Aquella mañana de abril amaneció con el cielo encapotado. Las nubes grises y algo negras tapaban el cielo, ahogando los mínimos rayos de luz solar que intentaban traspasar la barrera de agua condensada.

Hermione Granger andaba con la vista fija en el frente, sus ojos castaños no enfocaban a ningún lugar en concreto, ya que las calles del famoso Callejón Diagón estaban prácticamente desiertas; las tiendas permanecía cerradas y las únicas personas que había despiertas a esa hora portaban un gesto somnoliento y malhumorado.

Sin embargo Hermione estaba muy fresca y despierta, acostumbrada desde pequeña a madrugar y considerando el sueño alargado como una pérdida innecesaria de tiempo.

La puerta del Caldero Chorreante se abrió entre crujidos oxidados, dando paso a un establecimiento vacío, a excepción del tabernero, Tom, de estatura pequeña y piel arrugada; el cual se afanaba en limpiar una gruesa jarra de cristal.

—Buenos días —dijo Hermione, mientras se acercaba a la barra. Tom soltó un gruñido sordo que se podía interpretar como un saludo.— Alguien me está esperando.

—¿Alguien? —inquirió con voz muy ronca y seca, sin despegar los ojos de su tarea.

Hermione se acercó más, captando la atención del tabernero, y se señaló la frente, mientras dibujaba con su dedo algo parecido a un rayo.

Tom asintió.

—Arriba, habitación número 11 —susurró antes de regresar a su labor.

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Harry Potter era más de lo que la gente solía pensar. Todos veían un héroe, un gran mago, un salvador…

Pero Harry sólo veía a un hombre normal, con problemas normales y viviendo una vida normal.

Sin embargo el trayecto de su vida le indicaba lo contrario. No todo el mundo había vivido lo que él, ni había visto u oído nada fuera de lo común. Por eso Harry Potter era la excepción. Desde su nacimiento estuvo marcado, con un destino ya fijado e imposible de cambiar. Incluso ahora, siendo un hombre adulto y habiendo acabado la 2º Guerra Mágica, seguía teniendo esa sensación fría, angustiosa y latente.

El peligro de muerte.

El hecho de que su mejor amiga se estuviese adentrando en terrenos peligrosos no le agradaba. Había un motivo para que Draco Malfoy permaneciera entre rejas, y no era precisamente por lo que pudiera hacer, sino por lo que ella le podría hacer al primogénito de los Malfoy.

Porque ella no era una mujer cualquiera, era…

—Hola Harry —saludó su antigua compañera de fatigas, sacándole de sus cavilaciones. Harry se volvió, mirando cómo su Hermione entraba en la habitación.

—Hola Hermione —aportó, acercándose a ella para abrazarla. Pero el afecto que le profesó Hermione le resultó frío y calculador.

Al fin y al cabo Hermione había cambiado mucho y había perdido mucho.

—Esta era tu habitación… ¿Me equivoco? —preguntó ella, sentándose en la antigua cama, de movimientos temblorosos.

—Sí, Tom insiste en dejarla desocupada, no quiere que nadie más la use.

—¿Cómo una especie de monumento?— Harry asintió con indiferencia, sentándose al lado de su amiga.

El silencio se extendió entre ambos, pero fue Harry quien lo apagó.

—Hermione yo… —carraspeó, buscando las palabras adecuadas— Malfoy está… Es… No creo que sepas los peligros que…—suspiró y se masajeó las sienes con insistencia.

—Harry, sé que tu relación con Draco nunca ha sido la perfecta, más bien ha sido de puro y profundo odio por ambos lado —Harry la miró—. Tampoco creas que me siento muy cómoda defendiendo a alguien que siempre ha disfrutado ensañándose con mi persona, pero sé que es inocente, tú también lo sabes. No dejaré que lo maten por eso, simplemente no puedo.

—Lo sé —corroboró él, rememorando el momento en el que Snape le obsequió con sus recuerdos y le abrió los ojos—. Pero no es el hecho de que le defiendas Hermione, si por mí fuera ya estaría libre… Pero no puede irse.

—¿Por qué motivo?

—Cuando lo encontramos estaba huyendo; huyendo de alguien que quería matarle. Prácticamente se entregó por voluntad propia —Hermione se revolvió, inquieta—. Pero ese alguien sigue esperando su oportunidad, y por mucho que Draco quiera salir, por mucho que esté deseando ver la luz del sol… No… No sabe que en cuanto esté libre puede darse por muerto. Ella no se andará con juegos.

—¿Ella?

Harry la miró, serio, y pronunció con suavidad.

—Astoria Greengrass.

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Los pasos de la mujer eran seguros, pomposos y delicados. Como si con cada movimiento estuviera ejecutando una especie de danza insinuante. Sus caderas se movían al compás de sus piernas.

Pero su cuello permanecía recto, estirado y perfectamente elevado. Dotándola de un gesto de superioridad nato, pero encantador.

El cabello era de un color achocolatado, sedoso y brillante. Sus ojos tenían una chispa astuta, vibrante y de un color verde muy profundo y oscuro.

—Señorita Greengrass—chilló un elfo detrás de la mujer, tenía el rostro contraído y la mirada cansada; cargaba una docena de bolsas de aspecto pesado con algo de dificultad—. Vuestra madre dijo que la señorita no debía dejarse ver por el callejón…—

Astoria se paró de inmediato, provocando que el elfo se tropezara y varias bolsas salieran disparadas por el suelo. Se volvió hacia el ser, esgrimiendo la mejor mueca de desprecio que fue capaz.

—¿Ves a mi madre por aquí? —le espetó con una voz fina y venenosa.

El elfo tembló un poco y se dispuso a recoger las bolsas tiradas. Entonces Astoria le agarró de su delgada y huesuda mano y tiró de él, haciendo que el elfo volviera a mirarla

—¿Me has escuchado? —volvió a preguntar, en sus ojos se reflejaba la locura.

—Si señorita… —gimoteó el elfo.

—¿Y bien?

—No… No está su madre, señorita.

Astoria sonrió complacida y lo soltó sin cuidado, tirando al elfo al suelo.

—Date prisa en recoger las bolsas, no pienso esperarte —siseó, emprendiendo de nuevo la marcha

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Astoria Greengrass era la segunda hija del matrimonio Greengrass, sangre pura y alto status social.

Por ello ambas hermanas fueron acogidos en la lujosa y pomposa casa de Slytherin, donde sus caprichos fueron respondidos y su ego se hizo más y más elevado.

Pero por mucho que Astoria se pavonease de su belleza y porte, jamás podría alcanzar a su hermana mayor. Daphne era la perfección personalizada; sus ojos eran dos zafiros que destacaban sobre su piel de porcelana, el cabello era como fibras del oro más puro y su voz podría acallar el canto de los pájaros más bellos.

Pero lo que más odiaba Astoria era su forma de ser; al contrario que cualquier Slytherin de pura cepa, Daphne siempre supo cómo caer bien, su corazón amable y su espíritu honrado hacían que jamás, fuera cual fuera la situación, estuviese desatendida de admiradores aduladores. Pero sólo Astoria sabía lo que de verdad escondía esa máscara de porcelana; no creía en la presunta bondad que todos, incluso sus padres, parecían ver en Daphne. Ella no era así, no era capaz de aparentar tal falsedad, no era capaz de estar tan vacía.

La pequeña de los Greengrass no podía soportar que la comparasen con su hermana, no aguantaba el hecho de que Daphne "la perfecta" le superara en todo.

Por eso cuando vio a Draco Malfoy, el príncipe de las serpientes, el chico más popular de todo Hogwarts, no se lo pensó dos veces y procuró que durante los últimos años de Draco en la escuela siempre coincidiesen, de manera que Astoria se iba acercando más y más al corazón de piedra del Malfoy, y cuando logró traspasar la barrera, cuando tuvo a todo Slytherin, incluso a Draco, a sus pies, quiso más.

Y entonces lo perdió, todo.

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—Cuéntamelo todo Harry, necesito saber los detalles —apremió Hermione.

—Te diré lo que sé, pero eso debes hablarlo con Draco, te sabrá contar algo más que suposiciones de aurores —Hermione asintió y Harry cogió aire—. Encontramos la pista de Draco hace apenas cuatro meses… Se perdía tras el bosque negro, en Alemania, y los múltiples intentos que tuvimos de adentrarnos en las profundidades de ese lugar fueron inútiles. Parecía diseñado por el mismo diablo para enloquecer a aquellos que osaran cruzar sus senderos, tenemos a dos aurores en San Mungo que afirman decir que son ángeles caídos…

—¿Caídos?

—Es la única razón que encontraron para la inexistencia de sus alas —aportó Harry con un mudo levantamiento de hombros—. Como fuera, jamás logramos avanzar de la zona externa, a pesar de que estábamos seguros de que Draco seguía ahí dentro. Pasaron las semanas y no conseguíamos avanzar, después de más de un mes decidimos volver, cuando ocurrió.

Una sombra surgió de entre los árboles y se encaminó hacia nosotros, tenía la cara y el cuerpo llenos de arañazos y heridas superficiales, además de una gruesa fisura en el antebrazo izquierdo. Era Draco, Hermione, sus ojos reflejaban locura y parecía que se había intentado quitar la marca tenebrosa a mordiscos…o que alguien lo había intentado sin su consentimiento.

—¿Qué os dijo?

—No articuló muchas palabras, sólo decía "viene, sacadme de aquí, llevadme a casa, a casa", otras veces decía cosas sin sentido cómo "oigo a los árboles chillar, la tierra sangra", desvaríos. Así que nos lo llevamos de vuelta, como te dije no opuso mucha resistencia. Pero cuando estábamos llegando a Londres pasó, una noche oí un grito de dolor, seguido de algunos sollozos, corrí hacia la habitación donde teníamos encerrado a Draco y la vi.

Parecía como si quisiera arrancarle el cuello, no sé si por un gesto burdo de pasión o por un intento grotesco de asesinato, pero por un momento pensé que era un vampiro lo que estaba atacando a Draco.

—Pero no lo era.

—No, era Astoria, Hermione, gritaba que Draco le pertenecía y que no pararía hasta recuperarlo y hacer que fuera suyo, pues si no le pertenecía sólo a ella lo mataría.

Hermione calló, asimilando todas las palabras de Harry.

—Lo entiendes, ¿verdad?

—Sí, Harry, entiendo lo que quieres decir —Hermione alzó la vista y lo miró—. Ya que Draco no va a ser suyo por las buenas intentará que lo condenen, y eso significa que corre peligro, que yo corro peligro.

—¿Y qué harás si consigues su libertad? Mientras Astoria esté ahí fuera no podrás pararla —añadió él.

Hermione miró a su amigo sin saber que contestarle. La incorporación de Astoria al caso lo movía de "poco probable" a "prácticamente imposible". Ahora tenía que encontrar la manera de salvar a Draco de prisión y luego protegerlo de una mujer despechada.

Lo que parecía gris ahora se tornaba totalmente negro.