La tristeza se reflejaba en los ojos de Jaime Lannister cuando los muros de Desembarco del Rey se dibujaron en el horizonte. La ciudad ya no era la misma, habría sufrido horrendas mutilaciones en las murallas y en algunas torres del castillo que se observaban ya desde lejos. Jaime se sintió identificado con ella, mientras que esta había perdido su esplendor por una absurda guerra de reyes él había dejado que le cortaran la mano por haber confiado en su apellido.

Anna viajaba a su lado, callada y seria. No habían vuelto a dirigirse una palabra desde la noche en la que él le había ayudado a limpiar su hombro herido. El caballero se dio cuenta de que echaba de menos la irónica conversación de la joven Mormont.

Al igual que ella la suya.

Anna no se permitía mirar al caballero a su izquierda, el recuerdo de su mano contra su espalda frente al río era tan embriagador como doloroso. Y mucho menos podía olvidar que había intentado besarla. Por los siete, aquello no debía volver a pasar, tal vez la próxima vez ella no tuviese la misma fuerza de voluntad para contenerse.

En el fondo Anna sabía que podía contentar al joven Lannister con una conversación pero entre ellos se interponían su orgullo, Robb y Cersei; y aquello era algo contra lo que Anna Mormont no podía luchar.

Sacudió la cabeza para evitar pensar en su atracción por el joven Lannister y lo tachó de algo pasajero.

—¿Os gusta?—preguntó de repente.

—Aún no hemos llegado, Ser Jaime.

—¿Por ahora?

—Por ahora no hemos llegado—dijo con indiferencia. Los hombres de Bolton la miraron asombrados ante la osadía de hablar así al Lord Comandante de la Guardia Real.

—Veo que seguís enfadada

—Disculpadme si evito hablar con alguien que tiene ideas totalmente contarías a mi

—¿A qué os referís?

—Sabéis a que me refiero: yo lucho por los lobos y vos sois un león.

—Es algo más que eso

—Por supuesto. Me desagrada vuestra actitud descarada y vuestra mala educación.

Jaime sonrió con descaro. Y comenzó a espolear su caballo.

—¿Qué tal se os dan las competiciones, Milady?

—¿Qué clase de competiciones?

El caballo de Sir Jaime salió disparado y Anna le oyó gritar desde lejos.

—¡A caballo!

Anna sabía que no debía espolear su caballo y competir contra él, pero no pudo resistirse. Sabía que le ganaría. Además, su futuro era tan incierto en aquellos momentos que un poco de diversión no le vendría mal.

Salió disparada bajo la atenta mirada de los demás soldados y recorrió en poco tiempo la ventaja que la llevaba el caballero. Hacía mucho que no cabalgaba tan libremente y la sensación de su pelo contra el viento le hizo sonreír distraídamente. La risa se convirtió en una carcajada cuando ganó al joven capitán por unos metros y se encontró en frente de las grandes puertas de la capital de Los Siete Reinos.

Lannister parecía sonreír también.

—Felicidades, Milady

—Ha sido fácil—dijo orgullosa

Desmontaron del caballo y ella agarró las riendas de ambos caballos. Lannister la miró sorprendido.

—Sé que tenéis prisa—dijo solamente, y se despidió con un gesto de la mano. Pero Lannister se acercó a ella y la miró a los ojos con cara apesadumbrada.

—Ha pasado mucho tiempo

—No importa cuánto tiempo haya pasado Sir Jaime—ella os espera—dijo sonriendo con increíble esfuerzo

—Gracias Lady Mormont

—Nunca es un placer, Matarreyes —le dedicó una sonrisa divertida y elevó la cabeza con fingida suficiencia. En el fondo, un grito desesperado quería abrirse paso a través de su garganta y detenerle, pero Anna lo silenció con todas sus fuerzas.

La última vez que había sentido ganas de gritar fue cuando Robb le contó que pensaba casarse con Talissa Maegyr.

Por los Dioses, Anna, Jaime no es Robb, él te odia, es un maldito león


A media tarde Anna se reunió con Jaime en la Torre de la Mano, concretamente el despacho de su padre Tywin. Ella sabía que el hecho de haber sacado a Jaime del campamento de los Stark no la libraba de pertenecer a una casa que servía a los reyes del Norte; estaba segura de que si Tywin le pedía cambiar su lealtad se negaría en rotundo y su cabeza acabaría en una pica sobre los muros del castillo.

¿Qué haría un león con alguien como ella?

Cuando entró en la habitación, Lord Tywin y su hijo estaban sentados uno en frente del otro y en la misma mesa. Tywin la miraba a ella y el caballero estaba de espaldas.

—Lord Tywin—dijo inclinando la cabeza—un placer...

—Sentaos Lady Mormont, las presentaciones no son necesarias

Jaime no se movió y Anna tampoco pudo ver su expresión. Estaba muy tensa pero inmediatamente se dio cuenta de que el final de aquella reunión estaba aclarado desde antes de que ella entrara en la estancia. Así que se limitó a sentarse en una silla al lado de Jaime.

Él la miró y asintió con la cabeza.

—Mi hijo me ha contado que le ayudasteis a salir del campamento de los Stark, ¿por qué lo hicisteis?

—Los hombres de Robb iban a matarle, mi señor, yo pensé que era más... sensato, tenerle a salvo.

—No quiero la explicación que le habéis dado a todos los que os han preguntado anteriormente.

La mano de Jaime le sorprendió agarrando la suya bajo la mesa. Dio un pequeño salto pero Lord Tywin no pareció darse cuenta.

Anna recordó los momentos antes de liberar al Matarreyes

—No eres una Stark, Anna —dijo Robb furioso—no tienes derecho a votar

—¡Te he salvado la vida, Robb! ¡Muchas veces!

—Eres una mujer, ninguna mujer puede decidir una estrategia de guerra

Anna sabía que Robb estaba enfadado, solo recurría a la excusa de las mujeres cuando estaba enfadado

—No te estoy diciendo como llevar a cabo tu maldita guerra, Robb. Pero no creo que sea buena idea que dejes a tus hombres despellejar a ese hombre cuando podemos negociar con su vida

—Los lobos no negocian con los leones, además, tú eras la primera que quería acabar con él

—Y cuando sea sensato seré la primera en abrirle la garganta, ¡pero tus hermanas siguen presas en Desembarco del rey!

—Nadie tiene porque saber que el Matarreyes está muerto, Anna

—¡Eres un inconsciente Robb Stark!—dijo—¡y un orgulloso! ¡Córtale la cabeza al Matarreyes y mañana las de tus herma...!

No la vio venir. Si la hubiera visto venir habría parado la mano de Robb antes de que tocase su mejilla, pero no la vio venir.

Giró la cara hacia un lado por la fuerza del golpe. No se permitió llorar

—Si eso es lo que queréis—dijo dándose la vuelta y marchándose sin más—buenas noches Lord Stark

—¡Anna!—dijo arrepentido—¡Cazadora! , dioses... lo siento.

Anna se alejó fingiendo no escucharle.

Miró a Lord Tywin.

—Tuve una... desavenencia con Lord Stark.

—Ya veo, la libertad de mi hijo solo fue la venganza de una mujer despechada—Jaime la miró sorprendido, Anna adivinó en sus ojos algo distinto a lo que había visto anteriormente: decepción, hacia ella. Aun así no soltó su mano, sonrió aliviada.

—Aun así está sano y salvo delante suyo esta tarde, mi señor.

—Yo no diría lo mismo—dijo mirando con recelo el muñón de su hijo

—Hice lo que pude...

—Pues no fue suficiente

—Entonces decida rápido qué hacer conmigo—otra frase que contribuyó a que Jaime le cortara aún más la circulación.

—¿Sabéis qué sois considerada aquí, Lady Mormont?—preguntó el hombre en frente suyo

—Una traidora, mi señor.

Jaime ya no ejercía presión sobre su mano.

—¿Pensáis que alguien como yo puede dejar sin enjaular a una traidora como vos?

—Me sorprendería si lo hiciera.

—Sin embargo hablamos de salvar la vida al Lord Comandante de la Guardia Real. Y mi hijo.

Por los Siete, estaba confundida, muy confundida. Pero quería vivir.

—Puedo irme, Lord Tywin, para siempre—la voz le temblaba y tenía miedo—no deseo morir.

El hombre en frente suyo alzó una ceja, interesado.

—¿No deseáis luchar por vuestro joven lobo?

—Si me voy podré hacerlo, a Lord Stark de nada le sirve tener un cadáver en Desembarco del rey cuando puede tener a alguien luchando a su lado.

—Entonces no me conviene dejaros ir—negó con la cabeza y puso ambas manos encima de la mesa.

—¡Por los Siete, Lord Tywin! ¡Decidme qué queréis hacer conmigo!

—Jaime, sal de aquí

—Padre—dijo agobiado—habíamos acordado...

—No importa lo que hayamos acordado—aquel hombre actuaba con tanta calma que a Anna sintió un escalofrío parecido al que le producía la violencia de Vargo Hoat—quiero hablar a solas con Lady Mormont

Jaime se levantó y se marchó de la habitación, aun mirándola tuvo que agarrarse a los barrotes de hierro que se contorsionaban dibujando la figura del león de los Lannister para no caer. Cerró la puerta detrás de él silenciosamente.

—No deseo vuestra muerte, Milady—dijo mirando al papel que tenía entre las manos—tengo una misión para vos. Si la cumplís según mis exigencias, continuaréis con vida; si me falláis, no tendréis tiempo de salir de Desembarco del Rey con vida.

—¿Y qué es lo que queréis de mí, Lord Tywin?

—Vuestro hermano Jorah mantiene correspondencia con Lord Varys, pero me temo que no nos cuenta todo lo que deberíamos saber sobre la joven Targaryen.

Anna abrió mucho los ojos, aquello le había tomado por sorpresa, ¿su hermano estaba vivo? ¿Servía a Daenerys Targaryen? ¿Mantenía correspondencia con Poniente y ella nunca lo había sabido? Todo el peso del exilio de Jorah que había sentido sobre sus hombros se esfumó en un momento. Estaba vivo, Dioses, claro que lo estaba.

Era un Mormont.

Here we stand.

Sus ojos escocían, pero no podía dejar que el viejo Lannister se diera cuenta. Era una noticia impresionante e increíblemente buena. Se permitió expirar con alivio.

—Entiendo, ¿y qué puedo hacer yo por vos?

—Quiero que habléis con vuestro hermano, quiero la verdad.

—¿Me estáis dando la posibilidad de hablar con mi hermano sólo para mentirle? —dijo enfadada.

—Vuestra muerte sería mucho más drástica, Milady.

Anna se mantuvo pensativa. Quería hablar con su hermano más que nada en el mundo, pero no quería mentirle y mucho menos traicionarle a costa de su confianza.

Además, ¿qué diría Robb?, ¿o su familia?, ¿una Mormont sirviendo a los Lannister?, un despropósito.

Pero tampoco quería que acabaran con ella, estaba destinada a hacer algo más por su familia.

—¿Puedo... puedo pensarlo un poco más de tiempo?

—Hasta que caiga la noche

—Entonces hasta la puesta de sol, Lord Tywin—dijo inclinando la cabeza con falso respeto. Lo único que sentía hacia aquel hombre era ira y miedo, mucho miedo.

Salió de la estancia y no encontró a Jaime cerca, como se había imaginado, en cambio había un par de soldados vestidos de oro y granate y un pasillo vacío y silencioso.

Pasó delante de ellos con la cabeza bien alta y cuando giró la esquina y ya no podían verla se apoyó contra la pared y se permitió llorar. Sus cabellos color caoba la cubrían la cara, pero no podía negarse la emoción.

Por primera vez en casi un año lloraba de alegría, de felicidad. Recordaba a su hermano mayor con claridad: sus ojos azules, su pelo rubio, de un color tan distinto al suyo; su sonrisa, lo delgado que estaba y sus duras facciones. También recordaba cuando le corregía ese brazo demasiado alto a la hora de tirar con el arco o sus falsas palabras de aprobación cuando decidía cocinar algo nuevo.

Sus clases de esgrima.

Los abrazos a altas horas de la noche cuando ninguno se podía dormir porque tenían demasiada hambre.

Sus palabras cuando su padre ingresó en la guardia de la noche: "todo irá bien".

Echaba de menos a su hermano porque, aunque se llevaran tantos años, él lo había sido todo para ella. Quería encontrar su daga y volver a ver otra vez esa empuñadura con forma de oso, quería mantenerla contra su pecho como si fuese a sentir otra vez su fuerte abrazo; pero ahora Hoat tenía el arma y no pensaba devolvérsela.

Quiso avisar a Jaime y contarle lo que su padre le había ofrecido, pero sospechaba que estaba molesto con ella por las nuevas noticias sobre su liberación. En realidad le debía una disculpa.

Cambió de dirección y recorrió los pasillos en busca de los aposentos del joven Lannister. No le importaba lo que le viesen hacer, o que comentasen que había entrado en su cámara, al fin y al cabo, estar en Desembarco del Rey ya era lo suficientemente vergonzoso para una Mormont.

Cuando llegó a la puerta de Sir Jaime, dos caballeros de la Guardia Real flanqueaban las entrada. Se acercó a ellos, vacilante.

Los caballeros no siguen a Sir Jaime... pensó siguen al rey y a...

Las puertas se abrieron y uno de los caballeros agachó la cabeza.

—Mi reina

—Sir Meryn, Sir Osmund, seguidme—la reina se dirigió a los caballeros. Y a ella le regaló una mirada furibunda.

¿Qué demonios le he hecho yo a esa mujer? se preguntó confundida, nunca habían hablado, ni siquiera en Invernalia.

Las puertas se quedaron abiertas y se coló dentro de la habitación rápidamente. Jaime estaba sentado sobre el sofá en frente de su cama, con la cabeza hundida, mirando a su brazo de oro.

—¿Sir Jaime?—preguntó aún en el umbral de la estancia—¿puedo entrar?

—Entrad.

—Creo que os debo una disculpa, por no ser del todo sincera con vos—dijo mirando al suelo avergonzada.

El caballero no la miró.

—Creo que importa poco la razón por la que me liberasteis, Milady. Llegamos a la misma conclusión.

Frunció los labios, podía ver que estaba molesto.

—Entonces eso es todo.

—Hasta la cena, Milady.

Anna se dio la vuelta, aún sin haber visto la cara del caballero y se preguntó si algo más que ella le habría herido aquella tarde. La respuesta no tardó en llegar.

—Ah, y Lady Mormont—Jaime levanto la mano como forma de llamarle la atención. Parecía extremadamente cansado—sí que ha pasado mucho tiempo.

A Anna no le hicieron falta más palabras para entender al caballero. Agachó la cabeza y sin decir una sola palabra cerró la puerta tras de sí.


Lord Tywin sonreía complacido.

—¿Podré comenzar a escribirle hoy?

—Por supuesto, pero tanto vuestras cartas como sus respuestas pasarán por Lord Varys

—Eso no me lo habíais dicho.

—Entonces asumo que no hay trato—Lannister se levantó de su silla y se acercó a la puerta.

Anna frunció el ceño.

—Es... está bien, pasarán por Lord Varys.

— ¿Me acompañáis al banquete? —Dijo ofreciéndole su brazo. —al fin y al cabo sois vos la que hab3is traído al homenajeado a Desembarco del Rey.

Ni se te ocurra, Anna

—Por supuesto, milord.