Capítulo 2: Despedidas, reencuentros y sorpresas

Esa misma tarde, Rosie y Tanya volvieron a sus respectivas casas y Donna y Sam tomaron un vuelo a América esa misma noche. Una vez llegaron, ambos fueron al apartamento de Sam a recoger las cosas y a hablar con sus hijos y con Lorraine para contarles todo. Ya que estaban ahí, también aprovecharon para visitar la ciudad e ir al Empire State, a Time Square, a Central Park, a ver la Estatua de la Libertad y a los bares neoyorkinos, donde bebieron y se divirtieron hasta la madrugada y donde Donna cantó más de una noche animada por Sam. En cuanto volvieron a Grecia los dos se pusieron manos a la obra con la reparación del hotel: arreglaron las grietas, puertas, ventanas y cañerías, compraron muebles nuevos, pintaron todas las paredes, arreglaron y ordenaron la vieja buhardilla –donde encontraron cientos de recuerdos de Sophie, que vieron juntos entre risas y lágrimas mientras Donna le contaba a Sam divertidas anécdotas que hacían más ameno el duro trabajo–. En cuestión de un par de meses, todo el hotel estuvo completamente reformado.

– Parece que esto ya está –dijo Sam abrazando a su mujer por la cintura mientras ambos miraban el hotel desde lejos, orgullosos de todo el esfuerzo tras una larga y dura mañana de trabajo.

Donna suspiró alegre y satisfecha. – No me lo puedo creer –dijo con una gran sonrisa–, después de tantos meses ya está todo acabado.

– ¿Qué te parece si hacemos algo para celebrarlo? –dijo comenzando a besar a su mujer en la mejilla y bajando hasta el cuello.

– ¿No estarás pensando en...?

– ¿Estás de coña? –dijo Sam–. Me encanta hacer el amor contigo, pero después de tres horas seguidas de trabajo no estoy para eso. Yo estaba pensando en llamar a tus amigas para celebrar una fiesta o algo parecido.

– ¿Ahora? –dijo Donna un poco sorprendida.

– Podemos llamarlas ahora si quieres, pero la fiesta sería dentro de un par de días.

– Ah, menos mal, ya me estabas asustando, pensaba que habías llamado a Tanya y Rosie sin mi permiso.

– Bueno, son tus amigas, ¿acaso no te alegrarías de verlas?

– Claro que me alegraría de verlas, pero en este momento lo único que necesito es sentarme un rato con un buen trago.

– Creo que te acompaño, no eres la única que lo necesita. Si quieres podemos tomarnos una copa aquí fuera aprovechar los últimos rayos de sol antes de que empiece la época de lluvias.

– Buena idea, ya es casi otoño, y si montamos una fiesta mejor que sea cuanto antes, ve tú a por el vino, yo voy a llamar a las chicas.

Después de que Donna llamó a Rosie y Tanya bajó al patio a tomarse una copa con Sam mientras descansaban y conversaban tumbados en las hamacas. Los dos hablaron durante horas hasta quedarse dormidos bañados por los tibios rayos de sol de la tarde.

– ¿Ese es el hotel? –dijo Sophie sorprendida mirando a Sky con las maletas en la mano.

– ¿Pero qué le han hecho? Está fantástico –dijo Sky sorprendido.

Sophie echó a correr tan rápido como el peso de las maletas le permitía.

– Hey, espera –dijo Sky corriendo detrás de ella con sus maletas en la mano.

– ¿Mamá? –dijo Sophie al llegar y ver que sus padres estaban durmiendo unas las hamacas en el patio.

– ¿Mm? –dijeron Donna y Sam despertándose–. ¿Sophie? –dijeron incrédulos.

– ¿Es un sueño o estás aquí de verdad? –dijo Donna sin terminar de creerse lo que estaba viendo.

– Estoy aquí de verdad, mamá. He vuelto –dijo Sophie con una gran sonrisa.

– ¡Sophie! –exclamó Sky llegando a donde ella estaba.

– ¡Sophie! –exclamó Donna corriendo hacia su hija, que había soltado las maletas y había comenzado a correr hacia los brazos de su madre–. ¿Pero qué haces aquí? –le preguntó sorprendida después de darle un largo abrazo.

– He vuelto –dijo Sophie con una gran sonrisa y llena de felicidad.

– Hola, señor y señora Carmichael –dijo Sky saludando a Sam y Donna.

– Hola, Sky –dijeron los dos a la vez.

– No sé que le habéis hecho al hotel, pero está mejor que nunca –dijo Sky.

– Gracias –dijo Donna.

– Lo hemos reformado entre los dos –dijo Sam.

– ¿Los dos solos? –dijo impresionada–. Ha debido ser un gran esfuerzo.

– No os hacéis una idea –dijo Donna mirando de reojo a Sam con una sonrisa–. Pero ha merecido la pena. Oye, ¿qué os parece si preparo una cena para celebrar vuestro regreso?

– ¡Genial! –exclamó Sophie–. Voy arriba a dejar las maletas y a darme una ducha y en seguida bajo a ayudarte.

– De eso nada –dijo Donna–, vosotros acabáis de llegar de un largo viaje y necesitáis descansar, así que id a ducharos y poneros ropa cómoda mientras yo preparo la cena. Y en cuando deshagáis las maletas traedme toda la ropa para empezar a lavarla cuanto antes, será mejor tenderla mientras aún haya algo de sol.

– Está bien –rió Sophie–, gracias, mamá –dijo dándole un beso a su madre y entrando en la casa.

– Muchas gracias por todo, Donna, y perdón por las molestias –dijo Sky.

– No es ninguna molestia –dijo Donna quitándole importancia–, yo estoy encantada de teneros en casa.

Cuando estaban entrando al hotel sonó el teléfono.

– ¿Sí? –dijo Donna.

– ¿Qué? ¿Esta tarde? (...) No, no hay ningún problema. (...) Sí, de verdad. (...) No, no te preocupes, no teníamos nada que hacer esta tarde. (...) Sí, de verdad. (...) Sí, estaré allí a las siete, no te preocupes, adiós... –dijo Donna colgando el teléfono y dando un suspiro de agobio.

– ¿Pasa algo?

– Sí –contestó agobiada Donna–. Pasa que Rosie y Tanya llegan a las siete y tengo a penas una hora para preparar una cena para seis e ir a buscar a las chicas al puerto.

– Hey, no te preocupes, yo te ayudaré con la cena y todo saldrá a tiempo –dijo intentando tranquilizarla.

Después de preparar la cena y dejar puesta la lavadora, Donna se dirigió al puerto rápidamente en su vieja furgoneta.

– ¡Donna! –exclamaron Rosie y Tanya emocionadas abrazándola.

– ¡Caray! Estás sudando como un pollo –dijo Tanya–. Ni que hubieras venido corriendo.

– Es que he tenido un día movidito en casa –rió ella.

– ¿Ha pasado algo algo con Sam? –preguntó Rosie algo preocupada.

– No, no, todo va genial entre nosotros, simplemente es que hemos estado muy liados esta tarde.

– Pero tú me dijiste que no tenías planes –dijo Tanya sintiéndose un poco culpable.

– No te preocupes, solo es Sophie.

– ¿Sophie? –preguntaron las dos a la vez.

– Sí, ella y Sky llegaron hace poco más de una hora.

– ¿Por qué no nos dijiste nada? –dijo Tanya.

– ¿Y qué querías que os dijera? Ya estabais en camino. Además, estoy encantada de teneros aquí conmigo –dijo Donna.

– ¿Y sabes qué es lo mejor? –dijo Tanya en tono juguetón–. Que he traído esto para después de la cena –dijo enseñándole a las chicas una botella.

– ¿Piensas emborracharte? –le preguntó Donna.

– Solo hasta ponerme a tono, nena, porque esta noche Donna y las Dynamos cantaremos y bailaremos hasta caer rendidas.

– Si te bebes todo eso caerás rendida literalmente –dijo Rosie.

– No creo que sea la única –dijo Donna para sí misma.

– ¿Qué has dicho? –preguntó Tanya sin entender lo que había dicho.

– Nada, solo estaba pensando –rió–. Vamos, subid al coche, tengo la sensación de que esta va a ser una noche larga, y tengo ganas de empezarla cuanto antes –dijo Donna en tono de tener ganas de fiesta.