Capítulo 3
El ático
No pudo evitar fruncir el entrecejo, mitad confundido, mitad preocupado. Daphne llevaba bastantes años trabajando en los Servicios Administrativos del Wizengamot, y hasta entonces, no había ocurrido nada digno de mención. Se preguntó que era aquello que no había llegado aún a oídos del Ministro Shacklebolt (a quien había visto justo aquella mañana), y no pudo evitar agobiarse al pensar que si afectaría a la familia Malfoy (Astoria incluida), muy probablemente tuviese algo que ver con la pureza de sangre, y la limpieza que él intentaba dar a su apellido.
Aún pensativo, llamó a Emily nuevamente, para que cancelase su reuniones de aquella tarde con una serie de empresarios tanto muggles como magos, y una vez estuvo de nueva cuenta solo, utilizó la red flú para enviar una respuesta afirmativa a su cuñada para la reunión de aquella tarde, así como para avisar a sus elfos domésticos que tendrían visitas para comer.
Cuando el reloj marcó las dos en punto, Draco salió de su oficina, y sabiendo lo impuntual que era Daphne para cualquier reunión, se tomó su tiempo para subirse a su Mustang negro, y manejar de regreso a la Mansión Malfoy, tamborileando los dedos en el volante.
Sin embargo, apenas cruzó por la puerta principal, una elfina doméstica le tomó el maletín (colocó él mismo su saco en una percha cercana), y anunció con su usual voz chillona:
-La señora Malfoy y la señora Greengrass lo esperan en el comedor del kiosko.
Draco no pudo evitar sorprenderse por la puntualidad de Daphne. Usualmente, cuando su cuñada los visitaba para comer con ellos una vez al mes, no se aparecía hasta pasadas las cuatro. En aquel momento, el reloj indicaba que aún faltaban quince minutos para las tres. Frunciendo el entrecejo, y con la ansiedad e incertidumbre por aquellos repentinos cambios en la actitud de su cuñada multiplicándose en su interior, Draco se limitó a asentir, y seguir a la elfina, con paso receloso.
Llegó finalmente al pequeño comedor de jardín que tenían en un kiosko en la parte posterior de la Mansión ("¡La señora Malfoy necesita tomar aire fresco!", había dicho la elfina), donde pudo comprobar que efectivamente Daphne se encontraba ya allí, sentada junto a Astoria, quien se veía más pálida que de costumbre. Sin embargo, Malfoy supuso que si había podido bajar de su habitación a los jardines, se encontraría mucho mejor de lo que había estado durante el fin de semana.
-Buenas tardes –saludó el hombre de ojos azules a las dos mujeres que se encontraban ya sentadas a la mesa, al tiempo que él también tomaba asiento. Ellas se limitaron a responder con un leve asentimiento de cabeza; Astoria porque aún se encontraba demasiado débil para decir nada, Daphne porque prefería fruncir los labios y mirar a su cuñado con enojo.
El hombre de cabellos rubios platinados ignoró las actitudes de las dos mujeres, y prefirió prestar atención a la mesa, la cual al instante había sido puesta por un grupo de elfos domésticos, los cuales colocaron los platos, cubiertos, copas y servilletas, y se retiraron tan rápida y silenciosamente como habían aparecido.
Draco sabía que Daphne se tomaría su tiempo para iniciar la conversación por la cual los había reunido (le encantaba dárselas de interesante), por lo que él también se tomó su tiempo para servirse puré de papa y un filete de pescado en el plato, así como un poco de ensalada fresca. A su izquierda, Daphne hacía lo mismo. Su cuñada se tomó su tiempo para cortar y comer un pedazo de filete, antes de limpiarse la comisura del labio, y anunciar:
-La Jefa de la Oficina del Uso Incorrecto de la Magia ha venido a mi cubículo hoy.
-Nada nuevo –espetó Draco de la manera habitual, provocando la usual mirada reprobatoria de la señora Greengrass. Sin embargo, Daphne se apuró a continuar, como si no hubiese sufrido ninguna interrupción.
-Y ha traído consigo un Proyecto de Ley, donde se solicita "la detección y confiscación de artefactos peligrosos".
La mano que Draco había extendido para tomar su copa de vino, se detuvo a medio camino. Miró a Daphne con una expresión de asombro y preocupación, mientras su cuñada sonreía satisfecha por el efecto que había conseguido con sus palabras.
-No la aprobarán… -susurró el hombre de ojos azules, como si no pudiese ser de ninguna otra forma.
-Parece ser que tanto Granger como Potter están más que de acuerdo –continuó Daphne con su perorata, al tiempo que picoteaba su ensalada-. Ya saben que Quirke es muy amiga de Granger, y ni hablar de ella con Potter… Quirke me ha pedido convocar una reunión en pleno ante el Wizengamot para que sean ellos quienes la aprueben o deroguen, aunque puedo asegurarles que con el peso de la opinión de esos dos, no tardará mucho en ser aceptada.
-Draco… -musitó Astoria, con un hilo de voz. En parte por su delicado estado de salud, en parte por el temor que habían infundido en ella las palabras de su hermana mayor.
Su marido la miró de vuelta, aún con el brazo extendido en el aire.
-Tienes que deshacerte de eso -dijo finalmente la señora Malfoy.
-No puedo –fue la respuesta del hombre rubio-. No los utilizo. ¡Ni siquiera sirven! –se defendió torpemente, pero su esposa le dirigió una fría mirada.
-Eso lo sé, pero no creas que al Ministerio le hará mucha gracia saber que el hijo de un ex Mortífago guarda semejantes objetos en su casa. Sin ningún tipo de protección.
-Son simples recuerdos… -fue la respuesta de Draco, pero inclusive él sabía que el tener aquellos objetos en su poder, levantaría demasiadas dudas y crearía horribles sospechas. Si no hacía algo pronto, de nueva cuenta el apellido Malfoy no volvería a valer nada.
Desvió su vista de su esposa, quien aún tenía una expresión de enfado, y volvió a mirar a su cuñada.
-¿Cuándo se reunirá el Wizengamot? –preguntó atropelladamente.
-He intentado retrasarla lo más posible, pero no ha servido de mucho. Está programada para la siguiente semana, el viernes a mediodía.
-No es suficiente tiempo.
-¡Deshazte de ello! –exclamó Astoria débilmente. Quizá no amase a Draco pero tampoco estaría dispuesta a ver que se llevasen su marido a Azkaban.
-No puedo –fue la simple respuesta de Draco, quien súbitamente había perdido el apetito. Con mil y un pensamientos arremolinándose en su mente, finalmente bajó el brazo hasta su regazo, de donde tomó su servilleta, y la dejó sobre el plato. Al instante se puso en pie.
-¿A dónde se supone que vas? –fue la pregunta de su esposa. Pregunta que no tuvo respuesta, pues el hombre de piel pálida había salido del comedor, caminando automáticamente-. ¡Draco! –exclamó Astoria.
Estaba por ponerse de pie ella también para seguirlo, pero apenas y había apoyado una mano en la mesa, sintió un súbito mareo, seguido de un fuerte dolor en la cabeza, y se dejó caer de nueva cuenta en la silla.
-¡Story! –exclamo Daphne, incorporándose inmediatamente, y dando la vuelta a la mesa, se hincó junto a la silla de su hermana menor. Se apuró a poner una mano en su frente, y la sintió arder.
-Estoy bien –fue la respuesta de Astoria, intentando quitar la mano de su hermana, pero sin conseguirlo-. Es solo un mareo…
-Sabes que eso es una mentira. ¡Cada vez estás peor! –interrumpió la mayor de las Greengrass, frunciendo el entrecejo, pero inmediatamente adoptando una expresión de preocupación-. No quiero perderte…
-Sabes que es inevitable –fue la respuesta de Astoria. Apenas un leve susurro agotado-. Así como también sabes que no temo a la muerte. Este fue el camino que decidí tomar.
-Eso lo sé, pero aun así…
-Solo te pido que cuides a Scorpius cuando yo me haya marchado. De lo único que me arrepentiré será de dejarlo solo.
-No estará solo, Scorpius estará bien –susurró Daphne de vuelta, besando a su hermana menor en la frente-. Sabes que adoro al niño y si por mi fuese, cuidaría de él como si fuese mío. Además, si hay algo que reconocerle a Draco, es que es un buen padre, y que ama a Scorpius tanto como tú. Te aseguro que mi sobrino quedará en buenas manos. Pero ahora ignora eso. Debes descansar.
-No tiene caso…
-No te dejaré ir aún –exclamó Daphne en tono severo, al tiempo que llamaba a un par de elfos domésticos para que le ayudasen a subir a su hermana a su habitación, para que descansase-. No si puedo evitarlo.
Había salido del comedor, y había emprendido el camino por el recibidor, donde llegó a los pies de la escalera de mármol oscuro, y comenzó a subirla. Caminó por los pasillos, amplios e iluminados, casi sin darse cuenta de a dónde se dirigía. No se detuvo hasta que llegó al ático del cuarto piso, donde se dispuso a abrir aquella chirriante puerta, pesada y mohosa.
El ático era una habitación alargada, de techo bajo. Las ventanas eran escasas, por lo que la iluminación era deficiente. Apenas y se distinguían sombras con formas extrañas; sin embargo, Draco agitó su varita en el aire, y al instante, la habitación se iluminó totalmente, como si de repente se hubiese hecho de día. Las sombras con formas extrañas se transformaron en objetos de formas y colores oscuros.
Todo parecía chamuscado, y a punto de caerse a pedazos. Como si hubiesen sobrevivido un incendio, pero por poco. Parecía tratarse de cenizas que al más mínimo tacto, se pudiesen desmoronar, volviéndose nada. Malfoy empezó a recorrer la habitación, con paso lento. La figura alargada que se encontraba más próxima a él, aún despedía un leve olor a quemado. La madera era vieja y podrida. Estuvo tentando a tocarla con los dedos, pero algo se lo impidió: los recuerdos.
El armario evanescente era uno de los objetos que quería olvidar, pero simplemente no podía. Aquel armario ahora inservible y completamente irreparable, era la muestra del mal que había hecho, para salvar a su familia.
Junto al armario, había un estante lleno de libros quemados. Ninguno era ya legible (era imposible abrir alguno sin terminar volviéndose ceniza), pero en sus costados aún podían leerse varios títulos. El libro de "Elaboración de Pociones Avanzadas" ocupaba el puesto de honor, en un pequeño atril. Aquel era el único recuerdo que tenía de su antiguo profesor de Pociones, y cercano amigo de la familia. Sabía que Snape había jugado a una posición de doble espía, y que muy probablemente en realidad no sintiese afecto por su padre, pero también estaba seguro de que el cuidado y preocupación que Severus Snape había tenido para consigo, era genuino. Si no hubiese estado infiltrado entre los más cercanos allegados del Señor Tenebroso, estaba seguro de que hubiese él mismo ofrecido la protección de la Orden del Fénix. Si las cosas hubiesen sido un poco diferentes…
Continuó recorriendo el lugar, deteniéndose a observar cada uno de aquellos tesoros. Sabía que no era correcto el aferrarse a ello; a ojos de todo el mundo mágico, aquellos eran objetos que habían traído destrucción y sufrimiento, en tiempos de Voldemort. Pero para él, aquellos eran muestras tangibles de todas las decisiones que él y su familia habían tomado mal, y lo obligaban a no repetirlas. El tener aquellos objetos allí no era para sucumbir de nueva cuenta a las ideas de pureza de sangre, sino que fungían la función de demostrarle el daño que esos viejos ideales podían ocasionar en el mundo.
-No puedo permitir que me las quiten… -musitó con expresión seria.
Tenía que impedirlo. Debía haber alguien con quien pudiese hablar para solucionar aquello…
Y entonces, sus ojos se abrieron de par en par, su boca se abrió formando una pequeña "o", y finalmente, aquella idea terminó de formarse en su cabeza. ¿Cómo era posible que no lo hubiese visto antes? Si hasta Daphne lo había dicho… Si tanto poder tenía para impulsar aquella Ley, ¿que le decía que no podía utilizar esa misma influencia para retrasarla?
Podía hablar con Potter, él estaba bien situado, su opinión era de mucho peso en todas las decisiones que tomaba el Wizengamot. Además, debido a la reciente amistad entre sus hijos, muy probablemente Potter estuviese dispuesto a escucharlo, y ayudarlo hasta cierto punto.
¿De qué forma podría convencer al Jefe de la Oficina de Aurores, de ayudarlo a salir bien librado de tan delicada situación?
Había pasado toda la semana encerrado en el ático, mirando aquellos viejos e inservibles objetos, preguntándose qué hacer y qué decir ante Potter, para poder salvarlos y conservarlos. Astoria ni se molestó en visitarlo en aquella habitación. No solo porque no estaba dispuesta a tener una nueva discusión con él (seguía firme en su idea de que lo mejor era deshacerse de ellos), sino porque también le había sido nuevamente imposible el salir de la cama.
Malfoy ni cuenta se había dado de que Daphne se había instalado en una de las habitaciones de visitas de la Mansión. Cuando la señora Greengrass no se encontraba trabajando en el Ministerio, se encontraba en casa cuidando de su hermana menor, la cual pese a los cuidados de Daphne y la servidumbre, parecía ponerse peor cada día. La salida al comedor del jardín la había dejado más débil de lo que había estado nunca. Nuevamente deliraba en sueños, en los pocos momentos en que el dolor de su cuerpo le permitía dormir. Apenas y comía y por ello tenía poco que devolver, pese a que sentía arcadas todo el tiempo.
Draco decidió salir del ático el sábado por la tarde, pero las duras miradas de Daphne lo obligaron a volverse a recluir en aquella alargada habitación, durante el resto del fin de semana. Sabía que su cuñada le recriminaba el delicado estado de salud de su mujer, que lo culparía por no cuidarla lo suficiente, y que en el momento en que ella muriera él sería el único culpable por haber puesto en marcha aquella horrible maldición que se cernía sobre su apellido. Pero igual que siempre, lo que pensase Daphne Greengrass sobre él y su matrimonio arreglado, no le importaba. Aunque era cierto que era mucho más fácil vivir encerrado en el ático sin necesidad de verla y escuchar como gruñía al verlo.
Ignorando a su cuñada, Draco volvió a surgir del ático el lunes en la mañana, y tras tomar el desayuno, se dirigió al salón principal de la Mansión Malfoy, donde se adentró en la chimenea, y tras decir con voz fuerte y clara "Ministerio de Magia", aquellas llamas verdes lo envolvieron por completo. Eran las diez de la mañana cuando se encontró a sí mismo saliendo de una de las muchas chimeneas que había en el amplio Atrio del Ministerio, donde al igual que él, docenas de magos y brujas entraban y salían de las chimeneas conectadas a la red flu. Tras sacudirse el hollín, caminó por el amplio lugar, pasando por la Fuente de los Hermanos Mágicos, y se detuvo frente al Área de Recepción. Como cada vez que acudía a visitar al Ministro Shacklebolt, el guardia de seguridad le registró la varita, y sin entretenerse demasiado, finalmente lo dejó pasar.
Subió a uno de los elevadores (el cual por fortuna se encontraba casi vacío), y pulsó el botón correspondiente. La enorme caja de metal inició el ascenso a trompicones, deteniéndose en un par de pisos donde varios magos y brujas subieron y bajaron. Sin embargo, cuando llegó a la segunda planta, Draco se encontraba completamente solo.
El elevador se detuvo y abrió sus puertas, permitiendo al Director de Industrias Malfoy salir de él. El pasillo que era el Departamento de Seguridad Mágica se abría en ambas direcciones, aunque el lado izquierdo era visiblemente más corto que el derecho, el cual parecía extenderse hasta el final del mundo. Sabía que hacia ese lado se encontraba la oficina de su cuñada, por lo que también sabía que su objetivo se encontraba en la dirección opuesta.
Las puertas del lado izquierdo del pasillo, eran todas iguales: de madera oscura y completamente lisas, la única manera de identificarlas era por la placa plateada que había junto a cada una de ellas. Mientras avanzaba, las fue leyendo, hasta encontrar aquella que había estado buscando: la oficina del Jefe del Departamento de Aurores se encontraba casi al final del pasillo. Una parte de su cerebro le decía que quizá fuese una mala idea molestar a Potter desde tan temprano, mientras que la otra mitad le decía que ya se encontraba allí y sería mejor que se dejase de niñerías.
Así que intentando limpiar su cerebro de todo pensamiento, alzó el puño en el aire, y sin darse un segundo para volvérselo a plantear, tocó a la puerta con los nudillos.
-Adelante –contestó una voz masculina.
Respirando profundamente, sujetó el pomo de la puerta, y tras abrirla, entró a la habitación.
La oficina del Jefe de Aurores (al igual que las demás de aquella planta) tenía una gran ventana al fondo que mostraba una panorámica de la ciudad, proyectada por magia. Pegados en una de las paredes de la habitación, había varios libreros, mientras que en otra había un enorme mapa con un montón de chinchetas clavadas en diferentes puntos, que brillaban en tonos rojizos, azules y verdes. Malfoy se tomó su tiempo para mirar aquellos detalles, antes de dirigir su vista al fondo de la habitación. Allí se encontraba Harry, sentado a su mesa, leyendo unos papeles. Sin embargo, el Jefe del Departamento de Aurores había alzado la vista inmediatamente al escuchar cómo se abría su puerta. Y ahora una expresión de leve aturdimiento se dibujaba en su rostro al mirar tan inusual visita.
-Malfoy… -fue lo único que pudo decir.
-Lamento molestarte, Potter –fue lo único que pudo responder el rubio.
-Adelante, pasa. Siéntate –dijo el hombre de cabellos negros, al tiempo que Draco cerraba la puerta tras de sí, y se acercaba al escritorio, frente al cual se sentó con paso lento-. ¿A qué se debe tu visita?
-Perdón por no avisar con anterioridad –se disculpó nuevamente el Director de Industrias Malfoy. Repentinamente se le había olvidado cómo abordar el tema-. Entenderé si no tienes tiempo para atenderme.
-No, no. Nada de eso –negó Harry, intentando adoptar un tono formal pero amigable-. Dime… ¿es por Albus y Scorpius?
La mención de su hijo tomó a Draco por sorpresa, pero se compuso inmediatamente. Sonrió por lo bajo, y se apuró a volver a mirar a Potter.
-Quien lo diría, ¿no? –fue la respuesta del hombre de ojos azules-. Que tu hijo y el mío se conociesen en el tren, y se hiciesen amigos. Por lo que tengo entendido algo así ha pasado también con tu hijo James y tu sobrina Rose. Por mi parte no hay problema, pero entenderé si quieres que Albus se aleje de Scorpius…
-Tampoco tengo problema, Malfoy –interrumpió Harry prontamente-. No pienso que haya nada malo en tu hijo o en tu familia, como para que no pudiesen ser amigos de la mía.
-Parece ser que eres de los pocos que creen que el apellido Malfoy se ha reformado. Que ya no veneramos las artes oscuras, que ya no apoyamos la supremacía de la pureza de sangre.
-Creo que hay muchos que ya no creen eso. Los tiempos han cambiado, durante todos estos años no has demostrado algún comportamiento, o realizado alguna acción, que no exhiba tu arrepentimiento. Arrepentimiento que ni siquiera debería ser tuyo. Después de todo, sé que lo hiciste para proteger a tu familia, por órdenes de tu padre…
-Hay cosas que sí he hecho yo mismo –esta vez fue el turno de Draco de interrumpir-. Es cierto que he hecho muchas cosas para limpiar el apellido de mi familia, pero también hay cosas que he hecho, que a ojos ajenos pudiesen significar algo completamente diferente. Ya sabes lo que dicen, no hagas cosas buenas que parezcan malas. Y en mi caso, he hecho justo eso.
-¿De qué se supone que hablas? –Harry lo miró fijamente, frunciendo el entrecejo.
-Tienes razón, Potter. La carga que caía sobre mis hombros había sido impuesta por mi propio padre. El volverme un mortífago al igual que él, el intentar matar a Dumbledore siguiendo las instrucciones del Señor Tenebroso… Pero aunque me haya sido impuesta, al final yo mismo terminé cargándola. Yo terminé por tomar todas aquellas decisiones. Dumbledore me dio la libertad de escoger. Y escogí todas las malas opciones. Aquellas acciones forman ahora parte de mi pasado, y no las puedo borrar. En parte porque no quiero. Si me olvido de todo el daño que hice pasar, no solo a ti, Weasley y Granger, sino a toda la comunidad mágica en general… si llego a olvidarlo, ¿qué me asegura que no vuelva a repetir aquellos errores? ¿En un arrogante sangre limpia creedor de la supremacía del status de sangre?
-¿De qué estás hablando, Malfoy? –repitió Harry. Había querido decir "no creo que seas tan débil", pero había algo en la intensidad de la voz de Draco Malfoy, que lo asustaba.
-¿Sabes que mi cuñada trabaja en el departamento de Servicios Administrativos del Wizengamot, verdad? –el hombre de ojos verdes se limitó a asentir-. Daphne me ha contado sobre la nueva Ley que planean implementar…
-¿La de Artefactos Tenebrosos? –esta vez fue el turno del hombre de ojos azules de asentir. Harry sintió una punzada en el estómago, parecida a la preocupación y ansiedad.
Hermione le había platicado de ella la semana pasada, y hacía apenas un par de días, había finalmente leído el borrador. Si Malfoy tenía motivos para temer a la implementación de aquella ley… Decidido a no formar falsas conjeturas, Potter se apresuró a preguntar:
-¿Qué artefacto tenebroso estás conservando, qué es aquello que no te conviene entregar?
-Te lo he dicho ya. Son cosas que he hecho, cosas en las cuales indirectamente ayudé, cosas que no debo olvidar.
-Malfoy…
-Solo necesito que la canceles. O que la retrases, el tiempo suficiente para que pueda volverlos a esconder.
-No puedo ayudarte con eso.
-Sé que tu voz tiene mucho peso en el Wizengamot. Si pudieses…
-Lo sé, pero… Por más que mi voz tenga peso, la de Hermione es más importante aún, y ella no lo permitiría…
Malfoy sintió que se le encogía el estómago. Quería hablar con la ex Gryffindor, lo había pensado durante toda la semana pasada, pero al mismo tiempo, no quería verla. No sabía si podría controlar los latidos de su corazón, y aquel loco impulso por abrazarla y besarla, que parecía ser cada día se hacía más fuerte.
El miedo se hizo presente en su rostro, en su mirada, y Harry pareció notarlo. Potter sabía lo que estaba pensando. Aquel encuentro entre ellos dos y Hermione, donde finalmente Harry había comprobado que ambos se gustaban y que habían tenido un romance oculto en Hogwarts, durante aquel último año en el colegio. Y entonces, ambos recordaron el hechizo que Draco había lanzado sobre la castaña, obligándola a olvidar todos los recuerdos de aquella relación que nunca debió existir.
-Intentaré hablar de ello con Hermione –dijo Harry apresuradamente, provocando que Draco asintiese, aturdido-. Pero no puedo prometerte nada.
-Gracias, Potter –musitó el Director de Industrias Malfoy, incorporándose de la silla.
Harry lo miró caminar por su oficina, y abrir la puerta, dispuesto a salir. Draco estaba por marcharse, cuando no pudo contenerse más, y preguntó:
-¿Qué se supone que es exactamente lo que ocultas?
-El armario evanescente –respondió Draco en un tono que sonaba evasivo-. Entre otras cosas que saqué de la Sala Que Viene y Va.
Harry hubiese querido decir algo más, pero estaba seguro que de nada serviría insistir, por lo que se limitó a asentir, y con esto, el hombre de cabello rubio platinado finalmente salió de la oficina, cerrando la puerta tras de sí.
Hola a todxs! Espero y hayan tenido una muy bonita semana. Yo, tuve una de las peores de toda mi vida xD, pero me consuela el saber que siempre llegará el sábado, y aquí estarán uds., dispuestxs a leerme. :') Vamos a ello?
Si en el capi anterior, seguimos un poquito a Hermione, esta vez vamos a seguir un poco a Draco. ¿Ya les había comentado que no sé si Draco y Daphne se odien en el canon? Porque aquí (aunque la aparición de Daphne sea breve), me pareció divertido que no se puedan ver ni en pintura (?).
Por otra parte, ya vemos por donde va la trama de este fic, no es así? Ese borrador de ley que Hermione va a revisar, y como afecta (de manera tan directa) a Draco, y que provocará que tengan que encontrarse nuevamente (spoilers dónde?). Decidí hacerlos esperar un poquito más, y retrasar este encuentro haciendo que primero se topase con Harry, y para recapitular un poco en qué quedo la relación de estos dos, después de lo ocurrido en Mundos Distantes.
Además, está el hecho de que he dejado a Draco de pie a la mitad del pasillo, y apenas a un par de puertas se encuentra la oficina de Hermione... y sólo eso diré. Les dejaré que se pongan a realizar teorías durante toda la semana, pues mi amenaza de ausentarme por mini vacaciones no la puedo cumplir. Necesito de ustedes, así como preciso de tener la mente ocupada para no hundirme.
Así que, les agradezco muchos sus reviews (la mayoría no los voy a poder contestar porque no tienen cuenta), les juro que los leo y vuelvo a leer cientos de veces. Sus palabras me llenan de felicidad en estos tiempos de oscuridad. Así que, por favor, vuelvan a dejarme un review diciéndome lo que les gustó del capi, lo que no les pareció, y esas conjeturas que tienen sobre este futuro incierto.
Les mando abrazos y besos. Sigan bellos.
