Título: Bajo la lluvia
Prompt: (Objeto) Sombrilla/Paraguas.
Rating: K
Disclaimer: Los personajes que forman parte del Canon Holmesiano le pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle. La versión moderna de dichos personajes pertenece a la BBC, a Mark Gattis y a Steven Moffat.
Advertencias: Relación establecida de hombre x hombre.
Este drabble participa en la actividad "3er Aniversario: ¡Escribe si puedes!" del foro I am Sherlocked.
–Oh, no, no, no. ¡No! ¡Diablos! –se quejó Lestrade cuando las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer sobre la escena del crimen– ¡Apuren esos pasos muchachos! ¡Si el agua llega a arruinar alguna de las muestras, les prometo que los estaré picoteando por todo un mes! –amenazó el detective a su equipo, quienes ya había comenzado a corretear de un lado al otro para agilizar sus faenas.
Greg, refunfuñando y maldiciendo por lo bajo, intentó utilizar su cuerpo para evitar que el papeleo que tenía entre las manos se mojase, fracasando magistralmente e intensificando sus improperios. Aún así, se las arregló para firmar un par de autorizaciones antes de que la lluvia aumentase y tuviese que levantar la vista en busca de algún lugar donde refugiarse. Su rostro, contorsionado en una intimidante mueca de disgusto, buscaba con determinación por toda la escena, irritándose cada vez más cuando sus ojos no se posaban en nada que pudiese serle de utilidad.
Esa semana había sido particularmente extenuante y ya el cansancio, la frustración y el enojo estaban haciendo mella de él. Para colmo, la única persona en todo el mundo que era capaz de darle fuerzas suficientes para continuar con su ajetreado itinerario, se encontraba incluso más ocupado que él, al punto que no lo había visto en semanas. El detective estaba a punto de lanzar todo al cuerno si su día no mejoraba milagrosamente en los siguientes cinco minutos.
Súbitamente, como por arte de magia, las heladas gotas de lluvia dejaron de golpearle el rostro y los hombros, y Greg parpadeó extrañado. Mirando hacia arriba por instinto, se dio cuenta que la fina lona de un paraguas negro se cernía sobre él.
–¡Myc! –exclamó con entusiasmo antes de siquiera verle el rostro a su pareja. Cuando se volteó, Holmes le devolvía la mirada con una cálida sonrisa en los labios.
–Buenos noches, oficial –saludó con cortesía, como siempre. Greg rió suavemente ante el título y se contuvo de lanzarse encima de su amado para besarlo y abrazarlo, sólo porque tenía una paca de hojas entre las manos que no debían por ninguna circunstancia caer al piso, y temía que se entretendría demasiado en los labios del otro como para recordar sostenerlas como se debe.
–¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó extrañado. No es que le molestase su presencia ni nada por el estilo; por el contrario, adoraba finalmente tenerlo al frente, pero desde hace mucho tiempo que ellos no se encontraban en una escena de crimen y Greg se sintió curioso.
La expresión de Mycroft se suavizó, sintiéndose un tanto incómodo al mirar por encima del hombro del detective. –Bueno…
Lestrade volvió a girar su rostro hacia la escena detrás de él y observó como varios hombres con tapabocas y overoles de capucha blancos apartaban a su equipo y se encargaban de arreglar y recolectar todas las muestras que ellos estaban intentando salvar.
–Lo siento mucho, cariño; pero me temo que no puedo permitir que sigas con esta investigación –se disculpó Myc. Greg suspiró pesadamente, resistiendo el impulso de girar los ojos.
Desde que comenzaron a salir, ambos, por mutuo acuerdo, habían decidido que Mycroft no volvería a llegar de improvisto a apoderarse así de su trabajo. El detective entendía que a veces era necesario, pero ahora esperaba que por lo menos le avisara un par de horas antes de que sus hombres llegasen a irrumpir en su fiscalía a llevarse todas las evidencias y demás.
Esta vez, en cambio, más que molesto Greg se sintió aliviado. Desviando la mirada hacia las hojas que tenía entre las manos, de inmediato sintió la frustración del inevitable trabajo de oficina que le esperaba en la estación; y, cansado, suspiró nuevamente.
–¿Harías también mi papeleo?
Mycroft parpadeó extrañado, completamente descolocado. Con lentitud, sacó su teléfono del bolsillo de su chaqueta y lo acercó a su pecho con algo de desconfianza, preparado para ordenar lo que fuese necesario pero no sabiendo realmente si interpretar las palabras de su compañero con verídicas o sólo una jugarreta.
–Podría hacerlo… Si así lo deseas… –tanteó con suavidad. Su pareja no era la clase de persona a la que le gustaba que hiciesen las cosas por él, y siempre se negaba a que el otro lo ayudase; por lo que esa pregunta parecía fuera de lugar y Myc no lograba leer bien sus verdaderas intensiones.
–Ok, entonces trato hecho. Tú te llevas todo este caso con papeleo incluido, y los dos nos vamos a dar un paseo por el parque y luego a tomarnos un café.
–¿Con este clima? –preguntó Myc, aún no creyendo del todo las palabras de su amado.
–¿Acaso no es romántico? Tú y yo, bajo la lluvia, compartiendo un paraguas. Me encanta la idea, a decir verdad.
Mycroft parpadeó un par de veces más, procesando la situación. Greg sonrió ampliamente ante su reacción y casi le arrojó la pila de papeles a Donovan, excusándose con frases rápidas e ignorando las protestas de la teniente. El político sólo reaccionó cuando una mano se coló por el interior del brazo en el que sostenía la sombrilla y quedó enganchada de la parte interior de su codo.
–¿Nos vamos? –preguntó su amado–. Tenemos mucho de qué hablar.
Mycroft sonrió.
–Ciertamente, así es –contestó, terminando de escribir, con su mano libre, un mensaje de texto para Anthea. Después de todo, la reunión que tenía esa noche ya no se podría dar; acababa de hacer planes más importantes que la seguridad nacional.
