Disclaimer: Los personajes de Inuyasha solo le pertenecen a la honorable Rumiko Takahashi, a quien agradezco por haber creado tan magnífico manga. La historia por el contrario me pertenece a mí.

Consecuencias.

Capítulo 3: "Culpa"

Lo primero que sintió al despertar fue un horrible dolor en todo su cuerpo, sus músculos resintiendo y la cabeza palpitando en una leve jaqueca. Tenía un sabor pastoso sobre la lengua, combinado con otro demasiado dulce, algo que agradecía un poco. Sus ojos sensibles a la luz tardaron en adaptarse, parpadeó confundido y luego observó con pesar el muro frente a él. Había un enorme closet abierto de par en par, algunas prendas sobresalían y otras estaban mal colocadas dentro, Inuyasha desestimo aquél detalle; él no era muy ordenado después de todo.

Por un momento se olvidó de la razón por la cual estaba en aquél lugar y no en la enorme recámara que compartía con Kikyo, su mente concentrada en cada detalle del cuarto, un aroma diferente lo envolvía. Su piel cubierta por ese peculiar olor.

Sintió algo cálido en su abdomen, deslizándose por su estómago y deteniéndose en un punto diferente al anterior; el escalofrío de que algo no andaba bien corrió por su espina dorsal y lo hizo tensarse. Echó un vistazo por debajo de la manta, su propia desnudez no lo sorprendió tanto como el descubrir que no estaba solo. Abrumado por ese hecho se irguió con rapidez, la cabeza palpitó ahora más fuerte debido al movimiento brusco; miró hacia la cama, las sinuosas curvas de una mujer, apenas cubierta, casi lo hacen caer de bruces. La culpa penetró en su mente, tratando de recordar cuánto había bebido para terminar teniendo sexo con otra mujer. Ella se movió, despertando del largo letargo, la tela se deslizó por el pecho femenino y reveló un hermoso panorama, Inuyasha gimió a pesar de querer evitarlo; sus ojos descendieron a ese perfecto y bien moldeado torso, antes de subir por la delgada garganta y enfocar a la preciosa pelinegra.

—Kagome— llamó en un jadeo, disimulando otro gemido. Los recuerdos se unieron a él en un lapso de dos segundos. Sus manos picaron de deseo y aquello solo lo enfureció más. Tironeó de sus largos cabellos, negando en silencio, rogando que aquello no fuera cierto. Maldijo a la parte más estúpida de su ser, mientras interiormente sentía la propia burla a su desesperación. Esto estaba mal, muy mal.

Kagome pasó sus manos por su rostro, aclarando su visión. Bostezó y luego prestó atención al hombre que negaba con desesperación. Tardó un par de minutos en darse cuenta que aquél no era nadie más que su propio jefe, aquello la hizo ahogar un grito de sorpresa; sonrojada alcanzó la manta y se cubrió nerviosa, consciente de su desnudez. A este punto, negar lo inevitable sería absurdo, pensó ella. Inuyasha Taisho se paseaba de un lado a otro en su magnífica gloria, desnudo y alterado. Ella lo miró sin disimulo, apreciando cada fibra de su cuerpo antes de que él la sorprendiera comiéndoselo con los ojos, estaba demasiado tenso y parecía asustado, lo vio recoger su ropa antes de cubrirse con ella y luego carraspear.

–Lo lamento— su tono era demasiado bajo. Kagome parpadeó confundida. Miles de preguntas agolpadas en su mente, nerviosa se mordió el labio inferior.

Inuyasha evitó observarla, enfocando su mirada en la pequeña ventana de la habitación. Sentía una presión en el estómago, sumando otro malestar a su lista. —Creo que debería irme— anunció, ante la expresión sorprendida de su secretaria.

—Espere— ella se irguió con la delgada tela cubriendo su cuerpo. Los agudos ojos dorados cayeron sobre su persona, evaluándola. Se percató de un leve sonrojo en el rostro masculino antes de que su jefe mascullara y le diera la espalda.

—Debo irme— volvió a declarar, esta vez más apresurado. —Lo que sucedió entre nosotros…— su mano detenida sobre la perilla de la puerta —fue un error, Kagome, lo siento.

Hubo un sentimiento de rechazo instantáneo, Kagome trató de alejar aquél pinchazo de dolor y se concentró en el apuesto hombre. La idea de no ser lo suficiente guapa o sexy permaneció grabada por un instante en su mente; Inuyasha era un hombre de negocios, rico y atractivo. ¿Por qué debería entonces desperdiciar el tiempo con ella?

Suspiró antes de armarse de valor y seguir los mismos pasos que el empresario.

—Inuyasha— llamó alzando la voz y olvidando sus modales; él le daba la espalda frente a la puerta del departamento, listo para irse. —¿Llamas a esto un error? ¿Por qué no simplemente lo etiquetas como una aventura? Sé que no soy una mujer experimentada, pero no deberías ofenderme. Eso es muy insensible de tu parte.

Él exhaló un suspiro de frustración, los hombros tensos de pronto cayeron en una señal de derrota. Kagome se sintió como una mujer obsesionada con el tema.

—No es así— dijo en voz baja —Eres una mujer hermosa, sensual y atractiva; pero me temo que soy el equivocado para ti.

La pelinegra arqueó una ceja, dio dos pasos atrás cuando la alta figura de Inuyasha se acercó a ella.

—Estoy casado— explicó al fin, levantó su mano derecha, allí donde una argolla dorada brillaba en toda su belleza. Inuyasha la escuchó jadear horrorizada, luego el rostro de Kagome se descompuso en una mueca de asco y finalmente de dolor. Él no supo cómo interpretar aquello. —Lo mejor para ambos, es olvidar esta situación— declaró cansado —No sé cómo permití que sucediera, eres una buena empleada y yo te necesito en la empresa; si ambos dejamos esto como un accidente, nuestra relación en el trabajo será más amena. Sinceramente, te ofrezco una disculpa.

Kagome lo miró consternada. Incapaz de alejar el sentimiento de repulsión.

—¿Cómo se atreve? — interrogó.

—Kagome.

—No— había un desafío en las orbes oscuras —Es mejor que se vaya, presidente.

Inuyasha asintió sin decir nada más, la culpa perforando su pecho. Tal vez ella lo odiaría y él aceptaría el sentimiento, porque perder a Kikyo no estaba en ninguna de sus opciones; si dañar el corazón de su secretaria era la manera de mantener a su esposa, que así fuera. Siempre elegiría a su amada, incluso sobre una noche que casi le hace perder la cordura.

—Solo fue placer— se dijo una y otra vez mientras abandonaba el edificio.

—¡Está casado!— Kagome se arrodilló en el mismo lugar donde Inuyasha la dejó, con el cuerpo apenas cubierto por una manta, luego tironeó de su largo cabello y finalmente estrelló su frente una y otra vez contra la palma de su mano. —Bien hecho Kagome— se recriminó.

Las cosas solo se habían complicado más de lo que esperaba, ¿cómo iba a dar una imagen profesional si se acostaba con su jefe? Su jefe que por cierto era casado y quien por ser rico, estaba expuesto a la opinión pública. Nadie jamás volvería a contratarla si esto salía a la luz; sin olvidar a la pobre mujer que era esposa de Inuyasha. Él había dicho que lo olvidara, que este suceso pasara a la historia como un accidente; después de todo, ninguno de los dos era plenamente consciente de sus impulsos. Ella había bebido aquella extraña bebida y él, bueno, él era el jefe.

Se irguió de golpe aun aferrando la tela que la cubría; procuró olvidar el ardor en su piel y el dolor en cada músculo, pero una vez que el espejo le devolvió su reflejo, Kagome gimió desconsolada. ¿Quién era esa mujer que le sonreía con arrogancia?

Dando la espalda a la desagradable imagen, abrió la cortina de la ducha y se remojó completamente desnuda, su cabello crispado rápidamente se pegó a su cabeza y el agua tibia calmó levemente las huellas que Inuyasha dejó sobre su piel. Recordó el tacto de los labios masculinos, la punta de aquellos dedos memorizando cada centímetro de ella y la necesidad de devorar; no había sentido nada igual desde hace mucho tiempo y eso, comenzaba a asustarla. Muy a su pesar, en lugar de arrepentimiento o desolación, se encontró preguntándose por qué Inuyasha Taisho la había marcado como suya y por qué ella se lo permitió.

Olvidando toda la inmadurez de sus actos, Kagome aceptó la explicación y el débil acuerdo con el presidente de la compañía. Se dijo a si misma que todo estaría bien en un intento de consolación; las personas se involucraban todo el tiempo y nada malo pasaba, una noche demasiado excéntrica no iba a dañar la estabilidad que acababa de lograr en su vida.

En su trayecto de regreso a la mansión, Inuyasha se debatió entre regresar con Kagome y exigirle su palabra; ambos deberían hacer lo posible por mantener una relación estrictamente profesional. Afortunadamente, la voz de su consciencia se había apagado una vez que el coche terminó dentro de los muros de su hogar; aparcó cerca de los anchos escalones y por décima vez, estampó la frente contra el volante de su auto deportivo. Quizá la mejor decisión era compensar a la muchacha y despedirla, pero, ¿no tomaría eso como un pago por la noche que pasaron? No tenía la menor idea de cómo lidiar con una situación como esta, sin la necesidad de ofenderla o agredirla después de proponer que olvidara su pequeña aventura.

Con la mente aún llena de preguntas, el ojidorado se apeó del coche; subió cada escalón con desasosiego hasta la casa y una vez dentro, respiró la delicada fragancia con la que Kaede mandaba a fregar los suelos. La anciana apareció de la nada, una expresión de total sorpresa estaba estampada en su arrugado rostro. Pero en su lucha interna, ni siquiera le brindó más allá de un saludo apropiado, ella balbució varias palabras sin sentido que Inuyasha simplemente decidió ignorar. Tan distraído como estaba, no reparó en la pila de maletas que estaban regadas en la entrada o en las cortinas corridas de su recámara; tampoco en cada prenda femenina que decoraba la alfombra exportada de algún otro país y la cual ni siquiera le agradaba. Solo cuando ella salió cubierta con apenas una diminuta toalla, Inuyasha se detuvo de golpe.

Kikyo lucía su largo cabello negro totalmente húmedo y la piel sonrosada después de un baño caliente; la imagen solo atrajo otra reciente, la de una chica envuelta con una manta en medio de la pequeña sala.

—Hola— saludó ella, enarcando una ceja.

Su esposa era más alta que Kagome, mucho más delgada y con curvas menos sinuosas por tratarse de una modelo. Sin embargo, era preciosa; con rasgos finos y ojos ligeramente rasgados, acentuando mucho más su origen asiático, tenía unos labios naturalmente rosados y delgados, dignos de una buena revista de cosméticos y el café más oscuro pintaba aquella mirada seductora. Kikyo era la descripción exacta de la perfección, y hasta hace unas horas, eso era para Inuyasha; hasta que Kagome apareció.

Él sonrió, apenas una débil mueca en sus labios. Sin superar la impresión de ver a su mujer.

—Creí que tenías trabajo en el extranjero.

—¿Yo dije algo así? — la modelo golpeteó su mentón con un dedo, luego una sonrisa cínica se plasmó en sus labios —Solo quería sorprenderte.

Inuyasha asintió.

—Aunque no pareces realmente complacido— dijo ella, se acercó con paso tranquilo y envolvió ambos brazos alrededor del cuello de su esposo. —¿Fue un mal momento? — preguntó, contorneando su cuerpo contra el de Inuyasha —¿Qué pasa? Sé que no pasaste la noche aquí, ¿Hay algo malo con la empresa?

Todo su cuerpo se tensó como una cuerda, la verdad quemando su lengua.

—Estoy feliz de verte— confesó al final —Te he extrañado tanto— pasó los dedos por el rostro de su esposa —Es solo que sigo algo abrumado, ayer tuve una larga noche festejando con Miroku. Al final nuestra empresa cumplió con los estándares y todo mundo se fue a celebrar.

—¿No ocultas nada más? — Kikyo depositó pequeños besos a lo largo de la mandíbula masculina, sus dedos descendieron hasta los botones de la camisa y comenzó su labor, hasta que la piel cálida de aquél torso estuvo a su alcance.

—No— musitó él —No hay más.

—Bueno— canturreó ella —entonces pasemos a algo más importante.

Se deshizo de la toalla que la cubría, brindando a Inuyasha una visión espléndida de su fino cuerpo.

—He esperado esto por mucho tiempo— susurró en su oído, causando la excitación inmediata en su amado. Las manos femeninas se colaron dentro de su pantalón, alcanzando su miembro.

Inuyasha jadeó de placer, todo el oxígeno atrapado en sus pulmones y luego gimió al sentirse envuelto entre los dedos de su esposa. Su boca buscó ansiosa la de su hermosa mujer, la besó consumiendo todo de ella, adorándola con la lengua. Encontró su caminó hasta el respingado trasero de Kikyo y lo apretó, alzándola en el aire ella lo atrapó entre sus muslos; los talones presionando su trasero. La modelo se meció contra la dura erección, su hambriento sexo buscando la punta caliente; entró suavemente, poco a poco la larga longitud penetró en su cavidad, ambos gritaron de placer cuando se encontró completamente dentro.

—Quizá debamos guardar silencio— Kikyo gimió —Kaede se va a dar cuenta.

Inuyasha asintió aferrando las caderas femeninas, moviendo su pelvis contra la de ella y ahogando sus gemidos contra la pálida piel.

Había extrañado demasiado a su esposa, y ahora que estaba ahí, toda ella y su esencia; en lo único que podía pensar era la adorable pelinegra de labios rojos. La sexy cereza que esperaba ser devorada.

El recuerdo de su cuerpo, los dulces gemidos contra sus oídos y las sensuales curvas de ese cuerpo, lo endurecieron incluso más de lo que ya estaba. Pronto estaba escuchando la voz de Kagome, el vaivén de aquellas caderas lo volvió loco; cerró los ojos para enfocar la imagen de su secretaría, mientras se fundía en su cálido cuerpo. Aceleró sus movimientos y ella se estremeció alrededor de su miembro, las paredes internas de su sexo lo apretaron y no pudo contenerse por más tiempo, gimió cuando el éxtasis lo arrasó, la mente perdida en aquél momento, su aroma fusionado con el suyo.

Luego la realidad lo azotó.

Los ojos dorados tardaron en enfocar a la mujer que sostenía con fuerza, su esposa estaba sudando, con la respiración acelerada y una expresión de placer puro adornando ese bello rostro, uno que para su desconsuelo, no era el de Kagome. Aquellos ojos nublados por el orgasmo, eran tan oscuros como la noche y la piel de porcelana, presumían un sonrojo tan exquisito, nunca nadie había visto una mujer tan preciosa. Entonces, ¿por qué su mente se rebelaba? ¿Por qué estaba insatisfecho después de volarse los circuitos?

—Te amo— suspiró la mujer. El tono de su voz prometía un centenar de placeres ocultos.

Inuyasha no respondió. A cambio, para borrar la confusión en su esposa, la besó de nuevo; esta vez de una manera delicada. Kagome no solo amenazaba su estabilidad, ella fácilmente podría arrebatarle el corazón e Inuyasha se sorprendió a si mismo admitiendo, que no habría necesidad de que intentara algo; él sin dudarlo se entregaría a ella.

Quizá evitarla sería una solución, pero ¿podría hacerlo? ¿Podría él ignorar aquél mar de sentimientos que le provocaba? Para salvarse y salvar su matrimonio debía hacer lo necesario y aquello era dejar ir la imagen de su empleada.

Concentrado en cada detalle de Kikyo, trató de mantener alejados esos recuerdos. Aquí y ahora, su compromiso era con esta mujer, pese a que ya no estuviera tan seguro de su lealtad.

El fin de semana pasó demasiado rápido para Kagome, entre la reunión en casa de su mejor amiga y algunas compras, ella se sentía exhausta y sin suficiente tiempo para descansar; sus brazos llevaban la carga de solo tres bolsas, algunos suministros que eran necesarios y que en realidad pesaban como si fueran veinte costales y no tres insignificantes bolsas.

Finalmente, paró frente a una boutique de vestidos elegantes, tan bonitos como eran también costaban el triple que uno en una tienda normal. Sinceramente, a pesar de la impresión que tuvo, los deseos de echar un vistazo ganaron; entró decidida a solo mirar, pero después de treinta minutos, se encontraba frente al espejo de cuerpo entero embutida en un vestido plateado. Ella que no estaba acostumbrada a lucir así y mucho menos a derrochar su dinero, entregó la nueva tarjeta que la empresa le había dado y vio con pesar, como todos los números desaparecían en la adquisición de un pedazo de tela.

—Aquí tiene señorita— la amable joven le entrego su tarjeta, la sonrisa educada de ella no fue un alivio para olvidar el dolor de ver desaparecer su salario.

Kagome guardó sus pertenencias, tomó la última bolsa de papel con el logo de la tienda impreso y lo colgó en su brazo izquierdo, dio un giro inesperado y pronto se halló sobre el suelo. El repentino mareo desapareció casi inmediatamente, pero la sensación de terror no.

—¿Se encuentra bien?— una de las dependientas corrió a auxiliarla. Kagome aceptó el vaso de agua y la ayuda de la mujer.

—Estoy bien, no te preocupes. Solo necesito calmarme un poco.

La joven asintió nerviosa.

Otra persona entró a la tienda y Kagome se vio irremediablemente interesada por el apuesto hombre; no por su peculiar atractivo, sino por aquellos ojos dorados que inspeccionaron todo a su alrededor. Las empleadas se irguieron, todas ellas con un semblante de preocupación.

—Sesshomaru— la joven que anteriormente estuvo dispuesta a ayudarla, corrió sin importarle las miradas de desacuerdo. Era una chica delgada y bajita, el cabello oscilaba entre el negro y castaño, había un delicado rubor en sus mejillas y la emoción iluminaba aquellos ojos cafés.

Kagome observó a la pareja con curiosidad; 'ojos dorados' tomó la mano de la joven y simplemente la sacó de la boutique, nadie se interpuso en su camino o trató de detener a la chica; quien quiera que fuera ese sujeto, tenía el suficiente poder o dinero para adueñarse de aquella muchacha sin ser interrumpido.

Ella pestañó varias veces, recuperándose de su estupor; se irguió de nuevo con sus pertenecías y salió de ahí. La pareja desapareció de su mente cuando su antiguo temor regresó.

Antes de llegar a casa, se dijo mentalmente, necesitaba pasar a una farmacia.

No importaba que tan ebria o drogada haya estado, recordaba no haberse cuidado esa noche y si aquello iba a quedar en el pasado, Kagome se aseguraría de que no hubiera nada de que arrepentirse.

Las puertas del ascensor se abrieron y dejaron ver el último piso de la empresa, el recibidor tenía un piso de madera pulida y muros en un color perla, también lo decoraban largos paneles de cristal, dando un aire sofisticado pero frío. En esa planta solo había acceso a dos oficinas, una en cada extremo y la suya, estaba resguardada por el enorme escritorio que pertenecía a Kagome.

Inuyasha no estaba sorprendido de ser el primero en llegar; durante los años que llevaba dirigiendo la empresa de su padre, siempre estuvo antes que todos los empleados e incluso, daba más de su propio esfuerzo que su amigo Miroku o que el antiguo dueño. Con las manos en los bolsillos, avanzó hasta su oficina, empujó la puerta una vez que quitó el seguro pero se detuvo antes de entrar; toda su atención devuelta al lugar de trabajo de su secretaria. La superficie oscura estaba casi vacía; regresando sobre sus pasos, levantó el marco de una foto familiar. Kagome sonreía abrazada de una mujer mayor, un anciano y un niño. A unos centímetros del ordenador había otra imagen, era un hombre de cabello negro y ojos azules; él lucía joven pero la foto no. El parecido entre Kagome y el hombre era indiscutible, salvo por aquellos ojos era la viva imagen.

Él sonrió. No habían fotos en su familia, ni con su padre o aquél sujeto al que debía llamar hermano; la primera esposa de Inu No Taisho tenía varios retratos propios, pero dado que ella descendía de un linaje real, no toleraba que nadie más la opacara. Pare ser una mujer que se declaraba en contra de la vanidad, guardaba demasiados sentimientos oscuros en su interior.

Y su esposa, su adorada Kikyo no estaba interesada en tener hijos; desde que era una modelo jamás se permitiría quedar embarazada, así que aquellos sueños de una familia feliz esperarían demasiado.

Colocando el marco en su lugar, volvió a revisar algunos documentos; una agenda con la caligrafía de su secretaria y varias hojas que iban a ser firmadas y enviadas por ella. Aunque eso solo sucedería si Kagome regresaba a trabajar.

Inuyasha se esperaba que ella decidiera simplemente renunciar e irse. Si era de esa manera, por lo menos daría una buena recomendación de ella en alguna agencia de publicidad o revista.

Girando sobre sus pies, entró en su oficina. Los cambios que una vez hizo en la empresa eran más evidentes aquí, el lugar que alguna vez ocupó su padre. Decidido a dejar todos aquellos demonios atrás, trató de no pensar en ese hombre, ni en su esposa o en Kagome. La última vez que se obsesionó con una mujer terminó casado con ella y aceptaba que era feliz, amaba a Kikyo y siempre iba a amarla. La única que lo volvió loco y que, a pesar de la rivalidad existente entre ambas familias, logró convertirla en su mujer.

—¡Buenos días!— Miroku abrió de un golpe la puerta, su sonrisa ladina y el buen humor solo eran un indicativo de que paso una noche increíble.

—Llegas tarde.

—No, tú eres el que siempre llega temprano— explicó el ojiazul —Los humanos normales se levantan a una hora conveniente y se ponen en camino al trabajo antes de las ocho; tu mi querido amigo, odias tu cálida cama porque supongo que estaba vacía.

Inuyasha no respondió. Hoy su cama no estaba vacía y aún así huyó de ella tan pronto vio que era una hora prudente.

Se sentó sobre su enorme sillón de piel, cruzando sus brazos por encima del escritorio.

—Kikyo regresó de su viaje.

Su amigo, aquél que hace solo unos años se convirtió en su socio, dejó de sonreír.

—¿Y qué haces aquí?

Miroku se apresuró a tomar asiento mientras inspeccionaba al presidente de la compañía. El menor de la familia Taisho arqueó una ceja.

—Trabajando.

Luego la expresión seria de Miroku se convirtió en una de sorpresa.

—Déjame ver si entendí— su mano haciendo aquel ademán en el aire —La mujer por la que has llorado por más de dos semanas está aquí, en el mismo país y tú, en lugar de convertir su visita en un maratón de sexo, decides trabajar. ¿Por qué? Definitivamente hay algo malo contigo.

—Cállate Miroku.

—Eres un caso perdido. Creí que un empujón hacia Kagome te ayudaría, pero no hiciste nada; solo la acompañas hasta su casa, vuelves a tu mansión y encuentras a Kikyo, para qué; para después venir al trabajo. ¿Por lo menos recibiste a tu esposa correctamente?

Inuyasha ignoró todo el parloteo del otro, su mente registrando las primeras líneas.

—¿Qué dijiste?

—Que te hace falta un cerebro nuevo o un pen…

—No, eso no— interrumpió Inuyasha —¿Quién te ha dicho que acompañé a la señorita Kagome?

El pelinegro lo miró con suspicacia.

—Hable con ella.

—¿Cuándo?

—Hace un instante. No tiene un vehículo propio y ya que su casa está en el camino, soy su compañero de viaje. O quizá su chofer ya que no compartimos más que el coche.

Inuyasha volvió a ignorarlo. Su mente procesando la información. Kagome cumplió su palabra, aquella noche iba a quedar en el pasado y de pronto él no supo identificar, si aquel sentimiento que le atenazó el pecho fue decepción o alivio.


N/A: Hola hermosas, aquí está el tercer capítulo no tan cercano a ser perfecto, pero con un resultado que me complace más que el anterior. Para las chicas que no saben qué es lo que estoy haciendo, trató de darle sentido a mis primeros capítulos con la esperanza de borrar mi novatada y si empezaron a leer apenas, espero que no se confundan demasiado. Es decir, no cambie nada importante, solo quise dar más belleza.

Me gusta esta Kagome, porque antes se leía muy superficial y dramática; en mi defensa, comencé el fic cuando tenía el corazón más roto que una esfera de navidad (de vidrio obviamente), no es excusa, pero quizá si no hubiese pasado por aquello, no estaría escribiendo fics; no le agradezcan al patán porque yo le deseo la muerte, bueno no, pero ojalá que caiga de cara en un montón de porquería. Sin dedicarle nada al susodicho en cuestión, pero todo para ustedes mis bellas lectoras, espero subir actualización pronto y nuevos capítulos de mis otras historias.

Besos:

Layla Ryu.