Otabek Altin parpadeó tras abrir la puerta.
—Buenas tardes, Beka —saludó Yuuri—, ¿puedo pasar?
—¿Traes droga en tu mochila?
—Sí.
Altin se hizo a un lado, cerrando la puerta en cuanto el pelinegro de menor edad ingresó.
Otabek contó hasta tres mentalmente.
—¡Ellos quieren que nos mudemos! —estalló Yuuri, chillando y arrojando su mochila contra el sofá tapizado en rojo vino en la sala de Altin—, ¡a Estados Unidos! ¡Estados Unidos, Beka!
—Y tú no quieres ir.
—¿Tú sí quieres que me vaya? —Yuuri lo miró con asombro, apretando las manos convertidas en un par de puños temblorosos a ambos lados de su cuerpo—, tú ya lo sabías, ¿no es así? —no pudo evitar gruñir, herido—, ¡probablemente todos lo sabían menos yo! —clavó sus uñas en las palmas pálidas de sus manos—, incluso Makka sabía...
—Yuuri, respira —Otabek notó al instante que la agitación del menor de los Nikiforov había escalado demasiado rápido y se encontraba bordeando los límites de la línea que los separaba de "mini ataque"—, eres más maduro que esto.
Yuuri elevó su mirada, encontrándola con la ligeramente más oscura ajena.
Boqueando, tomó un hondo respiro, cerrando la boca y se obligó a controlarse, tosiendo tras conseguir serenarse, contados segundos más tarde.
—Sí —asintió Yuuri—, lamento haberme alterado.
—¿Qué hemos dicho sobre las disculpas?
Yuuri suspiró.
—Que no debo emplearlas todo el tiempo...
—Bien. Ahora, ¿por qué no me muestras lo enfadado que estás con tus otras zapatillas azules?
—¿Me dejarás tus llaves si lo hago?
—Quince minutos.
—Veinticinco.
—Veinte.
—¡Hecho!
Yuuri se acercó a su mochila, la abrió y extrajo sus zapatillas de ballet.
Le daría un pequeño espectáculo a su antiguo niñero.
