Disclairme: Este magnifico fic pertenece a nosotras, pero los papasitos y las cosas llamadas mujeres, que no nos interesan. pertenecen al guapo, reconocido, y prepotente Hiko… upsss me equivoque de canal. Todos los personajes pertenecen al gran Nobuhiro Watsuki.
Dedicatoria: Se abre el telón y se nos muestra este conglomerado de plebeyos que lanzan gritos de adoración a esta única diosa de belleza innata. Sus voces gloriosa desprenden cánticos de gloria. Su nombre se escucha en todas las tierras y su adoración es infinita. "Oh salve diosa Lightning-Storm222, Oh salve diosa Lightning-Storm222, Oh salve diosa Lightning-Storm222, Oh salve diosa Lightning-Storm222, Oh salve diosa Lightning-Storm222, Oh salve diosa Lightning-Storm222" y así se repite hasta la eternidad.
Jajaja preciosa Lightning-Storm222 a ti te dedicamos el capi, por tu apoyo y tu ganas de molestar jiji
Quebrando Normas
By
Cleoru Misumi y Mego
Pérdidas en el acto del perdón
Bajo aquella inquisidora mirada el pelirrojo retomo su caminar tranquilo, disfrutando del cantar de las aves en las copas de los frondosos árboles. Sentía como lo miraban sin pudores tratando de identificar el origen de su cortante personalidad. La miro de reojo y la vio sonrojarse ante su mirada, la había puesto incomoda y no pudo evitar sonreír, le había dado una de sus mejores miradas asesinas, ya no soportaba que siguiera viéndolo así, se lo merecía. Continuó su camino con la sonrisa plasmada en los labios, mas se sintió solo, se volteo y vio la menuda joven parada en medio del camino mirando sus pies con mucha atención.
Caminó hacia ella con paso lento, la bordeo como si fuera un animal, la olisqueó, la acecho, como una fiera a su presa hasta detenerse a sus espaldas. Le respiró al oído y la vio estremecerse bajo su aliento. Le pareció tan inocente, tan dulce, tan… indefensa, que no pudo reprimir una honda carcajada.
Se reía sin esfuerzo, con gusto, con ganas, liberando todo lo que sentía. Esa niña era muy graciosa, demasiado graciosa, tan sólo jugueteaba con ella como quien busca sacar a alguien de sus casillas y ella se vuelve un mal de nervios, ¿acaso él lograba infundir tal miedo en las personas? ¿Por eso era que sus enemigos se paralizaban al verlo a sus ojos? Que raro era este mundo, el sólo quería jugar y el mundo se conspiraban en odiarlo. ¿Que había hecho mal? ¿Ser él?
La tomó de la barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos, el no quería que su acompañante le temiera. Ella al mirarlo volvió a bajar la mirada. Y el no pudo más que continuar con sus refrescantes carcajadas, ante esto ella apretó los puños molesta.
- Deja de reírte Himura!! - dijo Misao con los dientes apretados.
- Pero es que no puedo si te vieras la cara - dijo Kenshin
- Lo dices porque no has visto tu patética cara, cualquiera se paralizaría. - dijo Misao
- Claro que se paralizarían, es más que obvio Misao, es por mi extrema belleza - dijo Kenshin moviendo su cabellera con un gesto de superioridad, un gesto muy similar al de su maestro.
- Dios mío el clon de Hiko encarnado, claro que no estas tan bueno - dijo Misao
- Que no que? - dijo Kenshin acortando la distancia entre él y Misao, ella dio par de pasos hacia atrás y el la siguió hasta pegarla a un tronco. La tenía atrapada, su cuerpo y árbol le impedían escapar. La miró a los ojos con su mirada más sensual y la sintió temblar. Los carnosos labios le temblaban ligeramente y los ojos le brillaban expectantes. Acercó su boca al oído al de ella - Eres preciosa - la volvió a mirarla y la chica se ruborizó y el no pudo más que comenzar a reír y liberarla de su cárcel - Eres una tonta, caíste jaja - río Kenshin y ella encolerizó.
- Eres un idiota Himura!! - gritó la chica.
- Sí, pero te encanta - dijo él entre risas.
- Eso quisieras - dijo ella golpeándole la cabeza y empezando a caminar.
- Auchh - dijo sobándose la cabeza - Bueno al menos encontré una manera de sacarte del parálisis que te provocó mi hermosa mirada. - dijo él y ella volteo de golpe estampándose con el cuerpo de él.
- Idiota - dijo ella poniéndolo a distancias, pero él la acercó.
- Muévete querida, estamos retrasados y no podemos hacer esperar más a tu amado Aoshi. - dijo Kenshin empezando a caminar, más nuevamente notó que ella no se movía - ¿Ahora qué?
- Himura - dijo ella en tono preocupante logrando que el se acercara a ella.
- ¿Qué sucede Misao? - dijo él acercándose a ella y mirándola a los ojos como si se tratara de una niña indefensa.
Ella lo miró por largo rato, tratando de introducirse en aquella mirada. Había algo raro en ella y no sólo ella, sino también el comportamiento del dueño de aquella mirada su forma de actuar, hablar, de expresarse, pero ahora, ahora se preocupaba como siempre, eran tan extraño. Era como si uno de sus mejores amigos hubiera sido cambiado por otra persona, ya no era el hombre dulce que ella conocía, ahora era un ser arrogante y decidido, mas ahí estaba él otra vez mirándola con la misma ternura de siempre y la misma comprensión. Agitó la cabeza como tratando de disipar un fantasma y lo miró a los ojos con una sonrisa. El había vuelto o al menos eso ella creyó.
- No es nada - dijo ella.
- Sino es nada no me hagas perder el tiempo niña tonta - dijo él dándose la vuelta, pero ella se interpuso en su camino.
- Yo… - le tomó el rostro y le obligó a mirarlo a los ojos, ahí estaba ese arrogante ser otra vez - ¿Qué hicieron contigo? ¿Qué fue lo que paso? ¿Dónde esta Himura? - preguntó ella y él no pudo más que obsequiarle una de sus gélidas miradas ámbares.
- No te interesa - dijo él - Ya estamos atrasados - dijo caminando, mas ella no lo seguía- Muévete.
Mas ella no se movió se quedó allí parada esperando una explicación, una respuesta. El no tenía por que contestar. Se acercó a ella, la miró a los ojos hasta atravesarla como si se tratará de un pescado a puntó de ser cocinado y sin previo aviso la tomó al hombro y la cargó como si fuera un saco de papas.
-Maldito Himura bájame de aquíiiiii- gritaba ella, mientras pataleaba como la chiquilla malcriada que era.
-No - su voz sonó fría, seca, cortante, vacía, y ella no tuvo más opción que quedarse callada, mientras era cargada por aquel pelirrojo por el camino.
El sol se ocultaba entre las montañas pintando de rojo el azul cielo. Misao lo miró decender suavemente desde el hombro de Kenshin, llevaban más de tres horas caminando, debería estar cansado, pero por alguna razón no se quejaba continuaba con ella acuesta. Tenía ganas de decirle que la bajara, pero no se atrevía después de semejante advertencia expresada en un monosílabo, sabía que si hablaba tendría que prepararse para las consecuencias. Lanzó un suspiro y vio el sol ocultarse completamente, justo cuando sintió que la mula de carga pelirroja que la sostenía la bajaba gentilmente y la colocaba en el suelo, no era tan mula.
- Pasaremos la noche aquí - dijo él - Voy a buscar la leña no te muevas - dijo, mientras se perdía entre los arbusto.
Misao miró a su alrededor, se encontraba en un claro en medio del bosque lejos del camino. Parecía que allí pasarían la noche. Se sentó en el suelo recostando la espalda contra un tronco. Varios minutos después vio que el pelirrojo se acercaba con la leña y empezaba a preparar una fogata. Lo vio frotar las manos junto al fuego que recién había preparado y sentarse junto a él. Miró por largo rato las llamas y luego saco par de frutas de su gi. Le lanzó una a su regazo sin siquiera mirarla. Ella tomó la fruta y la óleo, deleitándose con aquel suave aroma natural de la fruta. Era un olor placentero que llenaba los sentidos e invitaba a soñar.
- ¿A qué huele? - preguntó Kenshin.
Misao sonrío esa era su manera de disculpa, sabía que este Himura era diferente, no sabía porque, pero no le molestaba, le recordaba a su Aoshi, nunca le gusto mucho la tristeza que habían en los ojos del Himura sonriente. Se levantó y caminó hacia él, lo vio sentado mordiendo su fruta, saboreándola, gustándola. Quedó embelesada observando su manera tan elegante y atrayente de morder aquella fruta. Se notaba que él era inconciente de su manera de gesticular. Lentamente se acuclilló al lado de él y le colocó su fruta en la nariz. El la miró a los ojos y luego sonrió, todo había quedado perdonado. Óleo la fruta con los ojos cerrados, soltó un largo suspiro y volvió la mirada al fuego. Ella también lo hizo, pero se dispuso a morder a su manera no tan elegante, más bien aniñada, la fruta en sus manos.
Ella estaba a su lado, le había expresado el gesto más tierno e inocente que alguien había tenido para con él. Había sido tan dulce, como el olor de aquella fruta. Sus ojos estaban llenos de inocencia y perdón, le fascinaron, le encantaron. La vio morder aquella fruta de la manera más aniñada que se hubiera podido imaginar. El jugo de la fruta le bajaba por las comisuras, mientras su boca se unía en un pico a la vez que masticaba con ahínco. Le gustó. Levantó la mano y con los pulgares le limpió aquel curioso jugo que ya le bordeaba la mandíbula. Trazó aquel raso hueso de su barbilla, subiendo por sus labios, perdiéndose en su belleza y en su limpieza. Eran puros, tentadores, eran un manjar. No habían sido tocado, nadie los había mancillado, no como los de Kaoru. Los de Kaoru habían sido tomados, hinchado, poseídos, y no sólo ellos, también el cuerpo. No, no, no quería pensar en ella ahora, no ahora cuando había decidido escapar de todo para olvidarse, para empezar una nueva vida.
Miró a su acompañante, lo miraba sorprendida, pareciera que su tacto le extrañara, pero no le incomodaba. La vio a los ojos, era tan bella. Mas ella volteó la cara abochornada, era tan niña. Una niña preciosa que no era de él. Una niña hermosa que iba a proteger por y para siempre, a esa niña nadie la dañaría, como dañaron a… a quien no quería recordad. Le paso un brazo por el hombro y la acercó a él, a su pecho. Ella se tensó, pero poco a poco se fue relajando hasta acostarse en su falda, él le acarició la cabeza, mientras su mente divagaba en las profundidades.
Estaba siendo acariciada como siempre había soñado, con lentitud, con suavidad, sin malicia. Se dejó llevar por la caricia, casi se quedaba dormida, mas no quería, no quería hacerlo, no quería dejar de sentir aquella mano que la mimaba sin prisa. Mas Morfeo fue más rápido que ella y se quedó dormida.
Abrió los ojos desesperada se había quedado dormida. Miró a su alrededor, aún era de noche. Se movió y sintió que estaba en el suelo, mas no tenía frío. Se miró y encontró que una manta lila la cubría, era la que le daba calor. Se incorporó y busco con la mirada al pelirrojo. Lo vio recostado sobre un árbol abrazando su espada, estaba sin camisa, se la había cedido para que ella no pasara frío.
Se levantó con cautela y se aproximó a él. Se inclinó para observarlo de cerca, mas lo despertó y él instintivamente desenvainó la espada. Ella dio un paso atrás, él la miró y al reconocerla guardó su espada y volvió a cerrar los ojos. Ella se acuclilló ante él y le miró el rostro, el pecho, las cicatrices, tuvo ganas de recorrerlas con sus manos, mas nunca se atrevería.
Con la mano tomó la espada de él. El abrió los ojos y la miró. Ella le abrió las piernas y se sentó en medio de ellas, utilizando el pecho de él como espaldar. Tomó el gi de él y los arropó a los dos. Él era calido, al contrario de cómo lo imaginó, pues al pensarlo y verlo tan pálido siempre lo creyó frío, mas no lo era. Él colocó su cabeza al lado de la de ella, hundiendo su rostro en el cuello de ella, ocasionándole placenteras cosquillas.
- Buenas noches Himura - dijo ella al fin rompiendo el silencio, él no lo hizo, sólo acarició el cuello de ella con la punta de la nariz y cerró los ojos. Ella esbozó una dulce sonrisa cerrando los ojos, mientras se abrazaba más a los brazos que la rodeaban hasta quedarse dormida.
El sol ascendió por el este como todas las mañanas pasadas y todas las mañanas por venir. Y Kenshin al ver aquella niña en sus brazos deseo despertar así todas las mañana junto a la mujer que amaba. Mas lamentablemente Misao no era esa mujer. La vio dormir placidamente con la boca abierta, mientras una hilera de baba le bajaba por la barbilla y caía sobre su brazo. Era curiosa, pequeña y peleona, en resumen era vida.
La movió suavemente para despertarla, pero la chica no lo hacía, le hablo, esta no respondió, la jamaqueo, no dio señal de conciencia, la pellizco y esta brincó como un resorte pegando un grito perturbador. Kenshin tapó sus oídos con fuerza esa chiquilla parecía sirena degollada fuera del agua. Ella lo miró con furia, mientras se sobaba el cachete que le había pellizcado. El no pudo evitar reírse.
-Eres un abusivo!! - gritó ella.
-Y tu una gritona - dijo Kenshin tapándose los oídos, mientras ella estiraba sus cuerpo.
-Pues sabes que? - dijo acercándose al oído de Kenshin - BUENOS DÍAS Himura!!
El pelirrojo calló despalda con los ojos en blancos, los vellos erizados y el cuerpo convulsionando suavemente. Misao se irguió, miro al cielo y poniéndose de puntitas, mientras estiraba sus manos gritó a los cuatro vientos.
- BUENOS DÍAS MUNDOOOOOOOOOOOOOOO!! - dijo con una sonrisa, miró a Kenshin en el suelo y lo tocó con la punta del pie moviéndolo con miedo - Levántate holgazán - dijo ella
- ablupp….fuiol..riuoo - balbuceaba Kenshin.
- Levántate canto de vago - dijo ella
- Misao cállate - dijo el fríamente.
- Vamos Himura ese tonito no te va a funcionar hoy. - dijo ella - no seas flojo.
-Flojo? FLOJO? Yo no soy flojo, sólo tengo el pequeño problema de que me acabas de reventar los tímpanos - dijo él tratándose de incorporarse, pero sus pies no lo sostenían muy bien haciendo que se tambaleara de lado a lado.
- No lo hubiera hecho si no me hubieras despertado tan bruscamente - dijo ella
-Bruscamente? Pero si pareces tener el sueño de piedra. No pude despertarte de otra manera - dijo él
-No supiste como, porque eres un bruto. Además como no voy a tener el sueño de piedra si parece que dormí sobre una, eres la cosa más incomoda del mundo. - dijo ella flexionando su espalda.
- Una piedra yo? Como diablos querías que fuera cómodo si parecía que sobre mí dormía un jodío mamut de 8 toneladas - dijo él
- Mamut tu abuela - dijo ella golpeándole en la cabeza haciendo que se le levantara un enorme chichón, lo que logró que este volviera a desplomarse en el suelo. - Himura, Himura - lo llamaba tímidamente ella, mientras lo golpeaba con la punta del pie nuevamente como tratando de corroborar si estaba vivo - Himura - dijo bien bajito cerca de su oído. Cuando se iba a levantar sintió como una mano la agarraba de los hombros y la lanzaba al suelo, cayendo sobre el cuerpo de su compañero.
- Vuelve a golpearme así y no vivirás para contarlo - le dijo Kenshin al oído, ella tragó en seco - Ingenua - dijo Kenshin riéndose.
- Eres un maldito Himura - dijo ella golpeándolo por tercera vez en la mañana y levantándose del suelo. - Himura? - lo llamó al ver que el chico volvía a tener los ojos en blancos - Levántate que tenemos que buscar a mi Aoshi sama - dijo con voz dulce, demasiado dulce.
- oro? - dijo él desde el suelo.
- Himura volviste - dijo ella emocionada lanzándose a abrazar al chico, pero el chico no le respondió sólo decía incoherencias. - Eres un tonto. Levántate - dijo ella - Tendré que cargarte - dijo ella tratándose de echar al hombre al hombro como él había hecho con ella el día anterior, pero no consiguió nada excepto estrellarse contra el suelo. - Himura si no te mueves a la cuenta de tres te voy a arrastrar - dijo ella. - Uno…
-Oro? - dijo él
- Dos…
- Oro? Oro?
-Tres…
- Oro? Oro? Oro? - eso fue suficiente para que ella tomara la camisa del pelirrojo que se encontraba en el suelo y se hiciera con ella un lazo en la cintura para poder colocar la espada del samurai en su cintura, para luego agarrarlo de las piernas y comenzara a arrastrar al pelirrojo por el suelo tratando de moverlo.
Misao maldecía por lo bajo al pelirrojo, nunca imaginó que aquel espadachín pesara tanto. Lo había agarrado por las piernas pasándolo a cada lado de sus caderas y tiraba de él, mientras oía de vez en cuando que el pelirrojo era golpeado con alguna piedra del camino en la cabeza. Miró hacia atrás y lo vio con los ojos desorbitados, era un debilucho, no era como su Aoshi sama, el si era perfecto, era guapo, valiente, resistente, encantador a su manera, pero lo era. Mas Himura era… era… era… Himura. No sabía si eso era bueno, pero el pensamiento le arrancó una sonrisa.
Se detuvo en medio del camino a tomar aire, ir arrastrando a aquel "debilucho" no era tarea fácil. A su derecha escuchó un ruido, había alguien ahí, se puso en guardia. Se quedó expectante esperando a su adversario. De reojo miró hacia el suelo donde había dejado el pelirrojo, pero ahí no estaba. ¿Dónde se había metido ese cobarde? Quería buscarlo con la mirada, pero no debía bajar la guardia lo llamó, mas no recibió respuesta.
- Himura? - dijo ella por segunda vez.
- Dime - le susurró al oído haciendo que perdiera el equilibrio y se recostara sobre el cuerpo de él.
- No me asustes así - dijo ella levantando el puño, pero el se tapó la cabeza con ambas manos.
- No fue mi intención preciosa - dijo él juguetonamente poniéndole una mano en la cintura, mientras la acercaba hacia él. Ella miró aquella mano y se encolerizó.
- No me toques pervertido! - gritó ella, mientras lo golpeaba por cuarta vez.
- Ese pervertido? Por favor comadreja si ese no puede ni ligarse a una mosca. - dijo el hombre que salió de los matorrales.
- Hiko? - dijo ella
- Maestroooo! - gritó Kenshin emocionado corriendo hacia Hiko con todas las intensiones de abrazarlo, mas al Hiko esquivarlo se fue a estrellar contra un árbol.
- Himura estas bien? - preguntó Misao acercándose a Kenshin y ayudándolo a levantarse, mas al mirarlo se quedó paralizada, otra vez esa mirada, la mirada ámbar.
- Sí preciosa - susurró Kenshin justo en el momento en que enfocaba su mirada ambarina hacia su maestro y le pasaba el brazo por la cintura a la chica poniéndola más nerviosa de lo que estaba. Poco a poco sin despegar la vista de su maestro, fue tomando la espada que reposaba en la estrecha cintura de la chica. Profundizó su mirada a su blanco de atención, su maestro.
Ese hombre era capaz de despertar sus más bajos instintos, aquellos que lo hacían desear la sangre de su enemigo, aquellos que le incitaban a eliminar a todo ser que se le interpusiera en su camino, aquellos que le demandaban eliminar a quien quisiera arrebatarle su gloria, su perfección, y ese era su maestro, por su maestro él no era el mejor. Ese vil hombre que era capaz de sacarle suspiros a cualquier mujer por su monstruosa persona, era quien lo hacía sentirse inferior y eso él no lo iba aceptar.
Estando en el suelo siendo arrastrado por Misao, se había percatado de la presencia de su maestro, por eso al ella detenerse se le pegó a su cintura para tomar su espada y eliminar al opacador, pero la muy tonta creía que se le estaba insinuando y le dio un golpe que lo aturdió por un segundo debido a todos los golpes recibido en esa mañana. Luego en su intento de humillarlo como quiera fue a parar contra otro árbol y con otro chichón. Fue cuando ella se acercó que supo que podía obtener la victoria, pues su espada estaba con ella, lentamente la fue tomando, sin dejar de mirar a su próxima víctima. Y ahora con la sakabatau en la mano podría eliminar a ese extraño ser que disfrutaba humillarlo. Lo tenía en la mira, sólo tenía que lanzarse. Y así lo hizo, lanzó un diestro golpe con su espada, pero su maestro se había movido sin siquiera preverlo. El maldito lo había esquivado sin esfuerzos, mientras bebía tranquilamente de su botella de sake.
Lo sentía iban a salir ahí estaban, era un segundo más y… ya estaban fueras sus lágrimas bordeaban como cataratas sus mejillas. Había sido humillado no lo podía creer.
- Maestroooo!! - dijo con ojos llorosos - Es usted!! - dijo tratando de alcanzarlo para abrazarlo, pero Hiko le puso un pies en la cabeza evitando el acercamiento.
- Mi querido bakka deshi, ¿cuándo vas a aprender? - dijo Hiko - señorita Misao, disculpe la torpeza de mi alumno ¿se encuentra bien?
- Sí, señor Hiko - dijo ella caminando por encima de Kenshin y tomando el brazo que Hiko le ofrecía. Ambos empezaron a caminar, mientras platicaban animadamente, dejando a Kenshin atrás.
- Maestro espéreme - dijo Kenshin levantándose y corriendo tras su maestro.
- Señor Hiko que hace tan lejos de Kyoto? - preguntó Misao
- Lo mismo digo - expresó Hiko con una reluciente sonrisa que hizo sonrojar a Misao.
- Pues yo voy a buscar a mi amado Aoshi sama - dijo suspirando - y Himura se ofreció acompañarme, pero no me ha servido más que para dolores de cabezas.
- Eso crees niñata desaliñada - dijo Kenshin quien los había alcanzado. - de vuélveme mi gi - dijo secamente.
- Cállate enano escosés - dijo lanzándole una kunai - No interrumpas cuando hablo con un caballero y no te pienso devolver nada
- Que diablos crees que soy un sirviente? - preguntó Kenshin.
- Bueno - lo miró de arriba abajo, - la verdad si.
- Damela - dijo Kenshin halando del gi que estaba en la cintura de la chica, pero para sus desgracias con el tirón se trajo todo y chica con él.
Del tirón ambos perdieron el equilibrio y fueron a tener al suelo, donde sus caras se habían estampado una contra la otra logrando que la nariz de Misao sangrara al golpearse con la mandíbula de Kenshin, y Kenshin se golpeara en la cabeza con el suelo para no perder la costumbre.
Misao se incorporó un poco con una mueca de dolor plasmada en el rostro y se sentó en el estomago de Kenshin, mientras veía como su nariz sangraba manchándole toda la ropa. Esa linda sangre roja, como el cabello del chico que mantenía prisionero bajo sus piernas, fue la que provocó que levantara los puños y los lanzara con fuerza sobre el cuerpo del pelirrojo.
- Eres un maldito Himura!! Acabas de arruinar mi hermosa cara!! - dijo Misao, mientras acababa de destruir sus puños contra el pecho de él.
- Que cara? Esa. Pero si no noto diferencia - dijo el chico.
- Eres un Imbecil, un burro, un…. - ella no pudo continuar porque Kenshin le agarró las muñecas evitando que siguiera golpeándolo.
- Deja de golpearme, o te aseguro que vivirás para contarlo, pero no podrás - dijo Kenshin desenvainando la espada y colocándosela en la garganta a la chica, por el lado filoso, provocando que la chica tragara en seco.
Hiko que hasta entonces había observado la escena muy entretenido, había tornado su semblante serio y sombrío. Vio como su alumno amenazaba a la joven sin razón alguna. Eso era más que extraño, no recordaba que su aprendiz hubiera actuado de esa manera desde hacen años, para ser exactos desde que acabo la revolución. Fue en ese final que el comenzó a ser más serio, apagado y algo tonto. Fue en ese momento, que dejó sus intentos de abrazarlo como antes; aún lo hacía, pero sin gracia, mas bien por rutina. El de ante trataba de abrazarlo a cada segundo, cuando estaba de buena, pero que no lo enojaran porque se convertía en el niño malcriado que él había criado. Ese ser de mirada ambarina, que al igual que él creía merecerse todo y traerlas a todas muertas, el que a todas las seducía y las dejaba con las ganas, aquel que no importara quien fuera le hacía frente por el simple hecho de hacerse respetar aunque fuera de la peor manera. Y ese era el que se expresaba en aquel momento, pero eso no podía ser verdad. Hacen años que su alumno no perdía los estribos.
Agarró el brazo del joven evitando que siguiera presionando la garganta de Misao. Tomó con una mano a Misao y la saco de encima de su alumno. Antes de que pudiera volver la vista hacia su alumno tuvo que agarrar su espada para poder parar el ataque que su alumno le dirigía.
- No seas idiota sabes que no podrás vencerme - dijo Hiko
- Y quien dijo que eso es lo que quiero? - dijo Kenshin
- …? - ante esas palabras Hiko quedó desconcertado tiempo suficiente para que Kenshin lo atacara y lograra cortarle UN cabello de su frente - ya veo - sonrío Hiko, ese era el Kenshin que recordaba, el que trataba de engañarlo para lograr un cometido.
- ¿Qué piensa maestro? - preguntó Kenshin con algo de cinismo.
- En ti - dijo Hiko con una sonrisa encantadora a lo que Kenshin quedo algo perturbado, Jah los dos podían jugar el mismo juego, y fue ahí cuando logró quitarle la espada a su alumno.
- Ja viejo inútil, crees que con eso me vas a derrotar? - preguntó Kenshin
- No, mi bakka deshi - dijo Hiko justo en el momento que garro a Kenshin y lo pegó con fuerza contra un árbol, obligándolo a mirarlo a los ojos, y sí, sus sospechas eran hechos, ahí estaba, la mirada de su niño malcriado, el que intentaba ser su clon, pero algo sádico - Ah… eres tu.
- Si soy yo, algún problema - dijo soltándose del agarre de su maestro, mientras lo miraba altaneramente.
- No, sólo contrólate - dijo Hiko, para luego voltearse y mirar a Misao - Señorita se siente bien?
- Sí - dijo Misao con un hilo de voz, mientras miraba con recelo a Kenshin.
- Siendo así prosigamos - dijo Hiko y ambos chicos lo siguieron sin decir palabra alguna. - A dónde se dirigían ustedes?
- Ah… - exhaló Misao, quien aún estaba algo nerviosa y no dejaba de aguantarse el cuello. - Vamos en busca de mi Aoshi-sama, pero no sabemos donde se encuentra.
- De veras? Yo lo vi hace unos días - dijo Hiko
- A dónde fue? Como estaba? A donde se dirigía? - dijo Misao halando a Hiko de la camisa.
- Señorita - sonrío Hiko - Tengo hambre y me apetece una buena cena, preparada por gentiles manos - dijo Hiko
- Bueno… - Misao lo miró sabía que tendría que ceder si quería saber el paradero de su Aoshi sama - Tendrá su cena, pero no consto de muchos ingredientes, así que haré lo que pueda con lo que encuentre en el monte.
- Eso será suficiente mi bella dama - dijo Hiko con una risita traviesa, mientras miraba a su alumno enfurecer, se veía que le molestaba su chantaje, pues siempre sacaba beneficios de sus tontas informaciones.
Misao se fue en busca de los ingredientes necesarios para su improvisada cena. Mientras Kenshin y Hiko se quedaron juntos conversando.
- ¿Por qué ella? - preguntó Hiko
- Ella nada, yo - dijo él.
- ¿Pero quién fue? - pregunto Hiko
- Kaoru - dijo Kenshin
- Por eso la mirada? - vio a Kenshin asentir - Hay mi bakka deshi, ¿qué decirte?
- Sáquelo. - dijo Kenshin
- Te extrañaba - dijo Hiko
Para que negarlo, era la verdad extrañaba la antigua personalidad de su alumno. Era tan él, tan testaduro, goloso y encantador, arrogante y altanero, odioso, prepotente y orgulloso. Eran iguales. Su alumno siempre lo había visto como un modelo y lo había imitado a la perfección, excepto por sus grandes deseos de aniquilar, su forma de perder los estribos, su manera de pedir un favor, y su negación al error, a sus errores, por eso no pedía perdón. Sólo había algo en lo que estaba cambiado se le notaba en la mirada, ya no tenía sed de sangre.
- Lo imaginaba - dijo Kenshin
- ¿Y la ninja? - preguntó queriendo cambiar el tema.
- Me la encontré en el camino - dijo Kenshin
- Le quieres? - preguntó Hiko conociendo la respuesta.
- No - dijo Kenshin
- Sé nota, no vuelvas a intentar hacerle daño porque a quien ella quiere no dudará en matarte si se entera - dijo Hiko
- Lo sé - dijo Kenshin, mientras miraba los ojos de su maestro - Ya no tengo sed.
- No del todo - dijo Hiko
- Tiene razón, solo quiero sangre de pollo - dijo Kenshin con los dientes apretados
- Veremos que se hace, mi querido bakka deshi - dijo Hiko sentándose bajo un árbol e empinando el codo - Sabes que me mata la curiosidad.
- No quiero complacerle - dijo Kenshin mirándolo ferozmente - Voy por Misao - y se fue por donde había desaparecido esta.
Kenshin caminó hasta que se encontró con Misao quien recogía tranquilamente unas yerbas. La observó por un tiempo, sin prisas, admirando su habilidad de cortar, tan diferente a… a esa. Ella tranquilamente empezó a tararear una canción armoniosa, provocándole bienestar. Tan encimada estaba en la tarea de tararear que no se daba cuenta de lo que hacía cortándose el dedo del corazón con la kunai que utilizaba para cortar las yerbas.
Kenshin enseguida se colocó en cuclillas junto a ella, le tomó la mano y miró el dedo que se había cortado la chica. Sin mirarla se metió el dedo de Misao en su boca, acariciándolo gentilmente con su lengua, limpiándolo de cualquier mal que pudo haber contraído con esa herida.
Misao miraba como ese pelirrojo le limpiaba de forma gentil su dedo, aplacando el dolor con aquella melosa lengua y no pudo hacer nada más que sonrojarse. El estaba muy concentrado en su labor de curador, pero ella lo había notado. Se había dado cuenta en su gentil agarre, su gesto de preocupación y su forma de curarla, que le estaba pidiendo perdón por segunda vez y de la forma más extraña, pero parecía que eso era lo único que iba obtener de ahora en adelante. Sabía que la culpa de que el chico hubiera perdido su control había sido de ella, más no lo quiso aceptar al verse amenazada, pero ahora al ver su preocupación sabía que podía perdonarlo.
- No sé que te paso, pero me he dado cuenta del cambio. Ya no pides perdón verbalmente - el la miró a los ojos - Pero yo aún sé hacerlo. Te pido perdón por mi torpeza y por haberte tratado como te traté - él sonrío con los ojos, pues aún estaba entretenido con el dedo de la chica - Acepto tus disculpas Himura - el abrió los ojos sorprendido al darse cuenta de que ella había visto sus intenciones, pero al final terminó sonriendo.
- Más te vale que la suelte o yo nunca tendré mi cena por tus instintos vampiristicos - dijo Hiko - y eso que me dijiste que ya no tenías sed.
- Espero que la información sea buena para atrasarme de esta manera - sentenció Kenshin y se alejó del lugar.
- ¿Qué le pasa? - preguntó Misao
- La pregunta es… - dijo Hiko mientras le agarraba la mano para ver su pequeña herida - ¿Qué te pasa a ti?
- Nada - dijo Misao quitándole la mano.
- Recuerde señorita, el objetivo es Shinomori - dijo Hiko con una encantadora sonrisa. -Esperaré la cena. - dijo, mientras se iba a sentar bajo un árbol cerca donde Kenshin preparaba el fuego para la futura cena, comida, desayuno. (N.A: recuerden no han comido desde el día anterior)
- Que demonios - murmuro Misao, mientra se agarraba la mano y se dirigía a cocinar.
Mientras Misao preparaba la cena y Kenshin trataba en vano de ayudarla, pues la joven afirmaba que el pelirrojo no sabía nada de comida, Hiko se reía de lo lindo ante la escena. Luego de par de "inocentes" discusiones y golpes la cena-comida-desayuno quedo terminada y todos comieron. Mientras Hiko alababa la comida, Kenshin la criticaba, Misao le gritaba y el sol se ocultaba. Así llegó la noche.
- Muchas gracias mi querida señorita, pero este ejemplar ya tiene que irse - dijo Hiko
- Antes la información - dijo Kenshin demandante
- Le hablo a la señorita, vete a lavar los platos - dijo Hiko, Kenshin lo miró por par de segundos y decidió que era mejor hacerle caso a su maestro.
- Señor Hiko - dijo Misao - ¿Qué sabe de mi Aoshi sama?
- Lo vi pasar por aquí hace unos días, se le veía algo preocupado y hasta podría decir triste. No me habló mucho sólo me dijo que tenía prisa que lo esperaban en Aizu, luego de eso lo perdí de vista. Siento no servirte de mucho - dijo con una sonrisa que iluminó toda la noche.
- No se preocupe señor Hiko, eso es suficiente - dijo ella - Si me disculpas voy a…
- Ya me voy, pero antes… - dijo Hiko pensando en lo que iba a decir.
- Antes que? - preguntó ella
- Un consejo - dijo él
- ¿Cuál? - preguntó ella.
- ¿Cuánto amas a Shinomori? - preguntó Hiko
- Lo suficiente para entregarle mi vida -dijo Misao sonrojada.
Hiko la miró a los ojos y no pudo evitar sonreír, era tan pequeña , tan niña, tan ingenua que no veía el peligro ante su mirada. El no tuvo más que observar un gesto, una palabra y se había percatado de todo, pero ella no, ella seguía conservando su inocencia, una inocencia que él quería que conservara para siempre, sólo esperaba que ella fuera sensata. Y tomara las el camino correcto.
- ¿Quieres seguir sintiendo eso por el resto de tus días? - preguntó Hiko
- Por supuesto - dijo ella con ojos soñadores
- Pues regresa a Kyoto. - dijo Hiko y ella lo miró confundida - Al contrario si quieres poner ese amor en riesgo ve con mi bakka deshi. - dijo Hiko dejando a una Misao petrificada en medio del caminó, mientras que el desaparecía en la oscuridad de la noche.
¿Su amor en riesgo? ¿De qué hablaba ese semental? ¿Cómo ella iba a poner su amor en riesgo por sólo tratar de estar más cerca de su amado Aoshi sama? La verdad que la comida le había afectado al pobre Hiko. Dándole alas al asunto se dirigió a buscar a Kenshin quien parecía haberse desaparecido con los platos. Lo encontró sentado sobre un tronco junto al río, un río que no había visto durante el día.
Estaba sentado de espaldas mirando la luna creciente en el cielo, lanzando suaves suspiros al viento, cuando Misao posó su mirada en la espalada desnuda de Kenshin, aún no le había devuelto la camisa. Notó aquella espalda machucada y raspada por el trato que ella le había dado en la mañana, se sintió mal.
Caminó con paso ligero bajo la mirada del pelirrojo y mojando un pañuelo en el agua del río, comenzó a limpiarle con gentileza la espalda herida. El se estremeció ante el contacto helado. Ella siguió con su trabajo. Ahora, haciendo esa labor, entendía porque no era del todo bueno pedir perdón, pues de nada valía si no se hacía nada, el pelirrojo era todo acción. Sonrío para sus adentros le gustaba esa forma de ser, trataría de aprender de ella de alguna manera.
Sin casi darse cuenta fue deslizando su cabeza por la espalda del joven y reposándola sobre la misma, no pudo evitar preguntar.
- ¿Por qué? - susurró ella.
- Por estupido - dijo él, mientras su mente divagaba hasta la imagen de la dueña de sus desvelos.
Ya era tarde en Tokyo, la oscuridad dominaba los caminos y sólo un farol de mano colocado en el suelo, daba claridad al cuerpo de aquella joven que hipaba sin sentido, con lágrimas fugaces. Un moreno alto y esbelto parado a su lado la acompañaba en silencio.
El quería decirle algo, pero no sabía que. Se sentía culpable, pero no sabía cual de los dos era más culpable si él o ella. Lentamente se fue agachando hasta estar a la altura de la joven. Le vio el rostro todo compungido y no pudo evitar abrazarla, ella se arremango a su brazo como tantas veces atrás. Tantas veces que el tuvo que consolarla, por sentirse rechazada por quien hoy lloraba.
Ella lo vio a los ojos llena de dolor, a los dos se le había roto el corazón con esa traición. El, por quitarle la mujer a su amigo, ella, por regalar el corazón a un nuevo amor.
- ¿Acaso no debía buscar la felicidad? - preguntó ella.
- Por supuesto que sí - dijo él - ¿Kaoru?
- Dime Sano - dijo ella
- ¿Yo soy tu felicidad? - preguntó Sano
- Aún lo dudas - le dijo ella colocándole una mano en la mejilla de él. - Entonces ¿Quién es la felicidad de él?
- Creo que tú -dijo él
- Siempre tuve mis dudas, yo lo esperé y lo ame, y él nunca me dio una señal - dijo ella al borde del llanto.
- Kenshin nunca ha sido muy abierto a sus sentimientos - dijo él
- Sólo pedía aceptación - dijo ella enjugándose las lágrimas que le bajaban sin prisa por las mejillas. - ¿Crees que de verdad me quería?
- Supongo que sí, pero la verdad… no lo sé - dijo él
- ¿Tu me quieres Sano? - preguntó ella. El le tomó el rostro y lo miró por largo rato.
- Estoy a tu lado - dijo él justó en el momento en que la abrazó.
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Continuará…
Wow, no saben el trabajo que a mi la diosa del drama (según una lectora) Cleoru Misumi, el trabajo que me ha dado plantear todas estas ideas para que se entendieran claramente.
Les agradezco de todo corazón a todas las lectoras y todos los lectores, es un placer para mi y para mi hermana contar con tan hermoso cuerpo de lectores. Sus criticas son las que motivan, así que no dejen de enviarlos aunque sea con una palabra diciendo lo mal que quedó el capitulo o el fic en general.
Agradecimientos de corazón a las bellas almas que sacaron un poco de su tiempo para honrarnos con sus maravillosos comentarios: Lightning-Storm222, okashira janet, daniela-rk, gabyhyatt y Zebrraaa.
Besos:
Cleoru
