No muy lejos de allí, Zahe hablaba con algunos de sus compañeros, aquellos que desde siempre la habían acompañado en sus campañas médicas a través de la ciudad. La escena que había sucedido en la ciudad había dejado a doctores y enfermeros sorprendidos, pues no era nada habitual que los médicos de Inglaterra fuesen víctima de ataques o asechanzas de ningún tipo, porque eran la esencia misma de la isla. Roca y venda.
Mientras todos le preguntaban preocupados cómo se encontraba, ella restaba importancia al incidente, arguyendo, que, al fin y al cabo, nada le había sucedido. Mientras oía a sus acompañantes de la mañana relatar por enésima vez la escena a un grupo de aprendices, no pudo evitar que sus pensamientos se centraran en el misterioso joven llamado Poliskwan que le había salvado la vida. Después de hablar con los guardias, había intentado buscarlo, para volver a darle las gracias, pero ya no se encontraba allí. La urgencia por volver al hospital hizo que se transparentara en su retina la imagen del joven, quedando cada vez más translúcida... Tan solo se trataba de un viajero, se dijo, y lo más probable era que por azar no lo viera de nuevo. Qué equivocada estaba.
De pronto, una interrupción, que todos conocían y respetaban hizo acto de presencia: se trataba de una campana de latón, gorda y sonora, que descansaba sobre el altillo del hospital. En aquel lugar, destacado sobre el resto, había un recuerdo a Arquíloco, el héroe, y junto a su imagen, la campana. Escalera de sonido que solo trepaban para advertirse de la necesidad. Cuando el taño cruzaba la sala, transcendía más allá de los médicos a su alrededor y todos en la isla comprendían el mensaje y abandonaban el ocio. Era la campana del peligro. Igual que aquella que sigue a las primeras nubes que auguran la tormenta.
Todos se reunieron junto a las dos mujeres cuyas vestiduras holgadas estaban cubiertas de más roña que dignamente pudieran resistir. Así se dirigieron a las decenas de médicos y enfermeras que había por doquier:
-Desde esta tarde no se oye más en la ciudad: el clamor de piratas. Se dice que han tomado varios rehenes. Que están ocultos en la montaña. Que no hay fuerza que los detenga. Que han matado ya a muchos. Que algunos caen por el barranco. Que otros desmembrados aún viven. Nosotras, junto con otros hemos estado allí y todo eso es cierto. Hemos asistido a cuantos hemos alcanzado con nuestras artes, pero necesitan ayuda. Las docenas de manos que podáis aportar aliviarán a quienes aún no hayan muerto en agonía. Corred.
Ojalá se hubiesen podido desplomar. Pero tan pronto como terminaron el relato fatal, guiados solo por la responsabilidad, sus cuerpos tomaron todo cuanto pudieron y guiaron al grupo hacia la zona. La carrera nocturna por las calles era una desordenada columna de preocupación hasta que llegaron al barraco que limitaba, angosto, con la montaña. Estaban todos tan ocupados con la muerte que campaba por doquier, que ninguno llegó a atender al fuego, enorme y revelador. Pendía sobre ellos y los observaba cobijando a los asesinos en lo alto.
A una decena de kilómetros Poliskwan había conseguido eludir sus asfixiantes impulsos: lo ahogaban por trepar la montaña y descoronar su cumbre. Pero tenía que cerciorarse. Por eso bordeó el acantilado y sus afiladas rocas para descubrir un barco. Era una goleta grande de casco agudo. Encabezaba el trinquete una pequeña batería de cañones, armas fugaces que retienen a la presa que huye. Con tan abundante marea que agolpaba la playa el barco no se movía y tan solo cedía al balanceo, cuna de mar, ronroneando la espuma junto al castillo. Aquella imagen era hermosa, cuando sobre la mesana despuntó entre las nubes la luna. Así pudo ver la bandera y sus colores: La tela era oscura, tanto como la negrura que acompañaba al atardecer y sobre el lienzo de pez se dibujaba una escena. El cuerpo de un hombre, pintado a trazos, era perfecto desde los pies hasta el torso, semidesnudo. Pero en el pecho se abría una brecha de esas que descubren el horror, como una mancha en una brizna en la hierba. Y la brecha trepaba hasta la cabeza del hombre de cuyo interior brotaba a mares una figura clara y translúcida. Un hombre mejor. Abandonando el cascarón vacío. Dejando muerte. Y a sus pies una ola de cadáveres.
Si hubiera visto un fantasma se hubiera sentido más reconfortado. Tenía ya lo que quería. Estaba seguro de que arriba, en la montaña, encontraría su objetivo. Su presa. Con la prisa, que no aconseja el sabio, voló por el bosque, entre ramas, y llegó al límite de la hoguera. Su vista pasó de las formas a los vivos y a los muertos:
El claro era artificial, claro, y los antiguos reyes de la montaña, centenarios, alimentaban ahora las brasas que proyectaban su luz. La hoguera debía de medir unos dos metros de alto y su calor penetraba más allá del bosque. Algunos animalillos estaban desmembrados y sus vísceras estaban dispuestas junto al fuego. Alimento cruel, pero no crudo. Sentadas a escasa distancia de las llamas, siete figuras compartían palabras apenas perceptibles para el espectador oculto. Pero el horror se erguía orgulloso al otro lado del claro: Una marabunta de formas, pequeñas y diminutas, estaban desangrándose de dolor y pena. Sus llantos sí se oían y se entendían plenamente. Entonces sopló el viento del suroeste llevándole consigo el olor amargo de aquel espectáculo. Él se revolvió y contuvo su cuerpo. Aquella tarde los piratas debieron de haber secuestrado a un centenar de personas. Tal vez ciento veinte. De la ciudad o de sus alrededores, quién sabe. Pero solo el grito de unas treinta llegaba. Tal vez más, tal vez menos. El resto estaba por doquier, un brazo y una pierna, que no hubieran casado entre sí. Y al límite del acantilado había más pedazos. Y debajo más aún. Decidido se agazapó entre las sombras y acalló sus pensamientos que le impulsaban a actuar. Cerró los ojos y observó a los siete que conversaban. Los vio sin mirar, porque veía sus espíritus y así pudo escuchar:
-… y llevamos dos. Prothenos no lo creerá –Aquel nombre hizo que perdiera la concentración–… una más.
-No –le interrumpió otro– estoy cansado. Son débiles. Tenemos suficientes. Tenemos demasiados. El resto abajo. Hacen ruido al caer.
-Bueno –el primero estaba encantado– podemos hacer así. Tú eres el jefe, Prodromos. Solo ahora. Luego no. Pero ahora sí. Abajo entonces.
Aquellas palabras entrecortadas. Aquel mal indudable. Eran prohombres. Como si cupiese alguna duda. Eran siete y Prothenos que no podía andar muy lejos. Abrió los ojos al par que tres levantaban con sus piernas de columna el tronco. Eran enormes. Podían llegar a medir casi cuatro metros y su terrible altura enmascaraba una ferocidad y una velocidad que difícilmente pudiera uno prever. Al moverse sus brazos, descompensadamente exagerados, se balanceaban en ángulos casi imposibles. Carroñeros de almas.
Se acercaron sin prisa al tumulto. Si encontraban un cráneo o una extremidad al alcance de sus pies, no dudaban en pisar quebrando y esparciendo sin dilación. Tomaron al primer moribundo que pudieron agarrar sin quebrar. De un manotazo lo arrojaron por la pendiente. En efecto el ruido del cadáver, ya muerto, al caer era perturbador. Y aquello fue lo último que resistió sin actuar.
No calculaba sus movimientos. Porque el entrenamiento se imponía a cada paso haciéndole hacer. Interceptó rápidamente a los tres prohombres que estaban sosteniendo a su segunda víctima, para arrojarla ya deshecha. El más cercano no llegó a reaccionar a tiempo cuando la exhalación del dolor lo alcanzo. Shigan. Pudo alcanzar a oír mientras tres dedos, minúsculos para él, se hundían en su costado derecho, bajo la axila. El impacto hizo que trastabillara y se dejase caer. No tuvo tiempo a reaccionar cuando. Rankyaku. una patada bien dirigida al cuello terminó por desvencijarlo. La sangre brotó de una herida perforante. Esta vez fatal. A su lado los prohombres más cercanos ya habían reaccionado al peligro, soltando al joven moribundo, y se enfrentaban desatados. Uno de ellos, rápido, golpeó cargando con el hombro desmesurado. Poliskwan tomó suelo y. Tekkai. el enorme prohombre rebotó cayendo. Hubo un contrataque fugaz. Rankyaku. con una serie de patadas contra el vientre descubierto por la finta fallida. Así se desplomó el segundo enemigo. El tercero que estaba ante él dudó. En lugar de zafarse con un ataque contundente hizo girar sus brazos a gran velocidad en una serie de nudillazos imperceptibles y. Kami-e. uno tras otros los golpes erraron, pues como en una maraña de mimbre poco trenzada cada embestida caía en un hoyo. Pero los cuatro prohombres que estaban junto al fuego habían podido reaccionar y llegaban a marchas forzadas cruzando los escasos seis metros que los separaban en unas centésimas. Casi no pudo asestar el golpe definitivo. Shigan. con su mano izquierda en el brazo del adversario que estaba intentando golpearle. Pero el combate que se le acercaba a diez manos y diez pies no debía tener lugar sobre los escasos supervivientes de la carnicería. En un afán infantil de salvar todo lo que pudiese, Poliskwan se movió. Soru. y al punto se pararon los cuatro perseguidores, porque no fueron capaces de seguir sus movimientos por el claro. Creyeron que se había esfumado ante sus narices.
Pasado el desconcierto inicial, uno de los prohombres oyó la inequívoca provocación de un silbido a sus espaldas: allí plantado, sobre uno de los tocones que habían utilizado como banco improvisado, su adversario les hacía señas y aspavientos con la mano para que se acercaran. Uno tras otros emprendieron la carrera. El primero recorrió un metro, dos, de una sola zancada, tres cuatro, pero antes de que pudiera dar el tercer paso y tuviese a mano la pequeña figura. Rankyaku. un obstáculo se interpuso en su camino. Una pierna afilada que atravesó su abdomen limpiamente, empalándolo en su propia carrera. Así se acurrucó sobre sus propias rodillas, ya muerto. El segundo y el tercero en distancia estaban más próximos entre sí. Y sus brazos seguían al tronco como rémoras adheridas a sendas mantarrayas. Como catapultas de columna lanzaron cuatro proyectiles de brazo, dos por cada uno, hacia él, Que había desenvainado su pierna del cadáver tan rápido como pudo y. Tekkai. extendiendo sus propios brazos detuvo lo mejor que pudo la embestida. Pero, en esta ocasión, era el doble la fuerza que se le echaba encima y retrocedió en inercia. No llegó a caer pero la vacilación permitió que recibiera algunos golpes bien asestados en el torso y uno en la cara, cerca del pómulo. Había perdido ventaja y ahora los tres estaban agrupados y en guardia rodeándolo.
El más alto de los tres comenzó golpeando desde arriba. Un gancho que hubiera podido esquivar de no ser porque inmediatas patadas lo seguían desde direcciones opuestas. Incluso acorralado tuvo que resistir. Desvió las patadas propinando las suyas propias. Rankyaku. que dejaban laceraciones a su paso e incluso rasgaban el suelo. Y dirigió su propio brazo hacia arriba para encontrar e interceptar al agresor. Tras el choque tuvo un instante de alivio. Geppo. en que saltó sobre sus cabezas. Y se mantuvo en el aire unos instantes valiosos: se impulsó hacia el suelo, precipitándose con las manos al frente formando un arco. Shigan. como un dardo celestial se hundió en el prohombre más cercano, el más alto. Este se quebró como un helecho segado por una guadaña dorada. Salpicando en derredor pedazos de esencia inmunda. Aquello acabó por destronar la hostilidad de sus mermados enemigos. Uno se giró ignorando la guardia y el otro adoptó una mueca extraña en su rostro, que hubiera sido graciosa en un ser tan grande y terrible, de no ser este un asesino carente de razón. Rápido lo abatió. Shigan. hundiendo ambas manos en su pecho. Heridas diminutas para tamaña superficie, pero efectivas por sus poder inmenso. Al huidizo no lo encaró directamente. Esperó a captar la dirección de su escape. Soru. y lo noqueo golpeándole en la sien. Tal vez matándolo.
Los estragos de la batalla en su cuerpo no aparecieron de inmediato. Pues una bilis oscura nublaba su mente: el horror del combate que lo mantiene despierto hasta que termina. Y cuando recupera la cordura y se percata de que vuelve a ser él y no su maestría la que acompaña a los movimientos, entiende qué es aquello que gotea por su ropa y sus brazos, ensuciando el suelo y las rocas. Ahora se vuelve sobre su pecho cubierto de sangre ajena. Ahora sobre sus manos, irreconocibles entre las vísceras y los fluidos. Por fin puedo volver a oír y así percibe los gritos de los moribundos, que no cesan ni en la pena ni en la guerra. Solo una figura se yergue que sea mayor que la suya propia. La del prohombre herido en el brazo. Se agarra el hueso partido con su mano mientras se alejaba al mismo tiempo de sus víctimas y de su enemigo. Estaba acorralado en su propia fantasía marcial.
-Poco hay que quiera decirte antes de asestarte el golpe fatal que te mereces. Dime ¿dónde está Prothenos?
-No –su voz se entrecortaba mientras él retrocedía y su asesino se acercaba–. No sé. Él se va. Viene pronto. A la mañana. Todos muertos entonces –señalaba la masacre tras de sí– tú también.
-¿Es eso una amenaza?
-Tú eres peligro. Para mí. Para él. Él te mata. Yo muero. Tú también. Él más fuerte. Más que tú. Más que yo. Prothenos jefe. Yo no.
-Soy paciente contigo. Sé que os cuesta pensar. Más aún hablar. Sois hostilidad pura. Dime ¿a dónde ha ido? No está en el barco. No lo he visto allí.
-Él te busca. Sabe. Tú estás aquí. Oye rumores. Todos saber tu cosa. Tú eres peligroso… – una última palabra encendió la ira– el pueblo.
Antes de arrastrar su odio montaña abajo y salir catapultado de allí, tuvo la consideración de acabar con aquel prohombre. Su mente era un amasijo de preguntas. Cómo podía saber Prothenos lo de la fruta ¿se referiría a aquello con enigmas? Si llegaba a la ciudad sería el fin. Era muy capaz de refrenar con saña todo hombre y erradicarlos. Era temible. Solo se había enfrentado a él en una ocasión, hacía ya seis años. Y perdió.
