CAPÍTULO3. OLIVANDERS Y UN VIAJE ALGO ACCIDENTADO.
Tras llegar de nuevo al Caldero Chorreante las cuatro chicas indagaron sobre el paradero de Hagrid, que, suponían, era aún la calidez de su cama.
Justo cuando el posadero iba a responderles oyeron una exclamación tras ellas. El semigigante estaba plantado ante sus ojos con una expresión feroz en sus ojos oscuros. Vestía un abrigo roído de piel de hurón y calzaba sus habituales botas de cuero.
- ¿Dónde estabais?- gruñó en cuanto intentaron comenzar a hablar.
- En el callejón Knockturn- respondió Cristina que aún parecía algo mareada- Pero fue idea suya.- añadió señalando a Elena que se medio escondió tras una mesa.
Hagrid abrió mucho los ojos y les mostró con un ademán la entrada al callejón en el que habían estado el día anterior.
- Andando, sin rechistar.
El gigantesco hombre abrió la entrada y se dedicó a murmurar por lo bajo sobre algún tema que tenía que ver con chicas alocadas que no conocían las costumbres de su mundo.
Tamara tenía aspecto de estar enfadada con todo el mundo lo cual provocó algún que otro llanto entre los niños más pequeños que poblaban aquella calle. Las tiendas más concurridas eran las de artículos para el vuelo en las que se agolpaba gente de todas los edades para contemplar los nuevos modelos de escobas de carreras.
- Es aquí- avisó Elena antes de que Hagrid pudiera abrir la boca.- La primera parada en nuestras compras, la tienda de túnicas de Madame Malking.
El gigante seguía asombrado por que, en su opinión, cuatro pequeñas muggles de apenas quince años de edad, conocían el callejón Diagon como si llevasen entrando en el desde hacía un montón de años.
Mónica fue la primera en entrar con paso firme en la espaciosa tienda. En ella había varios taburetes bastante sólidos en los que debían subirse los alumnos de los diferentes colegios (aunque en su mayoría eran de Hogwarts) para probarse las túnicas reglamentarias.
En aquel momento solo había una persona en un taburete y dos metros voladores le tomaban medidas. Era un chico rubio y de ojos marrones que hizo que Cristina pegase un salto. Adelantó a Mónica y se puso la primera para que la señora Malking la atendiese.
Una brujita regordeta y que tendría al menos sesenta años se acercó a ellos y les saludó con una agradable sonrisa.
- Soy Any Malking, la sobrina de la bruja que regenta esta tienda. ¿Hogwarts, verdad?
Cristina asintió complacida y se subió ágilmente al taburete que estaba justo al lado del chico pero este ni siquiera le dirigió una mirada.
Algo decepcionada, Cristina, se dedicó a preguntarle cosas a Any sobre su trabajo. La bruja la metió dentro de una larga túnica negra e hizo los pertinentes arreglos con su varita mágica.
Luego fue Mónica la que se subió al taburete y observó con ojos de desinterés como el chico que estaba a su lado pagaba sus túnicas y salía del establecimiento como alma que lleva el diablo.
Cuando las cuatro amigas estuvieron listas se dirigieron de nuevo a la calle para proseguir con sus compras. En uno de los lados del callejón se distinguía la librería de Flourish y Blotts donde Hagrid había encargado, mientras ellas se escapaban al callejón Knockturn, los libros necesarios para aquel curso. Penetraron en el establecimiento en forma de compacto grupo encabezado por Hagrid que ya parecía haberles perdonado su escarceo matinal.
La librería estaba llena de gente más o menos de su edad que cargaban entre las manos libros de diferentes tamaños, colores y materias. En una de las puntas de la habitación, la más alejada del mostrador, se encontraban tres chicos hablando y ojeando varios tomos.
Uno de ellos era regordete y tenía los dientes de conejo. Miró con ojos agradecidos un sillón y fue directo a posar su trasero en él.
- ¡¡No, Neville, ese sillón esta ro...!!- uno de los otros chicos intentó que su amigo no se sentara pero ya era demasiado tarde.
Cristina, que se había vuelto servicial de repente, se acercó al chaval gordito y lo desencajó del aprisionado lugar.
El chico que había intentado avisar a Neville se encontraba leyendo un libro con el título: Calamares gigantes en el Mediterráneo.
- Mi nombre es Seamus Finnigan- se presentó el chico tendiéndole la mano a Cristina.- Gracias por ayudar a Neville- añadió señalando a su amigo con un amplio gesto de sus manos.
Cristina abrió y cerró la boca varias veces ya que se suponía que Seamus era el que ocupaba sus pósters.
- Pero si está en la edad de la paella ( N/A: Oseasé todo lleno de granos)- gimió Cristina dándose la vuelta apresuradamente al descubrir que su príncipe azul era más bien el punto deseado de Brillante "El arroz que no se pasa".
Elena sonrió a Mónica y a Tamara de forma cómplice y las tres se alejaron dejando a Cristina con Seamus que se la comía con los ojos.
- Es hora de que compremos los libros ¿verdad?- preguntó Tamara a Hagrid sacando la lista de los libros de uno de los bolsos interiores de su capa.
El semigigante se volvió repentinamente hacia ellas y tomó el pergamino que le tendía Tamara con una de sus grandes manazas. Empezó a caminar en círculos mientras cogía los libros de las estanterías y los iba cargando en la curva del brazo con el que no sostenía la nota. Algunas de las personas que estaban en la tienda se les quedaban mirando con los ojos muy abiertos por la sorpresa, ya que, ni en el mundo mágico, era normal ver a un semigigante y a cuatro chicas (ya que Cristina había logrado librarse de Finnigan) pasear alrededor de una tienda llevándose la mitad de las existencias.
Tras haberse repartido los consiguientes materiales de estudio pasaron hasta la caja donde pagaron rápidamente y salieron pitando hacia el exterior.
Las compras se prolongaron durante toda la mañana y, poco antes del mediodía, entraron por fin en el sitio al que habían estado deseando ir desde hacía dos días: Olivander´s.
Una chica bastante alta, de cabello castaño claro y rizado y con los ojos verdes estaba probando su varita cuando la tropa entró medio corriendo en el establecimiento.
- Ahora, agítala- dijo el anciano entregándole una varita de color rojizo y con vetas verdosas.
Al parecer era la correcta ya que del extremo brotaron algunas lucecitas plateadas. La muchacha pagó con mucha dilación y se dirigió al exterior donde la esperaban quienes parecían sus padres y una niña mucho más pequeña.
- Esa no tenía ni por asomo once años- murmuró Cristina frunciendo el ceño- A ver si va a ser otra como nosotras.
Sus amigas no se preocuparon por ello y se acercaron al mostrador en una especie de orden divino. Tamara fue la primera en enfrentarse a lo que se podía llamar la primera "prueba" dentro del mundo mágico, Olivander le tendió una larga varita de ébano extrañamente flexible y que, como dijo, estaba relleno con el cabello de un unicornio volador.
La varita formó una estela de color dorado y rojizo, por lo tanto aquella sería la compañera perfecta de Tamara en el mundo mágico.
La siguiente, Elena, se acercó con las manos temblorosas al mostrador y, después de algunos intentos fallidos con varitas realizadas en materiales tales como ébano y roble, le fue entregada una vara realizada con la mezcla de dos maderas, la de ciprés y la de tejo, en su interior residía parte del colmillo de un basilisco.
Mónica le tomó el relevo y probó también varias de ellas sin ningún éxito hasta que, con una de saúco y con escamas de dragón una estela de fuego se formó a su alrededor.
La que más problemas tuvo fue Cristina que parecía no encontrar ninguna varita que se adecuase a ella, la verdad es que conservaba un cierto resquemor con lo mágico que disuadió a varias varitas de las maderas más poderosas pero, pasados largos minutos, encontró la correcta. Era una pequeña varita de madera ajada por el tiempo y que poseía un resorte que la hacía permanecer reducida hasta que el portador le ordenaba su despliegue.
Pagaron sus compras mientras Hagrid las miraba de forma bastante más extraña de lo habitual, lo cual, considerando las locuras que habían hecho en solo un día en el mundo mágico, podría decirse que era antinatural.
El semigigante las llevó de nuevo hasta El Caldero Chorreante y las advirtió que no quería más escapadas al callejón Knockturn en los días que faltaban para que el expreso de Hogwarts marchara del andén 9 y ¾.
Durante la cena, las chicas, se dedicaron a fardar sobre lo impresionante de sus varitas.
- La mía es la mejor- dijo Cristina después de haberse terminado la segunda copa de helado de chocolate.- Mirad, se hace pequeñita y todo.
- Claro, la varita "plegable" es la mejor de todas- murmuró Mónica con sarcasmo y buscando con la mirada a Elena.
- Es una pena que su queridísimo Seamus no tenga su "varita" (N/A: supongo que todo el mundo sabe a que varita me refiero) también plegable porque sino, entre los granos y la "pequeñez", no sabría lo que hacer por el mundo.- dijo Elena apartando a un lado su postre e inclinándose sobre la mesa con los dedos entrelazados.
Cristina se abalanzó sobre ella para intentar estrangularla pero Hagrid las apartó y se encargó de que todas estuvieran en sus habitaciones en menos de lo que canta un gallo.
Los últimos días antes del viaje fueron un continuo ajetreo de compras y experiencias mágicas ya que Elena logró volver al bar del callejón Knockturn una o dos veces a espaldas de sus amigas y, por supuesto, de Hagrid.
La mañana del día clave las amigas se levantaron cuando el alba aún despuntaba en el horizonte, bajaron a desayunar y terminaron de empacar sus cosas mucho antes de las diez de la mañana que era la hora en la que se suponía deberían partir hacia la estación de King Cross.
Tamara estaba histérica, Mónica mucho más, Cristina seguía tranquila pero Elena no había parado de saltar desde que había abierto los ojos. Al final, Cristina se hartó del alboroto que formaban las otras tres y se dedicó a repartir collejas lo cual lo único que provocó fueron más gritos, más carreras y más, muchos más saltitos.
La hora llegó lo suficientemente pronto como para que Cristina no se suicidara pensando que iba a tener que aguantar las locuras de aquellas maniáticas durante todo el curso. Hagrid apareció en la puerta de su habitación portando los baúles de las cuatro en una sola mano y, con un ligero ademán de desconcierto ante las caras de las muchachas, les indicó la puerta de salida.
El camino hasta el andén 9 y ¾ fue un poco accidentado ya que a Tamara se le escurrió el carrito y este, al chocar contra una mujer anciana, se desmadejó dejando a la vista varias de las pertenencias mágicas de su propietaria.
La estación estaba repleta de gente y las chicas, sin querer, se separaron. Por suerte, todas ellas llegaron sanas y salvas al andén mágico pero subieron cada una por su cuenta al tren.
Tamara y Cristina se encontraron doblando un recodo del vagón y, juntas fueron a buscar uno libre antes de dirigirse a la búsqueda de las otras dos.
- Elena es capaz de arreglárselas sola aquí ya que sabe mucho del mundo mágico- suspiró Cristina haciendo traquetear el pequeño pasillo por culpa de lo que pesaba la jaula de su gato.- Pero no sé que hubiera hecho si fuese yo la que estuviera perdida.
- Tal vez ir a buscar a tu amado "cara de paella"- contestó la voz de Mónica que parecía haberlas encontrado antes que ellas empezaran a rebuscar.
Cristina se rascó la cabeza en ese gesto tan "suyo" y que tanto conocían sus amigas. De pronto la jaula de su gato se abrió y este salió pitando con la cola erizada y subiéndose hasta el techo cada vez que alguien le intentaba parar.
- Será mejor que vayas tras él- aconsejó Tamara poniéndose un dedo en lo labios- o nos tocará pagar todos los destrozos que haga y no creo que Elena nos deje tocar los mil galeones que ganamos ni aunque le diésemos una buena razón.
Cristina desapareció de su vista justo cuando el tren se ponía en marcha. Tamara y Mónica empezaron a revisar el tren en busca de un compartimento que no estuviese lleno pero, cuando Mónica vislumbró un chico con acerado pelo rojo, irrumpió en el vagón en el que este estaba como si tuviese un petardo en el trasero.
- Pe... perdonen- susurró poniéndose como un tomate- Es que está todo lleno- añadió recordando la frase usada por Ron en el primer libro.
Harry, que estaba sentado al lado de la ventana las sonrió y les indicó los asientos que estaban a su lado. Hermione las saludó también calurosamente y, disimuladamente le dio un codazo a Ron que se había quedado mirándolas fijamente.
Entre tanto, Elena, había dejado de buscar a sus amigas en cuanto había divisado el carrito lleno de dulces que portaba una anciana y rechoncha bruja. Iba a pedirle una gran tableta de chocolate dentro de la cual había un regalo mágico cuando alguien la empujó hacia un lado y ocupó su lugar en la cola.
La joven perdió la compostura (cosa que había en muy pocas ocasiones y en las cuales solía estar por el medio el tema del chocolate) y le soltó un bofetón al chico que dejó caer lo que había comprado y se quedó boquiabierto.
- ¿A qué viene eso de colarse? Pensaba que al menos en este país los chicos estarían un poco mejor educados pero parece que son iguales en todos los sitios, unos irresponsables, asquerosos...- su voz fue subiendo de tono y, asimismo, fue acorralando al adolescente mientras dos de sus amigos se quedaban mirándoles con cara de mosquitas muertas.
Elena se apaciguó pocos instantes después y, dándose la vuelta, entro en el primer compartimiento que encontró, agradablemente, vacío. De pronto los tres jóvenes entraron en el lugar, al que había pegado, que era rubio, se acercó a ella y murmuró algo que más o menos sonó a que: "le ponían las chicas rebeldes"
Ella se le quedó mirando e hizo ademán de salir de allí pero él la retuvo y comenzó a arengarla hablándole de su riqueza, sus posesiones, su vida... Los otros dos chicos se marcharon prudentemente a una señal del que parecía ser su jefe. Elena dejó de escuchar en pocos minutos y en unos cuantos más se quedó dormida. Para su desgracia justo sobre el hombro del que había recibido su guantazo.
Cristina seguía sin conseguir atrapar a su loco gato que continuaba trepando y arañando a cuanta persona encontraba. De pronto, y sin saber como, la chica se encontró en el suelo hecha un lío de piernas con un atractivo joven.
-Yo... lo siento- se disculparon a la vez intentando soltarse y conseguir levantarse sin machacar a la otra persona.
Cristina empezó a observarle en cuanto se puso en pie. Era un joven de unos dieciséis años, alto, rubio y con los ojos azul marino, ya se había puesto la túnica de Hogwarts y llevaba una especie de cinturón donde tenía guardada la varita.
- Mi nombre es Kikousky Malfoy pero puedes llamarme Kiko- se presentó estrechándole la mano.
- Yo... llamo... Cristina- dijo ella con voz velada y más roja que un tomate.
- Vamos a buscar un compartimiento, queda poco para llegar a Hogwarts y no creo que mi primo nos deje el suyo.
La joven le siguió sin acordarse de nada, pero el gato, cansado de juegos, no se separó de su ama en lo que quedaba de viaje.
Al llegar a la estación las chicas volvieron a encontrarse y se dedicaron a contar sus respectivas experiencias mientras acompañaban a Hagrid a través del lago.
Su aventura acababa de empezar.
**********************************************************************
Gracias a todo el mundo por los reviews, espero que este capi también os guste aunque tardé un montón en publicarlo.
Dejad muchos reviews con vuestras opiniones y posibles ideas.
Besssotes de la mala malosa.
