Este fic participa en el reto anual "Long Story 4.0" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black
Disclaimer: el potterverso le pertenece a Rowling.
La niebla que rodeaba a Hermione y Drusilla comenzó a hacerse mucho más espesa, al punto de que ninguna de las dos no podía ver siquiera sus manos.
–Parece que estamos por despertar– susurró Drusilla.
–¡No! ¡Aún no!, hay mucho que debes explicarme. Debemos aclarar muchas cosas antes de...
Las palabras de Hermione quedaron suspendidas en el aire y poco a poco sintió la calidez del sol en su piel junto a un fuerte aroma a caoba y lavanda. Su mente estaba en estado de alerta aunque parecía estar algo disociada del resto de su cuerpo que dolía horrores. Quería hablar pero su boca estaba pastosa y apenas pudo emitir un par de quejidos. Abrió poco a poco los ojos y se los restregó con cuidado para poder acostumbrarse a la fuerte luz que se asomaba por la ventana.
–No estamos solas– escuchó en su mente la voz de Drusilla.
Debía reconocer que escuchar esa voz como si fuera un pensamiento formulado por ella la inquietó bastante. Giró su cabeza hacia un costado con cuidado. Intentaba enfocar su mirada borrosa pero sólo podía distinguir una figura femenina. Cuando logró su cometido vio a un metro de ella a Bellatrix Lestrange sentada pacientemente con las manos entrelazadas sobre su regazo.
Su corazón dio un brinco por el miedo y sintió que el frío helaba su sangre. La infame bruja sólo le sonreía sin retirar sus ojos de ella. Hermione estaba muy incómoda ante su presencia, intentó hablar pero de inmediato sintió su garganta quemada y seca, un sabor ácido subió hasta su boca provocándole náuseas. Comenzó a toser inevitablemente.
–Vaya, vaya… resucitando de entre los muertos, ¿no? – Hermione frunció el ceño mientras trataba de calmar ese ardor que sentía y la picazón incesante–. Toma– ordenó su inusual visita acercándole un vaso–. Un poco de agua te ayudará. Trata de no hablar o empeorarás tu situación.
Tomó el vaso y miró el líquido con suspicacia antes de volver sus ojos hacia Bellatrix que sólo atinó a reír. No era una risa alocada, frenética y desquiciada como la que escuchó en el Departamento de Misterios pero si tenía su buena cuota de cinismo.
–No intentaré envenenarte, si eso es lo que temes– Se acercó lentamente y acarició una de sus mejillas–. No querría perder a mi querida prima tan pronto, al contrario– Dio un giro y se dispuso a salir pero antes de cruzar el umbral volteó su cabeza y agregó–: Le diré a madre que has despertado. Un elfo doméstico traerá algo para que te alimentes. Necesitas recuperar fuerzas– Sus labios formaron una amplia sonrisa enigmática–. Has tenido suerte, despertaste a tiempo para asistir a la fiesta de compromiso de Cissy.
Apenas quedó sola en la habitación, liberó todo el aire que sus pulmones contenían y empezó a temblar. Parecía que los nervios se desataron con fuerza en ese preciso momento. Respiraba con cierta dificultad tratando de asimilar los hechos: estaba en otra época, en otro cuerpo y, por lo que podía ver, en territorio enemigo. No podía dejar de recriminarse mentalmente.
–¡Estúpida, soy una estúpida!, ¡¿En qué demonios estaba pensando cuando decidí aceptar ese trato?! Esto es muy peligroso, yo… yo… no creo que pueda… yo…
–Tú deberías tranquilizarte– susurró nuevamente Drusila en su cabeza.
Hermione se puso dura de inmediato. Su mano izquierda presionó las sábanas con impotencia.
–¿Acaso esto será así? Tú no sólo estás en mi cabeza sino que escuchas todos mis pensamientos.
–¿Y a dónde pretendías que me vaya? – Preguntó con ironía–. Además, tú eres la que está usurpando un cuerpo y una mente. No pretenderás echarme de mi propia cabeza, ¿o sí?
–No sé… pensé… pensé…– suspiró con resignación–. En realidad, no pensé nada. Sólo actué sin medir las consecuencias y yo no soy así y no sé… no sé si pueda manejar esto.
–¿Piensas que para mí es fácil? Te estoy cediendo el control de todo.
–Y tú puedes saber todo lo que pienso y siento, ¿no?
–De la misma manera que tú conmigo. Desde el momento en el que 'despertamos', nuestras mentes se han vuelto un espejo para la otra. Creo que debemos decirle adiós a nuestra privacidad. Ahora… tranquilízate de una buena vez. Aún no me has dicho que querías modificar del pasado y por qué. Yo fui muy sincera contigo y tú aún no me explicas qué buscas cambiar en esta época.
Hermione quedó en blanco unos segundos. No podía pensar en nada, sólo sentir una tremenda culpa y miedo por lo que había hecho y las posibles consecuencias. Según había dicho la dueña del cuerpo que ahora habitaba, la única razón por la que seguía respirando era por su presencia, cosa que le daba la vitalidad suficiente como para luchar contra el veneno y la maldición. Si se iba, Drusila moría de inmediato. Hermione era la que le aportaba vida al cuerpo y la que podía controlarlo. Era como si ella fuera el alfa y Drusila su subordinada en esta especie de cohabitación. Decidió arriesgarse.
–¿Eres una supremacista de la pureza de sangre? – preguntó con cautela.
–Tengo cierta inclinación por ella– respondió sin titubeos.
–Pues, para que vayas sabiendo, soy hija de muggles.
–¿Y? ¿Qué tiene que ver esta conversación con tus objetivos?
–Todo. ¿Estás… estás… a favor de Voldemort?
La risa de Drusila hizo eco en su cabeza.
–Así que Él es tu objetivo.
–Algo así– dijo con reticencia. Esperaba a ver si decía algo más
–Llegué hace poco más de un mes. Conozco sólo a los miembros de esta familia y a algunas visitas que se han dejado caer por esta mansión. No sé quién es ese llamado Voldemort.
–¿No has escuchado hablar de Lord Voldemort o del Señor Orcuro?
–Pues no. De lo único que he escuchado hablar es del compromiso de Narcissa y, por lo que acaba de decir Bella, no me he salvado de eso… mejor dicho, no nos hemos salvado de eso– apuntó Drusila como si mascullara entre dientes.
–¿Qué cosa? – preguntó Hermione sin dejar de sentirse extraña por mantener una conversación mental.
–No nos hemos salvado de la fiesta de compromiso de Narcissa Black y Lucius Malfoy. Lo único positivo que le puedo ver a estar muerta es la posibilidad de librarme de ese asunto.
Hermione ahogó un grito y el vaso que sostenía se deslizó empapando su regazo. El miedo crecía e invadía a ambas brujas, recordó el rostro que vio apenas se había despertado.
–Exactamente, ¿dónde estoy y qué hacía Bellatrix Lestrange junto a mi cama resguardando mi sueño?, es decir, tu sueño, o sea… ¡Por Merlín!, nuestro sueño.
–Cálmate y no me grites.
–No te he gritado.
–Sí, lo has hecho– suspiró con fuerza y agregó–: respondiendo a tu pregunta… Con mi hermano vivimos en el hogar de Cygnus y Druella Black. Su hija menor, Narcissa, es la única que vive aquí también. Aunque, por el tiempo que Bellatrix se la pasa por acá, podría decir que ella nunca terminó de mudarse a la mansión de los Lestrange.
–Esto no es bueno… nada bueno. No puedo quedarme aquí. Ellos… ellos…
–Lo prometiste, prometiste ayudarme– le recordó con una calma muy fría, casi amenazante.
Hermione mordía su resecado labio provocando que sangrara. Sabía en sus entrañas que todo era un error, que debía quitarse el brazalete y volver a casa con sus amigos. Ellos debían estar muy preocupados frente a su cuerpo inmóvil. Se preguntaba qué estarían haciendo mientras calculaba los estragos que provocaría si descubrían su origen. Estaba, sin lugar a dudas, conviviendo con el enemigo. Su línea de pensamiento seguía ese camino hasta que la voz imperativa de Drusilla la interrumpió.
–Antes de que sigas lamentándote, trata de averiguar si mi hermano está a salvo. Podemos hablar luego de cuáles son mis ideologías o a quién quieres eliminar de este tiempo.
Drusilla intentó borrar la ansiedad en ese pedido pero le resultaba casi imposible. Todo lo que tuviera que ver con ese pequeño sacaba sus instintos más protectores y cálidos.
–De… de acuerdo.
Mientras Hermione mantenía su conversación mental, una figura femenina se mantenía estoica en el umbral del dormitorio observándola, estudiándola. Esa mujer estaba preocupada aunque no lo demostraba. Su protegida había sido encontrada en pleno Callejón Diagon inconsciente y al borde de la muerte. Ningún encantamiento lograba despertarla y tanto sus pulsaciones como su respiración se hacían cada vez más suaves e imperceptibles. Todo indicaba que había sido envenenada de alguna manera y, hasta que no despertara, no tenían a quién responsabilizar por tal agravio. La miraba fijamente preguntándose cómo era posible que no advirtiera su presencia o por qué tenía la mirada perdida en un punto fijo sin siquiera notar que su vaso se había deslizado empapándola. Carraspeó un poco queriendo llamar su atención.
Hermione alzó la vista y se encontró con una imponente bruja de párpados gruesos y cabello castaño. Su rostro guardaba una inmensa seriedad.
–Esa es Druella– señaló Drusilla–, llámala Madame… siempre.
–Madame, bue-buenos días– a pesar de haber bebido agua, su garganta seguía quemando y las palabras no salían con facilidad.
La bruja respondió al saludo con un sutil asentimiento y avanzó hacia la habitación sin retirar los ojos de la joven que yacía en la cama.
–Nos has tenido muy preocupados, jovencita– su voz encerraba reclamo y dureza.
–Lo… lo siento– bajó su mirada, no sabía qué más responder. Si ya estaba nerviosa antes de la llegada de Druella, ahora se encontraba a punto de sufrir un paro cardiaco.
–¿Me dirás cómo es que terminaste tirada en el Callejón Diagon, sin compañía y envenenada?
–Drusilla… ¿qué… qué debo responder?
–Deberás dejar que tome el control por un momento– respondió.
–¡¿Cómo demonios hago eso?!
–Y yo que sé. Soy tan novata como tú en todo este asunto.
Druella observaba cómo una vez más la mirada de la chica se perdía en un punto fijo y eso la exasperó.
–¡¿Vas a responder o debo imaginar lo peor de ti?! – recriminó.
–¡Drusilla! – gritó Hermione con desesperación.
Fue una cuestión de voluntad. En el mismo instante en el que deseó desaparecer de ese lugar, su contraparte tomó posesión del cuerpo dejando a Hermione relegada al plano de los pensamientos. Tras un simple parpadeo, Drusilla levantó la mirada y se encontró con su tutora. Sonrió de lado antes de responder con parsimonia pero con clara seguridad.
–Discúlpeme, Madame, aún no me recupero– Se giró para quedar sentada en la cama frente a Druella, dejando notar el esfuerzo que ponía en cada movimiento. Luego agregó–: Debía tratar un asunto importante con el señor Borgin respecto al negocio de mi familia.
–Entiendo…– La observó unos instantes–. ¿Sabes cómo terminaste en estas condiciones?
–Lamento decir, Madame, que lo desconozco. Sólo recuerdo que quería llegar pronto a casa cuando un sueño profundo me invadió y... – dejó su voz en suspenso como si tratara de recordar–, y luego sólo oscuridad.
–Estuviste en un grave peligro, Drusilla. Los medimagos de la familia fueron taxativos al decir que no se podía hacer nada y que sólo debíamos aguardar tu muerte. La única que mantuvo las esperanzas de tu recuperación fue Bella que sólo abandonó esta habitación tras tu despertar.
–Siento haber causado tantos problemas a la familia.
La mirada de la bruja mayor tenía la fuerza de un escáner o eso era lo que Hermione sentía en lo profundo de su mente mientras esperaba volver a tomar posesión de ese cuerpo.
–Mañana por la noche celebraremos el compromiso de Cissy. Vendrán medimagos a hacer su revisión y cerciorarse de que estés en condiciones para asistir al evento. Habrá invitados muy importantes y espero el mejor comportamiento de tu parte.
Druella aplaudió una vez y un elfo doméstico apareció a su lado
–¿Cómo puede servir Link a la señora? – dijo la creatura con una reverencia y sin levantar la mirada del suelo.
–Trae el desayuno y atiende a la señorita Drusilla. Por la tarde, asegúrate de que pase al menos una hora en el jardín, ¡Merlín sabe cuánto necesita el sol esta niña! Cuando los medimagos terminen de atenderla, diles que se dirijan a mi despacho– miró a Drusilla y concluyó–: Has todo lo que se te ordena, debes estar en condiciones para mañana por la noche.
–Sí, Madame– respondió con un respetuoso asentimiento. Al ver que la mujer se ponía de pie, preguntó de inmediato–. ¿Mi hermano?
–Rigel está en el Ministerio con Cygnus. Volverá por la tarde.
Tras esas palabras, se retiró. Un segundo después, apareció en la habitación una mesa con un suculento desayuno.
–Hermione… debes… debes tomar el control una vez más. Estoy muy débil.
Con la simple voluntad y tras un parpadeo, volvió a sentir que dominaba ese cuerpo.
–¿Estás bien, Drusilla? – se preocupó, podía sentir que la conciencia de su anfitriona se desvanecía.
–No– dijo de inmediato con dificultad–, acabamos de comprobar que, por ahora, ponerme al frente me debilita enormemente. De prolongarse, sólo provocaría que cayéramos desmayadas. Sólo… sólo deseo dormir…
–¡Hey! ¡No! ¡No te duermas! ¡Debemos hablar!– gritaba en vano.
Hermione sintió el silencio en su mente y el miedo volvió a aparecer, miedo y preocupación. Su contraparte se había desvanecido y todavía no le daba indicaciones de cómo comportarse para no levantar sospechas. Estaba en medio de sus tribulaciones cuando notó a la pequeña creatura frente a ella.
–Madame le ordenó a Link que atienda a la señorita. La señorita debe desayunar y luego tomar un baño. Link se encargará de que todo esté dispuesto.
–Gracias, Link, eres muy amable.
–La señorita lo agradece. La señorita no debería. Link sirve a la familia Black.
Hermione sólo pudo suspirar y resignarse. Definitivamente, defender los derechos de los elfos en ese momento levantaría todas las alarmas habidas y por haber. Debía hacer sacrificios, por lo menos hasta aprender y entender el ambiente en el que estaba. Luego, ¿quién sabe?, tal vez podría hacer algo más que evitar la muerte de los padres de Harry y otras tragedias. Aunque su temor a ser descubierta no desaparecía, decidió entregarse a la voluntad de Link pues no deseaba causarle problemas. Todo su actual cuerpo dolía horrores y cada movimiento le significaba un suplicio.
El desayuno era por demás exuberante. Frente a ella se disponía una sucesión de diversas frutas, yogurth, cereales, leche, té y masas. El pequeño elfo se cercioró de que al menos probara un bocado de cada cosa para su desgracia.
Luego vino el baño.
Aunque insistió en arreglárselas sola para resguardar su intimidad, debió reconocer que era una lucha perdida. Así fue como se vio alzando los brazos mientras le retiraban las prendas de dormir. Fue conducida a la bañera dónde el agua cálida y burbujeante la aguardaba. Se detuvo frente a un amplio espejo de marco blanco rococó y se observó con atención: le costaría habituarse a ese nuevo cuerpo. Era un poco más alta, su tez era demasiado blanca casi enfermiza, su cabello lacio y ceniciento llegaba hasta sus hombros, su mirada era de un gris acerado. Inmediatamente, el reflejo de esa imagen le hizo pensar en el cielo nublado y tormentoso durante un día de invierno nevado. No había colores, solo blanco y gris, casi no había vida.
Entró al agua. Por unos minutos estaría en paz y decidió poner en orden sus pensamientos. Todo había sido demasiado abrupto y acelerado para su gusto y la responsabilidad de su actual situación no era de otro más que de ella misma. Se había puesto el brazalete sin siquiera pensar en la seguridad de su propio cuerpo que quedó yaciente en el futuro. Imaginaba que Ron y Harry la encontraron y la habrían llevado a San Mungo. No podía evitar sentir una inmensa culpa al pensar la preocupación de sus amigos y su familia.
Sacó la mano del agua y contempló la joya que adornaba su muñeca. Podría sacársela y volver a su época. ¿Cuánto tiempo habría perdido?, ¿días?, ¿meses? Aun no sabía si el paso del tiempo en uno y otro extremo del brazalete era el mismo o difería. Pero por más que deseara, no podía hacerle algo así a Drusilla. Ella pudo sentir en carne propia los sentimientos por el hermano de la bruja, su preocupación y casi desesperación cuando escuchó que estaba en el Ministerio con Cygnus Black. Se preguntaba qué es lo que temería además del acecho de Borgin. Aún no le contaba todo así como tampoco ella le había contado sobre Voldemort, los mortífagos y la guerra que se estaba desatando. Definitivamente no podía hacer algo tan impulsivo una vez más. Debía asumir las consecuencias de sus actos. Su insensatez la llevó a conocer a alguien que le pidió ayuda y su sentido de la justicia y del honor le exigía cumplir con su palabra y brindar su fuerza para asistirla.
La curiosidad encerró al gato. Ahora debía evitar que muriera.
Ya sea por la imprudencia o la mala suerte, ahora Hermione se veía a sí misma en una misión de vital importancia y de gran riesgo. Estaba, literalmente, habitando en el nido de las serpientes y cualquier error sería fatal. Se preguntaba cómo sería todo a partir de ahora.
Así fue como vino a su mente Bellatrix.
Aquella bruja desquiciada y de sonrisa amarillenta que había asesinado a Sirius Black en 1996 poco tenía que ver con la mujer que vio tanto en la biblioteca de Grimmauld Place como aquí junto a la cama. Podía sentir la magia oscura que la rodeaba, podía intuir que no era un pequeño angelito, pero también podía ver el porte y la gracia aristocrática que la rodeaba. Había preocupación en aquella mirada –: ¿Será que le tiene aprecio o cariño a Drusilla? – pensó.
Y eso la aterraba aún más.
No sabía qué esperar de una Bellatrix Lestrange cuerda, inteligente y suspicaz. Después de todo, estaría tratando a una slytherin que no perdió el juicio al convivir con dementores. Eso la llevó a pensar en Sirius Black, otra sombra que emergió de Azkabán y que ahora debía estar más que vivo y adolescente.
–Prioridades, Hermione, prioridades– se recalcó a sí misma.
¿Cómo debía empezar su misión?, sus dos misiones de hecho, la propia y la de su anfitriona.
Todo lo referido a la maldición de los Burke dependía en gran medida de Drusilla quien ahora dormía plácidamente en algún nivel del subconciente. ¿Cómo ocurría eso?, era algo que averiguaría con el tiempo. Respecto a su propio objetivo, la respuesta obvia a su pregunta era Albus Dumbledore. Ella no podía accionar por encima del director y de la Orden del Fénix, no sabría cómo.
¿Qué diría él cuando le cuente su imprudencia? ¿La dejaría continuar en el cuerpo de Drusilla para ayudarla o la obligaría a regresar al futuro?
Toda la lógica le indicaba que lo más probable era que la envíe de vuelta y entendía el por qué. La información que ella portaba era por demás valiosa para ambas facciones pero sólo una de ellas, la Orden, conservaba los escrúpulos suficientes como para negarse a conocer cualquier detalle por más que eso significara una ventaja sobre el enemigo.
Decirle o no decirle al profesor Dumbledore, he ahí el quid de la cuestión. Por ahora, lo único que podía hacer era esperar.
Se estaba quedando dormida cuando Link apareció.
–Señorita Burke, Link le avisa que los medimagos han llegado para ver su estado de salud. También le informa que su hermano ha llegado y que la espera en la habitación.
Hermione casi salta de la bañera ante esas palabras. Sólo sabía el nombre del chico gracias a Druella. Ella había dicho 'Rigel', ¿no?
–Gracias, Link. En un minuto estoy con ellos.
Apenas puso un pie en el suelo, dos elfinas aparecieron con toallas y comenzaron a secar su cuerpo. De nada le valió protestar y exigir que le entreguen una para que ella pueda secarse por sí sola. Una vez más debió resignarse ante las circunstancias.
–¿Drusilla?, ¿Dru?... tu… tu hermano…– llamaba mentalmente.
Pero la bruja no respondía. Hermione se mordió el labio y salió del baño sólo para ser rodeada por unos brazos de niño que la presionaron con la fuerza del amor fraternal. El chico derramaba lágrimas que mojaban su bata de seda plateada.
–Creí… creí que te perdía… creí… creí que me dejabas solo.
Ella devolvió el abrazo por instinto. En parte se sentía algo intrusa, sentía que le estaba robando ese momento a Drusilla pero sabía que ese niño necesitaba ese gesto, no podía negárselo.
–No me he ido, tranquilo, aquí estoy.
–¿Qué te ocurrió? ¿Qué hizo el viejo Borgin?
–Na… nada… no te preocupes.
Sus palabras hicieron que el chico la soltara de inmediato y la observara con atención. Escudriñaba sus ojos con seriedad.
–¿Por qué dices que no te ha ocurrido nada? – preguntó con suavidad entrecerrando los ojos.
–Porque ha sido así. Estoy bien, no lo ves– respondió en un vano intento de sonar segura y confiada. Quería trasmitirle sentimientos de tranquilidad a ese niño que no debería tener más de once o doce años.
Sus palabras sólo hicieron que él la mirara con mayor desconfianza y diera un paso hacia atrás.
–¿Quién eres? – inquirió casi en un susurro.
Hermione se puso en alerta. No podía dejar que alguien, ni siquiera el hermano de Drusilla, descubra que había alguien más en ese cuerpo.
–Rigel… ¿qué… qué quieres decir?, soy yo, Drusilla, tu hermana…
El niño la miraba con seriedad, su gesto se volvió impasible. Tras un momento de incómodo silencio susurró:
–No, no lo eres.
En ese momento entraron los medimagos salvándola de la inquisición del joven Burke que caminaba hacia atrás sin retirar sus ojos de la bruja.
–Jovencito, ¿podría retirarse para poder realizarle un diagnóstico a la señorita Burke?
Rigel no respondió, sólo avanzó hacia el pasillo. Su mirada fue, cuanto menos, preocupante.
Los tres medimagos que la asistieron sólo pudieron determinar que había sido envenenada y que, dadas sus condiciones físicas precarias, debería haber muerto. Ella sólo pudo sonreírles diciendo que se sentía demasiado viva como para temerle en ese momento a la muerte.
Apenas se retiraron, tenía al pie del umbral de su alcoba a Rigel con una gata en sus brazos. Avanzó hacia ella con el firme propósito de entregarle ese pequeño animal. En el momento en el que Hermione intentó tomar la gata, ésta se puso en alerta y se hundió aún más en los brazos del niño.
–¿Quién eres? – volvió a preguntar.
Hermione estaba más que preocupada. Evidentemente algo en su comportamiento la delataba. El chico frente a ella no debía tener más de once o doce años. Sus ojos grises como el acero la acechaban. Su piel era trigueña y su cabello de un negro similar al carbón sólo interrumpido por un mechón ceniciento, primera señal de que la maldición lo estaba afectando, ¿habría sido así la piel y cabello de Drusilla antes de ser afectada? ¿ese chico perdería la melanina de su piel y cabello hasta quedar como su hermana?
–Drusilla, tu hermana– respondió con firmeza.
–Si eres mi hermana, podrás decirme cuál fue la promesa que me hiciste antes de venir a Inglaterra– dijo mientras acariciaba al felino.
No, no podía decirle porque no tenía ni la más remota idea.
–¡Mierda!... ¡Drusilla, despierta! – chilló en su mente pero sólo obtuvo silencio.
Ambos se miraban desafiantes.
–Rígel, realmente estoy muy agotada. Creo que debería dormir un poco más si deseo recuperar mis fuerzas.
–Seas quien seas, bruja o mago, será mejor que me devuelvas a mi hermana. No necesito de una varita para ser peligroso– masculló entre dientes.
La gata en sus brazos saltó al suelo y con sus pelos de punta le gruñía amenazadoramente.
Hermione dio un paso hacia atrás. Esta vez no veía cómo podría salir del problema.
