Capítulo 3.
Habían pasado 3 años desde que Kraglin se había unido a la tripulación del Eclector, 3 años en los que había descubierto lo que era ser feliz. El comienzo había sido duro, todos los comienzos lo son, los piratas no eran conocidos por su dulzura y su trato al público, no obstante Kraglin demostró que era lo suficientemente duro como para ser uno de ellos y finalmente se ganó su lugar allí. Y fue allí donde Kraglin, sin la presión de tener que buscar comida continuamente, de padecer las inclemencias del tiempo, de vivir en un ambiente hostil (cierto que la nave también podía ser hostil pero no tanto como querían hacer creer), de estar totalmente solo en el mundo y no tener donde caerse muerto, pudo finalmente desarrollar su verdadero carácter. En poco tiempo hizo amigos, porque Kraglin resultó ser una persona con la que era muy fácil llevarse bien, era gracioso y sarcástico, relajado por lo general, pero también capaz de ser serio y fiero cuando la situación lo requería, en poco tiempo llegó a convertirse en un miembro bastante querido y respetado por la tripulación. Se cortó la melenita y pasó a peinarse con una cresta, también había ido al "dentista", lo que significaba que seguía teniendo una dentadura horrible pero ahora con chapas metálicas en los dientes.
Desde aquel día, Kraglin había procurado demostrar al capitán Udonta que no había cometido un error al reclutarle, que era digno de llevar la insignia de Saqueador. Era listo y hacía lo que le mandaban, demostró tener buenas aptitudes de piloto, y sus conocimientos de mecánica aprendidos en las calles (que procuró mejorar con un estudio en condiciones), así como su habilidad natural para el robo, le hicieron indispensable. Por lo general, Yondu estaba muy contento con él y no tenía ninguna queja. En aquel tiempo habían tenido oportunidad de conocerse un poco mejor, aunque no tanto como a Kraglin le hubiese gustado, pues el capitán no debía mostrar favoritismos ni tenía tiempo de cuidar a nadie, no obstante, esa curiosidad mutua que habían sentido cuando se vieron por primera vez seguía ahí.
Ese mismo año Yondu decidió que en lugar de entregar a aquel niño terrano, Peter Quill, a su padre como tenían acordado, se quedarían con él, ya que era pequeño y podía colarse por huecos estrechos, les sería muy útil para robar. Kraglin tenía entendido que una de las normas de los Saqueadores era no traficar con niños, pero jamás se habría atrevido, por aquellos entonces, a contradecir a su capitán. Temía que si decía algo, Yondu decidiese echarle. No podía volver a la calle, no quería perder lo que tenía. Al principio, aterraba al crío y amenazaba con comérselo como hacían todos los demás, pero era más porque se dejaba llevar por la multitud que porque realmente lo pensase. En verdad no tenía nada en contra de Peter, aunque a veces sentía celos de la atención extra que Yondu parecía dedicarle. No obstante, con el tiempo, llegó a convertirse en una especie de hermano mayor para el niño, pues Kraglin sabía lo que era estar solo en un ambiente hostil, y aunque quería que el chaval se endureciese, tampoco pasaba nada por darle tregua de vez en cuando y enseñarle el mejor modo de tratar con abusones. Además, el crío tenía muy buen gusto musical, y pronto convirtió a Kraglin en un aficionado a la música terrana.
Pero no todo fue de color de rosa. ¿En serio alguien esperaría que la vida de un pirata espacial fuese de color de rosa? Los Saqueadores, debido a su "trabajo", tenían muchos enemigos a lo largo y ancho de toda la galaxia: el Cuerpo Nova, gente a la que habían robado o sus familiares que buscaban venganza, otros piratas espaciales, ciertas especies alienígenas con muy poca tolerancia hacia los delincuentes y forajidos… La lista era larga. Y como es obvio, tenían enfrentamientos constantes. En una ocasión, fueron atacados por uno de los seres menos favoritos de Kraglin, los Sakaarans.
Todo comenzó cuando los Saqueadores obtuvieron un objeto que deseaban los Kree, y en vista de que pedir por favor que se lo entregasen no servía de nada (Yondu sentía una profunda aversión por esa gente dorada), estos optaron por enviar un escuadrón de soldados Sakaarans para recuperarlo por la fuerza. Los recuerdos de aquel día no se borrarán jamás de la mente de Kraglin, recuerda que estaban tan tranquilos cenando cuando de repente sintieron el impacto de varios disparos contra el casco de nave. Les estaban atacando, acto seguido les abordaron, y fue cuando se desató el caos. Llovían los disparos, en ambos bandos caían compañeros, una cacofonía de gritos de guerra y de dolor, Kraglin disparaba desde su parapeto, mandando a aquellos seres al Infierno y defendiendo a sus amigos. Fue entonces cuando el capitán Udonta realizó su magia. Empezó a silbar, la mortífera flecha Yaka volaba por todas partes, dejando una estela de muerte a su paso. Kraglin no se cansaba de verlo, era asombroso, elegante y terrorífico al mismo tiempo. Pero tan concentrado estaba Yondu en acabar con aquellos soldados insectoides que habían entrado en su nave sin su permiso, que no se percató de que a su espalda uno de ellos no estaba muerto del todo, y con sus últimas fuerzas apuntaba su arma hacia él. Kraglin ni siquiera lo pensó, fue puro instinto, Yondu le había dado todo, no podía perderlo, no podía perderlo a él. Corrió, saltó y en un abrir y cerrar de ojos apartó a su capitán de un empujó y se interpuso en la trayectoria del láser.
Había recibido muchos golpes en su vida, pero ninguno como ese, fue rápido como un picotazo, un picotazo que quemaba y cortaba al mismo tiempo, el dolor se extendía. Pasó todo muy rápido, Yondu se giró y acabó de una vez por todas con el Sakaaran, Kraglin cayó al suelo, las manos en la cabeza, empezó a sangrar, todo se llenó de azul. Yondu se aproximó hacia él, pasó uno de sus brazos por sus hombros, le agarró con fuerza por la cintura y le levantó del suelo.
-Aguanta, Kraglin. Resiste, muchacho-
Kraglin gruñía por el dolor, le costaba hablar, se mareaba, la cabeza le daba vueltas y amenazaba con estallarle en cualquier momento. Intentaba caminar pero su cerebro parecía incapaz de enviar señales al resto de su cuerpo, por suerte Yondu cargaba con él, murmurando palabras de ánimo, intentando tranquilizarle y asegurándole que pronto recibiría ayuda.
-Saldrás de esta, ¿me oyes?- no paraba de decirle- Eres uno de los tíos más duros que he conocido nunca, solo es un rasguño, te pondrás bien. No cierres los ojos, mantén los ojos abiertos-
Kraglin intentaba obedecer, pero cada vez era más difícil.
-Quédate conmigo, ¿me oyes, Kraglin?-
-Sí… Me quedaré… con usted. Me quedaré- fue capaz de decir el joven xandariano
-Eso es, buen chico. Saldrás de ésta. Te quedará una cicatriz, a las chicas les encantan las cicatrices-
Kraglin intentó soltar una risotada, pero solo le salió una mezcla de gemido y gruñido.
-Que… suerte…-
Le costaba hablar. Empezaba a ver borroso y cada vez le era más difícil pensar. Finalmente llegaron a la enfermería, donde le atendieron inmediatamente, en cuanto su cabeza tocó la almohada se desmayó.
Yondu salió de la enfermería hecho un manojo de nervios, incapaz de distinguir si el azul de sus manos era su piel o la sangre de Kraglin. Debía calmarse como fuera, el resto de la tripulación no podía verle así, debía imponer el orden, por suerte tenía una más que amplia experiencia enmascarando sus emociones y levantando las barreras. Ordenó atender a los heridos lo más rápido posible y deshacerse de los cadáveres sakaarianos. Se aseguró de que Peter estuviese bien, lo estaba, había permanecido escondido en los conductos de ventilación todo el ataque, buen chico. Únicamente se permitió dejar salir ese nerviosismo cuando se encerró en su camarote, limpiándose frenéticamente la sangre que parecía no irse nunca. Yondu había vivido más ataques, había perdido compañeros, ¿por qué estaba tan nervioso? ¿Por qué esa angustia repentina ante la posibilidad de perder a Kraglin? Había llegado a encariñarse con el muchacho, era difícil no llevarse bien con Kraglin, y había demostrado ser un buen Saqueador y un buen compañero. Y esa conexión que sintió cuando cruzaron miradas por primera vez en aquel bar, aquello que había visto en sus ojos seguía ahí. No, no le perdería, Yondu se lo prohibía, y Kraglin había dicho que no lo haría.
Kraglin abrió finalmente los ojos, parpadeando varias veces para acostumbrase a la luz. Cuando sus ojos lograron enfocar de nuevo, vio al capitán sentado en una silla al lado de su cama. Se sentía muy confuso, mareado y desorientado, pero logró sonreír. Una sensación cálida muy agradable empezó a surgir en su pecho.
-Bienvenido de nuevo, muchacho- dijo Yondu jovialmente- ¿Cómo te sientes?-
-Como si tuviese la resaca de toda la tripulación. Y tengo sed- dijo Kraglin
Yondu se aproximó a la cama, llenó un vaso de agua y ayudó a Kraglin a beber.
-¿Cuánto tiempo llevo aquí?- preguntó el joven xandariano
-Un día entero. Tuviste suerte, el láser no te golpeó directamente, solo te rozó. Aunque la herida era bastante profunda. El médico no cree que te queden secuelas importantes, pero quieren tenerte un tiempo en observación-
-Lo revivo todo, una y otra vez a cámara lenta, cada vez que cierro los ojos- dijo Kraglin mientras se llevaba una mano al vendaje de la cabeza
Yondu tragó saliva con dificultad. Él mejor que nadie sabía que las heridas del cuerpo se curan, pero las heridas de la mente, los recuerdos, permanecen ahí para siempre.
-Me salvaste la vida, Kraglin. Y por eso te estoy muy agradecido, amigo-
-¿Amigo?-
-Sí, muchacho. Eres mi amigo. Y a partir de ahora, también eres mi primer oficial-
Kraglin parpadeó varias veces desconcertado. ¿Había oído bien? No solo el capitán le consideraba su amigo, sino que, ¿acababa de nombrarle primer oficial?
-Nadie se lo merece más que tú. Has demostrado tu lealtad y tu valía con creces. No puedo confiarle este puesto a nadie más que a ti- continuó Yondu
¿El capitán confiaba en él? Vale, una de dos, o estaba soñando o había muerto en la mesa de operaciones y estaba en el Cielo.
-Así que más te vale recuperarte pronto,- dijo dándole palmaditas en la rodilla- porque no puedo esperar a trabajar contigo-
Kraglin no podía creérselo. La herida de la cabeza le dolía horrores, era lo único que le confirmaba que lo que estaba pasando era real. Se sentía tan feliz. Quería decir tantas cosas pero se agolpaban todas en su lengua y no salía ninguna. Sus ojos azules casi grises abiertos como platos.
-Gracias. Gracias- logró decir finalmente con una enorme sonrisa en la cara
-Descansa, muchacho. Volveré más tarde a visitarte-
Antes de que Yondu saliese por la puerta, Kraglin hizo el saludo de los Saqueadores, Yondu le correspondió con el mismo gesto.
