Saludos a todos.
Con prontitud he vuelto. Si podía, ¿para qué hacerlos esperar? No me lo habría perdonado. Pronto las cosas se tornarán más lentas, pero espero cumplir como ustedes mereces, porque son los lectores los que mantienen viva la historia y créanme, sin ustedes yo no estaría aquí, no tendría razón de ser nada de esto. Gracias una vez más por todo y por tanto.
Antes de dejarlos con el siguiente capítulo, quiero agradecer encarecidamente a Arokham (me has emocionado mucho con tus palabras, gracias a ti por la oportunidad que me das), J.K. SALVATORI (ha sido un dedazo que no volverá a ocurrir, estaré más atento, gracias una vez más por tu lectura y corrección), Jakobs-Snipper (además Paul es un cobarde, imagina cómo le costaría, jejeje, saludos compatriota), Sam the Stormbringer (a Paul siempre quieren darle y no afecto, jejeje, es su sino, también imaginaba que era tu firma, por eso quise responderte con la mía, eso viene de una canción, jajaja), Dope (hermano, gracias una vez más por todo, tranquilo, espero responder a todo con la debida calma), Sir Crocodile222 (como siempre tus palabras son agrado y un impulso, gracias de corazón por tu apoyo), LeonardoZac (en verdad te daría un abrazo si no fuera por la distancia, puedo decirte que el cómo se hicieron amigos es algo que tengo pensado mencionar en algún momento), The Chronicler Fox y Coleccionista de fics por su apoyo. Por ustedes, esto seguirá.
Y sin nada más que agregar (Nickelodeon... tan cerca del abismo siempre), los invito a la lectura. Bienvenidos.
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A Luna se le veía de tanto en tanto en Royal Woods.
Contrario a lo que se pudiera pensar, distaba de ser alguien que olvidara sus raíces. Convenientemente, los periodistas de espectáculo parecían compartir el mismo recuerdo, condicionando en gran medida su actuar.
A diario extrañaba la casa que viera sus primeros dieciocho años y por tanto, también su crecimiento artístico, el germen que terminó de catapultar una carrera que no hacía sino ascender día tras día.
Al igual que el resto de los integrantes de la banda, hallaba sus raíces en esa ciudad y de tanto en tanto resultaba agradable volver, por mucho que los disfraces fueran necesarios. Quería creer que el espacio entre una y otra visita las dotaba de cierto sabor que las hacía únicas en sí mismas. Una mejor explicación que la nostalgia que amenazaba con enloquecerla.
Amaba lo que hacía. La mayor parte del tiempo. La rutina destruirá lo que amas, tarde o temprano lo odiarás. No quería creer cuán acertadas podían ser esas palabras a esas alturas. Temía mirarse al espejo un día descubrir que las mismas reflejaban mejor su realidad que cualquier otra cosa.
Porque seguía siendo un camino escarpado y no podía forzar a nadie a acompañarla. Lo entendía, mas no por eso resultaba menos doloroso. Más si cuanto pudiera amar estaba ahí, en Royal Woods. E inevitable le resultaba temer al día en que la espera llegara a su fin y fuera demasiado tarde para cualquier cosa.
Los vacíos en su agenda, sin embargo, parecían coincidir con ocasiones… peculiares por decir lo menos.
El día que viera a Lynn durmiendo en la antigua habitación de su hermano con uno de sus polos puestos… puede que alguna alarma hiciera saltar. Puede que reavivara un tanto su curiosidad, ahogándola la comprensión del momento. Al fin y al cabo, todas extrañaban al muchacho y temían por su bienestar. Todos conocían la cercanía existente entre Lincoln y Lynn. Dos años de diferencia… ¿Qué más se podía esperar?
Incluso habiendo pasado la barrera de los dieciocho, ¿qué más se podía esperar?
El día que se enteró de todo, no obstante…
Aquello ya caía en otro canasto.
Pasados los años se sentiría una exagerada, mas el futuro, próximo o lejano, no tuvo cabida en su cabeza. Requirió de todas sus neuronas para asimilar la noticia. De todas sus tripas y de una cuota de fuerza de voluntad que desconocía.
Por supuesto que no los rechazó. Pero tampoco los recibió con los brazos abiertos. No de inmediato. Al fin y al cabo, iba a tardar un lapso bastante próximo a una respetable eternidad terminar de comprender… de aceptar que su hermano y su hermana acababan de… que llevaban un tiempo…
Cielo santo.
Incluso después de tanto tiempo, si pensaba demasiado en el asunto, no tenía problemas en revivir las viscerales emociones iniciales.
Y aquello no le hacía ningún bien.
Como no le hizo ningún bien a la puerta de su novio el ser abierta casi de una patada ese mismo día, arrancándola casi de sus goznes y obligándolo a incorporarse a la velocidad necesaria para que todos sus músculos protestaran con fuerza.
Incluso ahí mismo, ser consciente de cuánto lo había extrañado no le ayudó. Hacía bastante de la última vez que lo viera acomodado en ese asiento, por mucho que algunas cosas embaladas hicieran la diferencia. De haber sido otro momento, incluso habría saltado sobre… no, también ella conocía la compostura y en ese mismo segundo, la misma parecía exigir a gritos una explicación.
Misma demanda que pareció detectar el psicólogo, siendo la primera vez en años que se decidía a recibirla de pie con una expresión perpleja que no le quedaba.
–Luna, qué…
Antes de decir o hacer nada más, la rockera levantó una mano indicándole que se detuviera, ayudando de pasada a Siderakis a comprender cuán serio era el asunto que la había llevado hasta allí. Después de todo, no era como que el enfado la llevara en otras ocasiones a… poner distancia. Lo ideal siempre había sido, para ella, dejar marca de su molestia. Encantadora, qué duda cabía. Pero esa vez…
El psicólogo estaba lo bastante… tenso para tragar saliva y temer el paso de la misma hubiese sido oído por la recién llegada.
A Luna le tomó lo suyo. Un par de bocanadas. Una o dos para encontrar las palabras y la forma de articularlas.
–¿Lo sabías?
–¿Disculpa? –Pero algo en su cara lo indujo a deducirlo. Poco y nada podía saber salvo…
–Lincoln… Lincoln y Lynn… ellos… ellos…
–¿Qué? ¿Qué pasa?
–¿Lo sabías? ¿Sí o no?
Por supuesto que no cabían demasiadas alternativas.
Al psicólogo casi le causó gracia. Hacía lo suyo, pero con bastante claridad recordaba la última vez que oyera una pregunta similar. Esa antológica ruptura, la última de la que tenía registro, lo cual era ya bastante decir considerando el deplorable estado de su memoria tras el accidente que por poco se lo llevara al otro patio. Por mucho que ruptura fuera una elegante forma de decir que se había largado, viniendo después…
Así que sí. Nada bueno podía augurar semejante cuestionamiento o sus símiles. Así que…
–Sí.
La rockera pareció pensárselo mejor. Y es que Siderakis pudo ver el fantasma de la trayectoria de la cachetada antes de diluirse la idea en la mente de la chica. Casi se sintió capaz de trazar los contornos del arrepentimiento posterior. Antes de quedarse con las ganas y verla voltear mientras se llevaba las manos a la cabeza.
Y es que bastante bien se lo estaba tomando. Dado el caso…
–Y no… no me lo pudiste decir.
–No lo dirás en serio.
Tuvo que voltear para ver la cara ya imaginada del psicólogo. Supo a qué se refería. Su última gran discusión había sido precisamente a causa de un reclamo similar. Y no hacía mucho de la decisión de limar asperezas, de manera que los pies de plomo eran un requisito esencial si querían salir en una pieza de todo eso.
–Incluso conmigo… incluso con mi familia, Paul… ¿Siempre tienes que ser psicólogo?
–¿Crees que me habría enterado de no serlo? ¿Que habrían considerado decírmelo de no serlo?
Tomó aire. Admirable rasgo, se dijo Siderakis, los pulmones de los Loud. Lo único que admiraba de ellos, en realidad. Luna sabía que tenía razón, pero seguía siendo Luna Loud. No lo iba a dejar pasar así como así, por mucho que el siguiente reproche fuera más absurdo que otra cosa.
–¿No pudiste hacer nada para impedirlo?
Básicamente…
–¿Así como hice cuando te dije que no debíamos estar juntos?
A pesar de que la rabia era evidente, el enrojecimiento podía tener otras causas. Ninguna de ellas lo iba a salvar del mal momento.
–¡Sabes que no es lo mismo!
–Ambos son ilegales, incluso las penas…
–¡Paul!
–¡Pues qué demonios querías que hiciera, Luna!
–¡Hacerlos entrar en razón tal vez! ¡Convencerlos de que es una locura que…!
–Tuvieron más de dieciocho años para convencerse de que era una locura.
–Pero…
–Más de dieciocho malditos años, Luna, ¿qué puede hacer nadie contra eso?
Se vio Luna a sí misma en el reflejo de la ventana más próxima, boqueando una respuesta que no llegó antes de dejar caer los brazos y alejarse un poco. Y aunque hubiera sido un año o seis meses, pensaba Paul… pero eso no tenía por qué saberlo ella. Cuanto más grande el número, más sólida parecía ser la certeza. Una de las pocas cosas que se sentía capaz de sacar en limpio después de… después de tanto, carajo…
–Mis padres… las chicas… todos se volverán locos cuando se enteren.
–¿Y tú?
–¿Disculpa?
Buscó la aludida en el rostro de su novio… después de tanto volvía a ser… buscó en su rostro algún rastro que delatara la jugarreta. Lo conocía, no sería difícil detectarlo. Y sin embargo, ahí estaba. Pocas veces recordaba haberlo visto tan serio. Entre ellas figuraban la vez que rompiera un vaso con la mano… no, aquello parecía más desesperación que seriedad, incluso tras pasarlo por el filtro temporal… y la última ruptura, por supuesto, la que todas señales tuvo de ser definitiva hasta que…
–Tú, Luna, ¿qué hay de ti?
Hacía bastante de la última vez que Paul viera a Luna esbozar una sonrisa irónica o en última instancia, que pudiera parecerse tanto a ésa en particular. Un gesto que, jamás creyó, terminó por tranquilizarlo un poco. Casi se permitió él mismo una sonrisa. Casi. Por mucho que la ocasión lo mereciera. Porque tratándose de ella… de cualquier Loud, en realidad, cualquier precaución parecía ser poca y en tanto estuviera en sus manos, no rechazaría cualquier ventaja táctica, por nimia que la misma fuera.
–¿Vas a psicoanalizarme, Paul? ¿En serio?
–¿No te seduje así?
–Yo te seduje primero y lo sabes.
Si Paul le dio la razón o con eso pareció darse por satisfecho, no lo supo. Al fin y al cabo, bastante tenía ya con haber roto buena parte del hielo que los separaba. Con algo de suerte, terminaría el día con todos los huesos en su sitio y sin cicatrices nuevas que añadir a la respetable colección de la que tan orgulloso se sentía de disimular.
Y así pareció entenderlo Luna, quien poco y nada tardó en dejarse caer sobre el diván al tiempo que su anfitrión acercaba una silla y se sentaba junto a ella. De haber sido otro el momento, casi habría disfrutado el momento de intimidad que conformaban los ásperos dedos del psicólogo deslizándose casi con ternura sobre el corto cabello de la rockera. Costaba creer que alguien así pudiera decir… decir o hacer… o ser…
–¿Qué debo hacer, Paul?
–No lo dices en serio, ¿o sí?
–Paul…
–¿Cuándo fue la última vez que tomaste en serio un consejo mío?
A regañadientes se obligó la muchacha a girar la cabeza en dirección a la pared, en un vano esfuerzo de disimular la culpabilidad que la asaltara tan oportunamente. La última vez… habría sido más sencillo preguntarle por la fecha de nacimiento de Abraham Lincoln, estaba segura de que ésa sí la recordaba mejor, pero eso…
–Paul, no sé… no sé qué hacer.
–¿En serio no lo viste venir? –Imposible le resultó mantener la posición defensiva ante semejante comentario del psicólogo.
–¿Hablas en serio?
–Quiero decir… once hijos, tanta intimidad… ¿No parecía probable que en algún momento…?
Cualquier idea se vio disuelta en la garganta del psicólogo al momento de enfrentar la mirada que le dedicara Luna ante lo insinuado. Una fría corriente recorriendo su espina dorsal de punta a punta. Fría y eléctrica. Un hormigueo punzante. Qué bonita forma de recuperar la sensibilidad.
–De acuerdo, es sólo…
–¿Es normal que quiera vomitar por momentos? –Tras decirlo, la muchacha fue incapaz de contener el avance de una nueva oleada de culpabilidad–. No me malentiendas, imagino que es difícil… para ellos, quiero decir, algo así, pero sigue siendo… sigue siendo…
–Asqueroso, sí, en más de un sentido y más si te dedicas a darle demasiadas vueltas al tema, es encantador –dicho así sonaba crudo, casi ofensivo, pero más terrible le resultó a Luna que se ajustara en gran medida al sentir inicial. El mismo que la llevó a buscar refugio en esa consulta. En sus ignorados consejos.
–¿Eso me convierte…?
–¿En una mala hermana? Por Dios… ¿Cómo carajos crees que reaccioné cuando me enteré?
–Supongo que… ahora que lo dices… no mejor que yo, ¿verdad?
–Si el ejercicio de la profesión dependiera de la firmeza del estómago… te aseguro que ahora mismo estaría trabajando en otra cosa.
–Suponiendo que alguien tenga las agallas para contratarte…
–Gracias por el apoyo, princesa.
Supo que él había visto su sonrisa a pesar de los esfuerzos por aparentar lo contrario tras el breve vistazo a la mueca seria que parecía a punto de quebrarse. Ahí seguía su mano, distrayéndola… no, aliviándola de la carga que era incapaz de olvidar. Tenía razón. Darle demasiadas vueltas al asunto no ayudaría a su cabeza o a su estómago. Pero qué otra cosa iba a hacer si no…
–No lo puedo creer, Paul…
–Tomará tiempo.
–Es decir… ¡En serio! ¡Míralos!
–Bastante los vi…
–Es decir… no puedo… no entiendo cómo…
–A veces… tratándose de esta clase de asuntos… créeme que lo peor que puedes hacer es intentar entenderlo.
–Pero Paul, no puede ser… no puede ser que…
–¿Vas a creer por una jodida vez lo que te diga? –Y a pesar de la brusquedad de sus palabras, el psicólogo se permitió una sonrisa, mezcla irónica y melancólica–. Llevo más de treinta años intentando entender qué llevó a dos primos hermanos a dejarse llevar una noche sin mediar las consecuencias, así que tú no vas a tener más éxito con tus hermanos… salvando todas las diferencias por supuesto.
Aunque la mayor parte del tiempo diera la impresión contraria, Luna hacía bastante que había desechado toda creencia relacionada con el azar tratándose de su relación con el psicólogo. Sus razones encerraban semejante ejemplo. Palabras aleatorias… pero cuánto había tenido que pasar para caer en la cuenta de lo poco que lo conocía más allá de lo que le permitía.
Y aun así… más de treinta años intentando entender…
–Lo estarás pensando ahora, no creo que te moleste intentar descubrirlo, ¿o sí? –La sola sugerencia logró que Luna dejara escapar una risita.
–¿Sabes lo que pienso? ¿Desde cuándo te has vuelto experto en mujeres?
–Con ser experto en ti voy servido, gracias.
–Mira si serás…
–No vas a cambiar nada, Luna, dudo incluso que ésa fuera tu intención desde el principio.
–Paul, ellos…
–Dejaron de ser los hermanos menores que tenías que proteger de alguna manera… suponiendo que te tomaras semejante molestia, claro…
–¡Qué demonios quisiste decir!
–Ellos saben mejor que nadie que están metidos en un lío de dimensiones épicas, ¿por qué más te lo iban a decir?
–No… no entiendo qué…
–Fue un riesgo enorme, acéptalo, ¿cuántas probabilidades hay de que le digas algo al resto de tu familia?
No fue sino hasta que el psicólogo pronunció esas palabras que Luna terminó de ser consciente de la posibilidad… y la misma bastó para deslizar una dolorosa corriente desde su nuca hasta la punta de los pies. Lo que dirían las chicas… sus padres… todos… Dios…
–Pero… Paul… yo…
–Tú mantendrás la boca cerrada y los apoyarás.
–¿Y qué te hace pensar que haré eso?
–Que ellos esperan que lo hagas.
–Cómo…
–Están solos, Luna, solos contra el mundo, desesperados de apoyo y en ti esperan encontrar…
–¿Y tú? ¿Estás pintado?
–La mayor parte del tiempo, pregúntale a tu familia.
–Siempre eres tan…
–No vas a comparar a un aparecido con una hermana, ¿o sí? –Ante la pausa, la mano de Paul se deslizó hasta la mejilla de la rockera, trazando el contorno delineado por sus pecas, ésas en las que solía detenerse de tanto en tanto, creyéndose tal vez capaz de contarlas–. Lo ibas a hacer de todos modos, pero… ¿Era necesario que te dijera que no era una estupidez pensarlo?
Incluso tan lejos de ese momento, meses… ¿Un par de años ya? Incluso habiendo pasado tanto de eso, Luna seguía siendo incapaz de reprimir la sonrisa culposa que brotó de sus labios al contacto de los dedos de Paul, mismo que desde su asiento le dedicó una sonrisa burlona. Era todo lo que necesitaba.
Porque el muy cabrón tenía razón. Lo habría hecho de todos modos. Sólo necesitaba el impulso decisivo para confirmar el apoyo que se materializó en la humilde boda simbólica que el mismo psicólogo presidiera apretando los dientes y mirando al cielo esperando la llegada de un rayo o cualquier otro fenómeno meteorológico que lo partiera en las partes necesarias para resultar irreconocible para el mundo.
Una humilde boda con apenas dos invitados. Sin contar al improvisado juez y a los novios. Una ceremonia mil veces más significativa que la de Lori, ya que estaba con los matrimonios en crisis…
Luna se obligó a parpadear para terminar de regresar a esa puerta y a la llave a medio camino de introducir en la cerradura.
La llave… maldita sea…
¿Por qué, cada vez que regresaba, debía lamentarlo de alguna manera?
Daba igual que no fuera la primera vez. Que en teoría, se tratara de un destino más… seguro… ah, por favor, ¿qué sitio podía ser seguro con una amenaza nuclear a tan pocos kilómetros? Independiente de que año tras año… daba igual. Él estaría ahí y poco podía importar el antes frente al después.
Pero no era la primera vez. Seguía siendo un trabajo al fin y al cabo. Seguía siendo una elección, más o menos cuestionable pero elección al fin.
Mas la familia jamás se acostumbraría a dejar ir a un integrante. Sin importar de cuántos hijos pudiera tratarse. Sin importar cuántas veces pudieran pasar por el mismo proceso. Ni siquiera la distancia haría la diferencia. La increíble influencia que puede tener un lazo de sangre.
Un lazo sólido, quiero decir. La sangre se puede diluir. Como lágrimas en la lluvia.
Padre mío, fumador empedernido…
Tuvo la rockera que apretar con fuerza la llave a medio camino. La frialdad del metal terminó de devolverla a la realidad. La llave de Lincoln. La llave que el mismo Lincoln le entregara en un breve momento a solas, sabiendo qué quería decir con ese gesto… con esa expresión. Aunque se viera obligado a resumir la situación y su sentir en unos cuantos minutos antes de recibir al resto de la familia que había acudido a despedirlo.
Casi conmovedor. Todos haciendo sus vidas… casi todos y sin embargo, sabían hacer un espacio en sus agendas para despedirlo, por mucho que él insistiera en que no era necesario. Como fuera, todos hicieron oídos sordos a esa recomendación…
Bueno, casi todos.
La verdad sea dicha, a nadie le sorprendió no ver a Lynn en la despedida. Ni siquiera a la rockera. Incluso sin haber conocido los verdaderos motivos… dudaba que pudiera pasar de la molestia inicial. Valiéndose de la excusa que fuera, todos… casi todos en realidad asumirían que seguiría manteniendo su firme oposición a cualquier decisión bélica de Lincoln, aunque fuera en ausencia, aunque le doliera como muchos creían imaginar.
Aunque nadie se había acercado a su sentir ni un poco.
Nadie excepto Luna Loud.
La misma Luna Loud que llegó al apartamento ya sólo de Lynn después de la despedida. La misma Luna Loud que sólo tuvo que usar la copia de la llave que alguien… digamos… alguien con el cabello de una escasa tonalidad blanca le entregó, encargándole que le devolviera esa misma copia a Lynn a sabiendas de que él, con toda su formación militar, sería incapaz hacerlo.
Así que Luna se dejó caer. Y ni falta hizo que diera explicaciones al portero, sólo se dejó caer. Algo de peso tendrá su apellido. Se dejó caer y abrió la puerta como si tal cosa. Después de desoír por enésima vez el consejo de Siderakis y darle demasiadas vueltas al asunto.
Por supuesto que le resultó extraño considerando las visitas previas. Un par de golpes y al instante salía el querido Lincoln a recibirla. Así que sí, iba a notarse la diferencia. La dolorosa diferencia. No es como que a ella le agradara la vocación castrense del copito de nieve con patas que tenía por hermano desde que la memoria le era fiel, pero a diferencia de Lynn, sabía… en realidad ni siquiera estaba segura de si respetaba la decisión. Probablemente sólo no le afectaba tanto.
Por supuesto que si se comparaba con Lynn… a cualquier otro, quien fuera, no le habría importado tanto.
Conociendo a su deportista hermana, que acababa de fichar hacía poco por uno de los equipos más importantes de la liga estatal, si no estaba entrenando… pues algo estaría haciendo. Por su propio bien.
Y si la había puesto al tanto Lincoln o no de la situación antes de largarse… ¿Qué importancia podía tener aquello? Se enteraría de todos modos.
Si esperaba encontrar el apartamento convertido en un campo de batalla…
Bueno, Lynn en solitario o en equipo… ¿Qué más podía esperarse? ¿Madurez con el pasar de los años?
Y ya de paso, ¿qué tal si erradicamos el racismo del país?
Tal vez no era demasiado pedir. Después de todo, hacía ya un par de días que Lincoln había abandonado el lugar. Seguía percibiéndose su presencia. Más la del fantasma víctima de una muerte violenta. No se puede decir que firmaran una capitulación pacífica a juzgar por el estado de los cojines del sillón.
Así las cosas…
Encontrar a Lynn llorando entre sus cuatro paredes… dentro del estándar, ya había visto a Lynn llorar antes. Por muy ruda que fuera la chica, la… sí, la quinta hija Loud, seguía teniendo su corazoncito escondido entre capas y capaz de dureza y todo lo demás que pueda acarrear la misma. Ya Luna había lidiado antes con tales situaciones.
Encontrar a Lynn hecha un ovillo en un rincón, llorando, teniendo tanto espacio disponible, más en el baño… a pesar de la rareza, seguía… ajustándose al estándar, a pesar del tiempo transcurrido y la lógica separación, por supuesto.
Así y todo, la falta de práctica se hizo notar.
Bastante le tomó a la rockera arrancarla de la tortuosa burbuja en que se hallaba y llevarla al sillón más cercano. Parpadeando más de lo necesario. Porque el recuerdo del que había sido un hogar sorprendentemente feliz seguía ahí, latente, y detenerse demasiado en él…
Daba igual. Así que tenía que ser en tanto diera la impresión de que Lynn se ahogaba en su propio llanto…
Llanto… humedad… agua…
Qué asociación, se burló Luna en su mente, pero bastó para mantenerla ocupada llenando un vaso con agua. Y el segundo. Y el tercero. Y así hasta que el agua potable fue incapaz de ahogar la reserva de lágrimas que parecía aún albergar la deportista.
Es lo normal, se dijo la rockera una y otra vez, en tanto permitía que Lynn llorara todo lo que tuviera que llorar. Sabía armarse de paciencia, mas no estaba segura de que las cosas llegaran a algún sitio de esperar mucho más. Tampoco tenía constancia de la existencia de un tiempo prudente para esas cosas. Recordaba ella misma haber llorado más de una vez tocando una canción tras otra. Llorar hasta quedarse dormida. Llorar hasta sentir la sequedad irritante de los ojos…
Llorar sola. Llorar acompañada. Pero todo tiene un final, se decía. Por mucho que entre el dicho y el hecho…
–Lynn…
Entre sacudidas, encogida y bajo la palma de su mano, su hermana menor no dio mayores señales de oírla. Tal vez ambas manos sobre sus hombros… los dedos cubriendo su rostro… las manos sobre sus manos…
–Lynn…
Fue suave. Fue gentil. Fue un mundo lo que le costó despegar las manos del rostro de su hermana, descubriendo la congestión, el enrojecimiento, la irritación de los ojos que aún tenían lágrimas que derramar. Luna creyó oír el eco de su saliva pasar a través de la garganta más allá de su cuerpo. Cómo mantener la compostura ante semejante contemplación…
–Luna…
Casi hubiera preferido la aludida que guardara silencio. Aquel sonido resultaba tan doloroso de oír…
–No estás sola, hermana, nunca lo has estado.
–Luna… yo…
–Y si necesitas… si necesitas lo que sea… estaré contigo lo que haga falta.
–Luna…
Dios mío, qué…
Lo entendía. Lynn estaba sensible. Qué más podía explicar que los ojos de la deportista se humedecieran más si acaso aquello era posible poco antes de aferrarse a ella con tal fuerza… con tal fuerza que casi sintió que le hacía daño. Mas Luna supo hallar la fuerza de voluntad necesaria para contener un quejido y sostener el cuerpo de la chica tan peligrosamente próximo al abismo.
–Confía en mí, hermana, estoy aquí para lo que sea.
Parecía surtir efecto. Al menos hacía un esfuerzo por contener los sollozos. Las lágrimas ya eran otra cosa. Humedecían su hombro. Intentaba serenarse, encontrar las palabras. Articular un sonido, el que fuera que no guardara relación con el llanto. O con la tos. O la respiración agitada.
–Luna…
–Tranquila hermana, tranquila…
–Yo… yo…
–¿Sí?
–No… no sé… no sé qué hacer…
–Calma, no hace falta que…
Pero la rockera no tardó en ser interrumpida por su hermana quien, haciendo un enorme esfuerzo, logró separarse de ella entre sollozos y accesos de tos. Así y todo, encontró el valor necesario para mirarla a los ojos. Mismos en los que la hermana mayor apreció un miedo como no recordaba jamás haber visto ni experimentado.
Mismo que pareció transmitirle con una facilidad…
–No sé… no sé… cómo…
–¿Cómo qué?
–No sé… cómo decirle… a Lincoln…
–¿Decirle qué?
Quiso encontrar las palabras, pero parecía ser que ese esfuerzo no hizo sino avivar la pena que tardé un poco en identificar más… más con el miedo… con esa alarma que parecía gritarle que acababa de hacer la pregunta correcta en caso de que quisiera arrepentirse después.
Pero ya era tarde. Lo supo cuando Lynn sacó algo del bolsillo de la sudadera. Algo que apretó con tal fuerza que sus nudillos parecían a punto de ceder ante la presión, al igual que el objeto. El mismo objeto que puso en su mano sin dejar de mirarla mientras no dejaba de repetir:
–No sé… cómo decirle… cómo decirle a Lincoln…
Decirle qué, estuvo a punto de decir al tiempo que desviaba la mirada hacia el objeto que había recibido…
Sintiendo Luna cómo las palabras morían en su mente mucho antes de alojarse en cualquier otro lugar. Secándose su garganta. Relacionando el frío de su rostro con la falta de sangre…
Un trozo de intimidad… no, un trozo de plástico… ¿Serían infalibles? Pero qué estaba… ¿Acaso importaba? Al fin y al cabo, la imagen de la prueba de embarazo no podía ser más elocuente. La prueba que presumía con orgullo del par de líneas verticales que sólo…
Positivo.
Positivo. Demonios, demonios, demonios. Positivo.
Resultado positivo.
–Cómo… ¡Cómo se lo digo!
Hacía tanto que Luna no se sentía tan… tan…
Hacía tantos años que no deseaba un trago, el que fuera, con tanta desesperación…
Cómo decírselo…
Qué buena pregunta. Como tantas… tantas otras por responder…
–Qué… ¡Qué fue lo que hicimos mal!
¿Y por dónde empezar a responder?
x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x
Luna odiaba los hospitales.
¿Y quién no? Que no fuera médico o similar.
¿Por qué cada visita a la ciudad que la viera crecer debía traer consigo una catástrofe de mayor o menor envergadura?
Bastante caro había salido desplazarse en taxi, más exigirle al conductor que hiciera la vista gorda de todas las leyes de tránsito disponibles. Fuera la paga o el hecho de llevar en su vehículo a la famosa Luna Loud, vocalista de The Louders… ¿Pero quién le iba a creer semejante historia? Al menos tendría material para alimentar las charlas con futuros pasajeros. Su credibilidad, por otro lado…
Y le habría pedido una foto de haber sido otra la ocasión. Pero no. Saltaba a la vista que la joven cantante no estaba de humor para complacer a un seguidor. Cosa extraña, era de común conocimiento su actitud afable, pero…
Pero carajo, qué más se podía esperar de alguien que te ofrecía cierta suma, a esa hora de la mañana, con tal de que te saltes un par de luces rojas…
Hasta qué punto valía la pena transmitir la versión integral de la historia cuando ya bastaba hablar de una loca carrera a secas contra el reloj y los semáforos…
Incluso de haber sido otras las circunstancias, Luna no habría dudado en vomitar en el arbusto o basurero más cercano tras la serie de giros y temerarias maniobras del conductor, siempre avaladas por ella. Pero claro, seguía rondando en su mente la noticia de la que se había enterado por casualidad.
Si no hubiese sido el televisor encendido a esa hora por obra y gracia de la casualidad… o de Dios, como a Paul le gustaba decir de tanto en tanto, Dios, el campeón del cuestionable sentido del humor… si no hubiese sido por eso, habría sido la llamada de Joe. El amigo abogado que, según Siderakis, le costaría un hipotético pase al Paraíso, suponiendo que sus méritos…
Exagerado. Sólo por ser abogado. Ahí estaba aún en su mente, el llamado de Joe confirmando que sí, sí se trataba de quienes creía, sólo que la periodista parecía tener dificultades para entender lo escrito. Para que lo confundiera con un tal Polo Siderales…
Con algo de suerte lo usaría a futuro. Con algo de suerte, el recuerdo le sacaría una sonrisa. Por mucho que prefiriera llamarlo Sid de tanto en tanto…
–Sid…
Y fue ese nombre el que escapó de sus labios una vez ingresó al hospital y se valió de similar número de giros y maniobras temerarias para dar con él en uno de los pasillos. En algo que bien podía pasar por una sala de espera, el lugar que le indicaron como destino una vez fue capaz de pasar por sobre todos los protocolos dando señas de lo que Paul no habría dudado en calificar como serios problemas de control de ira.
Como si lo hiciera mejor, el muy…
–Sid…
Fue el nombre que escapó de sus labios una vez llegó al destino que ya visualizaba entre giros, esquinas y maniobras. Intentando diluir con el movimiento el desagradable olor a desinfectante y otros medicamentos que, además de contribuir a empeorar el maltrecho estado de su estómago, le devolvían funestos recuerdos de lo que había sido y lo que estuvo a punto de ser…
Tampoco ayudó demasiado a la rockera que quien levantara la mirada al escuchar ese diminutivo luciera de esa manera.
Pero no podía culparlo. ¿Cuánto hacía ya?
En sus recuerdos más recientes, rebosaba de salud. Y dado que ya se podía calificar su estado de deplorable por aquel entonces…
Curvado sobre sí mismo, sentado de cualquier manera y vestido con un mono quirúrgico. Su única mano útil apretaba la mascarilla y el gorro plástico. Fue al levantar la vista que Luna casi se arrepintió de haberlo llamado. Las ojeras parecían casi negras contra la palidez de la piel, resaltando más si acaso era posible el enrojecimiento de los ojos…
Detalle en el que se detuvo. Conteniendo el aliento. Y es que en todos los años que habían compartido, jamás…
Jamás lo había visto llorar.
No se sacudía a causa de los sollozos. Las lágrimas descendían, silenciosas, a través de sus pálidas mejillas. Estaba lo bastante… devastado para ignorarlas junto con el hecho de mostrar, por primera vez, su aspecto más vulnerable.
Ante su llamado, sólo la miró alelado un par de segundos. Parecía costarle trabajo reconocerla. Atinar a levantarse. A extender sus manos y tocarla. Convencerse de que era real. Irónico considerando que a lo largo de aquellas espantosas últimas horas, no había deseado nada con tanta desesperación como tenerla frente a él, incluso si no podía tocarla, si bien se sentía capaz de dar cualquier cosa con tal de…
–Sid…
El tercer llamado consiguió sacudir en parte su conmoción. Desprenderse del olor a desinfectante superado por la metálica esencia que había teñido de rojo las manos de los especialistas…
El rojo de sus manos…
Rojo…
Quédate conmigo… estoy aquí… estaremos aquí… ¡Mírame!
Seguía adherido a su piel… Dios santo, Luna… sí era ella…
¡Levántate!
Estaba adherido. Al asiento y a sí mismo. Sus extremidades no le respondían. Su natural buen juicio… sí, claro, ¿le había respondido alguna vez?
¡Volverá! ¡Te lo juro!
Las voces… las malditas voces… no, la voz. Su voz. Su voz gritando. Gritando en dos planos diferentes. Dios santo, la historia… la maldita historia… y su voz…
–Sid…
Junto con el cuarto llamado, la vio arrodillada frente a él. Con sus manos sobre las suyas. Buscando con desesperación alguna señal de vida. Ya tenía bastante. Pobrecita. Necesitaba… ansiaba… no, no podía permitirse ceder ante la desesperación que llevaba domando desde el día anterior… desde el grito que lo despertara… desde sus propios gritos…
Estaba frente a él… estaba esperando algo… lo esperaba…
La sangre…
Dios santo…
–Es…
–Tranquilo…
–Es… niño.
–¿Qué?
–Es… es un niño, Luna –intentó esbozar una sonrisa, un gesto. Cualquier cosa. Cualquier cosa servía, carajo. Pero todo cuanto sintió fue el derrumbe de la máscara que no sabía que llevaba puesta.
–Qué… qué estás…
–Un niño, Luna, un niño –una palabra más y se largaría a toser. Pero no podía dejarla así. No si con la mirada demandaba más–. Sólo… ahora… ahora mismo…
–Sid…
–Se complicaron las cosas –no, ni cerca de lo que quería decir, pero todo parecía indicar que Luna era capaz de identificar el significado encerrado en el escaso espacio entre líneas.
–Lynn…
–Alto riesgo, Luna, ella… el niño… bueno –y lo supo por la mirada de la rockera. Estaba al tanto. Ambos lo estaban. No esperaban menos. Un gramo de alivio confirmado. Por mucho que la mirada de la joven…
–Está bien, lo… yo lo…
–Perdóname.
Por un segundo, Luna creyó haber oído mal. Incluso haberlo imaginado. No le habría extrañado, hacía bastantes horas de…
Pero estaba ahí. Era él. Desamparado. Vulnerable. Ni el mes que estuvo en coma… nunca lo había visto tan frágil como en ese segundo. Ella misma estaba al borde del colapso, mas algo en la mirada… en el estado del psicólogo la obligó a conservar una pizca de compostura, dejando caer las manos sobre sus hombros en un intento de brindarle el sostén…
Él, tan cabrón… a punto de perderse… pidiendo incluso…
–Paul…
–No sabía… qué más hacer…
–Tranquilo, lo importante es… lo importante es que no la dejaste sola.
–Mierda…
Iba a decir algo más, pero sintió el atasco en la garganta. Bien podían ser las palabras mezcladas con la bilis. No había desayunado. Daba igual. Si acaso tragaba un sorbo de agua, no dudaba que lo devolvería.
El olor adherido… el olor que tanto le había costado desterrar… el olor que volvía… que volvía para quedarse…
La sangre de antes… de entonces…
Buscó su fortaleza. La encontró intentando abrazar a Luna. Sintiendo su frente en su pecho. Sintiendo cómo lo apretaba con fuerza. Había preguntas. Había demandas. Había miedo.
Había sido una estupidez. Creer que estarían preparados.
Un niño… pero el niño y Lynn…
Dios santo.
