Estimadas Lectoras, ahora las dejo con un guiño a Tu Verdugo, espero que les agrade.

Mil agradecimientos a: AngieShields, Edna Black, Atenea92, Marie Malfoy, La Flacu, Tentoushi Tomoe, Luna Black, Arrayan, Meiny Bruja, Beautifly92, Jos Black, Johane Luxer R y Luna Maga.

También a los lectores que me leen desde las sombras.

Saludos cósmicos y gracias por leer.

Mad

La abogada poco seria (y colapsada)

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3.- Innecesarias Tutorías.

Quinto año no podía ser más revoltoso. Con una nueva directora - el mal personificado vestido de algodón de azúcar - una serie de prohibiciones, limitaciones y reglas estúpidas. En el aire se respiraba tensión, represión y descontento, algo que no le agradaba en lo absoluto, pues ¡claro! afectaba su concentración en los estudios, a pesar de que tuviera las mejores calificaciones de su casa, y de casi todo Hogwarts, si no fuera por Hermione Granger, su eterna rival en el área.

Pero lo que terminó por colmar la paciencia de Alexander Bleu, fue la arbitraria decisión del profesor Flitwick de que los alumnos de su casa ad portas a los TIMOs debían someterse a tutorías de un grupo seleccionado de alumnos - los cuales no necesariamente eran todos Ravenclaw – para hacerse una idea de lo que se les vendría encima.

A pesar de que él reclamó, pataleó y vociferó – apelando a su excelencia académica - no pudo escapar a esa absurda obligación, teniendo que asistir a una tutoría en la biblioteca con Katie Bell, a la cual sólo conocía de lejos por ser parte del equipo de Quidditch de Gryffindor.

Cuando la divisó aquella tarde, volcó toda su rabia en ella, y la saludó fríamente, para luego tratar de demostrarle con sus amplios conocimientos que no lo necesitaba, que era lo suficientemente listo como para necesitar la ayuda de alguien, y que podía irse devolviendo por dónde venía...

- Eres demasiado inteligente, niñito – suspiró rendida después de largos treinta minutos de estudiar pociones – Tú deberías hacerme la tutoría.

- Ya lo sé – contestó el Ravenclaw ceñudo, fulminándola con la mirada – Y no soy un niñito.

- ¿Ah si? – inquirió ella con una sonrisita pícara – Yo diría que sí lo eres. Que tengas una mente privilegiada no quiere decir que te conviertas automáticamente en un hombre.

- Tengo quince – replicó ofendido Alex.

- ¿Y eso qué? – repuso Katie alzando una ceja – Puedes tener cuarenta años y seguir siendo tan sólo un niñito... dime, Alexander, ¿Quieres dejar de serlo? No me molestaría ayudarte, a decir verdad, me pareces bastante atractivo para tu edad.

- No tengo idea de qué me estás hablando – contestó confundido – Así que, con permiso.

Alexander comenzó a arreglar sus libros con rabia en el bolso. ¿Quién se creía que era? ¡Claro que no era un niñito! Y no tenía que demostrárselo a nadie. Menos a ella. ¡sólo tenía un año más que él!, pensaba mientras lo hacía, sin embargo, cuando se iba a levantar de su asiento, Katie lo detuvo por la muñeca, acercándolo a ella peligrosamente.

- ¿Quieres que te convierta en un hombre? – sugirió con voz seductora, mordiéndole con delicadeza el lóbulo, paralizándolo de frentón con su insinuación.

Alexander se había petrificado. Jamás había tenido esa clase de acercamiento con ninguna chica, y menos se había visto abordado tan arrolladoramente, sin risitas nerviosas o indirectas absurdas. Por primera vez, el muchacho se había quedado sin habla ni razón... no tenía idea que hacer ni como reaccionar. Estaba desarmado, tanto como si anduviera en pelotas.

El sonido de unos libros estrellarse contra su mesa obraron de campana salvadora y los separó bruscamente. Katie con aire enojado, y por su parte, Alexander, tan colorado como un tomate. La causante del golpe no era nadie más ni nadie menos que Pansy Parkinson en persona, quien, con las manos en jarra, una a cada lado de la cadera, se estaba empeñando en asesinarlos con la mirada, luciendo su brillante y lustrada insigna de la brigada inquisitorial.

- Están detenidos – soltó la pelinegra en un siseo peligroso – Han quebrantado la regla del decreto educacional número treinta y uno, es decir, los alumnos de distinto sexo no podrán acercarse más de veinte centímetros entre sí. Cumplirán el castigo que le imponga la suma inquisidora cuando le informe de esta irregular situación.

- ¡Si que eres hipócrita, Parkinson! - reclamó Katie - ¿Cuando has cumplido tú ese decreto? ¿Ah?

- Eso no es tu problema, Bell. Además, yo soy más inteligente y no ando besuqueándome en lugares públicos.

- No nos estabamos besuqueando – puntualizó Alexander, volviendo los pies a la tierra – Nosotros no...

- ¡Tú cállate! ¡No estoy hablando contigo! – espetó Pansy, roja de furia – Nunca pensé que el cerebrito de Ravenclaw, el señor perfecto, distante y caballeroso, no fuera más que una vil mentira. Pura aparencia, ¡una pantalla para ocultar a un pervertido!

- ¡Oye! ¿Cómo que pervertido? - reclamó él ceñudo – Te estoy diciendo que no...

- Déjala, cariño – interrumpió Katie, colgándose del brazo del muchacho, mientras hundía una de sus manos en su cabello para acariciarlo – Al parecer, está celosa de que estés rompiendo las reglas conmigo y no con ella.

La integrante de la brigada inquisitorial abrió los ojos desorbitadamente, para luego entrecerrarlos con odio, mientras sus mejillas adquirían un color carmesí. Parecía que en cualquier momento expediría humo por las orejas, o echaría fuego por la boca, o se convertiría en basilisco... o todas las cosas a la vez.

- ¡No estoy celosa! - chilló la Sly - ¡Y ustedes están detenidos! ¡He dicho!

Y como un huracán desbocado, Pansy giró sobre sus talones y comenzó a caminar a la salida, empuñándo férreamente ambas manos, mascullando cosas inteligibles que nadie más que ella podía entender. Estaba furiosa, ¡Más que furiosa! Estaba indignada, y ni siquiera era capaz de entender porqué. Simplemente necesitaba huir de esa escena, o terminaría por matar a ese estúpido Ravenclaw con sus propias manos, ganándose con apenas quince años un ticket sin retorno a Azkaban.

Los dos increpados se quedaron clavados en su sitio, mirando como desaparecía la Slytherin como si el diablo se la llevara...

- ¿Dónde nos habíamos quedado? - le susurró de pronto Katie, sin embargo, se vió empujada a un lado con delicadeza y determinación a la vez.

- No vuelvas a tocarme.

Alexander tomó sus cosas y salió de la biblioteca a paso apresurado, tratándo de encontrar a la muchacha que hace poco había escapado como si el mismísimo Voldemort la estuviera persiguiendo. Tenía que alcanzarla y aclarar las cosas, porque primero, ¡no había hecho nada! Y segundo, ¡no podía dejar que esa detención arruinara su impecable expediente escolar! no dejaría que sus esfuerzos se fueran por el retrete.

- ¡Hey, Parkinson! - gritó cuando la divisó, pero ella no detuvo su andar, por lo que tuvo que correr para alcanzarla - ¡Parkinson, espera!

Cuando la alcanzó, la agarró del antebrazo para deternerla, y ella no luchó contra eso, simplemente se quedó ahí, parada sin mostrarle su rostro, sin fuerzas para seguir peleando.

- Oye, de verdad, es completamente injusto que me impongas un castigo cuando yo jamás... ¿estás llorando? - preguntó al escuchar un pequeño gimoteo proveniente de la pelinegra, y notar el movimiento ascendente y descendente de sus hombros que lo comprobaba - Estás llorando... ¿por qué? - insistió, girándola para poder observarla.

- Eso no te interesa, idiota – escupió Pansy molesta, secándose los rastros de lágrimas con la manga de la túnica - No te hagas el preocupado ni el caballero andante. Mejor anda a terminar lo que ibas a hacer con la zorra de Bell, haz que el castigo que te vayan a dar valga la pena al menos.

- ¡Pero si yo no iba a hacer nada! - reclamó Alex por enésima vez– Además, si lo hiciera, ¿que te importa?

La pelinegra se removió incómoda y desvió la mirada, cruzándose de brazos en una posición defensiva. Alexander tuvo que esperar un buen tiempo para que ella se dignara a contestar, mas cuando lo hizo, su respuesta no logró satisfacerlo.

- Nada. No me importa nada. Haz lo que gustes, no me importas.

- Pues no lo demuestras – refutó él, tomando su mentón para obligarla a mirarlo - Dime, Parkinson, ¿qué es lo que te perturba? ¿qué es lo que de verdad te molesta? Desde que te conozco, sólo has tenido para mí miradas despectivas y comentarios sarcásticos. Me fastidias con estúpidos sobrenombres a pesar de que no te he hecho daño como para merecerlos. Así que aprovechando este instante, quiero que me respondas aquí y ahora. ¿Que diablos te pasa conmigo?

- ¿Quieres saber que me pasa? - preguntó ella súbitamente enojada, quitándole la mano del mentón de una palmada - ¿De verdad lo quieres saber? ¿Ah? ¿Quieres? ¿Quieres?

- Pues claro, por algo te pregun...

La frase quedó atascada en su garganta cuando la muchacha se puso de puntillas y, colocándo sus brazos por detrás de su cuello, atrapó sus labios con los propios, en un beso fugaz, casi un breve roce, que sin embargo, le movió todo el piso, las entrañas y el corazón al siempre racional Alexander Bleu.

- Me gustas – confesó colorada, a la vez que lo soltaba y salía arrancando de ahí con una velocidad impresionante.

Alexander la vio correr por el pasillo atónito, incapaz de moverse para seguirla, mientras se llevaba instintivamente la mano a los labios. Después de todo, la tutoría no fue tan innecesaria pensó para sus adentros, tratándo de reprimir la boba sonrisa que se comenzaba a formar en su rostro...

… Pues ahora comprendía porqué le molestaba tanto la antipatía de esa escurridiza Slytherin. Y era precisamente porque - aunque suene masoquista – ella había conseguido robarle el corazón con su indiferencia... y resultó ser que se comportaba así porque le correspondía. Ironías de la vida. Bah.

Mujeres, sentenció rodando los ojos, empezando a pensar, por primera vez desde que entró a Hogwarts, que no sería tan incompatible una novia con los estudios.

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