. ¡Vamos al médico y ya!"
"No estoy embarazada, imbécil," le dijo con calma, lanzando la prueba de embarazo al rostro de su esposo. El palillo blanco de plástico rebotó en la frente de Archie y luego cayó al suelo, donde el joven boquiabierto vio el resultado negativo con una mezcla de incredulidad y alivio reflejada en su semblante.
"Estaba llorando de felicidad," admitió la joven sacando su móvil del bolsillo de su albornoz. "Y para tu información, leí mi horóscopo mientras esperaba a que la prueba terminara y no dice nada acerca bebés."
Las piernas de Archie se tambalearon y, por un momento, su esposa pensó que estaba a punto de desmallarse por el gesto descompuesto en su rostro. Sentándose en el suelo para no caerse, Archie miró perplejo el teléfono que Annie le extendía.
'Capricornio - Es probable que te enteres de una situación que te pondrá de malas pues todo eso que te negabas a creer sobre cierta persona resultará cierto y te va doler. Persona de piel blanca causará conflicto en tu familia. Cuida mucho tu parte emocional y no permitas que ya nadie te lastime. Pon atención a tus sueños pues te revelarán una gran verdad que está por suceder.' – Nana Calistar
La joven le dio una sonrisa triunfante. "¿Ves? Lo comencé a leer cuando murió tu tía, ya que no sabía cómo iba a enfrentar lo del funeral y a reunir toda la familia de nuevo y, hasta el momento, todas las predicciones de esta dama han tenido un nivel de exactitud remarcable. Ahora, de lo único que tengo que preocuparme es de Albert y el conflicto que su presencia causará en la familia."
"No estas embarazada," susurró aun confuso, tratando de asimilar lo que acababa de suceder. "¡Gracias, Dios mío misericordioso por tener piedad de nosotros!" Archie tardó un par de segundos más en captar completamente todo lo que su esposa había dicho. "Espera un momento, Annie ¿qué has dicho acerca Albert?"
Annie le quitó el teléfono de las manos con un gesto circunspecto. "Vamos, Archie, ¿acaso me vas a decir que no notaste el aspecto de Albert durante la cena? ¡Estaba a punto de atravesar a tu hermano con el cuchillo de la mantequilla! Y todo porque Stear se atrevió a preguntarle cómo le había ido en Chicago. Albert parece listo a pelearse con cualquiera."
"¿Y?" refutó Archie, lentamente poniéndose de pie. "Mi hermano y Albert tienen una relación extraña, eso es todo. Stear… bueno, digamos que es tan mojigato que a veces me sorprende que se hubiese casado ya que tiene más pinta de sacerdote que de empresario. Tal vez no le vendría mal aprender a propinar un par de 'ganchos', o por lo menos esquivarlos."
"No seas terrible, Archie," rió Annie, dándole un codazo juguetón a su marido en las costillas. "Él y Patricia tienen hijos, así que por lo menos han hecho ALGO todos estos años."
"¡Ja! Yo tuve DOS al mismo tiempo. Soy mucho más varonil que mi hermano."
Enarcando una ceja, la chica miró a su esposo con una expresión divertida. "¿Tu, tuviste dos? Me gustaría ver la foto de tu embarazo, Archie. Tal como lo recuerdo, apenas pudiste mantenerte de pie en la sala de partos."
Carraspeando incomodo, se acercó a su mujer, rodeándole la cintura suavemente con los brazos y deshaciendo el nudo cerrando el albornoz. "Bueno, dejemos de hablar bebés y embarazos. ¿Crees que Candy se unirá a nosotros esta noche para la cena? Sé que le resulta un tanto incómodo compartir la mesa con Albert y el resto de la familia, pero tampoco puede quedarse en su recámara todo el tiempo."
"Hablaré con ella esta noche," prometió Annie esbozando una sonrisa furtiva mientras sentía las manos de su esposo recorriendo su espalda desnuda. "Ambos prometieron comportarse como adultos estas semanas así que no anticipo muchos problemas. La verdad es que creo que mi hermana todavía siente algo por él, y descubrir eso después de tanto tiempo le ha resultado un tanto desconcertante."
"¿Tú crees?" sus labios se posaron suavemente sobre la boca de su esposa, acariciando el borde de los labios color rosa lentamente con los suyos. "La verdad es que, si ese es el caso, no me sorprendería. Los hombres de la estirpe Ardley realmente somos inolvidables."
"Además de ser un imbécil eres un engreído de remate," susurró Annie contra su aliento, acariciando la lengua de su esposo eróticamente.
Archie se aferró con más fuerza a la cintura de su mujer, levantándola del suelo y logrando que ella rodeada sus caderas con las piernas. "Pero soy TU imbécil engreído, ¿no?"
Annie abrió la boca para protestar, sin embrago el beso apasionado de su marido rápidamente acalló sus reparos por una gloriosa hora más…
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Tauro - tienes muchas oportunidades de consolidar nuevos romances, pero te gusta encariñarte con la piedra. Días de mucha reflexión, no temas a decir lo que sientes si a alguien no le gusta o parece será tu problema, a veces te guardas muchas cosas y después te comportas como una bomba de tiempo la cual revienta cuando menos lo esperas y dañas a personas que ni la debían ni la temían. – Nana Calistar
Intentando ignorar los latidos de su corazón repicando en sus oídos, Candy caminó nerviosamente hacia la pequeña cabaña de huéspedes donde el hombre inquietando sus sueños probablemente aun estaría acostado en la cama, durmiendo. Obviamente la ausencia del joven rubio a la hora del desayuno familiar no era nada fuera de lo normal, y lo que Albert hacía para su sustento había dejado de ser su preocupación años atrás.
Sin embargo, a través de otra improbable serie de eventos, la joven se veía obligada a pedir la ayuda de su exnovio, algo que detestaba y que no haría salvo en circunstancias extenuantes.
Y, maldita fuera su suerte, la situación en la mansión esa mañana era increíblemente extenuante.
Annie, aliviada por el resultado de su prueba, ahora estaba en 'modo de combate', afanosamente planificando cada detalle del funeral de la ex matriarca Ardley con precisión militar. Esa mañana su hermana estaría ocupada todo el día hablando con el director de la compañía funeraria, examinando un par de capillas para evaluar su idoneidad para el tipo de ceremonia que estaba planeando.
Claro, Candy había estado más que dispuesta a tolerar de buen humor la agonía de acompañar a su hermana en todas sus encomiendas, pero su ayuda fue requerida más urgentemente por la otra pareja Cornwell después del desayuno.
Patricia estuvo vomitando toda la noche y gran parte de la mañana, algo que normalmente no alarmaría a Candy, pero, en este caso, después de oír la razón por tal violento malestar, le sugirió a Stear que la llevara a ver a un doctor inmediatamente.
Entre violentas arcadas, Patty le confesó a Candy que estaba embarazada. Habían estado tratando de tener otro bebé desde el año anterior, e iban a anunciar sus buenas noticias durante el almuerzo el día de Acción de gracias. Cuando las cosas no salieron como esperaban, la pareja decidió guardar la noticia del embarazo como un secreto hasta Navidad, cuando, si tenían suerte, la tía Elroy supuestamente estaría de mejor humor para recibir las buenas nuevas.
Pero ahora la bruja estaba muerta y el matrimonio Cornwell tenía que afrontar la noticia de un nuevo embarazo en medio de todos los preparativos para el funeral y los cambios en el corporativo Ardley. Siendo así, la única persona disponible para cuidar a los niños Cornwell mientras sus padres iban a ver al doctor era Candy, y ella no tenía idea de cómo mantenerlos ocupados.
Patrick era un niño serio, al igual que su padre. A los seis años de edad, ya estaba leyendo libros sobre arquitectura, su pasión. Su juguete favorito en la mansión de Lakewood era un enorme antiguo juego de bloques tallados de madera y pintados con las fachadas de grandes edificios históricos. El chiquillo podía pasar días enteros construyendo una réplica del Taj Mahal, el Palacio de Buckingham o el Palacio Imperial de China.
El pequeño Andrew o Drew, por otra parte, habían heredado el mismo aire travieso y caprichoso que la abuela de Patty, Martha, había tenido. Drew era un mono de tres años vestido como un niño. Su madre constantemente tenía que buscarlo alrededor de la casa, o en el jardín, donde trepaba cualquier árbol para esconderse de su preocupada madre. Su picardía sólo era eclipsada por su belleza, ya que había heredado el pelo oscuro de su padre y los penetrantes ojos azules de su tío Archie mientras su hermano mayor era una réplica exacta de Patricia.
Por lo tanto, con niños tan diferentes, la única cosa que se le ocurrió a Candy para divertirlos a ambos fue organizar una visita al museo local y al parque de juegos contiguo, algo que excitaría a Patrick y, con un poco de suerte, cansaría a Drew. El único problema consistía en que, por supuesto, no tenía licencia y no había conducido un vehículo desde su accidente, un trauma que aún tenía que superar.
Y por eso es que necesitaba a Albert.
No había nadie más en la casa que los podría llevar a ella y a los chicos al pueblo, ya que mientras Archie trataba de presidir sus reuniones, era imperativo que un bullicioso mono de tres años estuviera fuera de casa.
Temblando como una hoja, pudo oír el sonido de música flotando por el aire tan pronto como llegó a la puerta. Encontrándola sin llave, llamó a Albert un par de veces, pero el volumen de la música ahogó sus palabras.
Caminó por la sala mientras Mick Jagger cantaba 'You Can't Always Get What You Want', sonriendo al recordar que era una de las favoritas de Albert. Viendo la tenue luz del cuarto de baño, se dirigió allí y súbitamente deseó no haberlo hecho.
La puerta estaba entreabierta, y a través de ella, pudo ver a Albert... afeitándose completamente desnudo.
Estaba de pie frente al lavabo, de espaldas a la puerta, sosteniendo un pequeño espejo en una mano y una navaja en la otra. Candy tragó en seco al ver ese trasero perfectamente atlético y firme, con una gran gasa blanca cubriendo la nalga derecha. Inmóvil como una esfinge, la chica se permitió el pequeño pecado de recorrer las caderas masculinas y luego la espalda, contorneando cada músculo tenso con su mirada.
Albert estiró su largo y musculoso cuello cubierto de jabón, comenzando a rasurarse con cuidado de abajo arriba, moviendo la navaja con destreza.
A lo largo de su carrera como enfermera, Candy había visto a muchos hombres ejecutando esa simple tarea de aseo personal y jamás había sentido esa punzada de erotismo latiendo en su vientre. Sus ojos siguieron cada movimiento de la navaja, sus dedos hormigueando por el deseo de acariciar esa piel suave y tersa que alguna vez le fue tan familiar como la suya.
Conteniendo la respiración la chica sin proponérselo recordó las mañanas, años atrás, en las que Albert había regresado a la cama después de afeitarse, oliendo a colonia y acariciando las pecas de su nariz con el mentón ya sin barba. Siempre comenzaba con un beso en la punta de su nariz, y luego sus labios descendían lentamente a sus pechos, abriendo un camino de besos ardientes hacia su vientre, sus muslos, su…
¡No!
¿Qué demonios le estaba pasando?
¡Ya no tenía que pensar en eso! Pero entonces, ¿por qué no podía apartar los ojos de esa espalda que sus uñas habían marcado como suya y recorrido con pasión febril?
Candy levantó la vista, y al hacerlo, sus ojos se encontraron con un par de ojos azul cobalto que la miraban con una expresión divertida a través del reflejo en el espejo.
Mortificada, la chica parpadeó sorprendida antes de mascullar una disculpa. "¡Lo siento!" exclamó azorada, bajando la cabeza para que Albert no pudiera ver el tinte escarlata que seguramente estaría coloreando sus mejillas. "He llamado, pero no respondiste." Y antes de que Albert pudiera contestar, cerró la puerta, regresando casi corriendo a la sala.
"Dios Santo, no ha cambiado en lo absoluto," pensó acalorada, tratando desesperadamente de ignorar el cosquilleo repentino en ciertas partes de su anatomía que había ignorado durante años. "Ay, cielo santo... me vio. Lo vi. ¿Y ahora qué voy a hacer? ¡Piensa, Candy! ¡Cálmate y actúa naturalmente!"
Pero después de ese incidente ¿cómo podría actuar naturalmente? Porque, si ella era honesta con sí misma, tenía que reconocer que en el fondo de su ser todavía se sentía atraída por él.
Un temblor interno comenzó a zarandearla como maraca.
¡Joder!
¡Esa era la verdad!
El momento en que lo vio desnudo deseó con toda su alma abrir la puerta de par en par, arrancarse la ropa y follarlo como una ninfómana sobre las frías baldosas del piso en el cuarto de baño tal como lo hicieron tantas veces en su apartamento en Chicago.
¡Joder!
¡Lo admitía! Cuando tenía toda la razón para apartarlo de su persona a patadas, lo que más había deseado en ese momento era abrirse de piernas y entregarle nuevamente esa parte de su ser que ningún otro hombre había poseído por cuatro años y tres meses.
Nerviosa y casi enferma del estómago, se sentó en el sofá, tratando de recuperar su compostura.
"Lo mejor es intentar fingir que no sucedió nada," se dijo a sí misma. "Después de todo, soy enfermera y he visto a muchos hombres sin ropa."
Pero esa estúpida vocecita en su cabeza también le recordó muy descaradamente que nadie había sido como Albert, y que ninguno tampoco había poseído su cuerpo con pasión desenfrenada por horas en la cama.
Ella estaba a punto de decirle a esa voz suya que se fuera a la mierda cuando el hombre en el centro de su huracán emocional emergió del baño vistiendo solo un pantalón de pijama. Caminando con la confianza propia de un depredador, un sonriente Albert se paró delante de Candy con las piernas separadas mientras terminaba de secar su cabello con una toalla.
"No esperaba tener invitados tan temprano esta mañana," se rió entre dientes, agarrando el mando a distancia para bajar el volumen de la música.
"S-siento mucho molestarte, Albert," dijo carraspeando incomoda un par de veces, tratando de evitar mirarlo directamente a los ojos. "Necesito tu ayuda."
Albert tiró la toalla sobre el brazo un sillón orejero, sentándose sobre este con la elegancia de un felino. "¿Mi ayuda? ¿Y que ha pasado para hacerte incumplir tu promesa de jamás pedirme algo, aunque estuvieras muriéndote de hambre y en la calle?"
Las palabras amargas de su última discusión flotaron en la mente de Candy, mas ella, no deseando abordar el pasado en ese momento, simplemente ignoró el comentario mordaz del joven rubio sentado frente a ella.
Fingiendo una calma que no sentía, la chica decidió enfrentarse a la mirada penetrante de su ex novio. "Patty está muy enferma y Stear la llevará al doctor en media hora, y no hay nadie más en casa que se ocupe de los chicos. Tengo que sacarlos de la mansión para que no interrumpan las conferencias de Archie con sus travesuras, especialmente Drew."
El rostro de Albert seguía impertérrito. "No tengo licencia aquí en Estados Unidos," mintió a medias, tratando de encontrar el ángulo adecuado para persuadir al joven. "Así que necesito que nos lleves al pueblo. Pienso llevar a los chicos al museo y luego al parque. Si quieres, puedes acompañarnos o regresar aquí y volver a recogernos en un par de horas. Por favor, Albert, di que sí. A menos que…"
"¿Qué?" se atrevió a indagar ya curioso.
"Podría traer a los chicos a pasar el día aquí en la casa de huéspedes," sugirió con una sonrisa perversa en los labios, desviando los ojos a un estuche encima de la mesa de centro. "Estoy seguro que podemos esconder tu colección de videos pornográficos a tiempo."
"¿Mi colección?" bufó divertido, poniéndose de pie para guardar el articulo incriminatorio. "Tal como yo lo recuerdo, la mitad de la colección es tuya, o fue tuya, ya ni lo sé. Sin embargo, dejando a un lado tu desesperado intento de chantajearme, me siento particularmente generoso esta mañana así que estaré encantado de ayudarte... bajo una condición."
La espalda de Candy se irguió a la defensiva. "¡No me acostare contigo!" espetó la chica con más fuerza de lo necesario.
Para la mayor vergüenza de Candy, Albert simplemente se echó a reír a carcajadas. "¡No insultes mi inteligencia, Candy!" rió descaradamente. "¿Olvidas que fuimos una pareja durante tres años, y vivimos juntos durante dos de ellos? Conozco cada expresión de tu rostro, cada matiz que escondes detrás de esa fachada pulcra y aséptica que ahora llevas puesta como una coraza impenetrable. Si yo hubiera chasqueado mis dedos en el cuarto de baño, tu habrías envuelto tus piernas alrededor de mi cintura con la velocidad de un leopardo atizando el golpe de gracia a un antílope. Si deseas mentirte a ti misma, ese es tu dilema... pero yo sé la verdad. Y la verdad es que todavía me deseas."
El rostro de la chica pasó de estar rojo de vergüenza a purpura de rabia en menos de un segundo. "¡Y aquí está el Albert que yo conocí y abandoné!" gritó Candy, girando sobre sus talones y dispuesta a salir corriendo de la cabaña hecha una furia. "¡Sigues siendo el mismo cerdo! ¡Vete al infierno, gilipollas!"
Al darse cuenta del daño que sus palabras tan groseras habían causado, lamentó no poder darse un puntapié por ser tan estúpido, arrogante y desconsiderado. "¡Candy, espera!" gruñó el joven, apresurándose a sujetar a la rubia con una mano. "Lo siento… no debería de haber dicho eso."
La muchacha trató de deshacerse de su agarre, mas al no lograrlo, se volvió para enfrentarse a él. Cuando lo hizo, Candy expuso la única cosa que nunca deseó mostrar a Albert otra vez: sus ojos saturados de lágrimas a punto de ser derramadas.
"Olvídalo, Albert. ¡Suéltame!" gimió furiosa consigo misma por llorar frente a él. "Seguiré haciendo lo que llevo haciendo por años: me las apañaré yo sola. ¡Suéltame!"
Acercándose más a ella pese a sus protestas, Albert se odió nuevamente por el dolor reflejado en el rostro de la chica que, en un pasado no del todo olvidado, fue el centro de su universo. "Candy… tienes razón. Soy un estúpido gilipollas. Lo siento," susurró, tiernamente limpiando un par de lágrimas rodando por sus mejillas con las yemas de sus dedos.
Al escuchar la disculpa saliendo de la boca de Albert, Candy dejó de forcejear.
"Me enfadé porque pensaste que sólo estaba interesado en llevarte a la cama. Y yo... yo no puedo mentir y decirte que no lo deseo, pero esa no iba a ser mi condición."
Sorbiendo su nariz, los labios de Candy temblaron. "Entonces dime ¿cuál iba a ser tu condición? ¿Debería rogarte de rodillas? ¿Ser tu sirvienta mientras estoy aquí? No podría soportar ser humillada por ti otra vez, Albert, pero estoy desesperada. Tengo dos niños que cuidar hoy y haría cualquier cosa para conseguir que me ayudes. Solo te pido que no me hagas hacer algo que me llevaría a odiarte más de la cuenta."
Albert sonrió suavemente, ahuecando el rostro pecoso y delicado entre sus manos y acariciando las tersas mejillas con ternura. "No quiero que me odies, Candy. Al contrario: cena conmigo mañana por la noche. Esa es mi condición. Te compraré un vestido y saldremos a comer. Podemos hablar como viejos amigos que rememoran sobre el pasado... o podemos hablar de nosotros. Creo que sabes que hay una conversación pendiente entre nosotros, ¿no crees? Realmente me debes eso por lo menos. Por favor, prometo que me comportaré como todo un caballero."
El hechizo que los unió desde un principio seguía ahí, en sus miradas; latente, casi palpable. Como si la llama que los consumió estuviera solo esperando el momento propicio para aparecer nuevamente en sus vidas y engullirlos a ambos con la voracidad de un fuego fuera de control.
¿Cómo era posible que la magia todavía estuviera ahí entre ellos, cuando ahora eran personas tan vastamente disparejas?
Incapaz de resistir la atracción magnética de su penetrante mirada, Candy sólo pudo suspirar y rendirse ante ella.
"Sí," susurró.
Los ojos de Albert se abrieron sorprendidos de par en par. "¿Sí? ¿En serio? ¿Sí? ¿Aceptas, así como así, sin luchar?"
La sonrisa ladeada de Candy delató su cansancio. "Estoy desesperada, Albert, y no tengo la energía para seguir discutiendo contigo. Tengo que volver a la casa y organizar a los chicos para que estén listos. Es más, todavía tengo que verificar las horas de abertura del museo y preparar una cesta de comida."
Albert fue cuidadoso en ocultar la efervescente alegría tan burbujeante como el champán creciendo en su corazón, algo que no había sentido desde que Candy lo echara fuera de su apartamento y de su vida. "No te preocupes por nada. Tengo una idea mejor. Tu regresa a la mansión y consigue que esos dos granujas estén listos y yo estaré allí en quince minutos."
La chica lo miró con una pizca de escepticismo. "¿Tú vas a organizar todo?"
Como respuesta Albert le dio un beso fugaz en la mejilla antes de separarse de ella. "Tal como lo oyes. Todo. Ahora, date prisa. Necesito vestirme, a menos que quieras quedarte para ayudarme."
Dándole un pellizco juguetón en el brazo, Candy esbozó una sonrisa, girando sobre sus talones para salir de la cabaña. "Sigues siendo un imbécil engreído, Albert Ardley," masculló bajo su aliento antes de cerrar la puerta.
"Antes era tu imbécil engreído," murmuró Albert con un suspiro de satisfacción. "Y tal vez pueda ser que logre serlo otra vez, Candy White Britter."
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Continuará…
