Disclaimer: Nada del mundo de Merlín me pertenece, todo a sus respectivos dueños.

N/A: Este fic participaba en el reto "Viñetas de emociones" del foro En una tierra mítica y en una época mágica. Lo cuelgo a pesar de no participar finalmente porque ya lo tenía acabado.

Hacía ocho años desde la muerte de Arturo. Ocho años desde que Camelot resurgió, espléndida y dorada; mágica. La gente entraba en la ciudad sin el miedo de antaño y los druidas volvían a frecuentar las calles sin miedo a enseñar sus distintivos en la piel.

Ocho años. Gaius hacía ocho años que entraba en aquel minúsculo cuarto, a pesar de que sus rodillas ya no eran las mismas, y limpiaba con dedos arrugados el polvo inexistente de unas sábanas impolutas. Ocho años desde que despidiera a un muchacho en un bosque con un simple "Tendré tu comida favorita preparada a la vuelta", sabiendo que no existiría tal regreso.

Porque no había Merlín sin Arturo. Y Arturo murió hacía ocho años.

El anciano se arrodilló lentamente en el suelo, hizo una pausa para deshacer las muecas de dolor y levantó aquel tablón suelto que tan bien conocía. Allí, en un pequeño hueco, entre polvo y arañas, descansaba su antiguo libro de hechicería. Casi tan viejo como él.

Limpió la portada con el puño de su túnica y sonrió.

Probablemente hicieran catorce o quince años desde que se lo entregara al joven brujo, poniéndolo en peligro, pasando la carga a sus huesudos hombros.

Recordaba la ilusión en la cara del chico, sus ojos devorando página tras página y sus labios pronunciando en silencio hechizos demasiado grandes para él.

Demasiado grandes para él, pensó. Puede que ya no quedara nada demasiado grande para aquel muchacho.

Gaius vaciló un segundo antes de que las pesadas pastas cedieran. Sus manos viajaron rápidamente por los distintos apéndices y encontró sin demasiados problemas aquel pedazo de tela; el rojo cada vez menos rojo.

Dobló el pañuelo con esmero y lo dejó sobre una de las gastadas caras del libro. El médico se levantó, no sin cierto esfuerzo, cuadró el ejemplar con la cama y le dio la espalda a sus recuerdos.

Ocho años. Hacía ocho años que entraba a aquel minúsculo cuarto y, con voz queda, susurraba al aire una eterna despedida.

- Buenas noches, Merlín.