Aqui la continuación chicos :) con el proximo capitulo tardare un poco más en actualizar, una semana mas o menos. Bien disfruten de la lectura
Disclaimer: One Piece y ninguno de sus personajes me pertenecen, así como tampoco me pertenece la historia del príncipe maldito y sus personajes, todos son propiedad de sus respectivos dueños, Eiichiro Oda y Ramón Obón. Esta adaptación es sin fines lucrativos y es solo para entretenimiento.
Advertencia: Este fic es una adaptación y contiene OoC por parte de los personajes, lean bajo su consentimiento.
Nombre: El príncipe maldito
Autor: Ramón Obón
Adaptación: Nami Scarlet
Clasificación: M
Primera parte
El crimen Capitulo 2
NUEVA YORK. 8:30 A.M.
El teléfono comenzó a repiquetear, rompiendo el silencio que envolvía el departamento a esas horas de aquella fresca mañana. En el área habilitada como estudio, amueblada con finos y acogedores muebles en madera y piel, con paredes donde colgaban cuadros de firma de los siglos XVII y XVIII, y amplios ventanales desde donde se dominaba una espectacular vista del río Hudson, un hombre pulcramente vestido, cercano a los veinte tantos años, alto y distinguido, se acercó a contestar el aparato colocado sobre la mesa Luis XV que fungía como escritorio. La llamada provenía de México. Concretamente del Consulado de Hungría. Preguntaban por la señora Nyon Boa.
— ¿Del Consulado en México…?
La pregunta reflejaba extrañeza. Y a continuación, sin esperar confirmación, inquirió con una voz educada, que acusaba cierto acento de la Europa central:
— ¿Quién habla…?
—Aquí, la secretaria del encargado de asuntos internacionales. ¿Está la señora Boa ahí?
El tono del hombre mostraba cierta prevención, como si todavía no entendiera qué razón había para una llamada desde México.
—Aún no se despierta. Duerme hasta tarde.
—Perdone usted… ¿Con quién hablo…?
—Soy el secretario y amigo personal de la señora Nyon Boa, el doctor Trafalgar Law. Puede darme su mensaje y yo con gusto se lo transmitiré.
—Lo lamento. La información es estrictamente personal. —La suave y educada voz de la mujer volvió a repetir: —Lo lamento, son las instrucciones que tengo… Y calló, aguardando la respuesta del hombre, que tras un leve titubeo pareció acceder, aventurando para tratar de averiguar la importancia de la llamada:
—Si es urgente…
La voz a través del teléfono, confirmó:
—Me temo que lo es. Lo que ha de comunicársele lo hará personalmente el señor Sengoku, mi jefe, el encargado de asuntos internacionales…
—Está bien. Aguarde un momento.
Diciendo esto, depositó despacio el auricular sobre la mesa, y con paso firme salió de la habitación, cruzando el área de la sala y el comedor para adentrarse por un pasillo hasta llegar ante una puerta cerrada. Suavemente llamó con los nudillos. De adentro, la voz de una mujer preguntó con cierto mal humor:
— ¿Sí…?
El hombre acercó el rostro a la madera, respondiendo:
—Tiene una llamada. Dicen que es urgente.
A través de la puerta volvió a escucharse la voz, más bien con cierto dejo de irritación e impaciencia:
— ¿Urgente…? ¿Qué puede ser tan urgente a estas horas de la mañana?
—Es de México, del Consulado de Hungría en ese país.
Una leve pausa. Y al fin la voz de la mujer demandó:
—Pasa, está abierto.
El hombre abrió la puerta y entró a la amplia habitación, ahora en penumbra por las pesadas cortinas que cubrían las ventanas. La mujer, de porte aristocrático y distinguido, que estaba sentada en la cama con dosel, intentando ponerse una fina bata de entre casa, era Nyon Boa. De una estatura muy pequeña y algo delgada. Estaría cercana a los noventa años, pero aún reflejaba un carácter firme y autoritario. Law se percató de que la mujer se orillaba en la cama, intentando incorporarse. Se adelantó para auxiliarla, pero un seco e impaciente ademán de la mujer le contuvo.
—Puedo sola…
Acto seguido se impulsó para quedar sentada con las piernas colgando fuera del lecho. Se puso en pie y tomó de al lado del buró un bastón de ébano de empuñadura de marfil tallado con un reborde de oro, para luego dirigirse hacia la puerta de la habitación. Solícito, Law avanzó para abrirle la puerta y franquearle la salida, mientras le informaba:
—Tomé la llamada en el estudio.
La anciana refunfuñó, trasponiendo la puerta hacia el pasillo:
— ¿Por qué no tomaste tú el mensaje en lugar de venir a interrumpir mi descanso?
—Lo intenté, pero me dijeron que era personal. —Y luego con familiaridad, agregó—: debería tener un teléfono en su habitación.
La mujer rechazó, con un impaciente ademán, como si aquello hubiese sido discutido ya con anterioridad:
—No me gustan los teléfonos en donde duermo. Si suenan en la noche, te alarman. Te ahuyentan el sueño… Y las más de las veces son números equivocados o llamadas impertinentes que bien podrían haber aguardado para otra ocasión.
En el Consulado en México, la secretaria que aguardaba ante el teléfono dio un leve respingo al escuchar la voz de la mujer al otro lado de la línea, en un tono seco e impaciente:
—Aquí Nyon Boa… ¿Quién quiere hablar conmigo?
Rápidamente la muchacha respondió en un tono cortés:
—Un momento, por favor. Aguarde en la línea. De inmediato la comunico con el agregado de asuntos internacionales, el señor Sengoku.
Y sin esperar a más, pulsó un botón de intercomunicación en el propio aparato e informó escuetamente antes de colgar:
—La llamada está lista, señor.
La noticia que le llegó a Nyon por el teléfono, dada en un tono cortés y gravemente apesadumbrado, fue como una garra de acero que le atenazara el corazón. Un profundo dolor se le clavó en la boca del estómago, dejándole una terrible sensación de agonía y angustia. Aun aferrándose inútilmente a una vana esperanza, la anciana logró articular:
— ¿Está usted seguro…? ¿Se trata de mi nieta?
La voz al otro lado de la línea confirmó con gravedad:
—No hay duda. Su filiación correspondió a la del pasaporte. Nosotros mismos la identificamos… —y tras una leve pausa—: Lo lamentamos muchísimo, señora Boa.
Haciendo un gran esfuerzo para no desmoronarse, con la mano crispada en el teléfono, e ignorando la presencia desconcertada, preocupada y expectante del doctor, logró articular:
— ¿Cómo ocurrió? ¿Cuándo fue…?
Nuevamente la voz del hombre respondió escueta, a través del aparato:
—La policía cree que fue un asalto… Hace unos días. Por el pasaporte contactaron con nosotros. Por correo diplomático está por llegarle la información que hemos podido recabar al respecto. Pero creímos nuestro deber anticiparle la noticia de propia voz.
Los ojos de la anciana se arrasaron de lágrimas. Con voz apenas audible logró decir, antes de colgar:
—Gracias.
Y ya no escuchó la reiteración apesadumbrada del hombre que decía en la línea, a kilómetros de ahí: —Lo siento.
Ante la muda pregunta en el rostro de Trafalgar Law, la mujer simplemente pudo articular, antes de romper en desgarradores sollozos:
—Hancock. Mi querida nieta. La asesinaron en México.
Era como un rayo de sol. Hermosa, rosada y tierna. Y vino a llenar sus vidas con una dicha enorme. Aún la recordaba en aquel cuarto del hospital, envuelta en una blanca y limpia frazada; con sus ojos cerrados y sus pequeñas cejas apenas delineadas, como dos hilos de oro. Su nieta. Su única nieta. Donde ahora se cortaba la descendencia. ¡Cuánta dicha y felicidad en aquellos primeros años allá en Hungría! Con sus veranos y sus balnearios; con sus ferias y espectáculos callejeros; con el teatro de marionetas con el que pasaron tantas y tantas tardes de invierno, recogidas en aquel cálido salón de la enorme chimenea eternamente prendida, desprendiendo sus destellos de rojo y amarillo, mientras las dos creaban mundos fantásticos y se reían a más no poder, haciéndose cómplices cuando su hijo aparecía demandando que la niña tenía que irse a dormir, para luego, bajo las cobijas, alumbradas con una lámpara de pilas, ponerse a leer cuentos de terror… el terror. El terror de ser una diversión que agitaba los latidos del corazón y te hacía mantenerte alerta mientras llegaba el sueño; el terror que provocaba que la niña buscara el cobijo de tu compañía, pidiendo que le hicieras un espacio en tu cama; ese terror, juego de niños, se hizo presente de pronto cuando la pesadilla se volvió real, y tu nieta, tu amada nieta, quedó huérfana de padres debido a aquel terrible accidente en que ambos murieron de manera inexplicable, y que cavaría un abismo profundo entre tú y la ya adolescente, que se transformó en una joven rebelde, malhumorada, introvertida. Cuántas veces tuviste que ir a la demarcación de policía a pagar una fianza y llevártela a casa porque se encontraba embriagada de alcohol. Tantas discusiones entonces, hasta que decidió irse. Justo cuando cumplió los veintiuno. Se fue sin más. Con la mirada chispeante, llena de confusiones. Sí, era una chiquilla hermosa, con formas ya de toda una mujer, con aquel pelo negro, que le caía por la espalda. Le perdió el rastro durante los últimos seis meses, para reencontrarse con ella a través de una llamada telefónica de un Consulado en un país que al parecer nada tenía que ver con su Hancock. Ese México del que de vez en vez oía; de playas paradisiacas, de tequila, de una Tijuana vertiginosa de música, desenfreno y crimen; de un Cancún de playas idílicas y mares de turquesa; de esa ciudad de México, convulsionada, enorme, que sólo conocía a través de las crónicas; esa ciudad violenta en donde su chiquilla, aquel ángel de cabello negro y sonrisa angelical, encontraría un trágico fin… Nyon Boa estaba hundida en un sillón, de cara a los ventanales, que dejaban pasar con profusión la luz, llenando de claridad el lugar que parecía contrastar con el aire de tristeza y tragedia que se sentía en el ambiente. Respiró hondo para controlar el llanto, y perdió su vista en la inmensidad de Manhattan que se mostraba majestuosa allá afuera, dejando que las últimas, desesperadas, inconsolables palabras llenas de furia, retumbaran en su mente: ¡Asesinada! ¿Cómo pudo alguien matarla? ¿Cómo a su Hancock…? Era increíble, inaceptable, pero era real, y ese dolor se le clavaba en el estómago, dejándole un vacío profundo e insoportable. La discreta presencia de la mucama en el estudio la hizo salir de sus amargos pensamientos. Traía un sobre debidamente lacrado con el escudo de Hungría, y una etiqueta pulcramente escrita donde resaltaba el nombre de la anciana y su dirección, cruzado por unas letras rojas, impresas, que indicaban: CONFIDENCIAL. Un mensajero del Consulado lo acababa de traer. Era medio día. Trafalgar Law, trabajando tras el escritorio, reaccionó al ver a la mucama, y le extendió la mano demandando el sobre. Ella se lo entregó sin más, para luego salir de la habitación sin pronunciar palabra. El doctor simplemente informó, ante la impasibilidad de la mujer, que seguía quieta, frente el ventanal, hundida en sus amargos pensamientos:
—Ya está aquí…
Sin volverse, Nyon le ordenó con suavidad: —Ponlo ahí encima del escritorio. Y déjame a solas, por favor.
El hombre asintió en silencio, y echando para atrás el sillón de piel en el que estaba sentado, se incorporó y dejó el estudio. Ya a solas, Julia se mantuvo estática en el mismo lugar, con la mirada clavada viendo sin ver hacia afuera, como si quisiera retardar el momento de enfrentarse a una cruda y brutal realidad. Al fin, tomando fuerza, hizo girar la silla y suavemente se acercó al escritorio. Miró el sobre. Un nuevo titubeo. Luchó nuevamente con las lágrimas que querían desbordarse de sus ojos. Respiró profundo y, finalmente, tomó un abre cartas finamente grabado, con empuñadura de piel, cuya punta introdujo para romper el lacre con un rápido movimiento y prologándolo a lo ancho rasgó el resto del sobre, para después extraer de ahí varios papeles: un recorte periodístico, el pasaporte húngaro de Hancock y unos documentos oficiales con el sello del Gobierno Mexicano en un extremo con la leyenda: "Poder Judicial". Tomó el pasaporte entre sus manos, acariciándolo con suavidad y dolor, como si así entrara en contacto con la muchacha a través de un objeto que le había pertenecido y que ella había tocado. Se resistió al impulso de abrirlo y lo dejó a un lado para tomar el recorte del periódico, en una sola columna y pegado pulcramente en una hoja. Se ajustó los anteojos que tenía colgando del pecho. Era una noticia escueta, característica de nota roja. La mujer leyó el breve encabezado resaltado en negritas: "Encuentran cadáver de una mujer". Respiró hondo y enfrentó la nota, leyendo despacio: "En una parte del parque, entre los matorrales al lado del sendero utilizado por los madrugadores para hacer sus ejercicios matinales, fue encontrado sin vida el cuerpo de una joven mujer. Quien lo halló fue un vecino que había salido a correr y tropezó con ella. El policía preventivo que tuvo conocimiento del caso informó que tras descubrir el cadáver entre los matorrales del sendero, el corredor buscó la patrulla para reportarlo. Según los primeros reportes de la Policía, el aparente homicidio pudo haber ocurrido durante la madrugada. El cuerpo de la mujer no fue identificado en el lugar y fue trasladado al anfiteatro del Ministerio Público, y el Servicio Médico Forense determinará las causas de la muerte… Hasta ahí llegaba la nota. Al pie una pequeña fotografía que mostraba el cuerpo de la muchacha entre los matorrales, parcialmente tapada por un hombre de espaldas a la cámara, que estaba inclinado revisando algo. Seguramente algún miembro del personal del Forense. El cadáver estaba cubierto con una sábana, y sólo quedaba a la vista el antebrazo, que lucía unas pulseras, y la mano derecha, yaciendo lánguidamente sobre el suelo. Y no había más. La fecha del periódico indicaba pocos días atrás. La anciana, haciendo un esfuerzo para no derrumbarse, lo dejó a un lado y sus ojos se fijaron ahora en la documentación oficial. Tomó el parte del levantamiento del cadáver llevado a cabo por el personal de la Procuraduría de Justicia. Lo leyó apenas por encima y después su atención fue atraída por otro documento que contenía el reporte del Servicio Médico Forense. De entre los términos técnicos del dictamen pudo colegir, con el alma llena de dolor, que su nieta había muerto estrangulada, que sus vértebras cervicales aparecían fracturadas, y presentaba profundos arañazos y excoriaciones en el cuello. Más de pronto algo llamó su atención en aquel dictamen. Algo que la golpeó con una violenta sorpresa y la sacudió con un ramalazo de terror al traer a ella las especulaciones de una espeluznante sospecha que había guardado para sí en el más absoluto de los secretos desde mucho tiempo atrás. Estaba escrito a máquina, como una observación final. Sin más comentarios que pudieran explicar aquello y decía escuetamente: "En el cuerpo del cadáver no se encontró sangre alguna".
Nami Scarlet
