Capítulo 3

*Gula*

Quiero a alguien más fácil de complacer—

Cuando Yuuri se apareció en casa—con la misma cara que tendría alguien que ha pasado por una agonía grande—su madre se encontraba en la cocina ya, preparando lo que sería la comida de la tarde. Al verle, la mujer dejó sus labores y se asomó al recibidor, apuntándole al rostro con un cucharon lleno de lo que parecía ser crema de zanahoria, haciendo saltar un poco de este debido al movimiento brusco.

—Yuu-chan ¿has visto el anillo de bodas de mami?—preguntó, bajando el cucharon al tiempo que Yuuri se limpiaba con el dorso de la mano la mancha que le había caído en la mejilla y que comenzaba a escurrir—Lo he buscado por todas partes y no encuentro nada.

Yuuri se apresuró a negar con la cabeza. Algunas veces, Miko podía ser demasiado insistente en lo referente a "cosas perdidas" y, en su historial de "Ayuda a mamá a encontrar sus cosas", Yuuri podía contar su mano medio atorada en el desagüe de la cocina por un viejo anillo salido de una caja de cereal, enganchada a las aspas de la lavadora por la manga de su camisa de beisbol favorita por intentar conseguir una moneda fugaday, la peor—o mejor—de todas, buscando en el vestidor de damas un arete perdido, mirando por aquí y por allá.

Esas malas experiencias le habían ayudado a crear una especie de "Radar anti-búsquedas" que le indicaba "correr" cada que Miko preguntaba por algún objeto extraviado. Por eso, mejor huir escaleras arriba.

—Yuu-chan ¿Mirarías en la bolsa de la aspiradora por mami? Es el único sitio que falta ver.

—Eh, see—se apresuró a responder escuetamente, mientras que subía las escaleras de dos en dos, ocultándose velozmente en su habitación: Revisar la aspiradora sería como entrar a la dimensión desconocida por lo que prefirió posponer ese momento lo mayormente posible: aun traía encima el trauma del Wolfram Kick Ass como para echarse encima uno más y en tan poco tiempo.

Mientras tanto, en el primer piso de la casa, Jennifer volvió a sus labores culinarias en la cocina tarareando una cancioncilla de moda que había escuchado esa mañana en la radio: tenía un postre en el horno y, por el tiempo que esperaba, se ocupaba de ordenar las cosas que había desacomodado. Estaba por ver el tiempo que restaba para sacar el postre del horno cuando… se dio cuenta de que el viejo reloj que usaba para ello, colocado siempre sobre el horno de microondas para su fácil ubicación, no se encontraba a la vista.

¿Lo había movido y no lo recordaba? O quizás se había caído detrás del electrodoméstico de color metálico. Se fijó y… no.

—Jum… que raro—murmuró, encogiéndose levemente de hombros, siguiendo con lo suyo valiéndose de su reloj de pulsera.

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Al caer el jueves por la tarde, mientras el sol comenzaba a ocultarse, la luna a salir y el cielo a mancharse de estrellas, Yuuri soltó lo que pareció una clase de suspiro-jadeo que llamó la atención de una aburrida Hisae sentada al borde del alfeizar de la ventana de la habitación del joven Rey. La semana se había escabullido rápido de entre sus dedos, como un chorro de agua que no puede ser contenido completamente con el cuenco de las manos: eso parecía ser lo que afectaba al chico.

—¿Pasa algo con usted, Maou heika?—preguntó la chica con voz suave, siempre usando ese tono "curioso" al pronunciar el apelativo del Rey, como si se burlara de él. Yuuri la observó, como si apenas se diera cuenta de que se encontraba ahí.

No era que le hubiera tomado confianza, ni cariño, ni ninguna clase de sentimiento que mereciera la pena mencionar—quizás únicamente cierta frustración por los deseos truncados en el pasado, pero nada más—por lo que con ella hablaba como no hacía con nadie más: sin tapujos.

—Mañana regreso a Shin Makoku—se limitó a murmurar, con la vista aun clavada en el techo y aire compungido—Y no sé como estén las cosas con Wolfram: si sigue molesto, no dormiremos juntos, si no dormimos juntos, me sentiré extraño en esa enorme cama, si me siento extraño en esa enorme cama, no podré dormir, si no puedo dormir, no me concentro, si no me concentro, no sale el trabajo, si no sale el trabajo, Gwendal se enoja, si Gwendal se enoja, es seguro que me empareda en mi propio despacho, si me empareda en mi propio despacho, Günter se pondría a llorar, si Günter se pone a llorar, Gisela…

—¡Ya comprendí!—se apresuró a interrumpir Hisae, sintiendo la incomodidad y la molestia bullir en la boca de su estómago—¡Discúlpese solamente!

—Wolfram no es tan fácil de contentar con disculpas, mucho menos si el que la ha jodido en primera instancia soy yo: le gusta recalcar los errores que comete la gente por un tiempo antes de decidir que ya fue suficiente… y lo peor de todo es que lo hace solo por molestar—se lamentó, sentándose en la cama y mirándose las piernas envueltas en su pantalón azul.

Hisae se pasó una mano por el mentón.

—A cualquier chica le gusta que le regalen cosas…—murmuró bajito.

—¡Wolfram no es una chica!

—…Y a cualquier chico también, si le pegan en el gusto—volvió a murmurar ella, sonriendo casi de manera imperceptible mientras que miraba la luna llena por el cristal de la ventana—Si usted, Maou, deseara…

—¡Ningún deseo más!—se apresuró a negar Yuuri, señalándola con un dedo acusador: No deseaba toparse con Wolfram Lujurioso de nuevo y mucho menos con el Wolfram Puños de Acero. Antes que eso, preferiría besar a Günter…

…No, antes que besar a Günter prefería al Wolfram Lujurioso y al Puños de Acero.

—Entonces no se queje tanto—aconsejó ella, encogiéndose de hombros. Yuuri frunció la boca, incomodo por no dar con una solución aparente a su problema—Las relaciones amorosas son extrañas, sí, pero no tanto si se saben llevar con buena mano.

—Define "buena mano".

—Pues que entre ambos aprendan a ceder y que, sobre todo, sepan que ninguno de los dos es perfecto y que no se hará al modo que el otro desea ¿Comprende? Son una pareja, pero también son entes individuales que, obviamente, tienen decisiones completamente propias y con las cuales, algunas veces, el otro no estará de acuerdo—Y se encogió de hombros cual colegiala—No he tenido mucha experiencia en ese campo tampoco. Habla la voz de la persona que ha observado el paso de los años dentro de una lamparita de cristal y plata… que alguien rompió—y frunció el ceño para, inmediatamente después, volver a encogerse de hombros—Pero son los únicos consejos que me atrevo a darle.

—Son… buenos, creo. La verdad no sé—negó Yuuri, arrellanándose contra la pared al lado de su cama y abrazando las rodillas contra el pecho—Wolfram es terco.

—¿Solo él?

Yuuri fingió no escuchar eso.

—Si tú fueras chico ¿Qué consejo me darías para contentarlo?—preguntó inocentemente.

Hisae sonrió por lo bajo.

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Pero estaba claro que Hisae no había hecho ni el más mínimo intento por ponerse en el sitio de un chico para aconsejarle como hacer las paces con Wolfram: como había hecho en un comienzo, le había sugerido de nuevo eso de "comprarle algo" y, como Yuuri no destellaba por su genio creativo, había terminado por aceptar con un "Ya que".

Pero el punto en contra era el siguiente: Yuuri, como hijo del banquero, no contaba con la suficiente plata que se requeriría para la misión "Rescata-Tu-Relación-Con-Chantajes-Materiales" sobre todo si se tomaba en cuenta que, a quien tenía que chantajear, era a un ex-Príncipe de gustos bastante frívolos y extravagantes. Su padre solía darle cambio constantemente, sin embargo, este apenas era suficiente para usar en la máquina expendedora del instituto y, como siempre había sabido—con cierto fracaso por ello—sus ahorros se esfumaban muchísimo más rápido de lo que se extinguía la llama de una cerilla. En Shin Makoku suponía que las cosas hubieran sido más fáciles, pero prefería conservar el "factor sorpresa", llegando allá con el obsequio desde la Tierra: no sabía porque, pero pensaba que ese detalle haría las cosas más especiales, quizás porque Wolfram sospecharía que no había dejado de pensar en él ni siquiera estando en su mundo.

Así que, a la hora de la cena, no le quedó más que interrumpir la charla de su padre sobre los nuevos protocolos de oficina para pedirle un poco de…

—¿Dinero?—preguntó Shouri, mirándolo de forma ceñuda desde el lugar apostado frente al suyo—Es curioso escucharte pidiendo "dinero".

—Ahh, lo dices como si fuera algo malo. A mi edad es normal necesitarlo—aseguró, tratando de parecer confiado y no inseguro: "Que no pregunte para que es, que no pregunte para que es, que no pregunte para que es".

—¿Para qué es?—insistió Shouri, pateando la "fuerza mental" de Yuuri vilmente—¿Algún libro del colegio? ¿Hay aranceles nuevos? ¿Algún curso extra-escolar?

—Papá…—lloriqueó Yuuri, mirando en dirección de un Shouma que se dedicaba a saborear la cena sin prestar mucha atención a las inquisiciones del mayor de sus hijos encima del menor de ellos. Jennifer se ocupaba de rellenar los platos de todos con un cucharon.

—Yuu-chan—llamó Shouri desde el otro lado de la mesa con los aires de "Hermano todo poderoso" a todo lo que daban. Su puño se estrelló contra la mesa ligeramente, haciendo un bonito sonido de vajilla y cubiertos tintineando, con lo que consiguió llamar de nuevo la atención de Yuuri, que no había dejado de mirar a su padre—Si estás padeciendo maltrato escolar, yo…

—¡¿Maltrato escolar?!—Saltó Yuuri, comenzando a reír—¡No es por ninguna clase de bullying o algo así! Solo necesito un poco más de dinero, es una tontera—Wolfram me rostiza si se entera que le acabo de decir "tontera" pensó, con una gotita de sudor resbalando por su sien—Esta sería la última vez que pido un aumento de mesada.

Shouma, a su lado en la mesa, asintió con la cabeza.

—Me parece bien comenzar a darte un poco más de dinero, Yuu-chan, después de todo, ya estás creciendo, ya aumentan tus responsabilidades y es bueno brindarte aun más de nuestra confianza—aseguró, palmeándole la espalda. Shouri, delante de ambos, puso una mueca de disgusto e inconformidad: más libertad para Yuuri, significaba para él menos participación en la vida de su hermano menor.

—¡Gracias!—sonrió Yuuri, degustando la cena más feliz de lo que nunca lo había hecho. En verdad que… debía querer mucho a Wolfram para sentirse tan radiante.

Al caer la noche, justo después de salir del cuarto de baño tras haberse lavado los dientes, Shouri le impidió el paso a su habitación, colocando la mano en el picaporte y mirándolo de forma terriblemente seria.

—¿En qué andas metido?—cuestionó—Enserio, Yuuri, si alguna clase de brabucón te está acosando, yo…

—¡Ya, Shouri, el único que me está acosando eres tú!—y tiró de la puerta de su recámara para entrar en ella y cerrar con seguro. Shouri, al otro lado de la madera, tenía un rostro lleno de pesar y sorpresa: ¿En verdad era él quien… acosaba a su hermano?

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Así que, al día siguiente, saliendo del colegio, Yuuri se topó con Murata, con quien había quedado de verse gracias a una veloz llamada por teléfono hecha esa mañana.

—¿Un regalo para von Bielefeld-kyo?—preguntó el otro chico mientras que se levantaba las gafas sobre el puente de la nariz y seguía los pasos de su amigo en dirección del centro comercial más cercano. A unos cuantos metros de distancia, Hisae se deslizaba entre las personas como el espectro que era, sin dejarse apenas ver, siguiéndoles muy de cerca y siendo testigo de cada una de sus palabras—¿Plan de reconquista, Shibuya?

—Algo así—aceptó Yuuri, un tanto apenado—pensé en libros, mangas, incluso ropa, pero luego recapacité que para alguien como Wolfram, lo mejor era la comida: si no le gusta como se ve por afuera, le gustara lo de adentro…

—Shibuya, habla más despacio. La gente comienza a vernos—pidió el Gran Sabio con una sonrisa gentil mientras que se apegaba un poco más a Yuuri para atravesar juntos la marea de gente que, a esas horas, navegaba por las calles de Saitama: Yuuri, a fin de cuentas, se imaginaba que la atención de la gente sobre su persona, no le era del todo desagradable al otro.

Cuando al fin llegaron al enorme Centro comercial, Yuuri sintió repentinamente que le fallaban las piernas: ¿De cuándo acá se veía bien que un chico le comprara algo a otro? Y no era que estuviera empezando de nuevo con esas manías extrañas al respecto de Wolfram que tenía en el pasado, sino que le apenaba comprarLE algo. Wolfram era detallista… muy pocas veces y se preguntaba si no sería rebajarse un poco al ser él quien le llevase algo. Meditando al respecto de esto, comenzó a creer que esa era la treta que Hisae quería que empleara. Claro, después de todo, ella había sido quien le había aconsejado eso de "Aprender a ceder".

Murata, a su lado, le revisó de pies a cabeza con una mirada, notando su duda. Sonrió animadamente.

—¿Qué tienes planeado? ¿Bombones, chocolates? ¿Alguna clase de "juguetito"?

Yuuri, a su lado, se vio completamente incapacitado para responder. Al final, tartamudeó.

—Cho-chocolates—y asintió con la cabeza, como para afirmar sus palabras. Entraría a la tienda, los compraría, los guardaría en su bolso y, quizás, si no se le olvidaba, en Shin Makoku se los entregaría a su prometido con un bonito y reluciente "Perdona mi estupidez". En caso de que se le olvidara, bien podría acordarse después, en la soledad de su despacho, y zampárselos él mismo.

—Creo que para alguien como von Bielefeld-kyo sería bueno algo envinado—aportó Murata, tomando la manga de Yuuri y tirando de él como si fuera un muñeco de cartón. El Maou, siguiendo a su amigo con los pies barriendo el piso, pasó saliva, viendo como Murata le dirigía a una enorme y bonita tienda iluminada con luces rojas y amarillas que desprendía un riquísimo olor a chocolate y caramelo—O chocolates con relleno de cereza.

Yuuri asintió con la cabeza de nuevo.

—Con alcohol estarían bien—suspiró—son más, no sé… Wolfram.

Murata sonrió en señal de reconocimiento.

Ambos entraron a la tienda y, en el acto, una chica uniformada se les lanzó encima dispuesta a atenderlos, entregándoles un pequeño folleto con aroma penetrante a fresa, con el muestrario de sus productos.

—Cualquier cosa que necesiten, nos encontramos a sus órdenes—sonrió la joven, con una reverencia. Murata sonrió casi con malignidad.

—Gracias—dijo, devolviendo levemente la reverencia. En cuanto la joven hubo vuelto detrás de su mostrador, el se dedicó a mirar el panfleto que les había sido entregado para encontrar "dudas" que pudieran ser resueltas por la guapa empleada. Yuuri mientras tanto, pululaba ahora entre los cientos de estantes llenos de cajas, frascos y potes, viéndolos todos de una sola vez, pensando si alguno de aquellos podría interesarle verdaderamente a Wolfram: pensaba que sería un poquito ofensivo llevarle uno de esos pomos cargados de chocolatitos diminutos que se encontraban un tanto más allá, por el fondo de la tienda, con moños rosados y enormes con dibujitos de corazoncitos blancos adornando sus tapas.

También meditó demasiado al respecto de escoger una de esas tazas blancas que se encontraban a su espalda, adornadas con pequeños globos brillantes en forma de estrella y que contenían caramelos con envoltura dorada. Wolfram muy probablemente chasquearía la lengua al mirarlo y alzaría las cejas, dando a entender que estaba pensando "¿Este fue tu mejor esfuerzo?"

—Ah, pero si me quiere tendría que conformarse—se consoló Yuuri, pasándose las manos desesperadamente por el cabello. Murata, mientras tanto, fingía estar muy interesado en el proceso de elaboración del chocolate, desde el tratamiento de las habas de cacao hasta el empaquetado y distribución, de lo cual le informaban dos empleadas sonrientes.

Yuuri, por otro lado, se perdió entre los cientos de estantes con la firme convicción de encontrar algo bueno, esquivando gente con pequeñas canastillas, buscando lo más conveniente. La tienda, a decir verdad, era enorme: había amplios corredores limpios e iluminados con luces rojizas y amarillentas que calaban en los ojos pero que le brindaban al sitio un dejo de calidez bastante apacible. Era agradable perderse entre los oblongos pasillos, admirando las cientos de formas de las botellas, las cajas y los frascos de caramelo. Estaba observando unos cuantos empaques de color rojo brillante, cuando, de la nada, el rostro de Hisae, ahora rubia, apareció en uno de los frascos de cristal que Yuuri tenía a su lado. Sobresaltado, el chico miró sobre su espalda y se percató de que ahí la mujer no estaba.

—Ese de allá es muy bonito—sonrió ella, señalándole un punto a sus espaldas: Yuuri no se molestó en mirar—Seguro le gustaría algo así.

—Lo dudo—Murmuró el Rey muy bajito.

—Pero no lo has visto aun.

—Uhm… Prefiero terminar de ver por aquí—aseguró, perdiendo las manos entre pesadas cajas de colores, buscando alguna que le llegase a llamar la atención.

—Oh, su Majestad, acepte un consejo femenino, yo sé lo que le digo: una mujer nunca se equivoca cuando de obsequios se trata, mucho menos si estos están destinados al corazón—sonrió ella coquetamente—Aprovechando su paso por este sitio ¿Podría buscar, ya sabe, algo bonito para mí? Me debe una casa, recuérdelo.

Yuuri parpadeó un par de veces.

—Pensé que ese trato quedaba pendiente para Shin Makoku—comentó, un tanto sorprendido—Pensaba pedir a Günter que hiciera el encargo a alguna vidriería o joyería.

Hisae sonrió amablemente.

—¿Enserio no se había olvidado de eso?

—No.

—¡Oh, Maou heika!

Pero, en ese momento, Murata se acercó demasiado jovial. El rostro de Hisae se ensombreció levemente y, en cuando el Gran Sabio se encontró al lado de ambos, ella desapareció por completo: Yuuri tenía la ligera sospecha de que la mujer era una tipa rencorosa.

—Shibuya ¿has encontrado algo ya?

—Pues…—pero antes de que lograra responder, una caja se le dejó venir encima desde una de las repisas más altas. Afortunadamente, con sus buenos reflejos, logró atraparla antes de que le golpeara la cabeza. Se trataba de una pieza bonita, una caja de cartón forrada en papel brillante de color azul rey que, en la tapa, tenía un escudo hermoso y negro con dorado que recitaba el nombre de la marca del dulce. Yuuri sonrió al ver una ornamentada B enorme que ocupaba casi todo el círculo en donde se representaba el emblema. Le parecía un gran detalle que la envoltura del chocolate tuviera la inicial de su prometido resaltando en la tapa—Creo que este estará bien—murmuró sonriente.

Con lo que nunca contó, fue con que cientos de cajas, aparte de esa que le había caído encima, se desplomaran también sobre ellos, creando un completo caos en la tienda.

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—No puedo creer que nos hicieran pagar los productos arruinados—se lamentó Murata con un suspiro mientras que Yuuri, a su lado, daba un sorbo profundo de su soda de naranja a través de una pajilla. Ambos se encontraban sentados en uno de los pequeños conglomerados de bancas del centro comercial—¡Y yo que pensé que habíamos hecho una buena amistad!—se lamentó, pensando en las empleadas de la tienda.

Yuuri estaba un tanto frustrado por ese detalle: aunque había conseguido que su padre le diera unos cuantos yenes más de los normales, estos se le habían ido ya completamente de las manos con el pequeño accidente del comercio. Al menos, había logrado hacerse con el regalo para Wolfram. Estaba por comentar que al menos habían tenido suerte de haber podido pagar todos los productos dañados cuando, de repente, el reflejo de Hisae apareció en un escaparate de la tienda de ropa que tenían delante. La ahora rubia sonreía y le saludaba descaradamente con la mano. Yuuri la observó largo rato y leyó en sus labios la pregunta "¿Te ha gustado lo que encontré para ti?" mientras que señalaba la bolsa de papel colocada en el piso en donde se encontraba bien guardada la caja de confite.

—Fuiste…—y en ese momento, le cayó encima una pesada roca llamada "comprensión"—¡Fuiste tú la que tumbó todo!

Murata, a su lado, saltó sorprendido. Unas cuantas personas se detuvieron en su andar para poder ver al chico moreno que apuntaba acusadoramente un cristal de escaparate detrás de cual solo se encontraba un maniquí masculino luciendo un conjunto elegante.

—Shibuya…

—Murata ¡Fue ella! ¡Fue Hisae!—Oh, pero en ese momento recordó que probablemente Murata no pudiera verla—Es la "genio"—dijo encomillando con los dedos—que habitaba la lámpara que dijiste haber roto hace dos semanas.

Murata dirigió sus ojos al escaparate y chasqueó la lengua.

…Con que era eso…

—Creo que será mejor que nos devolvamos a Shin Makoku ya, Shibuya.

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Como ya se estaba haciendo costumbre, los dos chicos, de pie al borde de la tina, aferraron sus bolsos plásticos a sus espaldas, mientras que Miko les despedía con la mano desde la puerta del cuarto de baño y, a la cuenta de tres, saltaron al agua, siendo arrastrados violentamente por aquel extraño remolino que los transportaba a Shin Makoku. Casi como si fueran tablas de esas para aprender a nadar, los bolsos de ambos funcionaron muy bien como flotadores y, en menos de lo esperado, ambos salieron a la superficie de la dorada bañera real, boqueando para suministrar aire a sus pulmones.

Yuuri fue el primero en lograr llegar a la parte baja de la bañera, justo en el momento en el que Günter, en compañía de Conrart, entró a la habitación, ofreciendo cada uno a ambos chicos la ayuda necesaria para salir del agua tibia. Yuuri, mientras que se ponía en lugar seco con ayuda de su padrino, se percató con cierta nostalgia que, en verdad, Wolfram no había ido a recibirlo. Murata le dio una palmada en la espalda y ambos se encaminaron a la salida del enorme cuarto de baño. Como Yuuri bien pudo sentir, y ahora que sabía de su presencia continua al lado del Maou, también Murata, Hisae iba detrás de ellos, manteniéndose oculta a los ojos de todos quienes no portaran la corona de Shin Makoku.

Al caer la tarde, después de haberse aseado y comido algo, Yuuri se dio a la tarea de desempacar sus objetos personales traídos de la Tierra en su habitación: Wolfram no había hecho acto de presencia en ningún momento e, imaginándose que estaba aun ceñudo por lo ocurrido con Greta, Yuuri se figuró que muy seguramente el demonio de fuego ni se pasaría por su habitación esa noche. Pasando saliva, tomó la pequeña bolsa de papel que había guardado con muchísimo detalle dentro de varias plásticas para que no se humedeciera y, andando hacia la puerta de su habitación, se aventuró a ir a la del joven Bielefeld, sintiendo que el corazón le latía aceleradamente dentro del pecho, casi como si tuviera ahí dentro y al galope a un caballo de carreras.

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Cuando empujó la puerta de la habitación que ocupaba Wolfram, Yuuri chasqueó la lengua al percibir en el aire la inconfundible loción varonil del mazoku, ni muy profunda ni muy sutil: simplemente perfecta. Gracias a ella, las piernas comenzaron a temblarle y solamente mordiéndose los labios con fuerza fue como se aventuró a entrar de lleno en la recámara, cerrando silenciosamente la puerta a sus espaldas.

Wolfram, para su sorpresa, ya estaba hundido en el lecho, recostado boca abajo a un costado de la cama, abrazando a la almohada mientras que su espalda desnuda se exhibía libremente y era iluminada por los rayos de la luna.

Yuuri, de cierto modo, se sintió cohibido. No quería pasar por la pena de que Wolfram lo echara de su habitación. Andando con sigilo hacia la cama, se arrodilló en esta y se arrastró hasta quedar al lado de Wolfram, abandonando el pequeño regalo a un lado, acercándose al rubio para, como toda buena pareja enamorada y melosa, despertarle de forma sutil: picoteándole el brazo con el dedo sin cuidado alguno.

—Wolf… hey, Wolf—llamó. Wolfram se giró en la cama, quedando esta vez boca arriba, aspirando ruidosamente por la nariz mientras que tiraba un manotazo al aire para que Yuuri dejara de mosquearle. El Maou, sin resignarse, siguió incomodando, empujando uno de los brazos del ex-Príncipe—Wolfram... Necesitamos hablar.

—¿Uh? See, en el Reino de Ingary —masculló Wolfram entre dientes, sumergido aun en su sopor—Botas de siete leguas, madre, como las de Gwendal—masticó una vez más, dejando su voz salir como si hablara a través de un cilindro de cartón. Yuuri estuvo a punto de echarse a reír.

—Hey, Wolf—llamó por cuarta vez, posando su mano en el hombro del mazoku, removiéndolo ligeramente—Despierta.

Y, cuando, al fin Wolfram abrió los ojos y se lo quedó mirando, Yuuri se sintió repentinamente taladrado por un par de perforadores orbes verdes.

—Enclenque, estaba por conseguirme un pastelillo de crema—se quejó el prometido real.

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—¿Sigues molesto por lo de Greta?—preguntó un poco esperanzado Yuuri mientras veía como Wolfram, sentado en posición de loto sobe el colchón, veía recompensada su pérdida del pastelillo de crema de su sueño con la caja de chocolates que Yuuri le había llevado. El rubio dejó el regalo a un lado, sobre la almohada que había estado ocupando y negó con la cabeza.

—No estaba molesto "por lo de Greta" estaba molesto porque eres un irresponsable: te dije que la cuidaras y no me hiciste caso…

—Entonces estás más molesto porque no te hice caso—bateó Yuuri, chasqueando la lengua.

—¡No seas imbécil! ¿Qué hubiera pasado de no haber aparecido Conrart? ¿Tienes idea de lo que duele una caída de caballo? Y deja el dolor de lado, en caso de haber caído mal, Greta, tu hija, pudo salir con bastante daño—regañó el mazoku. Su mano voló hacia la caja azul y, en menos de un segundo, los sellos del empaque habían sido rotos y Wolfram se llevaba ya una pieza de chocolate envinado a la boca. Yuuri le contempló largo rato, sin embargo, pescó lo que sus ojos le enviaban al cerebro hasta pasado un tiempo—¿Por qué demonios los compraste con vino? No me salgas con la ridiculez de que querías aprovecharte de mí—pero estaba sonriendo.

—Pensé que te iban a gustar—se encogió de hombros Yuuri, sintiéndose levemente empequeñecido.

—Me gustan—aceptó el rubio, terminándose una primera pieza enteramente al tiempo que apartaba la caja a un lado. Se movió en la cama cual reptil y, en menos de lo que Yuuri se esperó, lo tuvo encima suyo—Y me gustan estos detalles, me hacen pensar que no eres tan enclenque después de todo.

Yuuri pasó saliva y en el acto llevó sus manos al estrecho cuerpo del soldado, acariciando la sedosa espalda. Fue la boca de Wolfram la primera en impactarse con la suya y la verdad fue que no le costó demasiado trabajo adaptarse a ella.

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Y, a decir verdad, Yuuri nunca llegó a imaginarse que esos chocolates envinados se convertirían en el "juego" de reconciliación de esa noche. Tumbado en la cama boca arriba como estaba, con Wolfram encima de él, podía ver los hombros húmedos del soldado llenos del dulce, lo mismo que su boca y sus mejillas, parte de su cabello también estaba sucio por el caramelo y eso hizo a Yuuri sonreír. Se besaron levemente y Wolfram se tumbó a su lado, pateando las sábanas a un costado para liberar sus piernas mientras que se dedicaba a contemplar la desnudes de Yuuri a su lado.

—Deberíamos pelear más seguido—sonrió el mazoku mientras que Yuuri chupaba el chocolate que se encontraba embarrado en su hombro.

—A mi no me gusta—murmuró bajito.

—Ah, pero si las reconciliaciones son geniales—sonrió Wolfram, apegándose un poco más a él, enredando las piernas de ambos una vez más, presionando con la rodilla las partes pudendas del Rey. Los labios húmedos de Wolfram se asentaron en el cuello del moreno y ahí comenzaron un juego que involucraba labios-piel-lengua, por lo que Yuuri comenzó a jadear.

—Wolfram, ya tengo sueño.

—¿No es preocupante que siempre te duermas después de la primera ronda? Un anciano tendría mayor vigor que tu.

—Es que me adormezco—se excusó el Rey, comenzando a cerrar los ojos—No tengo fuerzas para hacerte nada más, Wolfram, enserio.

Y el rubio soltó una suave risa que salió también por su nariz.

—Pero yo si las tengo para hacerte de todo a ti.

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—Parece que te ha apaleado la guardia entera, Shibuya, tienes una cara horrenda—saludó Murata al toparse con Yuuri en las bibliotecas del castillo en donde Günter le impartía sus lecciones al Rey—¿Cómo fue anoche todo con von Bielefeld-kyo?

Yuuri, tan solo de acordarse de la "segunda ronda", se ruborizó.

—Biiiiiieeen—respondió, centrando sus ojos oscuros en una de las enormes ventanas. Murata sonrió a su lado. Hisae se encontraba un poco más allá, hurgando entre las cosas que Günter tenía dispuestas en su escritorio—Wolfram es insa…ciable—se atrevió a contar, más rojo que una manzana madura—No he dormido—lloriqueó, más como quien se queja de su mala fortuna al viento de forma maniaca que como quien le cuenta confidencias a su mejor amigo.

—Shibuya ¿No te parece que es normal en alguien como él? Después de todo, su majutsu es el fuego ¿Has oído eso de que el rojo fuego es pasión?

—No me hables de un Wolfram demasiado apasionado—se estremeció, recordando al resultado de su primer deseo.

—Bueno, yo solo digo que es algo normal.

—Ah-ah—negó Yuuri, un tanto compungido—Bueno, me preocupa no darle todo lo que él desea en "ese" aspecto ¿sabes? A veces yo deseo que Wolfram sea alguien que no se sienta demasiado atraído por el sex… ¡No!—Grito Yuuri al recordar que Hisae se encontraba a sus espaldas, aunque cuando lo hizo, ya fue demasiado tarde.

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Cuando abrió los ojos de nuevo, se sorprendió completamente al encontrarse en una habitación demasiado similar a la que ocupaba en Shin Makoku: esta era demasiado grande también, con enormes ventanales de cristales tintados en color café bajo y cortinajes de fina tela pesada de color azul oscuro. La cama, esta vez, tenía un dosel pronunciado y, por todos lados, en silencio, pululaban cientos de pajes que esperaban su despertar para poder atenderlo: En "el verdadero" Shin Makoku, al menos esperaban—de buenas a primeras, cuando supieron que la presencia constante de gente en su habitación le provocaba cierto "trauma"—a su llamado.

—Su majestad, espero que tenga usted unos buenos días—saludó una doncella rubia.

—¡Tu! ¡Yo en ningún momento desee nada nuevo!—berreó a la imagen de Hisae que, por lo bajo, sonrió mientras que todos los demás sirvientes del Rey contemplaban a este como si estuviera loco.

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—Su Majestad—llamó su consejero, esta vez un hombre de cabellos castaños y mirada un tanto penetrante que, definitivamente, le hacia los mandados a Günter—A las tres tiene una cita con el embajador de Kingsbury. Como usted pidió, se ha ordenado a los cocineros y chefs del castillo preparar una comida sencilla pero llamativa: ahora, lo que necesitamos que elija es el color de los manteles que…

—¿Y Wolfram?

—Disculpe… ¿señor?—preguntó el Consejero, dejando por fin su palabrería de lado—¿Wolfram?

—Mi pa-pareja—asintió Yuuri, dudando: en todos los deseos pasados él ya era pareja de Wolfram ¿En este las cosas irían diferentes? De ser así ¿Cómo demonios haría para encontrarse al rubio?

—Oh, su Majestad, hable más bajo, por favor—pidió el Consejero, chasqueando los dientes con cada palabra que murmuraba entre ellos—Recuerde que su "relación" con ese joven está prohibida ante los ojos del consejo y mientras la mantenga en secreto, todo irá bien, de lo contrario, nos meteremos en problemas.

—¿Prohibida por el consejo?

—Sí, su alteza, ya sabe: Rey y… un… un… pues no—negó el hombre, agitando la cabeza.

Yuuri pasó saliva.

—¿En dónde está Wolfram?

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Cuando Yuuri entró a las enormes cocinas del Castillo, todos dejaron sus labores para reverenciar ante él. Las nubes de vapor que despedían las cientos de ollas en los fogones ocultaban de su vista los rostros de las personas, sin embargo, el destello dorado de un cabello hermoso atrajo su atención. Wolfram estaba al fondo de la enorme cocina, vestido con un blanco y perfectamente bien cuidado uniforme de chef aunque no demasiado moderno como los que había en la tierra y, mientras que fingía reverenciar como todos los demás, batía con la mano una cuchara dentro de una cacerola a sus espaldas.

—Salgan de aquí un instante, por favor—pidió el Rey. En el acto, todos obedecieron, por supuesto, menos Wolfram.

—Majestad—murmuró, haciendo una reverencia de nuevo mientras que escuchaba cerrarse las puertas. Yuuri sintió que el corazón comenzaba a danzarle en el pecho al verlo tan de cerca nuevamente, alzó la mano y rozó una de sus mejillas con el dorso de los dedos: Maldita Hisae. Esperaba que esta vez no le saliera con alguna clase de truco chueco—Hace tiempo que no le veía.

—¿Y es bueno verme ahora?—preguntó con la voz ronca gracias al vapor de la comida que fluía de la cacerola… que Wolfram no había dejado de menear.

—Es bastante bueno, su alteza—y se empinó un poco hacia enfrente para salvar los centímetros que les separaban y rozar sus labios seximente. Tras eso, le dio la espalda para seguir atendiendo los fogones—He ordenado que preparen su comida favorita para las visitas, espero sea de su agrado—sonrió, chasqueando los dedos repentinamente—pimienta—dijo dubitativo y se lanzó a buscar entre cientos de potes que contenían especias hasta encontrar la que necesitaba. Yuuri le vio rociar pimienta en una de las ollas sobre los fogones y se sorprendió de ver a un Wolfram tan concentrado en comida que fuera "No-dulce".

—Wolfram ¿Qué piensas de la prohibición de lo nuestro por el Consejo?—preguntó Yuuri: quizás ya le estaba agarrando la medida a eso de los deseos en universos alternos pues ya no se sentía tanto como un pez fuera del agua: Aun así, deseaba matar a Hisae.

El-No-Había-Deseado-Nada.

—Bueno, eso desde siempre lo hemos sabido—se encogió de hombros el rubio—Es normal que el Consejo desee que su Rey contraiga nupcias con una mujer o a todo caso un hombre que pertenezca a una cuna real. Yo, como humilde plebeyo que soy, me encuentro incapacitado para ocupar ese lugar—Pero lo había dicho con tal diversión, que Yuuri casi interpreto su palabrería como "Me vale mad…".

—O sea que no te afecta en lo más mínimo que nuestra relación no sea vista con buenos ojos—se ofendió el Rey.

—No: usted se casará algún día y nosotros dejaremos de vernos ¿Vale? Después de mi, podrá conseguirse a una querida porque no quiero verme en la humillación de ser el amante del Rey—se volvió a encoger de hombros.

—Ya eres mi amante—le recordó Yuuri.

—Pero usted no tiene ninguna clase de compromiso de por medio—sonrió cínicamente Wolfram, volviendo a menear el contenido de una olla con un cucharon y después probando un poco de su contenido tras posarlo en el dorso de su mano—Ande, pruebe el estofado—rió, sacando un poco con una cucharilla de plata y tendiéndoselo a Yuuri—Cuidado porque está caliente.

Yuuri lo observó con desconfianza y abrió la boca. Wolfram metió la cucharilla, cuidando de no derramar el contenido por la barbilla del Rey y vio con deleite la reacción de este.

—¡Es delicioso!—exclamó Yuuri.

Wolfram se mostró demasiado complacido con eso.

—Por supuesto: lo he preparado yo—se jactó—y esperemos que también a las visitas les guste.

Yuuri frunció los labios, asintiendo.

—Ya verás que sí.

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Al caer la tarde, Yuuri, sentado a la mesa del comedor en compañía de quien se suponía era el Embajador de Kingsbury, se llevó una enorme sorpresa al ver las puertas abrirse y entrar por ellas a un Murata muy sonriente.

—Buenas tardes, su Majestad, Embajador—dijo, con una reverencia. Yuuri, debido a la impresión, se incorporó, por lo que el Embajador se vio obligado a imitarle—Lamento mi demora, espero no causarles inconvenientes.

—Por supuesto que no, su Alteza—se apresuró a negar el embajador, un hombre de cabello castaño y pronunciados bigotes, mientras que Yuuri ocupaba sitio de nuevo: seguro… era… ¿seguro era qué? ¿Qué demonios hacia Murata en su deseo?

Y el moreno de gafas pareció sentir la pregunta de Yuuri en el aire puesto que, al ocupar lugar a su lado con ayuda de un paje, le sonrió diciendo:

—Supe de buena fuente que fue su deseo el tenerme por estos lares, su Majestad—y sonrió mientras que le servían sus alimentos—Al parecer, esa persona no lo pudo librar de mí al momento de realizar su voluntad.

—Oh… ¿Murata?—preguntó Yuuri, aun confuso.

El Gran Mage asintió con la cabeza, dándole a entender que era completamente él.

El Embajador, delante de ellos, lanzó un suspiro de gusto.

—¡Pero qué cocina tan maravillosa!—exclamó—¡Su majestad, tiene usted un chef estupendo!

—Lo sé—sonrió Yuuri, mirando en dirección de la puerta que se encontraba a unos cuantos metros de él, a su costado derecho, por donde se podía acceder fácilmente a las cocinas.

Por alguna extraña razón, ese Wolfram le daba la impresión de ser alguien muy plástico.

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Al caer la tarde, Yuuri se perdió en las cocinas un poco más. La cena no se comenzaría a preparar hasta unas cuantas horas más tarde, por lo que pensó en pasar ese tiempo con Wolfram—antes de decidirse a decir "¡Me arrepiento de mi deseo!" para volver al Shin Makoku real—mientras que Murata se había ido a merodear por ahí: Yuuri lo había notado demasiado curioso al respecto de la "realidad" que creaban los deseos de Hisae. Sin embargo, todo deseo de pasársela bien de parte del Rey se vio truncado por un Wolfram enfrascado en picar lechugas y rábanos como poseso.

—¿Wolf? ¿No quieres que nos perdamos un poco por ahí? Divertirnos un rato, no sé—murmuró, viendo como el cuchillo enorme de cocina iba y venía sobre las verduras—El Embajador de Kingsbury dijo que tu cocina era estupenda.

—¡Ja! ¡Claro que dijo eso! En Kingsbury no saben ni pelar una papa—se burló, siguiendo cortando.

Yuuri puso los ojos en blanco.

—¿Enserio no quieres salir?

—No, estoy ocupado.

—Al menos a entretenernos un poco.

—No: en verdad, estoy ocupado.

—¡Deja que la cena la haga alguien más!

—¡¿Y por qué demonios debería hacerlo, su Majestad?!—Se molestó el rubio de una buena vez, soltando el cuchillo—¡¿Qué no le gusta como cocino acaso?! ¡¿Es que quiere probar lo de alguien más?! ¡¿Por qué quiere sacarme de mi cocina?!

Yuuri pasó saliva: aquel Wolfram era como una mala mezcla de Wolfram Lujurioso y Wolfram Kick Ass.

—No es que te quiera sacar de la cocina—se defendió de inmediato Yuuri. En ese momento, vio a Murata entrar a la cocina, haciéndole señas de que "abortara la misión". Obedeció:—Me arrepiento de…

—¿De qué?—graznó Wolfram, apuntándolo con una mano acusadora—Nunca vuelva a interferir en lo que amo de esa forma ¿me oye?

—Pero, Wolf…

—Yo lo respeto como Rey, pero no acepto que interfiera en lo que yo hago. Podré ser su amante y todo lo que usted quiera pero con mi cocina no se meta—chilló, verdaderamente molesto.

—Pero, Wolfram…

Y el rubio se giró de nuevo, siguiendo con su picadura de verduras.

—Shibuya—insistió Murata.

Yuuri, pasmado, asintió con la cabeza.

—¡Me arrepiento de mi deseo!—y, en el acto, el humo amarillo los absorbió, llevándolos de nuevo a Shin Makoku.

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Cuando ambos chicos abrieron los ojos, fue Murata el primero en espabilarse. Una enojada Hisae estaba delante de él, viéndole con el ceño fruncido. Yuuri reaccionó poco tiempo después.

—¿Qué paso? ¿Qué demonios fue ese Wolfram?

Murata intercambió una mirada con Hisae, como tanteando su terreno, y respondió:

—Pediste a alguien que se sintiera menos atraído por, ya sabes, las relaciones intimas, entonces supongo que el Wolfram de tu deseo llenaba eso cocinando.

—Oh, qué extraño. ¡Y tú! ¡No seas embustera! ¡Yo nunca desee nada! ¡Fueron palabras dichas por decir!

—¿Enserio, Maou?—viboreó ella—A mi me parecieron muy enserio—y se desvaneció.

Murata frunció los labios.

—Shibuya: ese ser nos traerá muchos problemas