Capítulo 3

"De cómo no todo es miel sobre hojuelas"

Días después, hacía una tarde cálida y brillante en Konoha. Algunas mujeres se movían con rapidez haciendo compras aquí y allá, había parejas paseando tranquilamente y niños jugando por todos lados.

Ino suspiró mientras veía la gente pasar frente a la florería. Había sido una mañana ajetreada. En días como ese, nunca faltaban los chicos que llegaban a su tienda a comprar un ramillete de flores para las chicas con las que tendrían una cita vespertina. Sin embargo, ya pasado el mediodía, el ritmo se aletargaba un poco, proveyéndole de un respiro antes de que otros tantos chicos con citas para esa noche, comenzaran a aparecer por el local.

Desde que su padre no estaba, mantener el negocio familiar no había sido fácil de empatar con sus responsabilidades como shinobi. Y aunque realmente le dedicaba tiempo al negocio familiar, su trabajo en la División de Interrogación y Tortura había probado ser mucho más que un simple reto. Aún recordaba cómo Morino Ibiki se había aproximado a ella poco después de la muerte de su padre, ofreciéndole un puesto en su equipo. Ella había aceptado inmediatamente, con la firme convicción de que seguir los pasos de su progenitor era la mejor forma de honrarlo, y que se haría digna del apellido Yamanaka al convertirse en la mejor kunoichi interrogadora que jamás haya tenido la aldea.

Todo había funcionado bien durante los primeros 3 años. Al principio sólo le habían asignado misiones al interior del cuartel, que normalmente consistían en interrogar prisioneros. Algunas veces había trabajado en la red de comunicaciones de la alianza shinobi y una vez muy tuvo que internarse en la mente de un prisionero moribundo para extraer información. Morino nunca le concedía un cumplido, pero reconocía que Ino había heredado el talento y el temple de acero de su padre.

No obstante, el verdadero reto había surgido dos meses atrás, cuando una de las kunoichi de la División le había propuesto llevar a cabo misiones especiales en campo. Ino era muy intuitiva y poseía un increíble talento para juzgar el carácter de las personas, además de ser una mujer hermosa y persuasiva, por lo que aquello no había sido una sorpresa. A veces, la extracción de información requería de otros talentos además de la invasión de las mentes o la tortura psicológica. Como los mejores platos de un chef, las misiones más importantes debían cocinarse a fuego lento, con estrategias milimétricas y mucha sutileza. Que Ino tuviera cualidades para cualquiera de los dos tipos de misiones, la convertía en la shinobi perfecta para las misiones de espionaje más delicadas de la aldea.

Ino recordó cómo aquella kunoichi le había comentado que este tipo de misiones podrían favorecer su currículo laboral, y permitirle convertirse rápidamente en una jounin de élite especializada en interrogación, una tokubetsu jounin. Claro está, no tendría permitido bajo ninguna circunstancia hablar sobre su verdadero trabajo en la Subdivisión de Interrogatorios Especializados.

Las misiones eran escasas y raras, pero de vital importancia. En ellas tendría que infiltrarse en ambientes hostiles, personificar una identidad diferente a la suya y evitar el uso de artes shinobi que pusiera en riesgo su identidad secreta. En pocas palabras, tendría que utilizar las artes kunoichi por excelencia: engaño, manipulación y seducción.

Le había tomado un mes de entrenamiento intenso aprender todas las bases necesarias para ejecutar las misiones. El objetivo siempre sería el mismo: obtener, deformar o destruir información. El truco estaba en la forma en que se infiltraría en el ambiente hostil, los medios que utilizaría para conseguir el objetivo y la forma en que escaparía. Ello requería de estrategia, así como de innumerables artificios y tretas que debían ejecutarse con pulcritud, para no delatar su identidad como shinobi de Konohagakure.

Las misiones siempre se llevaban a cabo en pares formados por una kunoichi interrogadora y un miembro seleccionado de ANBU. La interrogadora no llevaba consigo más armas que el engaño y la manipulación, lo que hacía vital contar con el respaldo de un ANBU. Si las misiones se ejecutaban correctamente, el ANBU únicamente actuaba como escolta, y a Ino le habían dicho que en los últimos 10 años no habían requerido ni una sola vez de la intervención de sus pares ANBU.

Y en efecto, aunque las cosas se habían salido un poco de control, la primera misión de Ino tampoco había requerido de la intervención de su compañero de misión. Ni su superior en la Subdivisión de Interrogatorios Especializados, ni el reporte presentado al Hokage, ni su compañero ANBU, jamás se enterarían de la clase de medidas de contención que la rubia había tenido que aplicar para mantener ese récord intacto y llevar la misión a éxito.

Cuando se dio cuenta de la línea de pensamientos que estaba siguiendo, Ino quiso golpearse. Por enésima vez, se prometió que no volvería a pensar en esa misión jamás. Entonces, la única otra razón que podía hacerla entristecer, entró caminando por la puerta de la florería.

—Hola, Ino.

—¡Shikamaru! ¿Qué te trae por aquí? —saludó ella con un poco más de alegría de la necesaria.

—Eh… quiero comprar flores —respondió aquel con un ligero sonrojo en las mejillas.

—¿Para Temari, no? ¡Picarón! ¡Quién hubiera dicho que tenías un lado romántico!

—Sí… sí, lo que sea. Tengo una cita con ella y mi madre dice que debo llevarle flores.

—¡Nara Shikamaru, si serás bruto! Por tu bien, nunca le digas a Temari que llevarle flores fue idea de tu madre. Esa es una de las maneras más rápidas de matar las pasiones en una chica.

—¡Qué problemático!

Ino encaró a su amigo con actitud de regañarlo. Sin duda, aquel shinobi podía tener más de doscientos puntos de coeficiente intelectual, pero era sumamente ingenuo en los temas del amor. Sin embargo, al verlo paseando por el lugar y mirando las flores, algo en su interior se revolvió. Recordó la calidez y protección que sintió en el abrazo de Shikamaru, mientras la consolaba en la cima de la montaña Hokage. Y sintió un regusto amargo al recordar también que aquella había sido la única vez que Shikamaru había tenido algún contacto físico con ella, fuera de los entrenamientos.

Se sintió estúpida y triste por millonésima vez en su vida. Desde pequeña había hecho las cosas mal en los terrenos del amor. Primero, vanagloriándose por su belleza exterior como una tonta superficial. Segundo, compitiendo estúpidamente con Sakura por el amor de Uchiha Sasuke, cuando ni siquiera conocía lo suficiente a Sasuke como para darle algún sustento real a aquel amor tan proclamado. Tercero, minimizando a todos los demás chicos de su generación, incluyendo a sus compañeros de equipo, Choji y Shikamaru. Cuarto, desdeñando a todos los hombres con su andar presumido y actuando como la soltera más cotizada de toda Konoha.

Conforme fue creciendo se dio cuenta de que actuaba como una niña tonta y superficial. Se dio cuenta que algunos hombres podían ser inteligentes, respetables, talentosos y capaces de mucha dulzura, tanto que no necesitaban ser unos adonis para ganar el corazón de una chica. Se dio cuenta que el amor no respeta apariencias físicas ni escalas de popularidad. Se dio cuenta que se había enamorado irremediablemente de Nara Shikamaru. Y con todo el dolor de su corazón, se dio cuenta que Shikamaru se había enamorado de Sabaku no Temari.

Algunos años después, ahí estaba Shikamaru en su florería, comprando flores para otra chica. Una rubia con un cuerpo de pecado y un carácter muy fuerte, qué irónico. Si le hubiera dicho a Shikamaru que en realidad lo de Sasuke no había sido amor, sino un capricho, y si no hubiera sido tan cobarde, a lo mejor esa rubia podría haber sido ella. A lo mejor Shikamaru habría sido su primer beso, su primer noviazgo… el primero para tantas otras cosas.

—Eh, Ino… —el moreno la sacó de su ensoñación.

—¿Eh?

—Necesito tu ayuda… no sé qué flores comprar.

—Bueno, depende de la ocasión y qué mensaje quieres transmitir.

—Hoy cumplimos dos años de novios. Iremos a cenar a uno de esos lugares elegantes porque quiero regalarle algo muy especial —comentó el moreno, buscando algo en uno de los bolsillos del chaleco verde de jounin. Shikamaru colocó una cajita negra sobre el mostrador. Ino sintió un vuelco en el estómago cuando la tomó en sus manos y, al abrirla, confirmó sus terribles sospechas. Un deslumbrante diamante adornaba una delicada sortija dorada y la miraba con burla desde el interior de su caja negra.