Howling.

Advertencia: se mencionan condiciones, posteriormente habrá lemon.

.

.

.


III


Era una mañana radiante, Otabek apagó su despertador y se dirigió al baño, eran las siete de la mañana y rió al darse cuenta de que sólo al ver ese simple número se acordó de la extraña personita que había conocido la noche anterior. Un ciego decidido, con ideas fijas y con una mente totalmente abstracta que no podía predecir, ya hasta había aprendido un poco a leer los siguientes pasos que iba a dar Mila, sólo una hora y algo y ya sabía cuándo estaba mintiendo u ocultando algo, pero Yuri era físicamente una persona fácil de leer pero sus acciones era todo lo contrario, una persona deliciosa de vista que refrescaba sus pensamientos, un ser interesante, por fin tras años de estudios, alguien que lo hiciera sentir como el más tonto al no poder a analizar a una persona tan común y corriente como él.

Después de un baño relajador para que sus pensamientos se escurrieran con el agua que caía por su cuerpo, decidió ir en busca de aquellos dos jóvenes. Agarró sus gafas y emprendió camino, tratando de encontrar la cafetería que habían visitado antes, donde él se quedó solo tomando su vanilla latte, dejando al camarero amigo de ellos en confusión por irse sin haber recibido sus pedidos.

Vio que el pequeño letrero de color crema decía abierto, así que entró en busca de la dirección en donde vivía Yuri junto con Mila, simplemente asumía que vivían juntos.

—¿Disculpa? ¿Victor? —tocó al mesero que estaba durmiendo arriba de la caja registradora.

—¿Ah? —levantó la mirada, sus ojos estaban entreabiertos demostrando confusión y luego de unos segundos se dio cuenta de lo que pasaba— ¡Ah! Otabek ¿Verdad?

Asintió sin decir nada, miró por un rato al peli-gris, quien se arreglaba sus cabellos y se daba pequeños golpecitos en ambas mejillas para despertarse. Comenzó a disculparse, hablando de que la noche anterior se había acostado tarde y cosas que realmente a Otabek no le interesaban, así que sólo respondía pequeños monosílabos y esperó a que terminara.

—¿Y qué haces por aquí? —por fin la conversación no trataba de Victor.

—Me gustaría saber dónde vive Yuri y Mila.

—¿Mila? —Victor miró el techo, como si esperara una respuesta de este—. No viven muy lejos, sigues por esta calle y pasas dos cuadras y verás un departamento de color amarillo, es el único con ese color así que no creo que te confundas, sube hasta el piso siete y el número es setecientos sesenta y siete.

Otabek agradeció y se apartó, sin duda la vida de ambos jóvenes giraban alrededor del estúpido número siete, trato de no darle vuelta tanto al tema. Así que despidiéndose se dirigió al susodicho departamento, caminó lento ya que no sabía a qué hora se despertaban los dos jóvenes. Sacó de su bolso una cajetilla nueva y de este sacó un cigarro, lo prendió y dejó que el humo le relajara de a poco sus sentidos, calmando su mente trabajadora. Dejó que el humo escapara de sus labios y vio como este se perdía en el aire.

Sus ojos miraron el departamento amarillo, sin duda un color alegre comparado con los otros que eran grises, resaltaba de alguna forma. Miró fijamente a todos lados, no concurría mucha gente por esos lares, así que tampoco era un mal barrio para vivir, al alcance de una cafetería, sabía que a unas cinco cuadras de allí había un pequeño súper-mercado, así que podías tener todo a mano.

Miró su reloj y eran las ocho, decidió que pasara media hora más y ahí iba a visitar a Yuri, tenía que dejarlo descansar un poco. Se sentó en la vereda, sacando otro cigarro de su bolsillo. No quería pensar mucho mientras esperaba, sólo quería ver cómo el humo se disolvía en el aire, sentir como sus pulmones se llenaban con ese humo que lo mataba día a día y no le importaba, sabía que el día que decidiera de dejar de fumar, lo haría por siempre, tenía esa fuerza de voluntad.

Y así fue como pasó la media hora, se levantó del piso y limpió sus pantalones que lo más probable tenían un poco de polvo y decidió subir hasta el famoso séptimo piso. Tocó tres veces la puerta y no escuchó ningún ruido, esperó siete minutos y nadie respondía, de alguna forma eso le trajo un leve sabor amargo. Ya estaba bajando dos peldaños cuando vio que la puerta se abría.

—¿Hola? – Era Yuri quien había abierto la puerta.

—Yuri, lo siento por molestar tan temprano en la mañana. —dio una pequeña reverencia en forma de disculpa, dándose luego cuenta de que realmente no importaba hacer eso ahora, Yuri no lo podía ver—. Soy Otabek.

—Oh… —un silencio invadió ambos, Yuri agarrado con fuerzas del marco de la puerta, mientras que Otabek estaba parado frente a él.

El rubio se apartó un poco de la puerta, haciendo seña que podía pasar, Otabek se apuró en entrar y cuando dio un paso dentro del departamento, sintió las manos de Yuri aferrarse a su brazo y apoyándose en él, así ambos caminando juntos. Yuri dio siete pasos y miró por todos lados. ¿Dónde debía ir ahora? No era su casa y Yuri no hacía nada, sólo estar parado a su lado, agarrado de su brazo. Miró la cocina y vio un pequeño plato con cereales ¿Estaba tomando desayuno? Miró un poco más allá y vio una pierna que sobresalía de entre sábanas, lo más probable era que Mila estaba todavía durmiendo.

Se preguntó cómo fue que Yuri se preparó su cereal, siendo que tenía que tener apoyo de personas para poder moverse, eso daba el resultado que hace poco el rubio había quedado discapacitado de la vista. ¿Cómo fue eso posible? Porque no era cosa de despertar una mañana y tu vista se había ido, tampoco había sido causa por algún ácido porque su rostro estaba totalmente perfecto, ninguna herida alrededor de sus ojos ¿Cuál fue la causa, entonces? Saber la razón le carcomía la mente.

—¿Me acompañas a tomar desayuno? —su voz era tan firme y tan baja.

—Claro. —Otabek tocó la mano del rubio que apretaba su brazo y lo guió hasta la mesa donde estaba el plato, lo sentó en la silla y él tomó asiento al lado de él. Por fin le había soltado el brazo.

—¿Quieres algo?

—No, gracias.

Otabek sólo se quedó mirando a Yuri, mirando como sus manos palpaban con miedo la mesa buscando su cuchara, tampoco quiso ayudarlo porque tenía qué dejar que se acostumbrara a que no siempre iba a tener a alguien ahí para que le pasase las cosas que quería, su mano tocó el tenedor y sus dedos bordearon el cubierto y al darse cuenta que no era lo que buscaba siguió palpando la mesa hasta por fin encontrar la cuchara. Sus delgados dedos la agarraron con fuerza, como si tuviera miedo de que se le perdiera. Luego su mano trató de buscar el plato y comenzó por fin a comer los pequeños cereales que estaban ahí.

Y hubo unos segundos donde Yuri no hizo nada, como que se paralizó en el tiempo y soltó con fuerzas la cuchara, haciendo que cayera en el piso desparramando el alimento que había en ella. Otabek miró aquello asombrado y con un poco de miedo mezclado con interés. Sus manos habían comenzado a tiritar nuevamente y taparon sus ojos rápidamente, sus labios se abrieron dejando escapar un pequeño sollozo.

—¿Estás bien?

—¿¡Que si estoy bien!? —gritó, destapando sus ojos, los cuáles miraban a cualquier dirección menos hacia donde estaba Otabek— ¿¡Tú crees que estoy bien!?

El grito hizo que Mila saliera de la cama y fuera corriendo donde estaban, abrazo rápidamente a Yyuri, dándole un pequeño beso en la cabeza, le miró extrañada y sus ojos de alguna forma reflejaban un poco de dolor y odio. Otabek se levantó de la mesa y se apartó un poco de la escena, tratando de no escuchar la pequeña charla que le daba Mila.

—¿Por qué te alejas? —Otabek le dirigía la palabra solamente a él—. Odio que fumes, hueles a prostituta barata.

Una frase que no encajaba con la pregunta que había dado ¿Qué tenía que ver el cigarro aquí? ¿Y el perfume? No utilizaba colonia. Yuri extendió los brazos, tocando el aire, como si buscara algo. Mila sólo miraba extrañada.

Otabek se acercó y agarró ambas manos, besando cada una. El rubio simplemente se sorprendió, aquél gesto, aquél hermoso gesto que ninguna persona había hecho en su vida, besar ambas manos. Esto hizo que dejara de tiritar, calmándose por completo, pero de repente sintió como labios besaban sus ojos.

—¿Qué…?

—No sé el dolor por el que estás pasando, pero daré todo de mí para ayudarte, quiero ser los ojos que guíen tu oscuro camino. Quiero ser yo esa persona que te guíe.