Capítulo Original: s/8892452/3/The-Waiting
Aquí veremos los hechos desde el punto de vista de Sebastian.
Hace dos meses.
Sebastian estaba en su casa, sentado en el escritorio tratando de concentrarse en su tarea. Realmente lo estaba intentando pero estaba fallando miserablemente. Se había estado sintiendo cansado últimamente, y sin importar la cantidad de horas que durmiera, se despertaba sintiéndose como si no hubiese dormido lo suficiente.
En este momento, sin embargo, se sentía absolutamente exhausto. Sabía que no debería haber ido a la fiesta en casa de Jason la noche anterior. Se reía de sí mismo, no debería haberse escapado esa noche, pero sus padres estaban fuera de la ciudad y bueno, no pudo resistirse.
Había tomado unas cervezas, pero no se había emborrachado, así que no tenía idea de porque tenía esa terrible resaca. Todo el día había luchado para mantenerse despierto durante las clases, así que cuando finalmente llegó a su casa, tomó una siesta antes de empezar con su tarea. Al menos era jueves, y estaba esperando con ansias el fin de semana.
Continúo sintiéndose cansado la semana siguiente, pero supuso que era por el estrés que le provocaba la escuela. Estaba harto de todo, últimamente, incluso los ensayos de los Warblers lograban irritarlo. Hunter era demasiado exigente con respecto a ganar las Regionales, e insistía en tener los ensayos todos los días después de la escuela, sin importar que faltara 1 mes para la competencia. Las únicas veces que podía librarse de eso era cuando tenía algún juego de lacrosse pero últimamente, incluso eso parecía cansar mucho a Sebastian.
Las prácticas habían sido un infierno últimamente; el entrenador les estaba exigiendo mucho debido al próximo juego. Era el último juego de la temporada, justo antes de las vacaciones de invierno.
Últimamente, Sebastian se quedaba sin respiración durante las prácticas antes de lo debido, y su resistencia se redujo enormemente. Por mucho que tratara, al final de la semana, Sebastian se dio cuenta que no podía mantenerse al mismo nivel que el resto del equipo, no como solía hacerlo. Se suponía que debía estar en la primera línea para el gran juego, pero muy pronto el entrenador había notado su bajo rendimiento y decidió cambiarlo, dejando a Sebastian en el banco durante la mayor parte del partido mientras que otro chico ocupaba su lugar.
Se sentía enojado consigo mismo, pero él estaba seguro de que se estaba enfermando. El clima frío no ayudaba, había estado teniendo dolores de cabeza y estaba un poco resfriado.
"Hazte un favor y ve al médico, Smythe." Le dijo el entrenador mientras que el equipo se estaba dirigiendo hacia las duchas. "Necesito que estés bien cuando regreses de las vacaciones de invierno. Va a venir una gran temporada."
Sebastian solo asintió, sonriendo forzadamente ante el consejo del entrenador; quizás debería ir al médico y ver qué demonios le estaba pasando. El Tylenol no lo ayudaba con los dolores de cabeza muchas veces, y era inusual para él cansarse tan rápido. No se sentía él al 100% y su pierna dolía porque se había golpeado contra otro chico durante el juego.
Una vez que llegó a casa, todo lo que quería hacer era dormir, y eso hizo. Más tarde durante la noche, Sebastian sentía que su pierna seguía doliendo, cuando se quitó los pantalones y miró hacia su muslo pudo ver que se estaba formando un gran moretón. Genial. Eso era lo que necesitaba en su última semana de clases, un gran moretón en su pierna.
Su madre ya le había dicho que fuese a ver a un médico, pero Sebastian quería esperar hasta que las clases terminaran. Tenía que concentrarse en obtener las mejores calificaciones ya que, después de todo, este era su último año y quería estar entre los mejores de su clase.
Sin embargo, Sebastian comenzó a preocuparse cuando el moretón en su pierna se negó a desaparecer cuando los días pasaron. En todo caso, parecía haberse extendido. Se transformó en un manchón azul y violeta, con un poco de rojo y verde desagradable en los bordes. Era horrible de ver, y doloroso al caminar. Él solía tener rasguños y moretones por todo su cuerpo, pero ninguno de los moretones se había visto así de mal. Ni siquiera recordaba haberse golpeado la pierna tan fuerte como para tener un moretón tan grande.
Así que, finalmente, dejó que su madre lo llevara al médico para un chequeo. Hablo con el doctor sobre el cansancio y los dolores de cabeza, y cuando el doctor le pidió que se saque la ropa para la revisión física, se alarmó al ver otros moretones en la espalda y los hombros de Sebastian.
"Juego lacrosse, siempre me lleno de moretones." Dijo Sebastian, pero el médico dijo que necesitaba hacerle exámenes de sangre para ver si era algo serio. Sebastian se hizo exámenes de sangre y rayos X, y un par de días después fueron llamados por los doctores para ir a ver los resultados.
Resultó ser que, el recuento de leucocitos era inusualmente alto, y él sabía que algo estaba mal cuando el médico le dijo que necesitaba hacer una biopsia de su médula ósea inmediatamente.
No le gustaba como sonaba eso en lo absoluto, pero no quería adelantarse y entrar en pánico por el momento. La biopsia fue un poco dolorosa, pero soportable, y les dijeron que regresaran en 3 días para ver los resultados.
Esos fueron los 3 días más largos en la vida de Sebastian. No importara lo cansado que estaba, nunca podía dormir lo suficiente para sentirse descansado, y cada noche se despertaba jadeando y sudando, sintiéndose mojado y helado.
La mañana del 24, él y su madre volvieron a la oficina del médico. Su padre se quedó en la casa, ya que tenía que ir al aeropuerto a recoger a Catherine, la hermana mayor de Sebastian.
El médico había confirmado el diagnostico finalmente, y lo que dijo, sacudió el mundo de Sebastian completamente:
"Leucemia linfoide aguda."
Las palabras pasaron por él, haciendo zumbido en sus oídos y eco en su mente, siendo cada vez más fuerte. Podía ver al médico en el escritorio delante de ellos, hablando y explicándole algo a su madre, pero ya no podía oírlo. Todo lo que Sebastian podía sentir era un fuerte zumbido en sus oídos, un abrumador entumecimiento en su interior y apenas podía sentir la mano de su madre agarrando la suya. Pero todo era distante, tranquilo, apagado como si estuviera bajo el agua.
Leucemia. Se sentía como si fuese un sueño, como una maldita pesadilla, pero de repente, Sebastian era muy consciente de lo real que eso era.
Él tenía cáncer. Él podía morir. ¿Iba a morir?
Seguro que así se sentía. Sebastian podía sentirse temblando, un sudor frío pegándose a su ropa, el miedo extendiéndose en su pecho.
Dejó caer la cabeza en sus manos, doblándose mientras estaba sentado en la silla y respirando profundamente, sintiendo el pánico entrar en él y tratando desesperadamente de no perder la compostura. Apenas podía oír la voz de su madre tranquilizándolo. Sentía los brazos de ella sosteniendo sus hombros, y sus manos haciendo suaves círculos en su espalda. De repente, Sebastian regresó a la realidad, mirándola y perdiendo la compostura completamente. Lágrimas, que ni siquiera había sentido en sus ojos, se esparcieron por su rostro de repente, llorando y sacudiéndose violentamente mientras se abrazaban, madre e hijo inconsolables en los brazos del otro.
"Está bien, vas a estar bien. Te amo, Bastian, todo va a estar bien."
Sebastian se aferró a sus palabras, deseando que sean ciertas. Pero no se sentían como que pudiesen decir alguna verdad. Más de una vez el doctor les explicó el tratamiento involucrado, y los procedimientos que necesitaba hacer para mejorar.
En el momento en que dejaron la clínica, Sebastian se sentía extrañamente entumecido. Todo el llanto le había ayudado a liberar un poco la tensión y el estrés, así que ahora se sentía ligero y libre. Todo a su alrededor parecía diferente, aunque él sabía que el mundo seguía exactamente igual, era él quien había cambiado en el interior drásticamente.
Ese día se suponía que iba a ser un día de celebraciones, comida deliciosa y pasar un buen rato con sus padres y su hermana. Era especial porque ellos nunca tenían esa oportunidad durante el resto del año, pero ahora estaba arruinado. El doctor los pasó al hospital Cleveland, asegurándoles que le podían dar una mejor atención médica a Sebastian para su caso en particular. Debían ir lo más pronto posible para hacer algunas otras pruebas para poder empezar con el tratamiento.
Mientras que su mamá lo llevaba de vuelta a la casa en silencio, Sebastian sabía que esto iba a ser más difícil de lo que jamás hubiese imaginado. No sabía que era peor, la terrible noticia que había recibido, o ver a su madre llorar tanto como lo había hecho en la oficina del médico. Sus sentimientos estaban desdibujados.
Cuando regresaron Sebastian pudo ver el auto de su padre estacionado en la entrada, lo que significaba que ya habían regresado del aeropuerto. Su hermana, Catherine, voló desde New York, en donde asistía a la Universidad, para pasar la Navidad con ellos.
Al segundo en que pasaron por la puerta, las lágrimas volvieron de nuevo. Solo que esta vez Sebastian se sentó en el sofá, sintiéndose extrañamente eliminado de la situación de a su alrededor mientras que su madre explicaba todo lo que el doctor les había dicho. Se sentó en silencio mientras que su hermana le quitaba las lágrimas de sus ojos y su padre lo abrazaba, susurrando palabras tranquilizadoras en su oído. Le decía que no tuviera miedo, que pedirían una segunda opinión, que se asegurarían de que fuese tratado por los mejores doctores que pudiesen encontrar.
Por primera vez en su vida, Sebastin estaba contento de que su padre fuera un hombre fuerte y sereno. Ya no quería llorar más, no cuando sabía que eso no ayudaría en nada, solo lo haría sentirse peor cuando ya se sentía como si estuviese hundido.
Así que sonrió dolorosamente y trató lo mejor de sí para hacerle frente a la situación. Abrazó a su hermana y la escuchó mientras ella le daba ánimo y fe, realmente no querían escucharlo, pero no dijo nada. En su lugar, sonrió a través de sus lágrimas mientras que su hermana lo calmaba lentamente, sus frentes presionadas juntas y las manos de ella agarraban sus mejillas y pasaban por su cabello afectuosamente mientras rezaba por él.
Tarde o temprano, Sebastian pensó, tendría que acostumbrarse a esto.
No podía evitar que su madre llamara a su tía y a su abuela y que se volcara su corazón. O evitar que su padre hablara con su tío, pidiéndole consejos y recomendaciones médicas. Sabía que iban a venir tiempos difíciles y que necesitarían todo el apoyo posible. Simplemente no estaba seguro si eso era lo que quería.
El proceso de darles la noticia a las personas era emocionalmente agotador. Tener a personas rompiéndose delante de él, dándole miradas de lástima o asfixiándolo por la cantidad de atención era algo que Sebastian no estaba seguro de poder manejarlo sin volverse loco. Incluso, aunque solo le dijeron a unos pocos miembros de la familia, muy pronto la noticia se extendió y recibió llamadas y emails, incluso de su familia en Paris.
Al momento en que fueron a la Clínica Cleveland y empezaron con el tratamiento, Sebastian estaba absolutamente seguro de que no quería que nadie más supiera de esto.
Sebastian sabía que se suponía que el tratamiento lo ayudaría a mejorar, pero no se sentía mejor. Primero la punción lumbar, luego el Port-a-Cath en el pecho, y por supuesto, la quimioterapia.
Sin importar cuantas cosas haya leído por internet; nada podía prepararlo para lo que en verdad se sintió después de su primera sesión de quimioterapia. Si pensó que tener un catéter colocado quirúrgicamente en su pecho era incomodo, tener todos esos productos químicos inyectados en su torrente sanguíneo era un millón de veces peor. Se sentía como si estuviese siendo envenenado.
Se sentía más débil que antes, a veces apenas era capaz de levantarse de la cama por su cuenta pero se negaba a usar una silla de ruedas. Todo lo que quería hacer era dormir, excepto que no podía. Más de una vez las nauseas vinieron, apuñalándole el estómago y haciéndole sentir arcadas hasta que no había nada más en él además de lágrimas y desesperación.
Usualmente mejoraba después de unos días, los efectos secundarios de la quimioterapia desaparecían lentamente. Pero justo cuando pensaba que se estaba empezando a sentir normal de nuevo, era momento de hacerlo todo nuevamente. Los productos químicos mataron su sistema inmunológico, y por eso tuvo que quedarse en el hospital por casi 4 semanas. Pasar Año Nuevo en el hospital, sintiéndose enfermo y sin ser capaz de comer o mantenerse despierto por mucho tiempo siquiera, era altamente deprimente para él, pero trataba de no demostrarlo. Su mamá, su papá y su hermana vinieron y pasaron la noche con él, sentados incómodamente en el sofá de su habitación del hospital, tratando de animarlo y de hacerle compañía hasta que se tuvieran que ir.
A la segunda semana del tratamiento, su cabello había empezado a caer lentamente, pero Sebastian no quería raparse hasta que fuese absolutamente necesario. No quería ser calvo; ya era lo suficientemente malo sentirse como la mierda, no quería verse como la mierda también.
Él sabía que estaba siendo terco, incluso infantil. Pero no importa cuando cabello perdiera, él no iba a ceder.
Después de la cuarta semana de estar en el hospital, le permitieron irse a su casa, a pesar de que el tratamiento estaba lejos de terminar. Todavía tenía que ir al hospital cada semana para continuar con la quimioterapia pero al menos estaba aliviado de poder salir de ahí. Extrañaba su casa, su habitación, todo.
Su padre había sido quien lo fue a recoger esa mañana. Llegó un poco más temprano de lo que tenía que haber llegado y Sebastian todavía no había terminado con su sesión de quimioterapia. Una vez que Sebastian finalmente había terminado y dado de alta, y justo antes de que abandonaran la clínica, su papá abrió su maleta y sacó la gorra de Dalton de Sebastian.
Sebastian sonrió y le agradeció por recordarlo; no quería salir sin un gorro puesto, no cuando su cabello estaba tan irregular y extraño. La gorra ocultaría muy bien las partes calvas, y de hecho combinaba con su chaqueta, lo que era un plus. Sebastian se miró en el espejo y sonrió. Seguramente hacía que su rostro pálido se viera mejor cuando sonreía, incluso si realmente no sentía como si tuviera muchas razones para sonreír, en lo absoluto.
Estaba acostumbrado a sentirse cansado ahora, pero eso no significaba que le gustara. Con tan solo caminar desde la sala hasta el estacionamiento se sentía como correr una milla. Sebastian ni siquiera pudo dirigirse hacia el auto. Necesitaba sentarse, así que su papá fue a buscar su auto mientras que Sebastian lo esperaba en los bancos.
Se quedó sentado allí, mirando su teléfono, pasando sin pensar por los emails y los mensajes de texto. Trent y Nick lo habían llamado de nuevo la semana pasada, probablemente porque la escuela empezó hace un tiempo y se dieron cuenta que él no iba a volver de forma definitiva. No importaba cuantas veces lo intentaran, Sebastian nunca iba a contestar el teléfono o enviarles un mensaje de texto. Él no sabía que decir.
Sus padres lo habían sacado de la escuela sin darle una explicación adecuada al director y a los profesores, tal como lo pidió Sebastian. No quería que las personas hablaran de él, de su enfermedad, y de su inminente probabilidad de muerte. No, definitivamente no quería nada de eso.
Sus padres habían estado de acuerdo en pagar por un tutor y un profesor en casa por el resto del año, pero eso no iba pasar, claramente. No con todo el tiempo que tenía que pasar en el hospital y sintiéndose como la mierda. Ni siquiera le importaba su último año. Entrar a la Universidad no importaba a comparación con el hecho de sobrevivir al cáncer. Era todo en lo que podía pensar ahora, y todo en lo que tenía energía para hacerlo.
Desde el costado de su ojo notó a alguien caminando cerca, cuando se dio vuelta y lo miró, instantáneamente deseó no haberlo hecho. De todas las personas con las cuales se podía haber encontrado, esta tenía que ser Kurt Hummel.
"¿Kurt?"
"Sebastian, hola."
Por la mirada en su rostro, Sebastian sabía que probablemente Kurt lamentaba esto tanto como él. Pero una vez que Kurt se sentó a su lado e intentó empezar una conversación, Sebastian se sintió un poco más a gusto. Trató de ser lo más educado posible, después de todo, se estaba sintiendo tan agotado que no podía haber sido hostil con Kurt ni aunque lo intentara.
Sintió empatía hacia él cuando Kurt dijo que su padre tenía cáncer de próstata, a pesar de que no podía entender por qué Kurt le estaba diciendo esas cosas. Solo esperó que Kurt no le hiciera muchas preguntas. Se estaba sintiendo un poco mareado y cansado debido a las 4 horas de quimioterapia, y estaba seguro de que su cerebro no era lo suficientemente fuerte como para mantener las cosas en orden.
Por suerte su conversación fue corta ya que el padre de Kurt llamó, y después de decir un adiós incómodo, quedó solo de nuevo. Su papá apareció justo cuando Kurt no estaba a la vista. Pequeña compasión, pensó Sebastian para sí mismo mientras que su papá lo ayuda a entrar al auto.
Fue un largo camino hacia su casa, y Sebastian quería recostarse. Se sacó su gorra y se disgustó al ver la cantidad de cabello que esta tenía. Había estado posponiendo esto por mucho tiempo, pero sabía que era inevitable.
"¿Cómo te sientes?" Preguntó su padre cuidadosamente mientras que Sebastian bajaba la ventanilla para deshacerse del cabello derramado.
"Estoy bien… Un poco cansado, solo voy a recostarme por un rato." Dijo mientras empujaba el asiento hacia atrás para lograr una posición más horizontal.
"Si necesitas ayuda con eso solo dímelo."
Sebastian asintió mientras cerraba sus ojos y trataba de relajarse. Todo estaba tranquilo por unos minutos hasta que Sebastian volvió a hablar.
"¿Papá?"
"¿Si?"
"¿Me ayudarías a raparme cuando lleguemos a casa?"
"Por supuesto, hijo."
Sebastian seguía con los ojos cerrados, por eso se perdió la mirada de tristeza que le envió su padre, tratando de mantener las lágrimas en sus ojos mientras se daba vuelta y se concentraba en el camino de nuevo.
Los días siguientes pasaron como en neblina, y a pesar que Sebastian había aprendido a acostumbrarse a eso, no lo hacía más fácil. A penas había dejado su habitación, pasando los días en la cama, mirando fijamente hacia la pared, llorando tranquilamente y sintiéndose miserable. Se sentía como si su cuerpo se derretía por dentro, y Sebastian estaba debatiendo entre querer aferrarse a su vida y vencer al cáncer, y querer morir para poder dejar de sentirse horrible.
Incluso cuando estaba empezando a sentirse mejor, por el día quinto o sexto después de la quimioterapia, seguía sin querer salir de su habitación. Pasaría horas mirando la TV, sin siquiera prestarle atención. Su teléfono quedaría olvidado en un cajón, con la batería muerta por los días sin usarlo.
Su mamá entraba a la habitación constantemente, llevándole comida y animándolo para que llame a sus amigos, para que se abra, pero Sebastian no quería hacerlo.
"Solo me preocupo por ti, cariño."
"Está bien, mamá, además…" tosió. "Si las personas empiezan a venir, puede que me enferme, ¡el médico lo dijo!"
Ella entrecerró los ojos y le envío una mirada de complicidad. Sabía que estaba usando eso como una excusa.
"Eso era cuando estabas en el hospital, pero ahora estás aquí, y se te tiene permitido tener visitas, mientras que estas no estén enfermas. Quizás debas decirle a algunos-"
"Mamá, no."
"¿Estás seguro?"
"Sí, estoy seguro."
Él le envió una mirada severa. Habían tenido esta conversación muchas veces.
"Catherine me recomendó un terapeuta…" Dijo su madre lentamente, sentándose en el borde de la cama. "Me envío un email con su información. La llamé y dijo que podíamos ir y-"
"¡Oh, dios mío, mamá!" Dijo Sebastian riendo, aunque exasperado. "No necesito una terapeuta, está bien…" Dejó caer su cabeza en las almohadas, dando vuelta los ojos, pero su madre puso una mano sobre la suya y la apretó.
"Bastian, no es bueno para ti estar tan solo. ¿Podrías darle una oportunidad? ¿Solo una vez?"
Él la miró y sonrió, negando con la cabeza. Ella era muy terca, pero Sebastian no quería un terapeuta, solo quería que lo dejaran en paz.
"Lo pensaré."
"Okay." Ella sonrió antes de inclinarse para darle un beso en la frente y dejar la habitación.
Él no iba a pensarlo, sabía lo que estaba haciendo. Una vez que ella se fue, Sebastian agarró su teléfono deprisa para chequear sus emails, borrando todo lo que no le importaba, hasta que un mensaje capturó su atención:
"Kurt Hummel quiere que sean amigos en Facebook."
Sebastian suspiró al no entender.
No es que odiara a Kurt, en lo absoluto. Mirando hacia atrás, Sebastian se dio cuenta que la única razón por la cual le desagradaba tanto era por la estúpida rivalidad por Blaine. Pero eso ya no era un problema; Sebastian ya lo había superado. Era más que obvio que Blaine no tenía interés en él y Sebastian no era uno de esos chicos cegados por amor. Francamente, en este momento no recordaba por qué solía gustarle tanto Blaine.
Sebastian sabía que solo tenía unos días hasta que tuviera que ir al hospital de nuevo, y la idea de empezar con ese ciclo doloroso nuevamente lo hacía querer gritar. Así que apagó su teléfono y cerró sus ojos, esperando poder descansar un poco.
Sebastian no quería ser amigo de Kurt en Facebook realmente, pero no podía aunque quisiera. No cuando había estado evitando dar cualquier señal de actividad en internet. Había estado ignorando los estados en su página de inicio y los mensajes que le enviaban los chicos de Dalton. Ocasionalmente veía algunas cosas, pero no quería publicar nada.
Casi había amenazado a su hermana para que no publicara nada relacionado a su situación en ninguna parte. No quería que las personas se enteraran. Sabía, de todas formas, que era cuestión de tiempo, porque los chismes se difundían más rápido que los incendios, pero él quería retrasarlo lo máximo que sea posible. Quizás conseguiría que solo su familia se entere de esto.
Había funcionado bien hasta ahora, y había pasado un mes desde que fue diagnosticado, y Sebastian esperaba que siguiera de esa forma.
Cuando fueron al hospital de nuevo, Sebastian no se sentía tan recuperado como en las veces anteriores. No era como si estuviera esperando algo diferente, pero deseaba poder dejar de sentirse tan cansado y frágil. Había perdido un poco de peso; era difícil comer lo suficiente con la nausea constante, sin importar lo hambriento que estuviera.
Y si pensó que se estaba sintiendo lo suficientemente mal, solo empeoró cuando salió de la clínica. Podía oír la conmoción entre los enfermeros y algún que otro paciente. Uno de los niños murió. Sebastian lo recordaba, su nombre era Joshua, y tenía 11 o 12 años como máximo, no podía recordar exactamente. Pero lo había visto por la sala seguido.
Saber que el niño no había sobrevivido era completamente deprimente para Sebastian, y a juzgar por la mirada en el rostro de su madre una vez que se encontró con ella en la sala de espera, ella se vio afectada por la noticia tanto como él. Ella no dijo nada sin embargo; solo lo abrazó fuertemente mientras caminaban hacia el estacionamiento.
Sebastian se preguntó si realmente tenía la oportunidad de lograrlo, o si solo era cuestión de tiempo hasta que muriera, al igual que el pequeño Joshua. Se guardó esos pensamientos para sí mismo, poniendo indiferencia en el exterior como siempre hacía, para evitar que su madre se preocupara más de lo que ya lo hacía.
Una vez que estuvieron en el auto para volver a su casa, empezaron a hablar.
"¿Terminaste de leer el libro?" Preguntó Sebastian.
"Oh… Casi, todavía no lo acabe."
"Pensé que lo terminarías hoy, solo te quedaban un par hojas."
"Sí, bueno, con toda la conmoción en la sala de espera era un poco difícil concentrarse en la lectura."
Sebastian asintió; realmente no quería hablar de eso. Así que después de unos segundos de silencio incómodo, su madre continuó: "Conocí a alguien en la sala de espera hoy, sin embargo, fue lindo tener un poco de compañía. Era un chico de tu edad, y muy atractivo, por cierto."
"¿De verdad?" Dijo Sebastian, sin ser capaz de ocultar su sonrisa. Su madre siempre hacía comentarios así. Apoyaba mucho su sexualidad a pesar de que Sebastian nunca le había presentado a nadie.
"Si…" Continuó, sonriendo también. "Estaba ahí con su padre, un hombre muy agradable. Fue la primera vez que los vi ahí, pero nunca olvidaré sus nombres, Burt y Kurt." Dijo, riendo como si fuese la cosa más graciosa del mundo.
Los ojos de Sebastian se agrandaron ante el sonido de esos nombres.
"¿Hummel?" preguntó Sebastian ansiosamente.
"Si, de hecho. ¿Los conoces? Solo pensé que era gracioso como rimaban sus nombres."
Sebastian estaba perdido; no sabía que decir. Conociendo a su madre, ella debió haber estado hablando sobre él y probablemente hablando sobre su situación con Kurt. ¿Cuánto le habrá contado? Esto no podía ser bueno en lo absoluto.
Respiró profundamente, no quería enojarse con su madre, no ahora que se sentía lo suficientemente mal y este estrés no ayudaba en nada.
"Algo así… Kurt solía ir a Dalton, pero se transfirió."
"Oh, ¿de verdad?" Continuó su mamá, claramente sin ver como Sebastian se encogía lentamente.
Sacó su teléfono e inició sesión en Facebook, trató de enviarle un mensaje a Kurt pero se dio cuenta que este solo aceptaba mensajes de sus amigos. Así que volvió rápidamente y aceptó la solicitud de amistad que había ignorado previamente, para escribir una simple línea.
Para Kurt Hummel:
Tenemos que hablar.
Luego empujó el asiento hacia atrás para recostarse, tratando de regular su respiración y calmarse un poco. Solo con la idea de Kurt hablando con Blaine o con cualquier otra persona, de que él tenía cáncer lo hacía sentirse débil del miedo. Esto no podía pasar; no lo permitiría.
Tenía que hablar con Kurt y detenerlo antes de que le diga a alguien. Tal vez podría remediar la situación cuando llegara a su casa. O al menos eso esperaba.
