ESTA ES UNA HISTORIA MUY BUENA QUE LEI UN DIA ES UNA ADAPTACION DE LA HISTORIA DE PENNY JORDAN CON LOS PERSONAJES DE STEPHANIE MEYER POR LO QUE NADA ES MIO SOLO LA PASION POR LEER NOS VEMOS

ESTO ES UNA PEQUEÑA RESEÑA DE LA HISTORIA:

Título de la novela: El Deseo No Muere (1987)

Título Original: Desire never change (1986)

Editorial: Harlequin Ibérica

Sello / Colección: Bianca 287

Género: Contemporáneo

ESTA HISTORIA TIENE LENGUAJE ADULTO EN ALGUNOS CASOS ABSTENERSE DE LEER A LAS PERSONAS SENCIBLES

Protagonistas: Edward Cullen y Isabella Swan

Argumento:

A pesar del tiempo transcurrido, Bella no podía olvidar la

humillación de que había sido objeto cinco años atrás,

cuando Edward Cullen la había rechazado.

Había transcurrido mucho tiempo, pero las heridas no

estaban curadas por completo. Ella no amaba a Edward,

pero el recuerdo de su rechazo la había convertido en una

persona triste y amargada... El odio era el único

sentimiento que podía albergar su corazón.

Penny Jordan – El Deseo No Muere

Capítulo 3

UN conjunto de ruidos sacó a Bella de su sueño. Se había quedado dormida debido al desvelo de la noche anterior. Las imágenes refulgían bajo la luz del sol. Poco a poco, se fue desperezando.

—¡Vaya! Pensé que tendría que comer a solas. ¿Tienes hambre?

Bella no supo qué responder. Estaba semidesnuda frente a un extraño. ¿Acaso estaba fuera de sí? ¿Cómo podía atreverse a pretender que este hombre orgulloso y arrogante le hiciera el amor? De repente, Edward se aproximó a ella y comenzó a acariciarle los hombros.

—¿No has cogido una insolación, verdad? ¿Te arde la piel? Mientras dormías te froté la espalda con loción y aceite. Pero has debido estar expuesta al sol un par de horas.

—Me siento bien— susurró ella, mintiendo—. Lo que pasa es que me

desconcerté al despertarme. No sabía dónde estaba.

—O con quién estabas— complementó él con sequedad—. Pero no

importa. Ya debes estar acostumbrada a eso. Abriré la botella de vino, mientras tú preparas los emparedados.

Bella no tuvo mayores dificultades para extender un mantel sobre la arena y preparar ensalada de pollo y varios emparedados de salami y de paté.

Edward le extendió una copa de plástico con vino rosado. Bella bebió todo de un solo trago.

—¿Quieres más?

—Sí, por favor.

Tenía sed y sabía además que el alcohol la ayudaría a relajarse.

Comieron en silencio uno al lado del otro. Edward estaba absorto

contemplando el horizonte. Bella no podía evitar dirigirle la mirada y observar su rostro y su cuerpo. Él se volvió de repente a mirarla y la escudriñó.

—¿Por qué me miras así?— preguntó—. ¿Es que nunca has visto un

hombre? Me pones nervioso.

—No te observaba. Sólo estaba pensando.

—Sí pero pensando en tocarme, tú no te conformas con ver. Pareces una niña encerrada en una juguetería.

—Ya te he dicho que ni siquiera te miraba. Estaba meditando —protestó ella alzando la voz—. Siento mucho que te moleste ser observado.

—Sabes bien que eso no es verdad. Me examinabas. Es parte de tu juego. Debes insinuarte, pero el hombre que escoges tiene que hacerte saber que te desea y que te necesita, ¿no?

—Estás equivocado, yo... yo no te deseo...

—¿Ah no?—exclamó él—. Te estás sonrojando.

Bella sentía la fuerza de su mano y el poder de su musculatura. Él la soltó y le derramó en los senos el zumo de melocotón que estaba bebiendo. En seguida la obligó a recostarse sobre una de las toallas y comenzó, otra vez, a explorar sus contornos.

La joven comenzó a excitarse. Cada nervio de su cuerpo pulsaba como la cuerda tensa de una guitarra al antojo de él. Sus músculos se erguían y se comprimían. La sangre circulaba con rapidez por sus venas y se agolpaba en su cabeza produciéndole un vértigo placentero. Los labios de él subieron hasta su rostro y la besó con ardor. Bella comenzó a abrazarlo.

En ese instante ella pareció escuchar un timbre interior de alarma. Pero no hizo caso. Comenzó a responder, caricia tras caricia, con pasión.

—Bésame más Bella. Quiero tomar todo lo dulce de ti.

Ella no habló y lo dejó hacer. Notó que su propia urgencia era similar a la impaciencia en él.

—Bella, Oh Bella—susurró él con voz áspera.

Ella comenzó a sentir que algo pagano la poseía. No podía haber otra explicación. Respondía a cada movimiento del cuerpo de él... a cada beso y a cada caricia, con el mismo ardor.

—Oh, Bella, tú haces que yo desee hacer contigo cosas que nunca he pedido a ninguna otra mujer. Quiero absorberte completamente, poseerte a plenitud. Que tú y yo seamos uno solo para siempre.

La voz del hombre, con la impaciencia de su tono, la excitaba más aún.

Pronto sintió el fuego correr por sus venas.

—Dime que me deseas también de esa forma, Bella.

Ella sintió el peso del cuerpo del hombre deslizarse sobre el suyo; sus corazones palpitaban aceleradamente al unísono.

—Bella... Bella...

La joven se sentía poseída, pero una ola de pánico la volvió de repente a la lucidez. Sintió un inmenso temor. Comenzó a ponerse rígida y todo comenzó a enfriarse dentro de ella.

Edward lo notó en seguida y deshaciendo el abrazo levantó el rostro para enfrentarla con la mirada. El hombre estaba furioso.

—¿Qué pasa? Bella... no eres sino una bruja, ¿lo sabías?

Sin embargo, ella no respondió y con una mirada significativa lo dejó hacer. El volvió a la carga, acariciándola con ardor.

—Bella, te deseo; ayúdame, haz algo. ¿Por qué me atormentas así? ¿No te das cuenta de lo ansioso que estoy por ti?

Se apretó contra ella sin dejar resquicio entre los dos cuerpos. El abrazo los convertía en uno. Bella, casi desnuda, comenzó a recorrer la piel de él con los dedos.

—Así que tú también puedes sentir...—exclamó él con sorna. Sus

palabras trataban de provocar una mayor reacción en ella—. Bella mi amor, tú me deseas tanto como yo a ti. No me atormentes más. No sabes cómo sufro al sentirte fría y distante.

Él se apretó aún más contra ella y le dejó sentir su excitación. Bella se retiró por un instante, aterrorizada. El pánico volvía a hacer efecto.

Comprendió con claridad que estaba allí, desnuda en brazos de un

extraño, a punto de perder su inocencia. Y en cambio, él pensaba que ella no era virgen sino una mujer sofisticada y con experiencia. Su masculinidad le provocaba fascinación, sí, pero también terror.

Ella comenzó a buscar desesperadamente una solución. Jessica decía que Edward siempre fotografiaba a las mujeres a las cuales hacía el amor. Los ojos de la joven brillaron con intensidad.

—Pero no me has fotografiado todavía—dijo ella con languidez—. ¿Acaso no fotografías a todas las mujeres a quienes posees?

—Así que eso es, ¿no? Ya lo sabía, estaba en lo correcto, con respecto a ti— gruñó, incorporándose. Un momento antes, era un amante apasionado,ahora era sólo un extraño distante detrás de su mirada color jade—. Bien, supongo que tiene que ser así. Pero hay algo que debes saber. Tú no tienes el cuerpo de una modelo de altura. Por lo tanto, sólo encontrarás trabajo de segunda categoría en las revistas baratas. Pero no voy a desilusionarte. Tomaré las fotografías que quieres.

Antes que Bella pudiera decir nada, él volvió a abrazarla con mayor ímpetu, imponiendo su peso y su fortaleza sobre el cuerpo de ella.

La acarició y la besó, sus manos expertas tocaban aquellas partes más secretas de su cuerpo. De repente, él deshizo el abrazo y se puso de pie.

—Te tomaré las fotografías primero— dijo, molesto y en una especie de jadeo. Así como estás, antes que desaparezca el estado de éxtasis que he provocado en ti. Quien vea las fotografías imaginará que es él quien te desea, quien va a hacerte el amor. Debes de mostrar toda tu femineidad y el palpitar de tu piel, con gesto insinuante, ¿comprendes?

Él fue hacia el equipo fotográfico y seleccionó una cámara y un par de lentes. Se las colocó al cuello y comenzó a moverse alrededor de ella tomando fotografías de cada uno de sus movimientos. Bella estaba muda de sorpresa. Se sentía paralizada.

—Cambia rápido de posición— demandó él—. Así... otra vez, así. Muy bien, eso es lo indicado. No te muevas.

—No, por favor, no lo hagas. No comprendes...

Bella empezó a pensar con cordura. En tan sólo un instante, todo

cambiaba. ¿Cómo podía él creer que ella le sugería ser fotografiada desnuda? Ella lo había dicho para tomarse un respiro y reflexionar. Claro que quería que él la hiciera suya, pero no con tanta urgencia, tal vez con mayor suavidad y lentitud, para poder dominar el temor. Pero lo de las fotografías era algo diferente. No lo deseaba así.

—Por favor Edward, detente, no entiendes, déjame explicarte...

—Y ahora, ¿qué?— Exigió él deteniéndose y quitando las lentes de la cámara—. ¿Qué es lo que debo saber? Lo único que entiendo es lo que ha estado sucediendo todo el día. Me sugieres que te invite a venir y te traiga conmigo para que te haga el amor. Y luego, lo condicionas a que te haga fotografías. Bien, ya las he hecho. Son tuyas. Ahora tienes que pagar por ellas. No sólo hay deseo suficiente en mí, sino necesidad y rabia. Eres la responsable de que mis hormonas hayan enloquecido de súbito,

haciéndome sentir incomodidad e ira. También debes pagar por eso.

—No... No puedes hacerme el amor así.

—Ah no, ya te darás cabal cuenta de que sí puedo, y lo haré de tal forma que no te inquiete ni tampoco te deje insatisfecha.

Él se volvió y colocó con cuidado la cámara y las lentes en la bolsa del equipo. Luego en un par de zancadas estaba al lado de ella dejándose caer a su lado y en un segundo, acariciaba atrevidamente su cuerpo.

Bella, sin embargo, temblaba de rabia y de humillación. Permanecía distante y fría. Mas Edward no podía permitirlo; la tomó por los brazos y los colocó hacia arriba de su cabeza.

—Vamos, Bella. Ya he trabajado, ahora debes pagarme. No me obligues a forzarte. Tampoco me vengas con el cuento de que nunca has usado tu cuerpo para obtener lo que quieres. Tu juego es muy obvio, nena.

Provocas a un hombre hasta que está a punto de enloquecer, y entonces pides a cambio lo que deseas, ¿no? Bien yo ya te he complacido. Ahora tú debes complacerme a mí.

Él colocó una rodilla entre sus piernas y la forzó a abrirlas con brusquedad. Edward transpiraba pasión, y Bella intentaba dominar esa extraña mezcla de sentimientos de humillación, rabia, pánico y deseo. En ese momento él comenzó a quitarse el traje de baño color blanco y el contacto con su piel desnuda encendió sus señales de alarma.

Las caricias íntimas que él comenzó a intentar era algo para lo que Bella no estaba preparada, y dio un salto, poniendo tenso el cuerpo, repeliendo el contacto.

—Querías las fotos y las tienes. Son tuyas Bella— murmuró él con pasión—. Ahora debes amarme. Muéstrame qué tan buena eres.

—No, por favor... no puedo hacerlo. No quiero tus fotografías. Nunca las quise. Yo...

—Entonces, ¿que es lo que quieres?— gritó él casi fuera de sí.

Bella comprendió que ya no tenía objeto mentir. Debía decirle la verdad a Edward para evitar mayores consecuencias. El hombre estaba realmente exaltado.

—Sólo quería que me hicieras el amor...

—¿Ah sí? ¡Vaya una forma de demostrarlo!

—Quería hacer el amor contigo porque soy virgen. Nunca quise nada tuyo a cambio. Mucho menos las fotografías... yo...— sollozó la joven comenzando a sentir náuseas y llorando como una niña.

—¡Caramba! Has perdido el control y me estás haciendo perderlo también. ¡Qué torpe soy! Dejarme engañar así. Toda la evidencia estaba tan clara, tan presente. Debí adivinarlo.

La mirada de Bella se nubló, mas pudo contestar:

—Oh sí, ya sé que soy inexperta y que no sé como conducirme al hacer el amor. Pero es que simplemente nunca lo he hecho. No sé cómo complacer a un hombre. Estoy confundida y desconcertada...

Bella se dio cuenta de que estaba haciendo razonar a Edward. Pero ella también lo hacía. Sabía que lo deseaba, que no le era indiferente.

—Oh Edward, por favor, ¿me harías el amor?

—Oh Bella...—respondió él atónito, incorporándose—. Ahora no es el momento. ¿No entiendes?

¿Entender qué? Jacob la había rechazado por ser virgen y en apariencia frígida. Ella sabía que no lo era y que era atractiva. Edward se lo estaba demostrando. Lo único que ella deseaba era concretar la experiencia, pero no de una forma tan cruda y brutal. Tal vez si le explicara primero cómo hacerlo...

—No lo comprendo. Al parecer te has levantado hoy por la mañana

decidida a perder tu virginidad, y me has escogido para realizar ese tipo de «favor»— exclamó él con suavidad, pero marcando cada palabra—. No, Bella. No es la forma adecuada de hacerlo. Debemos hablar primero.

—¿Hablar? ¿Hablar de qué? ¿De tu rechazo? No me deseas. Nadie me desea— gritó ella, casi histérica—. Jacob tiene razón. No puedo ser atractiva para los hombres...

—¿Jacob? ¿Quién es Jacob?

—El hombre que era mí prometido hasta hoy por la mañana. Fui a su dormitorio para pedirle que me hiciera el amor y descubrí que tiene un amante. Alguien con la clase de experiencia que gusta a los hombres y que no tengo. Él es como tú, ¿sabes? No le gustan tampoco las chicas vírgenes, prefiere mujeres experimentadas...

—¿Y por eso te ibas a entregar a mí? ¿Sólo porque Jacob te rechazó me escogiste como tu semental particular? Oh, Dios mío... ¿no sabes cuáles pueden ser las consecuencias de algo así? He estado a punto de violarte, ¿te das cuenta? Me hiciste pensar que tenías mucha experiencia, y que eso era algo libre y hasta casual para ti. Oh Bella... he podido dejarte embarazada. ¿Sabes lo que eso significaría?

Las palabras de Edward eran sensatas, pensó ella. Bella se reponía y se daba cuenta de su tremendo error. Las consecuencias de su inexperiencia aparecían con claridad en su mente.

—Mira Bella, yo ya he hecho mis fotografías de la cueva, mientras tú dormías. Regresemos al hotel antes de que oscurezca. Cenaremos juntos y hablaremos de esto, ¿sí?

—No— protestó ella con firmeza—. No quiero volver a verte en toda mi vida, ¿comprendes?

—Claro que lo comprendo. Mucho más de lo que te imaginas. Comprendo que me querías usar como tu iniciador, y que nunca te importó lo que yo sintiera o pensara. Me ves como un animal, un semental, no como un ser humano. Todo lo que quieres de mí es mi cuerpo. Y no sólo lo quieres, sino lo exiges. Es algo absurdo. Es invertir los papeles. De cualquier forma, ¿por qué me has escogido para entregarme tu virginidad?

_Porque pareces mundano y con suficiente experiencia.

—¿Pero no sientes ni el más mínimo afecto por mí?

Bella negó con la cabeza. ¿Cómo podría amarlo si creía amar a Jacob todavía?

Edward no disimuló una mueca extraña en su rostro. Palideció de estupor y humillación a la vez. Se sentía mal.

—Mejor vístete Bella. Vamos de regreso al hotel. ¿Cómo puedes creer que voy a hacerte el amor sólo porque sí, porque tú lo quieres? Soy un ser humano y también me disgusta ser usado y después despreciado.

—Sólo quería que me tomaras. Es todo.

—No. Sólo querías usarme— gritó él—. Para ti es sólo un experimento.

Pero para mí hacer el amor significa algo más que un mero intercambio de experiencias, ¿sabes?

Edward estaba disgustado consigo mismo. En su mente, Bella se

identificaba y asumía las facciones de Tanya. Trató de despejarse la mente y se concentró en recoger todo y volverlo a guardar.

Regresaron al hotel en silencio. Cuando entraron en el recibidor, Bella vio de reojo a Jessica y no pudo disimular su orgullo, aunque fingido.

—Son las cuatro de la tarde— le dijo Edward con sequedad—. Te veré a las ocho de la noche en punto.

Bella abrió la boca y trató de protestar. Edward continuó hablando impávido y dominante.

—Si no estás aquí a esa hora iré a tu dormitorio y te sacaré de allí arrastrándote, ¿comprendes?

Bella fue a su habitación y una vez dentro cerró la puerta con cuidado.

Se desvistió y se duchó. Bajo la ducha pudo sentir todavía la sensualidad de las caricias de Edward. Recordó sus palabras, y no pudo menos que sonreír con cierta calidez hacia la ternura y comprensión de Edward. Ella comenzaba a saber que él era también un ser humano y no sólo un espécimen de sexualidad pura, lo que mujeres como Jessica buscaban en hombres como él.

Pero pensándolo mejor, Edward era un estúpido. Nadie en toda la vida que ella tenia por delante, se prometió Bella en ese momento, volvería a tener el privilegio de que ella incluso suplicara. No importaba si debía de permanecer virgen por el resto de su existencia. A su modo, Jessica y Jacob tenían razón. Edward no la deseaba. Tal vez ningún hombre la desearía. ¡Qué importaba! Ella estaba decidida a asimilar lo sucedido y continuar adelante. Al salir de la ducha, Bella se envolvió en un par de toallas y fue directa al teléfono. Afortunadamente, no fue Jessica quien contestó. Bella entonces hizo saber con rapidez lo que quería.

—Sí, señorita Swan. Hay un asiento disponible en el vuelo de las seis y media. ¿Quiere la reserva? Bueno, le pediré un taxi antes de esa hora. ¿A las seis? ¿Está bien?

¡Uff, hasta las seis y media! Bien, Edward Cullen la esperaría en el recibidor del hotel a las ocho de la noche, pero ella ya estaría a salvo en Aberdeen. Lo único que le molestaba era que tal vez Edward se burlaría de ella contando sus detalles íntimos a sus amigos en Londres, describiendo su inexperiencia. Pero respecto a eso, Bella no podía ya hacer nada.

Sin embargo, no podía reprimir un sentimiento de tristeza y melancolía.

Como si hubiese perdido algo muy querido. Eso no era sino la

consecuencia de ignorar su propia decisión de no involucrarse en absoluto con Edward Cullen.

Medio día de estar juntos no significaba involucrarse, se dijo, sin querer admitir la clase de relación que habría siempre entre un hombre y una mujer cuyos cuerpos habían conocido la intimidad, aunque no por completo: Edward la había rechazado

Sin embargo, al llegar al aeropuerto de Aberdeen, ella ya había

traspasado el doloroso umbral que lleva de la adolescencia hacia la madurez. Era adulta, aun cuando no plenamente mujer. La femineidad completa le había sido negada, pese a que ella se ofreciera a un hombre a quien no olvidaría, pero que tampoco perdonaría nunca.

Mientras se dirigía a la casa familiar, al hogar paterno, Bella se dio cuenta de que todos sus pensamientos giraban en torno a Edward Cullen y no a Jacob. Su ex prometido se difuminaba y desaparecía entre el recuerdo del rostro, el cuerpo, los besos y las caricias de Edward. Por eso mismo, lo que el hombre de la mirada de jade le había hecho era imperdonable. Jacob la rechazó porque amaba a Jessica. Eso era comprensible y aún justificable. Pero Edward sí la deseó y casi la poseyó.

Hasta que supo que era virgen. Y no le importó que ella le suplicara de forma humillante que le hiciera el amor, sólo la rechazó. La despreció. Y eso era algo que Bella Swan no podía perdonar. Era algo que jamás olvidaría