Capítulo 2

Mientras me dirijo a mi habitación, me viene a la mente cómo nos enamoramos Albert y yo.

Tenía poco tiempo viviendo con Anthony y él, así como con Wilma, una mujer negra que Albert había contratado como el ama de llaves, cocinera y todo aquello que se ofreciera. A pesar de que el presidente Linconl había aprobado la proclama de emancipación de esclavos, 15 años después la situación de la población negra no había cambiado sustancialmente, pero Wilma estaba agradecida con el señor Andley por haberla contratado e incluso tratarla como una igual y eso quizá fue lo que comenzó a cautivarme de él.

Era el único heredero de una familia de gran abolengo, pero su única familia directa era su sobrino, Anthony, a quien yo instruía y cuidaba cuando el señor Andley debía salir por negocios urgentes. Su oficina se encontraba en Chicago, pero Anthony había insistido en permanecer en Lakewood y vivir en la casa donde había nacido y por supuesto, donde estaba el jardín de su madre. Aquel único lazo irrompible que lo unía a ella.

Era un banquero, tenía apenas 25 años y una responsabilidad a cuestas y sin embargo, era gentil, no le molestaba el trabajo físico y era precisamente eso lo que había moldeado su estructura física, sus piernas eran firmes, señal de que montaba mucho a caballo, su espalda era ancha y sus manos eran las de un hombre acostumbrado al trabajo. Por supuesto, que al estar expuesto al sol, su piel se había bronceado y su cabello, largo, le caía suelto sobre los hombros, pero era precisamente su cabello lo que le quitaba la expresión ruda a su cuadrada mandíbula y su frente retadora, sus ojos eran azules, azules como el cielo despejado y sus labios… sus labios ¡Oh Dios! Sí, tal vez no eran pensamientos muy propios de una dama de aquel entonces y mucho menos dignos de una empleada a su patrón, pero era cautivadoramente arrebatador.

Pronto nos volvimos buenos amigos, me permitió llamarlo Albert y él me llamaba Candy, sin saber cómo o por qué, le conté sobre mi compromiso fallido y él en lugar de retarme me apoyo incondicionalmente, también compartió algunos secretos suyos, de cómo al morir su hermana y su esposo en aquel accidente, tuvo que volver de una vida sin preocupaciones que había adoptado, viviendo del fruto de su trabajo y no del nombre de su familia, un aventurero en toda la extensión de la palabra.

Así pasaron 4 meses, creo que eso marco la época más feliz de mi vida, la primera al menos, el día que nos besamos por primera vez me pago un dólar.

Anthony y yo fuimos a hacer las compras debido a que a veces Wilma tenía problemas para surtir la lista debido a los prejuicios de algunos comerciantes. Un caballero se nos acercó, con una sonrisa en los labios.

- Señorita, ¿me permite invitarla a formar parte de una subasta? – dijo, dándome un panfleto – Es para una buena causa, una joven llamada Paulina, desea abrir un orfanato para ayudar a los niños sin hogar de la localidad, pero no tiene los medios, así que algunos comerciantes nos hemos aliado para realizar una sencilla subasta.

- ¿Y qué van a subastar? – pregunté un poco temerosa de que fueran personas.

- Canastas de picnic, joven dama. Si se anota, deberá preparar un almuerzo y llevarlo en una canasta, en el kiosko del pueblo se hará la subasta por su canasta y su compañía – mis ojos como platos debieron alertar a mi interlocutor – no me mal entienda, mi querida jovencita, usted solo debe acompañarlo al picnic, nada más allá de eso, se lo aseguro. Y si quiere apoyar un poco más, podría vender un beso en la mejilla por un dólar. Además, ganará 5 boletos para cualquier juego o puesto de la feria de esa noche.

- ¡Boletos para la feria, siiii! – celebró el pequeño niño rubio. Lo pensé, aunque era obvio que los comerciantes estaban haciendo su buena obra del día, también era cierto que ellos estaban aprovechando la situación, ¿o quién debíamos comprar los ingredientes y la canasta? Aquella era una situación ganar-ganar, pero el trasfondo era por apoyar una acción desinteresada de la señorita Paulina. Además podría invitar a Anthony y Albert a la feria y no es que ellos no pudieran costearlo, pero quería hacer algo por ellos ya que me dieron empleo y techo cuando más lo necesitaba.

- Está bien, ¿dónde debo anotarme?

- Conmigo, solo indíqueme su nombre.

- Candice White.

- De acuerdo, señorita White, nos veremos el domingo en el kiosko a las 10 de la mañana.

Aquella feria era debido al festival de la cosecha, nunca había asistido a uno y me emocionaba cual niña pequeña.

- Mamá, mamá – escucho que me llaman, pero no quiero abrir los ojos – mamá – repite la voz - ¡Mamá! – ante tal grito despierto, asustada y desorientada.

- Clare, ¿qué pasa?

- Mamá, es tardísimo, te he estado hablando desde hace mucho rato. No llegarás a tiempo a la gala.

- ¡La gala! – ante la mirada curiosa y divertida de mi hija, me muevo por toda mi habitación, entro al baño y me ducho en tiempo record, Clare ya tiene listo mi vestido de esa noche en color lavanda, sin mangas ni tirantes, adorno mi cuello con un collar de diamantes, peino mi cabello en un moño alto y sencillo - ¿Cómo me veo?

- Hermosa y elegante, como siempre, mamá.

- Gracias, ¿segura que no quieres venir?

- No, no, soy vieja para fiestas.

- Clare… - mi mirada es condescendiente, pero ella vuelve a negar con la cabeza – De acuerdo, querida, llegaré temprano.

- Cuídate y… diviértete.

Pese a mi arreglo en tiempo record, sé que llegaré tarde a la gala y cuando la mayoría de los anfitriones e invitados son ingleses, lo último que quieres es ser impuntual y aunque te miran con su impasible expresión, sabes bien que están molestos.

En el trayecto, evocó nuevamente el festival de la cosecha.

El domingo llego muy rápido y partí antes que Anthony y Albert, aunque algo me hizo pensar que no irían, mi jefe había estado muy serio desde que Anthony llego gritando que iban a subastarme.

A las 10 de la mañana empezó la subasta, todas las chicas, jóvenes y mayores, tomamos un papel y en ese orden pasaríamos.

A las 12 del día yo estaba aburrida, ser la última no había sido muy buena fortuna. Esperaba al menos que mi canasta fuera subastada por los 2 dólares que le había invertido en ella.

- Nuestra última canasta la armo la señorita Candice White – a mí me pareció que el presentador más que presentar la canasta, lo hacía conmigo, pero lo deje pasar. El sol estaba en lo alto y me deslumbraba un poco – Empecemos nuestra puja con un dólar, ¿alguien ofrece? – después de un segundo el presentador hablo de nuevamente – Tenemos un dólar, ¿alguien ofrece dos? – dos, después tres, 5, 7, no voy a negar que me sentí alagada – 8 dólares, ¿alguien ofrece más? – silencio – De acuerdo, 8 dólares a la una, a las dos y a…

- ¡20 dólares! – gritaron casi hasta atrás de todo la gente, el presentador se quedó con la boca abierta, la puja más alta de la mañana había sido la del hijo del alcalde por 7 dólares, ¿quién gastaría tanto por una boba canasta y mi compañía?

- 20 dólares a la una, a las dos y a las tres, ¡vendida al señor Andley! – la mandíbula se me cayó al piso – agradecemos a todos los que participaron en la subasta – si dijo algo más, no lo recuerdo, lo único que recuerdo es cómo avancé lentamente hacía donde estaban Albert y Anthony, ambos mirándome con una sonrisa encantadora.

- ¿Sabes que yo gaste apenas el 10% de lo que pagaste? – le dije con una sonrisa cómplice.

- A veces hay formas realmente interesantes de gastar el dinero – me dijo con una sonrisa sincera.

Los tres nos sentamos en una fuente de la plaza a degustar el contenido de la canasta.

Suspiré al terminar de comer, Anthony estaba jugando con las palomas.

- Tengo que preguntarte si pagarías un dólar más por un beso. – Albert me confeso después que su corazón dio un vuelco antes de comenzar a latir furiosamente, y creo que yo me sentí igual.

Respiré profundamente, intentando calmar el golpeteo de mi corazón o mínimo disimular el rubor en mis mejillas.

- ¿Tú estarías de acuerdo con ello? – preguntó, ante todo era un caballero hecho y derecho – reí nerviosamente, no me iba a hacer del rogar cuando llevaba semanas imaginando aquello.

- Sí, es por una buena causa – agregue, ante todo la dignidad, me dije – pero si tuviera que besar a alguien hoy me… alegra que seas tú – al diablo la dignidad, él había comprado mi canasta, habíamos conectado casi de inmediato, era arrebatadoramente apuesto y venga, había que admitir que ese día Dios había demostrado en más de una ocasión su amor por mí al permitirme ese momento.

Me encontré con la mirada penetrante de Albert, pero también con su sonrisa encantadora, casi sentí que todos los colores se me subieron al rostro. Maldije el no poder contener mi sonrojo.

Vamos, Candy, bésalo, pensé en ese momento, sabes que quieres hacerlo, él también quiere. Temblaba de emoción, pero al final di un paso atrás. Mi dignidad había vuelto a hacer de las suyas.

- Candy – me llamo, tomando mi mano para que no me alejara más – ¿no quieres besarme? – preguntó desconcertado.

- No, no si hay dinero de por medio y además, es el caballero quien debe besar a la dama, no al revés – él me miró como si hubiera dicho la mayor palabrota de la historia.

Albert se me acercó como si quisiera decirme algo lejos del oído indiscreto, ante tal cercanía mi corazón estuvo a punto de salirse de mi pecho. Con un movimiento rápido tomó mi mentón, recuerdo que lo último que vi en sus brillantes ojos antes de juntar sus labios con los míos, fue felicidad. Fue un beso cálido, pero todo mi interior se encendió, de mis labios bajo un cosquilleo que llegó a la punta de mis dedos.

- El dinero de este beso, no es para ti, es para el orfanato, por ello te daré el dólar, pero para este beso no hay compromiso – dijo con voz ronca, yo estaba demasiado aturdida como para responder u oponerme. Se apresuró a besarme nuevamente, pero esta vez más profundo. Moviendo su boca contra la mía, mis manos tomaron vida propia y se posicionaron en su pecho, mientras él me estrechaba con sus manos en mi cintura. ¡Esos eran los primeros besos de mi vida! Y fueron mejor de lo que había soñado.

Es tarde, tengo media hora de retraso y sé que no pueden empezar la cena sin presentar a los involucrados para lograr la construcción del teatro, voy corriendo lo más rápido que mis tacones me lo permiten, estoy a un palmo de jalar la puerta cuando de pronto siento un choque que me hace caer al suelo, de espaldas. Un hombre había salido tan rápido que ni se dio cuenta de que yo venía entrando y a mí no me dio tiempo de reaccionar.

- Uy, perdón por el empujón, pero no se suponía que nadie más entrará a esta hora… a menos que seas tú la americana que no tiene noción de la puntualidad.

- Las razones de mi demora no le incumben en absoluto – le digo reaccionando, ¿qué demonios le pasa a este tipo? Ni siquiera ha tenido la cortesía de ayudarme a levantar del piso, mejor el valet se ha aproximado a mí y me ha tendido la mano, quien hasta disculpa me ha pedido. Me deja nuevamente con el sujeto este y veo que sus ojos verdiazules se clavan en mí, como si quisiera leerme. Evidentemente he llegado tarde porque me he quedado dormida, pero eso es algo que él no tiene que saber – además, aporte mucho dinero para la construcción de este teatro y hasta donde yo sé, está prohibido fumar aquí – respondo ácidamente y le quito de los labios el cigarro para arrojarlo a mis pies y pisarlo con enojo contenido.

- A parte de impuntual y pecosa, temperamental, ¡vaya con la señorita! – me responde con el mismo tono de sarcasmo que el mío.

- Pues sí y si quiere algunas clases, con gusto se las doy. Ahora si me permite seguir mi camino, no lo distraigo más, buenas noches.

Lo sé, he sido grosera, ¿pero quién se cree para burlarse de mí? Es un bruto, la caballerosidad inglesa esta sobrevaluada, ¿qué le importa si soy impuntual, o americana, o temperamental?

Camino sacando humo por las orejas, nunca me había topado con un neandertal como ese, primero me hace caer al suelo y me sale con un "perdona el empujón" ¿Qué forma de dirigirse a una dama esa? ¿Cómo más me llamo? Pecosa, alguien ya me había llamado así, pero como un descriptivo y no como un calificativo.

Qué ni sueñe el engreído ese que dejaré pasar esta humillación. No, no soy orgullosa, es mera dignidad. Esa que me invadió al no besar a Albert por un dólar, pero multiplicada por 10.

Continuará…

Espacio para charlar

¿Cómo están, chicas? Espero que bien y hayan disfrutado este pequeño capítulo, ya se dio el tan esperado encuentro. Ok, lo admito en la película es todo romance y sí, les dije que era una historia rosa, pero vamos, éstos dos nunca han sido precisamente sutiles en el amor. Y bueno, quien me ha leído sabe que mis adaptaciones o pueden ser tal cual la película o pueden ser solo tomado la idea general y este es el caso en esta historia.

En el próximo capítulo sabremos por qué Candy no envejece.

Gracias por seguir leyendo…

Phambe, Skarllet Northman, Iris Adriana, Darling Eveling, Blanca G, Guest, Rosario, Alondra, Dianley, Yoliki, Elisa Lucia V 2016.

Nos vemos en el siguiente capítulo.

15 – agos – 2016

Ceshire…