NA: Salto de tiempo... Y nada más que decir.
Hasta donde el corazón quiera
por MissKaro
Tres: Salva al corazón
El estado zombi era el que mejor le iría en ese momento, pero después de cuatro meses guardando la compostura, no le daría el gusto a Irie de verla derrumbada, por mucho que quisiera seguir oculta debajo de las sábanas negándose a salir al exterior para enfrentar la cruda realidad.
Si en la vida hiciéramos todo lo que deseáramos, el mundo sería muy diferente, pensó soltando un profundo suspiro comprobando que todas sus pertenencias estuvieran guardadas y que la habitación quedara como si no hubiera estado dos años allí. El dormitorio todavía permanecía como un universo rosa, con el mobiliario en tonos pasteles escogidos especialmente para ella, pero confiaba en la rapidez de Noriko-san para devolverlo al estado en que estaba antes de que su presencia hubiera sido impuesta.
Yuuki-kun o Irie, ya no le importaba quién, podría volver a tener la habitación para sí solo. Ella no tenía nada que hacer ahí.
Cuatro largos meses había soportado sonreír con amabilidad a los Irie, como si nada pasara, aparentando que sus esperanzas de que él la quisiera, o por lo menos, la mirara como una persona, no se hubieran eliminado por completo tras ese día de escuela en que se dejó llevar por la rabia y trató de humillarlo en un pasillo. Estaba harta de seguir fingiendo que nada pasaba, que él era un asunto olvidado, cuando lo veía en la mañana después de que saliera del baño, en las comidas, o antes de irse a dormir, sonriéndole afablemente en un vano intento de hacerle creer que… ya no lo quería.
¡Su corazón era un necio!
Pero no era como antes, su emoción no alcanzaba límites tan elevados al tenerlo cerca, casi sentía indiferencia al escuchar que hablaban sobre él cuando no estaba presente. Había aprendido a no depender de su presencia; ya su respiración se aceleraba poco por él, y, por sobre todo, no lo pensaba a todas horas del día, solo unas cuantas.
Aunque al llegar la noche no servía de nada, derramaba un par de lágrimas cuando repetía en su cabeza palabras de Noriko-san, empecinada en aparejarlos en todo momento.
No se mentía diciendo desconocer el porqué; conocía su corazón y sabía que una mínima parte de él seguía latiendo por Irie, muy en el fondo… mas no podía dejar de pensarlo de la noche a la mañana, llevaba más de dos años y medio enamorada de él cuando cayó de golpe a la realidad, le tomaría un poco más de tiempo olvidarlo por completo.
Volvió a respirar profundo y le dio otra mirada a sus dos grandes maletas rosadas, comprobando que estuvieran bien cerradas, aunque la verdad trataba de alargar el momento lo más posible; le dolía irse de ese lugar, que consideraba su casa, su hogar. Tener que decirle adiós le dolía… porque también daba fin a toda vaga esperanza que tuviera con Irie.
—Y vuelves a pensar en él —se reprendió con un gruñido, hincándose junto a una caja con algunas de sus pertenencias.
Levantó la tapa y sonrió melancólicamente, cogiendo el portarretrato donde había una foto de Irie y ella, de la Navidad antepasada, Noriko-san los "obligó" a ambos a posar frente a la cámara, muy juntos; la había enmarcado y dado a ella como una muestra de lo bien que se veían juntos. Tenía ansías de sacarla y guardarla en un cajón de la cómoda, para que quedara en la casa, como símbolo de despedida, pero su parte masoquista la obligaba a llevarla con ella para evitar que terminara en la basura y también para que la tuviera secretamente guardada para el futuro, como recuerdo de lo que nunca fue, así como del dolor que se evitó a su lado.
—Una lágrima —dijo al ver que en el cristal caía una gota de agua desde su rostro. No se había percatado de que en sus ojos se habían llenado de lágrimas, que amenazaban con caer si no las controlaba.
Parpadeó repetidamente con el objeto de eliminarlas, no quería que los demás vieran el rastro de llanto, no quería ver la lástima o la burla en los ojos de Irie… aunque últimamente él la hubiera dejado en paz y no notara que sus ojos violetas expresaran algo.
Era tan raro de parte de él, pero suponía que después de tres semanas rodeado de murmullos a su paso, que sólo desaparecieron tras su rotundo silencio sobre el tema, no le quedaba nada por mostrar.
No se había vengado, pero había conseguido que la mordacidad de él concluyera.
Sin embargo, todavía se sentía mal por aquella vez; se había dejado llevar por sus sentimientos negativos y le había hecho daño, había sido cruel como él.
Hizo sonar su nariz y retornó el portarretrato a la caja, levantándose al recordar lo que tenía que hacer esa mañana.
El día anterior fue su graduación de la preparatoria y hoy era el día en que debía decir qué decisión había tomado respecto al compromiso. A excepción de su padre, ninguno tenía la certeza de qué iba a responder. Sólo su padre, que la conocía por completo, se había dado cuenta de cómo se sentía y ya había hablado con él antes; estuvo de acuerdo con su decisión, un poco triste, sí, pero la antepuso a sus deseos de querer emparentar con su amigo.
Se merecía respeto a sí misma.
Salió de la habitación silenciosa y de camino al salón, donde todo había comenzado, se encontró con Irie, que la miró de una forma que no supo descifrar antes de que ambos continuaran andando al escuchar el llamado de Noriko-san.
—Pareciera que fue ayer el primer día que nos reunimos todos aquí —comentó animada la única mujer de los Irie invitándolos a sentarse en los sofás, donde los demás esperaban con diferentes tipos de sentimientos en su mirada.
Su padre, al centro del sofá de dos plazas, la contemplaba con ojos inundados en amor y orgullo; Shigeki-san, frente a él, en el sofá con tres plazas, la observaba con la misma amabilidad y calidez que le había profesado desde un comienzo. Yuuki-kun, al lado derecho de su padre, la miraba con incertidumbre y, a pesar de todo, con el aprecio que había comenzado a sentirle desde el día que acudió en su auxilio cuando se desmayó de dolor, por el apéndice que debió ser extirpado, mientras nadie más estaba en casa. En el sofá de una plaza, Noriko-san, le dirigía una mirada llena de amor y esperanza, que casi le rompió el corazón.
En el salón, sólo quedaban disponibles dos lugares para Irie y ella, los mismos que el primer día.
Era como si la escena se estuviera repitiendo; probablemente tendría el mismo final caótico que aquella vez, tras el anuncio de que vivirían todos juntos.
Rió en voz baja al recordar que Irie y Yuuki-kun pusieron boca como pez al saber que dormirían en la misma habitación.
En esa ocasión, al reír sola, nadie la observó como si estuviera fuera de lugar, tal vez pensando en que tenía otra de sus ocurrencias en mente.
Saludó agitando su mano rítmicamente, y fue recibida por una serie de asentimientos extrañados, dado que habían desayunado apenas una hora atrás, donde se habían visto. Se encogió de hombros como si no le importara, consciente de por qué lo hacía.
Apariencia.
Aquí comienza la función, dijo en su mente.
Con una sonrisa a todos, ocupó su asiento como si estuviera animada, tratando de no tomar en consideración las miradas interrogantes de ellos, que se morían por saber lo que ella tenía por decir (bueno, no su padre), pero esperó pacientemente a que Irie tomara el sitio que le correspondía, lo cual hizo como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Cabía la posibilidad de que se sintiera condenado a un futuro junto a ella y por eso quisiera retrasar el momento todo lo posible, disfrutando del tiempo que le quedaba de soltería.
Lo observó durante unos instantes, esa vez no llegó a su cabeza la ilusión de cómo sería ser su esposa, era muy tarde para eso. Lo que sí hizo fue admirar sus rasgos como último de derecho de prometida secreta; un cuerpo perfecto, ejercitado por las prácticas de tenis a las que iba semanalmente, tan alto como un modelo, de piel blanca y rostro casi anguloso, sedosas hebras de cabello castañas, perfectamente recortadas, ojos marrones violáceos que podían contemplarte con demasiada intensidad o con completo vacío.
Era demasiado guapo para su propio bien, había que admitir, pero todo lo arruinaba con ese carácter espantoso que tenía, bastante educado, totalmente frío y sin sentimientos. Las consecuencias de ser tan listo, o no.
Toda una joya de marido, reflexionó con sarcasmo.
Pero tú lo querías a pesar de todo, Kotoko, replicó en su cabeza con desgana, y casi sintió sus hombros caer por la manera en que su mente se burlaba de ella.
Probablemente, si se esforzaba, Irie sería un buen esposo, pero ella no sería quién lo descubriera, muy a su pesar. Tenía la oportunidad, sólo que no era tan egoísta, ni se despreciaba tanto como para embarcarse en un matrimonio de amor unilateral, donde su esposo la odiara. Sería una pesadilla.
Alguien se aclaró la garganta y ella brincó; se dio cuenta que se había quedado en la luna y se sonrojó. No podía pasar un día sin que le ocurriera.
—Tan típico de ti, tonta —bromeó Yuuki-kun sacándole la lengua.
Bajó la cabeza un poco apenada, pero se percató rápido que él había hecho lo que ella dos años atrás disimuló hacer, aligerar la tensión.
Le sonrió a Yuuki-kun, que se sonrojó dulcemente como respuesta, y se dijo: ya basta de juegos.
—¿Les gustaría que platicáramos un poco o fuéramos directamente…
—Al grano —habló Irie, después de que su madre dejara las palabras al aire.
Si él trató de disimular lo aprensivo que estaba, con esa única frase su intención se fue al traste.
Apretó los labios tratando de no reír hasta que finalmente lo consiguió; luego, asintió con un encogimiento de hombros.
Lo que logró fue atraer las miradas de los demás, que la sonrojaron al punto de sentir sus orejas calientes.
—Y-yo-o… —balbuceó nerviosa y mordió su labio inferior. No era tan fácil, después de todo.
Había estado toda la semana practicando las palabras correctas para que no ofendieran a nadie, pero pareciera que en un instante ellas habían decidido irse de paseo, junto con toda su razón.
Qué vergonzoso.
—Je, je —soltó rascándose la parte trasera del cuello.
Frente suyo, Irie puso cara de exasperación y eso le devolvió un poco de seriedad.
Suspiró, obligándose a no volver a ver a Irie en lo que hablaba. —Shigeki-san, Noriko-san, eh… no creo que haya palabras adecuadas para aceptar… casarme con su hijo… eh… es un honor para mí el que me consideraran candidata para ser de su familia… —expresó con sinceridad, sonriendo a ambos Irie, preparándolos para la decepción que se llevarían al rechazar el matrimonio. Internamente, le sentaba mal romperles el corazón así, pero tenía que pensar en sí misma y esperaba que, como su padre, lo entendieran.
Evitó centrarse en la mirada ilusionada de Noriko-san, borrando su propia sonrisa. —Pero me temo que no puedo casarme con su hijo Naoki —dijo sintiendo su pecho comprimirse con dolor, en vez de sentir como si un peso se le fuera de encima.
Cerró los ojos, bajando la mirada, al escuchar el jadeo ahogado de Noriko-san, acompañado de un ¡oh! de parte de Shigeki-san. Se sentía muy mal haciéndoles eso, si hubiera existido la forma de evitar su desilusión lo habría hecho, pero no había alguna cosa que pudiera hacerse. A eso se había atenido al ser quien tuviera la última palabra.
Sus párpados se alzaron y sus ojos se encontraron con los de Yuuki-kun, que la observaba con extrañeza, dirigiendo breves miradas a su hermano, al que ella no se dignó a ver. No era tan fuerte como para soportar el triunfo en los ojos de Irie, eso le rompería aún más el corazón, de lo marchito que ya estaba.
—¿Kotoko-chan? —llamó Noriko-san con un deje de lamento.
Giró a su izquierda para verla y suspiró apesadumbrada por los ojos llorosos de la mujer a la que mucho apreciaba como una madre; le dolía hacerle daño, más porque todavía tenía que comunicarle su decisión de no vivir más allí. No la podía dejar para después, por temor a arrepentirse.
—Noriko… —susurró su esposo desde su lugar, en tono de advertencia, aunque la voz de él también dejaba al descubierto lamentación.
—¿No puedo hacer nada para que cambies de parecer? —preguntó Noriko-san esbozando una leve sonrisa valiente, que le hizo sentir mayor respeto por ella.
Lamentablemente, tenía que decirle que no.
Negó con la cabeza. —Lo lamento, Noriko-san, sé lo ilusionada que usted estaba, pero esa ha sido la decisión que he tomado, después de mucho pensarlo —comunicó, y la mujer asintió con hombros caídos—. Noriko-san… Estoy segura que su hijo… él encontrará una esposa maravillosa. Tenga fe en ello… —Se inclinó hasta posar la palma de su mano sobre la mano extendida de la mujer, dándole un apretón amistoso—. No se preocupe, si la mujer lo ama, no le importará su forma de ser y podrá soportar muchas cosas… Cuando no lo ame…
Guardó silencio sin saber realmente qué decir, sin poder mentir más dando a entender que ella entraba dentro de esa categoría, pero si así lo hacía parecer, estaba bien. Evitaría dejar sus sentimientos al descubierto y se ahorraría que presionaran a Irie a quererla. A casarse con ella.
—Deje que todo siga su curso y verá que las cosas saldrán bien —afirmó, esperando que su propio consejo se aplicara a ella.
—¡Oh, Kotoko-chan! —exclamó Noriko-san parándose a abrazarla con mucha fuerza, entre lágrimas.
Le devolvió el abrazo, reconfortándola abiertamente, aunque en secreto buscaba su propio consuelo. —De verdad habría disfrutado se su hija —susurró al oído de ella—, pero…
Su hijo no me ama.
—Tú siempre serás una hija para mí, Kotoko —murmuró Noriko-san, separándose para acariciarle el cabello.
Al apartarse por completo, tragó saliva, aguantando sus lágrimas por lo siguiente que iba a decir.
—Les estoy enormemente agradecida…
—Oh, no —musitó Noriko-san, observándola atentamente antes de cubrir su boca con ambas manos. Adivinaba qué seguía. —No tienen por qué…
—Creo que lo mejor será que mi padre y yo dejemos de vivir en su casa —manifestó con un nudo en la garganta y esa vez el llanto de la señora Noriko sí acabó con sus defensas, haciendo que un sollozo brotara de sus labios.
En el fondo, ambas sabían que era lo mejor.
—De verdad que no… —Noriko-san replicó y buscó detrás de ella a su esposo.
—Noriko… —dijo él simplemente, aunque seguro le estaba comunicando algo con la mirada, como hacían siempre.
—Shigeo, ¿por qué no te asombras? —Noriko-san quizá decidió encontrar apoyo en su padre, para que le hiciera desistir.
Su padre suspiró y habló. —Kotoko y yo platicamos con antelación, pero acordamos que sería ella quien se los diría. Tenemos nuestras cosas preparadas para que no fuera más difícil. Estamos tan agradecidos por su hospitalidad, pero…
—Siempre hubo el mínimo de posibilidad de que nuestros planes no llegaran a funcionar… —completó Noriko-san tristemente antes de volver a abrazarla con tanta fuerza que temió por sus huesos. —Temía tanto que este día llegara —le dijo en un susurro.
—Yo… lo lamento.
—No hay por qué… —repuso Noriko-san, soltando una de sus típicas risas elocuentes. —Podrán visitarnos cuando sea… que no seamos familia política no significa que no nos veamos. Anda —le animó esbozando una sonrisa pequeña, que lucía un poco triste acompañada de sus ojos enrojecidos—, ve por tus cosas, pide a onii-san que te ayude a bajarlas… después nos despediremos.
Alertada por las palabras de Noriko-san, miró a todas partes; hasta entonces no se había percatado que Irie no estaba en el salón. Pero así era él, una vez que lo que le interesaba pasaba, se apartaba de todos encerrándose en su habitación.
Asintió dirigiéndose a las escaleras, limpiándose sus lágrimas con gesto ausente. Cuando llegó a la puerta de Irie, llamó, y en unos momentos, él abrió, con un libro en la mano; al verla, la observó como si nada.
Si quería otra prueba de lo muy poco que le importaba, ahí la tenía. Tan rápido había vuelto a su vida normal.
—¿Qué se te ofrece? —cuestionó él enarcando una ceja.
Decidió no mirarlo a los ojos y se centró en su pecho, donde se extrañó al ver que el libro estaba de cabeza, pero no le tomó gran importancia.
—Mi padre y yo nos vamos, quería saber si podrías ayudarme a bajar mis cosas —dijo esperando escuchar su negativa.
Para su sorpresa, él cerró el libro suavemente y lo dejó sobre el escritorio junto a la puerta.
—Vamos —le indicó instándola a avanzar hasta la habitación.
Una vez allí, Irie le instruyó que llevara una caja, mientras que él cargaría las dos maletas hasta el piso de abajo.
Hicieron la tarea en silencio, dejando los objetos en el vestíbulo, donde una maleta de su padre y una caja también descansaba; la ausencia de los adultos en la entrada explicaba el sonido proveniente del salón.
Al subir, ella se adelantó hasta su dormitorio donde quedó la otra caja, él se quedó atrás andando más despacio; de todas formas, ya no lo necesitaba más.
Salió de su ya antigua habitación y cerró la puerta en silencio; para su asombro, Irie estaba parado junto a la entrada de su propia habitación, escrutando sus movimientos.
—Gracias —le dijo ella con una pequeña inclinación de cabeza, habiéndolo olvidado antes. —Eh… supongo que eso es todo.
—¿Por qué no aceptaste? —interrogó él, tomándola por sorpresa cuando se disponía retomar su camino, su tono de voz sonaba curioso.
—¿Eh?
—Leí tu carta —aclaró Irie, cuando quedó claro que no respondería a su pregunta.
Abrió sus ojos espantada, sintiendo cómo el calor se acumulaba en sus mejillas.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? —preguntó con nerviosismo, la caja en sus manos comenzó a temblar, anunciando cómo se sentía por dentro. Agitó su cabeza. —Sabes qué… no importa. Yo… —Bufó—. Es claro que no me conoces si pensabas que sería tan egoísta como para imponerte mis sentimientos.
—Tú eres quien lo ha dicho, no yo.
Rió secamente, negando.
—Tienes razón —concordó.
Por lo menos debía estar agradecida que no mencionó nada hasta ahora, pero, ¿para qué? ¿Qué ganaba?
—Ya… se me hace tarde —musitó al ver que un silencio incómodo los llenaba, al menos así era en su opinión. —Suerte en la universidad —deseó con una sonrisa mirándolo a la cara. —Adiós, Irie.
Él asintió en su dirección y ella se dio la vuelta para ir hacia las escaleras, tratando de tener su cabeza libre de pensamientos.
Al llegar al final del pasillo, se detuvo un instante y escuchó que él abría la puerta. Ladeó su cabeza y miró a Irie por el rabillo de su ojo una última vez, vio que él la observaba en silencio.
Le pareció que tenía las manos cerradas en puños, pero después de un rápido pestañeo, con una punzada de decepción, se percató que las tenía dentro de sus bolsillos, y suspiró.
Era su imaginación creándose ilusiones de nuevo.
Soltó una pequeña risa al volverse al frente, diciéndose que ya era suficiente.
NA: ¡Saludos!
Ando apurada... Tengo un pequeño tiempo para actualizar (y desestresarme).
Hemos llegado a la tercera parte, aquí se rompe el contacto entre los dos, ¿qué creen que ocurra después? ¿Se volverán a ver tras unos años? ¿Irie estará finalmente librado de ella? Si leen entre líneas, verán que no le es tan indiferente... pero él es un capullo.
En fin, quedan dos partes para saber qué ocurre. Espero no tardar mucho con la siguiente, ya tengo esta historia terminada, así que no sé cómo es que retraso su publicación (mentira... tengo muchos proyectos por ahora).
Para quienes leen mi otro fic (Algo tiene el destino), no desesperen, no les aseguro una fecha de actualización, pero en mis ratos libres trataré de escribir algo y que no se prolongue demasiado tiempo el próximo capítulo... inspiración tengo, tiempo no (y media hora no me basta para escribir con toda la concentración que necesito). No crean que me he olvidado, es sólo que ya tenía este fic desde diciembre y el capítulo del otro, lamentablemente, no lo comencé a su debido tiempo [la vida real es cruel u.u].
Entonces, les dejo. Cuídense.
Besos enormes, Karo.
Adelanto:
—¿Interrumpo? —pronunció Irie sonando arrogante, con una ceja elevada y sus ojos escrutándola a ella. Sentía que esa mirada le abrasaba por completo, y no sabía el porqué. Nunca lo había sentido antes de él.
Irie se veía imponente portando su bata blanca, además de que su estatura servía lo suficiente para sentirse intimidada ante él.
—¿Lleva mucho tiempo allí? —interrogó Kagamori levantándose de su asiento, haciendo que Irie dejara de observarle para concentrarse en él, cambiando su semblante drásticamente al mirarlo. Su ceño lucía ligeramente fruncido, como si estuviera enfadado, y sus labios parecían transmitir desagrado, del que ella no le había visto en alguna ocasión anterior.
Miró a su compañero, que elevó la barbilla ante la socarronería de Irie.
—¿Ya han terminado con las muestras? —contestó el genio, sin dejarse amedrentar. Ella tuvo que reprimir un suspiro, Kagamori tendría que saber mejor que nadie podía traspasar la barrera de Irie, y que en realidad así era la forma de ser de él, no debía sentirse ofendido.
Aunque tenía el presentimiento que sí debía hacerlo.
¿Qué pinta Keita Kagamori aquí? Luego lo descubren...
