¡Hola! Antes que nada una gran disculpa por la tardanza ;-; No sé si ya lo comenté, pero resulta que mi abuela se fracturó la cadera hace dos meses y nos ha tocado a la mayoría de los nietos el turnarnos para cuidarla, lo cual me deja con menos tiempo y energía lo que se ha reflejado en mi trabajo, de antemano disculpenme por favor ;_;
Ahora, ¡Muchas gracias por los reviews! Les agradezco muchísimo el tiempo que se toman de leer esta historia y a los que han dejado sus comentarios: Guest, .Namikaze (me encanta tu nick y tu avi ;)), Alfita, Ah That Gentleman (¡Adorada amix!), Guardian19. ¡Gracias a todos!
Ahora sí, pasemos a la historia ;)
Disclaimer: Sherlock Holmes y sus personajes, tanto el clásico como lo referente a la adaptación moderna, no me pertenecen. Son propiedad de Sir Arthur Conan Doyle, Steve Moffat y Mark Gatiss.
Capítulo 3
No tardaron en llegar a Baker Street.
John, que se hallaba junto con Sherlock en la parte trasera del auto, abrió la puerta y bajó primero, buscando después la mano del detective para ayudarle a salir, pero Sherlock salió del auto sin aceptar su ayuda. Aun así, cuando Lestrade se acercó a ellos, le tomó del brazo para guiarlo hacia la entrada de la casa sin darle tiempo a protestar. John se adelantó para abrir la puerta con su llave.
-Apóyate en mí, ¿de acuerdo?-Le pidió Lestrade, tratando de sonar tranquilo y animado.- Subiremos las escaleras con calma, de una en una, así no correrás el riesgo de caer…-
-No es necesario.- Dijo, liberándose del agarre del inspector y adelantándose al principio de las escaleras. Apoyando la mano en la pared comenzó a subirlas, si bien no con la agilidad acostumbrada, sí con más facilidad de la que John y Greg habrían pensado. Ambos hombres se miraron el uno al otro para luego mirar a Sherlock que ya se hallaba frente a la puerta del apartamento, abriéndola con su llave. El inspector y el médico subieron y entraron al piso detrás de él.
-Son diez escalones, no es difícil subirlos cuando sabes cuantos son y cuanto miden.- Dijo Sherlock al oír sus pasos detrás de él. John se giró para mirar de nuevo las escaleras. ¡Ja! Él llevaba viviendo en ese lugar casi el mismo tiempo que Sherlock y jamás se le había ocurrido contar cuantos escalones habían en ella. Definitivamente su amigo tenía razón cuando le decía que solo veía, pero que no observaba.
El detective dio unos pasos dentro de la habitación y se quedó estático, como si lo hubieran congelado en su sitio. John y Greg lo miraron con extrañeza- ¿Qué ocurrió aquí?-Preguntó Sherlock de repente.
-¿A qué te refie…?-Dijo John a medias, pues se había acercado al detective y pudo ver a lo que se refería. El apartamento, antes hecho un lío de cosas desperdigadas tanto por Sherlock como por los hombres de Gruner, se hallaba totalmente limpio y ordenado. Los libros y papeles otrora regados por toda la alfombra, ahora se hallaban ocupando los estantes y escritorios en un orden impecable. Los extraños objetos que Sherlock solía acumular, ahora se encontraban acomodados en diferentes lugares, dejando libre el paso.
Se escucharon pasos en la escalera. La señora Hudson apareció detrás de ellos con el semblante acongojado y los ojos enrojecidos.
-¡Sherlock, cariño!- Gimió la buena mujer, fallando miserablemente en su plan de mantener la compostura para no agobiar al muchacho. Se acercó a él y le tomó de las manos con angustia.- ¿Cómo te sientes? ¿Ya puedes ver?-
-Señora Hudson, ¿Usted…?- Inquirió John mientras movía en círculos el índice señalando la habitación.
-Bueno… pensé que, que si Sherlock no podía… no podía ver, no era conveniente que estuviera todo tirado, podría tropezarse. Pero claro que esto es temporal, ¿verdad? él pronto recuperará la vista, ¿no es así?- preguntó con premura.
-Eso esperamos.- Le respondió John, esbozando una dulce sonrisa a la buena señora, agradecido por aquella atención y su eterna preocupación. La mujer se aguantaba las lágrimas, pero no soltaba las manos de Sherlock.
-Señora Hudson...- Murmuró el detective. En el rostro se podía notar que se contenía para no gritarle como acostumbraba a hacer cuando algo no le parecía. Por suerte la buena mujer ni se dio por enterada, se hallaba tan acongojada, y a la vez preocupada de que el detective no lo notara, que incluso luchaba por ahogar sus sollozos. Sherlock al darse cuenta, tranquilizó su semblante y aferró las manos de la señora con suavidad.- Le agradezco mucho su ayuda.- Le dijo al fin con serenidad. La mujer sonrió, feliz en medio de su tristeza. Por lo menos había podido hacer algo para facilitarle el tránsito al pobre muchacho en su propio apartamento.
-Te traeré algo de cenar, quizá ese platillo francés que tanto te gusta, y unas galletas recién horneadas, ya sé que eso te vuelve loco.- Decía la mujer un poco más animada, dirigiéndose a la puerta y comenzando a bajar las escaleras. John nuevamente le agradecía su amabilidad. Cuando la señora se hubo alejado, Sherlock dio un golpe al piso con el pie.
-¿Qué ocurre Sherlock? ¿Algo está mal?-Preguntó John, acercándose a su amigo, intrigado por su reacción. Lestrade se acercó también.
-Tú siempre has dicho que vivo en un completo desorden y siempre te he respondido que no es así. Conozco cada pieza, cada libro, cada objeto que se encuentra en esta habitación y en donde se hallaba ubicado. Lo que para ti era "desaseo" para mí era un orden dentro de un caos.- Le dijo a John.
-No entiendo, ¿qué quieres decir?- Preguntó el inspector.
-Que conozco… o mejor dicho, conocía, la ubicación de cada objeto en cada centímetro de esta habitación, no había posibilidad de que me tropezara con ninguno de ellos así caminara mientras leía el periódico o iba con los ojos cerrados, lograba ubicarme entre todo con facilidad, contaba con ello para movilizarme ahora, pero…-
-Pero ahora no será así.- Completó John. Sin saberlo, la buena señora había hecho más mal que bien.-Sin embargo no te habría servido del todo.- Dijo después de unos segundos y tras chasquear la lengua.- Recuerda que los hombres de Gruner dejaron esto aún peor de lo que tú lo tenías.-
Sherlock guardó silencio, casi había olvidado la intromisión de los hombres de Gruner en Baker Street. Comenzó a sacarse la bufanda y el abrigo para luego botarlos hacia su izquierda. Lestrade, con las manos en los bolsillos se encogió de hombros. Habría deseado quedarse más tiempo, pero el trabajo requería de su presencia.
-Bien, chicos, tengo que irme. Debo volver a la estación, quizá los muchachos ya tengan algo sobre el caso Winter.-
-A estas alturas deben estar igual que cuando comenzaron.- dijo el detective con su habitual tono despectivo. Lestrade rodó los ojos sin poder evitar sonreír un poco, a fin de cuentas no dejaba de ser aquel cretino fastidioso por el que se preocupaba tanto.
-Pasaré a verlos en cuanto pueda, ¿de acuerdo?- El inspector se acercó a Sherlock y, aferrando su mano con suavidad, le dijo.- Estarás bien, ya lo verás.- Esbozó una media sonrisa y le soltó, dirigiéndose a la puerta.- Y haz caso a John en todo lo que te diga, ¿de acuerdo?-
-Vete ya.- Refunfuñó Sherlock.
-Gracias por todo Greg, nos vemos.- Dijo John, despidiéndose de él con un ademán de la mano. El inspector desapareció escaleras abajo. Sherlock comenzó a dar algunos pasos inciertos por la habitación.
-Espera.- John se apresuró a acercarse en cuanto lo vio, rodeando su cintura con el brazo izquierdo y tomándole la mano con la derecha para guiarlo hacia el sofá. Sherlock respiró profundamente, le estaba fastidiando que todos lo guiaran por donde les diera la gana.
-Estoy bien, solo debo contar los pasos y volveré a tener un diagrama mental de esta habitación sin las cosas en el piso.-
-Sí, sí, pero eso lo harás después, por ahora solo debes descansar, has tenido un día muy agitado y lo mejor para tu recuperación será un descanso absoluto. Olvídate de Gruner y aunque sea terrible, olvídate de la señorita Merville.-
-¿Cómo puedes decir eso?-Espetó con cierta indignación el detective.- ¿Cómo quieres que me olvide de Gruner? ¡Esto no puede quedarse así!-
-¡Lo sé y te entiendo, yo también quisiera ponerle las manos encima, en especial a ese sujeto!- Agregó con ira contenida en la voz al pensar en el tipo que había golpeado a Sherlock.- Pero por ahora debemos enfocarnos en el tratamiento. Lestrade encontrará lo necesario para poder evitar que Gruner se case con la señorita Merville.-
Sherlock chasqueó la lengua.
-¿A quién le importa la señorita Merville? Ella se casara con Gruner, no podremos evitarlo. Lo importante es que él está ganando este juego y eso es algo que no puedo consentir.- Replicó con molestia. John rodó los ojos, se llevó las manos a la cabeza y giró su cuerpo hacia otro lado exasperado, para luego volver a girarse hacia su amigo. Este recargaba su espalda contra el respaldo del sofá, mientras entrelazaba los largos dedos de sus manos.
-¡No Sherlock, en este momento, nada de juegos, nada de acertijos, nada de nada. Nos enfocaremos en tu tratamiento y…!-
-Y yo quiero enfocarme en el trabajo, gracias.-
-¡…nos enfocaremos en el tratamiento!- Insistió John, cerrando los ojos con impaciencia y volviendo a abrirlos después, haciendo caso omiso de la interrupción de su amigo.- y nada más. Ya es hora de que te preocupes más por tu bienestar que por tus enigmas.- el detective hizo un gesto despectivo, pero el médico volvió a ignorarlo.- Quédate aquí, iré a buscar las medicinas, procuraré no tardar.-
-"Quédate aquí".-Replicó refunfuñando el detective.- ¿A dónde quieres que me vaya, John?-
El doctor negó con la cabeza y salió del apartamento, cerrando la puerta detrás de él. Sherlock escuchó los pasos de John, alejándose por la escalera y un sonoro suspiró salió de sus labios.
Podría aprovechar el tiempo a solas para trabajar. Aunque no estuviera en la escena del crimen, tenía algunos datos y bien podría dedicarse a deducir los pasos a dar para capturar a Gruner aun a falta de la USB, y demostrar que era el responsable de la muerte de Kitty; él y sus matones, esos que también le habían dejado ciego.
Ciego. La palabra volvió a provocarle un escalofrío que le recorrió por completo. No quería pensar en ella ni en su nueva situación, sentía que si lo hacía, que si le daba más importancia de la debida se dejaría llevar por el miedo y la desesperación que sabía se encontraban en ese momento en su corazón, esperando a que bajara la guardia para hundirlo inmisericordemente. Si no quería caer en el patetismo de la autocompasión debía enfocar su cerebro en algo más, en el trabajo, ya que este siempre había sido su tabla de salvación en los aspectos más dolorosos de su vida.
Cerró los ojos y se dispuso a pensar como siempre solía hacer en momentos como ese en que un problema requería toda su atención. Su cerebro hallaría el camino a seguir, la vía que le llevaría a resolver todos los problemas… ¿pero también podría resolver el propio? ¡No debía pensar en eso! Eso era dejarse llevar por las emociones y como siempre, tal acción era riesgosa para su trabajo, incluso para él mismo; solo debía concentrarse y volvería a enfocarse en lo que realmente importaba, la solución del problema.
Y sin embargo le resultaba difícil. ¿Y cómo no habría de hacerlo si en cuanto abriera los ojos aun seguiría sumido en la oscuridad como si los mantuviera cerrados?, ¿cómo poder evitarlo si todos le seguían tratando como a un invalido? Su vista, junto a su gran inteligencia, era uno de los dones más preciados que poseía y ahora se había ido… quizá para siempre.
Y tomando en cuenta las probabilidades, aquellas a las que su lógica siempre apelaba con resultados exactos, eso iba a pasar.
Abrió los ojos y la oscuridad seguía ahí. Sintió que sus manos comenzaban a temblar y que la desesperación iba a embargarle. Una terrible sensación que hasta ahora se hallaba ahogada en su pecho pugnaba por emerger, bullendo en su interior, tratando de abrirse paso hasta poder salir y si lo hacía sería con un grito de desesperación, con llanto o en una furia desatada que le haría arrasar con todo en aquella habitación.
Ceder a eso sería una señal de debilidad.
Se levantó de repente. Pasando su mano por los muebles logró ubicarse y acercarse a donde se hallaba su violín y el atril con sus partituras. Obviamente estas le eran inútiles ahora, pero no su amado instrumento. Sherlock tomó el Stradivarius, lo colocó en su hombro, tomó el arco y lo pasó por las cuerdas, arrancando una melodía rápida, vigorosa, furiosa. El dolor en su interior no se iba, pero por lo menos la frustración estaba hallando una vía de escape. Su ceguera no le era impedimento alguno para poder tocar, pues a veces solía hacerlo con los ojos cerrados ya que conocía las cuerdas a la perfección.
Se oyeron algunos pasos en la escalera. Al principio pensó que se trataría de la señora Hudson, pero la descartó de inmediato, sus pasos eran suaves, ligeros, y estos sonaban pesados y firmes, como los de una persona más alta y pesada que la buena casera. Los pasos se detuvieron en la puerta. Sherlock dejó de tocar.
-Excelente ejecución, Señor Holmes. Es verdad lo que dicen por ahí, si no se dedicara a lo que se dedica, podría ser un concertista exquisito.-
Sherlock esbozó una media sonrisa, permaneciendo aún de espaldas a la puerta. Solo había escuchado aquella voz un par de veces durante su investigación y eso solo por videos o grabaciones telefónicas contenidas en la USB. Era extraño oírla ahora en persona y no se diferenciaba mucho a la grabación.
-Me halaga demasiado. ¿A qué debo el honor de su visita Señor Gruner?-
Adalbert Gruner, el "Barón" del crimen, avanzó unos pasos más al interior del apartamento mientras se quitaba el abrigo y lo dejaba en el descansabrazos del sillón que usualmente usaba John, para luego tomar asiento en él. Realmente lo que se decía sobre su aspecto era justificado, pues Gruner era un hombre de más de 1.80, de piel aterciopelada y levemente bronceada, cabellos rubios que caían en una delicada melena que iba más allá de la mitad de su cuello y rostro fina y varonilmente cincelado de ojos verdes en forma de avellana, cejas medianamente pobladas y rubias, nariz recta y labios algo gruesos; alguien de gusto refinado que solía habitualmente vestir de traje de casimir con camisas de seda. Más a pesar de aquella buena apariencia, Sherlock ya había notado en las fotografías que había visto de él antes, que todos esos perfectos rasgos no podían ocultar un dejo de crueldad en la comisura de sus labios o un destello de maldad en sus ojos. Adalbert Gruner tenía la máscara perfecta para la perversión. Su belleza podía convencer a cualquiera (menos a un experto como Sherlock) de que era el más dulce y amable de los hombres.
-Solo quería saber cómo se encontraba, supe que tuvo un lamentable incidente con unos sujetos a pocos metros de su hogar. Es terrible la inseguridad que hay en Londres en estos días, ¿no lo cree?-
-Sí, terrible.- Replicó Sherlock sin emoción alguna.- Pero es de esperarse tomando en cuenta la policía que tenemos.-
-Muy cierto.- Dijo Gruner, cruzando una pierna por encima de la otra y recargando su espalda en el respaldo del sillón mientras observaba a Sherlock. El detective aún seguía dándole la espalda.
-Como ve, me encuentro en excelente estado, Señor Gruner.- Dijo Sherlock.-Así que puede retirarse con toda tranquilidad… por ahora.-
Gruner rió, con voz armoniosa y suave, aunque se dejaba notar la frialdad y crueldad de su alma en aquella sonora risa.
-¿Por ahora? ¿Por qué habría de ser solo "por ahora"? después de todo, voy a casarme ¿no lo sabía usted? Y bueno, tomando en cuenta que no hay nada que me lo impida no veo porque habría de estar tranquilo solo "por ahora", ¿no es así, señor Holmes?-
-¿En verdad?-
-Claro. Es decir, sé que usted ha pasado por momentos difíciles, esos sujetos, la muerte de su amiga.-Dijo el barón refiriéndose al robo de la USB y a la muerte de Kitty. Sherlock notó que se cuidaba de decir algo que pudiese incriminarlo, temiendo que hubiese algún micrófono ahí. Eso demostraba el tipo de persona con quien debía vérselas y la emoción del juego resplandeció de nuevo en el interior de su corazón.-Eso no implica que Violet y yo no podamos casarnos y ser totalmente "felices", de hecho, creo que hasta nos ayuda.-
-Oh, ¿En serio?- Replicó Sherlock con voz irónica. Estaba tentado a girarse, de modo que su rostro se perfilaba contra la ventana que se hallaba frente a él. ¡Cómo deseaba poder encarar a aquel sujeto… verle a la cara! Pero debía ser cuidadoso; por lo visto, Gruner ignoraba su actual condición y él no quería que se enterara, pues eso podría ponerle en desventaja-¿Entonces por qué está aquí?-Le soltó a Gruner sin más. El barón se encogió de hombros al tiempo que hacía un gesto de indiferencia.
-Ya se lo dije, es una visita de cortesía, deseaba saber si se encontraba bien.-
-No.- Sentenció Sherlock con voz tranquila, como la de alguien que es dueño total de la situación.- Usted está aquí porque sabe que hay un cabo suelto que no le permitirá ser "feliz para siempre" con la señorita Merville.-
-¿Y qué podría ser eso?-inquirió el barón con desinterés aparente, aunque en su voz se sentía un dejo de nerviosismo. Sherlock lo notó enseguida. Una sonrisa de superioridad se dibujó en sus labios.
-Yo.- Respondió el detective escuetamente.- Sabe perfectamente que estoy al tanto de todos sus movimientos, que su vida no es un misterio para mí y que a pesar de que ahora pudiese resultarme totalmente aburrido, debo admitir que hizo muchas cosas que son totalmente interesantes. Sabe que estoy enterado de muchas cosas y que poseo mil recursos como para echarle a perder su matrimonio e incluso quitarle la libertad, es por eso que está aquí, señor Gruner, porque como "esos sujetos" cometieron el terrible error de dejarme con vida, soy una amenaza para sus planes de "matrimonio feliz".-
Gruner se incorporó levemente en el sillón, mirando a Sherlock con odio. Era cierto lo que decían del detective, era un genio, un ser tan endemoniadamente hábil que era capaz incluso de leer en las personas hasta lo más recóndito de sus almas. Se había percatado de sus intenciones desde el momento en que había puesto un pie en el apartamento.
El barón se levantó sin dejar de mirar a Sherlock. Este continuaba de espaldas a él… ¿Por qué no lo encaraba? ¿Acaso era una trampa? ¿Quería acaso que intentara atacarlo? Quizá tenía una cámara de video oculta en algún lado, si lo atacaba quedaría grabado y sería su fin. Si era así, entonces Sherlock lo subestimaba, él no caería en ese juego.
-Me parece que tiene demasiada imaginación, señor Holmes.- Dijo al fin con la voz más amable y alegre que pudo entonar.- Sin embargo, pasaré por alto esas ideas suyas, pareciera que piensa usted que soy una clase de asesino o algo así.- añadió, tomando su abrigo del descansabrazos. Sherlock al oírlo decir aquello hizo un gesto despectivo.- sin embargo, no quiero que haya resentimientos entre nosotros, espero que me conceda el honor de estrechar su mano.- Y Adalbert avanzó hasta quedar a unos pasos de Sherlock, extendiendo la mano y esbozando una sonrisa que, por muy adorable que pudiera parecer, no dejaba de delatar para el ojo experto lo siniestra que era la persona que la mostraba.
Sherlock sintió sus pasos acercándose, notó cuando se detuvo a escasos centímetros suyos, pero no se inmutó. Volvió a colocar el violín en su hombro y comenzó a pasar el arco por sus cuerdas con suavidad.
-Sabe dónde queda la puerta, Señor Gruner.-
Adalbert se quedó ahí, estático, con la mano que había extendido hacia Sherlock tornándose de un gesto amigable a casi formar una garra. El hombre estaba tentado a tomar al detective del brazo y azotarlo contra el piso para hacerse cargo de él.
-¿Qué está pasando aquí?-
Gruner se giró al escuchar la voz del recién llegado. Sherlock estuvo a punto de hacer lo mismo, pero siguió tocando suavemente su violín. John, se encontraba en el marco de la puerta, reconociendo en aquel hombre a Adalbert Gruner, inmediatamente se puso a la defensiva.
-¿Qué es lo que busca aquí?-Le interrogó con voz gélida y mirada furiosa. Comenzó a avanzar peligrosamente a donde se encontraba.-¡¿Cómo se atreve a venir aquí?!-
-John.- Le llamó Sherlock al oírle aproximarse a Gruner de aquella manera, notando el estado en el que su amigo se encontraba y que era más que seguro que atacaría al barón. Dejó de tocar el violín, su atención se hallaba enfocada a lo que ocurría detrás de él.- ¡John!-Insistió el detective con más énfasis al notar que no le había hecho caso la primera vez. John se detuvo de inmediato.
-No se preocupe… ¿Doctor Watson, supongo? Ya me iba.- dijo Gruner, comenzando a dirigirse hacia la puerta. Al pasar junto a John miró de reojo la bolsa de papel que el doctor traía en la mano, pero John la aparto de su vista lo más rápido posible, dirigiéndole al barón una mirada llena de desprecio, conteniéndose para no matarlo ahí mismo. Gruner hizo una inclinación con su cabeza a modo de saludo y desapareció escaleras abajo.
Cuando la puerta de la calle se cerró, John dejó caer la bolsa con el medicamento al piso y corrió hacia Sherlock.-¿Estás bien?- Le dijo, preocupado, tomándole la mano con la que sostenía el arco y haciéndolo girar para que quedara frente a él, haciendo una rápida revisión del estado del detective solo con la mirada.-¿No te hizo nada? ¿Qué quería ese sujeto?-
-Regodearse por ir ganando la partida.- Replicó Sherlock con voz monótona, guardándose las otras intenciones que en realidad habían llevado a Gruner a Baker Street. John, aun asustado por haber hallado a ese sujeto en el apartamento, tan cerca de su amigo, pasaba sus manos por los brazos del detective que yacían lánguidos a cada lado de su cuerpo. Después le guió suavemente hasta el sofá; Sherlock se encontraba algo aturdido por lo que esta vez ni protestó ni opuso resistencia alguna.
-Esto no es bueno…-Murmuraba John conforme hacía sentarse al detective en su asiento.- Sabe que a pesar de que tenga la USB y se haya deshecho de la señorita Winter aun quedas tú como testigo… ¡Y se ha atrevido a venir aquí, maldita sea! ¡Tenemos que tomar medidas de seguridad! Le diré a Lestrade, que…-
-Estaremos bien, no es necesario que le pidas nada a Lestrade.- Replicó el detective apoyando el mentón en su mano izquierda.
-Sherlock, ese sujeto es un asesino y justamente tú te interpones entre él y una fortuna, ¿crees que se va a quedar tranquilo? Claro que no, esto solo ha sido el principio, buscará la forma de matarte como hizo con sus esposas, sin dejar rastro alguno, y tú no te encuentras en condiciones de…-
-¿No estoy en condiciones de qué?- Espetó Sherlock girando su rostro hacia donde ubicaba la voz de John, para encararlo. Mostraba cierta indignación. John negaba con la cabeza.
-Vas a iniciar un tratamiento, tu salud no está en óptimas condiciones.- Aclaró el ex militar.-Necesitas tranquilidad absoluta para que las probabilidades estén a tu favor.-
John ni siquiera había pensado en la ceguera de su amigo como un invalidante, aunque en el fondo no podía evitar sentirlo vulnerable por ello y por ende, de preocuparse más por él. Sherlock lo notaba en la sinceridad de su voz, pero de pronto sintió que algo en su interior, que había aparecido desde el momento en que la posibilidad de quedarse ciego para siempre se había presentado, se acrecentaba torturándole de un modo que nunca habría imaginado. El detective se puso de pie y se alejó de la sala guiándose como le fue posible hasta llegar a su habitación, cerrando la puerta tras él.
-¡Sherlock!-Le llamó antes de verlo entrar en su habitación. John suspiró derrotado. Tras él, la señora Hudson llegaba con lo prometido, una exquisita cena y un platón de hermosas y doradas galletas,y aunque el aroma era suficiente como para tentar a cualquiera, John sabía que Sherlock no saldría de su habitación durante horas.
Después de todo se trataba del testarudo de Sherlock Holmes y aquella situación no era fácil para él.
