Después de terminar de ordenar los últimos detalles en su despacho, fue a su habitación a ver si todavía Ronald la esperaba. Pero tal como se esperaba, no era así. ¿Qué le había dicho Snape? Había mencionado algo de un pequeño accidente, y Ron ni siquiera había manifestado un mínimo interés en saber de qué se trataba. Suspiró. ¿Es que acaso todos los hombres son iguales? No supo qué responderse, el único hombre con el que había estado, era él. Víctor no contaba, al menos no para ella, la relación entre ambos no había ido más allá de unos cuantos besos y caricias inocentes.

Al llegar a su habitación, se dio cuenta de que su cama estaba un poco desordenada, y los almohadones tirados por todas partes. Intento poner orden, a la vez que buscaba alguna nota con una explicación de parte de Ron. Pero nada. Tenía que poner fin a eso, él no se preocupaba de ella. Quien ama se preocupa del otro. Yo lo hago por él, pero no recibo lo mismo. Decidió darse una ducha, y quizás, solo quizás, podría pensar en qué decidir sobre cuáles serían sus próximos pasos.

Luego de una hora de una ducha que no logró relajarla, se dispuso a preparar lo que haría en una hora más. Buscó su vestido más atrevido, un modelo azul marino con escote en V, que ajustaba a la perfección sus caderas y pechos, dejando poco a la imaginación y que encantaba a su actual novio. Se calzó unos tacones, plateados, que combinaban bastante bien con el vestido y se peinó con una media cola, dejando dos rizos a ambos lados de su rostro. Luego, se maquilló con sutileza, los párpados del mismo color del vestido, y los labios de color carmín, que la hacía ver sexy, ya que contrastaba perfectamente con su blanca piel. Se miró al espejo. Se veía de infarto, elegante y sensual. Quería que Ronald se fijara en lo que estaba perdiendo y se lamentara por el resto de su existencia.

Cogió su cartera de cuero negra que usaba para ocasiones especiales, tomó las llaves y salió a su despacho, porque no tenía una chimenea para su propio uso en su cuarto y allá sí. Ya iba doblando la esquina, cuando choca con alguien, trastabillando y cayendo sobre el cuerpo de la otra persona.

- Mierda, Granger. Creía que ya había hecho muchos desastres para solo veinticuatro horas – dijo intentando pararse y tendiéndole la mano mientras ésta solo miraba hacia otro lado con las mejillas sonrosadas. Merlín, estaba hermosa. Y desde arriba, podía ver sin querer, su revelador escote. La muchacha estaba bien dotada, para qué decirlo. Y ahora… ¿a dónde mierdas iba? Seguro que a encontrarse con el zanahorio y a revolcarse con él. Suspiró. – Levántese, no tengo tanto tiempo como usted. Debo hacer cosas importantes –dijo con sorna.

- Esto… - carraspeó- Disculpe profesor, iba distraída. No volverá a ocurrir.

Éste solo se alejó sin mirarla, hacia sus habitaciones. Hermione se detuvo en su despacho, tomó un puñado de polvos flu, se colocó frente a la chimenea y gritó con firmeza: ¡A la Madriguera!

Al llegar, se encontró frente al comedor desierto de la casa de los Weasleys, y mientras se sacudía el polvo del vestido, apareció Ronald.

- Hermione, ¿te encuentras bien? – dijo con voz entrecortada después de mirarla de pies a cabeza, obviamente afectado por cómo iba vestida. Se detuvo observando sus pechos.

- Ronald, al parecer eso no es lo que realmente te importa, ¿no es cierto? – dijo señalando el bulto que crecía en su entrepierna.

- El pantalón es así, no es lo que crees, amor – dijo un poco avergonzado, sentándose en una de las sillas para que no fuera tan evidente.

- Qué excusa más estúpida Ronald. – Apretó los labios para evitar que escapar una carcajada. – No vengo para satisfacerte en este momento. Tenemos que terminar con esto. Tú no te preocupas por mí, no eres lo que necesito.

- Pero cariño, tú y yo, pensé… - dijo tomándole bruscamente ambas muñecas.

- ¡Aaaay, Ronald, me estás haciendo daño! – dijo intentando zafarse de él. - Que nada, Ron. Hoy quedó más que demostrado… no soy más que un objeto sexual para ti, que puedas tomar y dejar cuando lo necesitas. – sentía un nudo en la garganta.

- Si es por lo que vio el viejo de Snape… -seguía aprisionándola.

- ¡No Ronald, maldita sea! No sé cómo nunca fui capaz de ver que no eres para mí. Somos demasiado diferentes, ambos buscamos diferentes cosas. ¿Por qué esforzarnos en forzar algo que sabemos no resultará? Tú nunca has querido algo serio – recordó la vez en que Hermione había insinuado el matrimonio y Ron había comenzado a lengüetear su cuello para dejar de hablar y dedicarse a otro tipo de actividades. – Yo busco estabilidad, no esto. No te molestes en buscarme otra vez, porque no estaré dispuesta en darte lo que quieres. Quizás, podremos seguir siendo amigos, pero en un par de meses. Necesito tiempo para pensar, pero no sueñes en volver conmigo. -

Dicho esto, Ronald aflojó el agarre y la joven se apresuró a tomar polvos flu de la esquina de la chimenea y gritó: ¡Despacho de Hermione Granger, Hogwarts!, sin volverse para ver a Ronald, que en vez de seguirla, había decidido comenzar a acariciar su creciente bulto.

La joven, con lágrimas en los ojos porque Ronald no había intentado detenerla, que era lo que ella esperaba, salió corriendo de su despacho, sin darse cuenta de que su profesor la había visto pasar. Mierda, ¿qué le habrá hecho el zanahorio ahora? No la merece. Se golpeó mentalmente. No es como si debiera importarte, no es nada más que tu compañera de trabajo y ex - aluma.

Hermione llegó agitada a su habitación y cayó a los pies de su cama, llorando desconsoladamente, hasta que sin quitarse el vestido, se quedó dormida.

A la mañana siguiente, su reloj despertador le anunció que eran las siete de la mañana. Se estiró. Tenía los músculos algo agarrotados por la mala posición en la que había dormido la noche anterior. Corrió al lavabo y se miró al espejo, dándose cuenta de que sus ojos se hallaban hinchados, poniendo en evidencia su llanto. Tenía una imagen lamentable.

Se desnudó lentamente y se metió a la ducha. Dejó que el agua corriera sobre su cuerpo, mientras apoyaba su pecho contra la pared y volvía a llorar, dejando que ésta amortiguara el sonido de su sollozo. No puedo derramar ninguna otra lágrima por un idiota como él. Tengo que ser fuerte. Seguro él ya ha encontrado nueva compañía. No le sorprendería. Salió de la ducha rápidamente, cubriendo su cuerpo con una bata mullida y blanca. El tacto le pareció reconfortante.

Se vistió con una túnica sencilla, oscura, que inexplicablemente la hacía sentir mejor y la usaba cada vez que se sentía desganada, y se dirigió con vehemencia al Gran Comedor para desayunar.

Al llegar, se dio cuenta de que ya estaba atestado de alumnos de las diferentes casas, ansiosos por ser la última semana antes de las vacaciones de invierno, y todos los profesores se hallaban en sus respectivos puestos quedando libre solo el de ella. Al lado de Snape, pensó suspirando. Seguro me soltará algún comentario burlón por lo ocurrido ayer… Inspiró, llenando sus pulmones del olor del desayuno. ¿Cuándo había sido su última comida? Su estómago ronroneó a modo de respuesta. Caminó, pasando por detrás de sus colegas, saludándolos cortésmente. Llegó a su puesto, al otro lado de la entrada de profesores, y se sentó.

- Buenos días, profesor – dijo levantando la vista a Snape, que como siempre hacía, no se había dado vuelta a saludarla.

- Granger… buenos días – le respondió mirándola de reojo. Era su idea, ¿o la chica tenía los ojos hinchados y cansados? Se fijó en la poco convincente sonrisa que le había dado.

- A propósito, gracias por ayudarme ayer, profesor. Espero no haberle causado demasiados problemas por faltar a sus clases de ayer.

- Está bien, Granger – se limitó a responderle sin quitar los ojos de sus tostadas con mermelada.

La joven, a quien se le había quitado el apetito por lo ocurrido el día anterior, dejó su desayuno a la mitad, excusándose rápidamente entre dientes y alejándose del comedor.

A las cinco de la tarde, ya había terminado con sus clases, y decidió pasar por la biblioteca. Ya no tenía mucho trabajo que hacer, y hacía mucho tiempo no leía algo que realmente le gustara y pudiera disfrutar. Necesitaba desconectarse un poco de los últimos acontecimientos y de los pensamientos que le llevaran a pensar en Ronald. Un buen libro siempre ayuda, se dijo. Se dirigió a la sección de literatura muggle, sin realmente meditarlo, y se encontró tomando el clásico "Orgullo y Prejuicio" de Jane Austen, que ya se había leído incontables veces, hasta perder la cuenta. Este libro tiene romance, mierda. No creo que ayude, pero hace meses quería releerlo. Fue donde Madam Irma Price, la bibliotecaria, quien después de buscar su nombre en el registro, anotó el libro que se llevaba. Salió de la gran sala, y comenzó al libro mientras caminaba, de a poco, recordando otra vez el romance entre Elizabeth y el Señor Darcy. Sin pensarlo, terminó sentándose frente al Lago Negro.

Cuando ya comenzaba a oscurecer, se dio cuenta del tiempo que había pasado, muy rápido mientras ella se hallaba sumida en la lectura. Decidió bajar a su habitación en las mazmorras. Mientras caminaba, comenzó a pensar en que debía compensar de alguna manera a Snape por haberla ayudado el día anterior con el desastre que había provocado por la poción. Merlín, ni imaginarme cómo estaría mi cabello y rostro en estos momentos si no fuera por él. Quizás debería invitarlo a cenar, el sábado quizás… nunca lo veía demasiado ocupado ese día. Aunque en realidad siempre está haciendo pociones o encerrado en cuarto o despacho. Se dio cuenta de que no sabía demasiado de la vida privada de su profesor. ¿Tendría alguna amante o al menos, amigos? La verdad es que le costaba imaginárselo de esa manera. De todos modos, no es de mi incumbencia. Aunque era cierto que habían aprendido a soportar la presencia mutua al menos un poco.

Justo cuando pasaba por la entrada de la torre de Astronomía, se encontró con Snape que hablaba seriamente con Dumbledore. Éste último, al verla, dejó de hablar con el profesor, y dijo:

- Severus, creo que Hermione quiere hablar contigo. Los dejaré solos. Hablamos más tarde –dijo sonriendo tras sus lentes de medialuna. Dios mío, ¿cómo sabía? Snape solo rodó los ojos.

- Profesor –carraspeó al ver que estaba dispuesto a irse.- Me gustaría… poder agradecerle lo que hizo por mí, y pensaba… en que quizás, podría preparar la cena para ambos el día sábado –se detuvo.- Si es que quiere, por supuesto.

- Granger… -la miró como si estuviera loca- ya me ha dado las gracias muchas veces, y créame que la ayudé solo porque el Director me lo pidió. De lo contrario…

- De todas maneras… Señor, insisto.

- ¿No acaba de decir de que solo si quería?

Hermione, avergonzada, se sonrojó notoriamente.

- Está bien, Señor… solo quería agradecer.

Snape solo la miró, mientras su conciencia le decía: Acepta la invitación, te prometiste que no serías tan cruel con ella. Solo quiere agradecer.

- Bueno, está bien Granger. Creo que aceptaré su invitación – suspiró resignado. Solo iban a cenar, ¿qué más podría pasar?