La Cabaña.
Xena empezaba a estar sentirse realmente acobardada por el comportamiento de Gabrielle hacia ella. Nada concreto, sino más bien una sensación. Las miradas eran diferentes, las conversaciones más personales. Cada vez le resultaba más difícil quitarse los pensamientos eróticos sobre la bardo de la cabeza y Gabrielle no ayudaba en absoluto con su constante cercanía. Casi parecía como si pudiese leer sus pensamientos.
La mañana la encontró tratando de escabullirse de entre los brazos y las piernas que rodeaban su cuerpo. La durmiente bardo refunfuñó por el movimiento y se dio media vuelta, liberando a Xena de su deliciosa cautividad. La guerrera se puso de costado y estudió aquella silueta un momento antes de obligarse a salir de la cama, agarrar su muleta y dirigirse al lavabo.
Se pasó el resto del día limpiando su armadura y su espada mientras Gabrielle, sentada en la mesa, escribía animadamente. Asumió que la bardo estaba trabajando en otra historia. Contempló su frente, fruncida por la concentración, y luego la vio suavizarse antes de volver a escribir. Encontró tanta fascinación en los movimientos de Gabrielle que dejó inconscientemente de abrillantar su equipo. Simplemente se quedó allí sentada, contemplando a la narradora largo rato, hasta que sus ojos verdeazulados se elevaron sorprendiéndola. Xena desvió en seguida la mirada y comenzó a limpiar de nuevo, sin darse cuenta de la enorme sonrisa que se dibujó en el rostro de Gabrielle un segundo después.
Gabrielle miró su pergamino. Ojalá Xena pudiese ver lo que estaba escribiendo. No era en absoluto una historia. Estaba planeando y detallando su última batalla contra la princesa guerrera, una batalla por su corazón. Anotó un par de cosas más antes de plegar el pergamino y guardarlo en el interior de su camisa. No quería correr el riesgo de que Xena descubriera el plan antes de tener la oportunidad de ponerlo en práctica.
Después de cenar, Gabrielle se dio un baño mientras Xena atendía el fuego. La guerrera se mantuvo deliberadamente de espaldas a Gabrielle durante todo el rato que estuvo secándose y hasta que se puso la camisa de nuevo.
-Xena, ¿me echas una mano con mi pelo? Parece horriblemente enredado -le pidió Gabrielle, sin mencionar que aquello no era en absoluto algo casual.
-Claro, ¿quieres que te haga trenzas? -preguntó Xena al tiempo que se apartaba del fuego y se dirigía hacia la cama.
-Eso suena bien -dijo Gabrielle sentándose entre las piernas de Xena y entregándole el peine. Xena Rodeó con su brazo la cintura de Gabrielle y la acercó a ella para alcanzar mejor su cabello. Contuvo un estremecimiento al sentir los muslos de la bardo contra los suyos. Empezó a desenredarle con cuidado, primero usando los dedos y luego el peine. Se tomó su tiempo, disfrutando del sedoso contacto. Gabrielle estaba lista para la siguiente fase de su plan.
-Xena, ¿me explicas lo que es la lujuria del guerrero? -La mujer casi dejó caer el peine. Intentó encontrar en seguida una respuesta corta que no diera lugar a más curiosidades por parte de la bardo.
-Es um, bueno, ¿por qué lo preguntas? -Xena no recordaba haber estado nunca tan nerviosa como en ese momento.
-Es para una historia que estoy escribiendo. He escuchado el término, pero en realidad no tengo clara la diferencia entre eso y el simple sexo apasionado. -Gabrielle sonrió al sentir ponerse rígido el cuerpo que tenía detrás.
-Bueno... um... la lujuria del guerrero es...
-¿Sí? -insistió Gabrielle con curiosidad perfectamente fingida.
-Es más... tiene más de celebración -dijo Xena por fin.
-¿De celebración? ¿Por qué motivo?
-Por vivir. Por sobrevivir a la batalla. El sexo tiene una calidad diferente después de una batalla. Es casi como para recordarte a ti mismo que todavía estás vivo. -Xena comenzó entonces a separar los mechones de pelo cobrizo y a trenzarlos.
-¿La has sentido alguna vez?
-¡Gabrielle!
-¿La has sentido? -No pensaba a darse por vencida tan pronto.
-Sí, después de cada batalla -admitió Xena, intentando con todas sus fuerzas no pensar en ello.
-¿Incluso ahora? -le preguntó Gabrielle, dudando que Xena tuviese el valor de contestar la verdad. Sabía que solía pasar tiempo a solas, sin ver a nadie, después de luchar. Y creía saber exactamente lo que la guerrera hacía.
-Algunas veces -mintió Xena. Siempre sentía ese tipo de lujuria, pero no estaba dispuesta a admitírselo al objeto de sus fantasías masturbatorias.
-¿Y cómo lo manejas? -insistió Gabrielle.
-Gabrielle, ¿no podemos hablar de algo que no sea mi vida sexual, o la falta de ella? -dijo Xena con tono exasperado. Aquella tarde definitivamente la conversación se estaba volviendo demasiado personal. Y el calor que resultaba de la cercanía de sus cuerpos no ayudaba en absoluto.
-Lo siento, era simple curiosidad. -Gabrielle empleó un tono dolido en esa afirmación, jugando con la compasión de Xena. Y funcionó.
-Perdóname, Gabrielle. No quería ser tan brusca. Es que no es un tema con el que me sienta demasiado cómoda. Me trae muchos recuerdos que prefiero no revivir. -"Y pensamientos a los que prefiero no enfrentarme", pensó para sí. Gabrielle sabía que todo había terminado por esa noche, y estaba satisfecha. Había obtenido exactamente las reacciones que quería y la información que necesitaba para seguir luchando. Decidió dar un respiro a Xena y cambió de tema.
-Parece que Argo está ganando peso.
-Probablemente. Le hace falta ejercicio. -Xena ató el extremo de la trenza con una tira de cuero-. Ya está.
-Gracias -dijo Gabrielle comprobando la forma de su pelo. Aún le maravillaba lo bien que Xena podía llevar a cabo una actividad tan femenina. Consciente de que el seguir sentada tan cerca de Xena provocaría una pregunta por su parte, se levantó y fue hacia uno de los odres-. ¿Quieres un poco de vino? -preguntó alcanzando dos copas.
-Sí, me gustaría. ¿Cuánto nos queda? -dijo Xena, ocultando su disgusto ante la marcha de Gabrielle.
-Mucho. Hércules tenía un tonel aquí cuando llegamos y envió a Iolaus a por dos más -dijo Gabrielle alargándole a Xena su copa antes de sentarse a su lado.
-Bien -dijo Xena apurando el contenido. Gabrielle estaba a una distancia prudencial, pero aún lo suficientemente cerca como para interferir en los pensamientos de la guerrera. Gabrielle no habló, sino que se dedicó a beberse su vino y planear su jugada. Decidió que el plan del día siguiente no incluiría preguntas sobre sexo. Eso pondría nerviosa a Xena, y no quería que ocurriera aún. Gabrielle sonrió con perversidad mientras el tormento de mañana se formó poco a poco en su mente.
-Creo que no quiero saber lo que está pasándote por la cabeza en este momento, a juzgar por tu sonrisa -dijo Xena, sacando a Gabrielle de su ensimismamiento.
-Uh, yo, um, simplemente pensaba en una historia.
-Uh huh -dijo Xena al tiempo que elevaba una ceja. No creía una palabra, pero tampoco estaba segura de querer saber exactamente lo que estaba pensando Gabrielle. -Voy a necesitar que ejercites un poco a Argo hasta que mi pierna se cure -dijo luego, intentando cambiar de tema.
-¿Seguro que no podemos dejarla engordar simplemente? -A Gabrielle no le entusiasmaba la idea de montar a Argo.
-Gabrielle, sabes que lo necesita. ¿Quieres que lo haga yo, con la pierna rota?
-No. Yo lo haré, pero no pretendas que me guste -dijo Gabrielle con desánimo.
-Todos tenemos que hacer cosas en la vida que no nos gustan, Gabrielle.
-Ah sí, pero con suerte, algún día seremos recompensados por nuestras acciones -respondió rápidamente la bardo.
-¿Y exactamente qué clase de recompensa quieres por ejercitar a Argo? -preguntó Xena levantando una ceja. Quería ver el tipo de respuesta que le daría la bardo, considerando la naturaleza de sus últimas conversaciones.
-Mmm, tendré que pensármelo -dijo Gabrielle levantándose con rapidez y subiéndose a la cama-. Lo consultaré con la almohada y mañana te lo digo. Buenas noches. -Se giró para ocultar su sonrisa. "Oh sí, Xena. Espera a ver cuál es la recompensa que quiero", pensó Gabrielle cerrando los ojos. Xena se quedó sentada en el suelo unos cuantos minutos más, intentando relajarse antes de darse por vencida y meterse en la cama junto al objeto de sus sueños. Mantener sus sentimientos bajo control le resultaba cada vez más y más difícil. Tuvo que refrenar el impulso de rodear con sus fuertes brazos el suave cuerpo que yacía junto al suyo. Frustrada, Xena se giró finalmente hasta quedar de espaldas a la bardo y miró al fuego. "¿Tienes idea de qué clase de pasiones estás encendiendo en mi interior?", pensó Xena para sí mientras se apoderaba de ella un sueño intranquilo.
Gabrielle planeó sus actos con cuidado. No quería despertar sospechas en la guerrera. Hablar de sexo ya no era una opción, pero sí el contacto físico. Xena estaba de pie junto a la chimenea, inclinada sobre la muleta, y vigilando el desayuno cuando sintió las pequeñas y delicadas manos de la bardo rodear su cintura y abrazarla con firmeza. -Buenos días -dijo Gabrielle al tiempo que la liberaba. Había sentido la rigidez en el cuerpo de Xena ante el roce. "Parece que ha sido una buena idea", pensó para sí la bardo.
-Buenos días -respondió Xena intentando recuperar la flexibilidad-. Guiso de conejo para desayunar. Parece que no hay ningún otro tipo de carne. ¿Quieres un poco de té? -Xena fue cojeando hasta donde se encontraban alineadas las copas, sobre el mostrador. Necesitaba poner espacio de por medio entre ella y la intoxicante presencia de la bardo.
-Eso del té suena bien. Supongo que podría llevar a Argo hasta el arroyo y tratar de conseguir un poco más de pescado. ¿Qué te parece? -preguntó Gabrielle mientras se vestía. Xena se mantuvo de espaldas a ella en todo momento.
-Muy bien, siempre y cuando no te caigas dentro -añadió en tono de broma mientras vertía el líquido en la taza. Gabrielle fue hasta ella y se la quitó de las manos. -Gabrielle, hazme un favor y llévate mi daga. -Alzó una mano para detener la protesta de la bardo-. Sólo por si acaso. Hazlo por mí, por favor. -Gabrielle sabía que no era capaz de discutir con Xena, especialmente cuando le pedía las cosas "por favor".
-De acuerdo. La ataré a uno de los extremos de mi cayado. ¿Te quedas más tranquila así? -Sabía que sí, pero quería oírlo de los labios de Xena.
-Sí. ¿Cómo está tu espalda?
-Mejor.
-Bien. No tardes mucho. No me gusta quedarme aquí sentada preocupándome por ti.
-¿Preocupándote por mí? ¿En qué tipo de problema podría meterme entre la cabaña y el arroyo? -preguntó Gabrielle haciendo uso de su voz más inocente. Ambas se miraron y estallaron en carcajadas-. Tendré cuidado, Xena, lo prometo. -Con eso, le dio otro abrazo rápido, esta vez de cara, y se marchó. Xena contempló la puerta cerrada unos segundos mientras los pensamientos arrasaban su mente. "¿Qué estás tramando? Tengo el presentimiento de que algo planeas, pero no sé qué es. ¿Qué hay en esa pequeña cabecita tuya?" Apartando esas ideas, Xena cojeó hasta la cama y comenzó con los dolorosos ejercicios que le servían para fortalecer su pierna.
Pasaron dos horas antes de que oyese a Argo regresar. Gabrielle entró, mostrando orgullosamente tres peces medio congelados. -¿Ves? Y sin mojarme siquiera. -Su sonrisa fue respondida por otra de la guerrera. Gabrielle se puso ropa seca y se sentó junto al fuego mientras Xena limpiaba el pescado. Se dirigió hacia ella varias veces para ver cómo iba, y cada vez se las arregló para tocarla en el hombro. Eso hacía que la mujer de pelo azabache fuese más y más consciente de la presencia de la bardo, si es que algo así era posible. Gabrielle se relajó y abandonó su estrategia hasta la tarde.
Después de cenar volvieron a sentarse en el suelo con la cama como respaldo. Gabrielle se esforzó especialmente en colocarse muy cerca, lo cual no pasó desapercibido a la guerrera, y tampoco a su cuerpo. Charló distraídamente sobre temas absurdos e inconsecuentes antes de decidir meterse en la cama. Se había asegurado de dotar a su voz de un tono suave, transportando a Xena a un estado semihipnótico varias veces. Se fue a dormir satisfecha por su labor de aquel día, y la guerrera lo hizo terriblemente frustrada.
Gabrielle decidió que aquella sería la noche en la que seduciría a Xena. Ya había esperado suficiente por la mujer que amaba. Todas las insinuaciones, miradas y bromas no habían funcionado. Era el momento del asalto definitivo. Gabrielle habló poco durante el día, estaba demasiado ocupada planeando. Xena la miraba caminar por la cabaña, perdida en sus pensamientos. La falta de conversación por parte de la bardo desquiciaba a Xena. Estaba segura de que Gabrielle tramaba algo, sin duda alguna. Era aquel "algo" lo que la ponía tan nerviosa.
Gabrielle rebuscó en una de las cajas de provisiones hasta dar con lo que buscaba, un pequeño frasco de aceite perfumado. Un brillo malvado se asomó a sus ojos al pensar en todas las posibilidades que aquel recipiente le brindaba. Fue hasta la cama y se sentó. -Xena, ¿por qué no me dejas darte un masaje en la espalda? Tengo aceite -dijo tentándola-. Venga, sabes lo mucho que te gustan los masajes. -Xena se puso tensa ante la idea de las manos de aquella preciosa mujer recorriendo su espalda arriba y abajo, pero la anticipación de ese placer le inundó los sentidos.
-De acuerdo, entraré en tu juego -dijo Xena dejando a un lado la muleta y sentándose frente a la bardo.
-Interesante elección de palabras, mi estúpida guerrera -dijo Gabrielle suave y cariñosamente. Luego se acercó hasta que sus piernas quedaron prácticamente bajo las de la guerrera. Se inclinó hacia delante y susurró al oído de Xena. -Quítate la camisa. -Fue más una orden que una petición. El cálido y suave aliento y la autoritaria voz intoxicaron e hipnotizaron a la mujer. Cerró los ojos e hizo lo que se le pedía-. Ahora, voy a contarte una historia. -Gabrielle hizo una pausa y vertió unas gotas de aceite sobre los torneados hombros-. Quiero que escuches con atención. ¿Entendido, Xena? -Deslizó sus manos con suavidad sobre los hombros de la mujer-. Pon mucha atención. -Todo lo que Xena pudo hacer fue asentir. Gabrielle nunca llegó a retirar la cabeza, por lo que su cálido aliento continuó acariciando el oído de la mujer. -Voy a contarte la historia de dos amantes... -Xena fue incapaz de reprimir un ligero gemido. Gabrielle conocía perfectamente el efecto que aquella historia tenía sobre ella, por eso la había elegido. Mientras hablaba, continuó aplicando aceite en la espalda de Xena, haciéndola estremecerse a medida que descendía. El masaje ya había perdido toda su razón de ser. Las manos de Gabrielle vagaban libremente, alrededor de su cuello, bajando por sus brazos, por toda su espalda. No sólo acariciaban, estaban sintiendo y memorizando el cuerpo de Xena. Sus manos y sus dedos delineaban cada músculo, cada cicatriz, entregándolos a su recuerdo. Su dulce y melódica voz, sus sensuales manos y el tibio aliento trabajaban unidos para poner a Xena en un letárgico estado de deseo y relajación- ... y cada vez que las olas rompen contra la orilla, los amantes quedan unidos. -Gabrielle terminó con esas palabras. Sus propios deseos se abrían camino ahora haciendo la necesidad de sentir más piel bajo sus dedos algo incontrolable. Titubeaste, rodeó con sus brazos la cintura de Xena, susurrando. -Xena, te quiero. -A continuación besó el lóbulo de su oreja.
Su respiración se hizo más rápida al sentir los brazos de la bardo rodeándola. Una descarga eléctrica viajó desde su oreja hasta el centro de su ser al sentir el contacto de aquellos suaves labios. Todas sus defensas se vinieron abajo al escuchar esas hermosas palabras. Abrió sus ojos, llenos de lágrimas, y volvió la cabeza para mirar a su adoraba Gabrielle. Fue recibida por el azul verdoso que tanto amaba, tan conmovidos como los suyos, llenos de amor y deseo. -Gabrielle... -fue todo lo que su quebrada voz pudo pronunciar. Gabrielle sonrió incorporándose.
-Ven -dijo la bardo extendiendo su mano. Xena se movió lentamente, tratando de convencerse de que aquello no era un sueño, dándole la mano. Con una fuerza desconocida para ella, Gabrielle tiró de Xena hasta ponerla de pie y la llevó hasta la cama. Xena se quedó allí, en equilibrio sobre su pierna sana y contemplando a Gabrielle mientras se quitaba la camisa. Ésta empujó levemente a la mujer por los hombros, transportándolas a ambas sobre la cama. Gimieron levemente ante el placer de sentir el contacto de sus cuerpos. Gabrielle se elevó lo justo para dejar que Xena se acomodara, antes de situarse sobre ella. Esta vez la bardo descendió lentamente, bebiendo cada sensación con cuidado de no presionar las aún delicadas costillas de la guerrera. El contacto las hizo temblar. Xena dejó escapar un gemido de placer cuando sus pechos se encontraron. A la pálida luz del fuego, ambas podían ver la profundidad de su amor en los ojos de la otra. Xena dejó a su temblorosa mano descansar sobre la mejilla de Gabrielle.
-Dioses, mírame. Estoy temblando como una hoja -dijo la igualmente entrecortada voz de Xena. Deslizó su pulgar sobre la esquina de la boca de Gabrielle. Las lágrimas corrían ya libremente en ambas mujeres. -Te quiero, Gabrielle. Que Afrodita me ayude, intenté luchar contra esto, pero no pude. Te quiero. -Gabrielle enterró la cara en su oscuro cabello.
-Yo también te quiero -dijo Gabrielle al tiempo que elevaba la cabeza para mirar en la profundidad de los ojos de su amiga. -No puedo vivir sin ti. Esconder mis sentimientos me estaba volviendo loca. Todo lo que quiero es amarte, estar contigo, darte todo el amor que llevo dentro. Quiero... -El dedo de Xena sobre sus labios la interrumpió.
-Shh, mi pequeña bardo. Este es uno de esos momentos en que los actos dicen más que las palabras. -Para demostrar su teoría, envolvió el cuerpo de la joven con sus fuertes brazos y la acercó a ella. Xena se elevó y rozó sus labios contra los de la narradora. Ambas gimieron ante el estremecimiento que pasó entre sus cuerpos. Gabrielle cerró los ojos y llevó su boca hacia abajo, sintiendo la suavidad de los labios de Xena y la fuerza de su propia necesidad. Xena se recostó y dejó que la joven tomara el control. Gabrielle continuó saboreándola. Besó sus labios, acometiendo una y otra vez, utilizando ocasionalmente su lengua para acariciar el labio inferior de Xena. Todo ello hizo surgir más gemidos de la garganta de la guerrera. Abrió sus labios cuando la joven le manifestó su intención de entrar. Sus lenguas se tocaron, disparando sus deseos y pasiones a extremos más allá de lo razonable. La lengua de Gabrielle se volvió más exigente, recorriendo todas y cada una de las texturas de la boca de la guerrera. Ambas estaban sin respiración para cuando Gabrielle se retiró.
-Justo al centro de mi corazón -murmuró Gabrielle respirando con vehemencia. Xena puso las manos en los hombros de la bardo para prevenirse de otro beso.
-Del mío también, pero tenemos que hablar. -La voz de Xena era ronca y áspera, como si acabara de regresar de una guerra.
-Tú, la reina del silencio, ¿quieres hablar? -dijo Gabrielle con incredulidad, pero a sabiendas de que necesitaban una pausa, aunque sólo fuera para recuperar el aliento. Se apartó de la mujer y se sentó con las piernas cruzadas a su lado. Xena se incorporó también, reclinándose contra la pared. Gabrielle se quedó callada, esperando impacientemente a que Xena hablara.
-Gabrielle -dijo Xena recorriendo con su índice la mandíbula y la barbilla de la bardo-, te quiero. No puedo encontrar palabras que expresen cómo me siento ahora mismo.
-Inténtalo -la instó Gabrielle dulcemente. Xena sabía lo importante que eran las palabras para la joven bardo, así que tragó saliva y empezó de nuevo.
-En realidad de muchas formas. Asustada, feliz más allá de lo creíble, más nerviosa que una novia, y muchas cosas más. Pero lo que siento sobre todo es como si un gran peso hubiese desaparecido de mis hombros. No tienes idea de cuántas noches me he quedado despierta, atormentándome, intentando adivinar cuáles eran tus sentimientos. Tenía tanto miedo de que me volvieras a abandonar... No quiero que eso ocurra. -Silenció de nuevo la respuesta de Gabrielle-. No sé por qué me quieres, pero sé que es así. Puedo verlo es tus ojos. Y eso me asusta un poco. Gabrielle, nunca me había sentido así por nadie. -Fue ahora Gabrielle quien cruzó su dedo sobre los labios de la mujer, pidiéndole que callara por primera vez desde que se conocían.
-Xena, yo estoy tan asustada como tú. No puedo explicar cuándo o como me enamoré de ti. Lo único que sé es que te quiero. Quiero pasar el resto de mi vida contigo, compartiendo tu vida. No puedo vivir si no es a tu lado. -Gabrielle se acercó y se situó sobre la guerrera-. Y en este momento no quiero estar en ningún otro lado que no sea aquí, haciendo el amor contigo. No sé qué hacer, pero estoy segura de que tú me enseñarás -dijo devolviendo sus labios a los de Xena. La guerrera envolvió con sus brazos a la joven y le devolvió el beso, probando con su lengua el sabor la boca de su amante. Xena hizo girar a la bardo y la situó de nuevo sobre la cama. Siguió besándola dulcemente al tiempo que sus experimentados dedos exploraban la suavidad de la garganta de Gabrielle.
-Mmm, dioses, eres tan suave... -murmuró Xena haciendo descender su boca para explorar la zona que sus dedos acababan de abandonar. Luego volvió a ascender, abriéndose camino entre la melena cobriza hasta encontrar el lóbulo de Gabrielle. Besó, lamió y mordió la sedosa piel, provocando leves gemidos de placer en la narradora. Regresó una vez más a saborear la boca de Gabrielle antes de descender entre sus pechos. Xena cubrió con sus manos los suaves montículos, atrapando los pezones entre sus dedos pulgar e índice. Estaban erectos y duros, y rogaban ser besados. Las manos de Gabrielle se enredaron en la oscura melena y guiaron a la guerrera. Su lengua se extendió y rozó ligeramente el anhelante pezón izquierdo. Gabrielle arqueó su espalda ante el exquisito placer, suplicando sin palabras. Xena se tomó su tiempo, chupando y lamiendo sus pechos hasta saciarse. Las caderas de Gabrielle se movían ya con la milenaria fuerza del deseo. Xena se elevó, sin olvidar su pierna rota, y separó las de Gabrielle con la rodilla. -Dulce Afrodita -dijo al sentir la presión de la pierna de la bardo contra su sexo.
Gabrielle gimió al sentir la humedad de Xena en su muslo. Presionó instintivamente contra ella, provocando que la guerrera detuviera sus caricias y comenzase a gemir. Las caderas de Xena empezaron a moverse arriba y abajo, empapando el muslo de Gabrielle con su flujo. Los ojos azules se encontraban fuertemente cerrados, su mente cerrada a todo lo que no fuesen las sensaciones que crecían sin límite entre sus piernas. Gabrielle contempló las diferentes expresiones que volaban por el rostro de la guerrera. Atrapó sus pechos con las manos, acariciando los sensibilizados pezones con los pulgares. Unos ahogados y leves quejidos comenzaron a escapar de los labios de Xena, así como un hondo ronroneo del interior de su garganta. Gabrielle sintió el río de fluidos comenzar a deslizarse por su pierna al tiempo que Xena se ponía tensa, y luego sacudía sus caderas rítmicamente antes de gritar el nombre de la bardo con fuerza suficiente como para despertar a todo el bosque. Gabrielle alivió la presión de su muslo y abrazó a Xena cuando ésta cayó sobre ella. La bardo la sostuvo así, acariciándole suavemente la espalda, hasta que sintió que su respiración volvía a la normalidad.
-¿Estás bien? -preguntó Gabrielle en voz baja. Sintió que la guerrera asentía y la soltó. Xena se giró hasta quedar boca arriba sobre la cama, respirando profundamente.
-Dame un minuto, por favor -le pidió entre jadeos. Gabrielle sonrió y se elevó apoyándose en un codo.
-Has gritado -bromeó Gabrielle. Xena enrojeció ligeramente.
-Lo siento, debí haberte avisado. A veces me vuelvo demasiado... expresiva.
-Mmm, ya veo -respondió la bardo dibujando curvas alrededor del ombligo de Xena-. Los dioses deben estar contentos contigo.
-¿Qué quieres decir?
-Me refiero a que has nombrado a varios, muy expresivamente, cuando estabas... -Gabrielle rió levemente-. Digamos que estoy segura de que Afrodita está más que satisfecha de lo que piensas de ella.
-Oh, dioses -exclamó Xena escondiendo la cabeza debajo de un cojín.
-¿Ves? A eso me refiero -bromeó Gabrielle, haciendo a Xena reír en silencio. Llevó su mano hacia abajo lentamente, hasta alcanzar los húmedos rizos. Enredó sus dedos entre ellos, disfrutando de la textura del oscuro y espeso vello. Estaba desprevenida cuando se encontró de repente bajo seis pies de absoluta majestuosidad aprisionándola contra la cama.
-Oh no, no pretendas llevarte toda la diversión -dijo Xena al tiempo que separaba las piernas de Gabrielle con una de las suyas y presionaba su muslo contra su sexo-. ¿Qué es lo que deseas, Gabrielle? ¿Qué quieres que haga contigo? -Gabrielle era incapaz de hablar, su deseo había reducido toda su verborrea a pequeños gemidos y susurros. -No puedo creer que finalmente haya dejado a la bardo sin palabras. -Arqueó una ceja-. Supongo que tendré que probar diferentes cosas y ver si te gustan -dijo con un tono ciertamente malévolo, para regocijo y deleite de Gabrielle, a juzgar por su leve gemido y el movimiento de sus caderas.
Gabrielle se retorció y gimió ante las atenciones de las manos y la lengua de Xena. La guerrera se deslizó hacia abajo y se posicionó entre las piernas de la bardo. Colocó sus brazos bajo sus fuertes muslos y los rodeó, apartando los pliegues con sus experimentados dedos. Las caderas empezaron a moverse mientras Xena lamía la dulce miel que revelaba el deseo de Gabrielle. Las caderas de la joven abandonaron la cama y gritó el nombre de su amante cuando la cálida lengua entró en contacto con su clítoris, por primera vez. El apasionado sonido de su nombre en los labios de Gabrielle la estimuló. La joven se había convertido en una interminable cascada de gemidos, murmullos, súplicas y exclamaciones, todas ellas con el nombre de Xena como contenido. Ésta se planteó por un momento robar la virginidad de Gabrielle, pero decidió esperar. No quería encontrar arrepentimientos por la mañana. El cuerpo de Gabrielle empezó a estremecerse, con el milenario anuncio de la llegada del clímax. Sus manos empujaban hacia sí la cabeza de la guerrera, casi impidiéndole respirar. No le importaba. Lo único que quería era ahogar a su amante en un mar de placer. El cuerpo de Gabrielle se puso tenso, sus dedos se crisparon y sus muslos atraparon la cabeza de Xena, amortiguando un grito de éxtasis cuando el orgasmo la traspasó. Xena se mantuvo firme, secundando oleada tras oleada hasta que sintió a su amante dejarse caer. Dejó descansar las caderas de Gabrielle sobre la cama, ascendió hasta quedar a su altura y la abrazó. -Te quiero, Gabrielle -murmuró al tiempo que acariciaba su melena rojiza. La sostuvo con fuerza hasta que la bardo recuperó sus fuerzas y pudo hacerlo sola. Xena se tumbó boca arriba y atrajo a Gabrielle hacia sí. La joven dejó descansar su cabeza en el hombro de la guerrera y una pierna sobre sus caderas.
-Xena -suspiró besando la zona del cuerpo de Xena que encontró más cerca.
-Shh, ahora descansa. Hablaremos por la mañana, te lo prometo. -Xena acarició cariñosamente la melena dorada que tanto adoraba mientras la joven bardo se deslizaba en un sueño lleno de satisfacción.
Gabrielle abrió los ojos y miró al interior del azul de los de su amante. Un movimiento rápido de su mano confirmó sus recuerdos. -No ha sido un sueño. -Miró a Xena esperando su confirmación.
-No, mi amor. No ha sido un sueño.
-Bien -murmuró recostando su cabeza en el pecho de Xena. La guerrera pensó que Gabrielle iba a dormirse de nuevo hasta que sintió sus labios y su lengua vagando por su pecho. -¿Xena?
-¿Mm?
-¿Qué derechos tengo? -preguntó capturando uno de los pezones de Xena en el interior de su boca.
-Uh, ¿qué quieres decir? -Arqueó la espalda, presionándose contra aquella hambrienta boca. Gabrielle se alejó ligeramente.
-¿Tengo algún derecho como amante? -Su pulgar rodeó somnolientamente el pezón erecto-. ¿Tengo derecho a tocarte donde quiera? -Acarició con delicadeza la suave piel-. ¿Tengo derecho a pedirte que me toques? -Su boca quedó suspendida fuera del alcance del pezón-. ¿Lo tengo? -Vagó con su lengua alrededor y sopló levemente enviando escalofríos a todos los rincones del cuerpo de Xena.
-Sí -contestó sin aliento. -Gabrielle, por favor... -Su ya de por sí profunda voz emergía cavernosa por el deseo. Ese tono excitó a Gabrielle. Se situó sobre la guerrera y la miró a los ojos.
-Dime si hago algo que no te guste -dijo Gabrielle. Xena asintió-. Porque estoy segura de que en caso contrario me voy a enterar de sobra -añadió con un gesto que recordó a Xena su expresividad de la noche anterior.
Gabrielle empezó con besos ligeros y breves en cada centímetro del rostro de la guerrera. Su intrépida lengua penetró en la boca de Xena con una pasión que las sorprendió a ambas. Los besos intoxicaron a la guerrera más allá de su razón y se rindió al deseo por primera vez. Confiaba en Gabrielle, en que la amaría y la cuidaría, así que se podía permitir ser vulnerable. Atrajo más hacia sí a la bardo, absorbiendo la sensación de su peso. Gabrielle comprendió el mensaje y comenzó a descender por el cuerpo de Xena. Besó su mandíbula, deteniéndose para volver a subir y chupar y morder el lóbulo de su oreja. -Te quiero -murmuró. Luego se dirigió hacia el otro oído-. Y voy a hacerte el amor.
La suave voz de Gabrielle estaba disparando aún más los placeres que creaba su boca. Xena se encontró incapaz de hacer nada excepto suspirar y gemir. Gabrielle descendió por sus brazos, lamiendo los bíceps hasta llegar a las manos de la guerrera. Se introdujo cada uno de sus dedos en la boca y chupó ligeramente los extremos. Xena nunca se había dado cuenta de la sensibilidad de sus yemas hasta sentir la lengua de la bardo enviando descargas eléctricas por todo su cuerpo. Sintió su propia humedad crecer por momentos. No sabía cuánto más de aquella dulce agonía sería capaz de soportar. Sus manos se anclaron en la cama cuando la boca de Gabrielle encontró sus pezones. Sus muslos se abrieron ligeramente al sentir una mano contra su sexo.
Gabrielle gimió con deleite contra el pezón que su boca contenía al tiempo que deslizaba un dedo entre los pliegues de Xena. -Dulce Atenea -suspiró la guerrera al sentirlo abrirse paso en su interior. Contuvo la respiración cuando otro de los dedos de Gabrielle pasó sobre su clítoris.
-Vaya, ¿qué tenemos aquí? -dijo la bardo con ironía. Su cara mostraba la mirada de una niña que ha descubierto algo con lo que no debería estar jugando. Rozó ahí de nuevo con su dedo, contemplando cómo las caderas se elevaban de la cama para volver a caer-. Parece que he encontrado tu punto débil -dijo sonriendo. Volvió a hacerlo, rodeándolo después, estudiando las diferentes reacciones que aquello causaba en la mujer. Salió de su interior, colocándose ahora a cada lado del sensible núcleo. Unió sus dedos con suavidad, atrapando el clítoris entre ellos.
-¡Dioses, Gabrielle! -exclamó Xena cuando sus deseos se convirtieron en auténtica necesidad. Gabrielle volvió a acariciar y rodear el clítoris con un dedo mientras llevaba su mano a una zona que tenía pendiente de explorar. Colocó un dedo justo en la entrada y miró a sus ojos azules, buscando su aprobación. Una mirada de puro deseo le dio la única respuesta que necesitaba. La penetró lentamente, maravillándose de la calidez, la suavidad y la humedad que encontró allí. Las caderas de Xena se elevaron siguiendo el antiguo ritmo que le marcaban los dedos de la bardo, entrando y saliendo lentamente, mientras su otra mano continuaba actuando sobre su clítoris. -Más... -suplicó Xena. Gabrielle hizo retroceder su mano y añadió un dedo más en el exterior. Ante el asentimiento de Xena, reanudó el movimiento hacia su interior. Sintió los músculos de Xena cerrarse sobre sus dedos.
La mente y el alma de Xena se encontraban centrados en los actos de Gabrielle. Sus caderas se movían por voluntad propia, acompasadas con la bardo, acometida tras acometida. Sentía salir su flujo y deslizarse por su cuerpo, hasta la cama. -¡Oh, sí! -gritó cuando Gabrielle añadió un tercer dedo. Cayeron en una dinámica casi planificada, con Xena imitando al milímetro los movimientos de Gabrielle sobre ella.
Los dedos de Gabrielle se convirtieron en un huracán cuando sintió que Xena se acercaba al clímax. Cuando comenzó a estremecerse, la bardo se centró completamente en su cara. -Mírame, Xena. Quiero verte cuando llegue el momento. -Su voz era cavernosa y dominadora, un tono que nunca antes le había conocido. Un tono que no tenía más remedio que obedecer. Abrió los ojos y los fijó en los verdeazulados de su amante.
-¡Dioses! -gritó Xena moviendo las caderas frenéticamente. -Gabrielle, no puedo aguantar más... oh... por favor... oh... oh... -Se incorporó y rodeó con sus brazos el cuello de Gabrielle, necesitaba tocar a su amante en el momento de su liberación-. ¡GABRIELLE!
Gabrielle enterró sus dedos en Xena al escucharla gritar su nombre. El cuerpo que tenía debajo se tensó y se puso rígido al ser sacudido por el poderoso orgasmo. Gabrielle sintió cada contracción actuar sobre los músculos que aún mantenían sus dedos atrapados allí. Apartó la mano de arriba y ya comenzaba a hacer lo mismo con sus dedos cuando sintió la de Xena empujar a la suya.
-Por favor. Todavía no -susurró apenas Xena cerrando los ojos y dejando que los ecos del orgasmo recorrieran su cuerpo. Cuando por fin la dejó ir, Gabrielle extrajo sus reticentes dedos. Apartó el brazo y se elevó hasta dejar descansar su cabeza sobre el acelerado pecho de Xena.
-¿Debo suponer que has disfrutado? -dijo Gabrielle con aire juguetón-. Has nombrado a los dioses, mmm, veamos, al menos tres veces que yo recuerde. -Llevó una mano hasta el estómago de Xena y comenzó a surcarlo con figuras curvilíneas.
-No, por favor, no puedo más -dijo Xena agarrando la muñeca de Gabrielle. Ésta sonrió y apartó la mano.
-Agotada, ¿huh? -la instigó acercándose para acariciar su mejilla esta vez-. Supongo que eso significa que te ha gustado. -Fue respondida por un revelador gruñido y un cálido abrazo, felizmente aceptado-. Te quiero, Xena.
-Te quiero, Gabrielle. Dioses, es estupendo poder decirlo al fin.
-Sí, lo es -respondió la bardo. Se abrazaron la una a la otra durante un rato antes de que el estómago de Gabrielle les hiciera saber que también había despertado.
-Y creo que eso significa que tengo que darte de comer -bromeó Xena sentándose sobre la cama y poniéndose su camisa-. Pondré té a hervir y haré el desayuno. -Alcanzó su muleta, aunque la pierna en cierto modo no le dolía ya tanto como antes. Sabía que desde siempre había tenido la habilidad de curarse deprisa.
-De acuerdo, yo iré a lavarme -dijo Gabrielle saliendo de la cama y encaminándose a la zona de aseo. La cabaña se llenó en seguida con el olor de carne a la brasa y a infusión.
-¿Qué es esto? -preguntó Xena recogiendo el pedazo de pergamino doblado.
-Nada -dijo Gabrielle intentando quitárselo. Sin embargo, la guerrera fue demasiado rápida. Xena elevó una ceja y vio cómo Gabrielle enrojecía. Una sonrisa asomó a sus labios al tiempo que desplegaba el pergamino. Echó un vistazo a la familiar escritura y leyó rápidamente. Gabrielle se quedó allí, congelada ante el temor de la reacción de Xena al descubrir su plan de seducción-. Xena... deja que te explique... -Retrocedió lentamente ante la aproximación de la guerrera, perdiendo la toalla que cubría su cuerpo desnudo-. Tenía que asegurarme... Eso es, tenía que estar segura de que tú... -Se detuvo al sentir la pared contra su espalda. Xena se irguió frente a ella, apoyó la muleta en el muro e inmovilizó con sus manos las muñecas de Gabrielle del mismo modo-. Xena... piénsalo...
-Oh, lo estoy pensando, mi pequeña bardo -dijo Xena malévolamente, pero sin el más mínimo atisbo de enfado en su voz-. Así que se te ocurrió seducirme, ¿mmm? ¿Pensaste que podrías tentarme y volverme loca de deseo por ti durante días y días? Oh, voy a tener que emplearme a fondo para pensar en el castigo apropiado para ti. -El regodeo se mostraba evidente en sus ojos azules.
-Xena, estoy segura de que podemos aclarar esto. -Gabrielle sonrió al ver que los ojos de la guerrera recorrían arriba y abajo su cuerpo, ya sin disimulos. Xena adoraba esta nueva libertad y estaba aprovechándose de la situación.
-Oh, claro que lo haremos -dijo seductoramente centrando la vista el los pechos de la bardo. Estudió las pecas, los rosados pezones que se endurecían más y más ante sus ojos, su volumen. Bebió de aquella imagen antes de seguir bajando-. Puedes contarme una historia, y sé exactamente la que quiero oír. -Contempló el suave vello y comenzó a descender para enterrar su boca en él-. Y cómo quiero oírte contarla -añadió en un susurro apenas audible. El olor de la carne interrumpió su juego-. Luego, después de comer y recuperar fuerzas. -Xena agarró la muleta de nuevo-. Porque vas a necesitar toda la que puedas reunir -añadió con perversidad. Gabrielle rió con anticipación y deleite poniéndose su camisa.
